Granada, Poema Oriental, precedido de la Leyenda de al-Hamar, Tomo 1
Part 7
Venid en torno á mí, generaciones Ateridas del Norte, que con pieles Vestís nuestras moriscas tradiciones, Rasgando sus bordados alquiceles: Venid á oirlas en sus propios sones Y lengua original de bocas fieles, Al pobre són de bárbara guitarra Debajo de un peñón de la Alpujarra.
Venid, aprenderéis del Mediodía Cuál el origen es de los cantares Que jamás comprendió vuestra alma fría; Sabréis cómo entre bélicos azares Nació la abrasadora poesía De nuestros bellos cantos populares; Y en el lujo oriental de su riqueza, Considerad su bárbara grandeza.
Pues por hijos de bárbaros osada Vuestra historia nos da, sea en buen hora: No esa bárbara estirpe renegada Será por mí; mas á admirar ahora Venid el rastro que dejó en Granada La ilustración de nuestra estirpe mora: Y en el lujo oriental de su riqueza Adorad nuestra bárbara grandeza.
Sí: yo os voy á contar la historia bella De esos á quien llamáis fieros salvajes, Y fío en Dios que entenderéis por ella Que puede despreciar vuestros ultrajes Quien Alhambras dejó sobre su huella, Quien labró fortalezas como encajes, Y quien colmó por cóncavo arrecife Las albercas del real Generalife.
Yo os voy á hablar del mágico recinto De esta por ellos habitada tierra, Y á mostraros lo que este laberinto De jardines y alcázares encierra. En llanto y sangre le dejaron tinto, Pero tan fértil con su amor y guerra, Que la flor más silvestre aromatiza Y el más vulgar recuerdo poetiza.
Yo os haré ver, de nácar, concha y oro Sobre arcos, sus balsámicos pensiles, Do brotan junto al cedro el sicomoro, Junto al nudoso abeto las gentiles Palmeras, junto al álamo inodoro El plátano aromado, las sutiles Hebras de la ancha pita entre rosales, Y el fragante limón entre nopales.
Yo os haré ver su pueblo primitivo, Mitad rudo pastor, mitad guerrero, Cuyo robusto labrador activo, Cambiado en la ocasión en caballero, Lidió, veloz Numida al golpe esquivo, Con el jinete colosal de acero: Y aplazando con él treguas extrañas, Corrieron toros y jugaron cañas.
Yo os haré oir sus cuentos populares Y sus caballerescas tradiciones En torno y al calor de sus hogares; Vendréis á sus nocturnas reuniones Conmigo, sus combates singulares Juzgaréis, sus civiles disensiones Lamentaréis, saldréis á sus campañas Y testigos seréis de sus hazañas.
Vendréis á sus palacios construídos Para la guerra á un tiempo y los placeres, Y leeréis en sus muros, revestidos De miniaturas, de oro en caracteres Con sacra fe caballeresca unidos Los nombres de su Dios y sus mujeres: Sin que halléis en la casa que fué suya Nada que en pro de su saber no arguya.
De fakíes, de reyes, y vasallos Os contaré los gozos y las cuitas: Os haré penetrar en sus serrallos Y asistir á sus rondas y á sus citas: Y sus muebles, sus armas, sus caballos, Sus bazares, sus baños, sus mezquitas, Desde el hogar hasta la móvil tienda Todo lo váis á ver en mi leyenda.
Que es del poeta grande á maravilla El poder, y radiante su mirada, Como un fanal que las disipa, brilla En las tinieblas de la edad pasada. Venid, pues: con las lanzas de Castilla Os voy á conducir hasta Granada: Y, á pesar de sus fieros Africanos, En la Alhambra entraréis con los Cristianos.
Tal es, tan grave, tan inmensa y alta La empresa nueva y colosal que intento: Tal es la altura que atrevido asalta Descarriado quizá mi pensamiento; Mas si del vuelo en la mitad me falta Fuerza al impulso ó á las alas viento, Siempre sabré sin deshonor que, en suma, No me faltó el valor, sino la pluma.
¡Tierra oriental, mansión de la alegría, Favorita del sol y de las flores, Santuario del valor, cuna del día, Paraíso del ocio y los amores, Tesoro y manantial de poesía! Voy á cantar tu gloria y tus primores. ¡Tierra de bendición, al Cielo santo Pide la suya tú para mi canto!
¡Salve, ciudad del sol, Granada bella, Amor de Boabdil, huerto florido Que entre nieves estériles descuella, Taza de nardos, de palomas nido, Diamante puro que sin luz destella, Edén entre peñascos escondido, Ilusión de esperanza y sueño de oro Que halaga aún al corazón del Moro!
¡Salve, vergel en donde el alba nace Y donde el sol poniente se reclina, Donde la niebla en perlas se deshace Y las perlas en plata cristalina: Donde el placer sobre laureles yace Y Dios sonríe y la salud domina! Divino objeto de mi canto rudo, Yo al empezar mi canto te saludo.
Heme aquí, vueltos hacia ti los ojos, Descubierta al nombrarte la cabeza, Con amoroso afán puesto de hinojos, Rendido adorador de tu belleza, Ofrecerte mis cantos por despojos Si dignos son de tu inmortal grandeza; Tiéndeme, pues, bellísima Granada, Al elevar mi voz una mirada.
Y ¡plegue á Dios que mi amoroso acento Por cima de los montes y los mares Lleve á tu Alhambra sonoroso viento Que armonía mejor dé á mis cantares! Y si te dan á ti contentamiento Y algún premio por ellos me buscares, Dame á tu vez ¡oh flor de mis amores! Sepultura al morir entre tus flores.
II
NARRACIÓN
Un siglo de desorden y abandono Para mal de Castilla había corrido, Y cinco reyes afirmar su trono Bajo el regio dosel no habían podido; Y todo un siglo, con civil encono En contiendas sacrílegas perdido, Sólo dejaba al pueblo Castellano Ira en el corazón, sangre en la mano.
Débil el rey, el prócer insolente, Hecho el soldado á la rapiña, al oro Aficionado el clero irreverente, Rico el Judío y descuidado el Moro, Fué la justicia inútil é impotente: Nadie atendió al honor, nadie al decoro: Nadie seguro en tan infanda tierra Al deber acudió, sino á la guerra.
Constituyóse el noble en soberano, Y el soldado en señor: el caballero Se hizo juez, el obispo cortesano, Soldado el labrador, aventurero El holgazán, bandido el artesano: Y, mucha la ambición, poco el dinero, Robó al débil el fuerte, y en la obscura Tienda el judío vil se hartó de usura.
Rebelde á su Monarca la nobleza Alzó banderas y allegó parciales: Cada solar cambióse en fortaleza, Cada escudo en pendón: y por leales Todos dándose á par y con fiereza Temeraria batiéndose, á los males Abrieron ancha puerta, y fué la España Confusa lid, universal campaña.
Hasta el Rey portugués entró en Castilla Su esposa haciendo á su sobrina Juana, Y dividióse en bandos cada villa En pro ó en contra de la unión profana. Airado el Santo Padre á tal mancilla, La sacrílega unión declaró vana: Mas, al rayo de su ira, el vulgo ciego En lugar de extinguir avivó el fuego.
La fe apagada y el honor extinto, Perenne manantial de desconsuelos, Denso caos, confuso laberinto De pasiones, de crímenes y duelos De la España infeliz era el recinto: Y hundiérase su gloria, si los cielos No la enviaran un astro de ventura Que la alumbrara en noche tan obscura.
Grande, digna, legítima, valiente Cual repentino el sol tras un nublado Aparece más puro y refulgente, Apareció ISABEL. Tronó indignado Sobre el clamor de la confusa gente Su regio acento, y su pendón sagrado Alzando en el tumulto de improviso, Postróse el pueblo y la acató sumiso.
De ella en pos el Católico Fernando Al frente apareció de sus legiones, En las banderas de Aragón mostrando Las barras á la par de los leones. Todo el que noble se juzgó á su bando, Por honor ó por miedo, sus pendones Unió: y el porvenir con luz más pura Comenzó á esclarecer la edad futura.
Monja en Coimbra la Princesa Juana, Sin fe su causa y sin valor su bando, Vencida la arrogancia Lusitana, Rey de Sicilia y Aragón Fernando, Reina Isabel en tierra castellana, Quietos los nobles y seguro el mando Bajo el doble poder de entrambos reyes, Tornó España á su prez, tornó á sus leyes.
Acotó la licencia y el cinismo De las viejas costumbres relajadas La Inquisición severa: el Judaísmo Sepultó su avaricia en las moradas De sus obscuras lonjas: á sí mismo Volvió el honor Hispano sus miradas, Y un siglo entero sin virtud ni gloria Vió que manchaba su cristiana historia.
Avergonzada entonces la nobleza, Entregó á los monarcas los castillos Con que á la rebelión dió fortaleza: Y arrancando sus puentes y rastrillos, La plebe licenció que la pobreza Llevó á su bando; y, libre de caudillos Tales, volvió el labriego á sembrar grano Y volvió á su taller el artesano.
Vióse libre el erial de bandoleros, De cohechos el foro, de judíos El mercado, la plebe de usureros, La sociedad de vagos, y de impíos La fe: vióse el erario con dineros, Con disciplina la milicia, y, bríos Dando á Castilla el genio de otra era, Tornó á su fuerza y dignidad primera.
Generación empero entre el bullicio De eslabonadas y feroces guerras Nacida, y avezada al ejercicio De entrar por muros y trepar por sierras, Llegó en ésta el valor á ser un vicio Y el pelear costumbre: y en sus tierras No hallando ya enemigos á las manos, Pensó al fin en los fieros africanos.
Como león que hambriento se despierta Y, al tender la mirada adormecida De la llanura en la extensión desierta, Á lo lejos cruzar mal conducida La lenta caravana á ver acierta, Y avanzado la garra entumecida, Crespa la greña y la mirada fosca, Para asaltarla en el jaral se embosca:
Así tendió famélica mirada, Despertando al honor, el castellano Hacia el florido reino de Granada, Embalsamado harén del africano. Así Castilla alerta y emboscada De Isabel bajo el trono soberano, Sólo esperaba su orden impaciente Para caer sobre la mora gente.
La Católica Reina, sus enojos Con varonil prudencia refrenando, Fijos tenía los atentos ojos En el redil del agareno bando: Y, resuelta á arrancar sus granos rojos Á Granada uno á uno, con Fernando Esperaba en el Cielo oir la hora Del exterminio de la raza mora.
Y tenía ya Dios determinado El desastroso fin de aquella gente, Y al término fatal era llegado El poder de las tribus del Oriente. El trono de Al-hamar había ocupado Su penúltimo rey, y, á su occidente Tocando ya la berberisca luna, Huía hacia Castilla su fortuna.
La discordia civil vertido había El licor de su copa envenenada En el alma del árabe, y ardía El cráter de un volcán bajo Granada: Mas oculto en la tierra todavía El fuego asolador, aposentada Parecía en la Alhambra la ventura, Firme su solio, su quietud segura.
Reinaba allí Muley Hasán: guerrero Más que rey y político, su mano Nunca el cetro empuñó, sino el acero: No temió nunca, sino odió al cristiano. Ni nunca treguas respetó altanero, Ni manchó su decoro soberano El tributo pagándole rendido Por su padre Ismaël que fué vencido.
En diez años de próspero reinado, Al porvenir mirando y al decoro De su trono, Muley había logrado Su ejército doblar y su tesoro. De África con los reyes coligado, Prevenido á la lid se había el Moro: Y de víveres y armas hecho apresto, En pie sus plazas de defensa puesto.
Numerosos sacó de Berbería Escuadrones de tropas auxiliares, Del desierto veloz caballería, Saeteros de Fez almogavares: Y un pie de sus fronteras no tenía Sin avanzados puestos militares, Ni un cerro de sus reinos á la raya Sin el ojo sagaz de una atalaya.
Seguro como un águila en su nido En Granada Muley, por sus fronteros Guardado, y de sus súbditos temido Por los decretos de su ley severos, Reinaba en celebrar entretenido Con sus enamorados caballeros Justas, zambras, saraos deslumbradores En honor de la hurí de sus amores.
Es esta la cautiva seductora Que Isabel de Solís niña y cristiana En Martos se llamó, y á quien ahora, En el serrallo de Muley sultana, Zoraya llaman, en la lengua mora _Lucero precursor de la mañana_: Astro en verdad de amor y de hermosura, Mas precursor de asolación futura.
Por el ardiente amor de esta cautiva Olvidado Muley de Aija su esposa, De su presencia y de su amor la priva: Y Aija, como oriental, fiera y celosa Y, como Reina y afrentada, altiva, Disimula la rabia que la acosa Alentada no más por la esperanza De tomar en los dos feroz venganza.
Un hijo tiene, Abú-Abdilá llamado, Del Rey versátil, y por ella propia En odio de Muley amamantado; Mozo gallardo, de su padre copia. Mas contrario á su padre por el hado Fatal en que nació, traidor acopia El odio hacia Muley que Aija respira, Y el que su estrella personal le inspira.
Guárdale la sultana con desvelo Y témele el Monarca por instinto: Ódiale la Zoraya, con recelo De que á sus hijos dañe cuando, extinto, Del amor de Muley la prive el Cielo: Y Abú-Abdilá entretanto, en el recinto De Granada parciales allegando, Sagaz se forma poderoso bando.
Sospéchalo Muley; la favorita, En el amor del Árabe fiada, Diestra su odio á su rival excita: Pero menos contra ambos osa á nada Cuanto más el Monarca lo medita. Nace así la carcoma de Granada, Y Hasán en el peligro se adormece, Y el tiempo vuela, y el peligro crece.
¡Escrito estaba y del amor fué pena! Perdió Eva al padre de la raza humana, Á Hércules Deyanira, á Troya Elena, Lucrecia al solio y majestad Romana, Florinda á Don Rodrigo; y la Agarena Gente perdióse por la vil cristiana Que, dando impura á Boabdil hermanos, Dió á sus almas rencor, hierro á sus manos.
¡Escrito estaba! comprendiólo luego El postrimer Monarca granadino; Y, según el Korán, el hombre ciego Torcer no puede su fatal destino. ¡Escrito estaba! lágrimas de fuego Vertiendo del Padul sobre el camino Lo dijo Abú-Abdil, hacia Granada Triste volviendo la postrer mirada.
Y escrito estando é inmutable siendo El fallo del destino, hacia su ruina Arrastrado por él iba corriendo Sordo y ciego Muley, á la divina É inexcusable voluntad cediendo: Y, esclavo del amor que le domina, En mantener no más piensa á Granada Esclava de su hermosa renegada.
Sólo por eso su grandeza estima, Su prez en mantener piensa por eso: Por eso ardor de combatir le anima, Triunfos soñando su amoroso exceso. Por eso de su alcázar desde encima Del muro y agobiado bajo el peso De su amante ambición, se le veía Mirar la vega al transponer el día.
Desde el adarve real de su alcazaba De la Alhambra, Muley con complacencia Del granadino reino contemplaba La amenidad y próspera opulencia: Y al cristiano poder desafiaba Con desdeñosa y bárbara insolencia. Al lejos divisando los pajizos Muros de sus castillos fronterizos.
Sonreía el infiel con arrogancia, Mirando las montañas guardadoras De su tierra, y en fértil abundancia Las tribus de sus pueblos moradoras. Sonreíase al ver en la distancia Del África arribar las naves moras, Sobre un mar que parece en lejanía Un ceñidor azul de Andalucía.
Embriagábase el Árabe de orgullo Contemplando la espléndida hermosura De su vega, y servíale de arrullo El misterioso són con que murmura La soledad, y el singular murmullo Que armoniza doquier el aura pura, Cuando orea con ala sosegada La región por los hombres habitada.
Absorto contemplaba el noble Moro La vega granadí, huerta extendida De su corte á los pies, rico tesoro De ocio y placer y manantial de vida: Y el alma de Muley, en sueños de oro Con pereza oriental adormecida, Se gozaba en mirar desde la altura Por milésima vez tanta hermosura.
En aquel cielo azul y transparente, Pabellón de cristal sin mancha alguna, Lucen sobre la tierra eternamente Sereno el rojo sol, blanca la luna. Allí Genil su límpida corriente Vierte con Darro y Monachil á una, Brotando á sus regueros creadores En vasta profusión frutos y flores.
Allí el cedro fragante y los almeses Amados de los pájaros campean De Jericó á la par con los cipreses; Las vides de Falerno allí se orean Entre pajizas y preñadas mieses. Que magnolias espléndidas sombrean: Y allí las cañas del Jordán sonoras Zumban entre las palmas cimbradoras.
Las de la humana ciencia más ignotas Salutíferas plantas allí quiso Dios fecundar, y de las más remotas Tierras los frutos dió á su paraíso: Los sagrados laureles del Eurotas, Los poéticos tilos del Pamiso, De Estambul los ardientes tulipanes, De Cartago los frescos arrayanes.
Por sus fragantes y purpúreas rosas Sus rosas la cediera Alejandría: Por sus morenas hijas voluptuosas Sus hijas la Circasia la daría: El zumo de sus vides deliciosas La campiña de Chipre envidiaría, Su frescura los bosques de la Ausonia, Sus árabes pensiles Babilonia.
Tal es la vega de Granada: tales Las delicias que encierra, y que el monarca Desde sus ajimeces orientales Con mirada de halcón ufano abarca. Tal es su reino entero; y en sus reales Alientos le parece ofrenda parca Que llevar á los pies de la que adora, De Zoraya, lucero de la aurora.
Por eso se extasía contemplando Sus tierras y su corte defendida Por las bravas legiones de su mando, De mil y treinta torres guarnecida: Y al pensar en la corte de Fernando, En sus tierras aun no establecida, «¡Venga á pedir, exclama, si se atreve, El vil tributo que Muley le debe!»
Y he aquí que, concluyendo en estos días El plazo de unas treguas especiales Que acotaban las locas correrías Lícitas por las treguas generales, No pasando la empresa de tres días, No batiendo tambor ni alzando reales, Presentóse en la vega una mañana Un escuadrón de gente castellana.
Corto, pero á la lid apercibido, Componíanle apenas cien jinetes Que estatuas parecían de bruñido Sonante acero. El rostro en los almetes Bajo de las viseras escondido Traían: sobre malla coseletes De triples pasadores barrëados, Los caballos de hierro encubertados.
Mazas de nueve puntas y afiladas Hachas de desarmar en los arzones: Puñales de Milán y anchas espadas De Toledo en la cinta, los lanzones Al brazo y, en lugar de las rizadas Plumas, una cruz de oro en los crestones Y otra al pecho, diciendo en un letrero: Á SU LUZ VIVO Y Á SU SOMBRA MUERO.
Del cristiano escuadrón á la cabeza Marchaba un caballero de Santiago Comendador, templando la fiereza De un potro negro, que al continuo halago De su señor responde con nobleza Cabeceando orgulloso, y al amago Del acicate esquivo, á cada instante Quiere escapar con ímpetu pujante.
Era este capitán don Juan de Vera Del solar de Mendoza: Castellano De recto juicio y de virtud severa, Celoso asaz del esplendor cristiano, Conoce y teme la morisma entera Su audaz valor y su pesada mano: Y en el tumulto de la lid confusa, Quien valiente no es su encuentro excusa.
Con paso grave y continente altivo Por entre el moro pueblo, que le mira Con ojo torvo y ademán esquivo, Llegó Don Juan al torreón de Elvira: Y vuelto á un renegado que cautivo Trae, con voz que majestad respira Y en Español, mirando á su decoro, Dijo, aunque sabe bien la habla del Moro:
«Di al capitán del puesto, en Africano, Que de estas puertas al umbral espera Licencia para hablar al soberano, En nombre de su Rey, Don Juan de Vera: Y que para él y su escuadrón cristiano Pide hospitalidad franca y sincera Por una noche; pues, su real mensaje Cumplido, torna á continuar su viaje.»
El renegado en árabe tradujo Lo dicho al capitán, el cual, montando Una yegua que Córdoba produjo Y en sus dehesas pació su césped blando, Por la árabe ciudad les introdujo Hasta que, el alto Bib-Leujar pasando, De sus bosques cruzando el laberinto Les dejó de la Alhambra en el recinto.
Regia hospitalidad y alojamiento Cómodo el moro rey, de su alcazaba En una de las torres al intento Dispuesta, dióles: muchedumbre esclava Á sus órdenes puso, cuyo atento Cuidado pronto á su obediencia estaba: Y les sirvió en opípara comida Con caliente manjar fresca bebida.
De ella al fin un kadí, severo anciano De barba luenga y paternal mirada, Llegó á Don Juan y díjole: «Cristiano, La luz de Aláh te alumbre. Tu embajada Recibirá mañana el soberano. Huéspedes del monarca de Granada Sois tú y los tuyos esta noche; mide Por tu deseo su largueza, y pide.»
«Anciano, replicó Don Juan de Vera, Da gracias á tu rey por su hospedaje, Y dile que jamás de otra manera Á caballeros de mi fe y linaje Que tratára esperé: que á la primera Luz del próximo día mi mensaje Que oiga le ruego: pues la misma tarde Debo partir. He dicho: Dios te guarde.»
Retiróse Don Juan á su aposento: Mas no sin ver si su cristiana gente Tenía cerca de él alojamiento Á caballeros tales conveniente; Y, con todo el rigor del campamento Guardado el torreón militarmente, Después de haber sus oraciones hecho Tendióse armado en el morisco lecho.
LIBRO SEGUNDO
LAS SULTANAS
I
EL CAMARÍN DE LINDARAJA
Era una noche azul, pura, serena Del fructífero Mayo, perfumada Con el aroma de sus flores, llena De la armonía mística exhalada Por las auras y fuentes, que en la amena Soledad de los bosques y los huertos Misteriosas susurran, y alumbrada Por la luna creciente con inciertos, Trémulos y argentinos resplandores: Era una noche, en fin, de esas hermosas
Noches de paz, inspiración y amores, En que derrama Dios sobre Granada, Africana dormida entre las rosas, Los rayos de sus ojos creadores Y el aura de su aliento embalsamada: La misma noche en que Don Juan de Vera Huésped del Moro en sus palacios era.
Y era un regio y magnífico aposento De la oriental Alhambra, donde el oro, El cobalto y el nácar, en labores Mágicas trabajadas á lo moro, Brillaban desde el techo al pavimento, Á los suaves y tímidos fulgores Que una aromada lámpara esparcía Que en una taza de alabastro ardía.
Á un lado de esta cámara ostentosa Y por bajo de un arco que cubría Damasquino tapiz, se abría paso Una estrecha y cruzada galería, Formada de esta estancia por el muro Y un balcón, por do entraba misteriosa De los astros la luz, el aire puro Y el són del agua que, en raudal escaso, Vertía Darro por el valle obscuro.
El suelo de esta estancia deliciosa Era de blanco mármol, á pedazos Cubierto de alkatifas argelinas Y cojines de raso azul y rosa: Sus puertas se cerraban con cortinas De telas de oro y seda, que con lazos, Broches y trenzas de ámbar y corales, Se recogían en profusos pliegues Al gusto de los pueblos orientales: Y en el segundo cuerpo de los muros Se abrían dos moriscos ajimeces De exquisita labor y árabes, puros, Elegantes contornos Y calados y espléndidos adornos.