Part 29
—Será preciso que yo manifieste claramente toda la horrible verdad—dijo D. Juan Amarillo enarbolando el bastón y tomando el aspecto más dictatorial que le fué posible.—Pues la diré; sí, señores, la diré: el Sr. Daniel Morton y Spinoza ha sido condenado por los tribunales de Londres á tres años de prisión por un delito infame, cual es... ¡oh, señores! la lengua se niega á revelarlo... cual es haber defraudado el tesoro paterno falsificando unas letras... por valor de muchos miles de libras; después haber maltratado de palabra y obra al autor de sus días.
Un murmullo de horror resonó en la sala, Esther se había apartado y miraba al suelo hoscamente.
—¡Oh, cuánta vileza!—rugió Daniel accionando como un insensato.—Mónstruo; que se acabe el mundo en este momento si no te arranco la lengua y la vida.
Hizo movimientos desesperados para desasirse de los que le sujetaban.
—Paz, paz—volvió á decir el arzobispo que casi estaba á punto de llorar.
—¿De quién es esta infernal farsa, de quién?—murmuró con la voz de la desesperación Daniel.—¡Quién ha ideado deshonrarme, aquí en este acto solemne, delante de esta familia que respeto, delante de la mujer que adoro más que á mi vida!... Gloria, esposa mía, dejarías de ser quien eres, si creyeras las palabras de este hombre.
Gloria se dirigió lentamente hacia el grupo que los contendientes formaban en el centro de la sala.
—El señor—añadió D. Juan Amarillo con calma imperturbable,—fué condenado á prisión; pero huyó sin que le pudiera alcanzar la policía inglesa. Pero aquí estoy yo, señores...
—¡Madre, madre—dijo Morton clavando la crispada mano en su cabeza,—tú, tú oyes estas infames calumnias y no las desmientes! ¡Oyes deshonrar á tu hijo y callas!...
Todas las miradas se fijaron en Esther. Ella les miró á todos y con flemático acento pronunció lentamente estas palabras:
—¡Lo que el señor alcalde ha dicho... es verdad!
—Basta, basta—dijo el arzobispo haciendo ademán de retirarse escandalizado.
—¡Madre, madre!...—gritó Daniel con airada voz. Sus ojos saltaban del cráneo.
—Mi hijo—añadió Esther, como quien hace un esfuerzo,—tiene el hábito de la mentira y el disimulo. Me es muy doloroso decir que nada debe creérsele. Si esta familia quiere recibirle en su seno, yo no me opongo. No me importa tampoco que cambie de religión quien no tiene ninguna. Pero los tribunales lo reclaman, y la ultrajada autoridad paterna pide castigo.
—¡Madre, madre!—repitió Daniel con desesperación...—¿Pero será posible que crean lo que esta mujer dice?
—Es su madre—murmuró el arzobispo mirando á todos con aflicción.
—Esta no es mi madre, no lo es—dijo Morton.
—No podemos de ningún modo seguir adelante—declaró Su Eminencia mirándola.—Las revelaciones de esta señora...
—Es necesario que eso se pruebe—indicó D. Buenaventura fijando una mirada de enojo en madama Esther.
—Suficientes medios tendrá de probarlo—dijo Serafinita.—Después de lo que hemos oído no se cuente conmigo para nada.
Doña Serafina dió un paso hacia la puerta. Gloria la detuvo.
Corriendo en seguida hacia Morton y poniéndole la mano en el pecho, como quien la pone sobre los Evangelios para jurar, la huérfana de Lantigua, con voz de ángel más que de mujer, dijo así:
—Si para todos eres criminal, para mí eres inocente.
—¡Oh, bendita tú mil veces!—exclamó el israelita abrazándola con violencia, antes que nadie lo pudiera impedir.—¡Y habrá quien pretenda separarme de tí!... Eres mi esposa... Me perteneces... Te reclamo... te llevaré conmigo de grado ó por fuerza, sin consideración á nadie ni á nada... ¡Señor cardenal, señores, repito que quiero ser cristiano... pronto!
El cardenal tomó á Gloria de la mano y la apartó del hebreo.
—Nosotros...—balbució frunciendo el ceño.—Nosotros... Las circunstancias han cambiado.
Todos volvieron á mirar á Esther, que se abalanzó hacia su hijo, diciéndole con violento gesto y tono imperativo:
—Vámonos de aquí. ¿No ves que te arrojan?
Momento de perplejidad. Los Lantiguas se miraban unos á otros consultándose con los ojos.
—Es preciso—ordenó Amarillo desde cierta distancia,—que el señor se embarque hoy mismo para Inglaterra.
—Esto es una farsa—dijo D. Buenaventura enérgicamente.—Señora, ruego á usted que se retire de nuestra casa.
—Es á tí á quien arrojan, madre—gritó Daniel dando algunos pasos hacia ella.
—Y me retiraré. Nos iremos los dos.
—Señora...—balbució el cardenal queriendo ser cortés y al mismo tiempo justo y riguroso y blando, queriendo entender lo ininteligible y resolver lo insoluble.
Dentro de la cabeza de Su Eminencia había una madeja que no se podía desenredar. D. Angel llamaba en su ayuda al Espíritu Santo, y el Espíritu Santo vino. Hé aquí cómo.
Gloria fué el Verbo que puso fin á la pavorosa contienda de tantos sentimientos, con estas palabras:
—Querido tío, ¿por qué tanto afán? Yo no quiero casarme.
—¡Tú...!
—No señor; Dios no quiere que sigamos ese camino, y hablando á mi interior, me señala el único posible. Deseo retirarme á un convento.
Y al decir esto, fué estrechada por los amantes brazos de doña Serafina, que lanzó una exclamación de júbilo. Había triunfado, después de prueba tan peligrosa, y abrazaba á su víctima cual si temiera que aún se le escapase otra vez. No daremos á aquella santa señora un nombre verdaderamente propio y característico, si no la llamamos el _Mefistófeles del Cielo_.
Don Angel, D. Buenaventura y los demás presentes se quedaron lelos. Extendiendo su varonil brazo, Esther dejó caer su mano sobre el hombro de Daniel, que sintió encima el peso de una losa. Abrumado y atónito, su espíritu no tenía ya fuerzas ni para sentir ni para razonar.
Gloria tomó el brazo de su tía, y dando la izquierda mano al cardenal, que la estrechaba con cariño, dirigióse lentamente á la puerta. Con su última mirada, semejante al postrer rayo del sol que se pone, dando paso á la noche negra, echó fuera de su alma toda aquella esencia, á la par deliciosa y terrible, que por tanto tiempo la había llenado. Fué como un vaso de perfume que se vacía por completo.
Don Buenaventura siguió á la familia, que se retiraba. D. Juan Amarillo, deseando ponerse á la mayor distancia posible de Daniel Morton, salió de puntillas; hizo señas al cura y á Sedeño, y poco después los tres susurraban en el comedor.
Morton había caído en una silla. Esther puso su blanca mano sobre los cabellos del joven, y con voz trémula y cariñosa dijo así:
—¡Te he salvado... hijo de mi corazón! Al fin eres mío otra vez.
—¡Salvarme!—repuso Morton alzando con violencia el rostro.—Yo probaré la falsedad de tus palabras... Me será muy fácil probarlo... Mañana.
—No será fácil. He tomado mis medidas.
—Me has deshonrado de una manera cruel.
—¿Qué me importa tu deshonra en este lugarón obscuro y vil? En todo el mundo brilla tu honor como el sol... Ya eres mío. Mi ingenio y la súbita resolución de esa excelente joven, que sin duda ha conocido tu impostura, nos han salvado... Eres mío—añadió con alegría,—eres nuestro Daniel; no abjuras, no abandonas nuestra religión... ¡Oh, hijo mío, me parece que te he dado á luz dos veces!
—No cantes victoria todavía... Ya oíste lo que dijo ella. No te creyó, ella no duda de mi inocencia.
—Pero ha renunciado á ser tu mujer. Ha demostrado tener buen juicio y una rectitud que tú no conoces.
—¡Impostora!
—¡Y lo dices tú! Yo he aprendido de tí. También Jehová ha hablado á mi corazón y me ha dicho: «sálvale»... ¿Crees que tú sólo eres capáz de ser iluminado?—agregó con ironía.—O el Señor habla para todos ó para ninguno.
—¡Ella no te ha creído! no, no podía creerte. Entre su pensamiento y el mío, como entre nuestros corazones, existe una cadena misteriosa.
—Ella no me ha creído; pero me han creído los demás. Esta honrada familia no querrá cuentas contigo.
—Probaré mi inocencia.
—Así como es fácil infundir sospechas, es muy difícil destruirlas. El sér humano es así. Te exigirán pruebas que á mí no me han exigido.
—Las daré.
—Tendrás que ir á Inglaterra, volver...
—Iré, volveré.
—Pero en tanto tiempo... Por ahora eres mío. Tengo el apoyo de una autoridad, de cuyo celo podrás tener idea, observando que en mi dedo no existe ya el brillante de gran tamaño que me regalaste.
Esther mostró su mano derecha.
—Ese horrible alcalde—dijo Morton,—no podrá prolongar mucho su indigna farsa venal.
—El cónsul llega esta tarde. También es mío.
—Me presentaré al Gobernador...
—Para eso se necesita tiempo... y yo, una vez conseguido mi principal objeto, que es poner una insuperable barrera de sospechas entre tí y los Lantiguas, no te molestaré más.
—¿Qué barrera es esa?
—Enseñar á esta gente la carta en que manifiestas á tu padre el secreto de tu cristianismo.
—No puedes tener esa carta.
—He telegrafiado á tu padre, diciéndole que me la mande en cuanto la reciba—dijo Esther con la severidad de un juez que sentencia.—Entre tanto mi deseo ha sido aplazar, detener. La comedia de hoy no ha tenido otro objeto.
—¡Aplazar, detener!—murmuró Daniel, meditando en cosa tan sencilla, cual si se hubiera vuelto idiota.
—Sí, el alcalde me ha asegurado que podría detenerte hasta tres días, amparado del desgobierno que hay en España... Dirá después que se equivocó, que estabas predicando el hebraísmo en las calles... dirá cualquier cosa, y no perderá su vara por eso... Además de esto, los Lantiguas, si no están absolutamente convencidos de tus maldades, sospechan, y mientras sospechen no habrá conversión, ni matrimonio, ni nada... En tanto llega la carta que escribiste á tu padre...
—Yo desbarataré tus maquinaciones. Esto no puede ser. Tendrás compasión de mí: soy tu hijo. ¡Y dices que me has dado á luz dos veces!... Yo digo que la única ha estado de más.
—¿Para qué te afanas por lo imposible?—dijo la madre cariñosamente.—Mis estratagemas lo mismo que tu febril desasosiego no tienen objeto ya. Tu esposa te ha despedido. Tu esposa se divorcia y toma otro marido, el hombre clavado. Y todavía dudas, todavía tu alma se apega á ella, que te desprecia.
—Eso no puede ser.
—¿No la oíste?
—Sí; pero será un capricho momentáneo... Pasará, recobrará su buen juicio.
Entró en el mismo instante D. Buenaventura, serio como quien asiste á un funeral, y con voz conmovida dijo:
—La resolución de mi sobrina es irrevocable. Todo concluído.
—¿Verdad que no hay esperanzas?—dijo Esther.
—Ninguna. Mañana partirá Gloria para Valladolid con mi hermana.
En la pieza inmediata habían cesado los susurros del alcalde, Sedeño y Romero; los tres atendían.
—Salgamos de aquí—dijo Esther con impaciencia tomando el brazo de su hijo.
—Todo ha concluído—repitió el banquero abrumado de pena.—Dios no quiere, no quiere, porque en verdad... se ha hecho todo lo que se ha podido.
Daniel se levantó. Parecía que llevaba encima todo el peso del mundo.
Esther y su hijo salieron. Ella iba como quien va á la patria, él como quien marcha al destierro. Al poner el pié en el jardín, el hebreo se estremeció de piés á cabeza sintiendo una voz... Era la voz de Gloria que reía. Nunca había oído Daniel aquella hermosa voz desplegarse en risa semejante.
—Adelante; no te detengas—dijo Esther guiándole como el lazarillo al ciego.—Ya estamos en salvo.
Unos cuantos pasos más, y salieron del jardín en cuya puerta estaba Sansón, como gigante de centinela en el pórtico de un castillo de hadas.
XXX
La visión del hombre sobre las aguas.
Gloria y sus tres tíos subieron tan taciturnos, que parecían estátuas movibles. Por la fisonomía de cada uno podía colegirse el estado de su alma. Serafinita y el arzobispo oraban, D. Buenaventura renegaba. Gloria sonreía, y al mismo tiempo su palidéz tomaba un tinte cadavérico. Al entrar en su cuarto se sentó entre Serafinita y el prelado, cada uno de los cuales le tomaba una mano.
—¿Qué tal te encuentras, chiquilla?—preguntóle Su Eminencia tratando de dar un giro festivo á la situación.
—Muy bien, tío.
—Mira tú por dónde ha venido á resultar que escogieras el camino más corto para llegar al Cielo—añadió D. Angel.—Díme la verdad, ¿está tu alma tranquila?
—Sí señor, me parece que tengo tranquilidad, ó una cosa que es como la tranquilidad—dijo Gloria oprimiéndose el pecho.
—¿Estás contenta?
—Sí señor. Cuando dije lo que puso fin á las cuestiones, lo dije... qué sé yo... parecióme que brotaba en mi alma un surtidor, una fuente... El agua de ella fueron mis palabras.
—¡Bendito sea el Señor!—exclamó Su Eminencia juntando las manos en actitud de oración.
Por las mejillas siempre sonrosadas de Serafinita corría una lágrima.
—El Señor es demasiado bueno con nosotros—declaró la dama juntando también las manos como D. Angel.—Nos da satisfacciones y regocijos que no merecemos.
—Querida tía—dijo Gloria mostrando de nuevo aquella lúgubre sonrisa que en su rostro hacía el efecto de las flores de trapo con que se adorna á los niños muertos.—Cuando usted quiera nos iremos á Valladolid.
—Mañana—repuso el Mefistófeles del Cielo con viveza suma, enlazando con ambos brazos el cuerpo de su sobrina.
—¿Para qué tanta prisa?
—Mañana, mañana—repitió Gloria.—Deseo morir.
—¿Qué es eso de morir?—dijo Su Eminencia examinando con recelo el semblante de la joven.
—Llamo yo morir á esto.
—Tiene razón—indicó Serafinita.—Morir para todo y vivir sólo para Dios.
Don Buenaventura salió del cuarto para anunciar al hebreo que la resolución de la huérfana era irrevocable.
—Irás al convento cuando te repongas un poco—dijo el prelado.—Tu salud no es buena ¡pobre y desgraciada niñita! No puedes ocultar que padeces mucho. La resolución heróica que has tomado, esta resolución que bastaría, por la inmensidad del sacrificio que encierra, á aligerar tu alma del peso de las más grandes culpas si las tuvieras; esta grande y meritoria abnegación que con asombro hemos presenciado, no puede menos de producir un gran trastorno en tu ya decaída salud. ¡Oh! ¡qué hermosa y grande me has parecido! Bien conozco el estado de tu alma; bien sé que si no está limpia aún del tenebroso amor que la ha obscurecido, háse purificado de toda intención pecaminosa. Bien sé que en ella todo es rectitud, deseo de enmienda, afán de poseer á Dios, anhelo de humillación y de padecimientos. Y si no lo creyera yo así por la confesión que me has hecho, bastaría el acto que acabamos de presenciar para creerte regenerada. Y si ya no te lo hubiera dicho, ahora te diría con todo mi corazón: «Levántate: todos tus pecados te son perdonados. Yo te bendigo en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.»
Gloria humilló su preciosa cabeza, sobre la cual el apóstol puso su santa mano.
—Por una circunstancia estimo meritoria y sublime tu determinación—añadió dejando el tono evangélico.—Tú afirmáste no creer nada de lo que la madre de ese hombre nos dijo.
—¿Cómo he de creerlo? Al punto comprendí que era una farsa.
—Pues si le crees bueno y honrado (y en eso no sé qué decir, pues tengo mis dudas); si al mismo tiempo le veías próximo á abrazar tu religión; si todo se te presentaba propicio, todo lisonjero, ¡qué grande has sido al decir: «renuncio á todo, desprecio todos estos bienes temporales y transitorios, y quiero perderme por salvarme, quiero dejarlo todo por tí, Dios y Señor mío!»
—Antes moriré que poner discordia entre una madre y un hijo—dijo Gloria mirando al cielo.—Además, no creo en la sinceridad de su conversión, y el camino escogido aquí para traer esa alma preciosa al reino de la verdadera luz, no es el más á propósito. Hay otro mejor.
—Sí, hay otro, el único—indicó Serafinita con místico arrebato, tomando una mano de Gloria y estrechándola contra su pecho.
—El será cristiano—afirmó Gloria con emoción.
—Será cristiano—repitió la predicadora.
—Cúmplase la voluntad de Dios—dijo el prelado mirando al suelo.—Ahora, querida niña, procura tranquilizarte. Serénate, irás al convento cuando estés más sosegada.
Gloria volvió á sonreir.
—¿Estás alegre?
—Sí; por delante de mí—repuso la joven con cierto desvarío,—pasan unas cosas que me hacen reir. ¡Son tan graciosas...!
De pronto lanzó la carcajada que Daniel había oído al salir de la casa. D. Angel y su hermana, asombrados y temerosos, la miraron.
—Gloria, hija mía, ¿qué tienes?
—¿Por qué ríes así?
Reclinó la joven su cabeza en el respaldo del sofá, y poco á poco fué extinguiéndose en sus labios la risa y se quedó seria. Tomó su cara la taciturna seriedad de los muertos.
—¡Pobre hija de mi corazón!—exclamó el prelado, contemplándola con lágrimas en los ojos.—Buenaventura, Buenaventura.
El banquero subió con presteza.
—Si no tengo nada...—dijo Gloria apartando á un lado y otro de la frente sus cabellos.—¿Qué hablan ustedes ahí de médicos y de medicinas? Yo no tengo nada. Sólo estoy pensando en que antes moriré que separar á un hijo de la madre que le adora.
Levantándose, dió algunos pasos con agilidad graciosa por la habitación.
—No, no, esa carne mortal no está buena—observó Su Eminencia con disgusto.—Buenaventura, manda llamar á D. Nicomedes.
—Acaba de llegar y abajo está charlando con el cura y con D. Juan Amarillo.
El médico subió, y sus chistes, sus oportunas observaciones, sus cariñosos comentarios acerca del mal de Gloria alegraron por breve rato á toda la familia. Era un hombre que infundía á los enfermos un espíritu de fortaleza tal que no podía menos de influir lisonjeramente en la salud. Curaba como cualquier otro buen médico; pero sus enfermos tenían, mediante él, la fe y la devoción de curarse. En sus diagnósticos empleaba las más gallardas figuras. Según él el corazón de Gloria era un caballo desbocado. Su pensamiento un pájaro que habiendo remontado mucho el vuelo, se había cansado y no hallaba monte en que posarse y tenía que seguir volando ó dejarse caer. Sus nervios eran una casa de fieras, en la cual se hubieran abierto todas las jaulas. Con esto se reía la familia.
Antes de retirarse, D. Nicomedes manifestó confidencialmente al prelado y á su hermano que el estado de Gloria le alarmaba mucho; que el desorden de su naturaleza era completo; que un absoluto reposo físico y moral sin ninguna emoción era indispensable para salvar tan preciosa existencia, y que ésta, sujeta á terribles crisis nerviosas, podía llegar á depender de un cabello.
Con tales advertencias juzgaron conveniente someterla á un régimen de descanso, y después de obligarla á acostarse, acompañáronla todos en la primera parte de la noche, compitiendo en manifestaciones cariñosas y tratando á porfía de dar á la tertulia el tono más alegre. Por consejo de D. Buenaventura no se habló nada absolutamente de religión, ni de la escena de aquella tarde, ni del convento de Valladolid, ni de sacrificios, ni de padecimientos, ni de cruces, ni de calvarios.
Afligidísimo estaba el pobre banquero por ver malogrados sus generosos planes, y sentía la compasión más viva hacia su sobrina. Al anochecer tuvo que habérselas con D. Juan Amarillo, que, sin reparar en conveniencia alguna, abordó el asunto de la compra de la casa. Pero hallándose Lantigua de muy mal talante, el alcalde no pudo obtener tampoco aquella vez una respuesta categórica, por lo cual se retiró triste y mustio, sin tener más consuelo que mirar desde el jardín la fachada del edificio y pensar en las reparaciones que le haría por dentro y por fuera cuando Dios quisiera ponerle en sus manos.
Don Buenaventura dió una vuelta por el pueblo, con objeto de ver á algunas personas. Después volvió á la casa. Era tarde. La familia había cenado ya, y el prelado se retiraba á su cuarto. Gloria aprovechó un instante en que estaba solo con ella en la alcoba su tío D. Buenaventura, y le llamó con la mano.
—Tío—dijo Gloria con voz muy débil,—¿quiere usted decirme una cosa?
—Lo que quieras, queridita—repuso Lantigua con el mayor cariño.—¿Qué deseas saber?
—Una cosa. ¿Se han ido?
—¿Quiénes?
—Esa gente.
—¿Los...?
—Los judíos—dijo Gloria bajando tanto la voz que apenas se oía.
—¿A qué te afanas por lo que no te importa? Duerme en paz.
—Deseo saberlo... Lo deseo mucho.
—Pues bien, niña mía, se van mañana temprano. La madre y el hijo están preparando todo.
—¿Les ha visto usted?...
Los ojos de la huérfana brillaban tristes y curiosos.
—Sí y no... he visto al hijo. Hace un momento entraba en casa de Caifás... A dormir, señorita, á descansar.
Cariñosamente besó sus abrasadas mejillas. El arzobispo y Serafinita entraron. Los tres contemplaron en silencio á la joven, que cerrando los ojos parecía ceder á las primeras caricias del sueño. D. Angel le dijo frases placenteras, graciosas y llenas de caridad, como él sabía hacerlo cuando visitaba enfermos. Tomóle el pulso, encontrólo excitado, mas no alarmante; recomendóle que rezara brevemente sin fatigar mucho la imaginación, y por último manifestó el deseo de que no se quedara sola aquella noche. Quiso velar junto á ella Serafinita; pero Su Eminencia se opuso resueltamente á ello. Instó la dama, opinó Gloria como su tío, estuvo á punto de enfadarse el metropolitano, y entonces Serafinita, cuya ley era la obediencia, cedió el puesto á Francisca. Esta trajo su colchón, encendió la lamparilla, y se dispuso á pasar allí la noche. Retiráronse los demás.
Transcurrieron las horas, y la casa continuaba en profundo silencio. Gloria se sumergía lentamente en las cóncavas honduras de un letargo febril. Su espíritu pugnaba por vencer aquel sopor de muerte, y en sus esfuerzos había la trémula ansiedad del que suspendido sobre un abismo se agarra á la débil rama de un árbol para no caer. Aquel abismo era la muerte. La infelíz se abandonó al fin, y con angustia dijo en su alma: «Me muero.» Y en la vaguedad de sus sensaciones y de sus ideas, figurándose que su persona era simplemente un nombre escrito, decía: «Me borro.»
Al mismo tiempo estrechaba sus dos brazos fuertemente contra el pecho; ademán que era el amoroso y último adiós á dos séres queridos. Gloria les besaba en idea, y dándoles vida y cuerpo en su fantasía poderosa, les prodigaba tiernas caricias y los nombres más dulces del lenguaje del corazón. La pobre enferma seguía descendiendo. Parecióle que venía contra ella un soplo helado, y agitándose y gimiendo como una llama, se apagó. Entonces dijo: «Verdaderamente estoy muerta. Ya no veré más á las prendas de mi corazón.»
La pobre se sintió llorada por su familia, se sintió amortajada por la piadosa mano de su tía, que se le representaba como un ángel blanco y sereno; se consideró puesta en una caja fría y dura, y fué rodeada de silencio y alumbrada de tristes luces. Y sin embargo, en medio de tan lúgubre calma, atendía al fenómeno de su muerte, lo observaba, se miraba en él como en claro espejo, y en él veía reflejarse su hermosura, su amor, sus padecimientos, todo lo que constituía la desgraciada personalidad que en el mundo llevaba el nombre de Gloria.