Part 1
NOTA DE TRANSCRIPCIÓN
* En el texto las cursivas se muestran entre _subrayados_ y las versalitas como MAYÚSCULAS. * Se ha respetado la ortografía original, homogeneizándola a la grafía de mayor frecuencia. * Los errores obvios de imprenta han sido corregidos sin avisar. * Un anuncio editorial ha sido desplazado al final del libro, tras el Índice. * En la página 271, se ha añadido un “no” para preservar el sentido, de acuerdo con ediciones más recientes (“pero no la tierra ni el sitio”).
GLORIA
Es propiedad. Serán furtivos todos los ejemplares de esta obra que no lleven el sello del periódico _La Guirnalda_.
NOVELAS ESPAÑOLAS CONTEMPORÁNEAS POR B. PÉREZ GALDÓS
GLORIA
SEGUNDA PARTE
SÉPTIMA EDICIÓN
MADRID Imprenta de LA GUIRNALDA _calle de las Pozas, núm. 12._
1890
GLORIA
SEGUNDA PARTE
I
Serafinita y D. Buenaventura de Lantigua.
Lo que vamos á referir ocurrió en Abril y en Semana Santa, que vino aquel año algo atrasada. En cambio la Primavera se había adelantado tanto, que San José trajo muchas flores, la Encarnación más y San Venancio entró lleno de rosas y claveles. Pocas veces se había visto Ficóbriga tan bien engalanada para las festividades religiosas más interesantes al alma y á los ojos del cristiano; y además de la placentera estación y del delicioso temple con que le favorecía Naturaleza, tenía aquel devotísimo pueblo otros motivos de gozo. Sí, sabedlo: aquel año habría procesiones, regocijo de que estuvieron privados los anteriores á causa de la pobreza del clero y lastimosa decadencia del culto.
Y aquel año habría procesiones, porque ofrecieron costearlas de su bolsillo particular dos beneméritos ficobrigenses, el Excelentísimo Sr. D. Buenaventura y la señora doña Serafina de Lantigua, hermanos de D. Angel y del difunto D. Juan Crisóstomo, que falleció repentinamente el día de Santiago del año anterior. En el capítulo IV de la primera parte hicimos rápida mención de estas dos estimables personas; mas no era entonces ocasión de hablar mucho de ellas: ahora sí.
—Venturita y la Serafina—decía á sus amigos en el pórtico de la Abadía la esposa de D. Juan Amarillo,—han venido á Ficóbriga con el objeto que todos sabemos, y cuanto digan de arreglar la testamentaría del señor D. Juan es farsa y enredo... Aquel desgraciado señor, aunque murió como si le partiera un rayo, dejó sus intereses y sus papeles en orden completo... Pero es preciso decir algo para que el público no se fije en la verdad... ¡Ah, la verdad! ¡Bienaventurados los que, como yo, la ponen por encima de todas las cosas!... Y la verdad es que...
Y al decir esto, Teresita la Monja susurraba al oído de sus amigas sílabas misteriosas. Sonreían persignándose las señoras, y acto contínuo entraban todas en la Iglesia, porque las misas iban á empezar.
En efecto, D. Buenaventura y su hermana habían ido á Ficóbriga (ésta en Septiembre del año anterior y aquél en Marzo del que corría) para asuntos no relacionados con la testamentaría del Sr. D. Juan. ¡Y qué excelentes personas eran uno y otro! Verdad es que tratándose de aquella privilegiada y sin igual familia, no pueden sorprender á nadie las perfecciones morales y altas prendas del alma que parecían vinculadas en ella, como en otras el superior ingenio ó la belleza.
Serafinita seguía en edad al difunto don Juan. El obispo era el primogénito y D. Buenaventura el más joven. Este era felíz esposo, y felicísimo autor de numerosa prole; en cambio su hermana era viuda y no tenía ni había tenido nunca hijos. Distinguíase la noble señora por una semejanza tan peregrina con don Angel, que verla á ella era ver á Su Ilustrísima vestido de mujer, con un peinado entre antiguo y moderno, traje negro sin pretensiones de elegancia, pero también sin abandono, alguna vez guantes negros de hilo, mantón negro y anillo negro en uno de los colorados y regordetes dedos de su mano derecha. En días de Nordeste, que es un viento muy amigo de las neuralgias, solía ceñir fuertemente su cabeza con un pañuelo negro, y pegarse en las sienes negros parchecillos. Cuando las humedades la hacían claudicar de la pierna izquierda á causa de la detestable propensión al reuma adquirida años atrás, se apoyaba en un bastón negro. En los días serenos y templados que convidaban á gozar de la Naturaleza y confiarse sin miedo á ello, iba á dar una vuelta por la orilla del mar en compañía de Francisca. Sentándose en cualquier roca, sacaba del hondo bolsillo la labor que jamás olvidaba, y picoteando con las agujas se ponía á trabajar en una media negra.
Tenía el semblante agraciado y tranquilo, teñidas las mejillas de leve rosicler mustio, como de flor tiempo há tronchada. Lo mismo que en el señor prelado, en ella la sonrisa era el signo más elocuente y sostenido del lenguaje de su cara, y sus hermosos ojos claros que habían visto tanto mundo y llorado tantas penas, relucían con cierta expresión festiva entre las negruras de que estaban rodeados. Del mismo modo, el alma de Serafinita se sostenía confiada y valerosa, con el admirable temple que dan la conciencia pura y una creencia inmutable, en medio de las borrascas de su amarga vida, y éstas habían sido tantas, que ninguna otra mujer padeció más que ella.
De su matrimonio puede decirse, como del infierno cristiano, que había sido _el conjunto de todos los males sin mezcla de bien alguno_. El hombre con quien se casó por compromisos de familia reunía en su alma proterva todas las maldades, vicios y groserías imaginables, y era libertino, disipador, cruel, falso, tramposo. La pobre Serafinita sufrió con resignación malos tratamientos, infidelidades, escaseces y molestias á que no estaba acostumbrada; presenció escándalos, vilezas, vergonzosas intervenciones de la justicia, riñas, estafas; y por último padeció la mayor humillación y la pena más aguda al ser maltratada salvajemente por aquel mónstruo. Horror causa referirlo. Un día el bárbaro esposo la abofeteó públicamente. Otro día, en la intimidad de la casa, la arrastró por los cabellos. La admirable entereza y resignación de virtud tan modesta le enfurecía más, como si en el heróico silencio de ella oyera terribles anatemas de su vil conducta. En aquella lucha horrible, á la humillada víctima pertenecía el grandioso valor, la cobardía al verdugo victorioso. Al fin Dios introdujo en la casa su mano justiciera. El marido cayó enfermo con lepra repugnante. La esposa abofeteada y arrastrada, viendo llegar la ocasión propicia de su venganza, tomóla con arreglo á la idea evangélica tan arraigada en su alma, es decir, que le abrumó á cariños, le abofeteó con cuidados, y le clavó en la cruz de la más dulce solicitud y ternura. Aseguran que el infame murió convertido; y Serafinita, hablando de aquella muerte, decía:
—El Demonio me lo entregó á mí y yo lo entregué á Dios. Buen chasco te has llevado, Satán.
Al enviudar manifestó deseos de retirarse del mundo, consagrando sus días al amor de Dios, y en verdad aquel trabajador había hecho bastante en la viña, y merecía jornal y descanso; pero la muerte de D. Juan con las horribles circunstancias que la acompañaron impidieron su santo propósito. Dios decía á Serafinita: «Todavía te necesito en el mundo algún tiempo más...» De la puerta del convento marchó á Ficóbriga.
Don Buenaventura tenía poca semejanza en lo físico con sus tres hermanos, mas por lo bueno y honrado y cabal se conocía muy bien en él la casta de Lantigua. Era el menos guapo, así como D. Juan había sido el más hermoso. En cambio parecía ser el más felíz. Dedicado á los negocios de banca, había sabido acrecentar su fortuna, y vivía holgadísimamente, muy estimado de todo el mundo, en el seno de una familia ejemplar, que se divertía cuanto era posible sin ofender á Dios. Además, D. Buenaventura no había declarado la guerra á la generación presente, como su hermano; tenía un carácter más franco, humor más tolerante, conciencia menos rigorista, pensar más elástico, aunque mucho menos brillante, facultad de adaptación que aquél no conocía; y á causa de estas prendas que cada cual juzgará como mejor le acomode, y del lisonjero estado de sus asuntos y de la bienaventuranza que por doquiera le sonreía, inclinábase á creer que el mundo no iba tan mal como alguien decía, ni que la sociedad presente era la más ruín y execrable de las sociedades posibles.
La muerte de D. Juan, á quien amaba con delirio, hizo en su espíritu desastroso efecto, y la desgracia de su adorada sobrinita le tenía sin consuelo. En Marzo del año siguiente á la catástrofe llegó á Ficóbriga. Sus paisanos se alegraron de verle, y corrió la voz de que D. Buenaventura proyectaba algo muy interesante para su familia y para el buen nombre de su hermano difunto y deshonrado. ¿Era esto verdad? No queda duda de que su mente trabajaba. Veíasele pasear por la playa, ó detenerse largas horas en el cementerio, examinando el sepulcro que se estaba construyendo para su hermano, ó vagar solo por los alrededores de la casa, huyendo de toda amistosa compañía, con las manos á la espalda, la cabeza inclinada, fijos los ojos en el suelo, ligeramente fruncido el ceño, lento el paso. A ratos alzaba semblante y mirada hacia el cielo, como quien va á preguntar algo; mas volvía pronto á leer en la tierra, sin duda por no haber recibido contestación.
Vestía cómodo traje negro, calzando zapatos de cuero amarillo á prueba de arenas y lodos, por cuya combinación de colores los holgazanes de Ficóbriga, que pasaban su vida murmurando en la botica, decían al ver á don Buenaventura: «ahí viene el mirlo.» Era su cuerpo alto y no fornido, un poco echado hacia adelante, sin duda por el hábito de vivir largas horas sobre los libros en el escritorio. Su rostro, sin dejar de ser harto común, era muy agradable, uno de esos rostros mundanos que parecen hechos para el saludo y el comercio social, y que siempre aparecía pulcramente afeitado, pues en los varones de aquella familia el aspecto eclesiástico era como una tradición. Apenas se advertían canas en su cabeza, y de su cuello pendían lentes azules, que usaba en días muy claros, porque sus ojos, ya que no lloraran por penas, lloraban por la luz meridional. Rara vez usaba bastón, y las manos, por lo común se volvían hacia atrás, se juntaban, se acariciaban, dándose cordiales apretones como dos buenas amigas.
Así era D. Buenaventura de Lantigua. Cierto día (precisamente el viernes de Dolores), al volver de una diligencia, encontró á su hermana, que sentada en un banco del jardín trabajaba en su media negra. Ambos hablaron.
II
Lo que dijeron.
—¿Tampoco hoy ha querido salir?—preguntó D. Buenaventura.
—Tampoco—repuso Serafinita sin levantar la vista de su obra.—¡Pobrecilla!... Hazte cargo, Ventura, de cómo estará su espíritu. Ni sé yo cómo vive, ni sé cómo no ha muerto de tristeza, de dolor, de vergüenza.
—Pues es preciso—dijo él con entereza,—que no muera de ninguna de esas tres cosas, sino que viva.
—¡Vivir!—exclamó doña Serafina suspirando.—Sí, ese es nuestro deber. ¡Ay! para algunos es una obligación bastante pesada... Comprendo la angustia de esa infelíz hija de mi hermano, ¡pobre flor tronchada por el bárbaro pié del asno, que en un momento de descuido entró en el jardín!... No, no he conocido en mi ya larga vida ejemplo semejante, ni hay otra caída que á ésta se iguale, como no sea la de Satanás... Y no me digas que tiene remedio en el orden mundano, Ventura. Tú has perdido el juicio, y si insistes en que esto puede arreglarse...
—Para todo hay remedio en el mundo—replicó D. Buenaventura tomando una silla de hierro y sentándose frente á su hermana.
—Ventura—dijo Serafinita alzando los ojos de la obra negra,—recuerda bien lo que nos manifestó nuestro bendito hermano al partir para Roma en Enero.
—Lo recuerdo bien.
—Nos dijo estas mismas palabras: «Queridos hermanos; en el asunto de la pobre Gloria, obrad con arreglo á las ideas de nuestro idolatrado Juan Crisóstomo, que está en el cielo. Haced lo que él habría hecho si hubiera sobrevivido á la horrenda catástrofe de su honor. Inspirémonos en su recuerdo; seamos herederos fieles de su conducta, ya que no podemos serlo de su inteligencia poderosa. En Roma no olvidaré este espantoso asunto, y cuando vuelva espero traer alguna luz.»
—Eso dijo, sí—repuso D. Buenaventura.—Yo creo que el mejor modo de proceder con arreglo al pensamiento del pobre Juan es hacer lo que nos inspire nuestra conciencia. Juan habría hecho lo mismo.
—¡La conciencia!—exclamó Serafinita moviendo la cabeza.—Esa palabra, por decirlo todo, á veces no dice nada. ¡La conciencia! ¡Ay! Ventura, yo veo á la tuya inclinada á ciertos acomodamientos más deshonrosos que la misma deshonra que pretenden evitar; la veo dispuesta á eso que el mundo llama transacción, justo medio ó no sé qué. Piénsalo bien y dí si en este caso horrible puede hacerse más que aceptar el golpe que el Señor se ha dignado descargar sobre nuestra familia, abrumándola de vilipendio; díme si es posible otra cosa más que sucumbir gimiendo y llorar nuestra deshonra, haciendo todo lo posible para que no se divulgue lo que no debe divulgarse.
—Y al fin será del dominio público.
—No...—dijo vivamente Serafinita con cierto orgullo.—Hay algo que no se sabrá nunca, al menos por ahora... Mi prudencia responde de ello; mi discreción me asegura que en eso no picarán las viperinas lenguas de Ficóbriga.
—También en eso picarán...
—Pues sea lo que quiera... Si Dios dispone que la vergüenza aumente, aumentará. Estoy preparada á todo. Ya nada me espanta. El Señor ha querido probarnos. ¡Bendita sea su mano!
—¡Bendita sea!—repitió D. Buenaventura.
—No, tú no puedes decir eso,—objetó vivamente Serafinita.—Tú no puedes bendecir la mano que nos ha herido, porque quieres rebelarte contra ella; quieres hacer ahí unas composturas y unos amasijos y unas combinaciones de que no puede resultar nada bueno para la conciencia ni para la fe cristiana. ¿A qué aspiras tú? Vamos á ver; dímelo claramente.
—A lo que se aspira siempre cuando ocurren estas desgracias en una familia honrada—repuso D. Buenaventura con flemático acento.
—Si el caso presente fuera como otros muchos que vemos un día y otro en nuestra sociedad, pase—dijo la señora sintiéndose fuerte con sus argumentos;—pero ya sabes que desde que el mundo es mundo, Ventura, no ha ocurrido un caso como éste, al menos en España. Se podría creer que Dios ha enviado tan singularísimo y horrendo suceso como una especie de aviso, con el cual quiere advertir á los españoles los conflictos dolorosos que les aguardan...
—Hermana—dijo D. Buenaventura interrumpiéndola,—sin quererlo tal vez, has dicho una cosa muy sabia.
—No te burles—repuso Serafinita rascándose tras de la oreja con una de las agujas;—lo que quiero decir es que si el caso que estamos llorando fuera como otros... Estoy cansada de ver niñas caídas en un momento de debilidad, por una ilusión funesta... pero hijo, la ley, la religión y la misericordia paterna hallan medio de arreglar estas cosas entre nosotros.
—¿Y por qué no hemos de aspirar ahora á un resultado semejante?
Serafinita miró con estupor á su hermano, dejando caer la media negra sobre sus rodillas.
—¡Estás loco!—exclamó.—Ventura, Ventura, ten presente que para que caiga la bendición del cura sobre este nudo horrible y lo desate y lo ate después debidamente, es preciso que Dios deshaga el mundo y lo vuelva á hacer de otro modo; que veamos desbaratada pieza por pieza la sociedad actual con sus creencias, sus castas, sus leyes, y vuelta á armar después, conforme á tu gusto y capricho.
—Puede ser que quedara mejor—dijo don Buenaventura sonriendo y balanceándose en la silla.
—Pues anda, pon tu mano en la obra, enmienda la hechura de Dios y de tantos siglos...
—En suma, querida hermana—manifestó Lantigua resueltamente;—yo no quiero enmendar la obra de Dios, ni volver el mundo del revés. Reconozco la fuerza del argumento terrible que acabas de hacerme. ¿Pero no es lo más prudente y lo más cristiano tentar todos los medios antes de declarar irreparable esta desgracia? Todo el daño producido en las esferas de lo humano es humanamente susceptible de remediarse.
—Remedios que están en tu imaginación. Pareces un niño, Ventura. No siendo posible que una religión falsa y otra verdadera se mezclen y confundan como el agua y el vino que se echan en un vaso; no siendo posible que nuestra santa fe católica transija en esto ni se humille ante las mentiras sacrílegas de una secta infame, ignoro cómo vas á componerlo.
—Precisamente deseo intentar algo que proporcione un gran triunfo á nuestra santa fe católica—dijo D. Buenaventura.
—¿Qué? ¿Convertirle?... Me pareces tonto. Lo que nuestro bendito hermano no pudo conseguir, ¿has de lograrlo tú?... ¡Ah! Como no intentes su conversión por la vía de los negocios... El corazón de esa gente se ha de ablandar más por las emociones del interés que por los sentimientos religiosos.
—Cuando mi hermano intentó convertirle, no existían para él las poderosas razones sociales, los graves compromisos de honor, de dignidad, de delicadeza, los deberes de humanidad...
—¡Honor, dignidad, delicadeza, humanidad!... Probablemente no entenderá esa lengua el que ha causado nuestra ignominia.
—Esta es lengua universal. En fin, querida hermana, pronto saldremos de dudas.
—¿Cómo?
—Oyéndole.
—¡Pues qué...!—exclamó Serafinita con terror.—¿Ese hombre...?
—Va á llegar. Le he llamado yo.
—¡Ventura, Ventura!...
Serafinita no pudo decir más. Era incapáz de cólera; pero su corazón se llenó de pena. Emprendiendo con frenética actividad su obra, fijaba sus animadas pupilas en las puntas de las dos agujas, que, chocando con fuerza, parecían las espadas de irritados duelistas que se batían furiosamente.
Después de un rato de silencio, Serafinita dijo:
—¡Ventura, Ventura!... ¿Has escrito al hebreo?
—Sí, y vendrá.
—Tal vez no. Ya sabes que en Diciembre estuvo aquí, y nuestra sobrina no quiso recibirle.
—Ya lo sé.
—Y que le ha escrito muchas cartas...
—Sin que ella se haya dignado leerlas. También lo sé.
—Pues ahora tampoco le recibirá.
—Allá lo veremos. No creo que mi venida á Ficóbriga sea en balde, ni que mi autoridad sea una irrisión—dijo Lantigua demostrando gran confianza en la eficacia de su voluntad.
—Querido hermano, tú has olvidado la recomendación de Angel.
—No; ya sé que nos dijo: «Haced lo que haría Juan Crisóstomo si viviese.»
—¿Y tú crees—preguntó Serafinita con expresión de triunfo, pensando que su argumento no tenía replica,—tú crees que nuestro hermano habría escrito á ese hombre rogándole que viniera?
—No lo sé... Juan no pudo pronunciar una sola palabra sobre su deshonra. Murió callado.
—Juan no murió de apoplegía—manifestó con emoción muy honda doña Serafina,—murió de ira; que también la indignación mata. Su pensamiento se abrasó, su alma huyó escandalizada del cuerpo en un instante horrible. El cielo desplomósele encima. Me parece que oigo la íntima exclamación de su espíritu al volar temblando de este mundo... Ventura, Ventura, inspírate en nuestro hermano, muerto por su deshonra; identifícate con él y represéntate aquel instante tremendo, su sorpresa, su terror, su congoja de padre amantísimo y de católico ferviente; haz un esfuerzo y procura creer que tú eres él mismo y no tú; que él ha resucitado en tí...
—Inspirándome en mi conciencia—dijo serenamente el banquero,—creo inspirarme en él...
Y levantándose, echó ambas manos á la espalda, encorvó ligeramente el cuerpo y se puso á pasear por el jardín de un ángulo á otro, sin apartar la vista de la arena que crujía bajo sus amarillos zapatos. Serafinita, desbaratando un gran trozo de media negra que estaba detestablemente hecho, empezólo de nuevo.
III
Cosas que se ignoran y otras que se saben y deben decirse.
La casa no estaba lo mismo que el año anterior. El jardín hallábase bastante descuidado, creciendo en él, ó con excesiva libertad ó sin la cariñosa esclavitud del jardinero, las flores de primavera que ornaban sus verdes cuadros. Los arbustos y árboles de sombra, los recortados setos, las enredaderas de mil brazos, el césped y los tiestos vivían angustiadamente bajo el imperio del olvido. En cambio los caracoles habían sacado el vientre de mal año en aquellos meses, y se extendían, cual inmenso rebaño jamás saciado, por todo lo verde, subiendo por los tallos arriba, hasta llenar de inmundas babas la más alta hoja; que tal es el oficio de estos ministros de la envidia. Algunos tenían tal descaro, que se subían por las faldas de doña Serafina y la observaban con sus ojuelos, y movían ante ella sus expresivos tentáculos, como diciendo: «¿qué habrá venido á hacer aquí esta buena señora?...»
En lo exterior de la casa, los desperfectos causados por el último invierno no habían sido reparados. Faltaban pedazos de yeso y molduras. Por no hallarse en buen estado los canalones, existía en la pared de Levante una gran mancha de humedad, al modo de sombra irregular y compleja, que casualmente parecía representar una especie de figura ó mónstruo de muchas patas y amenazante boca. La veleta se había doblado con los poderosos bofetones del huracán, y la flecha desquiciada y sin movimiento señalaba siempre al Norte. Estaba muerta.
Dentro podían notarse asimismo los tristes efectos del abandono. Algunas estancias no habían sido abiertas en mucho tiempo. El reloj de gran esfera y resonante timbre que estaba en el vestíbulo para advertir á todos los de la casa la hora de las obligaciones, de los placeres, del descanso y del trabajo, había enmudecido, y su rostro mofletudo que tan bien sabía responder antes á los que le preguntaban cosas del tiempo, no expresaba ya nada, como no fuera la inmovilidad y el tétrico silencio de la muerte. En vano D. Buenaventura trató de ponerle en movimiento con el dedo, ora impulsando las agujas, ora el péndulo. El reloj daba dos ó tres latidos, unas cuantas pulsaciones quejumbrosas, y volvía á caer en su hondo letargo. Había en la quietud de sus agujas, sobre la blanca esfera numerada, algo semejante á entornados párpados y á respiración sosegada y profunda. Viéndole, veíase á uno que duerme.
En las habitaciones altas, había otro de chimenea que, trocado en bufón, reía de los grandes chascos que daba á sus amos y del trastorno que producía. Su conducta era más propia de un pillete que de un reloj. Así, cuando eran las seis, él marcaba y tañía las once, ó viceversa, y á veces se tragaba medio día lindamente, ó se empeñaba en hacer creer que el sol salía después de misa mayor. Siempre que este buena pieza le daba un bromazo, decía Francisca tristemente:
—Anda, hijo, anda: no eres tú solo el que disparata. Como tú van todas las cosas de esta casa.
Las habitaciones de D. Juan, su alcoba y su despacho habían permanecido cerradas hasta que llegó D. Buenaventura, que, tomándolas para sí, pasaba allí largas horas, ordenando los manuscritos y cartas de su hermano y completando el catálogo de la biblioteca. Serafinita vivía en la planta baja, por ser enemiga de escaleras, y Gloria continuaba morando en su habitación primitiva. Pero hacía muchos meses que los habitantes de Ficóbriga no habían visto á la señorita de Lantigua en la calle, ni en el jardín, ni en los balcones. Los mismos criados de la casa, á excepción de las dos mujeres, tampoco la veían. ¿Dónde estaba? ¿Qué hacía? No faltó en Ficóbriga quien asegurase que la señorita de Lantigua se había vuelto fea, ni quien dijese que se había vuelto loca. Sus tíos dijeron que estaba enferma de cuerpo y de espíritu. Teresita la Monja enunciaba con su sibilítico labio mil abominables cosas, y ningún ficobrigeño pasaba por el camino real ni por la plazoleta sin mirar á las tristes ventanas, cerradas también, cual ojos de durmiente, ni decir para sí: «¿Qué hará?»