Chapter 15
Hablaba con tal calor que su discurso llamó la atención del marqués. Se hallaba a diez pasos de distancia, gravemente ocupado en plantar ramas en la arena para hacer un jardincito. Abandonó su tarea y fue a colocarse delante de la señora Chermidy, con un bracito en jarras. Al verle aproximar, Germana dijo a la viuda:
--Preciso es, señora, que la pasión la extravíe, pues hace una hora que está reclamando al niño, y todavía no se le ha ocurrido besarlo.
El marqués presentole la mejilla sin el menor entusiasmo, y dijo a su terrible madre, en esa media lengua propia de los niños de su edad:
--Señora, ¿qué le dices a mamá?
--Marqués--respondió Germana--, esta señora quiere llevarte a París. ¿Quieres irte con ella?
Por toda contestación el niño se echó en brazos de Germana, y dirigió una mirada de recelo a la señora Chermidy.
--Le queremos todos--dijo Germana.
--Usted también, señora. Es una habilidad.
--Es natural. Se le parece mucho a su padre.
--Mírame bien--dijo la viuda a su hijo--. ¿No me reconoces?
--No.
--Soy tu madre.
--No.
--¡Tú eres mi hijo, mi hijo!
--No eres tú, es mamá Germana.
--¿No tienes otra madre?
--Sí; mamá Nera. Está en casa mamá Vitré.
--Para él todas son madres suyas menos yo. ¿No recuerdas haberme visto en París?
--¿Qué es París?
--Yo te daba bombones.
--¿Dónde están tus bombones?
--Vamos, los niños son hombres pequeños; la ingratitud les brota con los dientes. Marqués de los Montes de Hierro, escúchame bien. Todas esas mamás son las que te han criado. Yo soy tu verdadera madre, la única madre, la que te ha dado el ser.
El niño sólo comprendió que aquella señora le reñía, y se echó a llorar amargamente costando gran trabajo consolarlo a Germana.
--Ya ve usted, señora--dijo ésta a la viuda--, que nadie la retiene aquí, ni aun el marqués.
--He aquí mi ultimátum--respondió la señora Chermidy altivamente.
Pero una voz muy conocida de ella le cortó la palabra. Era el doctor Le Bris que llegaba de Corfú a todo correr. Había visto a _le Tas_ en una ventana del hotel Trafalgar, y al galope traía este notición. El cochero de la señora Chermidy al que había encontrado a la puerta de la villa, lo había asustado al decirle que había llevado allí a una señora. Recorrió la casa, puso en pie a todos los dormilones que hallaba en su camino y bajó las escaleras del jardín de cuatro en cuatro peldaños.
No pensaba el doctor que la señora Chermidy fuese capaz de cometer un crimen; pero, sin embargo, dejó escapar un suspiro de satisfacción al encontrar a Germana como la había dejado. Le tomó el pulso antes de decir palabra y luego habló.
--Condesa, está usted un poco agitada--manifestó--, y creo que la soledad le será conveniente. Descanse usted si le parece, mientras yo acompaño a la señora hasta su coche.
Dictó la orden sonriendo, pero con un tono tan autoritario que la señora Chermidy aceptó su brazo sin replicar.
Cuando hubieron dado juntos algunos pasos añadió el doctor:
--¡Cómo, mi linda cliente! ¡Supongo que no tiene usted la intención de estropear mi obra! ¿Qué diablo viene usted a hacer aquí?
--¿Qué carta es ésa, pues--contestó la viuda ingenuamente--, que ha escrito usted al duque?
--¡Ah, ya comprendo! Con efecto, pasamos una semana difícil; pero el buen tiempo ha reaparecido.
--¿No queda ningún recurso, llave de los corazones?
--Ninguno, como no me muera.
--¿Y qué va usted ganando?
--La satisfacción del deber cumplido. Es una hermosa curación; como ésa no se cuentan por docenas.
--Mi pobre amigo, dicen que usted hará carrera; yo me temo que no pasará de vegetar toda su vida. Las personas de talento son a veces bastante estúpidas.
--¡Qué se le va a hacer! No se puede contentar a todo el mundo. La Fontaine ha dicho eso en verso, no recuerdo dónde.
--¿Qué va a ser de mí? Lo pierdo todo.
--¿Cree usted?
--Sin duda.
--Los millones, pues, para usted no son nada. Usted es mujer precavida, y ha ido siempre a lo práctico.
--¿Esa opinión es la de usted?
--La mía y la de otros.
--¿La de don Diego, acaso?
--Es posible.
--Pues es bien injusto. Por nada le devolvería lo que me ha dado.
--Ya sabe usted que él no lo tomará. Adiós, señora.
--¿Sigue usted teniendo a ese Mateo que el duque le envió de París?
--Sí; ¿por qué?
--Porque ya le he dicho que desconfíe de él.
--Por mí no le han despedido.
La señora Chermidy regresó precipitadamente a la ciudad. Su retirada parecía una derrota, y _le Tas_, que esperaba noticias en la ventana, adivinó en seguida lo que ocurría. Así que la viuda llegó a su habitación exclamó:
--¡Maldita jornada!
--¿Se ha salvado?
--Está curada. No he podido ver al conde, ni creo verlo, y Le Bris casi me ha puesto en la calle.
--Si éste encuentra su clientela, pierdo el nombre que llevo. Ya puedes hacer, amigo, lo que quieras, pero nunca serás más que un imbécil.
--O un bribón. Nos ha engañado como todos los demás.
--¿De quién fiarse, gran Dios, si no se puede contar con un ex presidiario?... Después de esto, le habrán puesto quizás en la puerta.
--No, aun está en la casa.
--Entonces aun hay remedio. Yo le hablaré. Hay que jugarse el todo por el todo.
--¡Vamos, pues! Es necesario que vea a don Diego.
--¿Y cómo le verás?
--Alquilaré cualquier casa por allá.
--Vamos. Estoy segura de que si llegas a tenerle bajo tus ojos, harás de él lo que quieras. ¡Estás soberbia!
--Es la cólera. Le he reclamado el pequeño, y les he amenazado con un proceso. Tendrá miedo y vendrá.
--¡Si viene, lo robas!
--¡Como a una pluma!
--Quizás has hecho mal en hablar de proceso. Es demasiado orgulloso para ceder por ese procedimiento. Atacar a un español por las amenazas, es lo mismo que acariciar a un lobo a contrapelo.
--Si las amenazas no sirven para nada, tengo otra idea. Hago testamento en favor del marqués, le devuelvo sus millones hasta el último céntimo y después me mato.
--¡Vaya una idea! ¡Muy bonita! ¿Y qué habrás adelantado con eso?
--¡No seas tonta! Me mataré sin hacerme daño. El testamento demostrará que no tengo apego al dinero; el puñal, que tampoco se lo tengo a la vida, pero no me mataré hasta el momento en que vaya a abrir la puerta.
_Le Tas_ encontró la invención excelente, aunque no fuese precisamente nueva.
--¡Bueno!--dijo--; es, únicamente, un caballero andante; no tolerará que la mujer a quien ha amado se dé muerte por sus hermosos ojos. ¡Son tan bestias los hombres! ¡Si yo fuese tan bonita como tú, los haría correr!
--Mientras tanto, hija mía, seremos nosotras las que corramos; y desde mañana mismo.
--¡Pues bien, sí! ¡en marcha!
Al día siguiente, las dos mujeres, escoltadas por un mozo de cuerda, se hicieron conducir al sur de la isla. Allí, en las inmediaciones de la villa Dandolo, encontraron una linda casita para vender o alquilar, con su verja y todo. Era la misma que la señora de Villanera había elegido para el señor de La Tour de Embleuse, en el caso en que éste se decidiese a pasar el verano en Corfú. Era el castillo en el aire del pobre Mantoux, llamado _Poca Suerte_. La casa fue alquilada el 24 de septiembre, amueblada el 25 y ocupada el 26 por la mañana. Así se lo hicieron saber a don Diego.
El conde pasaba un verdadero suplicio desde hacía tres días. Germana le contó la visita que había recibido. La pobre niña no sabía el efecto que le produciría aquella noticia y, sin embargo, quiso ser ella quien se la diese. Al anunciar a don Diego la noticia de la llegada de su antigua amante, se aseguraba en un instante de si estaba bien curado de su amor. Un hombre sorprendido no tiene tiempo de disimular y la primera impresión que se lee en su cara es la verdadera. Germana se jugaba el todo por el todo sometiendo a su marido a semejante prueba. Un relámpago de alegría en los ojos del conde la habría matado más seguramente que un pistoletazo. Pero las mujeres son así, y su amor heroico prefiere un peligro seguro a una dicha incierta.
El señor de Villanera estaba bien curado, porque se enteró de aquella noticia como el que recibe una impresión desagradable. Su frente se veló de una tristeza que no tenía nada de exagerada, porque era sincera. No se mostró ni indignado ni escandalizado, porque el paso de la señora Chermidy, impertinente a los ojos de todos, era bien excusable para él. No hizo el gesto de desagrado de un gobernador de provincia al que dicen que el enemigo ha hecho una incursión en su territorio; demostró el disgusto de un hombre al que un accidente previsto viene a turbar en su felicidad.
Germana no pudo repetirle sin un poco de cólera las palabras insolentes de aquella mujer y sus monstruosas pretensiones. El doctor hizo coro con ella y la anciana condesa lamentó altamente no haber estado allí para arrojar a aquella desvergonzada a la puerta o al mar; el mar era una de las puertas del jardín. Pero don Diego, en lugar de unirse a las protestas de toda la familia, se aplicó a calmar ánimos y a vendar heridas. Defendió a su antigua querida o, mejor dicho, la compadeció como un hombre galante que ya no ama, pero que se cree amado aún. Llenó este dulce deber con una tal delicadeza, que Germana aun quedó agradecida, porque apreció una vez más la rectitud y la firmeza de su alma. Además, si le permitía al conde dar su compasión a la señora Chermidy, es porque estaba bien segura de poseer todo su amor.
La condesa era bastante menos tolerante. La reivindicación del niño y la amenaza de un proceso escandaloso, la habían exasperado. No se conformaba con menos que entregar a la viuda a los magistrados de las siete islas y hacerla expulsar vergonzosamente como una aventurera.
--El señor Stevens--dijo--es amigo nuestro y no nos negará este pequeño servicio.
Para ella, la visita de la viuda a Germana tenía todos los caracteres de una tentativa de asesinato, porque, después de todo, la presencia de una mujer tan odiosa podía matar a una convaleciente. El doctor no encontró descabellada la idea.
El conde intentó calmar a su madre.
--No tema usted nada--dijo--, no intentará ningún proceso. No es tan desnaturalizada que quiera comprometer a su hijo al mismo tiempo que a nosotros. La cólera la ofuscó, sin duda. A nosotros, que somos dichosos, nos es fácil hablar sensatamente. Debe estar indignada contra mí y mirarme como a un gran culpable, porque yo la he abandonado sin tener nada que reprocharle; en ocho meses no le he escrito ni una sola carta; he dado mi alma a otra. Aun me odiaría más si supiera que los días más dichosos de mi vida son los que he pasado lejos de ella al lado de mi Germana y si yo le dijese que mi corazón está lleno de amor hasta los bordes, como esas copas que una gota más haría desbordar. Déjeme que la despida con buenas palabras. ¿Por qué no he de ir a abrirle mi corazón y a mostrarle que ya no queda sitio para ella? No hace falta más que una hora de dulzura y de firmeza para cambiar el amor despechado en una amistad pura y duradera. Yo le aseguro que no pensará más en el escándalo y será digna de encontrarse con nosotros sin embarazo y de enviar a buscar de cuando en cuando noticias de su hijo. Hay pocas mujeres que no estén expuestas a codearse en un salón con la antigua amante de su marido. Y no por eso se arrancan los ojos; el presente y el pasado viven en buena harmonía, una vez que la frontera que las separa está bien delimitada. Considere, además, que nuestra situación no es la corriente. Por mucho que hagamos nosotros, por mucho que haga ella misma, esa desgraciada será siempre, a los ojos de Dios, la madre de nuestro hijo. Aunque no hubiese sido más que su nodriza, nuestro deber sería asegurarla contra la miseria. No nos neguemos a una gestión inocente y prudente que puede salvarla de la desesperación y del crimen.
Don Diego hablaba de tan buena fe, que Germana le tendió la mano y le dijo:
--Amigo mío, yo había asegurado a esa mujer que no volvería a verle, pero si yo hubiese oído hablar a usted con tanta razón y experiencia, yo misma le hubiera conducido a usted a su casa. Tome el coche sin pérdida de tiempo, corra a despedirla y perdónela el mal que me ha hecho como yo la perdono.
--¡Muy bonito!--exclamó la señora de Villanera--. Si él sube al coche, yo misma desengancharé a los caballos. Don Diego, usted no me consultó para tomar una amante; no me escuchó usted cuando le dije que había caído en manos de una bribona; puesto que usted me consulta hoy, tendrá que escucharme hasta el fin. Soy yo quien le he casado. Yo le he dejado hacer, en el interés de nuestra raza, un tratado que sería odioso entre los burgueses; pero la grandeza de los intereses y el principio a salvar, excusan muchas cosas. Dios ha permitido que un asunto tan mal iniciado se haya convertido en la felicidad de todos. ¡Dios sea loado! Pero no se dirá, mientras viva yo, que usted ha salido de casa de su esposa santa y legítima para entrar en la de su antigua amante. Ya sé que usted no la ama ya, pero tampoco la desprecia lo bastante para que yo le crea curado. Esa Chermidy le ha tenido tres años en sus garras; no quiero exponerle a que caiga de nuevo en ellas. No diga usted que no con la cabeza. La carne es débil, hijo mío; lo sé por usted, ya que no por experiencia propia. Conozco a los hombres, aunque nunca me han hecho la corte. Pero cuando se asiste al teatro por espacio de cincuenta años se está un poco en el secreto de la comedia. Acuérdese bien de esto: el mejor de los hombres no vale nada. El mejor es usted, se lo concedo. Usted está curado de su amor; pero esos amores parásitos son de la familia de la acacia; se arranca el árbol, se queman las raíces y los retoños salen a millares. ¿Quién me asegura que la vista de esa mujer no le hará perder la cabeza? Usted no tiene el cerebro tan sólido para exponerlo a semejante sacudida. Quien ha bebido beberá; y usted ha bebido tanto que yo pensaba que se ahogaría. ¡Ah! si usted estuviese casado desde hace tres o cuatro años, si usted viviese como vivirá pronto, con la ayuda de Dios, si el marqués tuviese un hermano o una hermana, quizás entonces le dejaría suelta la brida. Pero suponga que su antigua locura vuelve, ¡habría hecho yo un bonito papel casándole con este ángel! Por eso es, mi querido conde, por lo que no irá usted a casa de la señora Chermidy, ni siquiera para despedirla, y si, a pesar de mi negativa, va usted, cuando vuelva no encontrará aquí ni a su mujer ni a su madre.
Don Diego se conformó, pero estuvo de mal humor por espacio de tres días. El doctor Le Bris había cambiado de enfermo y se dedicaba a curar el cerebro de su amigo y a desarraigar las ilusiones obstinadas que el conde guardaba sobre su amante. Desató implacablemente la tupida venda que el pobre hombre se había dejado colocar sobre los ojos. Le contó detalladamente todo lo que sabía del pasado de aquella mujer; le hizo ver que era ambiciosa, avariciosa, ladina y malvada.
--Me llaman la tumba de los secretos--pensaba, adivinando todas las maldiciones que sobre él caerían--, pero la justicia tiene derecho a abrir las tumbas.
Don Diego dudaba aún; le hizo leer la última carta que había recibido de la señora Chermidy. El conde se estremeció de horror viendo allí una provocación al asesinato con una recompensa de quinientos mil francos.
La llegada del duque fue una nueva prueba de la maldad de la señora Chermidy. El pobre anciano había hecho el viaje sin accidentes gracias a ese instinto de conservación que nos es común con los animales; pero su espíritu había desgranado todas sus ideas por el camino, como un collar cuyo hilo se rompe. Supo encontrar la villa Dandolo y cayó en medio de la familia extrañada, sin más emoción que la que experimentaría al salir de su habitación. Germana le saltó al cuello y le colmó de ternezas; él se dejaba acariciar como un perro que juega con un niño.
--¡Qué bueno es usted!--le dijo--. Ha sabido que yo estaba en peligro y ha corrido a verme.
--¡Toma! Es verdad--respondió--. ¿No has muerto, pues? ¿Cómo te las has arreglado? Estoy muy contento, es decir, no mucho; Honorina está furiosa contra ti. ¿No está aquí Honorina? Ha venido a casarse con el conde. ¡Mientras me perdone!
Nadie le pudo arrancar una palabra sobre la salud de la duquesa, pero en cambio habló de Honorina tanto como quiso. Contó todas las dichas y todos los pesares que le había dado. Todos sus discursos se referían a ella, así como todas sus preguntas: la quería a todo precio y empleó la astucia de una tribu india para descubrir su dirección.
La llegada inesperada de aquella ruina viviente fue un serio dolor para Germana y una cruel enseñanza para don Diego. La señora de Villanera, que nunca había sentido simpatía por el duque, se interesaba mediocremente por su estado, pero se consideraba triunfante al tener a mano a una víctima de la señora Chermidy. Dedicó los cuidados más asiduos al señor de La Tour de Embleuse y le arrancó todos los secretos de su miseria y de su decadencia.
El duque había fondeado en la casa desde hacía unas horas, cuando la señora Chermidy hizo saber a don Diego que era vecina suya y que le esperaba. El conde enseñó la carta al señor Le Bris.
--¿Qué le contestaría usted en mi lugar?--le preguntó con indiferencia.
--La ofrecería dinero. Ella ha venido aquí para apoderarse de su nombre, de su persona y de su fortuna. Cuando ha visto que la condesa aún vivía, ha renunciado al nombre y se ha hecho fuerte en lo demás. Cuando vea que su persona de usted se pasa fácilmente sin la suya, se contentará con el dinero.
--¿Y ese proceso, ese escándalo con que nos amenaza?
--Ofrézcala dinero.
--Pero, ¿y su hijo?
--Cuestión de dinero. Claro que habrá de ser mucho. Se dan dos sueldos a un mendigo de blusa, diez al que viste de americana, cien al de levita; calcule usted lo que conviene ofrecer a los que mendigan en coche de cuatro caballos.
--¿Quiere ir usted a ver lo que pide?
--¡Diablo! Usted me ha contratado por meses; no contábamos las visitas.
El doctor se hizo llevar a casa de la señora Chermidy. Cuando entró, estaba en escena. Sentada lánguidamente en un gran sillón, los brazos colgando, la cabellera suelta, dejaba errar sus ojos melancólicos, y _Soñadora, miraba vagamente hacia el espacio._
--Buenos días, señora--dijo el doctor--. Puede usted sentarse a su comodidad, soy yo.
Se levantó sobresaltada, corrió a él y le dijo:
--¡Es usted, amigo mío! Me dio usted un disgusto el otro día. ¿Es así como debía acogerme después de una larga ausencia?
--No hablemos más de eso, ¿le parece a usted? Hoy no vengo como amigo, sino como embajador.
--¿No le veré a él, pues?
--No; pero, si tiene usted curiosidad por ver a alguien, puedo enseñarle al duque de La Tour de Embleuse.
--¿Está aquí?
--Sí, desde esta mañana. Una linda obra de usted, pero sin firma.
--No soy responsable de las necedades de todos los viejos locos que pierden la cabeza por mí.
--¿Ni de los millones que pierden en su casa? De acuerdo.
--¿Pero de buena fe me cree usted una mujer interesada, llave de los corazones?
--¡Caramba! ¿Cuánto quiere usted por volverse a París y permanecer tranquila allí?
--Nada.
--Le pagaremos el pasaje, aunque cueste un millón.
--Es que somos dos; he traído a _le Tas_.
--Doblaremos quizá la suma.
--¿Qué ganaría yo con eso? Si yo fuese lo que usted supone, podría tomar hoy el dinero y dar mañana el escándalo. Pero valgo más que todos ustedes.
--¡Muchas gracias!
--Tome usted, bello embajador, llévele esto al rey su señor y dígale que si quiere algo para el otro mundo, me lo puede enviar esta noche.
--¡Cómo! ¿Ya acudimos a los grandes efectos?
--Sí, amigo mío. Este es mi testamento y aquí está el acta de mis últimas voluntades. El paquete no está cerrado, puede usted leerlo.
--¡Efectivamente!
Y leyó:
«Este es mi testamento y el acta de mis últimas voluntades.
»En la víspera de dejar voluntariamente una vida que el abandono del señor conde de Villanera me ha hecho odiosa...»
--¡Desgraciada!--dijo el doctor interrumpiendo la lectura.
--Es la verdad pura.
--Borre esa frase. Está mal escrita.
--Las mujeres no escriben bien más que las cartas. No tienen la especialidad de los testamentos.
--Entonces, continúo:
«Yo, Honorina Lavenaze, viuda de Chermidy, sana de cuerpo y de espíritu, lego todos mis bienes muebles e inmuebles a Gómez, marqués de los Montes de Hierro, hijo único del conde de Villanera. (Firmado.)»
--Y mañana por la mañana quedará rubricado. ¡Vaya usted!
--Me parece que no.
--¿Lo duda usted?
--Sí.
--¿Y quiere usted decirme por qué no me mataré yo?
--Porque eso sería un gran placer para tres o cuatro honradas personas que yo conozco. Adiós, señora.
Aun no se había cerrado la puerta tras el doctor, cuando _le Tas_ salió de una habitación inmediata en compañía de Mantoux.
XIII
EL PUÑAL
Mateo Mantoux no podía consolarse de la curación de Germana. Acusaba al droguero de haberle vendido arsénico falsificado. En su dolor, descuidaba el servicio y se consolaba divagando alrededor de la villa. El objeto de sus paseos era siempre aquella linda propiedad de la cual había sido el dueño en esperanza. A fuerza de contemplarla la conocía hasta en sus menores detalles, como si se hubiese criado en ella. Sabía cuántos balcones tenía la casa y no había un árbol que no tuviese un recuerdo para él. Había franqueado la verja más de una vez, lo que no era difícil. Aquel paraíso terrestre estaba cerrado por un seto de cactus y de áloes, formidable defensa si se cuida de ella, pero la infranqueable barrera había caído en tres o cuatro sitios y la delicada librea de Mantoux podía saltar sin peligro al recinto prohibido.
El 26 de septiembre, hacia las cuatro de la tarde, aquel melancólico bribón pensaba en su desgracia franqueando la valla. Se acordaba con amargura de sus primeras entrevistas con _le Tas_ y de la acogida de la señora Chermidy. Cuando comparaba su situación presente con la que había soñado, se consideraba como el más desgraciado de los hombres, porque creía haber perdido lo que había dejado de ganar. La interrupción de una masa enorme que se movía pesadamente en el jardín interrumpió el curso de sus ideas. Se restregó los ojos y se preguntó por un instante si veía a _le Tas_ o a su sombra; pero las sombras no abultan tanto. _Le Tas_ le advirtió y le hizo señas. Precisamente estaba buscándole.
--¡Qué tal!--le dijo--. ¿Cómo va eso, guapo enfermero? Ha cuidado usted muy bien a su ama y ya está curada.
--¡Poca suerte!--respondió él con un gran suspiro.
--Estamos solos--continuó _le Tas_--, nadie puede oírnos; no tenemos tiempo que perder. ¿Estás contento de que haya curado tu señora?
--Ciertamente, señorita. No obstante, su ama me había prometido otra cosa.
--¿Qué es lo que te había prometido?
--Que la señora moriría bien pronto y que yo tendría 1.200 francos de renta.
--Y tú hubieras preferido eso, ¿verdad?
--¡Claro! Así hubiera sido propietario, mientras que ahora tendré que vivir siempre en casa de los otros.
--¿Y no se te ha ocurrido nunca hacer por tu cuenta lo que la enfermedad no había hecho?
Mantoux la miró fijamente con una turbación visible. No sabía si se trataba de un juez o de un cómplice. Ella le sacó de su embarazo añadiendo:
--Yo te conozco; te había visto en Tolón. Cuando fui a visitarte a Corbeil, ya conocía tu historia.
--¡De modo que usted...! ¿Así usted tenía su idea al enviarme aquí?
--Seguramente. Si no hubiese habido nada que hacer, yo hubiera buscado a un hombre honrado. Gracias a Dios, no faltan. ¡Hasta hay demasiados!
--¿Y era por eso por lo que me ofrecían 1.200 francos de renta?
--¡Figúrate!
--Sospecho que fue usted la que me escribió aquel anónimo.
--¿Quién había de ser?
--¿Pero qué interés tiene usted?
--¿Qué interés? Tu ama ha robado su marido a la mía. ¿Comprendes ahora?
--Empiezo a comprender.
--Deberías haber empezado más pronto, ¡imbécil!
--Es verdad; no obstante, algo he hecho.
--¿Qué has hecho?
--He comprado arsénico y le he dado un poco todas las noches.
--¿De veras?
--¡Palabra de honor!
--Debes de haberle dado muy poco.
--Tenía miedo de comprometerme. Es un veneno que deja señales.
--¡Cobarde!