Granada, Poema Oriental, precedido de la Leyenda de al-Hamar, Tomo 1
Part 4
La vista echando en torno Del sitio solitario, Reconoció el contorno; Mas como al ángel no, Sonrisa de desdeño Mostrando el juicio vario Que forma de su sueño, En la ciudad pensó.
Pensó que de ella ausente Pasó la noche entera: Pensó en su inquieta gente Y se aprestó á partir, Mirando tras el monte Rayar la luz primera Del sol, que al horizonte Comienza ya á subir.
Compuso en la cintura La faja tunecina; La suelta capellina Sobre la espalda echó, Y el aura respirando Del bosque y la frescura Del alba, el césped blando Con leve planta holló.
Dió un paso en la pradera, Y alzando repentina La brisa matutina Su vuelo en el verjel, Como una mies ligera Dobló el ramaje umbrío, Y sacudió el rocío Depositado en él.
Surcaron desprendidas Sus gotas el ambiente, Cual lluvia transparente, Espesa, universal: El aire deshacerlas No pudo, y esparcidas Quedaron como perlas Sobre la hierba igual.
Ráfaga, empero, errante La brisa fué: su impulso, Durante un solo instante, Sin fuerzas espiró. Irguióse la arboleda Con rápido repulso, Y todo al punto á leda Tranquilidad volvió.
Vertió desde la cumbre Del monte al hora misma El sol su nueva lumbre: Deshizo su arrebol La atmósfera en su prisma De múltiples colores, Y abriéronse las flores Á recibir al sol.
Debajo de la tienda De sus plegadas hojas, Las clavellinas rojas, Los rojos alhelís Mostráronle con franca Exposición su ofrenda En otra perla blanca Cercada de rubís.
Detuvo la indecisa Planta Al-hamar: su labio Bañó dulce sonrisa Su sueño al recordar, É incrédulo, si sabio, Juzgándolo quimera, Tornó por la ladera El paso á enderezar.
Y por mostrar desprecio De sueños infundados, Los céspedes mojados Pisaba sin temor, Con indignado y recio Paso, truncando altivo El tallo inofensivo De una y otra flor.
Mas pronto perturbado Su corazón de nuevo Latió desconcertado, Y comenzó á creer La aparición soñada Del celestial mancebo Inspiración enviada Por celestial poder.
De cada flor que rota Derriba, ve que intacta La desprendida gota Resbala, y sin perder Su redondez compacta, En la mullida hierba Entera se conserva, Maciza al parecer.
Tendió la regia mano Á la que más vecina Halló; mas al cogerla Reconoció Al-hamar Su sino sobrehumano: La gota cristalina Era una gruesa perla, Cual nunca las dió el mar.
Su limpia transparencia, Su peso, su tamaño, Su origen, tan extraño Á cuanto oído fué, Aclaman infinita En número, inaudita En precio la opulencia Del rey que las posee.
No tiene en las ignotas Minas que avara encierra Tesoro igual la tierra Ni en piedra, ni en metal: Cada una de las gotas Del celestial rocío De plata vale un río En precio á un reino igual.
¡Bendito el que tesoro Tal poseer le cabe! ¡Bendito el que le sabe Empleo digno dar! ¡Dichoso el Nazarita Amir del pueblo moro, En quien está bendita La estirpe de Nazar!
Cayó Al-hamar de hinojos, Y alzando al firmamento Las manos y los ojos, Con exaltada fe, «Señor, dijo, yo admito Un dón tan opulento, Y á dón tan infinito Corresponder sabré.»
Y así Al-hamar diciendo, Y el dón agradeciendo Que liberal le envía La mano del Señor, Las perlas recogía..... Y acaba al recogerlas EL LIBRO DE LAS PERLAS. ¡De Aláh sea en loor!
Libro de los Alcázares.
¡Granada! Ciudad bendita Reclinada sobre flores, Quien no ha visto tus primores Ni vió luz, ni gozó bien. Quien ha orado en tu mezquita Y habitado tus palacios, Visitado ha los espacios Encantados del Edén.
Paraíso de la tierra, Cuyos mágicos jardines Con sus manos de jazmines Cultivó celeste hurí, La salud en ti se encierra, En ti mora la alegría, En tus sierras nace el día, Y arde el sol de amor por ti.
Tus fructíferas colinas, Que son nidos de palomas, Embalsaman los aromas De un florido eterno Abril: De tus fuentes cristalinas Surcan cisnes los raudales: Bajan águilas rëales Á bañarse en tu Genil.
Gayas aves entretienen Con sus trinos y sus quejas El afán de las abejas Que en tus troncos labran miel: Y en tus sauces se detienen Las cansadas golondrinas Á las playas argelinas Cuando emigran en tropel.
En ti como en un espejo Se mira el profeta santo: La luna envidia el encanto Que hay en tu dormida faz: Y al mirarte á su reflejo El arcángel que la guía, Un casto beso te envía Diciéndote:--«Duerme en paz.»
El albor de la mañana Se esclarece en tu sonrisa, Y en tus valles va la brisa De la aurora á reposar. ¡Oh Granada, la sultana Del deleite y la ventura! Quien no ha visto tu hermosura Al nacer debió cegar.
¡Aláh salve al Nazarita, Que derrama sus tesoros Para hacerte de los Moros El alcázar imperial! ¡Aláh salve al rey que habita Los palacios que en ti eleva! ¡Aláh salve al rey que lleva Tu destino á gloria tal!
Las entrañas de tu sierra Se socavan noche y día; Dan su mármol á porfía Geb-Elvira y Macaël; Ensordécese la tierra Con el són de los martillos, Y aparecen tus castillos, Maravillas del cincel.
Ni un momento de reposo Se concede: palmo á palmo, Como á impulso de un ensalmo, Se levanta por doquier El alcázar portentoso Que, mofándose del viento, Será eterno monumento De tu ciencia y tu poder.
Reverbera su techumbre Por las noches, á lo lejos. De las teas á la lumbre Que iluminan sin cesar Los trabajos misteriosos, Y á sus cárdenos reflejos Van los Genios sus preciosos Aposentos á labrar.
¿De quién es ese palacio Sostenido en mil pilares, Cuyas torres y alminares De inmortales obras son? ¿Quién habita el regio espacio De sus cámaras abiertas? ¿Quién grabó sobre sus puertas Atrevido su blasón?
¿De quién es aquella corte De galanes Africanos Que le cruzan tan ufanos De su noble Amir en pos? En su alcázar y en su porte Bien se lee su nombre escrito: _Al-hamar_.--¡Aláh bendito, Es la ALHAMBRA!--¡Gloria á Dios!
ALHAMBRA
¡Salud, favorita bella Del Amir más poderoso! ¡Salud, tienda de reposo De la gloria y el placer! ¡Vele Dios tu buena estrella, Dichosísima señora! ¿Quién de ti no se enamora Si una vez te llega á ver?
Al-hamar vertió en tu seno De sus perlas los tesoros, Te hizo perla de los Moros, Puso reinos á tus pies. Noble Reina, de labores Tu real manto arrastras lleno, Y cada una de sus flores Un soberbio alcázar es.
Hermosísima Africana, Ríe y danza voluptuosa: Tu albo seno es una rosa En lo fresco y lo gentil. Regocíjate, Sultana, Ríe y danza sin pesares, Que el compás de tus danzares Llevarán Darro y Genil.
Ríe y danza: ¿quién descuella Como tú en poder y gala? ¿Quién compite, quién iguala Tu opulenta majestad? Donde tú sientas la huella Van sembrando los amores La semilla de las flores Que perfuman tu beldad.
¿Dónde está la altiva reina Que á la par de ti se ostente? ¿Dónde está la que su frente Se corone como tú? Son jardines tus cabellos, Que aromado el viento peina Cuando Mayo prende en ellos Tocas de verde tisú.
Diadema con que se ciñe Tu Granada, son tus brillos Del color en que se tiñe Roja el alba al purpurar; Tus diamantes son palacios Engastados en cintillos De murallas de topacios, Que deslumbran el mirar.
Y esas bóvedas ligeras Cual prendidos cortinajes, Y esos muros como encajes, Delicados en labor, De las manos hechiceras De los Genios han salido, Que en secreto ha sometido Á su dueño el Criador.
¡Regia Alhambra! ¡Áureo pebete, Perfumero de Sultanas! Tus arábigas ventanas Son las puertas de la luz. El Oriente se somete Á tus pies como un cautivo, Y hace bien de estar altivo De tenerte el Andaluz.
GENERALIFE
Y GRANADA Á VISTA DE PÁJARO
Entre lirios mal velado El galán Generalife Da al ambiente enamorado Dulces besos para ti; Como Ondina que ligera Huyendo desde su esquife, Vuelto el rostro á la ribera, Se los da á quien queda allí.
¿Que Sultán su alcázar tiene De jardines enramado, De una peña así colgado En mitad del aire azul? Con los siervos que mantiene El del Bósforo sonoro No hará nunca á fuerza de oro Otro igual en Estambul.
Del peñón en la alta loma Semejando está que vuela, Como rápida paloma Que se lanza de un ciprés: Mas si el ojo se asegura De que inmoble está en la altura, Le parece una gacela Recostada entre una mies.
Sus calados peristilos, Sus dorados camarines, Sus balsámicos jardines De salubre aire vital, De los Silfos son asilos, Que, meciéndose en sus flores, Cantan libres sus amores En su lengua celestial.
Y en las noches azuladas Del verano, oculta cita Trae amantes á las Hadas Sus caricias á gozar: Y al rayar el alba hermosa Que interrumpe su visita, En sus alas de oro y rosa Tornan vuelo á levantar.
Atalaya de Granada, Alminar de excelsa altura De la atmósfera más pura Colocado en la región: ¿Qué no ven de cuanto agrada Tus ventanas por sus ojos? ¿Qué se niega á los antojos Del que asoma á tu balcón?
Junto á ti los Alijares Ataviados á lo moro En el río de aguas de oro Ven su gala y brillantez; Más allá, sobre pilares De alabastro, _Darlaroca_ Con su frente al cielo toca, Que la sufre su altivez.
Á su par los frescos baños De las Reinas granadinas, Cuyas aguas cristalinas Se perfuman con azahar Y se entoldan con las plumas De mil pájaros extraños, Que se van con grandes sumas Á las Indias á comprar.
Á tu izquierda el montecillo Cuyo pie Genil evita, Reflejando en sí la Ermita De los siervos de la Cruz: Á tu diestra el real castillo Sobre el cual voltea inquieta La simbólica veleta Del bizarro Aben-Abuz.
Más allá los cerros altos (Cuyo nombre y cuya historia Dejarán dulce memoria) Del Padul y de Alhendín: Y allá más los grandes saltos De las aguas de la sierra, Cuya eterna nieve cierra De tus reinos el confín.
Á tus pies Torres-Bermejas Con sus cubos pintorescos, Que avanzadas y parejas Aseguran tu quietud: Y bajo ellas, el espacio Respetando del palacio De su rey, los valles frescos Donde habita la salud.
¡Oh pensil de los hechizos, Bien amado de la luna! ¿Qué echa menos tu fortuna En la gloria en que te ves? Abre, avaro, antojadizos Tus moriscos ajimeces, Y ve qué es lo que apeteces Con Granada ante tus pies.
De tu vista caprichosa ¿Qué no alcanzan los deseos? Sus mezquitas, sus paseos, Su opulento Zacatín, Su bib-rambla bulliciosa Con sus cañas y sus toros: De valor y amor tesoros Albunést y el Albaicín:
Sus colmados alhoriles, Sus alhóndigas rëales, Sus sagrados hospitales, Regias obras de Al-hamar, Todo está bajo tu sombra ¡Oh florón de los pensiles! De tus plantas siendo alfombra Y encantándote el mirar.
¡Oh palacio de la zambra, Camarín de los festines, Alto rey de los jardines, De aguas vivas saltador, Real hermano de la Alhambra, Pabellón de auras süaves, Favorito de las aves, Y del alba mirador:
De los pájaros el trino, De las auras el arrullo, De las fiestas el murmullo Y del agua el manso són, Dan al ámbito divino De tu alcázar noche y día Una incógnita armonía Que embelesa el corazón!
Encantado laberinto Consagrado á los placeres, Tú escalón del cielo eres, Tú portada del Edén. En tu mágico recinto Escribió el amor su historia, Y á los justos en la gloria Las huríes se la leen.
AL-HAMAR EN SUS ALCÁZARES
Liberal de sus erarios, Protector del desvalido, Fiel, lëal para el vencido Y del sabio amparador: Por amigos y contrarios Estimado en paz y en guerra, Es la egida de su tierra Al-hamar el vencedor.
En la paz, rey justiciero, Oye atento en sus audiencias Y da recto sus sentencias Por las leyes del Korán. En la guerra, compañero Del soldado, buen guerrero, Por valiente va el primero Como va por capitán.
Ostentosa en aparato, Costosísima en su porte, Á los ojos de su corte Muestra su alta dignidad: Pero al dar con tal boato Real decoro á la corona, Niega sobrio á su persona Lo que da á su majestad.
No dejado, mas modesto En su gala y vestidura, Da á su cuerpo limpia holgura Y elegante sencillez: Y recibe á su presencia, Dondequiera al bien dispuesto, Con cordial benevolencia Al dolor y á la honradez.
Franco, afable, igual, sencillo En su vida y ley privada, En su pecho está hospedada La leal cordialidad; Y depuesto el regio brillo, Los amigos de su infancia En el fondo de su estancia Hallan siempre su amistad.
Sus más fieros enemigos Los Amires castellanos Le visitan cortesanos Y le piden protección: Y él les trata como á amigos, Con sus nobles les iguala, Les festeja y les regala Sin doblez de corazón.
Moderado en sus placeres Cual frugal en sus festines, Da opulento á sus mujeres Mesa opípara en su harén; Pero no entra en sus jardines Tierno amante ó fiel esposo Hasta la hora del reposo, Como á un Príncipe está bien.
El Korán cuatro sultanas Le permite, y como tales En sus Cámaras rëales Alojadas cuatro están. Á las cuatro tiene vanas El amor del Nazarita, Mas ninguna es favorita En el alma del Sultán.
Las almées y los juglares De más gracia y más destreza Tiene á sueldo, con largueza Atendiendo á su placer: Y en sus fiestas familiares Las prodiga el noble Moro Cuanto pueden amor y oro Por espléndido ofrecer.
Es su harén del gozo fuente Y de fiestas laberinto: Estremece su recinto Siempre alegre conmoción, Y resuena eternamente Por los bosques de la Alhambra El compás de libre zambra, De las músicas el són.
Al-hamar en tanto, á solas Con sus íntimos cuidados, En el bien de sus estados Piensa inquieto sin cesar; Y sobre las mansas olas De aquel mar de dicha y calma Brilla el faro de su alma, Vela el ojo de Al-hamar.
Afanoso, inquieto, activo Mientras dura el día claro, De los débiles amparo, Peso fiel de la igualdad, Sin quitar pie del estribo, Sin dejar puerta, ni torre, Ni mercado, ve y recorre Por sí mismo la ciudad.
Por doquier con recta mano La justicia distribuye, Por doquier sagaz se instruye De las faltas de su ley, Y la enmienda soberano Del bien de su pueblo amigo, Porque sirva de castigo Y de amparo de su grey.
Así el noble Nazarita, Rey y luz del huerto ameno De Granada, Edén terreno Modelado en el Korán, Sus alcázares habita De virtud siendo rocío, Siendo rayo del impío Y decoro del Islam.
Vencedor, nunca vencido, Rey piadoso, juez severo, En la lid buen caballero Y en la paz sol de su fe: De sus pueblos bendecido, De enemigos respetado, Y de fieles rodeado, El excelso Amir se ve.
Y así mora el Nazarita Sus alcázares dorados, Misteriosamente alzados Del placer para mansión. Mas ¿quién sabe si él habita Su morada encantadora, Y el pesar oculto mora En su regio corazón?
Triste, insomne, solitario, Como sombra taciturna Que á su nicho funerario Un conjuro hace asomar, Á las brechas angulares De su torre de Comares En la lobreguez nocturna Tal vez asoma Al-hamar.
Apoyado en una almena De la gigantesca torre, Del río que á sus pies corre Oye distraído el són, Y contempla en los espacios, Que la espesa sombra llena, De su corte y sus palacios El fantástico montón.
Pertinaz á veces mira Del fresco valle á la hondura, Sombra, espacio y espesura Anhelando penetrar: Muévese allí el aura mansa No más: de mirar se cansa, Y el rostro vuelve y suspira Melancólico Al-hamar.
¡Cuántas veces en la almena Le sorprende la mañana, Y al afán que le enajena Treguas da su resplandor: Y sin dar un hora al sueño, De Granada vuelve el dueño De sí á echar lo que le afana, De sí mismo vencedor!
Mas ¿quién lee sobre su frente El oculto pensamiento Que tras ella turbulento Lleva el alma de él en pos? Sólo Aquél que da igualmente Las venturas y los males, Y las dichas terrenales Con el duelo acota.--Dios.
Dios, que tierra y mar divide, La eternidad sonda y mide, Del espacio sabe el límite Y del mundo ve el confín. Dios, cuya grandeza canto, Y con cuyo nombre santo Al LIBRO DE LOS ALCÁZARES Reverente pongo fin.
Libro de los espíritus.
RECUERDOS
¿Qué flor no se marchita? ¿Cuál es el fuerte roble Que el huracán no troncha Ó el tiempo no carcome? ¿Qué dicha no se acaba? ¿Qué hora veloz no corre? ¿Qué estrella no se eclipsa? ¿Qué sol nunca se pone?
¿Adónde está el alcázar En cuyas altas torres La tempestad no ruge Cuando el nublado rompe? ¿Quién es el que ha cruzado El piélago salobre Sin que su nave un punto La tempestad azote?
¿Quién fué por el desierto Pisando siempre flores? ¿Ni quién pasó la vida Sin duelos ni pasiones? ¿Ni quién es el que en calma Durmió todas las noches Sin que el pesar un punto Tenido le haya insomne?
Ninguno. El rey altivo, Como el esclavo pobre, Al reclinar cansados Su frente por la noche. Ya en mendigada paja, Ya en ricos almohadones, Perciben que un gusano El corazón les röe.
Es el afán secreto Que agita eterno, indócil Al corazón, y gira Con la veleta móvil Del pensamiento vano. ¡Dichoso el que conoce Que Dios tan sólo llena El corazón del hombre!
Por eso el Nazarita, Que aunque de Dios favores Sin tregua ha recibido, Á humanas condiciones Sujeto está, va presa De afanes interiores Rumiando pensamientos Que su atención absorben.
Va solo, atravesando El enramado bosque Que cubre el fresco valle, Donde al mullido borde De fuente cristalina Que mana entre las flores, Un sueño misterioso Le embelesó una noche.
Va solo, meditando Los agrios sinsabores, Que danle de su reino Civiles disensiones. De Dios pesa la mano Sobre su pueblo y torpe Tal vez contra sí mismo Va á dirigir sus golpes.
¿Qué han hecho al fin sus sabios Proyectos creadores? ¿Qué al fin han producido Tesoros tan enormes Como él ha dispendiado Para elevar el nombre De su gentil Granada Sobre el de cien naciones?
Cubrió los verdes cerros De gigantescas moles: Tornó en frondosos cármenes Sus valles y sus montes: Mas la soñada dicha De sus intentos nobles ¿Do está si á los humanos No pudo hacer mejores?
Riqueza dió á los Moros, Con la riqueza dióles Poder, victoria, fama..... Mas dió á sus corazones Con ella más deseos Y orgullo y vicio dobles: Y al fin ¿qué es lo que logra? Doblar sus ambiciones.
Con ellas la discordia Germina al par: mayores Triunfos tal vez alcancen Sus armas: tal vez logren Á empresas más gloriosas Dar cima, y sus pendones Clavar sobre los muros Que á los contrarios tomen.
Mas ¡ay cuando su fuerza Contra ellos mismos tomen! Mas ¡ay cuando su ciencia Se emplee en invenciones De pérfida política, De códigos traidores Que, leyes pregonando, Su destrucción pregonen:
Y el reino que él fundara De tanto afán á coste, Por él seguro acaso De extrañas invasiones, Tal vez consigo mismo Luchando se destroce, Y abra á un sangriento circo Su alcázar sus balcones!
Tal vez un rey cristiano, Sagaz y fuerte entonces, Desde Castilla viendo Los árabes discordes, La hoguera de sus iras Certeramente sople Y al frente de Granada Presente sus legiones.
Así Al-hamar discurre, Con cálculos precoces Llorando por Granada, La flor de sus amores; Así Al-hamar se aflige, Y á solas por el bosque Se mete, absorto y triste Con sus cavilaciones.
Era una hermosa tarde De Abril: los resplandores Del sol, que á ocaso baja Manchando el horizonte Con tintas de oro y púrpura, Los pardos torreones Alumbra de la Alhambra Con rayos tembladores.
Ya la última montaña Á largo andar transpone El sol: ya dora sólo Los altos miradores De los palacios árabes: Cayendo al fin se esconde Tras la montaña entero, Y allá la mar le sorbe.
El pálido crepúsculo, Que va tras él, recoge La luz que al día resta; Da un paso más, y el orbe Con cuanto bello abarca En lúgubres crespones Emboza poco á poco La silenciosa noche.
Nubló su espesa sombra Los ojos brilladores Del distraído príncipe, Y al mundo real volvióle: Volver quiso él las bridas De su caballo, dócil Á su llamada siempre, Pero rebelde hallóle.
Era el caballo de árabe Raza, leal y noble; Mas por la vez mi primera Su origen desmintióse. La voz de su jinete Desconoció: aplicóle La espuela; y, al sentirla, Feroz encabritóse.
Mira Al-hamar en torno Si hay algo que le asombre, Y al extender la vista El sitio reconoce; Junto á la fuente se halla Á cuyo són durmióse Años atrás soñando Con célicas visiones.
La idea más recóndita De su cerebro entonces Se levantó espantando Su corazón. Las dotes Divinas del espíritu Que allí le habló: los dones Que recibió del Cielo Desque á él aparecióse:
Su celestial historia, Sus celestiales órdenes Que obedeció arrastrado De impulsos superiores: De gloria y de opulencia Las altas predicciones, En todo con sus místicos Oráculos conformes,
Todo fué cierto; todo Cual lo soñó cumplióse. ¿No será, pues, su raza Quien sus afanes logre? ¿No es, pues, el Dios que adora El Dios de sus mayores, Y él hizo una diadema Con que otro se corone?