Granada, Poema Oriental, precedido de la Leyenda de al-Hamar, Tomo 1
Part 2
Era yo joven: mi conciencia inerte Dormía, cuando al mundo audaz y solo Salí fiado en la voluble suerte. Lëal, franco, inexperto, extraño al dolo, Creyendo en cuanto vi con fe sincera, Mío el mundo juzgué de polo á polo. Mi alma entonces, góndola ligera En manos de señor joven y ansioso De vida mundanal y placentera, Se dejaba guiar por el undoso Y turbulento mar de la existencia, Ya á naufragar vecina, ya en reposo Vogando de aura mansa á la influencia: Al sol ardiente y á la tibia luna Meciéndose en el mar con indolencia Siguió siempre mi nave y mi fortuna La dulce poesía, compañera De mi gozo y mi afán desde la cuna: Y con voz ora humilde, ora altanera, Mis placeres canté, mis ilusiones Hechicé, la ventura pasajera De la vida fugaz en mis canciones Celebré; y ora crédulo, ora impío, Templé mi lira con inciertos sones. Abordé en mi demente desvarío Del golfo de la vida las riberas Todas, sin otra ley que mi albedrío. Sus islas visité más hechiceras: _Gloria_, _amistad_, _amor_, _deleite_, oyeron Mis insensatas cántigas primeras: Y doquier por el golfo me aplaudieron, Y de lauros cargáronme la frente, Y embriagándome al fin, me embrutecieron. Triunfé, amé, disipé, reñí insolente. ¿Qué saqué de esta vida vergonzosa? Hastiado el corazón, seca la mente. Mi alma, nave sin lastre, en peligrosa Marcha me conducía abandonado Al olëaje de la mar undosa. Entonces recordé mi sosegada Niñez: cuando mi madre me tenía Sentado en sus rodillas y posada Su mano en mi cabeza, dirigía Mi atención al altar donde radiante Se elevaba una imagen de MARÍA. Y entonces recordé la voz vibrante Del monje que en el púlpito exclamaba: «La existencia más larga es un instante; »Honor, gloria, poder, todo se acaba »Con ella: sólo nuestras obras viven, »Y ¡ay del que con sus obras no se cava »Su tumba! Todos del Señor reciben »Para el bien un talento, y Dios ordena »Que el suyo todos para el bien cultiven.» Recordé que esto oí en la edad serena De la cándida fe, cuando la mente Virgen recibe la impresión ajena Que conserva indeleble eternamente. Hasta entonces jamás mirado había Detrás de mí: tornéme ansiosamente El rastro á ver de la existencia mía: ¿Qué vi? la inmensidad del ocëano Que tras de mí desierta se extendía. La nave de mi alma un solo grano De lastre no llevaba, ni una sola Flor de las islas conservó mi mano. El rumor de una ola y otra ola No más en torno oía, y el profundo Són de la mar que el corazón desola Blando susurre ó muja furibundo. ¿Me comprendes, Muriel? te voy contando La historia de mi alma: lo que al mundo Nadie cuenta jamás: lo que llevando Va cada cual consigo, cuidadoso En el inquieto corazón guardando. Lo que el hombre no dice vergonzoso, Mas lo que á solas piensa en el momento En que cierra su párpado al reposo. Iba yo, pues, al olëaje lento Del golfo de la vida en la barquilla De mi alma vogando, el pensamiento Tornado á mi niñez, de toda orilla Lejos, el corazón triste y vacío De lo pasado, viendo que la quilla Del alma no dejaba entre el bravío Olëaje señal, y nuevo rumbo Dar meditando al barquichuelo mío: Y he aquí que de las ondas al balumbo Avanzando al azar ciego y perdido De olas en olas y de tumbo en tumbo, Vi una isla á lo lejos; decidido Torné á ella mi proa y tomé suelo En país para mí desconocido; La _Isla de la Razón_ era, que el Cielo Puso en mitad del viaje de la vida. La rica nave, el débil barquichuelo Que allí aporta sin rumbo, la perdida Brújula cobra y desde allí dirige Su viaje á fácil playa. Guarecida La _Razón_ de esta isla, en ella rige Como reina, teniendo en su ribera Dos luces siempre ardiendo, y una elige De las dos el que arriba, su postrera Travesía al hacer: cada uno enciende Su antorcha en una y, breve ó duradera, Con esta luz su travesía emprende, Cuerdo ó desatinado, el navegante Que á sí no más en la elección atiende. De saltar en su isla en el instante «De la fe es esta luz, del siglo es esta» Me dijo la _Razón_: y, vacilante En la difícil elección funesta Entre la fe y el siglo, al alma mía Entre las luces de ambos dejó puesta. La antorcha de la fe no despedía Más que un rayo de luz tranquilo y puro, Que por la limpia atmósfera subía Recto á perderse en el azul obscuro De la pura región, que el ojo humano No contempló jamás fijo y seguro. Á la _luz de la fe_ nada cercano Sobre el haz de la tierra se alcanzaba: Pero en la altura del zenit lejano Veíase una estrella y se dudaba Si la luz de la fe de ella venía, Ó la luz de la fe se la prestaba. Yo entre la tierra y la región del día Este rayo común juzgué, y no en vano, Que comunicación establecía. Circundaba este rayo soberano Rico enjambre de abejas luminosas Con alas de oro, cuanto más cercano Al resplandor su vuelo más hermosas: Y en el centro del rayo refulgente Labraban sus panales oficiosas. Quemábalas al fin el foco ardiente Y en lugar de cenizas, convirtiéndolas En bellísimas aves, de repente La luz del rayo místico impeliéndolas, Tomaban vuelo hacia el zenit palomas, Águilas, cisnes, garzas y oropéndolas; Y abrasada su miel, suaves aromas Exhalaba que en la aura derramándose Embalsamaban mar, valles y lomas. La _luz del siglo_, móvil elevándose, Culebreaba con llamas refulgentes De su foco en redor desparramándose, Formando con sus llamas transparentes Un bello árbol de luz que reflejaba Los colores del iris esplendentes. Bajo este árbol radiante vegetaba Innumerable colección de flores, En la que muchedumbre se criaba De mariposas, ricas en colores, Agradables en forma y movimiento, Y en gala incomparables y en primores. Susurro vago y apacible y lento Con sus alas hacían y en contorno De aquel árbol de luz giros sin cuento: Mas al fin deslumbradas y al bochorno Del fuego enloquecidas, acercándose Al foco abrasador, del rico adorno De sus puros colores despojándose, Poco á poco en la luz se iban lanzando Y unas tras otras en la luz quemándose; Y un poco de humo fétido exhalando, Polvo las mariposas se volvían, Su sitio ante la luz á otras dejando. _Más bellas las abejas renacían_ _En la luz de la Fe, y las mariposas_ _Polvo en la luz del siglo se volvían._ ¿Quién de aquestas dos luces misteriosas La alegoría mística no advierte? La miel de las abejas oficiosas, Que en aroma á su luz la fe convierte, Son _las obras_ del hombre, que embalsaman Su memoria triunfante de la muerte. El polvo que de sí cuando se inflaman Las mariposas sueltan, son _las horas_ Que en el siglo sin fruto se derraman. Estériles así ó germinadoras Son, sin fe, mariposas nuestras vidas Y abejas con la fe trabajadoras; Las almas naves á la mar partidas, Ricas, seguras, con la fe vogando, Con el siglo, sin lastre, sumergidas. Todas de la _Razón_ van arribando Á la isla: en sus luces toman fuego Y siguen á las costas navegando. Yo, que ha ya siete lustros que navego Por la existencia, á la _Razón_ arribo Y en su luz tomo de mi antorcha el fuego: Y el escaso talento que recibo Del Señor para el bien, constante abeja Labrando mi panal, con fe cultivo.
Pienso que de mi fe duda no deja En ningún corazón mi alegoría, Pues mi alma en sus luces se refleja. ¿Qué es un poeta? Un ave en la sombría Selva del mundo por su Dios lanzada Para llenar sus senos de armonía: Mas no para gorjear desatinada Día y noche, la selva ensordeciendo, Malgastando la voz que le fué dada Para elevarla audaz sobre el estruendo Mundanal, y con fe consoladora La gloria de su Dios enalteciendo. No al poeta se dió la voz sonora Como engañosa voz á la sirena, Ni como al cocodrilo voz traidora; La del poeta el ánimo serena Del hombre por la tierra peregrino: Dulce y divina voz que le enajena, La patria celestial de donde vino Recordándole siempre y aliviando La fatiga mortal de su camino. ¡Ay del poeta que, sin fe cantando, Sólo murmullo efímero levanta Como el agua y el aire susurrando! ¡Ay del poeta que su fe no canta Y la gloria del pueblo en que ha nacido, Enronqueciendo en vano su garganta! ¡Mariposa y no abeja!--Tal ha sido La causa que, tenaz, de esta obra mía En el asiduo afán me ha sostenido. Cambia con mi _razón_ mi poesía, Y á _la luz de la fe_ recapacito Que he sido mariposa hasta este día. Ha siete lustros que la tierra habito, Ave insensata que en la selva trina Con inútil gorjear, y necesito Utilizar la inspiración divina Que al poeta da Dios, el sacrosanto Sino cumpliendo á que mi sér destina. Y he aquí por qué cuando hoy mi voz levanto, _Cristiano y Español, con fe y sin miedo,_ _Canto mi religión, mi patria canto_. Con mi destino cumplo como puedo; Y si sucumbo por llenarle, en suma, Con Dios en paz y con mi patria quedo.
Ahora, Muriel, en alas de mi pluma Volvamos al dintel de mi poema; (Puesto que es fuerza que de tal presuma.) En tanto, pues, que en la jornada extrema Tocamos, ven conmigo hacia GRANADA, Regio florón de la oriental diadema. Ven de mi narración la no trillada Senda siguiendo: al arabesco estilo La encontrarás de flores alfombrada. No es un camino real tirado al hilo Derecho y espacioso, mas conduce Por medio de un vergel al regio asilo Del alcázar Muslim, y se introduce Antes por bib-arrambla do las flores Verás más bellas que el Genil produce. Fátima la Zegrí, _perla_ de amores, Cual su nombre lo dice: la Azafía _Cándida_ como el suyo: la en albores Extremada Jarifa: _albor del día_, La dicha así por su beldad, Zoraya: Zaida, que fuego en el mirar tenía: La _espejo_ de constantes Almeraya: Zelinda, la orgullosa Alpujarreña: Borina, prez de la murciana playa: Zora, la voluptuosa Malagueña: Zobeika, la rival de Sarracina: Lindaraja, la ardiente Zahareña, Y cuantas tuvo, de beldad divina Prodigios humanados, nobles moras La conquistada corte Granadina. Hallarás en mi libro encantadoras Leyendas, orientales fantasías, Que más dulces tal vez te harán las horas, En rimas pobres, pues al fin son mías, Pero halagüeñas para aquel que aprecia La Hispana gloria y los pasados días. No encontrarás los númenes de Grecia Invocados en él: genios distintos Asisten á mis héroes en su recia Caballeresca lid; bajo sus plintos Los templos de la Cruz no dan ya paso Á Venus ni á Plutón, ni en los recintos De la Alhambra jamás trotó el Pegaso: Que el rayo vivo de la Fe Cristiana Cegó á las Musas y quemó el Parnaso. Hallarás en mi libro, á la Africana Usanza, algo excesiva galanura, Pues fiel la lira con la acción se hermana Y el tono que la da seguir procura: Mas no el poema juzgues de la vaga LEYENDA DE AL-HAMAR por la lectura. Su narración fantástica divaga Enfática y difusa á cada punto Por su argumento celestial, que halaga Tal vez, mas tal vez cansa; su conjunto Ni en forma, ni en estilo da en efecto De mi poema idea, aunque su asunto Se encuentra al del poema tan afecto Que, á faltar la leyenda, desmembrada Su acción parecería é imperfecto Su plan, como palacio sin portada. Tal es mi obra.--Ahora penetremos, Muriel, en el recinto de GRANADA. ¡Y ojalá que á sus términos extremos, Como á risueño fin de alegre viaje, Al compás de mi cántico lleguemos! ¡Y plegue á Dios que el bárbaro ropaje De mi cuento Muslim vuelva con pompa Manto imperial el albornoz salvaje! ¡Y plegué á Dios que, cuando el canto rompa, Se me torne el laüd que me acompaña La de homérico són épica trompa, Que el eco lleve de mi voz á España!
III
INSPIRACIÓN
¡Cristiana inspiración, hija del cielo, Que diste sér á mi canción primera, De mi existencia en el placer y el duelo Guía siempre lëal y compañera! Tú que, al vestirme mi mortuorio velo, Dirás conmigo mi oración postrera: Tú que abrirás con el sepulcro al alma De la tranquila eternidad la calma:
Tú que, al soplo de un aura perfumada, Con mi espíritu errante has recorrido los desiertos del África abrasada, Pensil de palmas, de serpientes nido: Y los cármenes frescos de Granada, Edén para los Árabes perdido: Y los talleres de Albión obscura: Y de París la bacanal impura:
Tú que, perenne, con materna mano Conservaste en mi alma por doquiera De la Esperanza el incorrupto arcano Y de la Fe la inextinguible hoguera: Tú que, al cruzar el arenal mundano, Has templado mi sed rabiosa y fiera Aplicando á mis labios la ambrosía Del cáliz de la dulce poesía;
No me abandones hoy que necesito Purificar y esclarecer mi idëa, Al fuego santo del fanal bendito Do inflamó Dios tu inextinguible tea. Hoy que anhelo una voz de eco infinito, Que más que de mortal robusta sea, Para enviar á la tierra en que vi el día En alas de un cantar el alma mía.
¡Inspiración católica, más fuerte Que los tres elementos destructores De la envidia, del tiempo y de la muerte! Ciñe mi sien y mi laüd de flores: Mágico encanto en mis palabras vierte Y, en brazos de los vientos voladores, Del turbio Sena al pobre Manzanares Lleva mi corazón en mis cantares.
Vuela y á España di que todavía Sin ira y sin pavor mi voz resuena Sobre el festín de la centuria impía, Que á sus míseros hijos envenena Brindándoles las copas de su orgía, Que la revolución con sangre llena: Dila que hasta que espire en mi garganta Celebrará su gloria y su fe santa.
LEYENDA
DE
MUHAMAD AL-HAMAR EL NAZARITA
REY DE GRANADA
DIVIDIDA EN CINCO LIBROS
Libro de los Sueños.
INTRODUCCIÓN
En el nombre de Aláh clemente y sumo Que da sombra á la noche, luz al día, Voz á las aves y á las hierbas zumo: Cuya suprema voluntad podría Tornar de un soplo el universo en humo, Y que atesora en mí su poesía, Escrita os doy para su eterna gloria Del príncipe Al-hamar la regia historia.
Bálsamo que disipa la amargura, Luz del pesar sombrío ahuyentadora, Es su sabrosa y celestial lectura Risueña como fuente saltadora, Grata como del campo la verdura, Bella como la grana de la aurora, Tierna cual de la tórtola las quejas, Dulce como el panal de las abejas.
Destila de sus versos ambrosía Su dulce narración maravillosa: Exhala su fecunda poesía, Grato como la esencia de la rosa, Mágico són de incógnita armonía; Y cual lluvia de Abril, que lenta posa Sus gotas en la flor, vierte en el alma Su amena relación plácida calma.
Encierra sus conceptos peregrinos Misteriosa virtud y fuerza varia: Aplacan el rigor de los destinos Elevados á Aláh como plegaria: Regalan á quien lee sueños divinos Leídos en la alcoba solitaria, Cuya influencia y compañía amiga Calman del cuerpo la mortal fatiga.
No hay sér bajo el imperio de la luna Que su lección sagrada no comprenda, Ni Aláh produjo criatura alguna Que no sienta placer con su leyenda. El pez á quien abriga la laguna, El ave que del árbol hace tienda, La fiera que entre rocas se sepulta, El reptil que en los céspedes se oculta:
Y en su colmena el zumbador insecto, Y en su corteza el röedor gusano, Y el árbol recio en su vigor perfecto, Y el aire inquieto en su vagar liviano, Y el sordo incendio en su humear infecto, Y en su ciego furor el ocëano, Prestan oído respetuoso y grato Al armónico són de su relato.
Esculpido en las hojas de sus flores Se guarda en el Edén por altos fines: Y los justos en él habitadores, Los ángeles que velan sus confines, Las hurís que alimentan sus amores Y los genios que pueblan sus jardines, Gozan en descifrar sus caracteres En la paz de sus místicos placeres.
Tal es la historia peregrina y bella Que os doy en estas hojas extendida, Para que el pasto y el deleite de ella Os alivien las penas de la vida: Pues la luz que en sus páginas destella Despierta el alma á la virtud dormida, Y eleva el corazón y el pensamiento Á la pura región del firmamento.
Y aunque en idioma terrenal y humano Para la humana comprensión la escribo, De espíritu más alto y soberano Su luminosa inspiración recibo. Guía mi corazón, guía mi mano Sér á quien dentro de mi sér percibo, Y el genio ardiente que en mi pecho habita La palabra me da que os doy escrita.
Leedla, pues; y el ámbar que perfuma Del Paraíso la mansión divina, Y el resplandor que de la esencia suma Derramando los mundos ilumina, Y el rumor que levantan con su pluma Las alas de Gabriel cuando camina, Embalsame y alumbre y dé contento Á cuantos lean el divino cuento.
Nació Al-hamar y sonrió el destino Contemplándole amigo: la fortuna, Fijando un punto su inconstancia, vino Amorosa á mecer su blanda cuna: Y, el curso de su carro diamantino Parando en el zenit, la casta luna Tendió desde él con maternal cariño Tierna mirada sobre el regio niño.
Del ángel que custodia su persona Bajo las alas de perfume llenas, Dió sus primeros pasos en Arjona Sobre el tapiz fragante de azucenas Que dan al pueblo natural corona, Sus vegas en redor ciñendo amenas: Y sin dolencia corporal alguna Llegó á la juventud desde la cuna.
Ánimo noble y continente bello, Porque inspirara afecto y simpatía, Dióle el Señor. Espléndido destello Puso en sus ojos de la luz del día: La gracia de el del cisne dió á su cuello Dió á su voz de las auras la armonía: Dió á su talle lo esbelto de la palma, Y el temple de los genios á su alma.
Dió el carmín de la aurora y de la nieve La limpieza á su tez; dió á su cintura La grave majestad con que se mueve El león, y del corzo la soltura: Del sabio á su palabra dió lo breve, La paz del niño á su sonrisa pura, Y al corazón sin miedo y sin codicia La fe, la lealtad y la justicia.
Diestro en la lid, en el consejo sabio, Seguro en la virtud, fuerte en la ciencia, Modesto en la victoria, en el agravio Perdonador y sobrio en la opulencia: En la mano la dádiva, en el labio El consuelo y la paz, de la violencia Castigador, y hermoso en la persona, Nació digno Al-hamar de la corona.
Chispa encendida de la fe en la hoguera Su estrella fué. Su celestial influjo En el erial de la vital carrera Por luminosa senda le condujo. La ventura tras él fué por doquiera, Su presencia doquier el bien produjo; Amigos y enemigos le admiraron Y la historia y el tiempo le afamaron.
Luchas civiles de la gente mora Le llamaron urgentes á la guerra, Y lidió con honor desde la aurora Hasta que en sombra se sumió la tierra. Llevó al fin su bandera vencedora Del verde valle á la nevada sierra: Y de un día de Abril en la alborada Aclamado por rey entró en Granada.
Pequeña población recién tendida En el seno amenísimo de un valle, Por donde Darro en sonorosa huída Abre á sus hondas perfumada calle, Era entonces Granada, y parecida Á africana gentil de suelto talle, Que fatigada en calurosa siesta Á la sombra durmióse en la floresta.
Y cuando digo población pequeña Á la de hoy la imagino comparada: Pues no era entonces cual después fué dueña De dilatados términos Granada. Bella ciudad de situación risueña Y de bizarros Árabes poblada, Era ciudad no grande, no opulenta, Mas ya por su valor tenida en cuenta.
Á una orilla del Darro que mojaba De sus labradas puertas los umbrales, (Por bajo de la _cádima alcazaba_ Ceñida de murallas colosales) Un barrio se extendía que habitaba Raza de los egipcios arenales Oriunda: gente audaz, de miedo ajena, De negros ojos y de tez morena.
Tribu, como nacida en el desierto, En sus gustos voluble y pareceres, De este jardín á su escasez abierto Doblemente apegada á los placeres. Sus blancas azoteas eran huerto Cuidado con afán por sus mujeres, Y sombreaban sus altos miradores Toldos fragantes de enredadas flores.
Gozaban de sabrosos alimentos, Ocio oriental y cómodo vestido; Cercaban sus alegres aposentos Blandos cojines de sutil tejido: Revestía sus limpios pavimentos Mármol de Macäel blanco y pulido, Los muros preciosísimo estucado Y el friso trabajoso alicatado.
Sostenían los ricos arquitrabes De sus claros moriscos corredores Columnas ligerísimas. Sus naves Adornaban arábigas labores, Sutiles cual la pluma de las aves, Tan brillantes como ella en sus colores; Frutales desde el huerto á las ventanas Alargando limones y manzanas.
Sus patios, que en albercas espaciosas Reciben unas aguas cristalinas Al cuerpo gratas y al beber sabrosas, Pilas eran de baño alabastrinas, Sembrado el borde de arrayán y rosas, Donde las bellas moras granadinas El seco ardor de la mitad del año Ahuyentaban de sí con fresco baño.
Y en las serenas noches del estío, Á la luz misteriosa de la luna, Al són del agua del plateado río, Y al compás de una cántiga moruna (Dulce recuerdo del país natío Que no se olvida en la mejor fortuna), Sentábanse á danzar en la ribera La alegre _Zambra_, y la _Jeíz_ ligera.
Tal fué la tribu y las mansiones tales Que á una margen del Darro se extendían, Mirándose en sus líquidos cristales Á cuyo són los dueños se adormían: Y tan gratas sus casas orientales Eran, tal el contento en que vivían, Que con justicia los que en él moraron El _barrio del deleite_ le llamaron.
La otra ribera del sonante río Era una verde y desigual colina, Cuya enramada falda daba umbrío Y ancho tapiz al agua cristalina, Y cuyo lomo, seco en el estío, Fundamento á una torre casi en ruina, Que sirviendo á dos términos de raya Era alminar á un tiempo y atalaya.
Domínase en la cumbre de esta altura La extensión de la vega granadina, Rica alfombra de flores y verdura Que tendió ante sus plantas la divina Mano de Aláh: tesoro de frescura, Manantial de salud y peregrina Mansión de toda dicha, cuyas suaves Auras encantan con su voz las aves.
Ven desde allí los ojos embebidos Cien alegres y blancos lugarejos, Que de palomas asemejan nidos Entre las verdes huertas á lo lejos; Y montes cien que, por el sol heridos, Descomponen su luz con mil reflejos Que lanza el agua y el metal que encierra Pródiga madre su fecunda tierra.
Allí anidan al par todas las aves Y se abren á la par todas las flores: Con la rápida alondra águilas graves, Con la murta el clavel de cien colores; Se respiran allí cuantos las naves De oriente traen balsámicos olores, Y allí da el cielo deliciosas frutas, Y encierran minas las silvestres grutas.