Gloria (novela completa)

Part 2

Chapter 23,905 wordsPublic domain

Como hombre de convicciones inquebrantables y profundas, honradísimo caballero en su trato social y de intachables costumbres, le estimaban todos. En la vida práctica, Lantigua transigía benignamente con los hombres de ideas más contrarias á las suyas, y aun se le conocieron amigos íntimos á los cuales amó mucho, pero sin poderles convencer nunca. En la vida de las ideas era donde campeaba su intransigencia y aquella estabilidad de roca jamás conmovida de su asiento por nada ni por nadie. Las tempestades de la revolución del 48, de la república romana, de la formación de la unidad de Italia, de la caída del imperio austriaco, de la humillación del francés, de la destrucción del poder temporal del Papa, de la formación de Alemania, Minerva parida por el cerebro de Bismark, y otras menos trascendentales y que, localizadas en nuestra patria, sólo fueron lloviznas menudas en el cielo de Europa, no produjeron en el ánimo de aquel varón insigne otro efecto que el de cimentar más y más su creencia de que la humanidad pervertida y desapoderada merece un camisón de fuerza.

Estos hechos y otras recientes desgracias ocurridas en el suelo patrio, llevaron á Lantigua á un estado de irritación lamentable que dió á sus escritos y á sus discursos lúgubre y displicente tono. Profetizó el vilipendio del próximo siglo, la confusión de las lenguas y tras la confusión la dispersión y tras la dispersión la esclavitud, hasta que una nueva florescencia de la fe católica en los corazones fecundados por la desgracia reorganizase á los pueblos, congregándolos bajo el manto tutelar de la Iglesia. Según él, las decantadas leyes del humano progreso conducen á Nabucodonosor. Antes muriera Lantigua que ceder en esto. Y en realidad ¿cómo había de ceder? Los que han reducido todas sus ideas á esta fórmula abrumadora _ó Barrabás ó Jesús_, necesitan dejarse llevar hasta los últimos extremos, porque la menor flaqueza equivale en ellos á pasarse á Barrabás.

V

Cómo educó á su hija.

Don Juan de Lantigua no había presidido personalmente á la educación de su única hija. Además de que sus ocupaciones en el foro y en la tribuna le dejaban poco vagar para consagrarse á ello, creía que con encerrar á su hija en un colegio bastaba. Lo importante era que en el colegio reinasen buenos principios. Advirtamos que D. Juan enviudó á los catorce años de casado. Su digna esposa le dejó á Gloria, de doce años, y á dos pequeñitos que volaron al cielo, desde Ficóbriga, cuando apenas habían aprendido á andar por la tierra.

Gloria, después de residir algunos años en un colegio, á que daba nombre una de las advocaciones más piadosas de la Virgen María, volvió á su casa en completa posesión del catecismo, dueña de la historia sagrada y de parte de la profana, con muchas, aunque confusas nociones de geografía, astronomía y física, mascullando el francés sin saber el español, y con medianas conquistas en los dominios del arte de la aguja. Se sabía de memoria, sin omitir letra, los _deberes del hombre_, y era regular maestra en tocar el piano, hallándose capáz de poner las manos en cualquiera de esas horribles _fantasías_ que son encanto de las niñas tocadoras, terror de los oídos y baldón del arte musical.

Lantigua la oyó recitar trozos de historia sagrada, y no pareció satisfecho.

—En estos colegios del día—afirmó,—preparan el entendimiento de los niños para las ideas como los dedos para las teclas. El pensar es tocar, reproduciendo con el órgano de la palabra la música del padre Astete.

Un día, como Gloria, viéndole sumergido en hondos comentarios sobre la unidad religiosa impuesta á los Estados después de la unidad política, se permitiese decirle que en su sentir los reyes de España habían hecho mal en arrojar del país á los judíos y á los moros, Lantigua abrió mucho los ojos, y después de contemplarla en silencio, mientras duró el breve paroxismo de su asombro, le dijo:

—Eso es saber más de la cuenta. ¿Qué entiendes tú de eso? Vete á tocar el piano.

Gloria corrió como un pájaro alegre que siente en su alma el ansia de trinar, y posándose en la banqueta y dejando correr sus manos por el teclado se puso á tocar algo que sonaba á zarzuela. Lantigua no entendía una palabra de música. Había oído hablar de Mozart y de Offembach, y para él todos eran lo mismo, es decir, unos holgazanes. Pero su espíritu elevado y su sensibilidad exquisita le hacían encontrar instintivamente diferencias profundas entre las varias clases de música que había oído. En general, todo cuanto tocaba Gloria le parecía horrible.

—No sé qué diera, hija mía—le decía,—por oirte tocar otra cosa que ese sonsonete de organillo de las calles. No me digas que así es toda la música, porque yo he oído en alguna parte, no sé si en la Iglesia ó en el teatro, composiciones graves y patéticas, que penetrando más allá de los sentidos, conmueven el ánimo y nos sumergen en dulce meditación. ¿No sabes algo de eso?

Gloria repasaba todo su repertorio de _fantasías, nocturnos, flores de salón_ y _auroras del pianista_, sin poder encontrar lo grave y patético que el alto espíritu de su padre pedía. En honor de la verdad, que es antes que todo, aun antes que el prestigio y las gracias de la linda niña, debo decir que Gloria aporreaba el piano de un modo lamentable, cual si las teclas, convictas y confesas de algún espantable crimen, merecieran ser azotadas todos los días por espacio de tres horas.

—Basta ya de monserga, hijita—le decía D. Juan;—coge un libro y ponte á leer.

Gloria volaba á la biblioteca de su padre, miraba á todos lados, hojeaba un libro y con desdén lo volvía á poner en su sitio. Cogía otro, leía algunas páginas; mas pronto se cansaba.

—¿Qué buscas?... ¿novelas?—decía D. Juan entrando tras ella y sorprendiéndola en el escrutinio.—Algo de eso tengo también... Espérate.

—_Ivanhoe_—decía Gloria, leyendo un rótulo.

—Esa es buena, pero déjala por ahora... Aquí han entrado pocas novelas. De la basura que diariamente han producido en cuarenta años Francia y España, no hallarás una sola página... De lo bueno hay algo, poco... Me parece que en algún rincón encontraremos á Chateaubriand, á Swift, á Bernardino de Saint Pierre, y antes que á ninguno, á mi idolatrado Manzoni.

Pero al poco tiempo D. Juan prohibió á su hija la lectura de novelas, porque aun siendo buenas, decía, enardecen la imaginación, encienden deseos y afanes en el limpio corazón de las muchachas, extravían su juicio y les hacen ver cosas y personas con falso y peligroso color poético.

En cambio, si Gloria no leía para sí, leía para su padre. D. Juan, con la mucha fatiga del estudio, con el contínuo hervir de su cerebro y las largas vigilias y aquel afán constante en que su viva pasión política le tenía, iba perdiendo la vista. Llegó á no poder leer de noche; mas como á todo trance necesitase tener á mano textos de Quevedo, Navarrete y Saavedra Fajardo para ilustrar la obra que á la sazón escribía, instituyó á su hija en lectora. D. Juan se ocupó algún tiempo en comentar los discursos ascéticos y filosóficos de Quevedo, porque aquel genio colosal de las burlas descansaba de su gigantesco reir con seriedades taciturnas.

Gloria leyó en voz alta la _Vida de San Pablo Apóstol, La Cuna y la sepultura_ y _Las Cuatro pestes del mundo_. Después se engolfó en la _Política de Dios y Gobierno de Cristo_, y como el sabio colector tuvo el buen acuerdo de poner en el mismo tomo en que se halla el mencionado escrito, la incomparable historia del _Buscón_, Gloria, cuando su padre mandaba suspender la lectura para escribir, doblaba bonitamente algunos centenares de hojas, y tapándose la boca para que no estallase la risa que á borbotones pugnaba por salir, se deleitaba con las travesuras del gran Pablos.

En otras ocasiones, como D. Juan no pusiese reparos á los libros clásicos españoles del gran siglo, Gloria se apoderó de varios tomos, y leyó la _Virtud al uso y mística á la moda_, de D. Fulgencio Afán de Ribera. Casi casi estuvo á punto de engolfarse en la _Pícara Justina_; pero Lantigua al fin puso mano en ello, permitiéndole sólo _Guzmán de Alfarache_. Desgraciadamente en el mismo tomo estaba _La Celestina_.

VI

Cómo se explicaba la niña.

Sin más norte que su buen juicio y libre de preocupaciones, Gloria conversando un día con su padre sobre el viejo asunto de las novelas cuya lectura debe permitirse ó vedarse á la juventud, dijo que la literatura picaresca de que tanto se envanece España por sus riquezas de estilo, le parecía una literatura deplorable, inmoral, irreverente y en suma anti-religiosa, porque en ella se hace la apología de las malas costumbres, de la holgazanería ingeniosa y truhanesca, de todas las malas artes y travesuras groseras que degradan á un pueblo. Concluyó por afirmar con una osadía verdaderamente escandalosa, que las gracias de aquellos perdidos, héroes de tales novelas, si al principio le causaron agrado, bien pronto le dieron repugnancia, y tedio; y que tales gracias, comúnmente obscenas y sin delicadeza, habían encanallado la lengua.

Si hemos de creer á testigos presenciales cuya veracidad no debe ponerse en duda, Gloria, _mutatis mutandi_, dijo también que al penetrar con ánimo valeroso en el laberinto de desvergüenzas, engaños, groserías y envilecimiento que con tanto chiste pinta la literatura picaresca, no podía menos de considerar á la sociedad del siglo XVII como una sociedad artista en la imaginación, pero caduca en la conciencia; y que comprendía el decaimiento de la raza española, que á la sazón no conservaba más virtud que un heroísmo ciego, virtud no suficiente á suplir la falta de un sentido moral puro y de una religiosidad sencilla y desnuda de superstición.

Cuentan que D. Juan de Lantigua, cuando esto oyó, estuvo largo rato perplejo y confuso, no tanto por lo peregrino de tales conceptos, sino por el desenfado con que su hija los manifestaba. Luégo sucedió á la confusión cierto terror ocasionado por la precocísima aptitud que mostraba Gloria para el sofisma y la paradoja; mas notando en ella un entendimiento de mucho brío aunque extraviado, consideró lo mejor llevarlo dulcemente por el buen camino. Con tales ideas y propósitos, ordenó á su hija que se diese una buena hartada de comedias de Calderón, acompañándola con lecturas diarias de los místicos, poetas y prosadores religiosos, para que variasen sus ideas radicalmente respecto á la sociedad española del glorioso siglo.

En efecto, hizo la señorita todo lo que su padre le mandaba, y á vuelta de algunas semanas le manifestó que en efecto sus ideas habían cambiado un poco, aunque no radicalmente. Usando términos comunes que me veo obligado á variar para expresarlo con más viveza, aseguró que en la sociedad de aquellos tiempos encontraba además de lo indicado antes, una inclinación demasiado ardiente al idealismo, la cual si bien producía maravillosos efectos en la poesía y en las artes, era tal que sacaba á la sociedad fuera de su asiento. Le repugnaban los perdidos, los rufianes, las busconas, los estudiantes, los militares, los escribanos, los oidores, los médicos, las terceras, los maridos zanguangos y las mujeres livianas de las novelas picarescas; pero todos estos tipos tenían innegable sello de verdad. Como una protesta contra tal linaje de gentuza, los galanes y damas, los caballerosos padres y los hidalgos campesinos de los dramas querían establecer, con sus nobles ideas y estupendas acciones, el imperio de lo bueno y de lo justo; pero á juicio de Gloria, había en el hermosísimo semblante de aquellas figuras sin par la expresión melancólica de quien ha estado durante cien años empeñado en un objeto sin conseguirlo.

Como Lantigua se riese de tan evidente despropósito, Gloria afirmó (empleando por supuesto frases comunes), que aquel ideal del honor y del amor no era la mejor ni más sólida piedra para asentar el edificio moral de una sociedad. Luégo se ocupó de los místicos, reconociendo en ellos falta de equiponderación entre la fantasía y el discernimiento, y afirmando que su literatura, en ocasiones muy bella, no podría servir nunca de guía al común de las gentes, por ser de pocos comprendida.

Resumió sus ideas sobre este punto diciendo que no podía tolerar que se tratase de religión sin sencilléz suma, por lo cual ponía por encima de todos los tratados y disertaciones místicas el Catecismo de las escuelas, que, hablando como Jesucristo, lo decía todo. Parece que al llegar á este punto D. Juan de Lantigua hizo, no sin burlarse de su hija, algunas observaciones sobre la profunda filosofía y estudio de la divinidad y del hombre que en tales obras se encierra, y viérais aquí á la pícara Gloria sosteniendo que la sociedad modelo, según las ideas de su padre, había alambicado y desvirtuado un poco la idea religiosa, dejándose seducir demasiado por los símbolos que la misma idea religiosa emplea como órganos eficaces y al mismo tiempo como culto tributado por la verdad á la belleza eterna.

—Esas novelas de truhanes y desalmados—dijo Gloria para terminar,—esas comedias de caballeros enamorados y discretos, aunque no siempre intachables bajo el punto de vista de la moral cristiana, esas disertaciones donde mi espíritu se pierde sin poder seguir el hilo sutilísimo del enrevesado discurso, bastan á darme idea de la gente para quien tales cosas, por lo común admirables, se escribían. Veo las conciencias muy anchas y gran tolerancia para mucha parte de los vicios que degradan al hombre en todas las épocas. No dudo que existiesen caracteres generosos, los cuales creyeran cumplir su misión y dar vuelo á los nobles impulsos de su alma, elevando por encima de la general torpeza, como enseñas sagradas, el ideal del honor y la fe religiosa. Pero el pueblo, á quien no habían enseñado á discernir y que vegetaba comido de vicios, incapáz para el trabajo y soñando con guerras que traían el pillaje, ó conquistas que dieran fácil fortuna, no tenía más que sentidos. No ponía atención á nada, ni aun al sublime misterio de la Eucaristía, si no se lo presentaban en forma de comedia.

»Por un lado se me presenta una realidad baja y común compuesta de epidémica miseria, en cuyo seno haraposo y vacío se agitaba la gran masa de la Nación pidiendo destinos al rey, á los nobles las sobras de sus mesas, á los frailes el bodrio, y á la política nuevas tierras que expoliar. Por otro no veo más que hombres bien alimentados, á quienes deslumbra un ideal de gloria y una dominación del mundo, que cual sombra vana se desvanece al fin, dejándoles con la mano puesta en las mechas de sus arcabuces para matar pájaros. En el arte, veo también dos términos: los poetas que cantan el amor y el honor, y los místicos y poetas de cláustro, que pasan sus días buscando fórmulas nuevas para hacer comprender al pueblo los dogmas sagrados. De estas dos musas, una sublima el amor humano y otra el divino, pero empleando iguales formas poéticas, iguales símiles, hasta iguales versos, sin duda porque lenguas de la tierra han sido hechas para lo humano y humanamente lo dicen todo.

»Los poetas, los grandes guerreros, los frailes, los teólogos, los hombres de inteligencia cultivada entreven una sociedad mejor, vislumbran un mundo moral superior á aquel en que viven y se agitan los pedigüeños y desnudos, los holgazanes, pícaros y demás gente menuda. Luchan unos con otros. La cosa no va bien; pero no se sabe cómo puede enmendarse. Los unos piden pan, destinos, bienestar material, y no hallando quien se lo dé, roban lo que pueden; los otros piden gloria, amor exaltado, profunda fe, religiosidad, caballerosidad, justicia perfecta, belleza perfecta, y jamás pueden entenderse. De estas dos voluntades que aparecen una frente á otra en aquella sociedad calenturienta, se apodera Cervantes y escribe el libro más admirable que ha producido España y los siglos todos. Basta leer este libro para comprender que la sociedad que lo inspiró no podía llegar nunca á encontrar una base firme en que asentar su edificio moral y político. ¿Por qué? Porque D. Quijote y Sancho Panza no llegaron á reconciliarse nunca.

Parece indudable por los datos confusos que han llegado á mis noticias, que cuando Gloria expuso á su manera las ideas del párrafo anterior, estaban en compañía de su padre obra de cuatro ó seis personajes graves, que no podían con la fama de sabios, tales eran el peso y grandor de ella. Alabando el agudo ingenio paradójico de la muchacha, se rieron mucho de sus donaires, y celebraron las originales ocurrencias, mezclando hábilmente á veces la crítica con la galantería; y como alguno, más curioso que los demás, manifestase deseos de conocer en qué consistía la reconciliación entre D. Quijote y Sancho Panza, Gloria, un poco confusa por el dudoso éxito de su osada tesis, se expresó así:

—Ustedes que son tan sabios no habrán dejado de observar que si D. Quijote hubiera aprendido con Sancho á ver las cosas con su verdadera figura y color natural, quizás habría podido realizar parte de los pensamientos sublimes que llenaban su grande espíritu; así como si el escudero... pero no digo más porque se ríen ustedes de mí. Ya sé que esto que hablo es algo extraño, quizás disparatado y hasta ridículo, por lo muy contrario á la verdad, que sólo ustedes pueden conocer; pero si es así, ténganlo por no dicho ó por pura broma mía.

Más tarde, cuando los sabios privaron á la casa de su presencia majestuosa, D. Juan de Lantigua, á quien las desatinadas opiniones de su hija habían puesto algo malhumorado, encerróse con ella y la reprendió afablemente, ordenándole que en lo sucesivo interpretase con más rectitud la historia y la literatura. Afirmó que el entendimiento de una mujer era incapáz de apreciar asunto tan grande, para cuyo conocimiento no bastaban laboriosas lecturas, ni aun en hombres juiciosos y amaestrados en la crítica. Díjole también que cuanto se ha escrito por varones insignes sobre diversos puntos de religión, de política y de historia, forma como un código respetable ante el cual es preciso bajar la cabeza, y concluyó con una repetición burlesca de los disparates y abominaciones que Gloria había dicho, y que evidentemente la conducirían, no poniendo freno en ello, al extravío de la razón, á la herejía y tal vez al pecado. Retiróse Gloria muy confusa á su alcoba, pues era hora de dormir, y á solas meditó largo rato, llegando por fin ¡tal era el ascendiente de su padre sobre ella! á un convencimiento profundísimo de que había pensado mil tonterías, despropósitos y barbaridades abominables. Pero deseosa de absolverse, echó toda la culpa á los libros, é hizo voto de no volver á leer cosa alguna escrita ó impresa, como no fuera el libro de misa, las cuentas de la casa y las cartas de sus tíos. Arrodillándose para orar, según su piadosa costumbre, dijo:

—¡Gracias, Dios mío, por haberme revelado á tiempo que soy tonta!

Acostándose discurrió que le iba á ser muy difícil dejar de pensar toda suerte de extrañas y endemoniadas cosas, porque aquella facultad suya de discernir era una monstruosidad fecunda que llevaba dentro de sí y que á todas horas estaba procreando ideas. Pronto pudo observar que si bien los libros estimulaban en ella aquel surgir constante de pensamientos varios y jamás ideados de otro alguno, el fenómeno no cesaba por completo renunciando á las lecturas. Esto la puso en cuidado.

—Pues si no puedo menos de pensar—se dijo,—al menos callaré.

Pero la verdad es que, aun sin manifestarse por medio del discurso, sus facultades estaban siempre en febril ejercicio, y á su observación no escapaba cosa alguna. Durante largo tiempo, su padre no cambió con ella una sola palabra relativa á ningún alto asunto. Asistía la joven al culto religioso con devoción minuciosa y con regocijo, y en lo demás mostraba afición á las cosas nimias, detallando hasta un extremo pueril todos los actos de la vida. Tenía cortadas las alas. Así la hemos hallado.

Pero en sus horas de soledad y meditación, en los crepúsculos que preceden ó siguen al sueño y en los cuales la percepción interna suele ser más viva, Gloria sentía hondas voces dentro de sí, como si un demonio se metiese en su cerebro y gritase:

—Tu entendimiento es superior... los ojos de tu alma abarcan todo. Abrelos y mira... levántate y piensa.

Cuando leía, cuando daba su opinión sobre los pícaros y sobre la sociedad del gran siglo, Gloria tenía dieciseis años.

VII

Los amores de Gloria.

Pero en los días en que esta historia empieza tenía ya dieciocho.

Aún no se le habían conocido amores, ni noviazgos, ni inclinación á ningún mozalvete, ni señales de que hubiese entregado parte mínima de su corazón á hombre nacido. Don Juan no la tenía sometida á inquisitorial vigilancia, ni le prohibía que fuese al teatro, al paseo y á las tertulias en compañía de sus primas.

Pero si la juventud masculina que Gloria conocía no despertaba en ella ni aun mediano interés, no por eso su corazón dormía. Perdió á su madre á los doce años de edad. Quedáronle dos hermanitos, el uno de tres años, y el otro de quince meses, con los cuales hizo el papel de madre, hasta que ambos murieron, con intervalo de pocos días. Ella misma, después de cuidarles en su enfermedad con extremado celo, les había cerrado los ojos, les había vestido y puesto flores en las sienes y en las manos, y al fin había cerrado la caja, cuando Caifás se los llevó al camposanto de Ficóbriga. Las dos inocentes criaturas ocuparon siempre lugar muy grande en el corazón de su hermana, y ésta no pasaba sin derramar lágrimas por el rústico cementerio de la villa, donde aquéllos habían dejado su mortal vestidura.

Además, el corazón de Gloria estaba lleno de un amor inefable y celestial inspirado por su tío D. Angel, obispo de ***. Le consideraba como un santo bajado de los altares, ó mejor dicho, del cielo, para departir con ella, darle buenos consejos y vivir bajo su mismo techo y comer de su mismo pan.

Gobernaba aquel santo varón una diócesis de Andalucía, y muy rara vez venía á Madrid; pero últimamente sus achaques le obligaron á buscar alivio en el país natal, y solía pasar algunos meses de verano en Ficóbriga en compañía de su hermano y sobrina. No era su primer visita aquella reciente en que le hemos visto llegar, anunciado por los cohetes. Dos años antes había estado también.

La afición pura y entrañable de Gloria al hermano de su padre pertenecía al orden de sentimientos que consigna en su primer artículo el Decálogo. Le amaba como á una representación de Dios en la tierra. Recordaba que en una grave enfermedad que ella padeciera en la niñéz, su tío había venido de la diócesis para verla; recordaba haber sentido ante él alegría tan viva, que cuerpo y alma se reanimaron con ardor desconocido. Figurósele que una mano celestial la sacaba del negro abismo en que iba sumergiéndose. Ya convaleciente, se le permitía jugar en el cuarto, mas nunca salir de él.

El obispo, dejando á un lado su breviario, tomaba asiento junto á la mesa donde Gloria tenía un completo ajuar diminuto de casa, con preciosos mueblecitos, vajillas de comedor y cocina, y dos docenas de damas y señoritas de alta categoría, de las cuales unas estaban en visita y otras recibían. Su Ilustrísima discutía largamente con Gloria sobre la colocación que debía darse á las sillas y sofás, y ambos se pasaban las horas muertas con las imaginarias visitas y los cumplidos y saludos de las mudas personas de cartón. Llegada la hora de la comida para los habitantes de encima de la mesa, el patriarca por un lado y la chiquilla por otro parecían la gente más atareada del mundo, limpiando cacerolas del tamaño de dedales, espumando cazuelas en cuyo seno unos pedacitos de pan hacían las veces de pavos y gallinas, y soplando hornillos sin lumbre.