Granada, Poema Oriental, precedido de la Leyenda de al-Hamar, Tomo 1

Part 6

Chapter 63,526 wordsPublic domain

Á este eco, en la sonora profundidad perdido, Cual de invisible fuerza magnética impelido El árabe caballo feroz se encabritó. Asir quiso el jinete las bridas, mas fué tarde: Piafando y relinchando con orgulloso alarde Por la sonora gruta el palafrén entró.

ALCÁZAR DE AZAEL

Lanzóse el bruto indómito, Con arrogante empeño Luchando con su dueño, Que cede á su vigor, Por bajo de una bóveda De fábrica divina, Tan pura y cristalina, De tan sutil labor,

Que su techumbre cóncava De transparente hielo La claridad del cielo Deja á través gozar, Y, en un inmenso pórtico De regia arquitectura, Más diáfana y más pura La viene á derramar.

Mas ¿qué mirada humana Á penetrar se atreve En esta soberana Morada celestial? ¿Qué mano alza profana El pabellón de nieve, Que los misterios debe Velar de un inmortal?

El techo, almohadillado Con planchas de diamantes, La lumbre en mil cambiantes Del sol vierte á trasluz. Y el suelo, trabajado Sobre cristal de roca, Su brillantez provoca Volviéndole su luz.

Los límpidos pilares, Do asienta la segura Soberbia arquitectura Su peso colosal, En torno, transparentes, Reflejan á millares Los círculos lucientes Del Iris celestial.

Y de este centelleante Alcázar encantado, Que en hielo está labrado Y entre la nieve está, Al interior radiante, Do alguna maga habita, El noble Nazarita Adelantando va.

Del luminoso pórtico Del diáfano edificio Apena el frontispicio Magnífico pasó, Entró bajo una espléndida Colgada galería, Que á un patio conducía Que á su remate vió.

El firme pavimento Retiembla estremecido Bajo el galope unido De su veloz corcel, Su paso y movimiento El eco prolongado Del hueco artesonado Marcando detrás de él.

De aquella galería Cruzó la luenga arcada: Pasó de otra portada Por bajo el arco: entró Al patio, que veía De lejos, y el ardiente Caballo de repente Plantóse y relinchó.

Cual la espiral flotante Del humo que despide Pebete en que fragante Perfume ardiendo está, Y ráfaga perdida Por bajo la divide, Y la mitad partida Leve á la altura va:

Poder así invisible En paso imperceptible Caballo y caballero, Sin fuerza separó; Y el bruto, cual ligero Vapor desvanecido, De él libre y dividido El príncipe se vió.

Miró Al-hamar en torno Y, al contemplar de cerca La fábrica y adorno Del patio de cristal Hecho, ó tallado en hielo, Halló que era un modelo Del patio de la alberca De su Palacio real.

Aquel es el arranque De su alta torre: aquellos Los ajimeces bellos Que sobre el patio dan: Aquel es el estanque: Los arrayanes éstos Que, por su mano puestos, En su redor están.

Aquellos los pilares Del corredor: aquellas Las bóvedas de estrellas De cedro y de marfil; La estancia de Comares Aquella, do su magia Dejó la _comarajia_ En su labor sutil.

Los ricos tiene enfrente Calados pabellones Del patio de leones, Con su oriental jardín: Y allí está el mar bullente, Que al Hierosolimita De Salomón imita; Es otra Alhambra en fin.

Es otra Alhambra, pero Más que la Granadina Hermosa; una divina Alhambra celestial. Alcázar hechicero, Labrado con vivientes Materias transparentes De germen inmortal.

Los muros trabajados Con ricos arabescos Y flores y estucados Prodigios del cincel, Los gabinetes frescos Que adornan escrituras Divinas, miniaturas Del oriental pincel,

Son obra misteriosa De soberano artista, Que ni en humana vista Cabrá, ni en comprensión: Y aquellos tan macizos Muros, y quebradizos Calados de su hermosa Y aérea mansión,

En su materia mística Encierran una esencia, Que infunde una existencia Á su insondable sér: Y toda aquella fábrica Tan pura y transparente Es creación viviente De incógnito poder.

Mirábala embebido El Nazarita príncipe, Cuando llegó á su oído La deliciosa voz Que oyó de la caverna En la extensión interna Sonar, cuando detúvose Su palafrén veloz.

Y la escondida música Que en torno de él resuena De júbilo le llena, Le embriaga el corazón, Y la palabra mística De aquel cantar de gloria Le trae á la memoria Antigua aparición.

Dibújase en su mente Un valle de Granada Con una fresca fuente De lánguido rumor, En una perfumada Noche, sin nube alguna El Cielo, de la luna Plateada al resplandor.

Y cuanto más escucha Su armónico concierto, Un rumbo va más cierto Tomando el corazón. Triunfante de la lucha Con la ilusión pasada Del valle de Granada, Al comprender su són.

--«Salud ¡oh Nazarita! Bien llegues á las nieblas Cuya región habita Tu genio protector. Ha visto en las tinieblas Resplandecer tus ojos: Te conoció, y de hinojos Dió gracias al Señor.

»Su vista rutilante, Que el universo abarca, Posada en tu semblante Desde tu cuna está, Y el dedo omnipotente Sobre tu noble frente Grabó la regia marca, Que á conocer te da.

»Naciste favorito Del genio y de la gloria: Tu nombre fué victoria, Tu voluntad ley fué. Tu tiempo es infinito, Profundas son tus huellas, Propicias las estrellas Son á Nazar: ten fe.

»Avanza, Nazarita; Radiante aquí tu estrella Con viva luz destella, Aquí en tu Alhambra estás: Aquí mana infinita La fuente del consuelo. Avanza, aquí del cielo Más cerca reinarás.»

De la celeste música La letra así decía, Y, atento á su armonía, El príncipe Al-hamar Permanecía atónito Sin voz ni movimiento, En dulce arrobamiento Gozando sin cesar.

El agua, de que llena La alberca está, ondulante Refleja cada instante, Más vario resplandor, Cual si una luz serena Bajo la linfa clara Recóndita radiara Con trémulo fulgor.

Debajo de su planta Percibe que el divino Concierto se levanta, Del manantial detrás, Y al borde cristalino De la colmada alborea, Que está á sus pies, se acerca Cada momento más.

Y he aquí que en este punto Del fondo transparente Del agua donde siente La música sonar. De un sér resplandeciente El rostro, que ilumina La linfa cristalina, Se comenzó á elevar.

Tocó en el haz del agua Su cabellera blonda: Quebró la frágil onda Su frente virginal: Dejó el agua mil hebras Entre sus rizos rotas, Y á unirse volvió en gotas Al limpio manantial.

Aéreo, puro, leve, Cual nube vaporosa Que mansa el aura mueve Y transparenta el sol, Ciñendo de oro y rosa Flotante vestidura, Como el del alba pura Suavísimo arrebol:

La paz en el semblante, La gloria en la sonrisa, Apareció radiante El ángel Azäel; Y sus mortales ojos Fijando en la improvisa Aparición, de hinojos Cayó Al-hamar ante él.

Del agua se alzó fuera Y, al esparcir el viento Su blonda cabellera, El aire perfumó: Dejó escapar su aliento, Y cuanto allí existía Su aliento de ambrosía Con ansia respiró.

Del suelo á la techumbre El místico palacio Reverberó la lumbre De su divina faz, Cuya fulgente aureola Purpúrea tornasola El aire del espacio Y de las aguas la haz.

Y he aquí que su alba mano El ángel extendiendo Y alzando y atrayendo Al príncipe hacia sí, Con plácida sonrisa Y acento soberano, Que armonizó la brisa Fragante, hablóle así:

«Yo visité en un sueño Tu espíritu en la tierra, Mostrándote halagüeño Tu porvenir en él. Tesoros te di y gloria, Tu esclava hice á la guerra, Grabando en tu memoria La imagen de Azäel.

»Iluminé tu ciencia, Colmé de sabios planes Tu humana inteligencia Y al logro te ayudé. Cual tu ambición lo quiso Cumpliendo tus afanes, Terreno paraíso Tu rico imperio fué.

»Yo inoculé en tu alma El germen de la duda Para turbar la calma De tu crëencia vil: Para que espuela fuera Con cuya lenta ayuda Á la verdad se abriera Tu corazón gentil.

»Brotar hice en tu suelo Para calmar tus penas Las aguas del consuelo, Que á conocer te di: Mas de tristeza llenas Cien noches has pasado, Y al agua no has llegado Cuyo raudal te abrí.

»Al verte victorioso, Temido y opulento, Tu corazón atento Sólo á la tierra fué. Dudaste, mas dudando No osaste perezoso El rostro á mí tornando Poner en mí tu fe.

»Y hacia el fatal destino Á que traidora guía La falsa fe, te vía Adelantar Luzbel: Y el fin de tu camino Mostrándome decía: _Caer era su sino: Le pierdes, Azäel._

»Lloraba yo abismado En mi amargura, viendo Mi afán tan malogrado, Tan sin valor mi fe: Y, en mi pesar y enojo Postrer esfuerzo haciendo, Con temerario arrojo Entre ambos me lancé.

»Luchamos: el Eterno, De mi dolor movido, Caer dejó en su oído Su nombre y dió á mis pies. Sumíle en el infierno: Y en alas de un nublado Te traje arrebatado Adonde en paz te ves.

»Los pérfidos espíritus Que en pos de ti traías, Las vanas fantasías De tu crëencia ruin Mostrábante. ¡Quiméricos Esfuerzos! ¡Sueños breves! Aullando, de mis nieves Se quedan al confín.

»Mas ¡ay! yo te conquisto Los cielos..... y ¡cuán caro Me cuesta á mí el amparo Que liberal te doy! Dos siglos ha que existo Aquí, expiando un yerro, Y añado á mi destierro Uno, por ti, más hoy.

»Á condición tan dura Tu salvación compraba, Nazar; mas yo te amaba Tanto, que la acepté; No supe resignarme Á arrebatar dejarme Tan noble criatura, Y tu alma rescaté.

»¡Oh! juzga bien en cuánto Me es cara tu alma buena, Cuando á mi larga pena Cien soles añadí Por ella. Ahora el santo Fallo, inmutable, extremo, Oye que el Juez Supremo Fulmina contra ti.

»Hoy mismo, en apariencia, Perecerá á las manos De incógnita dolencia Tu cuerpo terrenal: Más junto á mí existencia Tendrás, hasta que ufanos Habiten los cristianos Tu alcázar oriental.

»Yo les haré á Granada Cercar como un enjambre: Con ellos vendrá el hambre, La muerte y el baldón: Y talarán tus tierras, Y en sanguinarias guerras Tu raza aniquilada Será sin compasión.

»Tú lo verás: estrella Fatal para tu gente, Tú verterás sobre ella Roja, siniestra luz: Y lidiarás conmigo En pro del enemigo, Sobre el pendón de Oriente Hasta clavar la Cruz.

»Ahogado el Islamismo Y desbandada y rota Tu raza, gota á gota Su sangre en ti caerá: Su sangre es tu bautismo, Y este de afán y duelos Misterio, de los Cielos Las puertas te abrirá.

»No hay más que un Dios. Justicia En ÉL no más se encierra. Tu empresa fué en la tierra DIOS SÓLO ES VENCEDOR: Por eso te es propicia: Mas nadie entra en su gloria Sin pena expiatoria Hasta del leve error.

»Tal es nuestra sentencia: Tal es el purgatorio Que la alta Providencia Nos señaló á los dos. Obra de nuestras manos, En dón propiciatorio Se han de ofrecer, cristianos, Un Rey y un pueblo á Dios.

»Tú el Rey: el pueblo el tuyo. Tan sólo dignamente Así me restituyo Al Cielo, que dejé. Apróntate obediente Á dividir conmigo La gloria y el castigo Que para ti acepté.

»¡Sús, pues, oh Nazarita! De Dios al pie del trono, Rogándole en tu abono, Le respondí de ti. ¡Sús, pues! Á la bendita Empresa apresta el brío; Mortal, te hice igual mío; Sé digno tú de mí.»

Dijo Azäel: estático Á su divino acento, Embebecido, atento, Estúvose Al-hamar: Cedió su noble espíritu Al celestial destino, Y se empezó el divino Misterio á efectuar.

«Mira,» le dijo entonces El ángel desterrado: Y (hacia el lugar tornado Que el ángel señaló) El muro en dos partido, Sobre invisibles gonces Girando dividido, El Nazarita vió.

Se abrió sobre un espejo En cuyo misterioso Cristal, con el reflejo De un matinal albor, Se alumbra una campiña, Que Mayo lujurioso Con su fecundo aliña Primaveral verdor.

Una ciudad, fundada Al pie de una alta sierra, Domina aquella tierra Por donde arroyos mil Serpean: es Granada, Su vega, sus alturas Y las corrientes puras De Darro y de Genil.

Espléndida cohorte De Moros atraviesa Por su alameda espesa Llevando un ataúd, Y á la muralla corva De la morisca corte Se agolpa á verles torva Callada multitud.

Llegáronse á la puerta De Elvira aquellos fieles Muslimes; allí abierta La turba les dejó Paso, y subiendo á espacio La cuesta de Gomeles, Entrada en el palacio _Bib-el-Leujar_ les dió.

La multitud atenta Y silenciosa iba En pos su marcha lenta Siguiendo: y, al tocar La puerta judiciaria, La triste comitiva Paróse voluntaria Dejándose cercar.

Entonces, elevando El ataúd en hombros Los que le van llevando, Y puesto junto á él Un Alfakí, inspirando Doquier pavor y asombros, «¡Llorad!--(dijo él llorando) »Con lágrimas de hiel.

»¡Llorad toda la vida, »¡Oh huérfanos Muslimes! »¡La flor de los alimes, »¡La palma de Nazar, »¡La gloria del Oriente, »Cayó del rayo herida! »¡Llorad eternamente, »Llorad sobre Al-hamar!»

Así con ronco acento El Alfakí clamando, Del ataúd alzando El paño funeral, Al pueblo los despojos Del rey mostró; y al viento El pueblo, al caer de hinojos, Dió un ¡ay! universal.

Á este eco de agonía, Que atravesó perdido El aire hasta su oído, Se estremeció Al-hamar. Quitóse del espejo Do escena tal veía, Y se tornó el reflejo Del vidrio á disipar.

«¡Ea!--Azäel le dijo-- »Monarca de la tierra, »El ataúd encierra »Tu polvo terrenal; »Mas, de los cielos hijo, »Del ataúd te exhalas. »Desplega, pues, tus alas, »Espíritu inmortal.»

Entonces el rey árabe Sintióse aéreo, leve, Cual luz que el aire mueve, Cual nube que va en él. SÓLO ERA YA UN ESPÍRITU, UNA VISIÓN LIGERA, UN ALMA COMPAÑERA DEL ÁNGEL AZÄEL.

El silencioso vuelo Ambos á dos alzando, En el azul del cielo Perdiéronse los dos; Y, entre sus auras leves Su rastro abandonando, EL LIBRO DE LAS NIEVES Concluye. ¡Gloria á Dios!

EPÍLOGO

¡Gloria á Dios!--De Al-hamar el Granadino Así la historia celestial concluye; Llámala el Musulmán _cuento divino_, Y en _libros_ su relato distribuye. Su sacra inspiración del Cielo vino Y al Cielo desde aquí se restituye; Tradición oriental, es la portada Del oriental poema de GRANADA.

Cual dos cisnes que, al par atravesando El mar azul con encontrado vuelo, Isla apartada en su extensión hallando En ella toman anhelado suelo, Reposan juntos, y á partir tornando Tornan la anchura á dividir del cielo, Y de su voz un punto los sonidos Se elevan en el aire confundidos:

Como dos peregrinos que una tienda Dividen del desierto en la desnuda Soledad, de Al-hamar en la leyenda Dos poetas ocúltanse sin duda. Uno á Aláh en sus cantares se encomienda, Otro al Dios de la Cruz demanda ayuda. ¿Quién no percibe en ella confundidos Brotar de sus dos arpas los sonidos?

Dióles á ambos el Genio soberano La misma inspiración, el mismo aliento: Mas pasando tal vez de una á otra mano De uno y otro el armónico instrumento, El Árabe poeta y el Cristiano Sacan de él á la par distinto acento, Exhalando mezclada su armonía La Árabe y la Cristiana poesía.

Confundidos así sus dos cantares Entonan á una voz los dos cantores, Y de la Cruz divina los altares El poeta oriental orna con flores Que tejen las hurís sus tutelares; Pero de un solo SÉR adoradores, «NO HAY MÁS QUE UN SOLO DIOS»--dice el Cristiano; «NO HAY MÁS DIOS SINO DIOS»--el Africano.

Tal es la historia peregrina y bella Que os dan sobre estas hojas extendida. Lëedla sin temor: nada hay en ella Que la razón rechace, ó la fe impida; La luz que de sus páginas destella Despierta el alma á la virtud dormida, Y eleva el corazón y el pensamiento Á la pura región del firmamento.

Lëedla pues: y el ámbar que perfuma Del paraíso la mansión divina, Y el resplandor que de la Esencia suma Derramado los mundos ilumina, Y el rumor que levantan con su pluma Las alas de Gabriel cuando camina, Embalsame y alumbre y dé contento Á cuantos lean el _divino cuento_.

FIN DE LA LEYENDA DE AL-HAMAR.

GRANADA

POEMA ORIENTAL

Cristiano y español, con fe y sin miedo, Canto mi religión, mi patria canto.

LIBRO PRIMERO

EXPOSICIÓN

I

INVOCACIÓN

En el nombre de DIOS omnipotente, Cuya presencia el universo llena, Cuya mirada brilla en el Oriente, Nutre las plantas y la mar serena, Canto la guerra en que la hispana gente Al África arrojando á la agarena, Selló triunfante con la Cruz divina Las torres de la Alhambra granadina.

¡Espíritu de Dios único y trino, Ángel Custodio de la Fe Cristiana, Único fuego que del Cielo vino, Única fuente que incorrupta mana, Único rayo del fulgor divino, Única inspiración que soberana Eleva al Criador la poesía: Yo invoco tu favor para la mía!

Sostén mi voz, mi espíritu aconseja: Mas tolera que en carmen Africano Recoja alguna flor con que entreteja Cairel morisco á mi laúd cristiano: Ni juzgues que mi fe de Ti se aleja, Si algunas veces del harén profano Las alkatifas perfumadas piso, Ó invoco á las hurís del paraíso.

Voy la gloria á cantar de dos naciones Por religión é instintos enemigas, Que, fieles á la par á sus pendones, Prodigaron al par sangre y fatigas, Rojas brotar haciendo sus legiones Con la sangre común aguas y espigas: Y cual la de los dos corrió mezclada, Junta debe su gloria ser cantada.

Pues no porque en su límpida entereza Conserve yo la fe de los Cristianos Que hicieron del desierto á la aspereza Volver á los vencidos Africanos, Del vencedor loando la grandeza Trataré á los vencidos de villanos. No: siete siglos de su prez testigos Los dan por caballeros si enemigos.

Lejos de mí tan sórdida mancilla: Antes selle mi boca una mordaza Que llame yo en la lengua de Castilla Á su raza oriental bárbara raza. Jamás: aún en nuestro suelo brilla De su fecundo pie la extensa traza, ¡Y, honrado y noble aún, su sangre encierra Más de un buen corazón de nuestra tierra!

¡Augusta sombra de Isabel! perdona Si mi ruda canción osa atrevida, Llegando irreverente á tu persona, Del féretro evocarte á nueva vida. Sé que la gloria que inmortal te abona No puede por mi voz enaltecida Ser: mas yo bajo á tu mansión mortuoria No á engrandecer, sino á adorar tu gloria.

Díselo así al Católico Fernando, Si en medio de las dichas celestiales Alguna vez, por el Edén vagando, Recordáis vuestras glorias terrenales, La obscura tierra desde el sol mirando: Y al escuchar mis cánticos mortales, Mirad á vuestra gloria, que me inspira, No al rudo canto de mi tosca lira.

Y vosotros, guerreros de Castilla, Honor de sus más ínclitos solares, Nobles Condes de Cabra y de Tendilla, Merlos, Téllez, Girones y Aguilares, Cárdenas y Manriques de Sevilla, Fieles Vargas, intrépidos Pulgares, Córdovas generosos de Lucena, Impávidos Clavijos de Baena:

Mendozas de alta prez, Portocarreros Y Ponces de León, de cuya historia Sus anales jamás perecederos Henchidos guarda la Española gloria: Y vosotros también, ¡oh caballeros Árabes! dignos de gentil memoria: Muza, postrero campeador del Darro, Indeciso Boabdil, Zagal bizarro,

Aly-Athar insepulto, Hamet Rondeño, Lince de las fronteras castellanas, Reduán inalterable y zahareño, Gazul de las doncellas africanas Querido, Hacén tenaz, Ozmín trigueño, Tarfe, horror de las crónicas cristianas; Y vosotras, sultanas granadinas De nombres y leyendas peregrinas:

Aija la varonil, matrona osada Jamás rendida á su fatal destino: Zoraya, la cautiva renegada, Por cuyos hijos la discordia vino Á derribar el trono de Granada: Moraima la de Loja, á quien su sino Obligó á encomendar sin esperanza Vida y honor á Castellana lanza;

Perdonadme también si mis canciones, Á través de los mármoles tendidos En vuestros solitarios pantëones, Hieren en ronco són vuestros oídos. Sé que merecen más vuestras acciones Que elogios en mi voz mal atendidos: Mas si, en fuerzas escaso, á tal me atrevo, Es porque sé lo que á mi patria debo.

Sé que es la empresa donde me he empeñado Dédalo obscuro, inmensurable abismo, Do sólo penetrar han intentado Necia temeridad ó alto heroísmo: Conozco que, en mi orgullo, demasiado Fío en mi corazón, fío en mí mismo: Mas supera la fe mi atrevimiento, Y fío en Dios que abonará mi intento.

Deliciosos recuerdos de otros días De honor y de placer, de amor y gloria, Que envuelta en romancescas fantasías Guardáis oculta vuestra bella historia, Exhalada en confusas armonías De himnos de amor y gritos de victoria: Dad á mi corazón, dad á mi aliento Generoso poder, canoro acento.

Águilas que os cernéis con corvo vuelo Sobre el Atlas y el Cáucaso; pastores Que sesteáis á la sombra del Carmelo Y bajáis al Jordán los baladores Ganados: y vosotros los que en pelo Montáis salvajes potros voladores, Hijos de los ardientes vendavales Que barren los egipcios arenales;

Tribus perdidas y á las de hoy extrañas, Para quienes la Europa no se ha abierto, Que incendiáis al huir vuestras cabañas Y en la Zahara avanzáis el paso incierto; Gacelas de las árabes montañas, Apareadas palmas del desierto; Caravanas errantes á quien ellas Dátiles dan y leche las camellas;

Palomas de los cármenes floridos Que bordan las colinas de Granada; Golondrinas leales que los nidos En la Alhambra colgáis; enamorada Raza de ruiseñores que escondidos Gorjeáis de su bosque en la enramada, Arroyos que, á su sombra, bullidores, Laméis su césped y mecéis sus flores;

Sierras que cubre el sempiterno hielo Donde Darro y Genil beben su vida; Valles salubres, transparente cielo De la Alpujarra aún mal conocida; De Málaga gentil alegre suelo De la hermosura y del amor guarida; Mar azul cuyo lomo cristalino Á las quillas de Agar prestó camino:

Abridme los tesoros encantados De vuestras glorias mil tradicionales; Dadme á beber los que guardáis sagrados De inspiración inmensos manantiales; Germinad en mi mente, no estudiados, Vuestros cantos de amor meridionales, Por que pueda brotar del arpa mía Vuestra oriental y virgen poesía.

De sus cuerdas despréndanse sonoras Esas modulaciones nunca oídas Por los pueblos de Europa, y de las moras Tribus por nuestros pueblos aprendidas; Esas notas ardientes, tentadoras, Que aun hoy por tosca mano repetidas Renuevan en los huertos de la Alhambra La de veloz compás morisca zambra.