Gloria (novela completa)

Part 31

Chapter 313,574 wordsPublic domain

—Yo admiro tu sacrificio, pero no lo comprendo—afirmó Daniel con amargura.—Esa solución de que hablas, ¿dónde ha de ser realidad?... ¿en ese horrible convento donde te encerrarás desde mañana?

—No... en el Cielo—repuso Gloria con angelical sonrisa.—Me alegro de que la muerte me impida ir al convento. Así es mejor, mucho mejor. En el convento me habría sido imposible convertir el amor que te tengo en la pasión mística que mi tía me recomienda como modelo de perfección cristiana, me habría sido imposible olvidar á mi hijo y dejar de consagrarle todas las horas. De este modo, muriendo después de haber renunciado á todos los goces, creo haber llevado bastante mi cruz, y expiro confiando en que Dios ha de salvarnos á los dos.

—¡No, tú no morirás, Gloria, no morirás todavía!—exclamó Daniel besando su frente;—pero si murieras, tu muerte sería un suicidio, habrías sucumbido á esa insensata mortificación moral, á esa bárbara renuncia de bienes legítimos. ¡Pobre ángel extraviado! Has estado matándote lentamente, día tras día. El padecer será meritorio; pero el padecer por el padecer no puede ser una religión. Sacrificas un porvenir que podría ser risueño, ahogas una familia naciente. Siempre que se puede hacer el bien, debe hacerse en vida, mayormente si se hace también á los demás. Tú, impidiendo que nos entendiéramos, impidiendo que nos uniéramos en vínculo civil, para poder llegar á la reconciliación de nuestras ideas, te has matado á tí propia y me has matado á mí, y difieres nuestra dicha y nuestra unión para la otra vida, pudiendo haberla realizado en esta. Te entrometes en la obra de Dios, querida.

—No eres cristiano: ¿cómo has de comprender esto? ¡Pero ya lo comprenderás!... En este mundo no podía yo ser tu esposa, porque tu conversión era una falsedad. No hay que afligirse: el alma es libre, y su inmortalidad le ofrece tiempo, caminos sin fin para alcanzar el bien que desea... Yo muero con gozo, y muriendo siento inefable regocijo al decirte: «Daniel, tú serás salvo, por mi mediación.» Mi fe en Jesucristo me inspira esta confianza.

Debilitándose su voz, empezó á temblar con leves convulsiones.

—Tengo frío—murmuró;—abrígame. Que estos últimos cuidados que me prestas sirvan para fijar más en tí mi memoria. Dios me ha concedido el beneficio de morir en tus brazos, para que de este modo mi muerte selle tu persona, y quedes marcado para la redención que vendrá.

—No hables de morir, no hables de eso—exclamó Daniel, arropándola con las mantas.

—Hace tiempo que estoy muriendo. Mi corazón, que es el que tiene la herida, me anunció el fin. Ahora mismo parece que está tirando, tirando para arrancar sus propias raíces.

—Tu delirio te engaña. Vive, aunque no seas para mí, aunque mueras de otro modo en esa equivocada perfección del convento cristiano.

—¡Qué bueno ha sido Dios para mí!... ¡Sí, qué bueno!—dijo Gloria.—Bueno, porque me permite morir á tu lado, bueno porque me evita entrar en el cláustro, donde tu recuerdo y el de mi hijo no me habrían permitido ser santa. ¡Oh, qué imperfecta soy! En mí todo es humano. El misticismo, esa singular manera de amar á Dios con pasión, sobresalto y congojas de enamoramiento, no cabe en mi espíritu. Muero sin poder desarraigar en mi pecho lo mundano. Pero Jesucristo, á quien adoro, tendrá misericordia de mí, me enseñará otros caminos mejores, y aprenderé el amor divino y me abrasaré con gozo en esa pasión, siempre que en ella haya algo de tí y de mi hijo, pues sin uno y otro no comprendo nada de amor.

Debilitándose más, añadió:

—Me siento morir. Yo creo que estoy muerta ya, y que hablo y te miro por especial favor de Dios, para que no te quedes solo todavía. Todo en mi sér se acaba. Toca mi corazón, verás como apenas late. Mi vista se turba ya... ¿En dónde está mi hijo?

—Aquí... ¿no le ves?...

La infelíz madre se volvió sobre su derecha para abrazar al pobre niño, que seguía durmiendo.

—Un favor te pido, seguro de que me lo has de conceder—dijo tomando la mano de su amigo.

—¿Qué favor?

—Que no robes á mi hijo, ni lo compres, ni intentes arrebatarlo jamás á la patria y á la familia de su madre. Quiero que sea educado entre cristianos.

—Yo te juro que se cumplirá tu deseo—repuso él con voz turbada.

—No te alejes, esposo mío, no te separes de mí ni un solo momento.

—Si estoy aquí...

Daniel, observándola con terror, vió que sus facciones tomaban un tinte lúgubre y que sus hermosos ojos se nublaban.

—¡Qué placer!—exclamó ella cerrando los ojos y estrechando con su brazo derecho al pobre niño, que seguía durmiendo.—Te suplico que ames mucho á mis tíos; pues todos son buenos y han deseado mi bien... Me enterrarán al lado de mi padre y de mis hermanitos.

Horrible angustia sintió el hebreo. Comprendiendo la gravedad del estado de Gloria, no se atrevía á separarse de ella. Y sin embargo, era indispensable llamar, pedir socorro. Llamó á la dueña de la casa, pero nadie le respondió.

—¿Están ahí mis tíos?—dijo Gloria abriendo los ojos.—Sí, les veo, allí están. Sentiría no despedirme de ellos... Ya, querida tía, estará usted contenta de mí. El sacrificio que usted me pedía, ¿no está hecho? La renuncia que usted me aconsejaba, ¿no está hecha?

Su espíritu, después del último período de lucidéz, había sido de nuevo arrastrado á las tenebrosas corrientes circulares del delirio, estado vertiginoso muy semejante á los remolinos del agua en la tromba.

—Pero la idea de usted, querida tía—prosiguió la enferma,—no ha podido triunfar completamente en mí, y al presentarme delante de Dios, le ofrezco las prendas de mi corazón y los nobles afectos de que no puedo desprenderme... ¡Oh Dios mío! no me es posible amarte como á un novio. No te veo grande, superior á todas las cosas, sino cuando veo bajo tu sombra á los que he querido en el mundo. Por Tí, mi esposo y mi hijo subirán conmigo á descansar á la sombra de ese árbol celestial en cuyas ramas cantan los ángeles.

Su voz se fué apagando, y sus facciones se alteraron demacrándose. Morton no pudo resistir más aquella situación y salió corriendo. En la sala inmediata no había nadie. Vió una puerta que conducía á obscuro pasillo, entró por él, y después de andar regular trecho en tinieblas, salió á un recinto alumbrado: era una Iglesia. En el altar donde ardían algunas luces, un pobre y humilde cura, con casulla raída, empezaba la misa de alba. La tercera parte de la Iglesia estaba llena de aldeanos. Desde la puerta de la sacristía gritó Daniel con todas las fuerzas de su voz:

—¡Socorro!

Mientras él estuvo fuera, Gloria sin notar su ausencia, hablaba de este modo:

—¡Oh, querido tío... ha vencido usted... qué grato consuelo para mí!... Mi conciencia no me acusa de nada, y muero tranquila con la santa absolución que usted me dió esta tarde en nuestra capilla. ¿Está usted contento de mí? Lo espero... Ningún nuevo pecado tengo que revelar. ¿No dije que me era imposible dejar de amarle? Si ahora está á mi lado, no le acuse usted á él. Yo he venido aquí y he venido sin culpa. Dios nos ha puesto juntos, en señal de nuestra unión eterna, allá donde no hay más que una religión... Usted llora, querido tío, ¿por qué? Soy felíz. Esta tarde, al confesarme, le dije que me cautivaba la idea del sacrificio y que deseaba hacerlo. Usted no lo aprobó, aconsejándome el casamiento, que ya era posible... pero se presentó la madre, surgieron obstáculos... aproveché la ocasión, me declaré libre... renuncié. ¿Qué mayor gozo que realizar en el Cielo fácilmente lo que en la tierra es tan difícil...? Usted sonríe. ¿No es verdad que tengo razón? ¡Bendita sea esta grandiosa idea! ¡Renunciar para poseer! ¡Morir para vivir! ¡Decir que _no_ para que Dios nos diga _sí_!... Bienaventurados los que padecen... Usted llora, querido tío, y llorando me bendice... Ya estoy cerca, adiós...

Morton volvió corriendo al lado de ella. Tras él venían María Juana y otras dos mujeres.

—¡Se muere, se muere!—clamó Daniel con desesperación.

—Avisemos á la casa.

—Sí, sí. ¿No hay un médico aquí?

—Sí señor: le llamaremos... Corre, corre tú...

—Gloria, Gloria—gritó el hebreo llamando á su amiga.—¿No me oyes?

—Sí—contestó con entera voz.—Esposo, esposo mío, soy felíz, porque estaré unida á tí en la vida sin fin. ¿Dónde estás?

—Aquí... contigo... ¿no me ves?

—¿Y mi hijo?

—Aquí también.

—Ya le veo, ya le veo—dijo, demostrando en su mirar y en el tono de su voz que se hallaba de nuevo en estado de lucidéz.

Su espíritu aleteaba entre el cielo y la tierra.

Daniel la besó ardientemente intentando reanimar, con el calor de su boca, aquel hermoso cuerpo, que iba cayendo en el frío abismo de la muerte. Abrió Gloria los ojos, y su mirada parecía una resurrección, porque puso en ella toda la expresión, toda la vida, todo el sentimiento y la gracia de sus más felices días. Al mismo tiempo sonreía. La que había sido gala de la tierra y regocijo de la humanidad, se detenía aún en la puerta del cielo, y vuelta hacia el valle de lágrimas, le consagraba su última mirada y su sonrisa última, como el desterrado que ha tomado cariño al país de su destierro y desde la frontera de su patria lo contempla.

Elevando entonces los ojos al cielo, y enlazando sus manos con las del autor de su desgracia, exclamó:

—Creo en Dios, en mi alma inmortal, inmerecedera del bien si Jesucristo no la hubiera redimido del pecado original; creo en Jesucristo, que murió por salvarnos, en el juicio final, en la remisión de los pecados...

Con los labios, con el corazón que se le partía de dolor, y expulsando el juicio de sí en aquel instante supremo, Daniel replicó:

—También yo creeré todo lo que tú crees.

La moribunda hizo un esfuerzo por incorporarse, murmurando:

—En Jesucristo.

—También—dijo Morton, creyéndose el más cruel de los hombres si no lo decía.

—En el único Dios—añadió ella.

—¡Esa, esa... esa es la mejor religión!...—exclamó el israelita estrechándola en sus brazos con delicadeza.—Creo en tí, en la fuerza inmensa de tu espíritu divino, al cual espero estar unido para toda la vida, allá donde no hay más que una religión.

—¡La mía!—balbució la moribunda con sonrisa inefable.

—¡La nuestra!—dijo Morton traspasado de angustia.

Hubo un instante de silencio. El hombre contempló en las pupilas de su amada aquel tenebroso hundimiento de la vida en los abismos ocultos, cuya luz no vemos los de acá. Sintióse fuertemente asido, como presa que va á ser arrastrada, y con los últimos alientos de la joven oyó estas palabras:

—Mañana... mañana serás conmigo en el Paraíso.

Todo movimiento y la fuerza nerviosa que estrechaba el cuello del hebreo cesaron. Separóse la persona de Gloria de la armonía de lo viviente, y su bella faz se fué apagando como ascua, quedando en perfecta calma aquella ceniza hermosa y tibia, á cada instante más fría, más blanca y más inmóvil. Creeríase que aún susurraba la vida en sus labios; mas era ilusión. Era que persistía la expresión sublime de sus sentimientos, y aquella ceniza sin lumbre amaba al parecer todavía. Los ángeles, acercándose suavemente, la tocaron con sus blandas manos, la examinaron, la suspendieron, y el fatigado espíritu suspiró al tener conciencia de su nueva vida. A punto que el alma libre tendía su primera mirada por lo infinito, Daniel Morton oyó las campanas que dentro y fuera de la Iglesia sonaban con estrépito. Era el momento en que el cura cantaba con su cascada vocecilla: _Gloria in excelsis Deo_. Todo era alegría en memoria de la resurrección del Señor.

XXXIII

Todo acabó.

Poco después entró á iluminar el fúnebre cuadro un rayo del sol, única antorcha digna de tal cadáver. Con el día llegaron anhelantes y llenos de congoja D. Buenaventura, Serafinita y varios criados de la casa. Puede comprenderse su consternación al ver lo que encerraba la triste alcoba, donde los gemidos de un hombre y el llanto de un niño, que se comía los puños, hacían más tétrico el silencio inalterable de aquellos labios cuyas palabras habían dado alegría al mundo.

Serafinita cayó de rodillas invocando al Señor; y su hermano, después de los primeros momentos de sorpresa y dolor, pidió explicaciones que no le fueron dadas. Más tarde, y cuando lo que restaba de la señorita fué trasladado á Ficóbriga, D. Buenaventura, á quien acompañó por el camino el hebreo, parecía no tener dudas acerca de la inocencia de éste en tan desastroso fin.

Don Angel, medio muerto de pena, no quiso salir de su habitación. Madama Esther, encerrada también en la suya, tenía los ojos encendidos de tanto llorar. Fué un día de general lástima y pena en la villa marítima, y el tiempo apacible desapareció, poniéndose obscuro el cielo, ceñudo y llorón. Corrían los vientos, y quejándose alborotada la mar, dejaba oir en toda la costa sus mugidores ayes.

A la mañana siguiente hubo entierro, al que asistió gran gentío, la mayor parte de él _por verla_; que ninguna curiosidad es tan viva como la que inspiran los muertos que en vida han sido objeto de la atención pública. Muchos lloraban durante la triste ceremonia; Caifás parecía un muerto que salía del hoyo para enterrar á un vivo; el cura, dragón formidable de los mares y de los montes, sollozaba como un niño; D. Juan Amarillo simbolizaba correctamente la tristeza oficial; algunos asistentes decían con más asombro que compasión:

—Todavía está guapa.

A las diez de la mañana la tierra había ya pasado su nivel sobre el cuerpo, y el mundo seguía su marcha. Ideas y acontecimientos, todo volteaba en la rueda fatal, dejando atrás aquella idea y aquel suceso caídos ya y segregados del movimiento humano. En tal movimiento debemos comprender la dispersión de los personajes principales de esta historia, dispersión lúgubre y obscura, como la retirada de los ejércitos que han dado encarnizadas batallas sin victoria. También aquellos nobles corazones habían venido de lejanas y contrapuestas tierras para pelear; habían peleado y se retiraban después chorreando sangre preciosa. ¿Quién los lanzó al bárbaro combate? ¿Volverían á empeñarlo? La querella subsistía, subsiste y subsistirá pavorosa, y antes que se acabe, muchas Glorias sucumbirán, ofreciéndose como víctimas para aplacar al formidable mónstruo que toca con la mitad de sus horribles patas á la historia y con la otra mitad á la filosofía, mónstruo que no tiene nombre, y que si lo tuviera lo tomaría juntando lo más bello, que es la religión, con lo más vil, que es la discordia; muchas Glorias sucumbirán, sí, arrebatándose del mundo que encuentran despreciable á causa de las disputas, y corriendo á presentar su querella ante el Juez absoluto.

En el mismo día partieron D. Angel y su hermana, el uno para su diócesis, la otra para su convento ó antesala de la bienaventuranza eterna. Partieron también los hebreos, como desterrados. D. Buenaventura se quedó tres días más para arreglar ciertas cosas; pero al fin marchó también. Rechinaron las llaves de la casa, se cerró todo; no quedó allí más que el viento, que jugaba con las persianas rotas y daba vueltas por las cuatro fachadas. De la que regocijaba el universo con su presencia no quedaba nada visible, y donde ella vivió no había más que soledad, silencio, olvido.

El año pasado, ó si se quiere, cuatro años después de los sucesos referidos, vimos restaurada la casa de Lantigua. D. Juan Amarillo no había podido atrapar tan hermosa finca y estaba lívido de desesperación, tristeza y codicia, por lo cual burlonamente le llamaban los de Ficóbriga _D. Juan Verde_. Su esposa, atacada de una ictericia crónica, se consumía tristemente, roída por un diente de cobre que le destrozaba las entrañas.

Habiendo conservado la casa para sí don Buenaventura, pasaba en ella los veranos con su simpática familia. De la señorita Gloria nadie ó casi nadie se acordaba ya. La aureola de memorias humanas se había marchitado en su frente; pero, ¿qué le importaba si tenía otra de luz inextinguible, cuyo resplandor, no por sernos oculto es menos vivo? Sobre su tumba habían grabado catorce apellidos. Don Silvestre quiso que se pusiera también un verso, un elogio, cualquier cosita aconsonantada de esas que constituyen la fúnebre gacetilla de los cementerios; pero D. Buenaventura no lo consintió. El olvido en que poco á poco ha ido quedando su preciosa memoria debe de ser para ella muy placentero, si desde la celestial inmortalidad donde reside puede dirigir una mirada de lástima á Ficóbriga.

De Serafinita se tenían noticias edificantes. Su santidad crecía sin que disminuyera su bondad, lo que era garantía de la salvación de alma tan notable. D. Angel no volvió más á Ficóbriga, y seguía gobernando su diócesis como él sabía hacerlo. Ahora se dice que le van á trasladar á otro arzobispado de más importancia, y en verdad lo merece. Recordaba siempre con amargo disgusto los sucesos del Sábado Santo de aquel año y la problemática conversión... ¿pero qué podía él hacer, santo varón, en medio de la terrible batalla de las conciencias? Si en aquel día no entró un alma nueva en el rebaño, no fué por culpa del digno y solícito pastor.

En el mismo año á que me refiero, es decir, cuatro después de aquella Semana Santa célebre en Ficóbriga por sus espléndidas procesiones (y no hubo más, porque D. Buenaventura dedicó su dinero á empedrar la villa), cuatro años más tarde, repito, un precioso niño jugaba en el jardín de Lantigua. Era y es la imagen viva de aquel chicuelo divino, cuyos ojos, tan lindos como inteligentes, miraron con amor al mundo antes de reformarlo. Diríase de él que no nació de madre, sino por milagro del arte y de la fe, recibiendo cuerpo y vida de la ardiente inspiración de Murillo. En Ficóbriga le llamaban y le llaman el Nazarenito. Tiene los ojos de su madre y el perfil de su padre, gracia, armonía, cierta severidad, lumbre extraordinaria en la fisonomía, el cabello castaño y rizado. Todos le adoran; le crían hasta con mimo, porque don Buenaventura no sabe negarle nada, y es de oir el horrible estrépito que hacen en la casa sus caballos de palo, sus aros con timbre, sus carretones, sus trompetas, sus velocípedos, sus fusiles, sus tambores y demás instrumentos de juego con que le obsequian un día y otro sus primitas, su mamá Antonia y su tío Ventura.

Entonces, es decir, el año pasado, vestía de luto. El no supo por qué; pero había una razón, y era que su padre había muerto en Londres. ¿De qué clase de muerte?, mejor dicho, ¿de qué enfermedad? De una que no tiene nombre. Había muerto después de dos años de locura, motivada por la extraña y sin igual manía de buscar una religión nueva, la religión única, la religión del porvenir. Sostenía haberla encontrado. ¡Pobre hombre!... Meditando se consumió, perdió la razón, y al fin se apagó como una lámpara á la cual dan un soplo.

¿Encontraría su ideal allá donde alguien le esperaba impaciente y quizás con hastío del Paraíso mientras él no fué?... Es preciso contestar categóricamente que _sí_ ó dar por no escrito el presente libro.

Y en tanto, ¿no debemos aspirar á que sea verdad en lo posible lo que soñaron la enamorada de Ficóbriga y el loco de Londres? Tú, precioso y activo niño Jesús, estás llamado sin duda á intentarlo; tú que naciste del conflicto, y eres la personificación más hermosa de la humanidad emancipada de los antagonismos religiosos por el amor; tú, que en una sola persona llevas sangre de enemigas razas, y eres el símbolo en que se han fundido dos conciencias, harás sin duda algo grande.

Hoy juegas y ríes é ignoras; pero tú tendrás treinta y tres años, y entonces quizás tu historia sea digna de ser contada, como lo fué la de tus padres.

Madrid.—Marzo-Abril-Mayo de 1877.

FIN DE LA NOVELA

INDICE

_Págs._ PRIMERA PARTE

I.—Arriba el telón. 1,5 II.—Gloria y su papá. 1,11 III.—Gloria no espera un novio, sino un obispo. 1,14 IV.—El Sr. de Lantigua.—Sus ideas. 1,20 V.—Cómo educó á su hija. 1,24 VI.—Cómo se explicaba la niña. 1,29 VII.—Los amores de Gloria. 1,38 VIII.—Un pretendiente. 1,42 IX.—Recepción, discurso, presentación. 1,46 X.—D. Angel de Lantigua, obispo de ***. 1,52 XI.—Un asunto grave. 1,56 XII.—El otro. 1,62 XIII.—Llueve. 1,68 XIV.—El otro está cerca. 1,73 XV.—Va á llegar. 1,77 XVI.—Ya llegó. 1,86 XVII.—El vapor _Plantagenet_. 1,91 XVIII.—El cura de Ficóbriga. 1,97 XIX.—El náufrago. 1,105 XX.—El santo proyecto de Su Ilustrísima. 1,109 XXI.—Sepulcro blanqueado. 1,119 XXII.—La respuesta de Gloria. 1,130 XXIII.—Dos opiniones sobre el país más religioso del mundo. 1,136 XXIV.—Una obra de caridad. 1,150 XXV.—Otra. 1,154 XXVI.—El ángel rebelde. 1,164 XXVII.—Se va. 1,171 XXVIII.—Vuelve. 1,175 XXIX.—Se fué. 1,186 XXX.—Pecadora y hereje. 1,191 XXXI.—Pausa. El conflicto parece resolverse y tan sólo se aplaza. 1,200 XXXII.—Los cazadores de votos. 1,204 XXXIII.—Agape. 1,212 XXXIV.—En el puente de Judas. 1,223 XXXV.—Los juicios de Dios, abismo grande. 1,228 XXXVI.—¡Qué horrible tiempo! 1,238 XXXVII.—Al fin se supo. 1,240 XXXVIII.—Job. 1,254 XXXIX.—El rayo. 1,262

SEGUNDA PARTE