Gloria (segunda parte)

Part 5

Chapter 54,093 wordsPublic domain

A pesar de que las calles de Ficóbriga estaban muy obscuras, casi todos los que andaban por ellas conocían á Daniel Morton. Algunos al verle venir pasaban á la acera opuesta, otros se detenían para mirarle como á un objeto raro. Oyó soeces invectivas ó necedades triviales; pero de nadie pudo conseguir satisfactoria respuesta. Por último, decidió preguntar á los niños, que, por su falta de malicia, no podrían, según él, ni rechazarle con aquel horror propio de las conciencias varoniles, ni engañarle. Pero dos ó tres rapazuelos á quienes pidió auxilio saltaron dando alaridos á bastante distancia, y tomando piedras del suelo se las arrojaron.

Seguía la noche, la obscuridad, el desamparo, y con esto el cansancio del pobre extranjero á quien mortificaban terriblemente el hambre y la sed. Después de haber recorrido todas las calles, encontró en sitio solitario á una niña que venía cantando. Dirigiéndose á ella le preguntó por una posada que no fuese la de Mr. Mirabeau. La niña, más ignorante ó más humana, le señaló la calle inmediata y una puerta donde la seca rama marcaba la existencia de una taberna. Morton gratificó á su salvadora, y acercándose vió las azules letras de un tarjetoncillo que decía: _Posada_.

En la taberna resonaban broncas voces de marinos. Acercóse á un hombre con mandil que estaba en la puerta, y pidió alojamiento. El hombre, después de observarle fijamente, díjole que subiera, y ambos emprendieron ascensión muy peligrosa por una escalerilla.

—Gracias—decía Morton para sí con gozo,—gracias á Dios que no me han conocido.

Pero al llegar á una sala alta, donde había tres mujeres en cháchara, una de ellas gritó:

—¡Ese, ese es!

Y el asombro más vivo pintóse en los semblantes. Una mujer menos prudente que las demás se asomó á la ventana y gritó con el discorde chillido:

—¡El judío, el judío!

Subieron atropelladamente varios de los marineros que había en la taberna.

—Le conozco—dijo uno.—Es el que salvamos cuando se perdió el vapor inglés.

Mujeres y hombres, todos le miraban con estupor vivísimo. Hubo al fin en cierto grupo un movimiento de hostilidad, pero el tabernero alzó la voz y extendió sus manos diciendo:

—En mi casa no se maltrata á nadie. Caballero, salga usted.

Morton marchó hacia la escalera; pero antes se detuvo; volviéndose, dijo:

—Véndame usted un pan.

—Vale cinco duros—gritó con chillido de arpía una de las mujeres.

—Diez duros—añadió otra.

El tabernero cogió un pan del cesto que cerca estaba y lo ofreció á Morton. Este, al tomarlo con una mano, metió la otra en el bolsillo.

—No—dijo el hombre deteniéndole.

—¿Por qué?—preguntó Daniel.

—Es limosna—repuso con gravedad el tabernero.

—Caridad—añadió un marinero.—Nosotros somos así.

—Tú me salvaste la vida—dijo Morton á uno de ellos, poniéndole la mano en el pecho.

—Sí; ese es mi oficio.

—Pues bien—añadió el hebreo.—Dame ahora un vaso de agua, Dios te lo pagará.

El marinero trajo el vaso de agua. Morton, después de beber, salió llevándose el pan.

Ya con tan preciosa conquista sintióse medianamente satisfecho, como Robinsón cuando en su isla desierta alcanzaba de la Naturaleza los primeros dones para prolongar su vida. Poquísima gente había ya en las calles de Ficóbriga, por lo cual Daniel experimentó gran consuelo, habiendo llegado el caso de que la aproximación de cualquier humano rostro le produjese miedo y vergüenza. Si en su solitaria excursión por las calles sentía pasos, volvíase y apresuradamente tomaba otro camino como el ladrón que huye con su robo mal cogido en las trémulas manos. Cualquiera habría visto en él á un desalmado que acababa de robar un pan.

Con ser tan frugal su cena, le gustó, á causa del hambre que padecía, más que cuantos manjares ricos había probado en su vida. Satisfecha aquella primera necesidad de su cuerpo, éste, que cuando le niegan se resigna, pero si empiezan á darle, más pide cuanto más le dan, reclamóle descanso, un abrigo, un techo, un colchón, un montón de paja. Esto era más difícil, porque ninguna puerta de Ficóbriga se abriría para él. A falta de asilo cómodo, buscó un abandonado hueco de ruínas, un tronco de árbol, ó paredón solitario y apartado de toda humana vivienda que al menos le resguardara del frío Nordeste. Anduvo largo trecho alejándose del centro de la villa y volviendo á él. Por último, vió una escalera de piedra que se abría en el hueco del viejo murallón, para dar acceso á una planicie donde se veían algunas construcciones entre las ramas de espesos árboles. Sentóse allí. El sitio era relativamente cómodo y resguardado del cierzo.

Al poco rato aparecieron dos perros, á quienes Morton dió lo que había sobrado del pan, obsequio que no rechazaron.

—Vamos—dijo el hebreo,—ya no se podrá decir que hasta los perros huyen de mí. Al menos es un consuelo.

Poco después acercóse un anciano mendigo con una niña en brazos, y alargó la mano tostada y angulosa para pedir una limosna.

—¿Eres de Ficóbriga?—le dijo Morton.

—Sí señor, soy marinero del cabildo de Ficóbriga; pero como estoy tan viejo, hace dos años que no salgo á la mar y vivo en la mayor miseria, si esto es vivir.

La voz del anciano temblaba, anunciando debilidad, hambre y frío. Era su rostro curtido y surcado de arrugas como pergamino, blanca su barba, su estatura corpulenta; su cuerpo, á pesar de la desnudéz que le enfriaba y de la inanición que le enflaquecía, conservábase aún derecho; y por las roturas de la camisa, más desgarrada que una gavia hendida por los temporales, veíase el negro pecho velludo, fortalecido por las olas que se habían estrellado en él. En sus brazos, y arropada entre andrajos, dormía la niña angelical sueño, agarrándose con sus manecitas al cuello del anciano, murmurando á ratos algunas palabras y moviéndose intranquila, no porque estuviera enferma, sino porque soñaba, aun estando en brazos de la miseria, cosas placenteras y risueñas; por ejemplo: que se estaba atracando de bizcochos ó jugando con tres piedras, un pucherito y dos panojas, que eran otras tantas muñecas.

—¿Eres muy pobre?—preguntó Daniel al mendigo.

—Señor, no tengo más que lo que me dan. Vivía con mi hija, que era casada y tenía que comer porque su marido trabajaba en las minas. Pero hará dos meses se desplomó una piedra de las minas y mi yerno murió. Mi hija trabajaba para mantenernos; mas hará dos semanas que la enterramos. Dejóme esta niña; no tenemos casa; no tenemos más que la limosna de las buenas almas, y hasta ahora, ni mi nieta ni yo nos hemos muerto de hambre, porque el Señor ha sido bueno y nos ha mirado todos los días.

Daniel sacó una moneda de oro, diciendo para sí:

—Ahora sí que voy á ganarme un amigo.

Dióle la limosna, y el anciano partió después de dar las gracias y de prometer que rezaría á la Virgen del Carmen por el alma del favorecedor. Morton le observó desde lejos, le vió detenerse en la esquina de la calle de la Poterna donde había un farolillo, y examinar la moneda á la débil luz de la antorcha municipal; le vió inclinarse al suelo para sonar la pieza de oro sobre una piedra, y luégo el anciano volvió corriendo al lado de Daniel Morton.

—¿Qué hay?—le dijo éste.—¿Es falsa?

—No señor; es que se ha equivocado usted—dijo el viejo devolviendo la moneda.—Me ha dado usted un centén en vez de una peseta.

—¿Y por qué piensas que había de darte una peseta?

—Porque es lo que más se da. Yo no puedo tomar sino lo que se me da por buena voluntad, no por equivocación.

—Yo sé lo que doy—dijo Daniel con emoción.—Guarda la moneda; que si en algo me equivoqué fué en darte una sola. Toma otra, toma dos más, y mañana es preciso que nos veamos.

Y se las ofreció. Pero el pobre viejo no las había tomado aún en su mano, cuando dando un paso atrás, lanzó una exclamación de sorpresa y de terror.

—¿Qué?—dijo Morton con ira.—¿Tú también me conoces?

—¡Ah! No... no... señor—balbuceó el viejo;—¡pero este dinero, tanto dinero...! ¡Darle así!... Es la primera vez que le veo á usted; pero no hay más que un hombre que así tire el dinero... y ese hombre es el judío.

—Ese soy yo—dijo gravemente Daniel.

El anciano quiso poner las monedas en la mano del hebreo; mas como éste no las tomara, arrojólas al suelo, diciendo con tremenda voz:

—Tome usted sus doblones, que ningún cristiano recibe el dinero por que fué vendido el Señor.

Daniel Morton quedóse frío y estupefacto.

—Hombre sin entrañas—dijo al fin con rabia,—has hablado como un idiota.

—Yo no quiero limosna de usted. Adiós.

—Aguarda...—dijo Morton con angustia.—¿No ves que esta noche soy más pobre que tú, más miserable que tú? Haces alarde de cristianismo y no tienes lástima de mí. ¡Me has escupido en nombre de una religión y no te apiadas de la soledad en que estoy, sin un amigo, sin una voz que me consuele, sin otro hombre que me diga hermano y se siente junto á mí, aunque no sea sino para recordarme que ambos hemos sido hechos por el mismo Dios!

El marinero movió la cabeza, y después, hundiendo la mano en un hueco de sus andrajos, que se abría al modo de bolsillo, sacó medio pan.

—Toma—dijo secamente y con acento de desprecio, también indicado por el familiar tratamiento.

—¡Ay!—repuso Morton gimiendo,—no es pan lo que quiero: otro menos cruel que tú me lo ha dado antes. Pan se da hasta á los perros. Dame tu compañía, tu fraternidad, tu conversación, tu tolerancia, el consuelo de la voz de otro hombre, algo que no sea discordias de religión, ni torpes acusaciones por un hecho de que no soy responsable, ni injurias que indican rabia de secta... ¿Por qué te niegas á tomar mi limosna? ¿Me tienes miedo?

—Horror.

—¿Por qué?

—Porque así debe ser. Adiós.

El anciano se retiró, y á cada pocos pasos volvía la cabeza para mirar al hombre de los treinta dineros.

Oprimió su cabeza entre las manos, Daniel permaneció largo rato en meditación dolorosa. Después exclamó con airado acento:

—¡Ah! impío Nazareno... ¡nunca seré tuyo! ¡nunca!

X

Hospitalidad á medias.

Había pasado más de una hora cuando sintió ruído de pasos. Un hombre subía la escalera. Daniel le reconoció al instante.

—¡Caifás!—gritó levantándose.

—Señor Morton—dijo Mundideo con asombro.

Vivísimo gozo se pintaba en el semblante del forastero. Tomó á Caifás del brazo y le dijo con acento conmovido:

—Tú también me conoces; pero tú no me rechazas.

—Parece que no ha podido usted encontrar alojamiento—dijo Caifás.

—Y tú me ofreces el tuyo. ¡Cuánto me alegro de encontrarte, José! Eres una aparición divina. Me hielo de frío. Tengo mi equipaje en el Ayuntamiento, y no quieren dármelo hasta mañana. Mi criado está preso.

—Ya lo sé... ¡Que un caballero tan poderoso pase la noche en la calle...!

—¿En dónde está tu casa?

—Aquí, muy cerca—repuso Caifás, demostrando el diligente afán que nace de la verdadera gratitud...—¿Pero qué es eso que brilla en el suelo? Parecen tres monedas de cinco duros.

—Es dinero que se me cayó—repuso Daniel.—Puedes tomarlo.

Mundideo recogió los centenes y los entregó á su dueño.

—Guárdamelos—dijo Morton.—Después me los darás. ¿Y tus niños?

—Buenos, señor... Vamos por aquí... Ande usted con cuidado para no tropezar.

Pasada una pequeña planicie que sombreaban dos ó tres plátanos de corpulenta talla, empujó Caifás una puertecilla abierta en muro de mampostería y entraron en un terreno que parecía huerta.

—¿Qué es esto?—preguntó Daniel sin soltar el brazo de Mundideo que le guiaba en la obscuridad.

—Esta es la alcoba grande donde todos hemos de dormir.

—¡El cementerio de Ficóbriga!—exclamó el hebreo, sintiendo frío en sus huesos.

—Esto es muy húmedo—dijo Caifás.—No se detenga usted.

—Ya veo las cruces... ¡cuántas cruces!... y esa mole blanca...

—Es el sepulcro que se está construyendo para D. Juan de Lantigua.

Morton se quedó más frío, más asombrado, y en su pecho se enroscaba una serpiente que no le permitía respirar.

—¿El Sr. D. Juan...—murmuró,—está aquí?

—Junto á él pasamos—dijo Caifás, descubriéndose.—Los pequeñitos están aquí á la derecha.

Morton se descubrió también.

—Ese gran enterramiento que se está labrando—añadió José,—es para toda la familia.

—¡Para toda la familia!... ¿Pero tú vives aquí... en este triste sitio?

—Sí señor. Soy el sepulturero de Ficóbriga. Mal destino, señor; pero pienso dejarlo pronto... Ya llegamos. Entre usted.

Pasaron á un patio y del patio á una casa humildísima. Caifás, después de encender luz, guió á su amigo por estrecho carrejo á una pieza no pequeña ocupada por varios muebles, descollando entre ellos un inválido sofá de paja de Vitoria. Una puerta comunicaba la tal pieza con otra que debía de ser alcoba, porque Caifás señalándola, dijo:

—Ahí dormimos mis hijos y yo. Sacaré mi cama á la sala, donde estará usted con más desahogo.

—Gracias; no necesito cama. Dame una manta y descansaré en este sofá... Al fin he encontrado un hombre, un verdadero hermano... Pero te compadezco, amigo. No podías haber elegido un oficio más detestable.

—Pronto lo dejaré á quien lo quiera—repuso Mundideo, poniendo en el sofá manta y almohada.—Ahora Sr. Morton, mi situación no es tan mala como cuando usted tuvo la bondad de favorecerme.

—Me alegro infinito. ¿Has variado de fortuna?

—Así, así.

La actitud de Caifás frente al israelita era algo cohibida. Sus miradas indicaban el respeto y la veneración que su favorecedor le inspiraba; pero á tal respeto uníase cierto recelo ó más bien repugnancia, torpeza en las palabras, miedo quizás. No era preciso ser zahorí para conocer que el pobre Mundideo padecía, y que su conciencia hallábase en frente del más grande y aterrador enigma que jamás se le presentara.

—¿Y cómo has mejorado de fortuna?—preguntó el extranjero acomodándose en el sofá.

—Puse una taberna en la cual me fué muy mal. Pero hace poco murió un tío materno en Veracruz...

—¿Y has heredado?

—Poca cosa; mas para mí es un capitalazo. Como está el dinero en un banco de Inglaterra, no lo he cobrado todavía. Dicen que vendrá la semana que viene, y para entonces, Sr. de Morton...

Caifás miró al suelo.

—¿Qué?

—Para entonces le devolveré á usted su dinero.

—¿Qué dinero?

—El que usted tuvo la bondad de darme cuando yo estaba en la Cortiguera.

—No te lo dí para que me lo devolvieras.

—Pero yo lo devuelvo porque tal es mi deber.

Estaba Caifás en pié y en actitud de sumisión, pálido, descubierta la cabeza. Acababa de dejar sobre la mesa las tres monedas recogidas del suelo poco antes.

—¿Tu deber?—dijo Morton en tono de ira.

—Sí señor... yo... ¿Cómo lo diré de modo que usted no se ofenda? ¿Cómo lo diré sin que mi favorecedor me crea ingrato?

—Dílo pronto.

—Pues yo no sabía que usted...

—Ya...—indicó Morton volviendo el rostro con expresión de amargo desprecio.

—No se ofenda el Sr. D. Daniel, ni crea que soy malo, ni que dejo de apreciarle... Yo... vamos no sé lo que me pasa... No lo puedo remediar. Cuando supe la muerte del Sr. D. Juan y que usted era...

—Yo soy judío—afirmó Morton gravemente.

—Sí—añadió Caifás sollozando,—y su dinero de usted, Sr. D. Daniel, me quema las manos... El confesor me dijo que devolviera ese dinero, aunque para ganarlo tuviera que estar barriendo las calles con mi lengua, ó cargando piedras como un asno, ó tirando del arado como un buey. Felizmente puedo devolver lo que no debí tomar, no...

—Calla, calla...—dijo Morton oprimiéndole con airada violencia un brazo, pálido de ira:—calla, idiota... estás hablando como una bestia... ¿Qué dices de mí?... ¿Por qué juzgas mi alma? ¿Quién eres tú, miserable gusano, para condenar á eterno abandono á otro hombre, hechura de Dios como tú; quién eres para fallar contra mí, contra mí que te he favorecido? ¿Sabes que la conciencia hace al hombre, y la ingratitud, la negra ingratitud, es la única conciencia de los malos?

El extranjero sonreía con sarcasmo.

—¡Oh! yo no soy desagradecido, no señor, ¡eso no!—gritó Caifás con verdadera angustia.—Si pudiera usted leer en mi conciencia... No sé lo que me pasa. Yo le he adorado á usted como se adora á los que están en los altares... yo he rogado á Dios por la salvación de usted más que por la mía. Pídame usted todo lo que tenga, y hasta la última hilacha de mi casa será suya. Me quitaré el pan de la boca porque usted no padezca hambre, y partiré con usted mi casa, aunque por ello pierda mi destino y esté pidiendo limosna toda la vida.

—Lo que te pido no es abrigo, que puede darlo un árbol, un tronco, una peña, una gruta, sino el dulce amparo de la amistad, de la benevolencia, de la grata compañía.

—Cuanto sea caridad y agradecimiento tendrá usted siempre de mí—dijo Mundideo con acento de emoción.—Pero...

—¿Pero qué...?

—Quiero decir—repuso Caifás con gran turbación de voz,—que no quiero su dinero... no quiero su dinero...

—¡Supersticioso! Tu alma es noble y piadosa; pero cede á las infames ideas del vulgo.

—Mi conciencia me manda que no tenga con usted ninguna clase de relaciones, más que las de la caridad.

—No querrás ser mi amigo, como se entiende la amistad social; no querrás frecuentar mi trato, ni servirme, ni tener conmigo la comunidad de vida y el cambio de ideas que por lo común existen entre los que profesan una misma religión...

—Usted lo ha dicho muy bien... Eso es lo que yo quería decir, pero no sabía decirlo.

—Si no te lo impidiese la ingratitud, ¿me aborrecerías, José?

—Con todo mi corazón—repuso vivamente el sepulturero.—Con toda mi alma. ¿Cómo podría querer al que ha hecho derramar tantas lágrimas á una noble familia que adoro, al que mató al padre y deshonró á la hija...?

Morton sintió que cada palabra era un lanzazo con que aquel hombre hería su corazón; pero al tocar tan delicado punto, sentíase débil y sin fuerzas para protestar.

—No juzgues de lo que no conoces—dijo sordamente.—Yo creí que siempre serías mi amigo, pero me he engañado. Al verte me alegré, porque esperaba adquirir por tí noticias de la persona que amo y sin la cual no puedo vivir.

—¿De la señorita Gloria...?

—¿Sabes algo de ella...? ¿La ves?—preguntó Morton con ansiedad.

—Sé mucho—dijo Caifás con misterio y hostil intención.—La veo con frecuencia, pero á usted, á usted no puedo darle ninguna noticia.

—¿No me cuentas lo que hace, si está buena, si está alegre, si sale...?

—Sólo diré que es muy desgraciada.

—Quizás deje pronto de serlo.

Caifás movió la cabeza en señal de duda, y después lanzó un gran suspiro.

—¿Y has dicho que la ves?

—Todos los días.

—¿No me das ninguna otra noticia?

—Ninguna—replicó sordamente Caifás, guardando en su pecho las palabras, como si echara un muerto al hoyo.—Una sola, una sola daré, y es que siempre veo en ella un ángel del cielo, tan ángel después de su caída como antes.

—Dices bien. Gracias, José: tú eres hombre de corazón... Me han asegurado que la opinión de este pueblo le es muy desfavorable.

—Mucho. Dicen que la señorita está mal con Dios. Ayer ha pasado una cosa muy rara. La señorita envió un ramo para que se pusiera en las alforjas del borriquito que acompaña al Salvador. En cuanto el animal sintió encima las flores, principió á dar coces y las arrojó mismamente contra la pared. Todos los que tal vieron quedáronse horrorizados.

—¿Y tú, tú eres capáz de creer tan grosera superstición?

—Ni la creo ni la desmiento. Cosas muy raras pasan en el mundo. ¡Oh, yo he visto tanto!...

—¿Y la gente de aquí cree eso?

—Como el Evangelio lo creen todos. No se habla de otra cosa en Ficóbriga.

—¡Qué horrible estupidéz! Pero tú no lo creerás.

—No señor, no, no lo creo—afirmó Caifás después de un instante de duda.—La señorita es un ángel del cielo, lo digo y lo repito.

—Muy bien, amigo mío, muy bien. Puedes decir y repetir otra cosa, y es que la señorita saldrá de su desdichada situación y será felíz.

—Eso no...

—¿Por qué?

—Porque es buena cristiana, y usted...

—¿Y yo qué?

—No me haga usted decir lo que no debe decirse al que nos ha favorecido.

—Pues bien... dejemos esto. Háblame de ella tan sólo. Cuéntame todo lo que sepas.

—Sé mucho.

—Pues dímelo todo, todo.

Caifás se llevó los dedos á la boca para pillarse con ellos, á guisa de tenazas, sus carnosos y obscuros labios.

—De mi boca no saldrá una palabra, ni una sola que pueda servir á usted para sus planes.

—Mis planes son buenos.

—Eso Dios lo sabe.

—¿Y tú no? ¿No lo sabes tú, que tienes pruebas de mi modo de proceder, tú, que ya me conoces bastante?...

—Yo no sé nada, nada—gruñó Caifás con aturdimiento.—Yo no sé nada. Usted es un misterio para mí, Sr. Morton; usted es un ángel y una calamidad, lo bueno y lo malo juntamente, el rocío y el fuego del cielo... Yo no se qué pensar, yo no sé qué sentir delante de usted... Si le amo, me parece que debo aborrecerle; si le aborrezco, me parece que debo amarle. Usted es para mí como demonio disfrazado de santo, ó como un ángel con traje de Lucifer... No sé nada, no sé nada, señor Morton.

Callaron ambos. Grave y cejijunto, doblemente horrible por su fealdad natural y la expresión de recelo que había en su semblante, Caifás contemplaba á Daniel desde regular distancia, sentado, los brazos en cruz, la cabeza ligeramente inclinada, la vista atónita y algo torva. Jamás se había presentado á una conciencia problema semejante, y aquel hombre rudo vió desarrollarse en su espíritu todo el panorama inmenso de los problemas religiosos, sintiéndose turbado y atormentado por ellos de una manera confusa y mal definida. Vió que en su interior se elevaban fantasmas, y oyó esas aterradoras preguntas que en lo íntimo del espíritu son formuladas por misteriosos labios y que rara vez reciben contestación. Otro hombre de inteligencia más cultivada habría sacado de la meditación de aquella noche alguna idea clara, ó negación terrible quizás, algo absoluto aunque fuera lo absolutamente negro del ateísmo; pero Caifás no sacó nada, ni luz completa ni tinieblas, sino confusión, aturdimiento, el caos, el claro obscuro incierto del alma humana cuando la fe vive arraigada en ella, y la razón, como diablillo inquieto evocado por la magia, entra haciendo cabriolas, enredando y urgando aquí y allí.

Mucho tiempo duró la meditación de ambos. El caballero parecía dormir, pero velaba. Pasaron las horas, y rodó la noche con ese voltear majestuoso y taciturno que la asemeja á un cerebro pensando en silencio y reposo, lleno de misteriosos sones, de imágenes y vagas ideas, que se entrelazan como los círculos movibles de la retina en los cerrados ojos del que vela. Ya muy tarde, casi de día, Morton dijo á Caifás:

—¿No te acuestas?

—No tengo sueño—repuso el enterrador.—Estoy cavilando, cavilando cosas extrañas que no me dejan dormir.

—Parece que luce la aurora... Deseo hablar al Sr. D. Buenaventura.

—¿Tan temprano?

—¿Ese señor, madruga?

—Se levanta con los pájaros.

—Pues te ruego que vayas allá y le digas de mi parte que estoy aquí á su disposición.

Caifás no se movía.

—¿Qué?—dijo Morton con ira.—¿También te niegas á servirme en esto?

—En esto no—repuso Caifás levantándose.—Voy á llamar al señor.

XI

Dieciocho siglos de antipatía.

No eran las seis cuando D. Buenaventura y Daniel Morton se hallaban solos en la habitación de Caifás. Los chicos habían sido enviados á la calle por su padre, y éste, después de ahondar un poco la sepultura abierta en la tarde anterior, se ocupaba en enterrar á uno de esos pobres muertos que entran en la inmensidad misteriosa de la descomposición subterránea sin amigos, sin cánticos religiosos, sin lágrimas, sin flores, sin mortaja. Para esos todo es materia y verdadero polvo.

Ambos caballeros, después de contemplar un instante tan triste escena, se sentaron junto á una mesilla con tapete de hule que en mitad de la pieza había. Uno y otro callaban, bastante perplejos y diciendo para sí: «El hablará primero.» Por fin D. Buenaventura rompió el silencio.

—Nada necesito indicar á usted—dijo con torpeza,—de las inmensas desgracias que han caído sobre mi familia. Usted las conoce bien; y debo creer, al verle acudir tan puntual á mi llamamiento, que no es indiferente á ellas, aunque no sea sino por el remordimiento de haberlas causado.