Part 7
—Pero yo no me mezclo en tales asuntos—añadió Su Ilustrísima.—Allá te entiendas con tu padre. No es sino que como hoy se marcha ese joven... Pero hazme el favor de no andar tan á prisa, que mis piernas, hijita, no están para fiestas. Desde el día de la gran mojada...
—Cuando salvaron al Sr. Morton...
—Por bien empleado doy el chapuzón, eso sí. Gran conquista hicimos. Díme una cosa respecto á ese caballero...
Gloria, arrojando la madreselva, oyó con toda su alma.
—¿Has observado—preguntó Su Ilustrísima deteniendo el paso,—si ese caballero...?
—¿El Sr. Morton?
—Justamente: si ha pronunciado alguna palabra referente á nuestra santa religión.
—Le he oído hablar de Dios, de... Aguarde usted.
—No es eso, tonta, de Dios hablan todos. ¡Cuán pocos le conocen! ¿Le has oído pronunciar alguna frase depresiva para nuestra santa religión?
—No, tío...
—Porque, verás; mi hermano y yo, lo mismo que Sedeño, hemos comprendido que ese hombre es protestante.
—¡Protestante!
Gloria se quedó atónita.
—Es decir, que se condenará—dijo Gloria vivísimamente.—Es lástima que teniendo tan buen corazón...
—Sí que es una lástima... Te confieso que estoy verdaderamente afligido, afligidísimo.
—Si da ganas de correr hacia él y gritarle: «¡Caballero, por Dios, sálvese usted, á dónde va usted...! Véngase usted con nosotros.»
—Justo, como cuando miramos á un ciego que, por no ver el camino, se va á caer en un pozo. Has interpretado á maravilla mi pensamiento. Yo estoy desasosegado desde que ese joven está en nuestra casa, y el día en que le vea marchar tendré un disgusto... quiero decir, si se marcha como ha entrado, ciego.
—Protestante.
—Cabal. Y me parece que soy indigno apóstol de Cristo si no consigo...
—¿Convertirle?—preguntó la señorita con incredulidad.
—¿Te parece difícil? Otras cosas más difíciles se han visto realizadas. Es imposible que Dios haya creado un ejemplar tan hermoso de la persona humana para dejarle perder. ¡Quién sabe si su sabiduría infinita encaminó á este hombre á nuestras playas abriéndole con el naufragio el camino de su salvación!
—¡Oh, quién sabe!—exclamó Gloria, elevando sus ojos al cielo como para preguntarle si era verdad la suposición de su tío.—¡Dios dispone tan admirablemente las cosas!
—El es la verdad, la vida, el camino. Nada, estoy decidido á dirigirme á ese caballero, á encararme atrevidamente con él, como ministro que soy de Jesucristo, y decirle: «Morton, tú debes ser católico.»
—Muy bien, tío—exclamó Gloria, aplaudiendo con entusiasmo.
Sus ojos se humedecieron ligeramente.
—Estoy decidido—continuó Su Ilustrísima, sintiendo en sí la inspiración evangélica, que le hacía tan admirable en el púlpito,—á decirle como Jesús á Lázaro: «¡Morton, despierta; Morton, levántate! Tú no has nacido para vivir en la región de las tinieblas. Arroja esa sacrílega venda y mira esta luz que tengo en la mano, esta luz divina que el Señor se ha dignado confiarme para que te guíe, para que te ilumine. Ven y reposa sobre mi corazón, hijo mío; ven á aumentar el reinado de Jesucristo con tu preciosa inteligencia, con tu sensibilidad exquisita, con tu noble aunque extraviado espíritu.» ¡Oh! y si viene, ese día será el más glorioso de mi vida, porque habré arrancado de las manos de Satanás una víctima; habré rescatado un miserable cautivo de las regiones infernales; habré conquistado una oveja al rebaño de Cristo y aumentado los celestes dominios de la Iglesia; y cuando Dios me llame á juicio, podré decirle: «¡Señor, he ganado una batalla al enemigo!»
—¡Oh, tío, tío de mi alma!—exclamó Gloria, besando con frenesí las manos del prelado, trémulas aún por la oración oratoria.—¡Usted es un santo!
—Santo, no; pero al considerar este caso de que ahora hablamos, no se aparta de mi mente el recuerdo de aquel gentil llamado Saulo, que después fué gloriosísimo apóstol. Yo sería felíz desempeñando el papel de Ananías, que por mandato de Dios corrió en busca del perseguidor de la Iglesia, y le dijo: «Saulo hermano, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo.» Y al instante cayeron de sus ojos unas como escamas, y recobró la vista, y levantándose, fué bautizado.
—San Pablo.
—Una de las más gloriosas conquistas de la fe cristiana, sí. Aquel hombre era tan despejado, que Nuestro Señor quiso traerle á su servicio y le trajo. Hace dos ó tres días que no pienso más que en esto, y cuanto más trato á ese joven, y oigo sus palabras, y mido la altura de su discernimiento, más vivos son mis deseos de decirle: _Saulo hermano, Jesucristo me ha enviado á devolverte la vista_. En las empresas heróicas, más energía y bravura desplega el alma, cuanto más señalado es el mérito de la plaza que se quiere conquistar y más grandes la fama y destreza del enemigo.
—Y como Daniel parece...
—No parece, sino que es una de las más acabadas hechuras de Dios. Cuando veo aquel admirable y soberbio vuelo de su entendimiento, digo: «¡qué lástima, Señor, qué lástima!» ¿Recuerdas qué bellísima explicación hizo de las fuerzas de la Naturaleza, relacionándolas con la previsión divina?
—Sí, sí, lo recuerdo.
—¿Y aquella sencilla y patética figura que trazó de las costumbres de su anciana abuela?
—¡Oh! Sí, sí, lo recuerdo.
—¿Y las consideraciones que hizo sobre la muerte de sus dos hermanas doncellas, contagiadas de la peste por asistir á los enfermos?
—Sí, tío, sí... lo recuerdo bien.
—¡Y qué bien manifestó sus aficiones sencillas, patriarcales, exentas de vicios, su admiración á las obras de Dios!
—También, también lo tengo presente.
—¿Y el cariño que tiene á nuestro pobre país tan desgraciado?...
—Sí, sí, tío, todo lo recuerdo.
—Y yo al oirle y al verle, digo: «¡qué lástima, Señor, qué lástima!»
—¡Qué lástima!—repitió Gloria cruzando las manos y elevándolas hasta apoyar en ellas la barba.
—Hoy mismo, hoy mismo pienso dar principio á mi gran empresa—afirmó el obispo con noble decisión.—Al fin haremos algo grande en nuestra pobre vida.
—¿Hoy mismo?... pero si se marcha pronto—dijo Gloria afectando naturalidad.
—No, porque tu padre y yo hemos convenido en rogarle que se quede en Ficóbriga y en nuestra casa quince días más ó un mes.
—Entonces, entonces, tío—dijo la sobrinita disimulando mal su alegría,—triunfará usted, triunfará la Iglesia de Jesucristo... ¡Oh! ¡qué excelente idea han tenido papá y usted!
—Ahora subiré á decírselo. Aceptará, porque no se halla bien de salud y el sosiego de este país le repondrá. Hoy le hablo de religión y... no me faltarán argumentos. Donde hay un buen corazón, estamos á la mitad del camino... ¿Sabes si se ha levantado?
—Roque nos lo dirá.
El criado pasaba por el jardín.
—¿Se ha levantado el Sr. Morton?
—Sí señor. Voy con un encargo suyo—dijo mostrando un paquete.
—¿Qué es eso?
—Toda la ropa que el Sr. D. Daniel tenía en los baules mojados. La llevo al señor cura para que la reparta á los pobres.
—Apuesto—manifestó Gloria con pena,—á que D. Silvestre no da ninguna pieza á Caifás.
—Voy al instante arriba—dijo el obispo.
Gloria le acompañó hasta la escalera. Después corrió á la cocina. Su alma revoloteaba en el seno del éter más puro, en plena luz celestial, como los ángeles que agitan sus alas junto al Trono del Señor de todas las cosas.
XXI
Sepulcro blanqueado.
Y era en verdad contraste singular que mientras su alma, como dice el salmista, _escapaba al monte cual ave_, estuviese su cuerpo en lugar tan rastrero como una cocina, y arremangándose los lindos brazos y poniéndose un delantal blanco, empezara á batir con ligera mano muchedumbre de claras y yemas de huevo, que en honda cacerola espumarajeaban formando bolas de fragilísimo cristal. La cuchara, que por la rauda agitación apenas se veía, levantaba amarilla nube; hervían las albuminosas claras, simulando graciosas excrecencias de ámbar y mil y mil engarzos de topacios, en cuyas facetas temblaba la luz. Después pasó aquel menjurge de una cacerola á otra, quitó á un limón toda la cáscara, picóla en menudos trocitos, revolvió con harina los huevos, sacó de un cajón unas viejecillas arrugadas y dulcísimas que en su juventud se llamaron uvas, acaparó bizcochos, apoderóse por último de un molde de hoja de lata, todo con gran presteza y pulcritud, hasta que Francisca, no pudiendo tolerar tal invasión en sus dominios, le dijo de muy mal talante:
—¿Qué haces ahí, tonta? ¿Qué comistrajo es ese?
—Tú sí que eres tonta—repuso Gloria riendo.—¡Qué entiendes tú de cocina fina, ni de pudines!
—¿Y eso para quién es?—prosiguió la respetable criada con ironía.—¿Para el perro? Niña, por Dios, que te vas á echar á perder las manos. Vete arriba, que aquí no hacen falta espantajos.
La antigua cocinera trataba á Gloria con la familiaridad de los criados que han visto nacer á todos los niños de una casa. Gloria, después de agitarse mucho, dió por terminada su tarea y abandonó la cocina, subiendo á su cuarto, donde se ocupó en arreglarse y ponerse guapa, porque la hora del almuerzo se acercaba.
Atentos á ella, entraron en la casa D. Rafael del Horro y el cura, que aquel día andaban muy entretenidos con el negocio de su viaje electoral. Subieron á saludar á D. Juan en su despacho; pero como hallaran á éste muy atareado con las cartas que escribía para varios personajes influyentes de la provincia y que nuestros dos expedicionarios habían de llevar; como además vieran al doctor Sedeño abstraído en la lectura de los periódicos políticos, tornaron al jardín.
Gloria, después de pasar revista al comedor y ver qué tal ponía la mesa Robustiana, salió al jardín. Había en éste, por la parte próxima al camino, un bosquecillo formado de altas magnolias, algunos espesos pinos y dos ó tres plátanos, los cuales sobrepujaban á toda la familia vegetal del repuesto jardín, extendiendo sus grandes ramas en tan grande espacio, que por un lado salían sobre la verja hasta fraternizar con los olmos del camino, y por otro acariciaban las ventanas de la casa. En el centro del bosquecillo había una glorieta, á la que rodeaban espesos matorrales hechos de evónymus, retamas olorosas, tamarindos, verónicas, adelfas y otros arbustos, combinados con primoroso arte. Por detrás corría un estrecho camino semicircular, obscuro, húmedo, en el cual solían verse menudos hilos de telaraña tendidos entre las ramas y en los troncos de los árboles grandes. Gloria entró por este camino. Al poco rato oyó voces y se detuvo. Su primera intención fué no hacer caso y seguir adelante. Pero oyó pronunciar su nombre, reconociendo la voz de Rafael. Este y el cura hablaban en la glorieta. No pudiendo refrenar la curiosidad, escuchó:
—Gloria es perfecta, como usted dice—hablaba el cura,—y además de perfecta es hija única de un hombre rico. Mi opinión es, amigo D. Rafael, que todo no debe ser sentimental y _te amo_ y _te adoro_, sino que debe mirarse mucho al bienestar de ambos cónyuges. La pintura que usted me ha hecho de lo cara que se ha puesto la vida en esa endiablada Corte, me horripila. Dígame usted, ¿qué tal pinta la abogacía?
—Mal—repuso el joven con hastío,—después que Lantigua entregó su bufete á los pasantes, éstos han acaparado todos los negocios eclesiásticos... Sin embargo, algo se hace.
—¿Y el periodismo?
—Eso no se nombre como profesión lucrativa. Es un excelente medio para hacerse lugar en la política, única carrera de provecho para la juventud.
—Y usted la ha hecho buena—dijo hiperbólicamente el cura.—A los treinta y cuatro años... Este nene va á tragarse el mundo.
—Pero usted no sabe, amigo mío, qué compromisos, qué cargas tan atroces trae este maldito oficio en su primera época. La posición que se adquiere impone...
—¡Ajajá! Ya lo sé. Gastos atroces, ¿no es verdad? ¿Pues qué? ¿Quería usted pescar truchas á bragas enjutas?
—No... ya sé cómo se pescan.
—Por eso dicen que en Inglaterra sólo se dedican á la política los ricos—dijo el cura.—Este sistema me parece excelente.
—En España, por el contrario, es la carrera de los pobres. Y es un mal, lo conozco, pero ¡qué se va á hacer! Los pleitos no dan, amigo mío, sino á los que han empollado el bufete con el calor que les dejó en el cuerpo la silla ministerial. Los negocios exigen capital; el comercio menudo es indigno de quien ha estudiado una carrera científica; no quedan, pues, más que las armas y la política, y á mí no me gustan las armas.
—Las armas de la palabra, de la pluma, amigo mío—dijo el cura con entusiasmo.—¿Sabe usted que si alguna cosa envidio en este mundo es la gloria de usted?
—Pues tiene poco de envidiable—replicó Rafael con cierto tonillo de despreocupación que contrastaba con su habitual prosopopeya.—Yo me río á veces de mí mismo, y cuando estoy á solas en mi despacho, me digo: «parece mentira que seas tú mismo ese que pronuncia tales discursos terroríficos y escribe los artículos furiosos que entusiasman al partido.» Yo, que no soy capáz de matar una pulga ni gusto de que se moleste á nadie, predico la ruína de la sociedad actual; yo, que tengo como cada hijo de vecino mis dudillas acerca de muchas cosas que nos enseña el catecismo, aunque no de las principales, parece, según la vehemencia con que lo digo, que me quiero tragar á los que creen poco.
—¡Ah! ¡ah!—exclamó el cura riendo,—ese es mal común á toda la gente de hoy, blancos y negros. Nadie tiene fe. Hace poco hablaba yo con un señor que pasa la vida escribiendo contra los incrédulos y llevando y trayendo recados al Papa. En confianza me decía: «Sr. D. Silvestre, no hay quien me haga creer en el Infierno.» Yo me reía mucho con sus rarezas, y jamás disputábamos, porque aborrezco las disputas. Ibamos á cazar juntos. Yo le enseñaba el cartapacio de mis sermones para que les echara un vistazo... Ya se ve... Es persona de muy buen gusto y estilo, una especie de fray Luis de Granada sin hábitos y sin fe, y por lo demás sujeto apreciabilísimo, persona excelente. Usted también es de los que hablan mucho y creen poco.
—Entendámonos, señor cura. Yo creo que sin religión no hay sociedad posible. ¿A dónde llegaría el frenesí de las masas estúpidas é ignorantes, si el lazo de la religión no enfrenara sus malas pasiones?
A lo cual el cura, riendo, contestó:
—Pero en esto de creer hay algo más que un freno para contener á los ignorantes. Los ilustrados y los sabios deben acrisolar su fe con el estudio.
—Así debiera ser—dijo Rafael.—Conviene que todos contribuyamos á conservar sólida y firme esta base del edificio social. Si la religión desapareciera, los demagogos y petroleros nos declararían una guerra á muerte. Es cosa que espanta.
—Tremendo, sí.
—Por eso yo soy de opinión de que sigan las misas, los sermones, las novenas, las procesiones, las colectas y todos los demás usos y ritos que se han creado para coadyuvar á la gran obra del Estado, y rodear de garantías y seguridades á las clases pudientes é ilustradas.
—Según usted—observó el cura dando rienda suelta á su jovialidad,—las prácticas religiosas no son otra cosa que una especie de instrumento correccional contra los pillos. Pero Sr. D. Rafael de mi alma, desarrollando su sistema de usted debiéramos decir: «suprímase la religión y auméntense los presidios.»
—¡Oh! no bromee usted y tenga presente que aquí hablamos en confianza y que esto no sale de los dos. ¡Bueno andaría el mundo sin religión! ¡Benditas sean mil veces las creencias que nos legaron nuestros padres y la fe en que fuímos criados! ¡Qué dulce es la religión!... ¡Las mujeres tienen en ella tales consuelos...! Se muere una persona de la familia, madre, hermano, niño, y ellas creen que la verán después y que el difunto se está paseando por encima de las nubes, y si es niño, correteando y enredando de estrella en estrella. La religión debe existir siempre, siempre, y existirá. Además hay en ella muchas cosas que consuelan y algunas que son verdades irrecusables.
—Todas; que no algunas, como usted dice, lo son—dijo el cura afectando cierta gravedad.—Si yo tuviera á mano mis libros ó recordara fácilmente lo mucho y bueno que en ellos he leído, le probaría á usted que todo, todo lo que la religión sostiene es verdad, y todo sirve de gran consuelo al ignorante y al sabio, al pobre y al rico. Pero tengo una memoria perversa, y con mis ocupaciones de cada día no me acuerdo de nada.
—¡Oh! yo he leído bastante, y por mi parte no puedo acusarme de haber hecho daño alguno á la Iglesia ni á las personas eclesiásticas. Por el contrario, en mis discursos, en las conversaciones privadas con mis amigos políticos, siempre he dicho: «Señores, la religión antes que todo. No quitemos al pueblo ese freno moral... Conviene, pues, que la Iglesia esté de nuestra parte. Es el gran auxiliar del Estado, y hay que tenerla contenta. ¿Pide seis? pues darle ocho...» Aborrezco á esos que se llaman filósofos y libre pensadores y que se ponen á gritar en las asambleas y en los clubs, haciendo ver que la Iglesia es esto y lo otro. Yo les digo: Señores, en el fondo casi estamos conformes. ¿Cómo puede negarse que muchas de las cosas que nos quieren hacer creer, no andan muy acordes con el sentido común? Pero ¿hay necesidad de subirse encima de una silla y decirlo á todo el mundo? El pueblo ignorante no lo entiende, y al oir á ustedes, cree que le están permitidos el robo y el asesinato. Hay que mirarse bien antes de propagar ciertas doctrinas... Por esto soy enemigo de esos charlatanes, y en mi humilde esfera defiendo con la palabra y con la pluma las creencias religiosas, la doctrina toda de la Iglesia católica, el culto y el clero, venerandas instituciones sobre las cuales descansa el orden social; defiendo la fe de nuestros padres, las prácticas sencillas, las oraciones que nos enseñó nuestra madre en la cuna, todo eso, en fin, tan fácil de aprender y tan bonito... porque la religión es bonita. Yo he estado en Roma, he visto muchas ceremonias en San Pedro. ¡Ah, Sr. D. Silvestre! Es cosa que entusiasma... ¿Pues y las procesiones de Sevilla?... Todo esto debe conservarse.
—Todo esto debe conservarse; pero lo que importa principalmente es la fe, y si ésta no se conserva...
—Sí, también, también. Todos debemos trabajar para que crean los demás, para difundir los dones del Espíritu Santo, para que se mantenga incólume la fe de nuestros padres... ¡Oh, la fe de nuestros padres!
—Usted, Rafael, pertenece á la escuela de los que defienden la religión por egoísmo, es decir, porque les cuida sus intereses. Ven en ella una especie de guardería rural, y dicen: «La religión es muy buena: debe creerse: verdad es que yo no creo; pero crean los demás para que tengan miedo á Dios y no me hagan daño.» En tanto no se cuidan de los altos fines religiosos ni de la vida eterna.
—¡La vida eterna!—dijo D. Rafael del Horro.—Aquí está la gran cuestión. ¡Admirable idea para que la sociedad no se desborde!
—¿No cree usted en ella?
—Sí; forzosamente ha de haber alguna otra cosa después del morir... porque no debe acabarse uno sin más ni más... Pero digo yo: si después que expiremos resulta que no hay nada de lo dicho, y caemos en profundísimo sueño, ¡que chasco, amigo Romero! Y la verdad es que por mucho que uno piense, no puede limpiarse de dudas. Francamente, eso de que lo que no es ni sombra, ni aliento, ni rayo, en suma, lo que no es nada, siga viviendo después del hoyo, y nos manden al Cielo ó al Infierno... ¡Ah! lo que es esto... No hay quien me haga creer en el Infierno. ¿Es posible que usted me sostenga que hay un pozo lleno de fuego donde caen los que han hecho picardías? Vamos, yo creo que la misma Iglesia ha de tener que transigir al fin diciendo que eso del Infierno es... cualquier cosa, nada entre dos platos... ¿Pues y la vida eterna y el paraíso? En fin, se aturde uno al pensar en ello, y más vale dejarlo á un lado.
—Vive Dios—exclamó con vehemencia don Silvestre Romero dándose fuerte porrazo en la rodilla con la palma de su mano de oso,—que si yo recordara lo que he leído en mis libros, le contestaría á usted punto por punto á todas esas cuestiones, dejándole tan convencido de que hay alma, de que hay Infierno, de que hay Cielo, como de que ahora es día; pero tengo una memoria infame; leo hoy una cosa y mañana se me olvida. Luégo mis ocupaciones... figúrese usted que este ir y venir al Soto y á la playa há tiempo que no me permite abrir un libro. ¡Vaya con el don Rafael, qué ideas tiene! Cáspita, no se ha de decir esto á los electores, porque entonces... Al contrario, todo ha de ser religión y más religión. A este son les hemos tocado siempre, y á este son bailan que es una maravilla.
—Bailarán también ahora—dijo del Horro sonriendo;—por cierto, Sr. D. Silvestre, que si no nos vamos hoy, me parece que llegaremos tarde.
—Tenemos tiempo de sobra. Esta noche llegamos á Villamojada, vemos á los amigos; pasado mañana á Medio-Valle, vemos á los amigos... Todo se reduce á pasar de pueblo en pueblo y á ver amigos. Fíese usted de mí, hombre. En todo lo que sea de los Madriles y de la política gorda, puede discurrir y quebrarse la cabeza; pero en esta tierra y en elecciones, déjeme usted á mí y cállese y estése quieto. Cada uno en su elemento.
—No me falta confianza, señor cura Caraculiambro—dijo Rafael dando una gran palmada en el hombro del gigante clérigo.—¡Oh! si todos los negocios que he traído á este Ficóbriga de mil demonios fueran tan bien como el de mi elección...
—¡Ah! ¿Lo dice usted por la señorita de Lantigua? ¡Qué bocado de ángeles!... Usted tiene la culpa de que este pez no haya picado...
—¡Si Gloria no me quiere, ni parece inclinarse á quererme nunca...!
—Ya; después de casada ya la enderezaría yo—afirmó el cura.—Ello es que usted ha puesto su asunto en manos de D. Juan, y éste con las finuras y tiquis-miquis que usa lo habrá echado á perder. Si yo fuera D. Juan, saldría del paso diciendo: «Niña; á casarse, y chitón.»
—A mí nadie me quita de la cabeza que Gloria tiene algún novio en Ficóbriga—dijo Rafael pensativo.
—Lo que es eso... Yo sostengo que esta niña, á pesar de su viveza y de sus ojos que echan lumbre, es un hielo.
—Qué sé yo, qué sé yo...—indicó el joven campeón de Cristo mirando fijamente al suelo y pronunciando con mucha lentitud palabra tras palabra;—le digo á usted que esa niña me tiene ya hasta la corona.
Gloria no quiso oir más y se retiró.
XXII
La respuesta de Gloria.
Entró en el despacho de D. Juan al mismo tiempo que el señor obispo, el cual tenía gozoso semblante y se acariciaba una mano con la otra, señal de regocijo que se advierte en todos los que acaban de hacer una cosa buena.
—Querido hermano—dijo Su Ilustrísima,—me parece que no he tocado á la puerta de una casa vacía: alguien responde.
—¿De veras?—exclamó D. Juan metiendo en el sobre la última carta.
—Ha empezado por mostrarse muy agradecido á tus nuevas bondades. Acepta la hospitalidad que le concedes por quince días ó un mes.
—¿Has hablado con él de religión?—preguntó Lantigua pasando por su lengua la parte engomada del sobre.
—Sí; mas él, con habilidad suma, ha eludido entrar en las cosas hondas de doctrina. No habla más que de generalidades, de la Creación, de la bondad de Dios, del perdón de las injurias... nada concreto.
—Teme descubrirse. Esa reserva me agrada, porque no me gusta ver á los herejes hacer alarde de su impiedad y provocarnos con argumentos comunes de los que usan los periódicos.
—No le he oído ni una sola vulgaridad. Mas nada puedo sacar en claro respecto á lo concreto de sus creencias—dijo Su Ilustrísima con lástima.—Lo que sí puedo asegurarte con toda verdad es que...
Don Angel acercó su silla á la silla de su hermano.
—Que es un alma profundamente religiosa, llena de fe...
—Falta saber qué especie de fe...
—Tienes razón—dijo el obispo rectificándose con presteza.—Llámalo predisposición á la fe, íntimo anuncio de la verdadera fe que ha de venir. Al estado de ese noble espíritu le comparo yo á una lámpara perfectamente preparada, llena de aceite hasta los bordes y con su mecha en toda regla. No falta más que encenderla.
—¡Y es nada!