Part 6
En aquel momento el pobre _Plantagenet_ volvió la proa á Noroeste y hundió toda la popa en el agua. Había caído en la trampa. Los agudos escollos, como tenazas de hierro, trincaron la quilla de popa y la hélice: la presa no debía ser soltada ya. Alzaba el buque moribundo la proa, dejando en descubierto toda la roda y á ratos parte de la quilla. Ya no se movió más; y en su convulsión postrera temblaban las rotas jarcias; y el palo de trinquete con la doble cruz formada por las vergas se doblaba como un báculo roto. Entonces las olas avanzaron triunfantes sobre el cadáver de la nave que ya era un cuerpo inmóvil, y se posesionaron de él, ébrias de feróz gozo. Una entraba frenética y se metía hasta las bodegas; otra pasaba por encima de la cubierta arrollando cuanto hallaba al paso; ésta subía, salpicando por las escalas de las jarcias, hasta tocar las cofas; aquélla se estrellaba contra la convexa armadura negra; y otra, la más fatua de todas, daba un salto hasta la chimenea y entraba por la boca para inundar las máquinas.
—¡Hijos míos!—exclamó el obispo en tono grandioso, alzando la mano bendecidora de los pueblos.—No sois cristianos, no sois españoles, si dejáis perecer á esa pobre gente.
Los marineros gruñeron. Se miraron unos á otros, buscando entre ellos al más valiente. Pero el más valiente no parecía.
—No se puede, Ilustrísimo Señor—dijo al fin Germán, encogiéndose de hombros.
—Parece que se aplacan las olas—manifestó D. Juan, que trataba de convencer á dos marineros amigos suyos.
—¡Animo, muchachos!
—En nombre de Nuestro Señor Jesucristo—dijo Su Ilustrísima con exaltación evangélica,—os suplico que salvéis á esos pobres náufragos. ¡En nombre de Nuestro Señor!...
Profundo silencio. Alguno se rascaba la oreja. Alguno se escabulló bonitamente, subiendo á Ficóbriga.
—Señor, que nos vamos á ahogar todos—exclamó Germán.—¿No ve usía esas mares como montañas?
—Fuera de aquí, cobardes—gritó una voz enérgica, terrible, única voz digna de alzarse entre la espantosa música de los mares.
Era la voz del cura.
—¿Qué, se atreverá el señor cura?...
—¿Pues no me he de atrever?—vociferó don Silvestre arrojando manteo, canaleja, paraguas, inútil carga de fastidiosos dengues. Su impetuosa naturaleza, su indómito valor, hecho á los combates con la Naturaleza, mostróse en sublime cuadro.
—¡Bien, bien por el soldado de Cristo! ¡Bien por el sacerdote!... ¡Aprended, hombres sin fe!—exclamó el obispo derramando lágrimas de piedad y admiración.
Don Silvestre se arremangó los brazos, mostrando las musculosas manos de oso, aquellas manos que lo mismo tomaban la hostia que el remo. Quitada también la sotana, se encajó una camisuela de lana.
—¡Venga la _trainera_[A], un cable, dos!... A ver quiénes son los guapos que me van á acompañar.
[A] Embarcación del país.
—Yo, yo, yo...
Y todos querían ir.
—Tú, tú, tú, tú...—dijo rápidamente el cura, escogiendo su escuadrón.
XVIII
El cura de Ficóbriga.
Ha llegado la ocasión. A su hazaña debe preceder su retrato. Era D. Silvestre joven, sanguíneo, fuerte, grandullón de cuerpo, animoso hasta la temeridad, ambicioso de aplausos y ganoso de estar siempre en primera línea; grande amigo de sus amigos, y al propio tiempo muy alegre, muy rumboso, vivísimo de genio, generoso y de trato galán y campechano con grandes y pequeños. En la Iglesia, las hembras le querían mucho, porque predicaba con alta entonación y dramático y pintoresco estilo; los varones también, porque despachaba la misa en un momento. Así es que cuando decía misa el padre Poquito, que era de mucha pesadéz, todos aquellos fieles, abrumados de ocupaciones, se quedaban charlando en la plaza.
—Para una misa corta no hay otro como D. Silvestre—decían.—Bien comprende que no somos holgazanes, que van á desperezarse y á dormir en la Iglesia. Hace todas las ceremonias y dice los latines con una presteza que enamora.
Don Silvestre era hombre rico. Además de que poseía regular hacienda heredada, se había dado mañas para adquirir algunas mieses, prados, y por último, una hermosa finca de bienes nacionales. Vivía con comodidad, y no era tacaño ni apuraba á los pobres caseros para que le pagasen, sin descuidar por esto la administración de sus bienes. Socorría á los menesterosos, se preciaba de hacer muchas limosnas, y por esto, así como por su carácter franco y bondadoso, estaba muy en paz con sus feligreses.
—Don Silvestre no es un santo—decían allí;—pero sí un caballero.
El párroco tenía además una salud de hierro, fortalecida con el frecuente ejercicio de la caza y la pesca, diversiones que ocupaban gran parte de su existencia. Su casa era, pues, un arsenal venatorio y piscatorio, cual no se veía en aquellos contornos. Escopetas, carabinas, cuchillos, trampas, mil artificios ingeniosos, ora aprendidos, ora inventados por su propio genial cacumen, y que tenían por objeto apoderarse de la mitad del reino volátil, ocupaban una regular pieza. En la otra no faltaba ninguna abominable máquina de las que arrancan del seno de las aguas todo lo nadante. Cañas, liñas, aparejos, diversos linajes de anzuelos, garabatos, pinchos y agujas, los unos para la merluza, los otros para el calamar; moscas artificiales para las pobres truchas de los regatos, garfios para los salmones de los ríos, guadañetas para los calamares, y además redes, chinchorros, tramayos, medio-mundos, palangres; todo lo guardaba aquel Nemrod de la tierra y los mares.
Había nacido Romero en aquella región montaráz que llaman Picos de Europa, donde parece que el hombre retrocede á las primeras edades venatorias, y ha de vivir disputando á las bestias el suelo, que aún no se sabe si pertenecerá á la fuerza ó la destreza. Agil, valiente, emprendedor, atrevido, había desafiado los temibles osos, en compañía de otros jóvenes del país. Se familiarizó con el terreno abrupto, quebrado, con los precipicios, las cascadas, las deformidades de un suelo que parece no ha concluído aún de tomar, después del cataclismo, su forma definitiva, y vivía contento en su salvaje y libre estado. Mas como la voz paterna sonara un día en sus orejas, haciéndole ver la conveniencia de no dejar perder ciertas capellanías, Silvestre se atiborró de latín y se hizo cura. No le fué mal. Olvidó muchas cosas, pero no la ingénita afición á la caza.
—Es un vicio—decía,—pero un vicio de reyes.
Don Silvestre era hombre vehemente y algo testarudo. En el desempeño de cuanto tomaba á su cargo ponía siempre mucho ardor. En cierta ocasión le dió por revocar y componer la Iglesia, y se hizo pintor, albañil y arquitecto. Cuando le escribieron para que trabajase en las elecciones, realizó estupendas maravillas. Su regular hacienda, el prestigio de que gozaba en el pueblo, su carácter jovial y caballeroso le hacían á propósito para acaudillar hueste de electores y mangonear eficazmente en la comarca. Ponía con tanto ahinco su voluntad y su influencia al servicio de la causa política, que durante los azarosos días en que los ficobrigenses ejercitaban el más importante de sus derechos, el buen don Silvestre no paraba en el bosque, ni en la playa, ni en la sacristía, ni en su casa, sino que, cual poseído del Demonio ó enamorado, corría de una parte á otra sin descanso. Viéraisle allí emplear doctamente ora la astucia, ora la amenaza, con éste la ruda coacción, con aquél el malicioso soborno, y de este modo someterles á todos á su arbitrio.
Con tales experiencias adquirió Romero acabada maestría en el arte de elegir, que nunca ha sido fácil, que á muchos empequeñece, pero que al cura de Ficóbriga, por su mucho ingenio y sutileza, le ponía en los cuernos de la luna. Montar á caballo, andar seis ó siete leguas con frío y nieve en busca de Fulano para comprometerlo; tomar la delantera á los contrarios acumulando recursos sin aumentar por eso de un modo escandaloso la tarifa de gastos electorales; realizar el portento de la multiplicación de los panes y de los peces aplicado á las cédulas de votar, eran otros tantos arbitrios que aumentaban la valía de D. Silvestre. Como prueba de su enérgica voluntad avasalladora, óigase lo que la misma Ficóbriga refería poco há.
Estaba muy reñida y á punto de perderse la elección. Entre los votantes de última hora había un pastor de aquellos andurriales, hombre zafio y torpe que apenas sabía hablar. Cansado del plantón en las puertas del edificio donde funcionaban los comicios, y maldiciendo las obligaciones políticas que le habían llevado tan fuera de su rústico elemento, volvió la espalda y se marchó. Había junto á la urna electoral un río, por más arriba vadeable, por allí muy hondo. Mi hombre tomó por el vado las de Villadiego.
Aquel voto de menos podía comprometer seriamente la elección. Advirtiólo D. Silvestre, y bramando de furor llamó al campesino, que en salvo ya en la otra orilla y frente por frente de los comicios, con el río de por medio, hacía con ambos brazos gestos de burla y provocación. Exasperado D. Silvestre contra aquel salvaje, que no sólo se escabullía en el momento de votar, sino que con los signos de los dos movibles brazos le insultaba delante de la Nación en el momento de ejercer ésta su soberanía, no reparó en nada, y con presteza suma se arrojó al agua. Como era gran nadador y se había despojado del levitón que le ceñía, bien pronto puso el pié en la otra margen del río. Corrió hacia el fugitivo, le agarró por el cuello, y arrastrándole con hercúlea fuerza, se metió con él nuevamente en el agua, y asido por los cabellos le trajo á la orilla de acá y le entró en la casucha y le puso, chorreando agua, delante de la urna. Este acto de energía, atemorizando á los que se mostraban indecisos, aseguró la elección.
Otras muchas anécdotas podría contar para mayor realce de la valentía de este varón insigne; pero no quiero alargar las dimensiones de su retrato. A fin de que sea, aunque breve, completo, diré que D. Silvestre despuntaba en los juegos de tresillo y ajedréz. El y D. Juan de Lantigua se batían sobre el tablero casi todas las tardes. Como poseía dos ó tres lanchas de pesca, salía á la mar muchas tardes y era más conocedor del terrible elemento que los mejores prácticos de Ficóbriga. También nadaba como un pez, siendo el asombro de todos cuando se ponía á luchar con las olas, y si se ofrecía empuñar el timón ó el remo y dirigir la _ciaboga_ mientras la embarcación pasaba la barra, los marineros más forzudos no le igualaran. Muchos aseguraban que el mar le tenía miedo, y bien se podía decir con el Libro Santo: _Draco iste quem formasti ad illudendum ei_; «este dragón á quien hiciste para burlarle.»
Cuando le hemos conocido, la ocupación favorita y el sueño dorado de D. Silvestre eran cuidar una huerta primorosa que había formado en un sitio llamado el Soto de Briján, frente á Ficóbriga, á la otra orilla de la ría, pasando el puente de Judas. Allí estaba la mayor parte del tiempo, sin descuidar sus deberes parroquiales (dicho sea en honor suyo). Aunque vivía de ordinario en Ficóbriga, tenía en el Soto hermosa casa, los mejores frutales del país y un amplio corral y establo llenos de _animalia pusilla cum magnis_, de cuanto Dios crió. Pavos, gansos, gallinas de diversos linajes, vacas de leche, conejos, cerdos gordísimos, á quienes D. Silvestre solía rascar con la punta del bastón, pájaros, cabras exóticas; en suma, nada de cuanto puede hacer placentera la vida del campo faltaba allí.
En los días de nuestra historia no atendía mucho D. Silvestre á su granja, porque le distraían los negocios electorales de su buen amigo Rafael del Horro. Habíase estrechado esta amistad por relaciones periodísticas, y por la virtud de ciertas cartas que D. Silvestre escribió desde Ficóbriga á un periódico de Madrid, firmadas con el pseudónimo de _El pastor de la montaña_. Rafael del Horro vivía en casa del cura y todas las horas las pasaban en grata conferencia sobre los elementos de que podían disponer y las probabilidades de triunfo. Habían concertado plantarse ambos en el terreno de la lucha y no abandonarlo hasta alcanzar completa victoria sobre los impíos.
Este era el hombre extraordinario y valeroso que dijo: «Yo salvaré á los náufragos.»
Momentos después saltaba á la trainera. Impávido se lanzó á las olas. D. Silvestre tenía fe en su poderoso brazo, en su pericia de marino y de pescador.
La trainera embistió las olas. Subía por la empinada pendiente, desapareciendo después entre revueltos torbellinos de espuma. A veces creeríase que los montes de agua se la tragaban de un sorbo, á veces que la escupían entre salivazos de rabia. Pero avanzaba, débil y valerosa, como la fe en Dios, por entre los embates del mundo.
Don Angel se había quitado el sombrero que era ya una esponja, y arrodillándose en el fango, rezaba en voz alta. D. Juan, Rafael, Sedeño, sentían las vivísimas emociones del sentimiento cristiano en su mayor pureza.
—Llegarán, llegarán y les salvarán—dijo D. Angel con la inefable convicción del creyente.—Dios oirá nuestros ruegos.
Y los atrevidos salvadores lograron acercarse á los costados del buque, recogieron el grueso cable que de éste les fué arrojado, y en menos de una hora toda la tripulación estuvo en tierra. ¡Admirable efecto de la misericordia de Dios! Cuando la trainera volvió á tierra, las olas se aplacaron, como si el mismo Océano, que jamás perdona, se sintiera enternecido. Cuando los infelices tripulantes (eran ocho) pusieron el pié en tierra, D. Angel les abrazó á todos, mezclando sus lágrimas con el agua salada que les empapaba. Habían acudido á la playa el alcalde, el secretario, el alguacil y muchas personas, entre las cuales se contaba D. Juan Amarillo, que era vicecónsul de Francia. En un instante se decidió dar á los desgraciados náufragos el auxilio que necesitaban, conviniéndose en repartirlos en las casas de más viso. Al Sr. de Lantigua le tocó uno con graves contusiones y que había perdido el conocimiento.
XIX
El náufrago.
Le asistieron con grande solicitud; le acostaron; vino D. Nicomedes, médico titular de Ficóbriga...
—Golpes en la cabeza, que no parecen tener gravedad—dijo,—y además un poco de asfixia.
Ordenó algunos remedios caseros y que le dejasen reposar después. Hízose todo con presteza, y el enfermo, después de pronunciar algunas palabras á media voz, reposó al parecer tranquilo. Salieron de la pieza un instante y cuando volvieron á entrar, el caballero (pues indudablemente lo era) sacado de las aguas abrió los ojos, mirando á todos lados con curiosidad.
—Tranquilícese usted—dijo D. Juan.—Está usted entre amigos, bien asistido, y no carecerá de nada. El lance ha sido terrible; pero gracias á Dios, usted y sus dignos compañeros están en salvo.
El náufrago dijo algunas palabras en inglés. Miraba á un lado y otro, abriendo con gozo á la luz sus ojos azules, y examinando uno por uno los semblantes de Gloria, D. Juan y D. Angel. Los que resucitan no miran de otro modo.
—Estoy en...—murmuró en español.
—En España, en Ficóbriga, humildísimo puerto de mar, que si tuvo la desgracia de presenciar la pérdida del _Plantagenet_, también ha tenido la dicha de arrancar ocho hombres á la muerte.
Con acento patético y solemne dijo el náufrago:
—¡Señor, Señor nuestro! ¡cuán maravilloso es tu nombre en toda la tierra!
Y el obispo repitió el salmo en latín:
—_¡Domine, Domine noster, quam admirabile est nomen tuum in universa terra!_
Hubo un instante de grave silencio, en que todos los presentes sintieron su corazón palpitar con fuerza.
—¿Y qué tal se encuentra usted?
—Bien, bien—respondió el extranjero con seguro tono, poniendo la mano sobre su corazón.—Gracias.
—Aunque habla usted nuestra lengua, se me figura que es usted inglés.
—No señor; yo soy de Altona.
—¿Altona?—dijo Su Ilustrísima, poco fuerte en geografía moderna.—¿Dónde es eso?
Y al instante se acercó á un viejo mapa que de la pared colgaba.
—Es sobre el Elba, cerca de Hamburgo—manifestó D. Juan.
—Soy hamburgués de nacimiento—dijo con entera voz el enfermo,—pero mi familia es de Inglaterra. He vivido seis meses en Sevilla y Córdoba hace tres años, y ahora...
—¿Iba usted para Inglaterra?
—No le conviene mucha conversación por ahora—dijo solícitamente Su Ilustrísima.—Dejémosle descansar.
—Gracias, señores. Puedo hablar. Sí, yo iba á Inglaterra. Dios no ha querido...
Su semblante expresó viva pesadumbre.
—Tranquilidad, amigo—añadió D. Juan.—No hay que apurarse. Irá usted á su casa. ¿Tiene usted familia?
—Padres, hermanos...
—Cuide usted de reponerse. En mi casa no le faltará nada. Mi nombre es Juan de Lantigua; este es mi hermano Angel, obispo de ***, y esta señorita es mi hija Gloria. Le cuidaremos á usted lindamente. Dios nos manda consolar al triste, amparar al desvalido. Todos los días no se presenta ocasión de practicar las obras de misericordia.
El náufrago miró sucesivamente á D. Angel y á Gloria, conforme el Sr. de Lantigua se los presentaba, y después, tomando la mano de éste, la oprimió contra su pecho.
—_El que sigue la misericordia_—dijo,—_hallará vida, justicia y gloria_.
Don Angel repitió también en latín esta sentencia de Salomón.
—Ahora—dijo el Sr. de Lantigua,—descanse usted, señor... ¿Cómo es el nombre de usted?
—Daniel.
—¿Y su apellido?
—Morton.
Al decir su nombre, el extranjero añadió las más ardientes y cariñosas expresiones de gratitud. Les devoraba á todos gozosamente con los ojos, como si fueran apariciones celestiales que sucedían al horror y á las tinieblas de la muerte.
—Esto que hemos hecho—dijo D. Juan,—no merece ni alabanza ni agradecimiento. Es lo más sencillo y fácil que nos ha mandado Jesucristo... Pero usted tomará algo. Gloria, haz preparar una buena colación para este caballero. Ya comprenderás que no debe tomar cosas pesadas.
XX
El santo proyecto de Su Ilustrísima.
El sol apareció seis veces por encima del gallardo pico de Monteluz, junto al mar; seis veces se hundió tras de la Cotera de Fronilde, vistiendo de púrpura las montañas, y en la casa de Lantigua no ocurría nada digno de ser contado. Unicamente ocuparon los ociosos ratos fervientes elogios de la acción heróica de D. Silvestre, comentándola quier por el lado humano, quier por el divino, y poniéndola todos en las mismas nubes como en realidad merecía; resultado portentoso, al decir de D. Angel, de la fe cristiana y de la hercúlea constitución física que debía el gran Romero á la bondad de Dios.
La noticia corrió por toda la provincia, que tiene el honor sumo de sustentar en su risueño suelo á la excelsa Ficóbriga, y llegó hasta Madrid, llevando camino de pasar después á Londres, como en efecto pasó.
Orgullosísimo estaba D. Silvestre, y aquellos días tenía una cara como el sol resplandeciente, y sin cesar repetían sus labios el trance sublime, pintando en términos tan vivos la furia del borrascoso mar, que los oyentes creían verlo. Daniel Morton gustaba más que ninguno de oir contar al Sr. Romero la historia toda del naufragio y salvamento milagroso, y no sabía de qué manera mostrarle su agradecimiento, pues no bastaban las manifestaciones de una amistad profunda que debía durar tanto como la vida.
El extranjero sacado de en medio de las aguas no había podido aún dejar el cuarto que le fué destinado, pero recibía frecuentes visitas de todos los habitantes de la casa, que le trataban con muchísimo agasajo y cariño. El por su parte merecía bien tantas atenciones, porque era de lo que no hay en punto á caballerosidad y cortesía. Bien pronto conoció D. Juan que había dado albergue á una persona bien nacida, de trato muy afable, de carácter noble y recto, delicadísima y adornada con instrucción tan vasta, que en casa de Lantigua todos estaban atónitos.
—¡Cómo se conoce que es un cumplido caballero!—manifestó D. Juan á su hermano cuando los dos, juntamente con el doctor Sedeño, tomaban chocolate, después de volver de la Abadía, donde el prelado decía misa diariamente.
—Es verdad. Me agrada en extremo—dijo el obispo.—¡Lástima que sea protestante!
—¿Y lo será?
—Debe de serlo—afirmó Sedeño.—Siempre que hablamos de asuntos religiosos parece deseoso de esquivar la conversación.
—¿Pero ha dicho algo ofensivo á nuestra Santa Iglesia?
—Ni una palabra. Se muestra muy deferente con el catolicismo, y no le he oído jamás vocablo ni reticencia que puedan tomarse á vituperio...
—¡Qué ocasión, hermano mío—indicó don Angel con devoto celo,—para hacer una gran conquista, para traer una oveja al rebaño de Jesucristo!
—Es difícil—murmuró Lantigua.—Será hombre de convicciones.
—Pero de convicciones perniciosas. Mira tú, hermano; pues yo lo he de intentar...
—Cuidado, que estos herejes, cuando les tocan á su herejía, son como el puerco espín.
—Nada se pierde con intentarlo, hombre. El estará todavía algún tiempo en tu casa, porque no es justo que le dejemos marchar antes de que se reponga por completo.
—Seguramente.
—Bien, ¿pues qué se pierde? Yo le diré algo que le llegue al alma. Sembraré, hijo. Si la simiente cae en pedregales, no es culpa mía. Habré cumplido con mi deber.
—Caerá en pedregales—afirmó D. Juan con la sequedad del hombre acostumbrado á ver las malicias del mundo, y cansado de arrojar simiente sobre él sin que naciera jamás.
—Pero figúrate que Dios le toca el corazón, figúrate que un rayo de luz... Nada, no me quedaré sin intentarlo.
—Perderás el tiempo, querido hermano.
—O no... Ese caballero me ha demostrado no ser un alma vulgar. Al contrario, posee un entendimiento privilegiado.
—¡Oh, eso sí! ¡qué lástima!...
—Y un gran corazón.
—También.
—Tenemos lo principal, el terreno.
—¿Y las preocupaciones, y la costumbre, y las ideas adquiridas ya, es decir, la mala hierba que ha echado raíces y todo lo invade?
—Hombre, por Dios. ¡La hierba!... me río yo de la hierba. Nuestro Señor Jesucristo nos enseñó el modo de arrancarla y echarla al fuego. Yo no desconfío hasta no probarlo... ¿Me permites que le proponga quedarse unos cuantos días más?
—Como quieras. Veremos qué tal lo toma... Pero no vayamos á perder su buena amistad, y hasta el agradecimiento que nos tiene...
—Pues mira tú, por eso del agradecimiento le voy á meter el diente; esa es la hendidura de su coraza, y por ahí, por ahí...
Don Juan se echó á reir. Después llamó á su hija. Gloria se había desayunado á la hora en que los pájaros saludan el día, porque en aquél tenía muchas ocupaciones la señorita de Lantigua y era preciso empezar pronto.
Cuando por el comedor pasó apresurada como persona que trae muchos negocios entre manos, su padre le dijo:
—¿Te has olvidado del café para ese caballero?
—No señor. Se lo han subido ahora mismo.
—¡Qué mal gusto tienen estos extranjeros en no gustar del chocolate!—dijo el reverendo D. Angel, arramblando lo que en el fondo del cangilón quedaba.—Gloria, sobrina mía, acompáñame á dar una vuelta por el jardín.
Sedeño tomó un periódico que había llegado la noche anterior, y dirigió á él los vidrios de sus anteojos, poniendo cara de gran importancia.
—Vea usted á dónde conduce la irreligiosidad, Sr. D. Juan—dijo, dando un golpe con la siniestra mano en la hoja impresa.—Oiga usted este caso.
Y leyó. D. Juan, apartando el jicarón, ahuecó la palma de la mano y la puso en el oído al modo de trompeta. Era un poco teniente, es decir, sordo de la oreja derecha, sobre todo cuando había variaciones atmosféricas. En tanto, D. Angel salió murmurando una cancioncilla y acompañado de su sobrina.
—Picarona—le dijo,—gracias á Dios que te echo la zarpa. Tu padre quiere hablarte.
Gloria sintió cierta pena, porque recordó que cuando días antes le dijo su tío «tu padre quiere hablarte,» fué para el enojoso asunto de Rafael.
Al pasar al jardín cogió en la puerta una flor de madreselva y se la puso en la boca para mascullarle el palo.
—Juan se queja—indicó el obispo,—de que no le has contestado aún á una pregunta que te hizo.
—¡Ah! ya sé...—dijo Gloria, sintiendo que las palabras de su tío se le clavaban en el corazón como espinas.