Gloria (novela completa)

Part 21

Chapter 213,990 wordsPublic domain

—Que pueda yo además mostrarme libremente en el pueblo, y que cese el absurdo horror que inspiro; que pueda ir á todas partes; que mi nombre no sea una blasfemia...

—Cierto—dijo Lantigua hondamente preocupado.—Es preciso ante todo redimirle á usted de esta horrible abominación pública, indigna de la cultura moderna.

—Sí, sí.

—Y darle á usted alojamiento digno, decoroso, á la luz del día; que no viva oculto como los ladrones.

—Sí, sí, también eso.

El ilustre banquero miró fijamente al suelo, sosteniendo su barba con los dedos de la mano derecha.

—¡Ah!—exclamó de improviso, dándose una palmada en la frente.—Tengo una idea; una idea felicísima.

—¿Cuál?

—Permítame usted que no se la diga por ahora.

—Pero...

—Tendrá usted alojamiento decoroso, y se modificará ó se atenuará por lo menos el rigor de esa implacable opinión pública... Hoy mismo notará usted las consecuencias de mi idea.

—Deseo saberla.

—Confíe usted en mí—dijo el banquero levantándose.—Nos veremos luégo. Voy á ocuparme de usted.

No quiso dar más explicaciones el noble señor de Lantigua, y salió dejando al hebreo en confusión no menos grande que la que al principio de la conferencia tenía. Morton se asomó á la ventana y vió á Caifás enterrando otro muerto.

—Un enemigo menos en Ficóbriga, pensó.

En tanto Lantigua corría presuroso en busca del señor cura D. Silvestre Romero.

XII

La fórmula de D. Buenaventura.

En la tarde del Domingo de Ramos, cuando después de rota y deshecha la procesión se retiraron consternadas á su casa Gloria y Serafinita, ésta mandó á Roque con toda diligencia á Villamojada para que pusiera en la estación telegráfica el siguiente despacho:

«A D. Angel María, cardenal de Lantigua, arzobispo de X***, en el palacio arzobispal de Toulouse (Francia).—Gravísimo peligro. Enemigo en Ficóbriga. Ven al punto. Serafina.»

El Sr. D. Angel había sido elevado en Noviembre anterior á una silla metropolitana, digna recompensa de sus altos merecimientos y preclaras virtudes. En Febrero concedióle Su Santidad la púrpura, y á principios de Marzo partió para Roma á recibir la birreta. Regresaba en Abril apresuradamente para tomar posesión de su nueva diócesis antes de la Semana Santa, y al atravesar Francia para entrar por Bayona, sintióse acometido de su fiero enemigo, el reuma. Encolerizarse contra el reuma y el mal tiempo y la humedad habría sido encolerizarse con Dios; por lo tanto, llenóse de resignación, y en vez de irritarse, suspiraba. No obstante la cojera, insistía en proseguir el viaje; pero los médicos ordenáronle descanso, y el arzobispo de Tolosa de Francia, grande amigo suyo en el Concilio, le invitó á que descansase. No lo hizo de muy buen grado Su Eminencia; mas las traidoras piernas se negaban á obedecer al corazón. Escribió á su hermana, y entre otras cosas le decía:

«No estoy tan mal que no pueda ponerme en camino si un urgente negocio lo exige. Si ocurre algo muy grave en nuestra familia, ó si se presentara en Ficóbriga el antedicho sugeto (en los primeros párrafos de la carta hablaba de él), avísamelo sin pérdida de tiempo, pues aunque deba ir arrastrándome seguiré mi itinerario.»

De las intenciones y pensamientos del señor cardenal no tenemos aún conocimiento exacto, y casi nos atrevemos á creer que Serafinita, á pesar de su buen deseo, no los interpretaba con estricta fidelidad. En cuanto á D. Buenaventura, ya sabemos que deseaba resueltamente poner fin á aquel duro conflicto por medio del matrimonio. No había duda para él respecto á la medicina; pero la fórmula de ésta se ocultaba á su perspícuo entendimiento. ¡La fórmula! Hé aquí el secreto. Era preciso ser Arquímedes, Galileo, Newton, es decir, poseer el genio y la inspiración sublime de los grandes descubrimientos para encontrar aquella fórmula.

Don Buenaventura militaba públicamente en el partido católico, el cual ha extendido á todas las cosas la intolerancia, nervio del dogma. Pero es ley fatal también que al combatir con un enemigo que emplea determinada táctica, se aprende esa táctica, y se la adopta después. Eso le pasó á D. Buenaventura; y el hábito de los parlamentos, del salón de conferencias y de la política menuda enseñóle sin saber cómo el fino arte de las transacciones. Era que su espíritu, por el frecuente combate con las habilidades, llegó á inficionarse de ellas primero, á usarlas instintivamente después, y por último, á creerlas buenas y necesarias.

Había defendido enérgicamente, aunque sin elocuencia, la unidad rigurosa del culto, y eran de oir sus palabras calificando los matrimonios contraídos por personas de diferentes creencias; pero una cosa es la declamación teórica y otra el hecho abrumador y elocuente, más persuasivo que cuanto encierran las bibliotecas. Ante aquel hecho que directamente hería su corazón, D. Buenaventura vaciló mucho, concluyendo por admitir la imprescindible necesidad de un arreglo. Este arreglo era posible con tal que se encontrase la fórmula.

Amaba tan tiernamente á su sobrina Gloria, que en su corazón no la distinguía de sus propias hijas. En Madrid había tomado informes de Morton, y por el barón de W... y otros israelitas con quienes tenía relaciones de cordial amistad ó de negocios, supo nuestro banquero las sobresalientes cualidades de todos los individuos de la familia de Daniel y de Daniel mismo.

—O yo valgo poco, ó les caso—decía Lantigua.—Sobre la conveniencia y la posibilidad de esto no hay duda. El cómo, la pícara fórmula, es lo que falta.

Desde que llegara á Ficóbriga, confió á Romero su pensamiento, y éste se mostró muy dispuesto á admitirlo. Ambos discutieron, indagaron, escudriñaron. Por último, don Silvestre lleno de interés por la señorita de Lantigua, decía:

—No hay más remedio que sacarla á todo trance de tan triste situación. Aquí no se trata de teorías, se trata de un hecho, de un hecho innegable, evidente, terrible. Comprendo que para evitar estos hechos se establezca la unidad religiosa más intolerante, que se expulse, que se queme, que se condene, que se fulminen rayos... pero ya no se trata de prevenir, sino de reparar. No habrá ninguna autoridad divina ni humana que se atreva á decir en presencia de esto: «quédese el mal como está...» Lo que falta es la fórmula, una formulita.

Don Silvestre fué desde entonces cómplice de todos los planes de su noble amigo. Ambos, sin dejar de ser muy católicos y de manifestar inflexibles opiniones, cada cual según su estilo, eran hombres de mundo; habían tomado el tiento á la sociedad; habían sufrido la fascinación de lo práctico, el uno en sus negocios, el otro en sus luchas con la Naturaleza; habían dicho: «conviene huir de la corriente para que no nos arrastre; pero si por desgracia viene un brazo de mar y nos quiere llevar, es tontería luchar con él: hay que sortearlo.»

Don Buenaventura no admitía de ninguna manera el matrimonio puramente civil en aquel caso; ni entraba en sus miras que Gloria fuese á casarse á un país extranjero. Para él la fórmula más aceptable hubiera sido aquella en que el matrimonio se verificase con todas las apariencias de concordancia religiosa.

—Me basta—pensaba,—me basta con que ese hombre nos conceda una farsa de abjuración... Será un malvado si no lo hace... Piense luégo en su interior como le dé la gana. Al fin y al cabo, el fondo, el fondo de todas las creencias, ¿no es uno mismo? La sociedad nos obliga á establecer diferencias en el culto; pero esas diferencias deben desaparecer ante un deber social también muy poderoso... Hé aquí la fórmula; sí, ya la tengo; se la propondré. Una conversión fingida, con reservas mentales... ¡Oh, Dios, Dios! Imposible que tú no seas uno mismo para todos... ¡Ah!... esta es una de esas pícaras ideas que nosotros los hombres de peso no decimos nunca, nunca; no, no se pueden decir; la taimada idea, la saltona y diabólica idea que tenemos asentada en el fondo de la conciencia... Si mi hermano sospechase esto...

El día de la conferencia que hemos descripto habló con D. Silvestre antes de misa mayor, y ambos se pusieron de acuerdo sobre la conveniencia de rehabilitar al hebreo en el concepto público de Ficóbriga, y proporcionarle una entrevista con Gloria.

—¡Ah!—decía D. Buenaventura.—Si esa desgraciada se empeña en no verle, yo probaré que tengo autoridad... Bueno es el misticismo; pero ahora se trata de ajustar una cuenta con la sociedad. La de Dios está ya saldada, y el perdón de nuestra pobre huérfana debe haber sido puesto á la firma allá arriba. Estoy seguro de esto, segurísimo.

Y pensando luégo en Morton decía siempre:

—Se me figura que los mayores obstáculos no vendrán de parte de él. Su fanatismo más que de religión es de raza... Y si aún vacilara, tengo un argumento poderoso, que guardo para la ocasión crítica, un arma de sentimiento, de ternura, con la cual pienso herir en él la fibra más sensible...

Desde el Lunes Santo empezó á correr por Ficóbriga un rumor que en pocas horas dió la vuelta á todo el pueblo y penetró en todas las casas, como un aire fuerte y súbito que sorprende abiertas las puertas y hasta el más hondo rincón se introduce. El rumor era que el Sr. Morton había ido á Ficóbriga con el fin santo de abrazar el catolicismo. Divulgóse esa noticia, que era buena, con la rapidéz de las malas, haciendo efecto poderoso en pueblo tan crédulo como sencillo. No hubo una sola boca que de esto no se ocupase lunes y martes, y por doquiera oíanse exclamaciones de alegría y comentarios optimistas. Hubo quien asegurase haberlo oído de los labios del mismo cura ó de los no menos respetables de D. Juan Amarillo. Causaba igual pasmo la noticia de que el extranjero había sido alojado decorosamente en una de las buenas casas de Ficóbriga, y que se esperaba de un instante á otro al Sr. D. Angel de Lantigua para echarle los Evangelios.

No hay para qué decir que estos rumores llegaron á la casa de Lantigua, y hallando abierta la puerta, se metieron dentro y subieron y bajaron dando vueltas á toda la casa. Pero no entraron sólo por conducto de los criados, sino que el mismo cura, enunciando con su venerable boca, les dió autoridad. El martes por la tarde fué á la casa á ver á su _querida penitente_, y delante de ella y de doña Serafina habló de la estupenda noticia que por el pueblo corría. Apoyóle D. Buenaventura; mas las dos hembras no dijeron nada.

—Si es cierto—dijo Romero decidido á que la idea penetrase donde debía penetrar,—si es cierto, esta conversión será muy sonada. Aquí tenemos al jornalero de las viñas que ha venido tarde; pero que recibirá, según Jesucristo, la misma soldada que los que vinieron pronto. Grandísima gloria será esta conversión para nuestra humilde villa, y también para mí que tuve la dicha de sacar de las aguas...

Viendo que aparentemente no prestaban atención á sus palabras, volvióse á D. Buenaventura y prosiguió así:

—Yo le saqué de las aguas como se saca un pez; de modo que si yo no le hubiera pescado... Y aquí viene bien repetir lo que dijo Nuestro Señor Jesucristo á los Apóstoles cuando recogían sus redes en las orillas del lago de Genesareth: «Seguidme y os haré pescadores de hombres.» Hé aquí que si al fin le bautizo yo, puedo decir con doble motivo que he pescado á un hombre.

Gloria, que leía los oficios del Martes Santo, miraba tan de cerca su libro, que parecía no poder hallarse en disposición de entender la lectura si no se metía las letras dentro de los ojos. Serafinita permaneció inmutable y silenciosa, como si su espíritu, su voluntad y sus creencias se hallaran en esfera superior á todos los miserables eventos de la tierra.

Cuando el cura salió, D. Buenaventura le dijo:

—Basta con que lo sepa... La idea ha de hacer efecto. No es cerebro de paja el suyo, y cuando una idea entra en él... ya, ya levantará buen remolino... ¡Ah! Sr. D. Silvestre... se me figura que hemos encontrado la fórmula, esa suspirada fórmula.

XIII

El secreto.

Por la tarde, miércoles, Serafinita acompañó á su sobrina á dar un paseo por el jardín. Departían sobre cosas triviales; pero la señorita hablaba tan poco, que á veces doña Serafina tenía que suspender su discurso y preguntarle dulcemente:

—¿En qué piensas?

—En nada—respondía Gloria.

—En mucho—afirmó la señora sonriendo.—No creas que te riño por eso. Bien sé que no es cosa fácil purificar completamente el pensamiento de ideas mundanas. Aún lucharás mucho, padecerás congojas, sufrirás terribles asaltos de la mala idea, batallarás horriblemente antes que tu pensamiento limpio y libre se pueda consagrar por entero á Dios... Para llegar á este lisonjero fin, hija mía, no hay mejor camino que el de la desgracia, y prueba evidente soy de ello... Pero has de poner algo de tu parte. Desáhuciale de una vez... Esta idea es dolorosísima, pero muy saludable. Piensa en el ejemplo del tratante en perlas, que presentó Nuestro Señor Jesucristo; y fué que viendo el mercader una perla más hermosa que todas, vendió las que tenía para comprarla. Del mismo modo tú, para comprar la perla del reino de los cielos, es fuerza que vendas todas, absolutamente todas las que posees.

—Menos una—dijo Gloria tímidamente.

—Dios no agradece los sacrificios de las cosas pequeñas, sino los de las grandes... ¿Qué le has ofrecido hasta ahora? Los placeres del mundo, las relaciones sociales, tu fama, tu reputación... Eso no vale nada: lo que El quiere es tu corazón. ¡Los corazones son las joyas con que se obsequia al Eterno Padre! Esos son los diamantes y las perlas de que está formado su trono... ¿Crees que basta el perdón de las injurias, la humildad y la conformidad en sufrir desaires y calumnias?

—Ya sé que ese mérito no es grande, querida tía; ya sé que hay sacrificios mayores, mucho mayores. ¡Dichosas las almas que tienen fuerzas para hacerlos!... Para perdonar á mis enemigos creo que no necesito probar la desgracia. Si en mis tiempos felices los hubiera tenido, los habría perdonado del mismo modo. De la humildad no puedo vanagloriarme, porque no la tengo completa, yo sé que no la tengo; y en cuanto á los desaires y calumnias, escasa virtud hay en sufrir pacientemente los primeros, que bien poco valen. Las segundas, si existen, no han llegado á mis oídos.

—Pues sí, existen las calumnias, querida hija, eres calumniada y voy á decirte cómo, para que perdones á las bocas maldicientes.

—No es calumnia hablar de mi deshonra.

—No se trata de eso; se trata de verdaderas calumnias, de falsedades indignas y deshonrosas, propaladas por personas que se llaman amigas nuestras y que nos deben respeto y consideración, ó por lo menos, la caridad que á todos los cristianos nos une.

—Tristes son los desaires que me han hecho—repuso Gloria:—pero como hijos de una superstición grosera, no merecen gran atención.

—No me refiero al incidente del pollinito—dijo la señora.—Ya eso, después que ocupó bastante las lenguas de Ficóbriga, ha pasado á la historia. Me refiero á calumnias, á verdaderas calumnias que corren acerca de tu conducta. Esta mañana, hija mía, he pasado un rato de dolor y de vergüenza al oir contar...

La voz se ahogó en la garganta de la noble señora; pero haciendo un esfuerzo, continuó así:

—Teresita la Monja, una señora á quien siempre hemos guardado los de casa la mayor consideración, me dijo de tí cosas abominables. He necesitado de toda mi paciencia, de toda la mansedumbre y paz de mi alma para no llenarme de infame ira... Pero hija, ciertas cosas no se pueden oir... no... Oyendo á esa mujer, he tenido que hacer un esfuerzo colosal, sobrehumano, para ahogar en mi pecho la indignación... No he podido contestarle una palabra, y me he deshecho en lágrimas delante de ella y de sus amigas.

—¿Y qué dice de mí?—preguntó Gloria con perfecta tranquilidad.

—Es tan bestial y horrenda la calumnia, que me da vergüenza decírtela; pero te la digo, para que, apurando también este cáliz de amargura, tengas una ocasión magnífica de perdonar...

—¡Perdonar!

—Sí, de perdonar á esas mujeres, como las he perdonado yo. Ni aun quiero hacer comentarios de su maldad; ni siquiera las vitupero como te han vituperado á tí, y tan sólo digo: «Señor, perdónalas, porque no saben lo que se dicen.»

—¿Pero qué es?

—Te horrorizarás; mas no importa. Dicen que á las altas horas de la noche, cuando todos duermen en nuestra casa y en la villa, sales... sí, dicen que sales ocultamente para reunirte en paraje solitario, allá junto al cementerio, con el desgraciado autor de tu deshonra.

Gloria se quedó blanca, inmóvil y muda como mármol. Sin embargo, aquel estupor no indicaba en modo alguno la turbación de una conciencia sorprendida por la denuncia.

—Comprendo tu espanto—añadió la señora.—¡Oh! ¡Cuántas lágrimas he derramado hoy! ¡Oir estas cosas yo, yo, que pondría cien veces mi mano en el fuego por tu inocencia en este caso...! Quise responderles; pero la lengua se me entorpecía... Teresita se reía. ¡Si vieras con qué pérfida seguridad afirmaba haberte visto ella misma!

—¡Ella misma!

—Sí; dice que el lunes te vió. Era más de media noche. Ella había salido á asistir á una sobrina que estaba de parto, la hija mayor del escribano D. Gil Barrabás... Dice que te vió salir de la casa, tomar por la calle de la Poterna... En fin, no quiero atormentarte más. ¡Qué calumnia tan infame!

Era cierto que Teresita la Monja había propalado la atróz calumnia; bueno es asentarlo así, aunque ningún lector habrá puesto en duda la veracidad de la de Lantigua, persona incapáz de mentir. La horrible invención corrió de boca en boca por todo el círculo de beatas, neutralizando el buen efecto que produjera en Ficóbriga el rumor de la conversión del israelita.

—Al principio no creí prudente contarte estas abominaciones—añadió Serafinita con el acento de la lealtad más pura;—pero después he decidido que lo sepas, para que tengas el gusto inefable de perdonar á esas personas... No quiero darles ningún calificativo infamante; sólo pienso en perdonarlas y en rogar á Dios por ellas. ¡Oh! hija mía, este gozo de olvidar la calumnia y perdonar á los calumniadores, no es permitido sino al alma del cristiano. ¿Las perdonas?

—Con todo mi corazón—repuso Gloria, volviendo del estupor que la noticia le produjera.—Y aunque cien veces me difamaran, cien veces las perdonaría.

—Así es como te quiero—dijo Serafinita con efusión de amor y de piedad, abrazando y besando á su sobrina.

No hablaron más de este tema. Ya cerca del anochecer vino Caifás á dar cuenta de la distribución de limosnas que solía hacer por encargo de doña Serafina y de Gloria. Esta, llevándole á su cuarto, le dió más dinero é instrucciones nuevas que no podemos conocer.

Por la noche, los tres Lantiguas hicieron la colación; rezó el rosario la señora acompañada de todos, y cuando llegó la hora de recogerse, dirigióse á su cuarto D. Buenaventura, mientras Serafinita acompañaba á Gloria al suyo, pues era costumbre hacerle compañía hasta que la dejaba acostada, cediendo ya á las dulces caricias del sueño.

—Buenas noches, niña mía—dijo la señora poniendo la mano sobre la frente de su sobrina.—Duerme en paz. ¿Quieres que te apague la luz?... Ya está apagada.

Dió un soplo para matar la luz, y tomando la suya, besó á Gloria con ternura y se fué. Por breve rato oyéronse sus pasos al bajar la escalera; pero al fin extinguióse el ruído y también la triste claridad que dejaba tras sí la vela con que se alumbraba.

Gloria no dormía. Vigilante en medio de la profunda obscuridad de su cuarto, sus negros ojos se abrían ante las tinieblas, como ante un hermoso espectáculo, y su oído acechaba los murmullos de la noche. Aterrada de su propia zozobra, se ponía la mano sobre el corazón para sentir sus latidos, y á ratos suspiraba, moviéndose ligeramente en el lecho. Pasado algún tiempo después de la partida de su tía, alargó el cuello, y contuvo la respiración para que el leve rumor de ésta no se confundiera con los sones lejanos que quería sorprender.

Crujieron en la casa las últimas puertas que se cerraban; allá en lo profundo oíanse á ratos golpes que parecían subterráneos, y eran las pisadas de las mulas en el suelo de su cuadra; después el ladrido de los vigilantes perros que se alborotaban por el paso de una sombra, y constantemente el vibrante chasquido de los sapos, cantores de la hierba húmeda. Los oídos de Gloria, estimulados por la zozobra de su alma, sondeaban el silencio de la noche, penetrando hasta sus últimas honduras para cerciorarse de que la casa se hallaba en completo reposo.

—Ya duerme—pensó.—Todos duermen.

Siguió escuchando, y claramente percibía el resuello de la mar jamás callada ni aun cuando duerme, como en aquella tranquila noche en que sus olas eran suaves dilataciones de un pulmón en reposo... Gloria contaba el tiempo, pues sin necesidad de reloj podía apreciar el número de instantes que transcurrían. No atendía á ninguna idea pasada; toda su alma estaba en lo presente y en aquel rato de acecho, que iba creciendo hasta ser una hora, dos horas...

—Ya es tiempo—pensó.—¿Qué tiene esta noche el reloj de la Abadía que no suena?

Y no había acabado de formular esta idea, cuando se oyó la primera campanada, larga, cóncava, pesada, prolongada como un lamento. Como los duendes que esperan la hora de su libertad, Gloria se incorporó rápidamente. Al dar la segunda campanada, tomó su ropa, tanteando en la obscuridad, pero sin equivocarse, porque sabía muy bien el lugar donde estaba cada pieza. El reloj seguía dando campanadas lentamente, y Gloria con presteza suma se ponía los vestidos, atando cintas y ajustando botones en la obscuridad con incansable mano. Las cintas se enroscaban velozmente como menudas sierpes en su cintura. Gloria, vestida por completo, calzada, envuelta en su manto negro, se puso en pié y dió algunos pasos. Sus manos iban delante como asidas á las manos de un fantasma que la guiaba. No tropezó con ningún mueble, no dió un solo paso en falso, y llegó á la puerta, que abrió tan suavemente, cual si ésta girara sobre goznes de algodón.

Por el corredor discurría como vana creación de la penumbra, llevada en brazos del aire, y sus pasos, como los de piés que andan sobre nubes, no se sentían. Largo rato tardó en descender la escalera, poniendo suavemente los piés en cada escalón, y si algún ligero crujido de la madera anunciaba el peso, deteníase llena de terror, recogiendo todo movimiento en lo íntimo de su alma. Por fin llegó abajo, donde por ser el suelo de mosáico, no era preciso andar con tantas precauciones. Débil claridad de los cielos, iluminados á ratos por la luna, permitía conocer los ángulos y las paredes y puertas del pasillo. Detúvose Gloria ante una, y aplicando el oído á la cerradura, exploró la intensidad del silencio que reinaba detrás de aquella puerta.

—Duerme—pensó.

Sin detenerse después de esta observación, pasó á una pieza que en el fondo de la casa nueva había: allí dió dos golpecitos en una puerta, y ésta se abrió por mano invisible con ligero rechinar. Gloria pasó á la casa antigua, acompañada ya, de alguien que en las tinieblas la guiaba. Poco más duró su tránsito por sitios obscuros, porque ella misma, al fin, con una llave que en la mano traía, abrió una puerta y salió al patio y á la calle, donde la esperaba un hombre. Este le dió la mano para ayudarle á salvar el escalón y ambos desaparecieron sin hablar.

XIV

Casa.

Por indicación de D. Buenaventura, á quien deseaba servir, el mismo alcalde de Ficóbriga, Sr. D. Juan Amarillo, había proporcionado á Daniel Morton un alojamiento decoroso, pues no cuadraba á la cultura de Ficóbriga ni á la proverbial hospitalidad de aquella noble raza cerrar á un sér humano con impía dureza todas las puertas. A estas razones expresadas por el Sr. de Lantigua, añadió Amarillo otras no inferiores en peso, á saber: que siendo el hebreo persona de elevadísima posición social y de grandes posibles, no debía en todo rigor aplicársele el criterio del vulgo; que nada perdía nuestra santa religión porque se diese posada al peregrino, y que la doctrina evangélica prescribía hacer bien á los enemigos.