Part 23
La joven exhaló tenue suspiro, y con él, como el último vagido del alma que se marcha, un sí. Pero sus cerrados ojos parecían hundirse y sus labios perdieron el color. Daniel le tentó las manos y sintió la suya oprimida fuertemente por las de ella, con la energía que imprime á los músculos la emoción de un adiós postrero. Luégo creyó notar que el pulso de la joven se extinguía; advirtió extremada frialdad en su frente; tuvo miedo; la llamó.
—¡Gloria! ¡Gloria!—oyeron las soledades del campo.
La joven no respondía; pero entreabrió ligeramente los ojos, sonrió después y sus manos crispadas apretaron con más vigor las del hebreo.
—¡Gloria! ¡Gloria!—gritó éste de nuevo.
Los labios de la hija de Lantigua quisieron hablar, mas nada dijeron. Hizo un gran esfuerzo, y entreabriéndose sus párpados, mostraron las negras pupilas que parecían decir con su lenguaje mudo: «Que te vea un momento más.»
El extranjero esperó un instante en ansiedad terrible.
—Es un desvanecimiento—dijo para sí.
Y al instante gritó:
—¡Sansón, Sansón!
Sin esperar auxilio, Morton, levantándose con su preciosa carga, marchó hacia Ficóbriga. Caifás, Sildo y Sansón salieron á su encuentro.
—Ya sabía yo que había de pasar alguna cosa mala—gruñó Mundideo.
—¿Qué es eso, señor?—preguntó Sansón.
—Un desmayo, sin duda—indicó Caifás, examinando á la señorita.—¡Rayos y centellas! ¿y á dónde la llevamos ahora?
—A su casa.
—¡Jesús, María y José!
—No perdamos tiempo—indicó el hebreo.—Adelante. A casa de Lantigua. Temo cualquier accidente desgraciado si no la auxiliamos pronto... Tú, Caifás, guía... por aquí.
Llegaron. La verja del jardín estaba abierta, por ser costumbre de la casa no cerrarla nunca. Un perro empezó á ladrar furiosamente. Caifás pedía á Dios que se abriese un gran hoyo en la tierra y le sepultase; pero Morton, fijo en su objeto y sin atender á ningún accidente, no se detuvo hasta llegar á la puerta.
—Sansón, llama.
Tenía la puerta de la casa de Lantigua un pesado aldabón de cobre, que martillaba sobre enorme clavo de luciente cabeza. Cuando el forzudo inglés cogió con su mano de león el llamador y lo sacudió empleando fuerza igual á la que arrancó las puertas de Gaza, los furibundos golpes, semejantes á disparos de cañón, hicieron retemblar con tal estrépito la casa, que ésta parecía la mansión del trueno.
XVII
Declaración.
Serafinita dormía tranquilamente, cuando empezó á soñar que el mundo se partía en dos pedazos; al golpe de un martillo celestial que iba á destruir en pocos momentos la obra de siete días, endurecida por seis mil años. Mas esta idea empezó á pasar por la serie de transformaciones y de matices que enlazan lo soñado con la realidad. Tuvo miedo, dudó si creer á sus sentidos, que le anunciaban un terremoto, hizo la observación de que en otras ocasiones había soñado con cataclismos, incendios y quebrantamientos de astros, cuyos pedazos llovían sobre el nuestro; pero su conocimiento fué muy claro al fin, y dióse por despierta.
Sintió voces en la casa, y Francisca, llegando á su puerta, dijo con voz muy angustiada:
—Señora, señora, levántese usted.
—Francisca... ¿qué?... ¿hay fuego?
—No señora... levántese usted.
—¿Hay fuego, mujer?
—No señora, otra cosa peor.
—¡Jesús, María y José!—exclamó doña Serafinita, invocando con su acostumbrado fervor y piedad á Dios y los santos.
Comenzó á levantarse con mucha presteza; pero las piernas le temblaban, y chocaban sus dientes unos con otros...
—Señora—volvió á decir Francisca,—¿no se levanta usted?
—¿Qué hay?
—La señorita Gloria...
—¿Pero qué le pasa, mujer?
Quiso acelerar más la operación de vestirse, y evocando las fuerzas de su espíritu, que eran grandes, trató de sobreponerse á su pavor. Estaba aún á media tarea cuando sintió los pasos de su hermano que bajaba precipitadamente. Después sintió voces desconocidas en el comedor.
—Esa pobrecita—pensó,—habrá tenido un susto, una pesadilla, habrá alarmado la casa... pero esas voces desconocidas...
Salió al fin, y en el pasillo, Francisca que volvía de la cocina, le dijo:
—No ha sido nada, un desmayo. Ya ha vuelto en sí.
Fácil es comprender el estupor de Serafinita al ver á su sobrinita vestida como si acabara de llegar de la calle, y á dos hombres desconocidos, uno de los cuales la asistía juntamente con D. Buenaventura. La piadosa y noble señora permaneció en pié, aterrada, con los ojos fijos, el labio á punto de soltar la palabra, extendida una mano, todo su cuerpo y fisonomía como estátua labrada en representación del ideal del asombro. Sansón estaba junto á la puerta, serio y estirado como un centinela; mas á una señal de su amo se retiró.
—No es nada—dijo D. Buenaventura lleno de turbación, pareciendo muy disgustado de la presencia de su hermana.—¿Para qué te has levantado, Serafina?
—¡Ha salido!...—exclamó la señora con espanto señalando á su sobrina.—¡Ha salido...! ¡Gloria!
—No... es que—repuso D. Buenaventura pálido y balbuciente.—Sí... en efecto... salió... Ya ves cómo ha regresado. La pobre ha tenido un susto.
—¿Y este hombre quién es?—preguntó Serafinita señalando al hebreo.
—Es... un señor... un amigo mío—replicó Lantigua.
—Daniel Morton—dijo él presentándose con respeto.
Serafinita tembló como si sintiera súbito y abrasador el calofrío de una enfermedad fulminante. Acudió á ella prontamente D. Buenaventura temeroso de que la impresión recibida la trastornase, y afectando tranquilidad que estaba muy lejos de tener, dijo:
—Querida hermana, no te aflijas sin motivo. Aquí no ha pasado nada de particular. Este caballero pasaba casualmente cuando...
—¿Por qué no decir la verdad?—manifestó Daniel interrumpiendo.—Yo detuve su coche cuando volvía...
Gloria, que había recobrado el conocimiento y lloraba en silencio, cayó de rodillas delante de su tía, besóle las manos, y entre ahogados sollozos, bebiéndose las lágrimas, habló así:
—Señora, tía de mi corazón, he faltado, he pecado contra la obediencia, contra la resignación, he faltado á mis votos y al deseo y á las órdenes de usted; pero merezco perdón porque soy madre... Soy madre y he ido á ver á mi hijo, de quien me separa una prohibición justa, pero á la cual no me puedo resignar.
A la declaración de Gloria sucedió tétrico silencio, por lo cual aquella fué más solemne. Creeríase que sus palabras subsistían sonando, y quedaban como grabadas en el silencio mismo.
Don Buenaventura levantó á la joven del suelo, hízola sentar, colocóse á su lado doña Serafina que también lloraba, y los dos hombres permanecieron en pié consternados y mudos.
—No he podido resistir á mi afán—continuó Gloria.—Me he portado, querida madre mía, como los hipócritas, como los ladrones, y he salido en silencio, á deshora, cuando todos dormían, acompañada de un hombre humilde que en todo me obedece... Esta es la verdad. Lo digo porque há tiempo que esto se me sale del corazón y no puedo ocultarlo, porque me dan ganas de salir á la calle y decirlo á gritos... Lo digo también porque no se crea lo que no es, al verme entrar como he entrado...
—Sosiégate, hija mía—dijo Serafinita con ternura.—Creo que tus móviles siempre son buenos y honrados. Esto mismo que me cuentas y que me ha dejado absorta, esta misma desobediencia ha sido impulsada por un sentimiento noble, por el más noble de todos después del amor de Dios, sí, después.
A las palabras de doña Serafina sucedió otro espacio de silencio, que las hizo, como las de Gloria, más solemnes, dejándolas, por decirlo así, esculpidas.
—Por eso—continuó la señora acariciando las manos de su sobrina,—no me atrevo á dirigirte una sola palabra de reconvención... Ahora me explico lo que oí de tus salidas de noche... ¿Por qué has hecho esto?... ¡Qué confusión!... Pero no es oportuno reprender... no... Un preciosísimo sentimiento te ha guiado... No necesito explicaciones respecto á la circunstancia de volver acompañada... Segura estoy de que no es culpa tuya.
Doña Serafina miró al hebreo sin rencor ni curiosidad, como si tratara más bien de pedirle con suplicante modo estrecha cuenta de la perdición de un alma, que de confundirle con anatemas.
—Ahora, á descansar—propuso D. Buenaventura;—estás fatigada, hijita. Vamos arriba... No se piense más en lloros ni sofocones. A descansar.
—Este hombre—balbució Serafinita señalando á Morton,—no necesitará que le demos hospitalidad. Tendrá su casa donde pasar la noche.
—Estoy dispuesto á retirarme—dijo Morton, pálido como un muerto,—pero si la señora me lo permite, antes hablaré un poco con su señor hermano.
—Yo también tengo que hablar. Al momento soy con usted—dijo D. Buenaventura, enlazando con el brazo la cintura de su sobrina para conducirla á lo alto de la casa.
Morton se quedó solo, esperando al banquero que no tardó en volver. El poderoso argumento de ternura que guardaba éste para la ocasión más favorable, habíase enunciado por sí mismo.
En el vestíbulo de la casa, Roque y Francisca entablaron viva disputa con Sansón, intentando convencerle de que debía ponerse inmediatamente en la calle; pero él, haciendo más gestos que un molino de viento, ya que con la lengua no podía explicarse, les decía que mientras su amo estuviese dentro de la casa, él no saldría. Reforzó luégo Francisca sus argumentos con empellones y denuestos terribles. Al fin transigieron, conviniendo en que ni saldría á la calle ni aguardaría á su amo dentro de la casa, quedándose entre infierno y cielo, ó sea en el jardín. Al bajar la pequeña gradería de la puerta principal, decía en alta voz recordando los libros santos:
—«Mejor es que se encuentre un hombre con una osa á quien hayan robado sus cachorros, que con una mujer necia.»
XVIII
Pasión, sacrificio, muerte.
—Acuéstate—dijo á Gloria doña Serafina, cuando se quedaron solas en la alcoba de aquélla, después de bajar D. Buenaventura y de salir Francisca, á quien la señora mandó retirarse.—Estás cansada.
—Sí, mucho—murmuró Gloria con desfallecimiento, apoyando su cabeza en la palma de la mano y el codo en el lecho.
—Acuéstate—repitió doña Serafina quitando el mantón á su sobrina.—Ven, te desnudaré.
—No tengo fuerzas para nada—dijo Gloria, dejando caer los brazos después que se incorporó un instante.—Haga usted el favor de llamar á Francisca, no tengo fuerzas para nada.
—Yo estoy aquí—indicó la señora desabrochándole el vestido.
—No, tía, por Dios, yo lo haré.
Después doña Serafina se arrodilló delante de ella, con objeto de descalzarla.
—No... tía, ¡por amor de Dios!—exclamó la joven rechazando con rubor aquel servicio.—¡Usted de rodillas delante de mí, usted como una criada!
—Así comprenderás la humildad—dijo Serafinita.—¿Qué importa que yo sea tu criada? Debemos creernos siempre inferiores á los demás. La mejor manera de conservar la humildad es creer que todos valen más que nosotros.
—No, no lo puedo consentir.
—Me causarás pena si te opones á que te sirva, querida hija. Déjame. Es mi gusto. Tú necesitas de mi auxilio porque estás fatigada, pobre y desgraciada niñita.
—En fin, entre las dos saldremos del paso.
Gloria procuró vencer su cansancio, y al fin reposó en su lecho, del cual había salido tres horas antes. Los gallos cantaban más fuerte, anunciando la proximidad del día.
—¿Quieres tomar algo?
—No, querida tía, gracias.
—¿Tienes sueño?
—Tampoco.
—¿Te molesta mi compañía? ¿Quieres que me vaya ó que me quede?
—Que no se separe usted de mí es lo que deseo; pero no quiero que usted esté en vela por mí.
—¿Te agrada mi compañía?
—Mucho... Me consuela mucho oir su voz... Yo quisiera hablar algo también. Tengo muchas cosas que decir.
—Pues dímelas.
—O mejor será que me calle. Si no está usted muy cansada, querida tía, no me deje sola, porque no dormiré y estaré pensando horribles disparates... Pensaré mucho en el afán que me ha sacado de mi casa á hurtadillas tres noches, y en otras cosas que me turban mucho.
—Te acompañaré si quieres.
—Siéntese usted ahí, junto á mi cama, y repréndame por mi mala conducta. No debí hacer lo que he hecho, ¿verdad?
—Quizá esta falta no sea tan grande como tú crees.
—¿Merece perdón?
—Sí, merece perdón, y yo te lo doy con toda mi alma—repuso amorosamente Serafinita, poniendo su suave y blanca mano sobre el angustiado seno de Gloria.—¿Has podido creer otra cosa en mí? ¿Has visto en mí alguna vez crueldad, violencia ó coacción brutal? ¿He empleado otros medios que la exhortación, el ruego y el natural influjo que los mayores ejercen sobre los pequeñitos, sobre los niños...? Porque tú eres una niña, un tierno arbolito al cual es preciso guiar y poner derecho para que jamás y por ninguna causa se tuerza de nuevo. La prohibición de ver á tu hijo y la dura ley de tenerle alejado de tí en estas circunstancias, no es mía, es de nuestro común padre espiritual, de mi bendito hermano Angel; ya sabes que debemos obediencia ciega al prelado y respeto al hermano.
—Mi tío es muy santo, muy bueno; yo le respeto y le quiero mucho; pero en este caso... no sé... yo creo que su conducta conmigo y con mi pobre hijo desvalido no es la más generosa ni la más humana.
—Por todos los santos, niña mía—dijo doña Serafina con aflicción,—por tu alma, querida, que está en grandísimo peligro, no digas tales cosas. Ese es tu flaco, la soberbia, la independencia de juicio, la crítica, la perversa crítica de actos y de ideas emanadas de la autoridad. Hija de mi corazón, mientras no te sometas por entero, no tendrás paz; mientras no renuncies á ese perverso juicio de las determinaciones superiores, no alcanzará tu espíritu sencilléz ni pureza, ni la humildad que ha de acercarte á Dios.
—No lo puedo remediar, querida madre, por más que trato de sojuzgar mi entendimiento, por más que le pongo ligaduras y le azoto y le pisoteo... sí, todo eso hago... pero aun haciéndolo así no puedo conseguir nada. Todas las fuerzas de mi espíritu no pueden obligar al pensamiento á que se convenza de que un hijo desvalido debe estar separado absolutamente de la madre que le dió el sér, de que eso no es una violación de las leyes más santas, y de que Dios aprueba crueldad tan grande.
—¡Oh, hija mía, expresada de ese modo tu querella parece razonable! ¡Qué horrible cosa! ¡Separar á un hijo de su madre, privarle á él de las caricias y de los cuidados de la que le llevó en sus entrañas!... ¡Quitarle á ella el goce más puro y el afán más legítimo que en humano corazón puede existir, después del amor y del goce de Dios!... ¡Qué barbarie! En efecto, dicho así, parece el caso presente un ejemplo del más fiero y despiadado rigor.
—Es verdad que lo parece, ¡ay!
—Te tengo lástima, la compasión más viva que se puede tener por una criatura—dijo Serafinita apartando su mano del pecho de la joven, como una divinidad que retira su protección.—Hablas y piensas vulgar y torpemente con las vanas ideas de los necios y los soberbios. No penetras el sentido de las cosas, porque no eres sencilla y humilde en tu criterio, porque no tienes el desprecio de tu propio juicio, que es lo que conduce á entender las más elevadas cosas sin trabajo, por la misteriosa luz que se recibe del cielo... Ven acá y díme; ¿acaso mi hermano te ha negado en absoluto las delicias de la maternidad? ¿Acaso ha mostrado saña ó prevención contra ese pobre niño? ¿No te envió su bendición para tí y para él, no te escribió diciéndote que te ama hoy como antes, que te perdona todos tus yerros, que se enternece sólo de pensar en esa inocente criatura que has dado á luz, y que la ama con paternal cariño?...
—Sí, es verdad, es verdad...—repuso Gloria anegada en llanto.—Yo sé que mi tío es el mejor de los hombres... yo también le adoro á él... pero...
—¿Pero qué?... ¡Ay! pobre hija de mi corazón, siento que mis palabras claven otra vez el cuchillo en tu reciente herida no curada; pero es preciso. No, no basta concebir un hijo y darlo á luz para tener derecho á los inefables goces de la maternidad. No ha nacido, no, ese desdichado niño, á quien pusimos por nombre Jesús para que hasta el nombre indique nuestro deseo de criarlo en Jesucristo; no nació, digo, ese infelíz niño de padres unidos por el Sacramento; no nació entre las aclamaciones alegres de una familia, ni entre el regocijo de la Iglesia nuestra madre; no nació rodeado de esa aureola de honra y felicidad que circunda al heredero de una familia ilustre; no nació deseado, sino temido; no nació como una esperanza sino como un horror, y tú misma, al sentir en tu seno las palpitaciones que eran aviso de esa vida nueva que arrancaba de tí, no temblabas de alborozo sino de vergüenza, porque lo que en el orden natural hubiera sido el más dulce consuelo de tu alma y la gala más rica de tu familia y de tu nombre, era en este caso la encarnación de tu infamia. Nació inocente, sí, y sin más culpa que la que todos al nacer traemos; nació digno de ser amado y educado; pero no nació en la sacrosanta ley de la familia cristiana. Lleva en sí el baldón de tu ignominiosa caída, de tu caída, que no vacilo en recordarte, porque tu mayor gloria es padecer, y sólo padeciendo has de regenerarte... ¿Has olvidado que tu caída es la más deshonrosa que se puede imaginar? Jamás el demonio tendió lazo más horrible. Escogió la mejor criatura para víctima, y para cebo... un hombre de raza maldita por Dios, la cual expía el crimen de deicidio con su dispersión y envilecimiento.
Gloria que había oído la anterior arenga con indecible congoja, sintió, al llegar el último punto, que sus cabellos se erizaban, que sus músculos se contraían, que su sangre se paralizaba... Extendió una mano como para imponer silencio á la señora, y con la otra se oprimió la frente.
—Te mortifico—dijo Serafinita.—Callaré, pues, porque no puedo faltar á la caridad. Pero por tu parte debes desear la mortificación, debes buscar el padecimiento y renovar tus dolores y clavarte cien veces estas espinas y estos clavos, pues sólo cuando no te canses de padecer, cuando hayas bebido el cáliz de la pasión, serás salva y regenerada, hija mía querida.
—Pues siga usted, quiero oir.
—No; sólo me resta decirte que mi hermano ha considerado con gran sabiduría que ese niño debía ser reclamado por Jesucristo, puesto en salvo, en seguridad, con garantías de que nunca dejará de pertenecer á nuestra santa fe católica.
—Pues qué—objetó Gloria vivamente,—¿temen que yo sea capáz de apartar á mi hijo de la fe de Jesucristo?
—Tú no... si bien tus ideas no son lo más á propósito para darle una educación verdaderamente cristiana... Y mientras no veamos completa y absolutamente limpio tu corazón de liviandad, de vanidades sentimentales...
—Pues qué, ¿no lo está ya?—dijo Gloria vivamente.
—¡No, querida hija mía, no lo está! Bien conozco que existe aún la levadura del desordenado afecto y de las mundanas imaginaciones que trastornaron tu alma, y sumieron en terribles calamidades á tu familia. Mientras esa levadura exista no podemos esperar nada de provecho para tu perfección moral.
—Si algo me queda—repuso la sobrina con resignación,—yo lo iré arrancando poco á poco, que no he de hacer yo en un día lo que personas muy santas no consiguieron sino á fuerza de paciencia, abstinencias y mortificaciones.
—Tienes mucha razón—dijo Serafinita con complacencia;—pero es la verdad que el estado de tu espíritu no es el más á propósito para que te entreguemos á tu hijo. «Mientras exista sobre la tierra el que la engañó, ha dicho mi hermano, Gloria estará en peligro de caer de nuevo.» Pues bien, desgraciada, ese hombre no sólo existe, sino que te persigue, te ha buscado... ¡está aquí, en Ficóbriga, y anoche...! Con respecto á tu hijo, la voluntad de mi hermano es bien clara. «Puedes concederle, me escribió desde Roma el mes pasado, algún consuelo, permitiéndole ver á esa tierna criatura, aunque no conviene que se exalten demasiado sus sentimientos maternales. Puedes permitirle este desahogo tan natural y de tan buen origen; pero si por acaso el _Malo_ se presentase en Ficóbriga, establece la incomunicación más absoluta; esconde á nuestro buen Jesús, que criamos para el cielo; ponlo donde sus extraviados padres no puedan alcanzarlo, porque temo mucho que perdamos esta tierna alma, ofrenda piadosa de nuestra familia al que hiriéndonos nos ha mostrado su poder, y mortificándonos su misericordia.»
Gloria, al oir esto, cayó en profundo y lúgubre silencio.
XIX
Espinas, clavos, azotes, cruz.
—Tú me dijíste que aceptabas esta cruz como expiación.
—Sí la acepté—dijo la infelíz, después de una pausa en que Serafinita aguardó con impaciencia la contestación.—La acepté, pero luégo... luégo, querida tía, sentí que no podía, que no podía resignarme á ella; no tuve valor, mentí, disimulé, engañé á todos los de casa, salí ocultamente, después de sobornar á Mundideo para que me acompañara... Me porté mal, lo reconozco; pero el grito que sale de mis entrañas puede más que todo, y cuando él suena en mí no puedo dominarme, ni ser santa como usted dice, ni resignarme á padecer, ni llevar la cruz, ni clavarme clavos, ni beber cálices, ni ponerme corona de espinas.
—Hija mía, cada vez me causa más alarma y miedo ver en tí ese desasosiego que te aleja de la perfección. Tú no estás curada ni puedes estarlo, mientras no hagas un esfuerzo supremo, el último esfuerzo de tu alma pecadora para coger á Dios que se te escapa. Estás llena de ansiedades incomprensibles, de dudas horrendas. No conoces ese admirable fruto del Espíritu Santo que llamamos paz.
—¡Paz!—dijo Gloria con desaliento.—Temo que nunca jamás vuelva á haberla en mi alma.
—Hablas como el réprobo, hija mía. Te hace falta gracia; pero te advierto que lo primero que ha de hacerse para tener gracia es desearla.
—La deseo.
—Pedirla fervorosamente á Dios.
—La pido.
—Es indispensable ponerte en estado de merecerla, sacrificando á Dios todos tus afectos, todos tus deseos terrenos, todo lo que te liga á este mundo; desprendiéndote de todo, absolutamente de todo, para no poseer más que á Dios; renunciando á tener voluntad propia; convenciéndote de que vivimos desterrados en este mundo, de que nada existe bajo el sol que no sea digno de ser despreciado y trocado por la única ganancia real que es Dios. Es preciso que te rodees de tinieblas para que el Señor se digne rodearte de luz; que te anonades y te humilles y te niegues á tí misma; que te sujetes de todo corazón á Dios para poder obtener la verdadera libertad de espíritu; que vivas constantemente mortificada para que no puedas ser tentada; que te creas vil y despreciable para que tu miseria te redima; que renuncies al deseo de saber cosas ocultas y hondas, y abraces la mejor sabiduría y la filosofía mejor que consisten en no tenerse en nada á sí mismo; que no abrigues vanidad de cosa alguna, porque la mayor vanagloria es el desdén de sí mismo; que apartes tu corazón del amor de las cosas visibles para llenarlo de las invisibles.
Dijo estas palabras doña Serafina con emoción tan profunda y tal acento de convicción, que era imposible oirlas sin asombro.
Gloria cruzó las manos sobre el pecho, y con acento de fe respondió:
—A todo renuncio; pero no acierto á renunciar á mi hijo. Me desprecio como mujer; pero como madre no puedo hacerlo. Arranco de mi corazón todos los sentimientos menos éste que me da vida. Ofrezco á Dios todo lo que hay en mí; pero no puedo ofrecerle como un homenaje piadoso la negación de mis derechos y de mis goces de madre. ¿No es esto noble, no es esto santo, no es esto divino también, tan divino por lo menos como esa perfección que consiste en negarse á sí mismo?