Part 3
Cachorro entró de nuevo con una gran bandeja de pasteles, bizcochos y algunas botellas.
—_Corpus et sanguinem_—exclamó desde la puerta, y avanzó alzando la bandeja á la altura de la cabeza con la actitud propia de los mozos de café.—Aquí está lo que resucitó á Lázaro... Parece que sigue la perplejidad. ¿Se ponen ó no las flores judáicas?
—Mi opinión es que no se pongan—afirmó la de Amarillo, consultando con la mirada á sus amigas.
—En fin, ¿tenemos concilio ecuménico para decidir?...
—Mi opinión—manifestó la _Gobernadora_,—es que se pongan, puesto que el cura lo ha mandado así. Nuestro primer deber es la obediencia.
—Es verdad.
—Tiene razón.
—Póngase el ramo—ordenó la Monja apartando con soberano desdén sus ojos del animalito, á punto que Cachorro le ponía la preciosa carga de flores, contrapesándolas con el racimo de panojas que estaba preparado para el caso.
Las tres damas habían concluído su tarea; pues si bien las flores artificiales no estaban puestas en los agujeros de las andas, ya habían sido ordenadas en graciosos ramilletes por quien era tan maestra en floreos. Fatigadas de tanto trabajo, se habían sentado en tres sillas preparadas al objeto por el sacristán, y contemplaban en silencio su obra, pudiéndose observar en el semblante de dos de ellas la satisfacción y arrobo del artista vencedor, mientras la de Amarillo, frunciendo la dorada piel de la frente, demostraba hallarse ocupada por otros pensamientos.
—Todavía no sale de la casa—dijo, cual si contestara á una pregunta que nadie le había hecho.
—¿Quién?
—La señorita Gloria.
—Hace bien—afirmó la del Rebenque.—Su vergüenza es mucha.
—¡Qué mimitos!... ¿También tiene vergüenza de venir á la Iglesia? ¿No está ya convencida de que no puede casarse?... ¿A qué aspira?... ¿Piensa que en Ficóbriga se le seguirá teniendo el amor que siempre merecieron los Lantiguas?... ¿Creerá conservar la respetabilidad del difunto D. Juan, á quien mató con sus liviandades?... Por supuesto que la niña conservará su orgullito, y cuidado cómo se pone en duda que es la primera persona del pueblo...
—¿Y no ha salido aún?
—Ni siquiera al jardín. Se levanta á las seis... toma chocolate... se peina... Yo lo observo todo desde mi ventana alta. Lee en dos ó tres libros... trabaja en costura... va á la biblioteca de su padre... vuelve... se acuesta temprano... le suben la comida... no habla casi nada... ¡Y qué destrozada tiene la casa! Da lástima verla. Pero Juan me asegura que será nuestra, y en verdad que la pobre lo merece.
A la sazón había empezado á escanciar el bueno del sacristán.
—Vaya, señora doña Isidora, usted dirá—indicó inclinando la botella sobre el cortadillo.
—Una gota, nada más que una gotita... Basta, hombre, basta; que tomo eso para ver si mi estómago entra en caja.
Isidorita gustó del precioso licor. La _Gobernadora de las armas_ hizo ascos al anisete, pero no á un delicado néctar de la Nava que en otra botella tenía el Sr. Cachorro, y lo acompañó con bizcochos para que la confortase más.
—Esto da la vida—gruñó Agustín probando de una y otra cosa.
Teresita no probó nada.
—Vamos, vamos á colocar las flores—dijo á sus amigas poniendo fin al descanso.—Aún queda bastante que hacer... Por cierto que si yo no hubiera mandado á buscar las flores á S... ¡Dios mío, qué abandonado tenían esto los Lantiguas!
—Señora, ¿qué es esto? ¿qué tengo yo?—murmuró la _Gobernadora_ pasándose la mano por los ojos.—Si parece que se me va la cabeza.
—Pues á mí también—añadió Isidorita dándose aire.—Este diablo de Cachorro nos ha dado algún brebaje...
—Animo, señoras; esto se llama hallarse en estado anacreóntico, como dice D. Bartolomé Barrabás. Cuando no es vicio, no hay pecado.
—Váyase usted allá, borrachón. ¿Cree que somos como él?
En el mismo instante sintióse un chasquido como de madera que se agrieta; la alforja había caído de los lomos del pollinito, y por el suelo rodaban las panojas y el ramo.
Teresita y doña Isidora se miraron aterradas.
—Es que se ha caído el clavo que sujetaba la alforja—observó Agustín examinando el animal.—Ya se ve. Está la madera apolillada y se cae á pedazos. Digo lo que Teresita. Esos Lantiguas tenían muy abandonados á los asnos del Señor.
—No se comprende cómo han podido desprenderse las alforjas—añadió la Monja acercándose con cautela.
El sacristán tomó el ramo.
—No, lo que es mientras yo dirija esto—manifestó la señora de Amarillo gravemente,—no se vuelven á poner las tales flores sobre el pobre animalito.
—Hay algo, señoras, aquí hay algo que no comprendemos.
—Yo he visto al asnito dar coces y tirar las alforjas—afirmó la _Gobernadora de las armas_.—Sí, señoras, lo he visto.
—¡Jesús, lo que dice esa mujer!—exclamó con terror Teresita.—Yo no he visto nada de coces, pero aquí hay algo, indudablemente aquí hay algo.
—Eso no tiene duda—repuso Cachorro con cómica gravedad tirando de la oreja al asno.—Aquí hay algo. Cuando yo digo que este bergante tiene malas mañas.
—Hermano Cachorro—dijo Teresita,—hágame usted el favor de tomar ese ramillete y ponerlo sobre una silla. Yo no lo toco con mis manos.
—Ni yo.
—Pues ni yo.
El sacristán, que había salido llevándose las botellas, volvió sin ellas y dijo en voz baja.
—Ahí está la señora doña Serafina. Viene á ver cómo ha quedado esto.
—¡Qué á tiempo llega! ¿En dónde está?
—En la capilla rezando.
—Voy á hablarle. Sigan ustedes colocando los ramos de trapo—ordenó la Monja.
Pero las dos amigas no podían tenerse fácilmente en pié.
En la capilla, de hinojos, devotamente humillada ante el altar de su familia y junto á los sepulcros donde reposaban sus ilustres antepasados, estaba doña Serafina de Lantigua. No vió acercarse á la señora de Amarillo, que salió lentamente por la puertecilla de arco escarzano, y se fué acercando poco á poco, más como quien resbala que como quien anda. Cuando silbó la primera palabra de su saludo al oído de la ilustre señora, ésta se estremeció, exhalando ligero grito.
—¡Ah! señora...—exclamó,—me ha asustado usted.
—Mi queridísima amiga...—dijo Teresita dándole la mano.
VI
Domingo de Ramos.
En la mañana del Domingo, D. Buenaventura dijo á su hermana:
—Ya la he convencido de que debe ir hoy conmigo á la preciosa función de las palmas.
—¡La pobre hace un gran sacrificio!—repuso Serafinita.—Pues si la llevas, que se arregle pronto. Yo me voy delante, que tengo que rezar.
Y tomando su bastón negro salió. D. Buenaventura tuvo que esperar algún tiempo, y discutiendo con Gloria sobre el mismo tema, oyó de sus labios estas palabras:
—Bien, tío: iré porque no diga usted que no le complazco. No tengo gusto en salir; pero por lo mismo... por lo mismo saldré.
Poco más tarde, la señorita de Lantigua salía de la casa paterna en compañía de su tío, después de muchísimos días de reclusión voluntaria. Vestía de riguroso luto, con el cual su palidéz era realzada. Grande y triste huella habían dejado en su rostro, antes lleno de gracia y lozanía, los huracanes que pasaron meses atrás y todas las penas que arrastraron tras sí, las cuales bastarían á consumir y acabar la belleza más perfecta. Pero la de Gloria más que perdida parecía modificada, adquiriendo una dulce maduréz y cierto aire de consternación que inspiraba lástima á cuantos sin odio la veían. Había adelgazado bastante, aumentándose así la fascinadora elocuencia de sus ojos. Cuando miraban parecían comunicar extraordinaria tristeza hasta á los objetos inanimados. Si antaño todo lo que contínua ó pasajeramente estaba unido á su persona decía: «gracia, amor, esperanza,» ahora todo decía: «compasión.» Verla y no sentir el más vivo interés hacia ella era imposible.
Antes de que sobrina y tío llegaran á la Abadía, ya se habían repetido mucho en Ficóbriga estas palabras: «la señorita Gloria ha salido.» En el último cabo de la villa repetía un eco de femeninas voces: «ha salido.» Los muchachos que vagaban en la puerta del templo, por ser día de ceremonia, la miraron, unos con asombro, casi todos con lástima, algunos con curiosidad descortés y sin delicadeza. Pasó ella con los ojos bajos, tomando el brazo de su tío. Dentro de la Iglesia sintió gran fatiga á causa del esfuerzo que había hecho; pero su espíritu experimentó una dilatación placentera, súbito arrebato de sentimiento místico que por breve espacio la tuvo sobrecogida y anonadada.
—Vete á nuestra capilla y siéntate, que estarás cansada—le dijo D. Buenaventura al darle el agua bendita.
En aquel instante empezaba la sublime ceremonia de la bendición de las palmas, y el coro cantaba: _Hosanna filio David. Benedictus qui venit in nomine Domini. ¡Oh Rex Israel! Hosanna in excelsis._
Estas palabras resonaron en el alma de la joven como atronador llamamiento, y se sintió confundida ante una superior grandeza. Detúvose junto á la pila de agua bendita sin poder dar un paso. D. Buenaventura, tomándole la mano, le dijo:
—Si quieres, ven conmigo al altar mayor para que veas el Salvador, puesto ya en sus andas para salir esta tarde.
—No, no quiero verle—repuso Gloria con súbito terror dejando caer la cabeza sobre el pecho.
Don Buenaventura, al tomarle la mano, notóla fría y temblorosa.
—¿Qué tienes?...—le dijo.—¿Estás mala?... Siéntate... Has hecho un esfuerzo demasiado grande viniendo de casa aquí. Yo voy á sentarme en los bancos del centro. Vete á nuestra capilla.
El subdiácono había empezado á cantar la dramática relación del Exodo: «Y llegaron á Elim, donde había doce fuentes de agua y setenta palmas; y asentaron allí junto á las aguas.» Este sublime capítulo mosáico, contiene las murmuraciones de los israelitas contra Moisés por haberles llevado al desierto después de pasar el mar Rojo, la escaséz que sufrieron, y óyese la tremenda voz de Jehová que les dice: _Ecce ego pluam vobis panes de cœlo_. «Hé aquí que os haré llover pan del cielo.»
Gloria conocía perfectamente estos cantos y toda la serie de interesantes ceremonias de aquel clásico día. Sabía que la salida de Egipto era la redención, el maná la gracia, y contemplando en su espíritu tan maravillosas ideas, trataba de regocijarse en ellas.
—Iré á nuestra capilla—dijo á su tío.
Aún tardaron algún rato en separarse. D. Buenaventura se dirigió á los bancos del centro donde estaban las autoridades, mientras Gloria entraba en su capilla, cuando el diácono cantaba la _Sequentia_. En la capilla de Lantigua había muchas mujeres. Gloria creyó encontrar allí á su tía; pero ésta había ido á la capilla de los Dolores. Entró la señorita sin mirar á las que, de rodillas ó sentadas en los bancos, asistían devotamente al parecer á la piadosa ceremonia. Si Gloria hubiera atendido más á lo que ocurría á su alrededor que á lo que pasaba en su espíritu, habría visto que desde que entró en la capilla fué observada con impertinentísima atención por las fieles; que entre todas distinguíase una por su indiscreto reconocimiento de las facciones y del vestido de la desgraciada huérfana. Después oyóse en la capilla sordo cuchicheo de murmuraciones y susurrantes comentarios, el cual, empezando por un rincón, se fué extendiendo hasta agitar todo el conjunto de negros mantos. Uníanse unas á otras las cabezas; buscaban los movibles labios el oído; inquietábase el rebaño, y por último sonaron también las almidonadas faldas al levantarse tal cual oveja que padecía gran desasosiego. Gloria no alzaba los ojos de su libro de rezos. Si los alzara habría visto á Teresita la Monja acompañada de sus tres sobrinas, las hijas del escribano D. Gil Barrabás. Pero sí advirtió que la señora de Amarillo se levantaba, y dando terminante orden á las niñas, salía con ellas de la capilla.
Distraída un momento por esta brusca desaparición, Gloria volvió á atender á su piadosa lectura. Pero no habían pasado dos minutos cuando otra señora, seguida de dos niñas, abandonó también la capilla. Era la _Gobernadora de las armas_.
—Huyen de mí—pensó la joven.
Al poco rato otras dos señoras y un hombre huyeron también de allí como se huye de un sitio infestado. Sólo quedaron dos viejas y un anciano marinero, que atentos con profunda edificación al acto religioso, no ponían mientes en lo demás. Gloria sintió opresión insoportable en su pecho y una necesidad de llorar que no podía satisfacer; pero al fin de sus ojos corrieron á raudales las lágrimas cuando oyó cantar: «Oh Dios que enviáste á tu hijo á este mundo para salvarnos, para que se humillara entre nosotros.»
El sacerdote había bendecido las palmas, que fueron rociadas con agua bendita y ahumadas con incienso. Distribuídas aquéllas empezó la procesión. El coro entonaba el capítulo de San Mateo: _Cum appropinquaret Dominus_. Gloria cerró los ojos, orando recogidamente y con profunda ternura, mientras pasaban clérigos y seglares. No quería ver nada, ni mirar al presbiterio donde estaban el Salvador y el borriquito, objeto de la atención general y del fervor más pío por parte de los muchachos. Sentía los lentos pasos, el grave canto, la humareda de incienso, el murmullo del conmovido pueblo, y sometiendo su imaginación y su pensamiento á la idea religiosa de tan bello símbolo, contemplábalo en toda su grandeza sublime.
Las ceremonias con que la Iglesia conmemora en Semana Santa el extraordinario enigma de la Redención son de admirable belleza. Si bajo otros aspectos no fueran dignas de excitar el entusiasmo cristiano, seríanlo por su importancia en el orden estético. Su sencilla grandeza ha de cautivar la fantasía del más incrédulo, y comprendiéndolas bien, penetrándose de su patético sentido, es por lo menos frivolidad mofarse de ellas. Quédese esto para los que van á la Iglesia como al teatro, que son, en realidad de verdad, porción no pequeña de los católicos más católicos á su modo, con faláz creencia de los labios, de rutinario entendimiento y corazón vacío.
Es evidente que las ceremonias de Semana Santa despiertan ya poco entusiasmo, y muchos que se enfadan cuando se pone en duda su catolicismo, las tienen por entretenimiento de viejas, chiquillos y sacristanes. Sólo en Jueves Santo, cuando la afluencia de mujeres guapas convierte á las Iglesias en placenteros jardines de humanas flores, son frecuentadas aquéllas por la varonil muchedumbre de nuestro orgulloso estado social, el más perfecto de todos, según declaración de él mismo. Nuestra sociedad se cree irresponsable de tal decadencia y la atribuye al excesivo celo y mojigatería de la generación precursora, la cual, adulando al clero y adulada por él, quitó á las ceremonias religiosas su conmovedora sublimidad. ¿Cómo? multiplicándolas sin criterio, y haciéndolas complejas y teatrales por el abuso de imágenes vestidas, de procesiones y pasos y traspiés irreverentes, absurdos, profanos, sacrílegos, irrisorios; por la introducción de prácticas que nada añaden á la hermosa representación simbólica de los misterios; por la falta de seriedad y edificación que trae consigo la ingerencia de seglares beatos en las cosas del culto. No es fácil designar quiénes son responsables de esto; pero á nadie se oculta el hecho peregrino de que, en el país católico por excelencia, las cuatro quintas partes de los fieles se resistan á tomar parte _en ese carnaval de las mojigatas_, como dicen muchos que oyen misa por costumbre y aun confiesan y comulgan, aunque no sea sino por no parecer demagogos.
VII
Tía y sobrina.
Después de la procesión de las palmas y de la bellísima ceremonia y cánticos en la puerta al regreso de aquélla, se celebró la misa de Pasión. Muy tarde salieron de ella, y D. Buenaventura fué en busca de su sobrina para dirigirse á la casa, donde les aguardaba la comida. No les acompañó en esta función doña Serafina porque ayunaba, y sin más sustento que el chocolate, se estaba todo el día en la Iglesia hasta el anochecer, hora en que iba á su casa y tomaba la colación.
Don Buenaventura llevó nuevamente á Gloria por la tarde á la Abadía, para que viese salir la procesión del Salvador. Dejóla en la capilla; repitióse el mismo desaire de la mañana; pero ni un instante decayó el valeroso ánimo de la joven. Cuando se puso en marcha la procesión y salió el Salvador, Gloria cerró los ojos para no verlo. Pasaron, salieron todos, santos, clérigos, señores, pueblo. En la Abadía no quedaban sino algunos ancianos inválidos, dos cojos, y las nubes de incienso suspendidas con imperceptible movimiento en el aire. Gloria, al hallarse casi sola, encontró más fácil la subida de su mente hacia Dios, y la angustia que oprimía su pecho comenzó á ceder. Fatigada extremadamente de estar de hinojos, se levantaba para sentarse en un banco, cuando oyó pasos acompañados de un golpecito de bastón, y reconoció la persona de su tía, que se acercaba. Serafinita entró en la capilla.
—Al fin has venido—le dijo.—¡Pobrecita! mi hermano es muy terco y pesado. Perdónale, porque su intención ha sido buena.
—¡Perdonarle!... Antes le agradezco que me haya hecho salir. Me siento bien.
—¿Te sientes bien?—preguntó la tía con expresión de lástima.—¿Estás contenta?
—Contenta no; pero tranquila sí.
—¡Y yo que venía á consolarte...!
—¿A consolarme? ¿De qué?
—Entremos en el camarín. Tengo que hablarte. Allí descansarás mejor.
Ambas entraron. Gloria vió sobre una silla, abandonado, pisoteado, mustio y lleno de polvo el ramo que entregara á D. Silvestre con el fin que sabemos.
—¡Está aquí!—exclamó con asombro, fijando los ojos en su tía.
—Ahí está, sí—repuso Serafinita sentándose.—Ya debías comprender que no podía estar en otra parte. Ayer no quise decirte nada; pero ya pensé que podías excusar ese regalo de flores al Salvador, imagen protectora de nuestra familia.
Absorta y anonadada, Gloria no halló en su pensamiento palabras para contestar. Miraba á su tía y después á las flores, cual si de éstas más que de aquélla debiera esperar explicación razonable.
—Es verdad—dijo al fin sollozando.—No debí mandarlo.
—Esas buenas señoras—continuó Serafinita,—tuvieron escrúpulos que yo disculpo... Te consideran en pecado mortal... Ya ves... Es preciso respetar las creencias generales. Yo comprendo bien que en esta deplorable fama de tu vergüenza hay algo de injusticia, y desde ayer algunas ideas supersticiosas.
—¿Qué ideas?—preguntó Gloria.
—Dicen que ayer, cuando el borriquito sintió encima el peso de tu ramo, empezó á dar coces y á sacudirse hasta que lo arrojó de sí... Sería alucinación, ó quizás algún hecho casual alterado por los sentidos. Pero sea lo que quiera, y aunque suprimamos el sobrenatural prodigio, siempre quedará la idea...
—¡De que estoy en pecado mortal!... ¡de que estoy condenada!—exclamó la señorita de Lantigua.—¡Oh! querida tía, ¿está usted segura de no equivocarse?
—Yo no creo que el estado de tu conciencia sea tan malo como piensa la gente; pero la opinión del pueblo en que vivimos y que siempre nos ha demostrado tanto cariño, es muy desfavorable á tí.
—Ya lo he comprendido.
—Si no hubieras salido hoy de casa, como yo quería—dijo la señora sollozando con aflicción,—ni tú ni yo pasaríamos las amarguras que hemos pasado hoy, á causa del atróz desaire de que has sido objeto.
—Es cierto, sí. Varias personas se retiraron de la capilla cuando yo entré—dijo Gloria á medias palabras.
—¡Ay!—murmuró doña Serafina llevando ambas manos á su sereno rostro y llorando sin consuelo.—Grandes penas he sufrido; pero nunca se ha sonrojado mi cara como hoy... al ver...
El llanto la ahogaba.
—Al ver—prosiguió,—que en esta villa, en esta santa Iglesia, en nuestra capilla, había de ocurrir una escena semejante. ¡Cómo podía ocurrírseme que al entrar en ella la hija de mi hermano, la hija de aquél que fué tan justamente querido en todas partes... de aquél que tanto enalteció con sus virtudes y con su talento el nombre de Lantigua...! ¡cómo podría yo pensar que al entrar tú, una mujer de mi sangre y de mi nombre, en esta capilla, habían de huir escandalizados los fieles con espanto de tu compañía!
Gloria no contestó. Con las manos cruzadas sobre las rodillas, tocando la barba en el pecho, oía el lastimero clamor de su tía, hallándose decidida á apurar sin protesta el cáliz.
—Yo lo sufro con paciencia—continuó la señora tomando las manos de su sobrina y estrechándolas con cariño.—Yo lo sufro con paciencia, y además, hija de mi alma, reconozco que tienen razón.
Al oir esto, Gloria se estremeció. Sus labios se desplegaron incitados por la palabra que quería salir... pero no dijo nada, y volvió á inclinar la cabeza.
—Sí—añadió Serafinita,—sí, tienen razón. El inmenso cariño que te tengo no me ciega, hija, y veo con claridad tu tristísimo estado, y disculpo á las personas que apartan de tu presencia á las tiernas niñas... Si hicieras lo que yo te ruego á todas horas... Si siguieras mis indicaciones, que son las de una madre desinteresada, y se ajustan al criterio de tu padre y á la voluntad de tu santo tío, entonces, querida Gloria, ¡cuán distinta sería tu situación ante Dios y ante los hombres! Las circunstancias terribles de tu caída exigen que renuncies á todo, que mueras para el mundo, para la sociedad, para todo, absolutamente para todo, que sólo vivas para Dios. Gloria, amada hija mía—añadió alzando la voz con acento que tenía algo de terrible,—muere, muere para el mundo si quieres salvar el alma.
—¡Muerta estoy!—murmuró Gloria en un gemido.
—No, porque esperas aún en cosas de la tierra.
—No espero nada—repuso la huérfana.—Acepto la expiación horrible que me ha sido impuesta, y la acepto sin ira, con humildad. Perdono las injurias; no siento ni aborrecimiento ni antipatía por los que han hecho de mi nombre la palabra favorita del escándalo; no diré una sola voz por defenderme, porque sé que todo lo merezco, que mis culpas son grandes; bebo hasta lo más hondo, hasta lo más repugnante de este cáliz amargo, y ofrezco á Dios mi corazón llagado que chorrea sangre y que jamás, en lo que le resta de vida, dará un latido que no sea un dolor.
—Padeces, sí, padeces—dijo la tía con amor;—pero no lo bastante. Hay en tu mismo martirio y en esa expiación de que hablas una independencia, una rebeldía, que ya es un nuevo pecado.
—¿Qué debo hacer para no ser rebelde? Estoy dispuesta á todo—declaró la joven arrojando fuera hasta el último átomo, si así puede decirse, de libre albedrío.
—Reconciliarte completamente con Dios.
—¿No lo estoy ya?
—Creer todo lo que manda la Santa Madre Iglesia.
—Bien. Lo creo.
—Y después... después entrar en un convento.
Al oir esto, Gloria alzó la cabeza. Creeríase que en su alma estallaba repentina sublevación de sentimientos poderosos que no podía dominar. Sin duda iba á decir algo enérgico y categórico, porque sus negros ojos brillaron y sus labios palidecieron; pero la voluntad, más firme cuanto más combatida, cayó como la losa de un sepulcro sobre aquello que con audacia se levantaba, y bien pronto todo su espíritu fué paciencia.
—Si un convento—dijo sordamente,—es una sepultura donde se entra viviendo, yo quiero vivir para todo lo que no sea Dios y mi remordimiento, quiero vivir en la soledad más negra y más completa que pueda imaginarse, quiero que mi nombre no exista más en la memoria de nadie, á no ser en la de aquellos que lo pronuncien para ultrajarme, y que mi persona en el mundo sea como una figura trazada en el agua.
—¡Ah!—observó con un poco de alteración doña Serafina,—ese es el pérfido sofisma del mundo. No, no... De esos conventos que labra el alma en sí misma se puede salir. ¡No, no mil veces! No tenemos garantía de la perpetuidad de tu reclusión, y esa garantía la necesitamos á un tiempo la Iglesia y tus parientes, la exigen la fe que profesamos y el decoro social. ¡Ay! pobre hija mía, piénsalo bien; esta solución que te propuse desde el primer día es la única posible.
—La solución es padecer—dijo Gloria con voz firme.
—¡Oh! no me lo niegues, no me lo niegues, tú esperas.
—Espero en Dios.
—No; tú esperas en cosas livianas, tú esperas en el mundo. Sin sospecharlo tú misma, estás solicitada por el pecado que ya te hundió en los abismos... ¡Ay, no puedes apartar de tí esa víbora! Confiésalo, reconócelo.