Granada, Poema Oriental, precedido de la Leyenda de al-Hamar, Tomo 1

Part 5

Chapter 53,563 wordsPublic domain

Su mente obscurecieron Densísimos vapores: Dudó: tembló dudando: El corazón turbósele, Y así exclamó en la sombra Con temerosas voces, Que ahogó el murmullo manso Del manantial y el bosque:

«Espíritu, que el fondo »De ese raudal esconde: »Yo obedecí sumiso »Tus misteriosas órdenes, »Y soy la sola víctima »De tu presencia; tórname, »Pues, á la fe primera, »Ó con tu ley abóname.»

Dijo: y, como acosado Por invisible golpe, Saltó el caballo fiero Con repentino bote, Por medio de las sombras Lanzándose á galope: Y el rey arrebatado Á su pesar sintióse.

LA CARRERA

I

Lanzóse el fiero bruto con ímpetu salvaje Ganando á saltos locos la tierra desigual, Salvando de los brezos el áspero ramaje, Á riesgo de la vida de su jinete real. Él con entrambas manos le recogió el rendaje Hasta que el rudo belfo tocó con el pretal: Mas todo en vano: ciego, gimiendo de coraje, Indómito al escape tendióse el animal.

Las matas, los vallados, las peñas, los arroyos. Las zarzas y los troncos que el viento descuajó. Los calvos pedregales, los cenagosos hoyos Que el paso de las aguas del temporal formó. Sin aflojar un punto ni tropezar incierto, Cual si escapara en circo á la carrera abierto, Cual hoja que arrebatan los vientos del desierto. El desbocado potro veloz atravesó.

Y matas y peñas, vallados y troncos En rápida, loca, confusa ilusión Del viento á los silbos, ya agudos, ya roncos, Pasaban al lado del suelto bridón. Pasaban huyendo cual vagas quimeras Que forja el delirio, febriles, ligeras, Risueñas ó torvas, mohinas ó fieras, Girando, bullendo, rodando en montón.

Del álamo blanco las ramas tendidas, Las copas ligeras de palmas y pinos, Las varas revueltas de zarzas y espinos, Las yedras colgadas del brusco peñón, Medrosas fingiendo visiones perdidas, Gigantes y monstruos de colas torcidas, De crespas melenas al viento tendidas, Pasaban en larga fatal procesión.

Pasaban, sueños pálidos, antojos De la ilusión: fantásticos é informes Abortos del pavor: mudas y enormes Masas de sombra sin color ni faz. Pasaban de Al-hamar ante los ojos, Pasaban aturdiendo su cabeza Con diabólico impulso y ligereza, En fatigosa hilera pertinaz.

Pasaban y Al-hamar las percibía Pasar, sin concebir su rapidez, En más vertiginosa fantasía, En más confusa y tumultuosa orgía, Más juntas, más veloces cada vez: Y atronado su espíritu cedía Á la impresión fatídica, y corría Frío sudor por su morena tez.

Y en su faz estrellándose el viento, La ponía en nerviosa tensión, Y cortaba el camino al aliento, Y prensaba el cansado pulmón; Y, golpeando en sus sienes sin tiento De su sangre el latido violento, Sus oídos zumbaban con lento Y profundo y monótono són.

Ya creía que, huyendo el camino Del corcel bajo el cóncavo callo, Galopaba sobre un torbellino, Mantenido en su impulso no más; Ya creía que el negro caballo, Por la ardiente nariz y los ojos Despidiendo metéoros rojos, Rastro impuro dejaba detrás.

Ya sorbido por denso nublado, Con la lluvia, el granizo y centellas De que lleva su vientre preñado, Cree que va fermentando á la par; Nubes cruza tras nubes, y en ellas, Del turbión al impulso sujetos, Mira mil nunca vistos objetos Remolinos eternos formar.

De este vértigo horrible transido Caminaba á las riendas asido, En los corvos estribos seguro Y entre el uno y el otro borrén Empotrado, dejando abatido Por el bruto llevarse en lo obscuro: Y empezaba á perder el sentido Del escape mareado al vaivén.

Rendido y las fuerzas perdiendo Al vértigo intenso cedió; Y loco el cerebro sintiendo, Los ojos cerrar no pudiendo La ciega mirada fijó, Tenaz contracción manteniendo No más su equilibrio, y corriendo Cual otro fantasma siguió.

Y espacios inmensos cruzando, Y atrás á la tierra dejando, Las vallas de sombra saltando Que cercan el mundo mortal, Creyóse su mente perdida En tierra jamás conocida, Región de otra luz y otra vida, De atmósfera limpia é igual.

Y vió que un alba serena Con blanquísimos reflejos Amanecía á lo lejos En esta nueva región: Y el alma, exenta de pena Cruzando el éter tranquilo, Volaba á un eterno asilo En otra inmortal mansión.

Suavísimo arrobamiento, Deliquio dulce invadióle, Y encima del firmamento En el Edén se creyó. Luz vaga alumbró su mente Y ante los ojos pasóle El Paraíso esplendente Que Mahomad visitó.

El místico y nocturno Viaje del Profeta Juzgó que iba á su turno Sobre el Borak á hacer: Y la ilusión sujeta Á lo que de él relata La bóveda de plata De un cielo empezó á ver.

Los astros vió suspensos De auríferas cadenas Y sus lumbreras llenas De espíritus de luz: Espíritus inmensos En formas de caballos, De corzos y de gallos De enorme magnitud.

Vió islas encantadas Flotando en los espacios, Con templos de topacios Y muros de marfil: Y casas fabricadas De nácar, cuyas puertas De ébano dan abiertas Sobre jardines mil.

Allí sobre alhamíes De cedro y palo-rosa, Bajo la sombra undosa Del tilo y del moral, Yacer vió á las huríes Que, á mil amores tiernas, Conservarán eternas Su gracia virginal.

Y atravesó campiñas Fresquísimas y amenas De bosques de ámbar llenas Y cerros de cristal, Y prodigiosas viñas, Que en frutos dan opimos Las perlas en racimos En tallos de coral.

Vió grutas pintorescas Por Sílfides moradas, Cubiertas sus portadas Bajo el flotante tul De mil cascadas frescas Que, atravesando prados De hermoso añil sembrados, Van tintas en su azul.

Caer las vió en riberas Donde reposan mansos Los monstruos y las fieras De tierra, viento y mar: Y en plácidos remansos, El sueño entreteniéndolas, Vió cisnes y oropéndolas Bañarse y juguetear.

Y vió dorados peces En tumultuoso bando Á flor de el agua á veces Pacíficos nadar, Y á veces, elevando Por cima de las olas Los lomos y las colas, La orilla salpicar.

Vió luego estos ríos Crecer sin vallares, Perdiéndose en mares De leche y de miel: Y en ellos navíos Do van los amores Meciéndose en flores De uno á otro bajel.

Murmullo tras ellos Levantan sonoro Mil góndolas de oro De concha y marfil, Do van Silfos bellos Vogando con velas De chales y telas De seda sutil.

Espuma levantan Inquietos remando Los mil gondoleros Que van tripulando Los barcos veleros; Y danzan ligeros Y armónicos cantan Alegre canción:

Y mil gayas aves, Que siguen las naves, Al sol esponjando Sus plumas distintas De mil varias tintas De azul, gualda y oro, Imitan en coro Del cántico el són.

Al lejos el viento Responde á su acento Allá en la arboleda Moviendo rumor: Y el eco, que atento En lo alto se queda, Burlón le remeda Cual sabe mejor:

El cuadro divino, La paz, la ventura, Perfume, frescura, Y luz celestial De aquel peregrino País, torna pura Al rey granadino La calma vital.

Y en rápido vuelo Pacífico y blando Los aires surcando Se siente llevar: Y ve que, sin suelo Do fije el caballo El áspero callo, Cruzando va el mar.

Del líquido el fondo Contempla pasando, Y alcanza mirando Del agua al trasluz El álveo redondo, Que puebla radiante Cohorte flotante De peces de luz.

Sutiles vapores Le impelen süaves Y costas y naves Se deja detrás: Y espacios mayores Cruzando en su vuelo Aborda del cielo Las costas quizás.

Avanza y niebla Pálida ve Que el aire puebla, Según pie á pie Ganando va Aquel extenso Espacio inmenso Do errando está: Y le parece Que se ennegrece Mar, niebla y viento En torno de él, Y que se acrece Cada momento El movimiento De su corcel. Anochece, Y obscurece Más apriesa Cada vez El ambiente, Que se espesa Con creciente Lobreguez. El camino Desparece: Y, sin tino Ni destino Que comprenda, Sobre senda Audazmente Carrilada Por un puente De movible Tirantez, Tan delgada Como el hilo En que se echa Descolgada Una oruga, Como arruga Que en tranquilo Lago tiende Cuando hiende Su agua el pez, Tan estrecha Como el filo De una espada, Como flecha Disparada, Cual centella Desatada, Va sin huella Perceptible El perdido Nazarita, Con horrible É infinita Rapidez.

Es el puente De la vida, Que la gente Á luz venida Ha por fuerza De pasar. El que intente Y haga entera Su carrera, Y de frente Sin caída La salida Logre hallar, Por las puertas Celestiales Á las huertas Inmortales Como un ángel Ha de entrar, Las delicias Eternales Y los gustos Perenales De los justos Á gozar.

Á este paso Tan estrecho, (Cuyo escaso Corto trecho Es camino Tan dudoso De cruzar, Pero fallo Riguroso Del destino Y ley santa Que acatar), Se adelanta Vigoroso El caballo Misterioso De Al-hamar.

Temeroso De mirar, Espumoso, Siempre hirviente, Rebramando Eternamente Y azotando Siempre el puente Con horrísono Bramar, Bajo de él Hierve el mar. ISRAFEL Allí está Para ver El que va Sin caer, Y pasar No dejar Al infiel: Y he aquí Que por él Va á pasar El corcel De Al-hamar:

Llega, avanza: Ya se lanza, Ya en él entra. Ya se encuentra Suspendido Sobre el puente Sacudido Por el piélago Bullente, Cuyo cóncavo Rugido Se levanta Sin cesar. Aturdido, Sin mirar Á la indómita Corriente Que le espanta, Sin osar Aspirar El ambiente Que le anuda La garganta, Sin que acuda Tierra ó cielo En su ayuda, Vuela y pasa, Justiciero Rey prudente, Juez severo Y valiente Caballero, El primero De la casa De Nazar.

El puente Vacila El Príncipe Oscila, Perdido El sentido, Demente, Transido De horror.

Ya toca La opuesta Ribera: Ya poca Carrera Le cuesta. ¡Valor! Ya llega: Le ciega El pavor. ¡Ah! ¡Dadle Favor! ¡Salvadle, Señor!

Saltó. Pasó Con bien Y allá Cayó De pie. Salvo Fué, ¡Oh! Ya ¿Quién Ve Do Va?

Libro de las Nieves.

INSPIRACIÓN

No hay más que un solo Dios. ÉL solo es grande, Solo infinito, omnipotente solo. Nada hay que para ser no le demande Licencia: ÉL pesa la virtud y el dolo, Y el premio envía ó el azote blande. Todo lo oye y lo ve de uno á otro polo, Y cosa no hay por elevada ú honda Que á su mirada universal se esconda.

No hay más que un solo Dios, cuya crëencia Luz es y salvación: doquier la marca Brilla de su poder y de su ciencia. Dios solo es triunfador; solo monarca Del universo es ÉL: su omnipotencia Con ley universal todo lo abarca: Su presencia inmortal todo lo inunda, Todo lo vivifica y lo fecunda.

ÉL los mundos arregla ó desordena Según su excelsa voluntad divina: ÉL al tiempo dirige: ÉL encadena Los elementos á sus pies: domina El huracán: tras el nublado truena: Luce á través del alba purpurina: Entapiza con nieve las montañas, Y abrasa con volcanes sus entrañas.

El murmullo del agua, el són del viento, El susurro del bosque estremecido Por sus inquietas ráfagas, el lento Arrullo de la tórtola, el graznido Del cuervo vagabundo, todo acento Por ave, fiera ó eco producido, El nombre santo de su Dios pronuncia, Su gloria canta, su poder anuncia.

ÉL los errantes astros encamina: ÉL azula la atmósfera serena: ÉL crea y ÉL destruye, alza y arruina: ÉL, infalible juez, salva y condena: ÉL solo ni envejece, ni declina: ÉL solo el hueco de los mundos llena: El orbe encima de su palma cabe: Solo ÉL no yerra nunca: solo ÉL sabe.

No hay más que un solo Dios. Los que le niegan Con altivez blasfema, palidecen Cuando al umbral de su sepulcro llegan: Los que en su ciencia ruin se ensoberbecen Y de ÉL se mofan, al morir le ruegan. Por ÉL existen y por ÉL perecen Todos. No hay más que un Dios. Ante su nombre ¿Qué es el orgullo y el saber del hombre?

Siglo, que audaz el de la luz te llamas Y por miles de plumas y de bocas El manantial de tu saber derramas: Siglo de ciencia, que el error derrocas, La virtud premias y el ingenio inflamas: Siglo, que dices que á la cumbre tocas De la dicha, que el mundo civilizas Y tu raza de sabios divinizas:

Siglo de prensas y de bolsa y agio, Que, en carros de vapor, hasta la luna Intentas difundir el gran contagio De la ciencia, y parar á la fortuna Con tus empresas mil..... ¡siglo de plagio Que, en solos nueve lustros, en sí aduna Más _maestros_, _artistas_ y _doctores_ Que hubo en ciento estudiantes y lectores!....

¿De dónde vienen los que nacen? ¿Dónde Van los que mueren? ¿Dónde, en qué lejano Lugar se acuesta el sol? ¿En cuál se esconde La luna de su luz? ¿Cuál es la mano Que les guía á los dos? Habla, responde, Orgullo necio del saber humano, Hojea el libro de tu ciencia osada: ¿Qué es lo que sabes de tu origen?--NADA.

No hay más que un solo Dios, que nada ignora: ÉL conoce las puertas de la tierra; Abre las de la cuna y de la aurora: Las de la noche y de la tumba cierra. Más allá de las dos ÉL solo mora, ÉL solo sabe lo que allá se encierra; De allá viene, allá va quien nace y muere. ¿Por qué? Su voluntad así lo quiere.

Mas detente ¡oh Espíritu divino! ¡Oh Arcángel de la Fe! Tú, cuyo paso Buscando un día al corazón camino Ahogó á las Musas y aplanó el Parnaso: Único fuego que del cielo vino, Calma tu inspiración en que me abraso: No ensayes en el arpa del poeta Los cantos del salterio del Profeta.

Mi limitada comprensión humana, Mi ruda voz y tosca poesía Eleve, sí, tu inspiración cristiana Y dignas sean de la patria mía. Enaltece mi ingenio, porque ufana Pueda hijo suyo apellidarme un día, Y de mi nombre, si al olvido vence, La tierra en que nací no se avergüence.

Mas dejemos al siglo ir desbocado De los pasados siglos tras la herencia, En el carro del oro arrellanado, Ó suspendido en alas de la ciencia. Dejémosle seguir la ley del hado Según su voluntad ó su conciencia, Sin que perturbe su insensata orgía El himno audaz de la creencia mía.

Tiéndeme, pues, tu alas de zafiros, Y lejos de él transpórteme tu vuelo Donde sus carcajadas y suspiros No desgarren del aire el puro velo. De él á través con luminosos giros Álzame adonde, con eterno hielo Cubriendo su cerviz, Sierra Nevada Salutíferas auras da á Granada.

Llévame á los recónditos asilos De aquellas misteriosas soledades, Cuyos monstruos de nieve ven tranquilos Nacer y perecer razas y edades. Muéstrame las cavernas y los silos Donde van á dormir las tempestades, Por cima del peñón desconocido En que suspende el águila su nido.

Del Supremo Hacedor la sabia mano No creó sin destino esos lugares Inaccesibles al orgullo humano: Ni envueltos en sus mantos seculares De nieve espían sin cesar en vano Esos gigantes blancos tierra y mares. Subamos, pues, sobre las auras leves Al misterioso alcázar de las nieves.

LA CARRERA

II

En las desiertas cumbres que la sierra Á las legiones de la luz levanta, Paso al cielo tal vez desde la tierra: Allí, donde árbol, animal, ni planta, Ni vegeta, ni vaga, ni se encierra Bajo la eterna nieve, y se quebranta Cuanto vida ó calor toma del suelo Al peso de una atmósfera de hielo,

Se abre por las montañas un camino, Más bien un tajo, que sus breñas parte Como una faja de planchado lino, El cual dirige al colosal baluarte De la nieve. Jamás tan peregrino Sendero supo fabricar el arte, Ni inspirarle á la mente más risueño Maga oriental en hechizado sueño.

Á ambas orillas de su senda blanca Labra caprichos mil el aire helado, Que el ampo trae que el remolino arranca, Dejándole doquier cristalizado. La agua congela y el vapor estanca Y cincela sutil filigranado Del hielo en el cristal, cuyas labores Descomponen la luz en mil colores.

Mas como sus espléndidos reflejos De la nieve se estrellan en la alfombra, Y en el mate cristal de sus espejos Mata al color la blanquecina sombra, Todo es blanco doquiera, cerca y lejos: Todo el país descolorido asombra Con su igualdad la vista: blanco el suelo, Blanco el espacio puro, blanco el cielo.

Y allá del peñascal en la estrechura, Por el lugar do empieza este sendero Á blanquear en el fin de la llanura, Comienza á negrear bulto ligero. Crece..... se aclara como va la altura Ganando. Es un mortal: un caballero Moro: y, conforme lo veloz que sube, Parto fué su corcel de alguna nube.

El ampo de la nieve no desflora Con el herrado casco en su carrera, Y, al ver la forma aérea y voladora De jinete y corcel, se les tuviera Mejor por ilusión fascinadora Que por seres de vida verdadera: Pues ¿quién sino fantásticas visiones Osaran arribar á estas regiones?

Mas ¿quién bajo los pliegues ve espumosos Del mullido tapiz de copos leves? ¿Quién conoce los seres vaporosos Que la región habitan de las nieves? ¿Quién sabe qué destinos misteriosos Les dió Aquél que, con dos palabras breves Cuando hizo el orbe, al hielo cristalino Del sol su destructor puso vecino?

ÉL solo, Dios. Recóndito misterio Envuelve los contornos liminares De aquel helado y silencioso imperio Escondido entre rocas seculares. Solo ÉL ve lo que encierra este hemisferio, Por entre cuyos blancos valladares La ardua ascensión al último acomete, Cual suelta nube, el Árabe jinete.

De peñón en peñón, de risco en risco, El tortuoso camino va siguiendo Sobre su negro potro berberisco, Y á los nublados bajo sí va viendo Fermentar en sus vientres el pedrisco De invisibles torrentes al estruendo, Y según sube hacia la azul esfera Va aflojando el caballo su carrera.

¿Quién es?--Vuela perdido en la distancia: Su forma es vaga sombra todavía. ¿Do va?--¿Y quién su poder ó su arrogancia Sabe? Tal vez á la mansión del día. Genio, tal vez allí tiene su estancia: Mortal, de un filtro acaso se valdría; Mas ya trepa al confín: ya poco á poco Modera su corcel su ímpetu loco.

Ya Se Ve Que Dando Se va, Más blando Al freno.

Ya no bota De ira lleno, Ni va ajeno De derrota Desbocado, Como mata Que arrebata Desbordado Rapidísimo Turbión.

Ya se dilata Su fauce henchida De comprimida Respiración, Y, vïolento, Danza el aliento Que le sofoca De su pulmón, Con resoplido De dolorido Cóncavo són.

Doble columna gruesa De fatigoso aliento, Que hace vapor el viento Sutil de esta región, Cual humareda espesa, Por la nariz opresa Vierte tras sí en la atmósfera El árabe bridón.

Ya deja la boca herida Más libre al bocado obrar, Y más siente ya la brida Que pudo el señor cobrar.

Ya el vértigo loco cediendo Que ciego siguió á su pesar, Va su ímpetu fiero perdiendo Y empieza cansancio á mostrar.

Ya su rápido escape acortando Detenerse pretende quizá: Ya se templa, é igual galopando Va en un aire pacífico ya.

Y aunque de espuma y de sudor blanquea, Relincha audaz é inquieto cabecea; Y aunque jadeando de fatiga está,

Aun piafa y se encabrita y escarcea, Y los ijares con la cola airea, Y corvos saltos de costado da.

Ya cambia: ya el trote medido levanta, Y, el cuello engallado, segura la planta, Altivo en la sombra mirándose va.

Ya lenta y suavemente su dueño le refrena: Se acorta: ya en el paso su marcha va serena: Recógele: obedece: paró. ¡Loado Aláh!

¡Vertiginoso vuelo! ¡Fantástica carrera! Más rápido su impulso que el de las nubes era: Caballo y caballero volaban á la par En alas de un nublado. La alondra más ligera, Ni el águila más rauda, pujante y altanera, Pudieron un instante su rapidez tomar.

Al fin cesó.--Las bridas en el arzón dejando, Los miembros extendiendo, con ansia respirando, Repúsose el jinete sobre la silla al fin: Y absorto, las miradas en derredor tendiendo, Se halló de extensas nieves en un desierto horrendo, Océano de hielo, sin costa ni confín.

¡Ni flor, ni fiera, ni ave por la región extraña Do se contempla aislado!--Sólo hay una montaña Que gruta cristalina taladra por el pie. ¿Y un mar y un paraíso, que ha visto el caballero, De espíritus y genios poblados? ¿Y el sendero Por do hasta allí ha subido?--Delirio, sueño fué.

Sobre la nieve intacta ni rastro ve ni huella, Ni marca de camino en rededor sobre ella; Todo es una esplanada inmensa, sola, igual. No hay más que nieve. Es blanca la claridad del cielo: Blanco el espacio: blanca la inmensidad del suelo: Los horizontes blancos. ¿Qué busca allí un mortal?

¿Adónde esta comarca estéril y desierta Da paso? ¿De qué silos recónditos es puerta Su misteriosa gruta? ¿Qué mano la labró? Tal vez en ella moran espíritus dañinos Que á los mortales odian, y los fatales sinos En dirigir se ocupan del que mortal nació.

Tal vez es la risueña y espléndida morada De alguna dolorida y encantadora fada, Que el vano amor lamenta que puso en un mortal. Tal vez es la bajada del reino del olvido, Adonde caen las almas después de haber salido De la penosa cárcel del cuerpo terrenal.

¿Quién sabe? El caballero al pie de la montaña Ante esta gruta, que ornan de arquitectura extraña Labores y arabescos de nácar y cristal, Permanecía inmóvil: cuando he aquí que el eco, Hendiendo sonoroso su embovedado hueco, Le trajo estas palabras en canto celestial:

«Ilustre y venturoso Caudillo Nazarita, La gloria y el reposo Te aguardan á la par. Tu mente, que no alcanza Misterio tal, se agita Dudosa en vano.--Avanza, Avanza, ¡oh Al-hamar!»

Es Al-hamar: el noble monarca granadino. Es él, que arrebatado sobre las auras vino Á dar en esta helada é incógnita región. Es Al-hamar: su nombre retumba por el hondo Cóncavo de la gruta, cuyo vacío fondo Repite de su canto el fugitivo són.