Granada, Poema Oriental, precedido de la Leyenda de al-Hamar, Tomo 1
Part 10
Lidiaron acaso algunos: Pero tantos les entraron, Que al fin les acuchillaron Con las hembras á la par. Á los gritos de los Moros Los Cristianos despertaban: ¡Pero los tristes se hallaban Cautivos al despertar!
La soñolienta pupila Prestaba crédito apenas Á las cuerdas y cadenas Con que atados dos á dos Por los Árabes se vieron, Á quienes con lengua y ojos Pedían piedad de hinojos En el nombre de su Dios.
Las lágrimas de las madres, De los niños los sollozos, Los esfuerzos de los mozos, El dolor de la vejez, Son inútil resistencia: Porque á todos los infieles, Atados como lebreles Les arrastran á la vez.
En vano lucha la virgen Desesperada con ellos, Que con sus propios cabellos Mordaza ó cordel la dan: En vano niños y enfermos Yacen sin fuerzas postrados; En tropel como ganados Todos á los hierros van
Fueron tristísimas horas Las de noche tan sangrienta. ¡Á quien de ella pidan cuenta, Malas cuentas ha de dar! Mas no Arias, á quien el mundo Con su fe abandona en Zahara, Porque Dios no desampara Á quien de Él se va á amparar.
Corazones como el suyo, Almas cual la que le anima, Dios tan sólo las estima En su pristino valor: Aniquilado bien pronto El cuerpo que les encierra, Vuelve su polvo á la tierra Y su esencia al Criador.
Creyó al fin Gonzalo Arias, Desde la torre en que vela, Sentir en la ciudadela Un verdadero rumor De voces y de pisadas, Y distinguir en la sombra Muchas gentes agolpadas Á la muralla exterior.
Iba el caracol de piedra Á tomar del muro, cuando Por él su escudero entrando Dijo: «¡Los moros, Señor!» Asió al punto Arias Saavedra Un hacha y un triple escudo Que halló á mano, y torvo y mudo Lanzóse hacia el corredor.
Por el caracol torcido Se hundió como una callada Sombra, y la puerta ferrada De las almenas abrió. Confuso tropel de moros Llenaba el adarve estrecho: Gonzalo Arias derecho Á los Moros se lanzó.
Tendió del primer hachazo Los dos que halló delanteros, Y al querer tirar del brazo La mano de otro segó. Á tan repentino ataque La morisma, acorralada, Abrió círculo espantada Y en el centro le dejó.
Mas Arias, que no veía De vergüenza y de ira ciego, Cerróse con ellos luego Con ímpetu asolador: Y, al ver el horrendo estrago Que en ellos su brazo hacía, Ninguno se le atrevía, Embargados de pavor.
Pero sobre ellos cargaba Gonzalo Arias con tal brío, Que adelante les llevaba Sin dejarles revolver; Y uno, que frente arrestado Le hizo, entre dos almenas Le derribó atravesado Y en el foso fué á caer.
Aquel hombre despechado, De mirada centelleante, De colérico semblante Y de fuerzas de Titán, Sin más que un broquel y un hacha, Pálido y medio desnudo, Peleando solo y mudo Con desesperado afán;
Aquel hombre aparecido De repente en medio de ellos, Erizados los cabellos, Cual de un vértigo infernal Poseído, hizo á los Moros Concebir honda pavura, Contemplando en su figura Algo sobrenatural.
Un instinto irresistible De temor supersticioso De aquel hombre misterioso En tropel les hizo huir, Cual si vieran, bajo el rostro De aquel hombre temerario, Un espíritu contrario De Mahoma combatir.
Abandonó, pues, el muro Todo el pelotón alarbe, Y dejó sobre el adarve Solo á aquel hombre fatal. Crispado, calenturiento, Á las almenas de piedra Asomóse Arias Saavedra Presa de angustia mortal.
Allá abajo, en las tinieblas, Por las calles de la villa En la lengua de Castilla Invocar á Dios oyó. «¡Á Dios (dijo con desprecio) Á Dios invocáis ahora! ¡Miserables! Ya no es hora: Sucumbid, pues, como yo.»
Y á largos pasos tomando Del castillo la escalera, Fué á dar como una pantera En el patio principal. Un capitán de Granada Allí amarrados tenía Cuantos perdonado había La cimitarra fatal.
Arias, de un salto, se puso Delante del africano Y, asiendo con una mano Las bridas de su corcel, Le dió en el frontal de acero Tan descomunal hachazo, Que caballo y caballero Vinieron á tierra de él.
Los Árabes que más cerca Del capitán se encontraron, Sobre Gonzalo cargaron Con gritería infernal: Pero dieron con un hombre: Y el primero que imprudente Se llegó á Arias, en la frente Recibió el golpe mortal.
El capitán, desenvuelto De su caballo caído, Vino como tigre herido Sobre el alcaide á su vez: Recibió su corvo alfanje El castellano forzudo Dos veces en el escudo, Con serena intrepidez;
Y al verle ébrio de coraje Descargarle el tercer tajo, Metióle el hacha por bajo Y el brazo le cercenó. Saltó el pedazo partido Con la cimitarra al suelo, Y el Moro, con un aullido De dolor, se desmayó.
Saltó Arias de él por encima Y, del caballo tendido Quedándose guarecido, Volvió la lid á empezar. Acométenle los Moros: Mas ningún golpe le ofende Por delante, y se defiende La espalda con un pilar.
Entraba en esto en el patio El viejo Rey de Granada: Mas detúvose á la entrada Á admirar el varonil Aliento de aquel solo hombre Que, sin casco ni armadura, Tiene á raya la bravura De los hijos del Genil.
Estaba Gonzalo Arias De sangre y sudor cubierto Tras del caballo, que muerto Á sus plantas derribó, Anhelante de fatiga, Descolorido y rasgado, Como un espectro evocado Del panteón que le guardó.
Al ver con cuánta destreza De tantos se defendía, De tan alta bizarría Pagado el viejo Muley: «¡Teneos!» gritó á los Moros; Y, yéndose al Castellano, Le dijo afable: «Cristiano, Ríndete: yo soy el Rey.»
No pudo Arias de cansancio Contestar. «Quienquier que fueres (Añadió el Rey), valiente eres: Ríndete á mí y salvo irás.» Arias, ronco de fatiga, Pero con alma serena, Dijo: «Muerto, enhorabuena: Pero rendido, jamás.»
«Cristiano, repuso el Moro, Yo soy Muley y rendirte Á mí no será desdoro.» Y Arias dijo: «Y yo, Muley, Soy Gonzalo Arias Saavedra, Y mientras me quede aliento Y en Zahara quede una piedra, La mantendré por mi Rey.»
Ahogó la piedad del Moro Respuesta tan arrogante, Y, colérico, «¡Adelante, Saeteros!» exclamó. Atravesado de flechas Hincó Arias una rodilla Gritando «¡Cristo y Castilla Por los Arias!» Y espiró.
Cortáronle la cabeza, Y en el arzón delantero La ató un negro de Baeza Por trofeo de valor. Tal fué el fin desventurado Del bravo alcaide de Zahara: La suerte le negó avara Todo, menos el honor.
* * * * *
Cuando del día siguiente Comenzó á lucir la aurora, Daba á Granada la vuelta La morisma victoriosa. Marchaba Muley delante, Y, en el centro de su tropa, Dos mil cautivos atados Al carro de su victoria. Mandó el Rey que los Cristianos, Guardados por buena escolta, Fueran delante á Granada Por la vereda más corta; Pero prevenido habiéndole Que, por si las tierras próximas Se levantan, con presteza Caminar es lo que importa: «¿En qué está, dijo, el retraso? --En los cautivos que estorban. --Pues bien, dijo con desprecio, Obligadles á que corran, Y lleguen los que llegaren: Los mozos á las mazmorras, Las muchachas al harén Y los viejos á la horca.»
III
Era la noche del siguiente día En que el fiero Muley salió de Zahara, Vencedor insolente. Era una obscura Y nebulosa noche: no lucía En el cielo la luna: venda impura De nubarrones cárdenos cubría La luz serena de su antorcha clara. Ceñían por doquier el horizonte Negros grupos de nubes apiñadas, De vapores eléctricos preñadas, Y alcanzábanse á ver de monte en monte Del frecuente relámpago, azuladas, Arder las repentinas llamaradas.
Á un balcón de la torre de Comares Asomada en silencio, la altanera Aija escuchaba con el alma entera Lejano són de gritos populares Que, por la densa atmósfera perdidos,
Traía á sus oídos, De cuándo en cuándo, ráfaga ligera. Tras ella Abú Abdilá sobre su hombro El noble rostro juvenil tendía, Como su madre oyendo con asombro La confusa y extraña vocería Que, en las tinieblas de la noche, el viento Con eco sordo resonar hacía Bajo el techo del cóncavo aposento.
--«¡Oyes, hijo Abdilá! con ansia dijo La sultana.--Sí, madre, y no comprendo..... Contestó Abú Abdil. ¡Tal vez maldijo Nuestra fortuna Aláh!» Con ojo fijo La espesa sombra penetrar queriendo, Aija le interrumpió:--«Calla: estoy viendo Moverse algo en el bosque..... ¿Oistes, hijo? --¿Un ruiseñor?--Sin duda: mas no canta Tan recio el ruiseñor..... escucha atento. ¿Le oiste?--Sí.--Pues bien, hijo, ese aliento De un pájaro no cabe en la garganta. --Oid, Señora, oid; más cerca el pío Del ave se oyó ahora.--Es una seña Que viene de las márgenes del río. --Sí, y en hacerse comprender se empeña.» Acercáronse más á la calada Barandilla exterior del antepecho:
Mas Aija, de repente y sin ser dueña De sí misma, cubriendo con su pecho El pecho de Abú Abdil, gritó: «¡Hijo mío!» Silbando entró por el postigo estrecho Del balcón una flecha disparada Desde el bosque, y, tocando en la labrada Piedra del arco, rechazó, en el lecho De Abú Abdil cayendo despuntada.
«¡Traidores!» exclamó Aija, á nuestra vida También atentan!» Mas alegremente La interrumpió Abdilá, teniendo asida La flecha: «Madre (dijo) trae cosida Una carta.--Lee pues.» Rumor de gente Se oyó en el corredor en este instante, Y una esclava, asomándose á la puerta, Dijo: «¡El wazir!» Para la audaz Sultana Fué cosa nada más que de un momento En el pecho ocultar la carta abierta, La flecha devolver por la ventana, Y serena quedar sobre su asiento.
Al punto mismo Abú-l'Kazín, ministro De las venganzas de Muley, entraba El nocturno registro Á hacer que en el salón acostumbraba, Desque la torre de Comares era Del Granadino Príncipe y su madre, Por orden de Muley, prisión severa.
Saludó Abú-l'Kazín con afectada Ceremonia, mostrando que lo hacía Sin respeto y en pura cortesía: Aija, en sus almohadones recostada, Ni volvió la cabeza desdeñosa, Ni le otorgó siquiera una mirada; Abú Abdilá, imitando á su orgullosa Madre, no contestó tampoco nada. Abú-l'Kazín entonces, en sombrío Silencio y con feroz torvo semblante, La estancia registró con vigilante Y prolija atención. «Es deber mío,» Dijo al fin, dirigiendo á la Sultana Una mirada donde el odio brilla, Y añadió: «Nuestro Rey llega mañana Vencedor de las armas de Castilla.»
Aquí, consigo sin poder, la Mora Díjole: «¿Son por ello esos clamores Que turban el reposo?--Sí, Señora: El pueblo aplaude, como siempre, ahora Á los Reyes que vuelven vencedores.» Una mirada le lanzó de fuego La Mora y con desdén le dijo luego: «Tienes razón, Abú-l'Kazín: mañana, Si volvieren vencidos, por traidores Les silbará la multitud villana. --Vele Aláh por el Rey, y no permita Que el pueblo tenga por traidor, Sultana Á quien abrigue sangre Nazarita! --Eso te digo yo. Los hijos tienen La sangre de los padres, y el que incita Al padre contra el hijo, lo previenen Las suras del Korán, á Dios irrita Y su raza por Dios será maldita. --Sultana, tus palabras.....--El anuncio Son del desprecio en que te tengo.--Holgara La razón en saber.--Está muy clara. --Pronúnciala, Sultana.--La pronuncio: Tu padre, Abú-l'Kazin, fué tornadizo Y traidor á su Dios, y yo detesto Á los hijos de padre que tal hizo. No lo olvides jamás.--¡Oh! lo protesto. --Déjanos, pues, en paz.--La vez postrera Volveré nada más, cuando el severo Rey de Granada de su ley el yugo Imponeros me ordene.--Aguarda fuera Sus órdenes en tanto, carcelero, Hasta que hayas de entrar como verdugo.»
Salió el wazir, brillando en su pupila El fuego del rencor: y la Sultana, Luego que oyó el rumor de los cerrojos De la postrera cámara lejana, La carta á desplegar volvió tranquila, Devorando lo escrito con los ojos. Mirábala Abdilá con impaciencia, Procurando leer en su semblante Lo que ella en el escrito. En apariencia, Si el wazir la acechara en este instante. No pudiera, al mirar su indiferencia. Sospechar que el papel era importante. Leyó con avidez, pero serena: Y aquella alma viril, que dominaba Del placer el exceso y de la pena. No dejó percibir á quien miraba El gozo inmenso de que estaba llena. ¡Tanto era altiva, perspicaz y brava!
«Hijo mío Abdilá, dijo tras breve Pausa, vas á partir. La muerte fiera. De tu padre á la vuelta, aquí te espera, Y abajo espera quien salvarte debe. No el Cielo señaló tu real cabeza Para ceñir una corona en vano; Tu destino de Rey he aquí que empieza; Cumple, pues, tu destino soberano.»
Dijo y le dió la carta, que decía: «Vuelve tu esposo vencedor, Sultana, »Y la guadaña de la muerte impía »Su mano trae; no aguardes á mañana: »Cuando oigas luego que en silbar porfía »El ruiseñor al pie de tu ventana, »Descuelga á tu hijo Abú Abdilá por ella. »Y un buen caballo le valdrá y su estrella.
»No temas ni vaciles: los verjeles »De este valle, á tu vista tan tranquilo, »Á un escuadrón de Abencerrajes fieles »Dan á estas horas misterioso asilo. »Mi escritura conoces, no receles, »Sultana, una traición: pende de un hilo »Del Príncipe la vida: mas, burlada »La muerte, volverá..... Rey de Granada.
»Aunque en firmar sé acaso que aventuro »Mi cabeza, la suya es lo primero: »Sírvate pues mi nombre de seguro »Y alumbre tu razón Aláh infinito.»
Al pie de este renglón, claro y entero, De ALY-MACER el nombre estaba escrito.
Leía Abú Abdilá, y á la lectura De la carta fatal palidecía: Y, leyendo en su rostro su pavura, La madre el ceño varonil fruncía. «Hijo de Reyes, como Rey procura Obrar, le dijo al fin. ¿Fortuna impía Te acosa? Acosa, pues, á tu fortuna: Mala es mejor tenerla que ninguna.»
Tal diciendo, la intrépida Sultana Llamó en voz baja á sus esclavas. Quiso Abú-l'Kazín dejárselas, por vana Demostración de libertad y viso De autoridad y pompa soberana, En la prisión. Entraron al aviso Todas de su señora, y la severa Sultana las habló de esta manera:
«Necesito una escala: en el momento Desgarrad vuestras tocas y almaizales; Los tapices que tiene el aposento Trizas haced: mis lienzos y mis chales Rasgad y, hasta que lleguen al cimiento De la torre, anudad los desiguales Pedazos: no os paréis en necias dudas: Rasgadlo todo, aunque os quedéis desnudas.»
Hechas á obedecer, sin más demora Rasgaron la oriental tapicería Que la ostentosa cámara decora, El chal con que cada una se ceñía, El rico pabellón de crujidora Seda que el lecho de Abdilá tenía. Cuanto á las manos se las vino asieron, Y, formando un cordón, le retorcieron.
La Sultana y el Príncipe, afanosos, En tal ocupación las ayudaron, Y de esta ocupación con los curiosos Incidentes, que alegre la tornaron, Del alma de Abdilá los temerosos Tristes presentimientos se ahuyentaron: Y rebosaba en gozo y osadía Cuando el largo cordón se concluía.
Á poco un risueñor en la enramada Los tres largos silbidos de su trino Precursores lanzó. Corrió agitada La Sultana al balcón, y más vecino Volvió á silbar el ruiseñor: callada É inmóvil escuchó: su oído fino Y ojo avaro alcanzaron, en la hondura, De un hombre el movimiento y la figura.
Un momento después, en la maleza Que al mismo pie del torreón crecía, El ruiseñor silbó: la fortaleza Y la continuidad con que lo hacía Su voz, de la que dió naturaleza Al ruiseñor un tanto desdecía De cerca oída: pero al libre viento Era bien fácil confundir su acento.
Ató Aija á Abú Abdil por la cintura La punta de los lienzos anudados, De su firmeza y solidez segura; Los brazos un momento entrelazados Tuvieron madre é hijo con ternura Cordial: los labios trémulos, rasados De lágrimas los ojos, no encontraron Palabras, mas sus lágrimas hablaron.
Deshízose la madre la primera Del cariñoso lazo, y saltó el hijo Por la baranda del balcón afuera, Teniendo el lienzo las mujeres fijo. «Madre, dijo él, ¡adiós por vez postrera! --¡Hijo de mi alma, adiós! ella le dijo, Y, bajando la voz:--honra tu nombre, No vuelvas sino Rey: lucha y sé hombre.»
Dijo: y, á una señal, franqueza dando Las esclavas al lienzo, por la obscura Región del aire, suelto, fué bajando El Príncipe Abdilá: justa pavura Le acongojó cuándo se vió colgando Sobre la inmensa tenebrosa hondura; Vaciló su cerebro y, los antojos Del miedo por no ver, cerró los ojos.
Un momento después cuatro forzudos Brazos en las tinieblas de él asieron: Una daga cortó junto á los nudos El lienzo, á hombros tomáronle, y huyeron. Los brazos de las Moras, á tan rudos Esfuerzos no hechos, libres se sintieron De repente del peso, y la Sultana Se echó con ansiedad á la ventana.
Miró, escuchó, sin voz, sin movimiento, Parando en su atención hasta el latido Del corazón y el curso del aliento: Pero ni gente, ni señal, ni ruido Se percibía: á la merced del viento El lienzo por abajo desprendido Flotaba, y era todo allá en la hondura Silencio, soledad, sombra, pavura.
Apartóse en silencio la Sultana Del ajimez: la tela recogida Poco á poco volvió por la ventana: Mas al entrar la punta suspendida Por fuera del balcón, de la Africana El corazón mortal volvió á la vida; La punta trae de salvación un gaje Infalible: el blasón Abencerraje.
Besóle la Sultana, y su altanera Tranquilidad cobró: despidió luego Sus esclavas y, sola, dijo, fiera Reverberando en su mirada el fuego Del corazón: «Que venga cuando quiera Muley.» Y en los cojines con sosiego Tendiéndose, al pesar y al miedo ajena Segura de Abú Abdil, durmió serena.
IV
Y he aquí que la Sultana Cual Reina soberana, Y acaso en su ventana Detrás de la persiana Oyó sobrecogida Que por la peña hendida Diez hombres que, en huída Corriendo á toda brida que el real Generalife, en esta noche mora, velaba en esta hora, tendida en un diván, cruzar el arrecife, conduce hacia la sierra, veloz y són de guerra, hacia la sierra van.
El rostro peregrino Zoraya hacia el camino De polvo un remolino Sombra el país vecino ¿Quien puede á estos parajes Lanzarse en tan salvajes Tan ásperos pasajes Los diez Abencerrajes llegando á la ventana, miró: mas ¡vana empresa! velaba con espesa al ojo más sutil. (se dijo la Sultana) caballos, audazmente salvando?--Solamente que salvan á Abú Abdil.
FIN DE LOS VERSOS CONTENIDOS EN EL TOMO PRIMERO.
Zorrilla, al publicar este Poema en 1852, ilustró el tomo primero con notas y discursos que, si entonces juzgaba de necesidad para satisfacer á lectores y críticos, hoy parecen excusados, después del casi medio siglo que separa la primitiva de la presente edición. El poeta quiso demostrar que á la factura de los versos había hecho preceder un estudio de la lengua árabe, de la historia del reino de Granada, de las vicisitudes de la conquista y de cuantos personajes iban á figurar en los diversos libros del Poema. Dudaba, tal vez, de que se le tuviese por verídico en las tradiciones, lenguaje, usos y costumbres de los moros; por lo cual puntualizó en multitud de notas la exactitud de los conceptos y hasta la pureza de las palabras. Reconocidas por la crítica estas cualidades en la obra, no es necesario reproducir tan numerosos comprobantes, que, en vez de esclarecer, embarazan la lectura y sonoridad de los versos. Por esto se han suprimido aquí, del mismo modo que una extensa biografía de Mahoma, inserta al final del volumen y que el propio Zorrilla declara ser en su mayor parte traducción de acreditados libros franceses.
Hay, sin embargo, en los discursos y desahogos del autor ciertos pasajes que no deben suprimirse, porque corresponden á la historia literaria del tiempo y al carácter peculiar del poeta, tales como la explicación de la dedicatoria á su amigo Muriel y la sátira con que Zorrilla se revuelve contra los censores anticipados de su obra, émulos, á su juicio, tan impotentes como menguados.
He aquí la manera con que explica la _Fantasía_ dedicada á D. Bartolomé Muriel en las primeras páginas del libro:
«Habiéndome algunos amigos manifestado en París deseos de conocer mi Poema de Granada antes de su publicación, se reunieron una noche en casa del Sr. Muriel para oirme leer algunos de sus libros ó cantos, á pesar de mi propósito de no manifestar su manuscrito. La circunstancia de hallarse presentes á esta lectura D. Fernando de la Vera y D. Cayo Quiñones de León, cuyos antepasados tomaron en la conquista de Granada no poca parte, y á cuyas hazañas consagro en mis versos no pocos recuerdos, me obligaron á continuar en siguientes noches la lectura de mi obra, á cuyo objeto reunió el Sr. Muriel una corta sociedad de amigos en su elegante casa. La amistad cordial que al Sr. Muriel me une, y las agradables horas pasadas en sus aposentos, cubiertos de preciosos cuadros y llenos de artísticas curiosidades, me inspiraron esta fantasía, procurándome la ocasión de darle con ella un público testimonio de mi amistad y de lo caras que son á mi corazón las memorias de la suya.»
Sobre las censuras anticipadas y murmuraciones más ó menos cultas que se hacían del Poema cuando aún no se había publicado, escribe Zorrilla lo siguiente:
«Á los desocupados escritores de anónimos y á los autores rapsodistas, á quienes apesara desdichadamente la reputación ajena, pero que no pueden labrarse la propia sino royendo los talones de los que van delante de ellos, en su incapacidad de abrirse por sí mismos un camino, les aconsejaré que antes dé seguirme á Granada den una vuelta por Toledo, donde hallarán á mi buen amigo el Sr. D. León Carbonero y Sol, quien, con honra suya y provecho de la juventud, explica en aquella ciudad la lengua árabe, y el cual, con su rica erudición oriental y poética, y su excelente método de enseñanza, les pondrá tal vez con el tiempo en estado de caminar conmigo por los senderos montañosos que conducen á la Real alcazaba de la Alhambra.