Granada, Poema Oriental, precedido de la Leyenda de al-Hamar, Tomo 1
Part 8
Tras de sus celosías iba á veces El Rey ocultamente, de sus serios Afanes esquivándose un instante, Á sorprender los íntimos misterios De las mujeres Moras De esta cámara real habitadoras; Gozando así en secreto Desde aquellas arábigas ventanas Las voluptuosas danzas, las moriscas Cántigas y nocturnas diversiones Á que, con sus esclavas y odaliscas, Se entregaban alegres las sultanas. El balcón, que en el fondo De la estancia se abría Más allá de la estrecha galería, Era otra especie de ajimez, labrado Con el más exquisito y rico adorno Por arquitectos Moros inventado: Y un deleitoso camarín fingía, Cuyas ventanas rodëaba en torno De cedro una movible celosía.
Era pues el balcón de aquella estancia Regia y maravillosa Un mirador calado, que aspiraba De su ajimez morisco por los huecos, De los vecinos huertos la fragancia, La música del agua rumorosa, Que en la sombra corría, Y el canto de las aves que albergaba La arboleda del río, y cuyos ecos Murmurador el aire allí traía. Entre este camarín y este aposento, Con caracteres de oro (en una faja De púrpura y azul que se tendía Por bajo el circular cornisamento Del ajimez) escrito se veía Un rótulo miniado, que decía: «MIRADOR DE LA HERMOSA LINDARAJA:» Y á fe que el mirador es un portento De la elegante arquitectura Mora Y un santuario de amor y poesía: Regalo al fin de un Árabe opulento Á la mujer feliz que le enamora.
En esta regia cámara moruna, De aquella hermosa noche en las primeras Horas, al suave claro de la luna Y al rumor de las ráfagas ligeras Que entraban por las árabes ventanas, Yacía, al parecer sin pena alguna, Hada gentil de su mansión divina, La más bella y feliz de las sultanas Que habitaron la Alhambra granadina.
Los mullidos cojines, apilados Bajo su cuerpo leve, sostenían Muellemente sus miembros delicados: Sus perezosos brazos se tendían Sobre la pluma sin vigor: caían Sus rizos de la faz por ambos lados Sobre sus blancos hombros: ancho, lleno, Del morisco jubón bajo la seda, Al aspirar con hálitos pausados, Se dibujaba su redondo seno Cual dos montones de apretada nieve Que en la redonda copa de ancho pino El aire cuaja lento y manso mueve: Y á través del calzón, de cuyo lino Los pliegues mil su cuerpo peregrino Ceñían, bien bajo el tejido leve Podíanse admirar, y á pesar de ellos, De su cintura y muslo alabastrino La pura tez y los contornos bellos. Su enano pie calzaban Chinelas de brocado: sus tobillos Ajorcas primorosas adornaban Hechas de gruesas perlas, que horadaban Por su grueso mayor áureos arillos: Sus brazos dobles sartas de corales, Sus orejas riquísimos zarcillos: Y, á usanza de las Moras principales, Ostentaba sus uñas nacaradas Con azul costosísimo miniadas.
Era en verdad bellísima la Mora, Y merecía bien tanta riqueza, Y ser de tal estancia moradora, Y mandar con despótica entereza, Y obedecida ser como señora.
Una mirada de sus negros ojos Más que un alcázar para el Rey valía: Por solo un beso de sus labios rojos Una ciudad frontera vendería: Por el más infantil de sus antojos La cabeza más noble inmolaría: No tenía su amor precio ni raya En la alma de Muley.--Es la Zoraya. Es ella, la sultana favorita Que á solas en su cámara le espera: Y aunque parece que feliz dormita Y que nada la acosa, ni la altera, Secreto afán su corazón agita Y sueña... ¡Como sueña la pantera Con la sangre caliente En que espera aplacar su sed ardiente!
Entoldada la luz de sus pupilas Con los cerrados párpados conserva, Sus facciones inmobles y tranquilas: Grata molicie al parecer la enerva: Pero su corazón guarda un intento Harto feroz, cuya afición proterva Se oculta en su reposo soñoliento Como un áspid letal bajo la hierba.
Imagen bella, voluptuosa y pura De las hurís que colocó Mahoma En su eternal Edén, por su hermosura Parecía una cándida paloma En la forma ideal de su figura: Un cuerpo de mujer en que se encierra El puro sér de un ángel, á la obscura Región mortal de nuestra baja tierra Enviado, á perfumarla con su aroma Y á derramar en ella su ventura. Pero la torva luz de su mirada, La cortina de sombra que en su frente Tiende su ceño cuando mira airada, La contracción apenas perceptible Con que el extremo de su labio ardiente Arruga su sonrisa, De la escondida peligrosa hoguera Que arde en su doble corazón avisa, Y en la faz de la Mora Con resplandor siniestro reverbera. Muley por su belleza seductora _Luz de la aurora_ la llamó..... y tal era La luz de este _lucero de la aurora_: Tal es Zoraya que á Muley espera.
Oyóse al cabo en el jardín vecino, Bajo el abierto mirador cercano, El dulce són de un cántico africano Que una morisca guzla acompañaba: Són con que la anunciaba de contino La llegada del Rey atenta esclava. Estremeció los miembros de la Mora Movimiento nervioso: mas tan leve, Que resbalar no hizo Por su cuello, más blanco que la nieve, El más ligero descompuesto rizo: Ni de su blando lecho Un pliegue solamente descompuso: Ni con respiración más presurosa Se hincharon los contornos de su pecho. Inmóvil, silenciosa, Cual si no le sintiera ni aguardara, En su aparente sueño y perezosa É incentiva postura Dejó la hermosa que Muley llegara El veneno á beber de su hermosura.
Envuelto en su alquicel, bajo el plegado Pabellón de la azul tapicería, Apareció Muley: tendió callado Una sagaz mirada escrutadora Por sobre cuanto en derredor había, Y dilató su labio desdeñoso Sonrisa de placer, viendo á la Mora Que sobre los cojines en reposo Con abandono tentador yacía.
Llegóse á ella y contempló un instante La tranquila expresión de sus facciones, Por milésima vez con ojo amante Recorriendo voraz las perfecciones De aquel cuerpo, velado escasamente Por el leve ropaje transparente Sobre los apilados almohadones.
Llegóse y admiró bajo la pura Nívea tez, á través de su blancura, La red sutil de las azules venas, Cuyo tejido transparente indica Que aquella piel purísima y nevada Encubre el alma ardiente y vivifica La complexión fogosa, enamorada, Que á su tez atribuyen las morenas; Y percibió el aroma con que el baño Su cuerpo perfumó, de que las Moras Granadinas usaban todo el año; Y el rumor escuchó, sensible apenas, De su respiración igual y suave, Y sin poder con su amoroso exceso Sobre su boca de coral, que sabe Y trasciende al alöe de Corinto, Depositó Muley un amplio beso Que crujió de la estancia en el recinto. Abrió Zoraya los ardientes ojos, Y al fijar su mirada Sobre la faz del Árabe, cambiada De colérica en tierna, con acento Más grato que el murmullo soñoliento Que levanta la brisa en la enramada, Díjole, disipando los enojos Que acaso al despertar fingió indignada:
«Te esperaba, Señor: aunque dormía, »Mi corazón velaba, y en mi sueño »La leve huella de tu pie sentía »Que á mis amantes brazos te traía, »Bizarro Amir, de mi existencia dueño.»
«Apenas en los altos alminares (Contestóla Muley)» la voz sonora »Del _muezín_ anunció la última hora »De la oración del día, »Á favor de las sombras tutelares »Vengo á ti, manantial del agua pura »En que templa su sed el alma mía, »Y heme á tus pies, LUCERO DE LA AURORA, »Que me alumbras doquier con tu hermosura. »Llamásteme en secreto, »Sol de mi corazón, y aquí me tienes »Á tu absoluta voluntad sujeto. »Habla; ¿Qué quieres de tu esclavo? ¿Bienes? »Mi reino es tuyo: véndele. ¿Deseas »Regocijos y zambras? Mis juglares »Llama, mis nobles Árabes convoca; »Y aquéllos con mil juegos malavares, »Y éstos con toros, cañas y torneos, »En fiesta interminable, libre y loca, »Sacien en Bib-arrambla tus deseos. »¿Ó tal vez algún vil desventurado »Tu enojo excita? Nómbrale, y aunque haya »Mi amigo sido ó su niñez pasado »Junto á mí, y yo partido mi grandeza »Con él, te juro por tu amor, Zoraya, »Que te enviaré mañana su cabeza.»
Decía así Muley, en la locura De la pasión que el alma le devora, Y sonreía oyéndole la Mora De la pasión del Árabe segura.
Sus dedos de marfil entre la cana Barba de Hasán con infantil cariño Pasó y con complacencia la Sultana, Dejándola aromada con su mano: Y con caricia tal, propia de un niño, Trajo á sus pies sobre el cojín liviano Trémulo de placer al Africano.
Zoraya entonces, su gentil cabeza En el hombro del Moro reclinando, Y el fuerte talismán de su belleza Contra el alma del Árabe empleando, Así le empezó á hablar, el suave aliento De su boca balsámica de intento Hasta la boca de Muley enviando, Diálogo tal entre los dos trabando:
ZORAYA
Sabes cuánto te amé. Niña y cautiva Me crié al lado tuyo entre las flores De los jardines de tu Alhambra: esquiva Después á los halagos tentadores De tus bizarros nobles Granadinos, Negué mi juventud y mi belleza Á cuanto no eras tú con entereza..... ¡Sentía ya ligados nuestros sinos! Hizo en ti de los astros la influencia Su efecto al cabo: me encontraste hermosa, Cediste del destino á la sentencia, Y pagaste mi amor, y fuí dichosa. La tierra en que nací y el amoroso Dulce calor del maternal regazo, El acento del padre cariñoso, Su castillo feudal que, en el ribazo De un cerro, se levanta pintoresco Cercado de alamedas, cuyo arrullo Salud le daban y armonía y fresco De despeñadas aguas al murmullo, Todo lo echó por fin de mi memoria: Y, del nombre y la fe de mis mayores Renegando, las puertas de su gloria Perjura me cerré por tus amores.
MULEY HASÁN
¿Y cuándo lo olvidé, luz de la aurora? ¿No comprendí tu abnegación y entero Mi corazón te di? Tú eres señora Dél todavía; lo que quieras quiero.
ZORAYA
Quiero, Señor, decirte lo que acaso No te deje otro afecto libremente Comprender y juzgar: porque traspaso Los límites tal vez de lo prudente Con tan audaz revelación; empero Más que el respeto y la prudencia fuerte Mi cariño por ti, salvarte quiero Aun á peligro de mi propia muerte.
MULEY HASÁN
¡Salvarme! ¿Y de qué riesgo? Habla.
ZORAYA
Un instante Oye en calma, Señor. Yo, que las horas De tu existencia en vela paso amante, Sé por tu bien lo que imprudente ignoras. Tienes, Señor, un hijo cuya estrella Á Granada es fatal, según los sabios Que su horóscopo hicieron.
MULEY HASÁN
La luz de ella Pende no más de un soplo de mis labios.
ZORAYA
Y el soplo de tus labios sólo pende De un acero traidor que en tu garganta Le corte.
MULEY HASÁN
¿Abú Abdil....?
ZORAYA
Señor, atiende.
MULEY HASÁN
Prosigue.
ZORAYA
De él y de su madre es tanta Por reinar la impaciencia, que á estas horas, Traidores á su rey y de él parciales, Bajo los techos de las casas moras Se afilan en silencio mil puñales.
MULEY HASÁN
Sé que Aija.....
ZORAYA
Me detesta.
MULEY HASÁN
¡Ay si te mira Sólo un momento con semblante torvo!
ZORAYA
¡Y Hay de ti, si la rabia que la inspira No sofocas, Muley! No será estorbo Ya ni el filial ni el conyugal cariño Para intentar el crimen: la serpiente Da emponzoñados huevos, y el que niño Para su padre fué desobediente. Traidor para su rey será mañana.
MULEY HASÁN
Desecha tu temor, Zoraya mía: Los conozco á los dos: mas será vana Su obstinada ambición: se les espía.
ZORAYA
¿Pero ignoras. Señor, que está plagada Tu corte de los suyos?
MULEY HASÁN
Sé sus nombres.
ZORAYA
¿Y sabes que propalan por Granada Que Dios está por él?
MULEY HASÁN
Pero los hombres Crédito no les dan.
ZORAYA
Rey, te equivocas: Aly-Athar el de Loja y la Alpujarra Toda con él, sus esperanzas locas Apoyan con la fe y la cimitarra.
MULEY HASÁN
La fe y mis cimitarras á sus breñas Les volverán.
ZORAYA
Te engañas: los villanos Reniegan de su fe, según las señas. Pues pactan contra ti con los cristianos.
MULEY HASÁN
Zoraya, sus delirios ha venido Á contarte algún loco. Te detestan Y ambicionan reinar: mas nunca han sido Del Nazareno amigos.
ZORAYA
Pues se aprestan Los Nazarenos á su voz.....
MULEY HASÁN
¡Patrañas Por derviches lunáticos vertidas!
ZORAYA
Empresas ciertas, aunque asaz extrañas: Peligrosas, Muley, mas emprendidas. Yo, por ti en vela, presentí el estrago De este huracán que nubecilla asoma; Sé que es tu hijo y te dirán que lo hago Por amor á los míos: pero toma.
Tal diciendo Zoraya, de entre el raso De los blandos cojines tunecinos, Prevenidos sin duda para el caso De antemano, sacó dos pergaminos: Y con aquella singular sonrisa En cuya móvil expresión graciosa Algo tal vez siniestro se divisa, Á Muley presentóselos la hermosa: Y al tomarlos Muley: «Mira, le dijo, »Á través de esta tinta venenosa, «El alma de la madre y la del hijo.»
Desplególos Muley, aproximándose Al vaso de alabastro transparente Donde la luz ardía, demudándose Su semblante al lëer: con ojo ardiente La Mora le espió, de su creciente Cólera apercibiéndose, y su flecha, Viendo herir en el blanco, dulcemente En el mullido lecho reclinándose, Tornó á la antigua calma, indiferente.
Más torvo, más feroz á cada instante Según adelantaba en su lectura Se tornaba del Árabe el semblante. Fulguraban sus ojos: insegura Plegaba una sonrisa repugnante Su desdeñoso labio, y la amargura De la hiel que el escrito rebosaba En su lívida faz amarilleaba.
«¡Traidores!--dijo al fin, el pergamino Con los crispados dedos estrujando.-- ¡Traidores! En buen hora, en su destino Con ceguedad estúpida fiando, Abrirse intenten al poder camino Y astutos formen revoltoso bando: ¡Pero poner por escalón del trono Al cristiano!... Jamás se lo perdono. Jamás: jamás.» Y con ahogado acento Repitiendo «jamás,» como una fiera Enjaulada, cruzaba el aposento De uno á otro lado, cual si presa fuera De vértigo infernal. Sagaz, atento Y abierto apenas de la Mora el ojo, Por más que indiferente pareciera, Seguía con afán su movimiento, La progresión pesando de su enojo.
De repente Muley frente á la Mora Paróse, y cual si en ella se aprestara La cólera á estrellar que en sí atesora El exaltado corazón, la dijo Con destemplada voz y cara á cara: «¿Y por qué medios, tan sagaz, penetras Los secretos de Aija y de su hijo? ¿Quién te trajo las llaves Del misterio encerrado en estas letras? Si esto es una verdad, ¿cómo la sabes?»
--«Señor, dijo Zoraya levantando La cabeza con calma, Desecha tu temor, templa tu ira: Quien vendió á Abú Abdil vendió su alma Al padre del pecado y la mentira. Este secreto de tu raza infando Yace en la tumba ya: libre respira, Muley: la esclava te veló tu sueño Y el mensajero vil de esa escritura, Al descolgarse audaz de tu alcazaba Por la torre del Agua, sepultura Á demandar no más bajó á tu esclava. --¡Á ti, Zoraya!--Á mí; porque yo vivo Tan sólo para ti,--Mas..... no comprendo..... --¿De qué me sirve, pues, tanto cautivo Como me das, Muley? De los traidores Argos les hice yo: de ellos aprendo: Y como ellos también, compro traidores; Me acechan sin cesar, y les acecho: Tus secretos espían, y yo el suyo Bajo á buscar al fondo de su pecho. No tienen mis esclavos otro oficio, Ni Abú Abdil ni Aija un pensamiento Oculto para mí: mi sér, mi vida, Consagrados están á tu servicio. En esos pergaminos te presento La desnuda verdad: está cumplida Mi obligación. Desde hoy nuestra existencia, Señor, está en tu mano. Lee y lee sin pasión: juzga y sentencia: Castiga justo, ó liberal perdona: Tú eres el soberano: Mas escoge entre el hijo y la corona. En cuanto á mí, Señor, yo soy tu esclava; Que en la balanza igual de tu justicia No sea yo jamás peso, ni traba. El noble amor, que abrigo En mi pecho por ti, no es de cristiano Cobarde corazón; yo, pues, contigo Triunfaré ó moriré como sultana Que tu lecho y tu amor no partió en vano, Amir: porque mi sangre es castellana, Pero mi corazón es africano.»
Calló Zoraya y se tornó en el lecho Á reclinar tranquila: Y el Rey quedó como de mármol hecho Contemplándola, inmóvil y derecho, Dilatada de asombro la pupila.
Jamás la vió ni la creyó dotada De corazón tan varonil y entero, Ni sospechó que su alma apasionada Atesorara amor tan verdadero. Indolente, pasiva, abandonada, Henchida la juzgó de amor sincero Siempre: mas siempre tímida, indecisa, Y á toda intriga al parecer ajena, Con el cariño de su Rey pagada De su dorada esclavitud, precisa Por los preceptos de la fe agarena.
Hombre Muley de cabellera cana, Pero de joven corazón y aliento Heroico y viril, halló contento Un alma varonil en la sultana. Absorto de ello en el primer momento En crëer vaciló lo que veía: Bajó á su corazón su pensamiento Y ahogó su voluntad con la alegría: Y cuanto más dudaba, Tanto más en la duda se engreía: Y cuanto más crecía La inacción que su sér paralizaba, El fuego del amor que le hechizaba Más violento en su pecho se encendía.
Conocíalo bien la artificiosa Y astuta renegada, y contemplando Llegada la ocasión, que codiciosa Preparó en muchos años con constante Mañoso afán y con prudencia mucha, La máscara arrojó de su semblante Y cara á cara se aprestó á la lucha.
Ya era Muley su esclavo: sus antojos Leyes eran para él: sólo tenía Para adorarla corazón, y ojos Sólo para mirar lo que veía Por sus ojos Zoraya. Era ya tarde Para que su razón iluminara Su avasallado corazón: yacía Ciego esclavo á los pies de su señora: Y el Monarca despótico, el guerrero Indomable, el león de las arenas Abrasadas de Zahara, Esclavo de la esclava á quien adora, Era no más que tímido cordero Amarrado de amor con las cadenas. Pero ¡así estaba escrito, y aun lo llora La gente del desierto que en sus venas La sangre guarda de la raza Mora!
Por eso fascinado, enloquecido Por su pasión, Muley veía sólo De la Mora el amor apetecido Tanto por él, pero jamás el dolo, Mas nunca la ambición de soberana: Y por eso rendido Á tal fascinación, con ambas manos Tomó los pies enanos De la Mora gentil, y enardecido Por su insana pasión, puso sobre ellos Muchas veces sus labios soberanos. «Sí (exclamó): tú lo has dicho, que conmigo Vencerás ó caerás como sultana: Y has dicho la verdad; tú soberana Conmigo reinarás: yo te lo digo.»
Volvió la renegada la cabeza Hacia el Rey otra vez con la sonrisa De un ángel (y la aureola de belleza De una visión que en sueños se divisa Circundaba su faz), y en el sonoro Idioma de los Árabes le dijo: «Amir, tú eres mi dueño y yo te adoro. Te dije la verdad: mas es tu hijo.»
Agolpóse la sangre á la mejilla Del Rey á estas palabras, y con rabia Concentrada exclamó: «No es hijo mío Quien favor contra mí pide á Castilla. De la palma jamás la dulce savia Fecundó la mortífera cicuta: No es hijo mío quien mi fe mancilla, Y yo, sin vacilar, contra el impío Alzaré de las leyes la cuchilla. --Piénsalo, Amir.--Mi ley es absoluta. --Muley, en su favor habló el destino. --Yo haré mentir la predicción aciaga, Y su estrella fatal, que nos amaga, Apagaré en mitad de su camino.»
Reverberaban de Muley los ojos Y chispeaban los ojos de la Mora Con vívidos destellos: Éstos de la ambición devoradora Con el triunfante resplandor, y aquéllos Con el torvo fulgor de los enojos. Pasaron todavía unos instantes De plática en secreto Uno de otro en los brazos: el objeto De tal conversación le comprendía El corazón no más de ambos amantes: Sólo el susurro de su voz se oía.
Á poco, de los brazos de la Mora Desprendiéndose el Árabe, embozóse En su blanco alquicel y hacia el calado Arco del mirador adelantóse. Siguióle hasta el umbral la encantadora Sultana, con un beso regalado Sellando el labio de Muley, quien presto Á desaparecer por la excusada Galería la dijo: «Aláh te guarde, Lucero de la aurora. --Él te acompañe, Amir, dijo Zoraya: Perdona empero al alma enamorada Si duelo te causó.--La llama que arde Inextinguible, inmensa En mi pecho, Zoraya idolatrada, Al amor que en el tuyo se atesora, Digna procurará dar recompensa. --Los destinos, Señor.....--Yo haré que fijos En tu favor los astros permanezcan: Yo te lo juro, luz del alma mía, Tú reinarás y reinarán tus hijos: Deja que el tiempo corra y ellos crezcan.»
Dijo el Rey y tomó la galería: Y por verle cruzar el lindo huerto Adonde oculta la escalera baja Y la esclava le espera al entreabierto Postigo, descorrió la celosía Del dorado balcón de Lindaraja Zoraya, y saludóle muchas veces, Mientras en el jardín le distinguía Desde los arabescos ajimeces.
Y he aquí que mientras ella contemplaba El jardín, y la espalda al aposento Para mirar á su Señor tornaba, Bajo la celosía que se alzaba De una de las ventanas que en el muro Lateral de la cámara se abrían, Sagaz, osado, atento, Como á la voz secreta de un conjuro Asomó un rostro pálido un momento: Un rostro de mujer en que lucían Dos ojos como rayos en lo obscuro. Clavaron estos ojos en la Mora, Vuelta hacia el huerto aún, una mirada Rencorosa, tenaz, devoradora: Y las palabras lúgubres dejando Una á una á salir con voz ahogada, Cual sin querer la idea formulando En la palabra apenas pronunciada, Murmuró la mujer allí asomada: «¿Tú reinarás y reinarán tus hijos, »Porque hará que los astros permanezcan »En tu favor resplandeciendo fijos?..... »¡Deja que el tiempo corra y ellos crezcan!»
Dijo: y, volviendo el rostro la sultana Hacia el rico aposento, Tornó á desaparecer en un momento El rostro de mujer de la ventana.
II
EL SALÓN DE COMARES
Amanecía apenas: los reflejos De la rosada luz del sol naciente Á dorar comenzaban á lo lejos De la ancha sierra la arbolada frente: Y empezaba la aurora purpurina Ostentosa á tender su velo de oro Prendido en el Oriente, Sobre la extensa vega granadina, Ceñidor de verdura, Morisco chal que envuelve la cintura De la ciudad en donde reina el Moro.
Comenzaba á sus cárdenos fulgores La tierra fértil á tomar colores, Exhalando de sí el aroma suave De la humedad nocturna, y comenzaba La flor á abrirse, á gorjear el ave, Y la brisa del alba revoltosa Á estremecer del bosque, donde erraba, La cabellera verde y rumorosa.