Part 8
Desde el primer momento la señora de la casa vió en su huésped un caballero decentísimo, lleno de comedimiento, finura y generosidad. Esto, unido á la noticia de su conversión y á la insistencia con que Teresita aprobaba el hospedaje, acalló poco á poco la alborotada conciencia de aquella mujer. El primer día no pudo arrojar de su alma el recelo, y permanecía delante de Morton con cierto espanto; el segundo buscaba motivos de hablar con él, hallando su conversación bastante agradable; el tercero no sabía qué hacer para complacerle. Jamás voluntad alguna fué más prontamente conquistada.
Morton huía todo lo posible de las conversaciones con el ama de la casa, cuyo afán de tertulia crecía de hora en hora, y cuando ella y su esposo no podían hallar pretexto para introducirse en la habitación del forastero, se entretenían oyendo chapurrar nuestra lengua á Sansón, que había hecho buenas migas con el filósofo. Se juntaban por las noches en la sala baja, y allí era el dialogar por señas, el reir de todo, el vaciar botellas de cerveza (pagadas por el descendiente de Abraham, porque Isidorita jamás permitió á nuestro filósofo el goce de un ochavo); y allí era el encender puros y el hablar cosas que recíprocamente no entendían.
Desde que tan gran novedad ocurría en casa de la del Rebenque, Teresita no faltó una sola noche en acudir á ella, para inquirir, indagar, hacer comentarios, recoger y glosar cada palabra del caballero hebreo. Ni gesto, ni acción, ni voz, ni salida ni entrada del joven quedaba sin ser sometida á prolija discusión. Ocupáronse también las tres (pues antes faltara en el cielo la casta Diana que á las tertulias la _Gobernadora de las armas_) de los Lantiguas, de la casa de los Lantiguas, de la señorita Gloria, y de la inaudita, escandalosa y execrable acción de la joya de Ficóbriga. Sí, Teresita la había visto y lo juraba por todos los santos del cielo. En la noche del lunes, cuando la llamaron para asistir al parto de su sobrina la hija del escribano, había visto á la señorita salir de la casa y dirigirse en compañía de un hombre hacia el cementerio. Resistíanse las dos amigas á creerlo; pero la de Amarillo invocaba á media corte celestial y al Padre Santo en testimonio de su afirmación.
Isidorita por su parte daba fe de que el señor Morton había estado casi toda la noche fuera en la del lunes; pero no podía asegurar lo mismo del martes, porque él tenía llave y podía salir con su criado sin ser visto; pero prometió solemnemente á sus amigas vigilar para tenerlas al corriente de cuanto ocurriese.
Luégo que se retiraron éstas para asistir á las Lamentaciones del miércoles, Isidorita fué llamada por su huésped para recibir una orden concerniente á detalles del servicio, y después de un breve coloquio, dijo la señora:
—¿Va usted á salir tarde esta noche?...
—No señora.
—Como el lunes estuvo usted toda la noche fuera...
Daniel no contestó. Entonces Isidorita, demostrando vivo interés por el hombre infiel que se aposentaba en su casa, habló así:
—Yo, si usted me lo permite, me voy á tomar la libertad de darle un consejo.
Y como Daniel se dispusiera de todo corazón á recibir consejos de la señora, ésta añadió:
—Mi consejo es que tenga mucho cuidado con los Lantiguas. Son personas muy buenas; pero de mucho tesón y no consienten que nadie...
—Acabe usted.
—Es que me estoy metiendo en lo que no me importa y temo enojarle á usted.
—De ningún modo.
—Pero como va en ello el bien de una persona tan digna... Lo que quiero decir es que tome usted precauciones, si ha de seguir sus entrevistas secretas á media noche con la señorita Gloria.
—¡Yo!—exclamó Daniel con asombro.
—Es claro: usted no ha de darme cuenta de sus acciones. En fin, usted hará lo que guste. Si una noche no le ve á usted el Sr. D. Buenaventura, otra noche puede verle, y tendremos un disgusto, un verdadero disgusto.
—Señora... teme usted que nos vea D. Buenaventura... ¿dónde? ¿á qué hora?—dijo el hebreo con gran interés.
—Eso ustedes lo sabrán. Mi cuñada, que es persona incapáz de mentir, ha visto á la señorita Gloria salir de la casa á media noche con un hombre...
—¡Salir de la casa!
—Con un hombre...
—¡Con un hombre!...
—Sí señor... La vió el lunes desde la calle, porque fué al parto de Nicanora, la de mi cuñado Gil... pues... Después acechó el martes por la noche desde su ventana, porque Teresa vive al lado... ya sabe usted... y no sé si la vió salir también. Por mucho que se quieran ocultar ciertas cosas, no se puede, señor de Morton. Este pueblo, aun en la lóbrega obscuridad de sus noches, tiene cien ojos. Los de Ficóbriga somos algo curiosos, y aquí ruedan las noticias que es un primor. No habrá hoy en la villa quien no sepa...
—Que la señorita Gloria sale...
—En busca de usted. Es natural... En fin, me estoy metiendo en lo que no me importa. ¿No es verdad, Sr. D. Daniel? ¡Qué importuna soy!... Que pase usted buenas noches, caballero.
Y se retiró.
El hebreo cayó en profunda meditación. Largo rato paseó por su cuarto. Cuando su criado quiso desnudarle, le dijo:
—Nos vamos á la calle, anda.
XV
¿A dónde va? ¿A dónde ha ido?
Teniendo llave de la puerta principal, podían entrar y salir cuando les acomodase, sin pedir permiso á los dueños de la casa. Eran más de las once y media cuando salieron. La noche, clara y bastante fría, era de luna llena; pero las muchas nubes que corrían viniendo del mar y en dirección á las montañas, la velaban á ratos, y cuando el astro quedaba descubierto, aparecía como arrastrado por los vaporosos brazos blanquecinos, cuya colosal gesticulación en los altos cielos imponía miedo á los que con ánimo triste vagaban á tal hora por la tierra.
—¿A dónde vamos esta noche, señor?—preguntó Sansón, que no podía ocultar la nostalgia del lecho.
—Ya lo veremos—repuso Morton sombríamente.
—¡Oh! Señor...—dijo el criado, marchando á la izquierda de su amo por la calle adelante.—Si yo me atreviera, diría al señor aquellas sentencias: «Quita, pues, el enojo de tu corazón y aparta el mal de tu carne, porque la mocedad y la juventud vanidad son... Yo miré todas las obras que se hacen debajo del sol; y hé aquí que todo ello es vanidad y aflicción de espíritu...»
Morton no contestó nada.
—¡Ah, señor!—añadió Sansón sonriendo,— es verdad que yo no debo dar consejos, ni señalar el peligro á mi amo, porque el amo es siempre sabio y el criado necio; pero no puedo remediar el saber de memoria los proverbios de nuestra ley, que se me salen de la boca cuando menos lo pienso. Si el señor me diera su venia, le diría... «Vase en pos de ella luégo, como va el buey al degolladero, y como el loco á las prisiones para ser castigado... Como el ave que se apresura al lazo y no sabe que es contra su vida, hasta que la saeta traspasó su hígado.»
—Entremos por esta calleja—dijo Morton sin hacer caso de la erudición de su criado.—Aquella es la casa de Lantigua.
Habían llegado cerca de la plazoleta, ya bautizada con el nombre de _Plaza de Lantigua_, y allí se detuvieron.
—¿De modo, señor, que esta noche no iremos á pasear por la orilla del mar?—dijo Sansón.—¿Nos estaremos de centinela en este delicioso lugar, mirando la luna?
Morton, los ojos fijos en la casa de Lantigua, no atendía á la verbosidad salomónica de su sirviente, el cual continuó diciendo:
—«Ví entre los jóvenes un mancebo falto de entendimiento... El cual pasaba por la casa, junto á la esquina de aquella... A la tarde del día, ya que obscurecía, en la obscuridad y tiniebla de la noche... y hé aquí que le sale al encuentro una mujer astuta de corazón... Rencillosa y alborotadora, sus piés no pueden estar en casa.»
—Calla, idiota—dijo repentinamente Daniel, poniendo la mano en la boca de su criado, para tapar aquella fuente de sabiduría.—¿No ves?... por aquella puerta que está en la callejuela ha salido una mujer.
—Yo veo un hombre.
—Sí, un hombre la acompaña—dijo Morton con voz ahogada.—Sansón, Sansón, si pronuncias una sola palabra te estrangulo... Ocultémonos tras esta esquina, porque vienen hacia acá.
Por la puerta de la casa vieja que da á la callejuela había salido una persona, la cual, uniéndose á otra que esperaba fuera, marchó precipitadamente hacia la plaza; después torcieron á la izquierda, entrando en la calle que conducía al centro de la villa.
—Sigámosles—dijo Morton.—Andemos á su paso y no hagamos ruído... La conozco... Es ella. En medio de las mismas tinieblas absolutas la conocería. El que la acompaña es Caifás. Morton les vió apartarse luégo de la vía central del pueblo, y dirigirse á la misma escalerilla donde él pasó parte de la noche del Domingo de Ramos.
—Van al cementerio—pensó lleno de estupor.—¿Qué es esto?
Gloria y Caifás subieron la escalera; pero en vez de dirigirse al cementerio torcieron á la izquierda, costeando la tapia. Iban á buen paso como quien tiene medido el tiempo. Daniel y Sansón les siguieron á conveniente distancia, por la orilla de un prado inmediato á las tapias.
—Que se nos van, que desaparecen—dijo Morton con angustia, apresurando el paso.
—Les detendremos, señor.
Los perseguidos, que un momento desaparecieron de la vista de los perseguidores, volvieron á ser vistos. Iban más de prisa, y pasando junto á las casuchas del arrabal, parecían tener intención de dirigirse á un camino estrecho que conducía á la carretera.
—Hay allí un bosque—dijo Morton apresurando más el paso.—Si se internan en él les perderemos de vista.
Pero entonces Gloria y su acompañante se detuvieron. Oyéronse rumores de un corto diálogo y la voz que se acostumbra dirigir á un caballo impaciente. Corrieron los perseguidores; pero no habían avanzado mucho, cuando vióse partir un _breck_, que llevaba al parecer más de una persona. El vehículo iba rápidamente en busca del camino real.
Los dos hebreos corrieron tras él; pero el coche avanzaba mucho y al poco tiempo desapareció. Su ruído sordo duró algo más, pero al fin difundióse también en el hondo monólogo de la noche. Daniel se halló en el camino real desconsolado y perplejo.
—¿A dónde ha ido?—se preguntaba.—¿Volverá?
Su aturdimiento fué como el de quien ve prodigios y fenómenos incomprensibles dentro de la esfera de la razón humana.
—La he visto—pensaba,—la he visto; y aún dudo si sería ella. ¿Por qué no la llamé? ¿Por qué no pronuncié á gritos su nombre?
Sentándose sobre una piedra, meditó:
—¡Ah!—dijo después de largo rato.—Ya sé... huye de su casa y de su familia... Pero entonces no volverá.
—No volverá—repitió Sansón, sentándose junto á su señor.—Sería temeridad buscarla más, y ahora aunque el señor no me lo permita, me atreveré á decirle...
—Sansón, déjame en paz—dijo Morton.—¿Qué piensas tú de esto? ¿Volverá?
—Pienso que «el avisado ve el mal y escóndese; mas los simples pasan y reciben el daño.» Pues hemos visto el mal, señor, escondámonos; es decir, vámonos mañana mismo para Londres.
—Amigo—dijo Daniel desarrollando su tema,—yo creo que aquí hay algo grande que no comprendemos.
—Lo que yo comprendo—repuso el servidor,—es que se ha dicho: «Sima profunda es la mujer. Aquél contra el cual estuviese airado Jehová, caerá en ella.»
—Sansón, Sansón—manifestó Daniel regocijándose con una idea lisonjera, que brillaba en su mente como luz que nace y crece.—Yo estoy seguro de que volverá. El corazón me dice que volverá.
—¿Y estaremos aquí hasta que vuelva, señor?
—Aquí estaremos mientras sea de noche. ¿Tienes frío? Pues toma mi gabán y póntelo sobre el tuyo.
—Gracias, señor. ¿Es absolutamente preciso que yo esté en vela?
—Puedes dormir si para ello tienes cuerpo. Yo te despertaré en caso necesario.
—Entonces con permiso del señor—dijo Sansón acomodándose en el suelo,—voy á descansar; porque... «¿qué más tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?... Generación va, generación viene, mas la tierra siempre permanece... ¿Qué es lo que fué? lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? lo mismo que se hará, y nada hay nuevo debajo del sol... Vanidad de vanidades, dijo el predicador, vanidad de vanidades, y todo vanidad.»
Poco después de pronunciar su última sentencia, dormía. El amo, siempre vigilante, no apartaba los ojos del último término visible del camino real y de las colinas que se sucedían tierra adentro. Nada pudo distinguir en aquella masa obscura, á ratos mal iluminada por la luna. Los negros árboles ocultaban los senderos; pero el hebreo, empleando su alma toda en la atención, buscaba en la inmensidad negra un rastro del ave cuyo vuelo había visto, y tan grande es el poder del espíritu que al fin lo hallaba. No veía nada con los ojos, pero su curiosidad, excitada hasta la inspiración, estaba segura de la existencia de una estela misteriosa, trazada por un corazón que corría en busca de su amor. Era como aquella seguridad de la fe, que sostiene y declara la verdad sin verla ni poderla explicar.
Después oyó cantar un gallo, y á la voz de aquél respondieron otros sucesivamente, cerca y lejos, formando el más bello concierto que puede imaginarse. No existe en la Naturaleza, fuera de lo humano, voz más conmovedora que el alarido de aquel noble animal, exclamación lanzada por los campos en los instantes lúcidos de su placentero sueño y con la cual dice al hombre: «yo soy la amenidad de la vida, la paz, la sencilléz, la diligencia y el trabajo.»
Daniel oía los remotos alertas del gallo que clamaban: «¡allá va, allá va!»
—Ha de volver—pensó, dirigiendo ávidas miradas hacia las colinas.—Si el corazón me engaña esta vez dudaré de él toda mi vida.
Había transcurrido poco más de hora y media desde la desaparición del coche, cuando el israelita creyó sentir torbellino de ruedas. No era todavía más que un convencimiento íntimo, sin nada real que resultara de una sensación clara. Esperó, y al cabo de cierto tiempo adquirió la certidumbre de que un coche venía.
—Sansón, Sansón—gritó tirándole de un brazo.—Levántate, perezoso.
—Señor, señor... ¿Nos vamos para Londres?...—dijo el criado frotándose los ojos.—Soñé que me embarcaba y decía...
—No digas nada... Prepárate para hacer lo que te mande. Tú tienes buenos puños. Detén ese coche.
—¿Cuál?
—Ahí viene. ¿No oyes?
Dejóse ver el carruaje, que venía corriendo tirado por dos caballos.
—¡Dos caballos!—dijo el amante de Dalila.
—Aunque sean veinte, hemos de detenerlos.
El coche se acercó, y Sansón, poniéndose en medio del camino, con los brazos abiertos como un misionero que va á exhortar á la buena vida, gritó:
—_¡Stop!_
Mas el que guiaba blandió el látigo, cruzando con él la cara del importuno que intentaba detener el coche. Entonces los caballos elevaron rugiendo sus cabezas al sentirse contenidos por una mano de hierro que sujetaba sus riendas; anduvieron trabajosamente algunos pasos; sacudióse el vehículo; una voz de mujer gritó angustiada: «¡Jesús!» un chico dijo: «¡Ladrones!» y Caifás, que era el que guiaba, exclamó: «¡Por vida de Patillas! ¡me lo temía!»
Daniel Morton, tirando del brazo de Caifás le hizo bajar más que de prisa del pescante, y después extendió sus brazos al interior del _breck_, que se cubría con cortinas de hule. Una mujer aterrada y llorosa estaba allí en compañía de un chico, de quien Morton no hizo caso alguno. Era Sildo.
Gloria no habló nada. Quiso luchar un instante con los brazos que la robaban; pero esto no era posible. Morton la sacó del coche, llevándola como á un niño.
—Señor Morton, por amor de Dios—dijo Caifás poniéndose de rodillas delante del hebreo.
—Márchate—le dijo Daniel.—Sansón, vete tú también con el coche á la entrada del pueblo.
—Déjame—murmuró Gloria sordamente cuando los demás se alejaban.—Déjame; yo no te he llamado, ni te he buscado, ni te quiero ver.
XVI
Prisionera.
—Lo contrario me pasa á mí—dijo Morton abrazando tiernamente á la joven, á despecho de ella.—Yo te busco, te llamo, te quiero.
Gloria luchaba por desasirse y huir.
—No te librarás de mí por ahora—afirmó Daniel.
Sentóse en una gran piedra del camino, sin dejar de sostener á la joven en los brazos, y la puso sobre sus rodillas, cual si fuera la carga más ligera.
—Aquí, aquí has de estar, aunque no quieras—repitió con turbada lengua, y estrechándola más en sus brazos de hierro.—Ahora es mi vez, ahora me toca á mí mortificar. No te soltaré, vida mía, que he conquistado. ¿Ves cómo no se puede huir de los que nos aman? Te sepultarías en la tierra, y la tierra se abriría para ponerte en mis manos. Gloria, Gloria, ¿por qué me has cerrado tu puerta, por qué huyes de mí?
—Déjame—repitió ella,—déjame. Mientras más me contraríes, mayor será el miedo que te tenga. Suéltame, por Dios; no me mates más.
—¡Matarte yo!
—No es esta la primera vez. Te suplico que me dejes.
Presa en los amantes brazos, Gloria permanecía inmóvil, y el mantón que la cubría, dejando tan sólo libre la preciosa y afligida cara, hacía más estrecha la prisión en que se encontraba.
—No me digas que te suelte, porque te abrazaré tanto, tanto, que te ahogaré.
—¡Ya no te quiero, ya no!
—Y yo te adoro... Esto basta.
—Es que yo te aborrezco.
—¡Mentira!... eso no puede ser. Si tú me aborrecieras, se habría de conocer en el universo. El sol no alumbraría lo mismo.
—Déjame.
—¡Dejarte! ¡Soltarte! ¡Soltar el bien que se ha ganado!... Tú has perdido el juicio. Por este momento me alegro de haber nacido, de haber vivido tantos años entre penas; me alegro de ser quien soy, y me regocijo de todo.
—¿Pero qué pretendes?... ¡estás loco!...
—¿Qué pretendo? Morir contigo, ó darte la vida que mereces...
—Yo no necesito de tí.
—Yo sin tí me muero. Tú lo sabes, y sin embargo me rechazas. Y cuando reces á tu Dios, mirarás á tu conciencia y la verás tranquila y satisfecha, sin acordarse del pobre que no vive sino por la esperanza de verte y de pedirte perdón.
—Te perdono; pero déjame.
—Sí, y cuando nos hayamos separado, iré al mar, iré á ese buen amigo que me está llamando hace tiempo, y atando una gran piedra á mi cuello, me arrojaré en él. Entonces, querida mía, no te mortificaré más.
—¡Por Dios—dijo Gloria desfalleciendo,—me ahogas!
Morton dilató ligeramente sus brazos, y la joven respiró con más libertad.
—Así—dijo con dulzura,—así. Déjame ahora y no te guardaré rencor.
—¿Por qué me tratas así?... ¿Por qué huyes? ¿Por qué un instante de mi compañía ha de ser tan violento? ¿Por qué para oirte y para verte he de necesitar atarte como á un prisionero?
—Porque así debe ser—repuso ella cesando en sus movimientos para desasirse.
—Y sin embargo, al huir de mí, al encerrarte, al despedirme en tu puerta, tú no eres felíz—dijo Morton besándola con ardor.—Tú padeces.
Al oir esto, Gloria no pudo decir nada que no saliese puro y verdadero de su propio corazón. Como el agua que afluye mansa y sin esfuerzo de la fuente, así salieron de su boca estas palabras:
—¡Padecer! Mucho... padezco mucho.
Dando un suspiro cerró los ojos.
—Ya lo sé. Tus penas, vida mía, tienen un eco sensible en mi corazón, y aquí se repiten, doliendo, porque tus heridas son mis heridas, porque estoy destinado á vivir con tu vida y á morir con tu muerte.
—Eso no puede ser—dijo Gloria tratando nuevamente de evadirse.—Bien está cada uno con lo suyo... Déjame seguir mi camino. ¡Por Dios vivo, te suplico que me dejes!
—No... ¿Por qué no quieres descansar un instante de tu martirio?
—Yo no quiero descansar. Padeceré por espacio de cien vidas, y aun no expiaré mi culpa.
—¡Por mi madre te juro que no consiento, que no puedo consentir esto!—exclamó Daniel con exaltación.
—¿Qué?
—Esta separación horrible. Yo romperé todas las leyes; pero esto no seguirá, te lo juro. Cuanto hay de violento y brutal verás en mí si es preciso. Prepárate, porque así como ahora te tengo, así espero tenerte por los siglos de los siglos... ¿Quieres satisfacer una curiosidad que me devora, quieres darme una prueba de confianza, quieres que te perdone lo que me has hecho padecer negándote á verme? Pues díme á dónde has ido esta noche, á dónde has ido otras noches que te han visto salir.
—No debo decirlo—murmuró Gloria.—Pero... si me dejas seguir mi camino te lo diré.
—A ese precio no.
—Pues no.
—Pues si tú no me lo dices, te lo diré yo, porque lo sé; porque esta misma noche ha sabido adivinarlo mi corazón, Gloria, mi corazón que no puede estar mucho tiempo ignorante de lo que pasa en el tuyo. ¡Oh armonía sublime! Si esta correspondencia de afectos no existiera, no existiría el alma.
Acercando sus labios al oído de la joven, pronunció unas palabras que ni el áura de la noche pudo oir.
Gloria cerró los ojos, en cuyas pestañas brillaban temblando algunas lágrimas.
—¿Es cierto?—le preguntó el hebreo besándola con ardor.
Gloria palideció más de lo que estaba, y cruzó sus manos en la actitud de los muertos.
—¿Es cierto?—repitió él con frenesí.
La joven exhaló tenue suspiro, y con él, como el último vagido del alma que se marcha, un sí. Pero sus cerrados ojos parecían hundirse y sus labios perdieron el color. Daniel le tentó las manos y sintió la suya oprimida fuertemente por las de ella, con la energía que imprime á los músculos la emoción de un adiós postrero. Luégo creyó notar que el pulso de la joven se extinguía; advirtió extremada frialdad en su frente; tuvo miedo; la llamó.
—¡Gloria! ¡Gloria!—oyeron las soledades del campo.
La joven no respondía; pero entreabrió ligeramente los ojos, sonrió después y sus manos crispadas apretaron con más vigor las del hebreo.
—¡Gloria! ¡Gloria!—gritó éste de nuevo.
Los labios de la hija de Lantigua quisieron hablar, mas nada dijeron. Hizo un gran esfuerzo, y entreabriéndose sus párpados, mostraron las negras pupilas que parecían decir con su lenguaje mudo: «Que te vea un momento más.»
El extranjero esperó un instante en ansiedad terrible.
—Es un desvanecimiento—dijo para sí.
Y al instante gritó:
—¡Sansón, Sansón!
Sin esperar auxilio, Morton, levantándose con su preciosa carga, marchó hacia Ficóbriga. Caifás, Sildo y Sansón salieron á su encuentro.
—Ya sabía yo que había de pasar alguna cosa mala—gruñó Mundideo.
—¿Qué es eso, señor?—preguntó Sansón.
—Un desmayo, sin duda—indicó Caifás, examinando á la señorita.—¡Rayos y centellas! ¿y á dónde la llevamos ahora?
—A su casa.
—¡Jesús, María y José!
—No perdamos tiempo—indicó el hebreo.—Adelante. A casa de Lantigua. Temo cualquier accidente desgraciado si no la auxiliamos pronto... Tú, Caifás, guía... por aquí.
Llegaron. La verja del jardín estaba abierta, por ser costumbre de la casa no cerrarla nunca. Un perro empezó á ladrar furiosamente. Caifás pedía á Dios que se abriese un gran hoyo en la tierra y le sepultase; pero Morton, fijo en su objeto y sin atender á ningún accidente, no se detuvo hasta llegar á la puerta.
—Sansón, llama.
Tenía la puerta de la casa de Lantigua un pesado aldabón de cobre, que martillaba sobre enorme clavo de luciente cabeza. Cuando el forzudo inglés cogió con su mano de león el llamador y lo sacudió empleando fuerza igual á la que arrancó las puertas de Gaza, los furibundos golpes, semejantes á disparos de cañón, hicieron retemblar con tal estrépito la casa, que ésta parecía la mansión del trueno.
XVII
Declaración.
Serafinita dormía tranquilamente, cuando empezó á soñar que el mundo se partía en dos pedazos; al golpe de un martillo celestial que iba á destruir en pocos momentos la obra de siete días, endurecida por seis mil años. Mas esta idea empezó á pasar por la serie de transformaciones y de matices que enlazan lo soñado con la realidad. Tuvo miedo, dudó si creer á sus sentidos, que le anunciaban un terremoto, hizo la observación de que en otras ocasiones había soñado con cataclismos, incendios y quebrantamientos de astros, cuyos pedazos llovían sobre el nuestro; pero su conocimiento fué muy claro al fin, y dióse por despierta.
Sintió voces en la casa, y Francisca, llegando á su puerta, dijo con voz muy angustiada:
—Señora, señora, levántese usted.
—Francisca... ¿qué?... ¿hay fuego?
—No señora... levántese usted.
—¿Hay fuego, mujer?
—No señora, otra cosa peor.