Part 16
Dentro podían notarse asimismo los tristes efectos del abandono. Algunas estancias no habían sido abiertas en mucho tiempo. El reloj de gran esfera y resonante timbre que estaba en el vestíbulo para advertir á todos los de la casa la hora de las obligaciones, de los placeres, del descanso y del trabajo, había enmudecido, y su rostro mofletudo que tan bien sabía responder antes á los que le preguntaban cosas del tiempo, no expresaba ya nada, como no fuera la inmovilidad y el tétrico silencio de la muerte. En vano D. Buenaventura trató de ponerle en movimiento con el dedo, ora impulsando las agujas, ora el péndulo. El reloj daba dos ó tres latidos, unas cuantas pulsaciones quejumbrosas, y volvía á caer en su hondo letargo. Había en la quietud de sus agujas, sobre la blanca esfera numerada, algo semejante á entornados párpados y á respiración sosegada y profunda. Viéndole, veíase á uno que duerme.
En las habitaciones altas, había otro de chimenea que, trocado en bufón, reía de los grandes chascos que daba á sus amos y del trastorno que producía. Su conducta era más propia de un pillete que de un reloj. Así, cuando eran las seis, él marcaba y tañía las once, ó viceversa, y á veces se tragaba medio día lindamente, ó se empeñaba en hacer creer que el sol salía después de misa mayor. Siempre que este buena pieza le daba un bromazo, decía Francisca tristemente:
—Anda, hijo, anda: no eres tú solo el que disparata. Como tú van todas las cosas de esta casa.
Las habitaciones de D. Juan, su alcoba y su despacho habían permanecido cerradas hasta que llegó D. Buenaventura, que, tomándolas para sí, pasaba allí largas horas, ordenando los manuscritos y cartas de su hermano y completando el catálogo de la biblioteca. Serafinita vivía en la planta baja, por ser enemiga de escaleras, y Gloria continuaba morando en su habitación primitiva. Pero hacía muchos meses que los habitantes de Ficóbriga no habían visto á la señorita de Lantigua en la calle, ni en el jardín, ni en los balcones. Los mismos criados de la casa, á excepción de las dos mujeres, tampoco la veían. ¿Dónde estaba? ¿Qué hacía? No faltó en Ficóbriga quien asegurase que la señorita de Lantigua se había vuelto fea, ni quien dijese que se había vuelto loca. Sus tíos dijeron que estaba enferma de cuerpo y de espíritu. Teresita la Monja enunciaba con su sibilítico labio mil abominables cosas, y ningún ficobrigeño pasaba por el camino real ni por la plazoleta sin mirar á las tristes ventanas, cerradas también, cual ojos de durmiente, ni decir para sí: «¿Qué hará?»
Durante algunos meses, Gloria había sido objeto de comentarios diversos. Bastante trabajó la curiosidad en aquellos días, muchísimo la envidia. Se quería demostrar que las grandes reputaciones son casi siempre usurpadas; que no hay nada superior ni sublime; que todo es pequeño y miserable; que las flores no son flores sino fango; que el diamante no es luz solidificada sino carbón; en fin, que todos somos iguales, y que si alguno sube mucho por hipocresía ó arte mundano, debe bajar y ponerse al nivel de los demás, restableciendo la armonía del vulgo, tan necesaria á la de los mundos.
¿Tenía razón la plebe? ¿Quién puede decirlo sin conocimiento de cosas y personas? La señorita se oculta de todo el mundo, se esconde de todas las miradas, haciendo de su vida un misterio impenetrable; y como el laborioso insecto, ha tejido un capullo y quedádose dentro, con intención sin duda de no salir sino con alas, ó sea, en espíritu. Si penetramos en la casa, no nos es posible llegar hasta ella, porque los criados detienen á todo intruso. Hasta el taciturno reloj del vestíbulo parece decir con su torvo silencio: «¿A dónde vas, insensato? Aquí ya no hay nada»... Creemos sentir leves pasos sobre el entarimado superior. Son sin duda los pasos de la señorita... pero no: son los de un gatito que juega. Aunque ponemos gran atención, no conseguimos oir su voz, que ha querido extinguirse para siempre como la del reloj, creyéndose indigna de sonar entre los vivos.
Atrevidos subimos; mas no nos es posible verla tampoco. La puerta de su habitación está cerrada. Por la noche, si la sorprendemos por breve instante abierta, descubrimos vaga sombra de una cabeza sobre la pared. La cabeza se mueve: es ella sin duda; pero convertida en leve mancha obscura sin alma y sin vida. Si hay conversación dentro de la alcoba, percibimos, aguzando mucho el oído, el vago silbido de las eses que se destacan sobre la pronunciación castellana, como la espuma sobre las olas. Nada más puede oirse en aquel murmullo lejano.
Si continuamos observando, vemos al través de la puerta, que no ha sido bien cerrada, súbita claridad rojiza que se extingue pronto. No hay duda de que la señorita ha quemado un papel. Por Roque, que dice todo lo que sabe, sabemos que Gloria ha recibido poco antes una carta con sellos encarnados, que no son los de España. Después sale Francisca, entra D. Buenaventura y se entabla nueva y más viva conversación, que dura hasta hora muy avanzada. Pero no podemos atrapar sino las fluctuantes eses que marean y nada dicen solas. D. Buenaventura se retira al fin meditabundo como siempre; óyese el rumor de los perezosos rezos que preceden al sueño, y sale después Serafinita tranquila y mística, como un santo que baja de su nicho para pasearse. Luégo se siente el chasquido de la llave. ¡Adiós! La señorita se ha encerrado; duerme, y envuelta en delicada nube de silencio, de obscuridad, de reposo, ha lanzado su espíritu á las zonas infinitas. Avancemos, apliquemos nuestro oído indiscreto al hueco de la llave. ¿Oís algo? Nada... Quizás un rumor más tenue que el de las alas del más pequeño insecto batiendo en el aire, una leve cadencia que no sabemos si es la respiración de Gloria ó el aliento de su Angel de la Guarda, que vela con la mano puesta sobre la frente de ella.
Un día, que era sábado de Pasión, el narrador espió también. A la escalera llegaba gratísimo olor de claveles y rosas, accidente relativo á ella que parecía ella misma. La señorita estaba haciendo un ramo. Si nos hubiéramos hallado en el jardín, habríamos sentido ligero rumor en la persiana alta, y alzando la cabeza con la prontitud del curioso, habríamos visto una mano que en breve instante apareció y huyó, después de arrojar palos de flores y ramitas inútiles. Aquella mano era la misma que muchísimos días antes había empujado la puerta de la casa para no dejar entrar á un hombre. En cuanto á la cara, sólo la vieron los pájaros alineados como tropa en el alambre, ó los que volando y piando pasaban.
Francisca bajó por más flores y doña Serafina subió llevando unos alelíes que ella misma cogiera. Oyéronse los tijeretazos cortando los palos demasiado largos en el tronco del ramo. Ni el mismo Roque, que todo lo sabe, sabía para quién era aquel ramo.
Pronto lo sabremos nosotros. Era media tarde cuando entraron y se reunieron en el comedor D. Buenaventura y los dos personajes de más peso en la república ficobrigense. Bien se comprende que no podían ser otros que D. Silvestre Romero y D. Juan Amarillo, este último elevado poco antes á la categoría de alcalde, con lo cual su respetabilidad, que ya era grande, se había remontado á lo sublime.
Don Silvestre, á poco de estar en el comedor, subió con objeto de ver á su _amada penitente_, como él decía. Era de los pocos que gozaban el privilegio de visitarla. Quedándose solos D. Buenaventura y el digno alcalde, éste habló á su amigo de los últimos acuerdos del Ayuntamiento referentes á las procesiones de Semana Santa, costeadas por el generoso banquero, y que debían de ser dos, á la usanza antigua, la del Salvador el Domingo de Ramos, y la del Crucificado, con dos pasos más y la Dolorosa, el Jueves. A todo dijo amén don Buenaventura; mas no se mostró muy gozoso cuando el representante de la autoridad municipal le hizo saber que á él, al propio señor de Lantigua, correspondía lugar muy honroso en ambas procesiones, debiendo en la del Salvador acompañar á la sagrada imagen, propiedad de su esclarecida familia.
Pero debemos decir que esto y otras cosas municipales de que habló el insigne Amarillo, como el acuerdo recién tomado por el Ayuntamiento de llamar en lo sucesivo _plaza de Lantigua_ á la _plazoleta de la Charca_, y colocar una corona en el sepulcro que se estaba labrando al Sr. D. Juan, no fueron sino pretextos que el alcalde tomaba para hablar de un asunto de vivísimo interés para él. Desde la catástrofe del día de Santiago, corrió por Ficóbriga la voz de que la desgraciada joven, antaño llamada _joya_ de aquella villa, entraría en un convento, y que la familia pensaba vender la casa, por ser muy antipáticos para ella los lugares de su desgracia y deshonor. Enunciada esta idea, D. Juan Amarillo, que era dueño de copiosos caudales, ganados Dios sabe cómo, concibió la felicísima idea de adquirir tan hermosa finca y establecerse en ella, haciéndola trono de su omnipotencia y de la gran superioridad que sobre toda la redondéz de Ficóbriga había adquirido.
La idea culminante, la idea madre de todas las ideas de D. Juan Amarillo era esta: «ser el primer personaje de Ficóbriga.»
La idea cardinal que gobernaba toda la máquina intelectual de Teresita la Monja era esta: «ser la primera señora de Ficóbriga.»
La presencia de los Lantiguas en aquel pueblo que por tradición les veneraba, era grandísimo estorbo, porque la villa obedecía aquella ley que dijo: «no servirás á dos señores.» Pero si los Lantiguas se marchaban, después que la _joya_ fuese guardada en el estuche de un convento, ¡oh! indudablemente la dinastía de Amarillo reinaría ya sin rival entre el mar y la Pesqueruela, entre el cerro de doña Fronilde y Monteluz. El coronamiento admirable de esta idea, su representación simbólica era la adquisición del palacio en que los Lantiguas habían morado.
Ambos esposos vivían desasosegadamente esperando saber lo que se determinaría, por cuya inquietud no cesaba D. Juan de hacer indiscretas preguntas al banquero. Aquel día repitió sus proposiciones para quedarse con la casa; pero D. Buenaventura no pudo contestarle nada categórico.
—Pronto creo que daré á usted una contestación terminante—dijo el banquero.—Esto ha de decidirse pronto; pero muy pronto.
En esto, oyéronse acompasados taconazos en la escalera, que retemblaba, cual si un gigante bajara por ella. Era D. Silvestre que volvía de su visita, trayendo un gran ramo de flores, entre cuyas frescas hojas hundía á cada rato su carnosa y sensual naríz para aspirar la fragancia de ellas.
—La encuentro—dijo el cura,—mucho más animada... Mejor color, menos tristeza, algunas ganitas de hablar, interés por las cosas... en fin, resucita, la pobre resucita poco á poco.
—Así me parece á mí—indicó D. Buenaventura, demostrando la importancia que daba al bienestar de su sobrina.—¡Si Dios quisiera apiadarse de ella y de todos nosotros...!
—Vean ustedes qué hermoso ramo me ha dado—dijo el cura acercándolo á la picuda naríz de D. Juan Amarillo, que olió por espíritu de adulación.—Es para el Salvador, para la histórica imagen de los Lantiguas. Se lo pondremos en las alforjas al borriquito.
—Ya el Sr. D. Buenaventura—manifestó Amarillo levantándose,—está conforme en dar realce con su presencia á las dos procesiones.
—Pasaremos por aquí. Ya me ha prometido la señorita que saldrá al balcón—afirmó don Silvestre con regocijo.—¡Ah! le he dicho que dejaré de ser su amigo si no va mañana á la misa mayor y á la hermosísima festividad de las palmas. La pobrecita no quiere, pero en fin...
—Irá; yo le prometo á usted que irá—dijo D. Buenaventura despidiendo á sus amigos.—Esta situación debe acabar pronto.
En el jardín, D. Juan Amarillo alzaba la cabeza circundada de rayos de autoridad, y poniéndose la mano á guisa de pantalla en la frente, para que el brillante sol no ofendiera sus ojos, contemplaba la fachada de la casa, diciendo para su hondísimo y jamás explorado capote:
—En reparaciones tendré que gastar otro tanto de lo que vales; pero no importa si al fin eres mía. ¡Oh! ¡mía...!
IV
Las amigas del Salvador.
La capilla del Salvador, propiedad de la familia de Lantigua, estaba en la derecha nave de la Abadía, con ventana ojiva abierta al atrio, altar churrigueresco, pesados bancos de nogal, dos ó tres inscripciones sepulcrales, y un cuadro de ánimas en el cual los desnudos cuerpos bailaban entre rojas llamaradas. Pequeña puerta de arco escarzano daba entrada á la sacristía ó camarín, pieza no muy clara, abovedada y húmeda, donde generalmente no ocurría nada digno de ser contado, como no fueran los devastadores progresos de la carcoma, mónstruo imperceptible que parece la representación viva de otro mónstruo, el tiempo.
Pero el sábado de Pasión, alegre cháchara de mujeres bachilleras resonaba en la olvidada estancia, como discorde piar de urracas más que de jilgueros; parlerío semejante al de un taller de modista; rumor entreverado de risas y exclamaciones, y salpicado de broncas toses y truenos de naríz, lo cual indicaba que no era aquello congregación de juventud.
En el centro del camarín, puesto ya sobre las plateadas andas que le habían de sostener, estaba el Salvador, imagen de madera cuya hermosa cabeza llena de expresión debió ser modelada por algún escultor del gran siglo. Sus ojos negros miraban con seriedad dulce y profunda. De sus labios iba á salir la palabra... Hablaba, faltaba poco para oir una voz, á ninguna humana voz parecida. Su majestuosa frente descubierta en forma de triángulo por la caída de las dos bandas de cabellos, superaba á cuanto ha podido idear la escultura griega. Pero sobre todas las perfecciones de tan ideal rostro, descollaba aquel mirar que era la irradiación de la inteligencia suprema, y que infundía pasmo y veneración. La pupila inmensa que todo lo ve y que penetra hasta lo más íntimo de los corazones no podía tener representación más adecuada.
El resto de la imagen no correspondía á la cabeza. Había tomado el escultor por su cuenta busto y extremidades, dejando lo demás para el carpintero. El divino cuerpo consistía en un tosco madero que la humedad y el tiempo habían roído á competencia; mas como debía cubrirse con la rica vestidura de tisú, el efecto artístico no se perdía. Montaba el Señor aquella asna que los discípulos tomaron en la aldea cercana á Betfagé, y fuerza es confesar que el escultor tampoco puso la mano en ella ni en el pollino que la seguía. Ambas figuras eran de tosca labor; pero aun así desempeñaban bien su papel, y principalmente el borriquito hacía las delicias de toda la grey devota y de los chicuelos, que no podían menos de ver en él un santo juguete.
El Salvador estaba aún sin vestido, y el borriquito sin alforjas. Tres mujeres trabajaban allí con celo incansable. La una varonilmente subida en las andas, lavaba con esponja el rostro de la sagrada imagen. La segunda cosía una rica tela, añadiéndole tal cual pieza y fijando los galones. La tercera manejaba flores de trapo, combinándolas en graciosos ramos y lindos festones. Si ocupadas estaban las seis manos, no lo estaban menos las tres lenguas.
Teresita la Monja, esposa de D. Juan Amarillo, era la que lavaba. Mujer rica y desocupada, por tener más dinero que hijos y más devoción que menesteres domésticos, había mostrado siempre exaltada afición á las cosas de Iglesia, y á meterse en sacristías y enredar en camarines, ora vistiendo santos, ora manipulando cofradías, gustando además de saber y comentar todo lo que pasaba y todo lo que iba á pasar entre el coro y el altar mayor, y de dar su voto sobre cuanto atañese á las ceremonias religiosas, cuyo sentido litúrgico no comprendía ni podía comprender.
La segunda era cuñada de la primera, por ser mujer infelicísima del hombre más desautorizado y más perdido de Ficóbriga, del filósofo y ateo y mentecato D. Bartolomé Barrabás, hermano de Teresita la Monja; pero _Isidorita la del Rebenque_ (que tal nombre tenía por haber sido su padre dueño del prado del Rebenque) llevaba con gran paciencia la cruz de su nefando matrimonio; y todo lo que Barrabás perdía en opinión y en intereses por su mala cabeza, ganábalo ella con su trabajo y ejemplar conducta. Hacía con igual arte ropa de mujer, de hombre y de clérigo, pudiendo competir sus levitas con las de Caracuel, como lo probaba la gallardía y elegante soltura del cuerpo de D. Juan Amarillo. En la temporada de verano albergaba huéspedes, tratándoles bien. Había sido hermosa; mas últimamente la obesidad y las penas la tenían en lastimoso estado. Unida con vínculos de parentesco y de cordial amistad á la Monja, de quien recibía frecuentes favores, acompañábala en la Iglesia y en casa, siendo un eco de ella en las opiniones, y un admirable estímulo preguntón para que Teresita, ó sea el _Confesonario de Ficóbriga_, satisficiese su ardiente necesidad de contar todos los secretos de la villa.
La tercera, ó sea la que se ocupaba en arreglar las flores, era la más joven de las tres, y si se quiere la más hermosa, pues había en su rostro vestigios de una belleza varonil y provocativa. Llamábanla comúnmente la _Gobernadora de las armas_, por haber sido esposa de uno que componía armas, ó que las _gobernaba_, como es uso de decir. Doña Romualda era _florista_ y _braguerista_, y así consta en los estados de la contribución de subsidio industrial, donde puede verlo quien dude de las múltiples habilidades de esta señora. La muerte repentina del _gobernador de las armas_ la había dejado viuda; pero ella se sostenía regularmente, aunque no está averiguado que lo hiciera con la virtud de aquellas dos preciosas industrias.
De Teresita la Monja se nos olvidó decir que era flaca y lustrosa, y su piel tan á modo de placa cobriza, que las malas lenguas de Ficóbriga decían de ella que se frotaba todas las mañanas largo rato con polvos y ante para sacarse brillo. Era su perfil á lo griego, de líneas rectas formado, pero con cierta indecisión ó vaguedad á la manera de moneda gastada por el uso. Sus ojuelos grises y á veces dorados como los de los gatos, no paraban un momento, y lo que más envidiaba á la Divinidad era el don supremo de ver lo invisible y de leer en los corazones. Llamábanla Monja, porque la exclaustración la sorprendió novicia en las Clarisas, con lo cual torcióse la vereda de su destino, y enfriándose su religioso anhelo ante las gracias personales de D. Juan Amarillo (cuando era pollo), cayó en sus dulces brazos y se descarrió en un momento de tentación funesta ó de falso idealismo. El matrimonio puso luégo las cosas al derecho; pero Teresita no perpetuó el linaje de los Amarillos. En efecto, aunque esto no pueda definirse bien, había en ella una como representación figurativa de la esterilidad.
V
Realismo.
Pasó suavemente la esponja por el augusto semblante de la imagen, que representaba la encarnación de lo divino, y después la exprimió sobre el cubo para que saliese el agua sucia. Al mismo tiempo decía:
—¡Ay! ¡Jesús mío, cómo estás!... Ya se ve... ¡Catorce años pudriéndote en ese nicho! Vaya, que los Lantiguas pueden hablar... ¡Tanta devoción, y esta sacratísima imagen olvidada!... ¡Qué horror! Si la mitad de la pintura se queda en el paño...
—Estás haciendo de Verónica, Teresa—dijo sonriendo Isidorita la del Rebenque.—Con poco más sacarás el divino rostro en el lienzo.
—Pues has dicho la verdad. Vamos, no fregoteo más—dijo Teresita mostrando la húmeda tela con leves manchas;—bien está así. Ahora le pasaré un paño seco. Así, viejecita y despintada, no hay otra cara como ésta en todo el mundo. Miren qué expresión... parece que nos oye y que nos mira y que nos quiere hablar.
—Parece que nos agradece los cuidados que tenemos con él—dijo la _Gobernadora de las armas_ apartando sus ojos de las flores y fijándolos en el Salvador...—Pero ¡ay! amigas lo que me ocurre en este momento... Sabéis que en efecto...
—¿Qué?
—Se parece, sí, no hay duda de que se parece...
—¡Ah! no sigas, por Dios—exclamó Teresita—bajando la escalera y sujetándose las faldas para que el borriquito, que estaba todavía en el suelo, no le viera las piernas.—No digas más... por Dios. Es verdad que se parece... Pero esto no se puede decir, ni aun pensar. Es un sacrilegio.
—Todas las cosas, incluso las malas, son hechura de Dios—dijo la esposa de Barrabás.—Pero hay quien dice que las caras guapas son obra de Satanás. Más vale que no hablemos de esto...
—Venga la camisa—indicó Teresita tomando una especie de funda de riquísimo hilo que le alargó la del Rebenque.
—Me parece que en ningún tiempo, ni aun en las épocas del mayor esplendor de los Lantiguas, se ha puesto el Salvador una prenda como ésta. Es lo que sobró de aquella pieza que compré el año pasado para hacerle camisas á mi Juan... En fin, Isidora, á ver cómo se la ponemos... Coge tú por allí... Tratemos de meter las mangas sin romperlas... Cuidado con los encajes. Son los de aquella mantilla antigua que deshice.
—¿Voy yo también á ayudar?—preguntó la _Gobernadora_.
—No, mujer... acaba esas flores; que esto pronto lo despachamos.
Así fué en efecto, y luégo ocupáronse ambas de la túnica de terciopelo morado, no por cierto inconsútil, que acababa de componer Isidora.
—De veras digo—manifestó Teresita,—que si sé que tenemos procesión este año, le regalo una túnica nueva al Salvador. Entre mis sobrinas y yo la hubiéramos hecho en un momento. Esta no se puede mirar. Serafinita me dispense; pero esto es un pingajo... ¡Qué galones! ¡Qué forros! Y gracias á que tú has hecho prodigios con la aguja, Isidora. Vamos, no puedo ver este descuido. ¡Ah! los Lantiguas, los Lantiguas... mucha devoción de pico, mucho hablar de cosas santas... mucho discurso y mucho librote... Pero los hechos, las obras; ¡ah! yo me fijo en las obras y sólo por ellas juzgo... Arriba con la túnica. Yo subiré la escalera; alarga los brazos todo lo que puedas.
Apenas quedara cubierto el cuerpo del Señor, abrióse la puerta de la capilla, dejando ver una boca remilgada y sonriente, dos alegres ojos pequeños, apenas visibles entre los pliegues de la cara contraída por la sonrisa, una naríz redonda como avellana, un cuerpo forrado en verdinegra funda desde el cuello á los piés, dos brazos negros, en fin, toda la persona de Agustín Cachorro, sacristán de la Abadía. Ya sabemos que el año anterior se había quitado la plaza á José Mundideo, á quien más tarde se dió la de sepulturero. Su sucesor en la sacristía era un hombre que había sabido conquistar simpatías en puestos análogos, y, la verdad sea dicha, ninguno existía más atento á sus deberes. Honrado, activo, complaciente, respetuoso y siempre festivo, el buen Cachorro agradaba á un tiempo al cura y á los fieles, al pastor y al rebaño.
—¿Qué tal, señoras mías, se trabaja muchito?—dijo desde la puerta.
—Entre usted... entre usted... hermano Cachorro—respondieron á una y chillonamente las tres.
—Esperen un ratito, que voy á meter las palmas en la sacristía. Vaya, que está muy guapo el Salvador... ajajá... ¿quién conoce á este caballero?... Ya se ve, con tales ayudas de cámara...
—Entra, Cachorrillo—dijo Teresita, que tenía gran familiaridad con él.—No podías haber venido más á tiempo. Las tres te necesitamos.
—¿De veras?... ¿Y si me riñe el señor cura porque abandono mis obligaciones?
Agustín entró riendo, pues la risa era en él su fisonomía.
—Vas á ayudarnos á poner el borriquito en su sitio.
Cachorro tomó el tiento á la escultura, que no era de plumas.
—¡Ay, mi niño, cómo pesas!... pareces un pecado—exclamó echándoselo á cuestas.
El animal tenía en sus patas cuatro espigones de madera, que encajaban en otros tantos agujeros abiertos en las andas al lado izquierdo del asna madre que montaba el Señor.
—Ya está—dijo Cachorro afirmando al animal en su sitio.—Señoras, adiós.
—¿Pero te vas?
—No se vaya usted.
—Señoras, hay que tener paciencia—dijo el sacristán.—Yo me estaría aquí todo el día con mucho gusto, ayudando á mis niñas y cargando el borriquito; pero el señor cura me riñe y dice: «¡Anda, hipocritón, que no sirves más que para retozar con las santurronas!...»