Part 8
La acaudalada señora de Pinto, rica propietaria de Bahía de Todos los Santos, que hacía cuatro años vivía en París con gran lujo, no bien se informó de la llegada del Vizconde, a quien había conocido en Río, le escribió un billetito, convidándole a los tés musicales y a veces danzantes que tenía todos los viernes, y donde la mayor de sus hijas, que eran dos, y ambas bonitas, mostraba su habilidad y hechizaba con su voz melodiosa, cantando alternativamente, ya las _modinhas_ de su país, ya las canciones más sentimentales y melancólicas de Alemania, Italia y Francia.
El Vizconde de Goivoformoso aceptó gustosísimo aquella amable invitación, y casi puede decirse que la primera tertulia a que asistió, después de su llegada, fue a un té en casa de la mencionada dama brasileña.
-XXV-
Vivía la señora de Pinto en una de las mejores calles que cortan perpendicularmente la calle de la Universidad: en la parte menos bulliciosa de las dos en que la ciudad está dividida por el Sena. La casa de la dama brasileña era nueva y tenía hermoso aspecto. La señora de Pinto habitaba en un piso principal, cómodo y espacioso.
Ella tenía buen gusto y había amueblado su estancia, valiéndose de los mejores tapiceros, con muebles elegantes y hasta lujosos, pero sin relumbrón alguno. Nadie hubiera podido criticar sus salones por lo chillón y lo dorado de los adornos, pero hubiera habido en ellos algo de trivial y sin carácter propio, si la mencionada dama, o por reflexión o por instinto, no hubiera acudido a ponerles un sello de originalidad peregrina, un tinte marcado de distinción semi-aristocrática, semi-americana. Había en la antesala tapices y reposteros, donde se veían bordados los complicadísimos escudos de la gloriosa e histórica familia de los Pintos; y en el centro, frente a la puerta de entrada, resplandecía, en gran cuadro al óleo, al parecer antiguo, la reverenda imagen de Fernán-Méndez, tan célebre por sus estupendas peregrinaciones, y uno de los más brillantes antepasados de que aquella familia se jactaba. Y como si fueran reliquias de los mil curiosos objetos que Fernán-Méndez Pinto hubo sin duda de traer cuando volvió a Europa, se admiraban en aquella antesala broqueles, armaduras, lanzas y sables chinos, japoneses e indostaníes, combinado todo en las panoplias con flechas y cuchillos de pedernal de los tupinambas, de los tupíes y de otras tribus guerreras del imperio brasílico. En dos salas contiguas apenas había nada de exótico, pero sí muchos primorcitos y antiguallas de porcelana, bronce y plata, estatuetas, esmaltes y vasos colocados en rinconeras, anaqueles y repisas, o ya sobre los mismos muebles, ya custodiados en _vitrinas_ de prolija talla y gracioso dibujo. El salón de baile era de la más sencilla elegancia, estilo Luis XVI; sin más adornos que grandes espejos. Los marcos y demás ornamentación, aljabas, palomitas, lazos y flores, todo de madera charolada o más bien esmaltada de blanco con filetes azules. En los ricos aparadores del comedor y en sus armarios de roble esculpido, había mucha plata labrada, y en las paredes se veía suspendida multitud de platos de diversas épocas y procedencias, muestras escogidas del arte cerámica.
La señora de Pinto, por último, había echado el resto en su _boudoir_ y marcádole más hondamente con el sello de su originalidad brasileña. Allí, sobre un fondo de muebles cómodos y bonitos, de lo más perfecto y refinado que en París se construye, había en urnas de cristal lindos pajaritos disecados, mariposas e insectos de vivísimos colores; pájaros vivos en doradas jaulas, y lozanas plantas de entre trópicos criadas en invernáculo con atinado esmero.
Todas estas preciosidades y otras muchas que aquí no se ponen para que no parezca inventario este escrito, no evitaban que los maldicientes, los descontentadizos y los muy preciados de pertenecer a la flor y nata de la _high-life_ o de la _smart-set_, calificasen de _interlopes_ y de _rastaquouères_, tanto la escena que acabamos de presentar, como las personas que en ella aparecían.
Contribuían no poco a que se formase este mal juicio las dos señoritas de la casa, cuyo prurito de señalarse entre las demás mujeres y de llamar la atención era harto extremado. No se contentaban con ser elegantes y con andar bien vestidas como las mujeres parisienses, sino que gustaban de añadir a las galas europeas, rasgos y perfiles del remoto país en que habían nacido y de otras apartadas regiones.
La noche de la tertulia a que asistió por primera vez el Vizconde de Goivoformoso, la mayor de las señoritas de Pinto, que se llamaba Julia, tenía un collar de brillantes coleópteros, cuyos élitros, heridos por la luz de lámparas y bujías, lanzaban deslumbradores y tornasolados reflejos; y la segunda, que se llamaba Flora, llevaba zarcillos y collar de uñas de tigre, muy lustrosas y acicaladas, engarzadas en oro. Atado además de sutilísima cadenilla, pendiente de un brazalete, llevaba esta señorita, para colmo de distinción caprichosa y rara, un magnífico escarabajo vivo, que se le paseaba por el brazo, el talle y la desnuda garganta y cuyo refulgente color verde oscuro le hacía parecer animada esmeralda.
La mamá nada tenía de extraño en su tocado y vestido. En sus modales, si por algo pecaba, era por sobra de naturalidad y franqueza. La señora de Pinto, con relación a los remilgos afectados y a las ceremonias de París, era por demás llanota y campechana. Como ya frisaba en sesenta años, aunque se conservaba muy bien, no tenía para qué reportarse, ni se reportaba y refrenaba en sus manifestaciones de cariño; de modo que recibió al Vizconde materialmente con los brazos abiertos. Sus salones estaban ya llenos de gente, pero no impidió esto que el Vizconde fuese por ella abrazado y casi besado. Ella decía que era como una hermana que, después de largos años de ausencia, vuelve a ver a su hermano; pero él entendía que la suposición hubiera estado mejor hecha figurando ella como madre y él como hijo. La verdad era, que si bien el Vizconde tenía más de cincuenta años, estaba tan bien, que parecía un muchacho, un buen mozo, atildado, gallardo y fino.
-XXVI-
Creyendo la señora de Pinto cumplir con un deber y deseosa además de presentar al Vizconde a los más notables personajes de su tertulia, se apoyo en su brazo y recorrió con él los salones. La concurrencia era verdaderamente cosmopolita, y, al parecer, de lo más selecto y encopetado. Verdad es que la señora de Pinto no nombraba sino a las personas que más notables le parecían, y sólo a las archinotables presentaba al Vizconde. Había allí cuatro príncipes rusos y dos o tres griegos, varios marqueses italianos, un miembro del Parlamento inglés, un célebre poeta rumano, algunos señores polacos y seis o siete condes de Alemania y de Austria, todos _hof-fähig_, o dígase capaces de asistir en la corte, con dieciséis cuarteles cabales, y sin el menor menoscabo ni deterioro en ninguno de ellos. Las esposas, hijas o hermanas de todo aquel señorío masculino daban a los salones gracia, hermosura y lucimiento.
Había allí también literatos franceses, aunque de quinto o sexto orden, o de aquellos cuya celebridad y gloria estaban aún en ciernes o en capullo, sin acabar de florecer y de abrirse a la clara luz del día; periodistas de varios partidos y media docena de banqueros o aprendices de banqueros, unos israelitas y otros católicos.
No se habla aquí de los españoles, portugueses y americanos, porque estos eran muchos y formaban la gran mayoría de tan híbrida asamblea.
Entre los varios sujetos a quienes la señora de Pinto presentó al Vizconde, ninguno llamó más su atención, atrajo más su curiosidad ni le inspiró mayor simpatía que un caballero gascón, llamado el Barón de Castel-Bourdac. Sin ver en ello el menor rasgo de caricatura, y sin poner ironía en el tono o en el giro de la frase, podíase afirmar de este Barón, tanto a primera vista, como después de hablarle y tratarle, que en su porte, en sus modales, en su conversación y en su traza, era todo un gentil hombre: un caballero muy distinguido. Algo había en él de ridículo, pero estaba tan hondo y bien disimulado, que era menester penetrar mucho para que se descubriese. Tenía él cerca de setenta años, pero no estaba ni muy grueso ni muy flaco, era ágil y esbelto, no se pintaba la cara ni se teñía la barba ni el pelo, cuya limpia blancura despedía resplandor argentino. Su traje, sin nada que se contrapusiese a la ancianidad de la persona, era sencillo y elegante. Nada de dijes. Sólo botoncillos de nácar cerraban la bien planchada pechera. El lazo de la corbata blanca estaba improvisado sin artificio. El chaleco era negro.
Pasaba el Barón por persona de conversación amenísima. Sus chistes eran repentinos, frescos y no recalentados ni preparados en casa. Todo el mundo sabía que era pobre, y él distaba infinito de ocultarlo, aunque nunca se lamentaba de su pobreza. No adulaba a nadie, pero no hablaba mal de nadie tampoco. Estaba lleno de ingénita benignidad y de natural indulgencia. Era gracioso y hacía reír con sus ocurrencias, sin poderlo remediar: de la manera más espontánea, sin chocarrerías ni bufonadas, y sin que ni remotamente se descubriera en él el propósito de ganarse por aquel mérito las voluntades y de adquirir reputación y valimiento.
Lo más censurable que en él había, estaba fundado en el consorcio estrecho, en la combinación fecunda de su imaginación y de su memoria. Se diría que recordaba cuanto inventaba y que inventaba cuanto recordaba. Siempre que contaba algo, lo soñado y lo vivido eran como si fuesen idénticos, apareciendo él de resultas, no embustero, sino poeta. Pero en sus cuentos, ora fuesen ficción, ora historia verdadera, nada había nunca en perjuicio del prójimo, y a veces había mucho de verdad, aunque exagerada y bordada. Las telas de su cerebro eran como mapa confuso, donde estaban muy borrosos los límites entre lo real y lo ideal, lo fantástico y lo positivo.
De todos modos, era innegable y notorio que el Barón había poseído bastantes bienes de fortuna que en su mocedad había disipado; que hacía treinta o cuarenta años había figurado como joven muy gallardo e interesante, conquistador de no pocos corazones femeninos, y que por su nacimiento y familia bien se podía jactar de ser muy ilustre. Él ponderaba y encarecía sus perdidas riquezas, sus antiguas conquistas, lo glorioso de su cuna y su clarísima prosapia. Sin duda, él elevaba todo esto a la cuarta o a la quinta potencia, pero tenía por raíz exacta la verdad, y nadie lo desconocía.
Puestos ya en comunicación el Barón y el Vizconde, la señora de Pinto dijo a éste:
--Ahora voy a dar a usted una muy agradable sorpresa; voy a llevarle a la presencia de la que por su beldad, discreción y elegancia, es reina de estos salones y lo sería de cualesquiera otros en que se hallase.
--¿Y por qué ha de ser eso una sorpresa?--preguntó el Vizconde.
--Es una sorpresa--replicó la señora de Pinto--, porque la dama de que hablo es una antigua, íntima y constante amiga de usted, a quien tiene usted muy olvidada.
Y sin más explicaciones, llevó al Vizconde al _boudoir_, donde no habían entrado aún.
Cercada allí de seis o siete caballeros y en muy animada conversación, había una dama, en cuyo traje y adornos nada se notaba de llamativo ni de extraordinario, pero en quien todo sujeto inteligente y perito en cosas del gran mundo hubiera notado en seguida valer superior a cuanto en torno tenía. Hubiera podido imaginarse que era un ser de más fina y noble naturaleza, como caído de las nubes, en medio de aquella sociedad de distinción más aparente que real.
La dama llevaba un traje de seda negra. En su blanca garganta lucía un magnífico collar de gruesas y redondas perlas. Y perlas adornaban también sus negrísimos cabellos. Su edad, nadie hubiera acertado a determinarla. Parecía no tener edad, como las diosas o como las inmortales obras del arte. En sus expresivos y negros ojos ardía la llama de perdurable primavera y en sus mejillas tersas, sin el menor afeite, florecían las rosas de juventud sana, inmarcesible y sin término. Grande era la serena majestad que se notaba en sus movimientos y en los gestos y expresión de su cara, aunque hablaba y reía con la mayor animación, naturalidad y desenfado, no dejando traslucir, ni por un leve instante, el afán de excitar la admiración y de obtener el encomio. Ella parecía como olvidada de sí misma, deleitándose en hablar sin oírse y sin pensar en el efecto que su figura corporal, su voz y su palabra producirían.
Inmenso fue el asombro del Vizconde cuando reconoció en aquella dama a su excelente amiga Rafaela la generosa, bellísima como en el _Retiro de Camoens_, elegantísima y no menos bella que en Río de Janeiro, pero perfeccionada, refinada y elevada a un grado supremo de cultura, gracias a los muchos años que en la sabia escuela de París había cursado. Si vale y cabe la comparación, Rafaela se asemejaba, en lo vivo y en lo natural, a la obra maestra de un arte exquisito que con el tiempo gana y se mejora: a pasmosa e inspirada pintura, a la que presta suavidad apacible y aterciopelado realce la pátina del tiempo.
No bien la Sra. de Pinto presentó o mejor diremos _representó_ al Vizconde a la Sra. de Figueredo, ésta le recibió con efusión vivísima y con la alegría franca y cordial de quien vuelve a ver, después de cerca de veinte años de ausencia, a un bueno y cariñoso amigo.
No tuvo, sin embargo, Rafaela, a quien pronto dejaron sola con el Vizconde los que antes la rodeaban, ni una sola palabra de queja por el olvido y por la indiferencia que al parecer él había tenido para con ella.
Rafaela pasó con rapidez deslizándose sobre toda la serie de años que ella y el Vizconde habían estado sin verse.
Habló con él como habló Fray Luis de León con sus discípulos después de salir de la cárcel. Rafaela dijo también: _decíamos ayer_; esto es, habló con el Vizconde como si reanudase con él la conversación de la víspera. Si algo se aludió al tiempo pasado, fue para afirmar él, con admiración y con insistencia, que ese tiempo no había pasado por ella sino para mejorarla, o que al menos, durante todo ese tiempo, ella había estado como las encantadas princesas de los cuentos de hadas, sin que el tiempo, al pasar, las toque con sus alas, ni las ofenda, ni las huelle. El tiempo las deja en el mismo ser que tienen, ya que al empezar el encantamiento y al ponerse en ellas no les preste algo de sobrenatural y divino. Con la obligada y casi indispensable modestia, que en ocasiones tales se usa, Rafaela trató de probar que había envejecido; pero al cabo, tal vez porque no lo creía, o tal vez para evitar enojosas discusiones, convino en que estaba tan bien o mejor que nunca. Después, ella y el Vizconde charlaron muy largo rato y ambos volvieron a sentirse tan amigos como veinte años antes en Río de Janeiro, y como cerca de treinta años antes en Lisboa.
-XXVII-
Muy lisonjeado estaba el Vizconde al notar el contento y la satisfacción que al volver a verle y al hablar con él sentía la señora de Figueredo; pero el Vizconde no era presumido ni fatuo, sino razonable y juicioso. Como todos los que lo son, receló que, si abusaba de la ventaja de reanudar aquellas relaciones amistosas después de tanto tiempo, prolongando mucho el coloquio, no era difícil que en el alma de Rafaela se desbaratase o se disipase el hechizo de la novedad y que el gusto se convirtiese en enfado. Quien tiene en rico vaso un licor exquisito, no le apura de un sorbo, sino que le contempla, le paladea y poco a poco le va bebiendo. En suma, el Vizconde no quiso apurar hasta las heces el deleite de hablar aquella noche con Rafaela, exponiéndose a cansarla y a hartarla con la mera conversación, aburriendo, marchitando y hasta secando, en el alma de ella, el deseo que tal vez pudiera nacer de que la conversación dejase de ser término y llegase a ser medio y camino para mayores y más dulces intimidades. Rafaela, en verdad, hacía involuntariamente que las deseara el Vizconde, porque estaba más guapa y más interesante que nunca.
Hechas en lo interior de su espíritu todas estas consideraciones y forjando mil propósitos vagos, el Vizconde, después de preguntar a Rafaela las señas de su casa, insinuó la pretensión de no ir sólo a dejarle tarjeta, sino de hallar a Rafaela y de ser recibido.
Rafaela le contestó que ella vivía más desordenadamente que nunca; que para recibir a sus amigos no había fijado ni día ni hora; pero que a él, por excepción, le recibiría cuando a ella le fuese posible y él fuese a verla.
Todo esto, por virtud de un arte o de un instinto que suelen tener las mujeres, quedó indeciso y como flotando en el aire, sin que el Vizconde, que no quería tampoco tocar por lo insistente en pesado, lograse conseguir una cita, sin calificarla de cita: una cita implícita, disimulada y vergonzante, que era lo que él ansiaba.
Algo le contuvo también cierta ligera sonrisa burlona, que imaginó dos o tres veces ver pasar como un relámpago sobre el rostro de Rafaela, la cual harto bien sabía él que nunca había gustado de disimulos y rodeos, sino de prometer, conceder o negar, por estilo franco, sin el menor rebozo en la promesa. El Vizconde, además, no osaba pedir nada y nada pedía. ¿Con qué título, con qué motivo, había de pedir algo? ¿Era afecto renaciente, era liviano capricho, qué era lo que en aquel momento agitaba su corazón? Él mismo lo ignoraba. Sólo notaba, en el fondo de su alma, repentinos anhelos de deleite y una resucitada admiración, más vehemente que nunca, hacia aquella extraña mujer que sobre la lozana y alegre condición natural de la moza de Lisboa y sobre la graciosa pomposidad de la señora hacendada de entretrópicos, había logrado poner todos los perfiles, realces y filigranas de la parisiense más curtida y docta en el arte de los amores. El Vizconde, al menos, imaginaba todo esto, aunque nosotros no podamos asegurar que era real y exacto lo que imaginaba. Lo cierto es, que, en aquella noche, habló de todo con Rafaela: de teatros, de música, de libros recién publicados, de política y hasta de filosofía, pero no se atrevió o no halló ocasión oportuna para decirle, de sopetón y muy por lo serio, que de nuevo la amaba. Se limitó, pues, a echarle piropos, si bien con sobriedad, por miedo de hacerla reír, o lo que es peor, de fastidiarla. Así llegó la hora en que Rafaela tenía costumbre de retirarse. El Barón de Castell-Bourdac, su reconocido _cavaliere servente_, vino en su busca, le dio el brazo, y se fue con ella, sin duda en el mismo coche, acompañándola hasta su casa, antes de retirarse a la suya.
-XXVIII-
Al día siguiente el Vizconde fue a visitar a Rafaela, que vivía en el primer piso de una magnífica casa, no lejos del Arco de la Estrella, en calle y barrio nuevos y elegantes. Rafaela no estaba en casa o no recibía. El Vizconde volvió casi de diario, pero siempre en balde.
Así transcurrió, no sin grande impaciencia del Vizconde, una semana entera, y llegó otro viernes, día en que la señora de Pinto tenía su tertulia.
El Vizconde acudió tan temprano, que sólo encontró a la señora y señoritas de la casa y a tres o cuatro amigos íntimos que habían estado a comer con ellas. Tuvo, pues, ocasión de ir pasando revista, según entraban, a todas las personas que fueron a la tertulia aquella noche.
Rafaela no aparecía y el Vizconde casi había perdido la esperanza de que apareciese, cuando al fin la anunció en voz alta un criado, diciendo desde la antesala:
--La señora de Figueredo y el Barón de Castell-Bourdac.
Se diría que el Barón era el indispensable complemento de Rafaela.
El Vizconde la saludó al entrar y cruzó con ella algunas palabras; pero acertó a contenerse durante más de una hora, para que ella se cansase de charlar con sus admiradores y amigos y de recibir adoraciones, y espió la ocasión propicia en que ella estaba menos rodeada, a fin de osear fácilmente a los interlocutores enojosos y poder hablar con ella sin que nadie interviniese en la conversación ni le molestase.
Harto difícil era esto, pero al cabo lo consiguió. Creyó notar además, con íntima alegría, que para conseguirlo, si el amor propio no le alucinaba, Rafaela había puesto mucho de su parte, haciendo que desmayase la conversación, no dando cuerda a los que hablaban con ella y disimulando poco su fastidio.
En suma, el Vizconde pudo hablar con Rafaela en medio de aquel bullicio, como si estuviesen ambos a solas.
Aunque pequemos de entrometidos, acerquémonos al sofá del _boudoir_ en que ambos están sentados y oigamos algo de lo que dicen. Sin duda habían hablado ya de muchas cosas, cuando Rafaela prosiguió diciendo:
--Ahora soy independiente y libre como el aire. Alguna compensación ha de tener lo melancólico de mi aislamiento. Ni el deber, ni la gratitud, ni el amor me enlazan hoy, por manera singular, fuerte y exclusiva, con ningún ser humano. Esta paz y este sosiego de que gozo fomentan mi egoísmo, y cada día se acrecienta más mi temor de perder ese sosiego y esa paz que me son tan gratos y tan caros en medio de la agitación y del tumulto de esta ciudad populosa. ¿Por qué pretende usted privarme de mi tranquilidad y despertar mi corazón que se reposa y está como dormido? Desecharé la modestia y convendré con usted en que el tiempo no ha hecho estragos en mi ser corporal.
--Está usted más hermosa, más interesante, más lozana que nunca,--interrumpió el Vizconde.
--Sea así,--replicó ella--. Muy lisonjeada me siento de que usted lo crea y muy inclinada a creer y muy satisfecha de creer que usted no se engaña; pero si el cuerpo permanece como si hubiera vivido encantado o como si no hubiera vivido, el alma mía ha envejecido de una manera horrible. Se me figura que mi alma vive, piensa, padece y ama desde hace miles de años. Mi alma está fatigadísima. Déjela usted que se repose. No me la inquiete. Seamos buenos amigos, mejores amigos que nunca; pero nada más.
--Hoy menos que nunca puedo yo resignarme a no ser más que buen amigo de usted. Esa necesidad de reposo que usted me dice que siente me parece fingida. Cuando el cuerpo, que es mortal, está brioso y floreciente ¿cómo quiere usted que crea yo que el alma está fatigada? A veces sospecho que tiene usted otros amores. Comprendo entonces que usted no me ame; pero si no tiene usted otros amores, ámeme a mí y sean estos los últimos amores de usted y míos. Busca usted el reposo, pero el reposo no se halla en la negación del amor. El reposo y la dicha no están en que el alma ame sin objeto, o en que combata para vencer un amor naciente, o en que muerto en ella el amor de todo lo visible y asequible, se forje para satisfacción de su amor siempre vivo un objeto ideal, que jamás se realiza en la tierra. Mi alma también se siente como la de usted triste y fatigada; mas por eso mismo, y conociendo que la soledad no disiparía su tristeza ni aliviaría su fatiga, quiere el dulce apoyo de una compañera, no para lanzarse con ella en busca de violentas emociones, sino para hallar en ella la paz que le falta y el bien y el regalo que sólo pueden calmar la sed que siente de inefables venturas.
--Muy sutil y poético está usted esta noche--dijo Rafaela sonriendo--. Y lo peor es que está usted muy razonador y dialéctico; y vamos, empiezo a tener miedo de que usted me convenza. Para huir del peligro me decido a poner término a este coloquio. Déme usted el brazo.
Rafaela se levantó del sofá, tomó el brazo del Vizconde, recorrió las salas y fue saludando y hablando a multitud de personas.
El Vizconde, a pesar de tantos saludos y conversaciones diversas, no dejaba de insistir en su pretensión. De vez en cuando, en los intermedios, esto es, siempre que Rafaela dejaba de hablar a una persona para ir a hablar con otra, el Vizconde, con palabras rápidas, dichas casi al oído de ella, le rogaba que le amase. Ella parecía no oír o no entender y no le daba respuesta.
Llegó por último la hora de partir, sin que Rafaela cediese, sin que al menos diese esperanza.