Granada, Poema Oriental, precedido de la Leyenda de al-Hamar, Tomo 1
Part 3
Allí, bajo aquel cielo transparente Donde vieron su Edén los Africanos, Hállase aún en ideal viviente La mujer de contornos sobrehumanos, De ojos de luz y corazón ardiente, De enano pie y anacaradas manos, Cuya generación guardarán solas Las árabes provincias españolas.
Moran allí esas célicas huríes, Que pintan las muslímicas leyendas Reclinadas en frescos alhamíes, Sobre lechos de azahar, bajo albas tiendas; Cuyos labios de rosas y alelíes Guardan, de ardiente amor sabrosas prendas, Palabras que embelesan los oídos Y besos que adormecen los sentidos.
Aquellas celestiales hermosuras Que coloca el Korán en su divina Fantástica mansión de las venturas, Cuya mirada el iris ilumina, Cuyo aliento desparce esencias puras, Cuyo seno y espalda alabastrina, Velando mal sus mágicos hechizos, Negros circundan y flotantes rizos.
Vense del cerro aquel gigantes cimas Que eternas cubren seculares nieves, Donde por grietas mil sus hondas simas Ríos destilan en arroyos breves: Y allí, cosechas para dar opimas, Refréscanse al pasar las auras leves, Que bajan luego á fecundar la vega De las fuentes al par con que se riega.
Vese también por el siniestro lado El valle de Genil, cuyos raudales Bañan la verde amenidad de un prado Cubierto de avellanos y nopales. Gózase allí de un aire perfumado Con el subido olor de los frutales, Del cantueso, tomillo y mejorana, Que el aura mueve al revolar liviana.
Y entre este barrio de delicias lleno Y esta florida y desigual colina, Se extiende el valle cuyo fértil seno Fecunda el Darro que por él camina: Y es el lugar más grato y más ameno, La situación más bella y peregrina De cuantos ríos fertiliza y baña En la extensión de nuestra rica España.
Aquí, pues, á la margen de este río, En la aromada falda de esta altura, En una noche límpida de estío, Y al són del agua que á sus pies murmura, Arrobado en extraño desvarío La alameda cruzaba á la ventura Al-hamar, que en paseo misterioso Olvidaba las horas del reposo.
Único sér con movimiento y vida En la nocturna soledad errando, Sin que la tierra por su pie oprimida Crujir se oyera con el césped blando De que la tierra inculta está mullida, Algún insomne le juzgó temblando Alma que torna á visitar la huesa Del cuerpo en cuya cárcel vivió presa.
Flotaba suelto el alquicel nevado, Blanqueaba del turbante el albo lino, Y relucía en piedras engastado El puño del alfanje damasquino: Y este blanquear y relucir callado, Á intervalos oculto del camino Entre los troncos que al pasar cruzaba, Faz de visión á su persona daba.
Y tal avanza silenciosa y lenta Del solitario valle en la espesura, Y al verla calla el ruiseñor que cuenta Sus amores al aura, y á la hondura Del río se desliza soñolienta La culebra enroscada en la verdura, Y el vuelo tiende á la contraria orilla Espantada la tímida abubilla.
En tanto el noble príncipe, sumido En el mar de sus propios pensamientos, Ni atiende al ave que ahuyentó del nido, Ni al reptil que saltó, ni á los acentos Que el ruiseñor ahogó: y embebecido Continúa avanzando á pasos lentos, Hasta perderse en la arboleda obscura Que se espesa del valle en la angostura.
Formaba esta recóndita arboleda Un extendido bosque de avellanos, Guardador de una espesa moraleda Donde sus utilísimos gusanos Daban por fruto delicada seda, Que labrada después por diestras manos Iba en preciosas telas y tejidos Á todos los mercados conocidos.
Brotaba una sonora fuentecilla En medio de esta fértil enramada, Vertiendo sus cristales por la orilla De tilos aromáticos orlada. Hallábase en redor, con maravilla De los ojos, la tierra cultivada, Y (obra admirable de cuidosas manos) Hechos jardín los céspedes villanos.
Corría allí suavísimo el ambiente Cargado con la esencia de mil flores, Y al respirarle huían de la mente Los pensamientos tristes, sinsabores Y duelos ahuyentando; y la corriente Del manantial remedio á los dolores Era del cuerpo débil, cuyos males Cedían al beber de sus raudales.
Lugar divino en la región humana Colocado era aquél: retiro augusto De algún Genio de estirpe soberana Que el sacro Edén abandonó por gusto: Destierro acaso de una hurí que vana Apreció su beldad más que fué justo: Cita acaso de un Silfo en sus amores: Lecho tal vez del Ángel de las flores.
Allí á Al-hamar inspiración secreta Á hallar condujo solitario asilo, Y allí, al mirarse en soledad completa, Irguió la frente y respiró tranquilo: Y á la sombra y al són que esparce inquieta La extensa copa de oloroso tilo, Sentóse alzando la real mirada Al cielo azul de su gentil Granada.
Y allí á sus hondos sentimientos dando Pábulo y campo en la mansión del pecho, Con la influencia del lugar hallando Á ellos el corazón menos estrecho, Poco á poco la espalda reclinando Fué de la hierba en el mullido lecho, Y poco á poco deleitosa calma Le aquietó el corazón, le arrobó el alma.
El canto de las aves anidadas En el ramaje fresco, el campesino Aroma de las hojas, oreadas Con manso són por el errante y fino Aliento de las brisas perfumadas, Y el suave arrullo del raudal vecino, Daban al sitio en que Al-hamar yacía Célica paz y mágica armonía.
Ansiaba el rey grandeza venidera, Gloria, poder, celebridad futura: Ansiaba que su corte la primera Fuése en valor, en lustre y en cultura: Ansiaba darla fama duradera Con prodigios de rica arquitectura: Mas veía al par escaso su tesoro Para hacer realidad sus sueños de oro.
Gozaba su exaltada fantasía Con la bella ilusión de sus intentos: Sus soberbios alcázares veía Llenar la tierra y dominar los vientos: Admiraba la gala y simetría Que daba á sus labrados aposentos, Y en sus doradas letras africanas Leía ya las suras musulmanas.
Pensaba en las mil torres de los muros Que á su noble ciudad dieran confines, Fuerza rëal y límites seguros: Pensaba en la extensión de sus jardines, Asilos del deleite, y en los puros Baños, y en los ocultos camarines Del voluptuoso Harén de las mujeres, Santuario del amor y los placeres.
Y embebecido en pensamientos tales, Y embriagado tal vez con la esperanza De hacer un día sus proyectos reales, Si la fortuna amiga en la balanza Su ambición y poder ponía iguales Guiando el porvenir siempre en bonanza, No percibió el dulcísimo beleño Que iba en sus miembros derramando el sueño.
Poco á poco sus párpados cedieron Á lenta pesadez, y sus pupilas La claridad y la visión perdieron; De los árboles mil las verdes filas, De las aves y fuentes se le fueron Borrando las imágenes tranquilas: Y su imaginación quedando en calma, De la vigilia al sueño pasó el alma.
Dos veces intentó los ojos vagos Echar en rededor y á los sonidos Atender, para alzarse haciendo amagos; Pero cedieron otra vez rendidos Sus párpados y miembros: anchos lagos De sombra cada vez más extendidos Envolvieron su inquieta fantasía, Y un instante después... el rey dormía.
En calma universal, en paz completa Quedó el frondoso valle, y la vecina Corriente del arroyo y la aura inquieta Le arrullaron con suave y campesina Música.--Y en tal cláusula el poeta Interrumpe su historia peregrina, De agua y aire los sones halagüeños Poniendo fin al LIBRO DE LOS SUEÑOS.
Libro de las Perlas.
En el sagrado nombre del que en el orbe impera Oculto del espacio tras la cortina azul, Que arregla de los astros la incógnita carrera, Señor de las tinieblas, origen de la luz, Del LIBRO DE LAS PERLAS comienzo la escritura En verso claro y fácil á comprensión común. Leed; ¡y plegue al cielo que os sea su lectura Raudal de fe sincera, venero de salud!
¡Oh genios invisibles, que erráis en las tinieblas En grupos impalpables, sobre alas sin color! Vosotros, leves hijos del aire y de las nieblas, Que amigos de las sombras aborrecéis al sol: Vosotros cuya ciencia comprende los mil ruidos Que pueblan el espacio con misterioso són, Y comprendéis los cantos, murmullos y gemidos, Con que susurra el árbol y canta el ruiseñor:
Vosotros, que asaltando con silencioso vuelo Los áureos miradores del desvelado rey, Llenáis de miedos vagos sus horas de desvelo Con los siniestros ruidos que á su cristal hacéis; Vosotros, que á la reja del camarín estrecho Do la cautiva sueña con su perdido bien, Con vuestro aliento puro enviáis hasta su lecho Mil bellas ilusiones de amor y de placer:
Vosotros, favoritos del genio y la armonía, Que á par de las abejas saltáis de flor en flor, La gota estremeciendo titiladora y fría Con que el rocío baña su virginal botón: De vuestra poesía verted en mí el tesoro: Lo armónico prestadme de vuestra vaga voz, Porque mi mano pueda sacar del arpa de oro Las cláusulas que dignas de mi relato son.
Cercadme, sostenedme con vuestro influjo santo En la divina empresa que audaz acometí. ¡Oh genios de la noche! divinizad mi canto, Y EL LIBRO DE LAS PERLAS guiad hasta su fin.
Guiad en él mi pluma, Iluminad mi mente, Y á la belleza suma De asunto tan gentil Haced que el pensamiento Se eleve noblemente, Y llegue al firmamento Mi acento varonil.
Yo trazo aquí el relato De tan divina historia, Yo pinto aquí el retrato De tan divino sér, Que la palabra humana, Ni la mortal memoria Querrán con ansia vana Contar y comprender.
Mi historia es tanto bella Cuanto la lumbre vaga De solitaria estrella En recio temporal: Cual la canción doliente Que caprichosa maga Murmura de una fuente Bajo el fugaz cristal.
No hay lengua que la cuente Ni mano que la trace. El cuadro en vuestra mente Fingid más ideal, El tono que á vuestra alma Más predilecto place Dadle, y la luz, la calma Que falta al mundo real.
Encima figuraos De secular colina, Cuando el nocturno caos Platea el resplandor De la modesta luna, Que, amante, sin fortuna, Eterna peregrina Del sol tras el amor.
Fingíos una extensa Riquísima llanura Cubierta de verdura, Y de caprichos mil Llenadla: figuráosla En la estación viciosa Que abrir hace á la rosa Su pétalo gentil.
El céfiro de aromas Cargado nos orea La faz: brotan las lomas Con juvenil vigor Mil hierbas, con que el viento Inquieto juguetea Con manso movimiento Y lánguido rumor.
Fingíos una vega, Que parte en cien pedazos De un río que la riega El líquido cristal, Que caprichoso extiende Los transparentes brazos Doquier que el cauce tiende Su lecho desigual:
Fingíos esta vega, Cuya cubierta verde Al horizonte llega Y en su extensión se pierde, Poblada de castillos, De caprichosas ruinas, De alegres lugarcillos, De chozas campesinas;
De huertos pintorescos, De arroyos cristalinos, De bosquecillos frescos, De móviles molinos, De blancos palomares, Rebaños y yeguadas, Bodegas, colmenares, Establos y toradas:
Fingid que en ella alcanza La vista por doquiera La campesina danza, Á que en tranquila holganza Y en amistad sincera, Tras del trabajo ociosa Se entrega bulliciosa La alegre multitud:
Fingid este relato Oído al són sencillo (Mas cual ninguno grato) Del tosco caramillo, Y al trémulo y quejoso Balar del cabritillo, Y al canto trabajoso Del soterrado grillo:
Fingíos que, lejana, Del monasterio antiguo Doblando la campana Con su clamor despierta Al perro, que está alerta En el redil contiguo Y en demostrar se afana Ladrando su inquietud:
Y atento el ojo tiende Al campanario viejo De donde el són se extiende; Y ve el móvil reflejo Del esquilón, que gira, Y el resplandor le admira Del bronce que repele Los rayos de la luz:
Fingíos este suelo Tan bello coronado Con un hermoso cielo De transparente azul, En cuyo fondo puro, Quebrando el horizonte, Sobre el perfil obscuro Del apartado monte, Por cima del convento Mansión de la virtud, Pomposas, salutíferas, inmarcesibles ramas Del árbol sacrosanto de la eternal salud, Destácanse en el campo del limpio firmamento Los dos abiertos brazos de la cristiana Cruz.
¿Tenéis en la memoria Tan mágica pintura? ¿Miráis esta llanura Tan bella cual mi pluma pintárosla intentó? Pues es más halagüeña, Más plácida y risueña La celestial historia Que en este libro frágil os voy á contar yo.
El LIBRO DE LAS PERLAS Encierra en sus conceptos La historia y los secretos De un Ángel favorito de su inmortal Señor. Venid á recogerlas: Que Dios, que el Paraíso Por cuna darle quiso, Dió á par á sus palabras de perlas el valor.
De perlas elegidas En las de más pureza, Más precio y más belleza: Las _perlas de la Gracia_, las _perlas de la Fe_: Las perlas que, vertidas Por su divina mano, Harán del sér humano Que recogerlas sepa un ángel como él fué.
Todo en silencio duerme En la arboleda umbrosa Donde Al-hamar reposa: En calma universal Yacer parece inerme Naturaleza entera, Cual si á sopor cediera De atmósfera letal.
La cuádriga argentina Del carro de la luna Su curso al mar declina: Y de su carro en pos, Sombría, taciturna, Su negro velo tiende La lobreguez nocturna Ante la luz de Dios.
La escasa y vacilante Que radian las estrellas Da apenas espirante Su postrimer fulgor: Reflejo moribundo, Que cuando espire en ellas Hará del ciego mundo Un bulto sin color.
Ya lo es. Doquier se carga De espesa sombra, y queda Sumida la arboleda En densa obscuridad. Indefinible encanto Doquier la vida embarga; Exhala pavor santo La muda soledad.
Y he aquí que en este punto, Del fondo de la fuente Que arrulla mansamente El sueño de Al-hamar, La faz resplandeciente De un Genio, que ilumina La linfa cristalina, Se comenzó á elevar.
Tocó en el haz del agua Su cabellera blonda: Quebró la frágil onda Su frente virginal: Dejó el agua mil hebras Entre sus rizos rotas, Y á unirse volvió en gotas Al limpio manantial.
Como vapor ligero Del lago se levanta: Cual de aromosa planta Exhálase el olor: Cual del albor primero Del día que amanece Fantástico aparece El vago resplandor.
Del agua cristalina Así elevó serena Su aparición divina El Genio celestial, Cuyo contorno aéreo Rodea alba aureola Que el valle tornasola Con luz matutinal.
Al fuego repentino Que en torno á sí derrama, Soltó su alegre trino Despierto el ruiseñor: Su voz de rama en rama Las auras extendieron, Y en cánticos rompieron Mil aves en redor.
Dió un paso en la pradera, Y al agitar el viento Su rica cabellera, El aire se aromó; Dejó escapar su aliento, Y cuanto allí vivía Su aliento de ambrosía Con ansia respiró.
Y entonces la callada Blanca visión llegando, Donde por sueño blando Vencido está Al-hamar, Los céspedes por lecho, La mano perfumada Le puso sobre el pecho, Y así le empezó á hablar:
«Ilustre y venturoso Caudillo Nazarita, Tu místico reposo Bendice al despertar. Tu espíritu, que lucha Con mi visión, se agita Medroso en vano: escucha Mi voz, rey Al-hamar.
»Mi voz es la armonía Cuando habla á un sér amigo De Dios, y es lo que digo Más dulce que la miel: Mi origen es el cielo, Mi edad es la del día, Mi esencia es el consuelo, Mi nombre es Azäel.
»Yo soy un ángel y era El ángel más perfecto, El sér más predilecto Del sabio Criador. Moraba yo en la esfera Más alta y más vecina Á la mansión divina De mi inmortal Señor.
»Un día..... ¡día aciago! Cruzóme fugitivo La mente loca un vago Delirio criminal: Pensé, mirando altivo Mi esencia y mi hermosura, Que no era criatura Á las demás igual.
»Imaginé que origen Más puro y soberano Me pudo dar la mano Del Hacedor tal vez: Mas ¡ay! los que su mente Por su altivez dirigen, Verán cuán torpemente Soñó su insensatez.
»Apenas un momento Tan orgullosa idea Brotó en mi pensamiento Y en él lugar la di, Tiniebla inesperada Cegó mi mente rea, Y ante la faz airada Del Criador me vi.
»Desnudo ante la vista Del Dios que le llamaba, Como arrancada arista Mi sér se estremeció; La luz de su presencia Mi nada iluminaba: Juzgóme, y su sentencia Así me fulminó:
«Tres siglos es preciso »Que llores por tu yerro: »Sal, pues, del Paraíso: »El globo terrenal »Te doy para destierro: »Tus nobles atributos »Te dejo: nobles frutos »De tu hálito inmortal.
»Que broten de tus lágrimas »En el lugar que mores »El germen de las flores »Y el manantial del bien. »Sé allí su luz vivífica, »Sé tú su astro benigno, »Y vuelve al Cielo digno »Del celestial Edén.»
»Dijo: y tendí mi vuelo Llorando hacia la tierra: Caí sobre este suelo, Y en este manantial Do tengo mi retiro Mi espíritu se encierra; Yo soy el que suspiro De noche en su raudal.
»Yo soy el que velando En esta margen bella Pródigo vierto en ella La vida y la salud. Tú en ella sin respiro Me vienes estrechando, Y yo la fe te inspiro, La ciencia y la virtud.
»Tú luchas por la gloria De tu falaz creencia, Y espléndida existencia Preparas á tu grey: Y yo que sé tu historia, Tu origen y tu sino, Arreglo tu destino Por misteriosa ley.
»Sí, tú eres una espada Que blande ajena mano: Tú á impulso soberano Obedeciendo vas: Tú siembras la simiente Que encuentras apilada: Mas siembras diligente Para quien va detrás.
»De aquí me desalojas Cuando estos sitios pueblas, De aquí conmigo arrojas La gracia y el pudor: Mas yo vi en las tinieblas Resplandecer tus ojos, Te conocí, y de hinojos Di gracias al Señor.
»Su vista rutilante, Que el universo abarca, Posada en tu semblante Desde tu cuna está: Y el dedo omnipotente Sobre tu noble frente Grabó la regia marca Que á conocer te da.
»Naciste favorito Del genio y de la gloria; Tu nombre es la victoria, Tu voluntad ley es. Tu tiempo es infinito, Tus huellas indelebles; Los montes son endebles Debajo de tus pies.
»¿Tú anhelas un tesoro? Mis lágrimas son perlas: El Darro te trae oro: Plata te da el Genil: Cien minas en tu suelo Posees: despierta á verlas, Y haz de este valle un cielo Para tu grey gentil.
»Encumbra este hemisferio Con el poder de Oriente..... Yo en él haré á otra gente Plantar su pabellón. Yo te daré un imperio, Mas tú para pagarme Tendrás al fin que darme Tu fe y tu corazón.
»Adiós ¡oh Nazarita! Mi aparición recuerda Cuando el pesar te muerda Con aguijón de hiel: No olvides en tu cuita Que abrió sobre este suelo La fuente del consuelo El ángel Azäel.»
Tal dijo: y el divino Sér misterioso alzando La mano que posando Tenía en Al-hamar, Al fondo cristalino Volvióse de la fuente, Que su cristal bullente Sobre él volvió á cerrar.
El ámbar que exhalaba Su aliento de ambrosía, La luz que derramaba Su forma, la armonía De que su voz llenaba La selva, y el encanto Con que su influjo santo Divinizó el vergel,
Como neblina leve Que desvanece el aura Al punto que se mueve, Se disipó con él: Dudar pudiendo en suma La mente deslumbrada Si fué visión soñada El ángel Azäel.
Tornó á la antigua calma Y soledad primera El bosque y la pradera: Y el príncipe Al-hamar, Sintiendo libre el alma Del fatigoso ensueño, De su tenaz beleño Se comenzó á librar.
Su mente obscurecida Se iluminó: la historia Del sueño en su memoria Se comenzó á aclarar; Y al fin, el cuerpo suelto De su sopor y vuelto Á la razón y vida, Se despertó Al-hamar.