Part 7
--De sobra--replicó ella--sabes mis relaciones con Juan Maury. Lo que no sabes es lo que ha habido de singular y de nuevo en estas relaciones. Otros hombres me han inspirado simpatías más o menos vehementes. Por ellos he sentido lo que se llama amistad. A caer en sus brazos me ha impulsado no sé qué extraña misericordia, no sé qué endiablada generosidad, que califico de perversa, y no sé qué vanidosa estimación de mi propia hermosura. He sido como engreído artista que anhela mostrar la linda joya que ha cincelado al que juzga delicado conocedor y buen perito. He sido como el poeta que, por más esfuerzos que hace, no sabe resistir a la tentación de recitar sus versos a quien juzga persona de gusto exquisito, capaz de estimar y de tasar el valor de ellos y los quilates de perfección y de belleza que contienen. Esta soberbia mía y el benigno afán de conceder yo venturas, sin pena para mí, sino tal vez con deleite, han sido la causa de no pocos extravíos y ligerezas que deploro. La gente me calificará de mujer galante y enamorada. Pero, si bien se mira, yo no he conocido el amor, como este no sea una combinación de amistad, aprecio, deseo de agradar y de embelesar, y empeño vanidoso en mostrar a quien se aprecia y a quien se profesa cierto cariño, todo el valer, toda la lozanía y toda la potencia deleitable y beatífica de la propia persona. Pero esto no es el verdadero amor. Si no fuese por los versos y las novelas que he leído, yo no tendría de él ni noticia ni presentimiento. En mi alma ha habido predilección no pocas veces. Tú, por ejemplo, y no quiero lisonjearte, has sido uno de mis predilectos. Lo que no ha habido en mi alma ha sido el amor perfectísimo de que nos habla la poesía. Mi alma ha tenido sus predilectos. Nunca ha llegado a tener al amado: al único, al verdadero y legítimo esposo; al que exclusivamente y para siempre se rinde la voluntad y se entrega y se abandona la vida. Sin él no se concibe goce. Las aspiraciones todas del espíritu, la fe en el mérito y excelencia de un ser extraño, el ansia de inefables placeres, todo, según dicen, se pone y se busca en el amado, el cual sólo podría tener rival en Dios, si lográsemos mortificar y aniquilar nuestro cuerpo y convertirnos en espíritu puro. Para la mujer amante no tiene, pues, ni puede tener en la tierra, rival el amado. Yo no había llegado ni me consideraba capaz de llegar a tan gentil idolatría. Sólo he entrevisto y columbrado así la capacidad de sentirla como el hechizo que debe de haber en ella, desde que fui de Juan Maury. Pero él, bondadoso, agradecido, con notable afecto hacia mí, porque yo no puedo ni quiero quejarme de su tibieza ni de su egoísmo, siempre me consideró como a una buena mujer, aunque harto ligera, y ese amor verdadero, ese apretado lazo de unión completa e indisoluble entre dos corazones humanos, jamás imaginó que pudiera enlazar su corazón con el mío. Yo entiendo que esto no llega a conseguirse jamás con súplicas y excitaciones de una parte. En ambas, para que prevalezca, ha de nacer de un modo espontáneo. Además, yo soy orgullosa y detesto la ficción y la mentira, aunque la piedad las motive. De aquí que al amor ideal, al amor exclusivo y único, que iba a brotar en mi alma, por primera vez y como flor tardía, le corté yo las alas antes de que remontase el vuelo. Juan Maury se ha ido. Yo no le censuro. Ha hecho bien. Ni él podía darme ni yo podía exigirle amor constante y para siempre. Deploro el amor ahogado antes de nacer, mas no el que ya vivía y ha muerto. Hasta en mi propia alma había obstáculos invencibles contra el nacimiento del amor, obstáculos que hubieran combatido contra él para darle muerte apenas nacido. La amistad que me inspira Joaquín Figueredo, mi gratitud hacia él, la estimación que le tengo, al ver en él un conjunto de nobles prendas, oculto y sepultado antes bajo las ruines condiciones de su sórdida existencia primera, y que yo he descubierto después, así para mí como para la generalidad de los hombres, todo esto no ha podido vencer la inclinación viciosa de mi naturaleza, la vehemencia de mis pasiones y la licencia y el desenfreno en que me he criado. Inútiles han sido mis propósitos de serle fiel; pero, me parece que no puede haber fuerza en el mundo que me impulse a serle inconstante, a abandonarle, a causarle inmenso dolor dejándole ver con claridad mi desvío, siendo con él cruelmente ingrata. Tengo por cierto que si mi amor hubiera nacido y se hubiera manifestado con la mayor vehemencia y si Juan Maury hubiera participado de él por completo, todavía hubiera yo preferido morir a dejar solo a Joaquín Figueredo, sin los cuidados y la ternura que hoy más que nunca necesita y que yo le dedico. Por esta consideración, casi me alegro de que Juan Maury me haya dejado y se haya ido muy lejos. Más vale que amor no nazca que no que muera en terrible lucha con una obligación que juzgo sagrada. Acaso halles tú harto alambicado y sutil lo que estoy diciendo, pero digo lo que siento aunque te parezca inverosímil. Hoy, perdido para mí Juan Maury y demostrada mi imposibilidad de amor, queda cual único fin de mi vida el propósito de hacer feliz a Figueredo, de mirar por su salud y bienestar, de endulzar y de prolongar su vida hasta donde sea posible, y, si le sobrevivo, de cerrar piadosamente sus ojos y de llorar su muerte.
El Vizconde oyó con placer este en su sentir bello discurso, y le oyó también con asombro, porque apenas había hablado íntimamente con Rafaela desde que, en la aurora de la vida de ella y de él, tuvieron ambos frecuentes y encantadores coloquios en el famoso figón de Lisboa, llamado _Retiro de Camoens_.
En extremo se pasmó el Vizconde del extraordinario progreso del espíritu de Rafaela en agudeza y en profundidad, y de su corazón en elevaciones morales. Él pensó, no obstante, que estas elevaciones, la gratitud de Rafaela y su reconocido deber de hacer dichoso a D. Joaquín, no se habían opuesto hasta entonces, ni se opondrían en lo futuro, a ciertos dulces, misteriosos y fugaces abandonos. Pensó también que Rafaela estaba afligidísima porque no había podido nacer en ella el amor puro. Y pensó, por último, que para consolación de tantas cuitas, y vista y declarada la imposibilidad del amor puro, aún podría servir el mixto, tal como Rafaela le entendía y le había descrito, o sea la combinación de la amistad, del aprecio, del anhelo de lucir generosidad y gallardía y de la sed del deleite.
Rafaela estaba bellísima: incomparablemente más bella que allá en Lisboa, en la plaza de toros o en el _Retiro de Camoens_. Entonces era diamante en bruto: ahora diamante pulimentado y primorosamente engarzado en cerco de oro. Entonces era como planta silvestre de flor menuda y desabrido fruto, y ahora como planta cultivada con el mayor esmero, rica en flores odorantes y pomposas y en los frutos más exquisitos y sazonados.
Hechas estas reflexiones, que asaltaron con rapidez y en tumulto la mente del Vizconde, y movido además por el deseo, por el cariño y hasta por la obligación en que se creía de ofrecer consuelo, a fin de no pasar por descortés y por sandio, el Vizconde recordó con viveza las antiguas intimidades y mostró con mayor viveza aún el prurito de renovarlas. Pero se llevó chasco y se quedó frío.
Rafaela, sin menguar en nada su amistad hacia el Vizconde, y sin descomponerse con violencia y con enojo, le rechazó de modo tan resuelto y tan firme, que se disiparon las ilusiones que él se había forjado y reconoció que sólo con amistad podía consolar a Rafaela y ella quería ser consolada por él.
El Vizconde tuvo el buen gusto de acomodarse a las circunstancias e hizo bien el papel de confidente y amigo. Así el coloquio duró aún más de una hora. Rafaela volvió a hablar de su pena, de su aspiración no cumplida de amor verdadero y de la desesperanza que de este amor tenía, celebrando y llorando a la vez por ello la partida de Juan Maury. Declaró por último su firme propósito de consagrarse en adelante a la amistad sólo; a la amistad sin combinaciones y llena de limpieza. Para esto, para que fuese su íntimo amigo, había citado al Vizconde. El otro amigo predilecto, cuya vida, mejorada por ella, quería seguir endulzando hasta que llegase a su fin e iluminándola con luz hechicera, era el señor de Figueredo.
Terminadas todas estas revelaciones y apasionados discreteos, Rafaela tocó la campanilla, vino _Madame_ Duval y sirvió el té con bizcochos, pastas y tostadas, y ya con excelente crema de las vacas que había en la _chácara_ de Petrópolis.
El Vizconde tuvo que irse después por donde había venido, con el contento de que se hubiese reanudado y estrechado tan dulce amistad, y con la melancolía de que fuese ya otra su forma, harto más sutil, depurada y etérea que en lo antiguo.
-XXIII-
Nada, durante los dos o tres meses que se siguieron pudo notar la persona más lince ni propalar la más maldiciente, que en la conducta de Rafaela contradijese los propósitos expresados por ella en su coloquio con el Vizconde. Se diría, por el contrario, que ella se extremaba en realizarlos. Sus mimos, sus cuidados hacia D. Joaquín eran incesantes. Entonces aún no había ferrocarril hasta Petrópolis. D. Joaquín, que había envejecido, aunque gustaba de ir allí, se fatigaba mucho y Rafaela se opuso a que fuese. Si iba alguna vez, Rafaela le acompañaba y compartía con él la fatiga. Jamás se quejaba ya de jaqueca, ni enviaba al campo a D. Joaquín cuando estaba jaquecosa. Casi siempre, sin jaqueca, y aun cuando por acaso la padeciese, se complacía en tener a D. Joaquín a su lado. Y al mismo tiempo no se mostraba ni triste ni más seria que en lo pasado; su buen humor y su alegría eran como siempre. Sus concurridas tertulias se hicieron diarias y sin interrupción. Nadie hubiera podido declarar con fundamento que la partida de Juan Maury había modificado el ser de Rafaela.
Su amistad hacia el Vizconde siguió tan fina y tan estrecha como en el coloquio, pero sin que el coloquio se repitiese. Ella seguía hablando con el Vizconde, si bien delante de todos y sin dar que sospechar. Su conversación amistosa la consolaba y la deleitaba.
No tardó Rafaela en perder también este consuelo y este deleite.
El Vizconde tuvo que irse a Berlín a ocupar otro puesto diplomático.
Sufrió Rafaela con calma la nueva contrariedad, y aún siguió, durante algunas semanas, el mismo género de vida.
De repente, y sin que nadie pudiera atribuirlo a otra causa que a una enfermedad, Rafaela dejó de recibir, se retiró y se aisló. Nadie la veía ni en visitas, ni en paseos, ni en teatros.
Este eclipse, aunque largo, terminó al fin, cuando pasaron otros cuatro o cinco meses.
Rafaela reapareció entonces, lozana, bella y refulgente como un astro, y volvió a ser, durante más de un año, el delicioso centro de las elegancias de Río.
Quien enfermó después fue el pobre D. Joaquín. D. Joaquín enfermó muy de veras y de la última enfermedad, que fue larga y penosa. En ella le atendió, le veló y le cuidó Rafaela como la más santa, más fiel, más devota y más apasionada de las mujeres. Hubo tal sinceridad, abnegación y fervor en ella, que hasta las personas más incrédulas y mal pensadas la miraron como modelo de cariñosas enfermeras. D. Joaquín exhaló en la hermosa cara de ella el último suspiro, y ella con la dulzura de su mirada mitigó el terror que infunde el ángel de la muerte, y en la herida con que mata derramó el bálsamo de sus lágrimas.
Rafaela, por bondad y por orgullo, era generosa y desprendida. En aquella ocasión lo fue de suerte que dejó maravillados a todos los brasileños. Pudo disponer y dispuso de la última voluntad de D. Joaquín como de la suya propia. Todo D. Joaquín era suyo.
Ella, no obstante, en vez de quedarse con el inmenso caudal de D. Joaquín, se enorgulleció y hasta cierto punto se consoló con repartirle en legados a todos los parientes pobres de él, que eran muchos, y a varios establecimientos de beneficencia del imperio. A casi todos los esclavos, en recompensa de sus servicios, les concedió libertad. Sólo guardó consigo, aunque también beneficiados por el testamento de D. Joaquín, a _Madame_ Duval, a dos doncellas, y a tres negros de los más fieles, hechos también libertos.
La gente profana decía, entre admiración y broma, que jamás había habido en el mundo aventurera más rumbosa, ni más bizarra y espléndida mujer galante.
Claro está que la esplendidez de Rafaela no llegó hasta el necio extremo de quedar ella a pedir limosna o en estrechez tal que la obligase a vivir muy en desacuerdo con la magnificencia de que, durante años, había gozado. Rafaela conservó para sí una pequeña parte, en fondos extranjeros, del gran capital de su difunto marido; conservó lo bastante para que le produjese de setenta a ochenta mil francos de renta, con los que decidió irse de Río y venir a vivir en Europa.
Así lo hizo, a los pocos meses de viuda.
De los posteriores sucesos de su vida, por espacio de mucho tiempo, ni tenemos noticias circunstanciadas ni nos convendría darlas aquí aunque las tuviésemos.
Sólo veinte años después por medio del Vizconde de Goivoformoso, he vuelto yo a saber de Rafaela, reanudándose su historia en lo más esencial con lo que contaré en adelante.
-XXIV-
Entre no echar de menos a una persona y olvidarla por completo hay una enorme distancia. Si el Vizconde de Goivoformoso hubiera seguido siempre en Río de Janeiro, todo en torno de él, no sólo le hubiera recordado a Rafaela, si no le hubiera hecho desear su presencia y lamentar la falta de su trato y de su vista. Pero el Vizconde anduvo peregrinando por muy diversos y distantes países, viendo objetos nuevos, penetrando en el seno de muy diversas sociedades, hablando y oyendo hablar lenguas distintas y corriendo no pocas y variadas aventuras. Estuvo en Constantinopla, en Roma, en San Petersburgo, en Berlín y en Viena; y, aunque la nación a quien servía, así por su posición geográfica, como por la decadencia a que ha venido, no se mezclaba activamente en los grandes sucesos, él, por afición natural y también por su oficio, tuvo que enterarse circunstanciadamente de todos y mirarlos con interés. Ocurrieron casos extraordinarios que no pudieron menos de cautivar su atención poderosamente. Acabaron muchas dinastías, se hundieron muchos tronos; Italia logró al fin su unidad, en balde deseada durante trece o catorce siglos; se deshizo la confederación germánica; Austria perdió la hegemonía; Prusia, vencedora, se puso al frente de casi todos los pueblos germánicos; y por último, en tremenda lucha con Francia, Prusia la venció y la desmembró, apoderándose de algunas de sus hermosas ciudades y de parte de su fértil territorio y obligándola, desde su misma capital, de que se había apoderado, a pagar suma enormísima por su rescate.
La vida del Vizconde, que permaneció soltero, fue, a su modo, y aunque por estilo apacible, no menos rica de acontecimientos que la del mundo. No faltaron en ella lances de honor y fortuna que no nos incumbe relatar aquí. Baste saber que, durante veinte años, sobre pocos más o menos, pues no creo que importe mucho una gran exactitud cronológica, el Vizconde no volvió a ver en parte alguna a Rafaela, y ésta, si bien siguió presente en su memoria, fue como imagen aérea y algo confusa, velada como entre nubes de vagos recuerdos y de agradables antiguas emociones.
En los primeros días del año 1873, el Vizconde de Goivoformoso vino a París a pasar una larga temporada.
Vencida Francia, despojada de ricas provincias, desquiciado el primer imperio entre anárquicas convulsiones, y cruelmente multada ella, todavía se repuso o más bien no tuvo necesidad de reponerse, porque no decayó, permaneciendo robusta y firme en medio de tantos males y conservando su poder y su riqueza gracias a la constancia y a la energía de sus hijos. La fertilidad de su suelo y más aún el talento de los que en él nacen y viven para todas las artes que hermosean, hechizan o consuelan la vida humana, su industria y su comercio, su fecunda habilidad para producir objetos de lujo y de regalo y su virtud económica para crear riqueza y para conservarla, todo esto concurrió a que Francia siguiese siendo, si no la primera en poderío material, la más querida, la más admirada, la más respetada, y fuera de Inglaterra, la más rica nación de Europa. Francia siguió dando la moda, enseñando la elegancia y siendo escuela y centro de toda cortesía. La más brillante antorcha de la moderna cultura se diría que siguió ardiendo en París y que desde allí iluminaba al mundo y atraía amorosamente a las almas. Sabios, poetas, dramaturgos y novelistas hay, sin duda, en otras naciones, pero los que más se leen, se celebran y se admiran en todas son los franceses. Apenas hay doctrina flamante, buena o mala, ni filosofía, ni sistema político, social o religioso, ni corriente que arrebate y lleve por nuevo camino las creaciones de la literatura y del arte que no nazca en Francia o que desde Francia no sea difundida y divulgada por todo el mundo. El francés sigue siendo, por donde quiera, la lengua diplomática y el idioma universal de los refinados y de los ilustrados. Las gentes de otros países de Europa, y más aún las de América, si tienen medios para ello, acuden a París, como las mariposas acuden a la luz, cegadas por su brillo. Allí creen las mujeres que, sobre las prendas que en el suelo natal debieron a la naturaleza, van a adquirir otras prendas artísticas y en cierto modo sobrenaturales, con las cuales, cuando vuelvan a su tierra, pasmarán a sus compatriotas, matando de amor a los hombres y de envidia a las mujeres. Los mancebos, que van allí desde apartadas regiones, imaginan que van a probar alambicadísimos deleites, ignorados y apenas columbrados en sueños en los lugares de donde vienen, y que van a trocar su primitiva rudeza en tan raro y gentil atildamiento que parecerán otros, y que, al salir del baño de París, resplandecerán como seres punto menos que divinos; y los hombres inclinados a las ciencias, a las letras o a las artes, entienden que en París van a dar a su educación los últimos y más delicados toques y van a hacerse dignos y capaces de la gloria, difundiéndola desde allí, si es que la consiguen, con mayor facilidad y prontitud que desde su misma patria o desde cualquier otro punto del planeta.
No es de extrañar, en atención a lo expuesto, que los aspirantes a _high-life_, en todos sentidos, vayan en peregrinación a París como van a la Meca los musulmanes. Las mujeres van a comprarse dijes, afeites y mudas, a vestirse con Worth y a aprender a saludar, a andar y moverse con suprema distinción y según el último estilo; los seres humanos de ambos sexos, que presumen de discreción, van allí a adquirir desenfado y soltura fina y a ejercitarse en lo que llaman la _causerie_, o dígase en cierto linaje de amenísima y sutilísima charla, que, según afirman los franceses, y casi todos los que no son franceses creen, sólo en Francia y en francés es posible; y los jóvenes, por último, que sienten arder en su cabeza, ora el volcán de la inspiración poética o artística, ora el fuego sagrado y creador de las especulaciones filosóficas o de las ciencias experimentales, van a París a iniciarse en ellas, a inspirarse, a saturarse bien de civilización, ya frecuentando la Sorbona, ya asistiendo a los teatros, ya paseándose por los _boulevards_, ya conversando con las _heteras_, como Sócrates, Alcibíades y Pericles conversaban con Aspasia.
Claro está que estos peregrinos de la cultura procuran visitar y tratar a los ídolos a quienes mayor devoción consagran. Para el que se precia en su país de hidalgo y linajudo, ¿qué mayor triunfo que introducirse en algunas casas y en el seno de algunas ilustres familias del _Faubourg Saint Germain_? Para el novicio o recluta de la sabiduría, ¿qué honra más superfina y disparatada que la de ser presentado y bien recibido, por ejemplo, en el año 1873 a que nos referimos, por el sabio Ernesto Renan o por el espiritualista Caro, almibarado filósofo y maestro de filosofía para las damas? ¿Y qué mayor encanto en el mismo año de 1873 que el de hablar con Víctor Hugo o con Flaubert que aún vivían? Si el que era presentado a ellos componía versos, pongamos por caso, impresos o manuscritos podía llevárselos al ídolo, el cual tal vez tenía la dignación de aparentar que los leía y que los entendía, aunque no los leyese ni los entendiese. Y si por dicha llegaba a celebrarlos con olímpica benevolencia, el poeta peregrino se llenaba de entusiasmo, de fe y de aliento para atreverse a mayores cosas y ser en su tierra trasunto, arrendajo, o copia en menor escala, guardando siempre la proporción debida, de aquel a modo de numen tutelar de que había acertado a proveerse. Pero, ¿qué mucho si hasta menos altas facultades y virtudes, cuando están en potencia, se actúan, se acicalan, se templan, se bruñen y se aguzan en París como la espada en la oficina del armero?
En París, no sólo el entendimiento, la imaginación y la sensibilidad, no sólo los sentidos estéticos, o sea la vista y el oído, sino también los otros tres sentidos, se educan y se perfeccionan.
El olfato se adiestra para atinar con los perfumes distinguidos y para no confundirlos con los que sahúman o aromatizan a la gente ordinaria; el tacto adquiere perspicacia asombrosa para reconocer y disfrutar lo suave, aterciopelado, tibio y madoroso; y el paladar, por último, deja de estar embotado por los groseros guisotes patrios, se limpia y se despeja y llega a penetrarse de cuantos deliciosos sabores dan a sus guisos los más inspirados cocineros del mundo.
De lo exterior y somero de todas estas cosas goza el peregrino que llega a París con dinero bastante; mas para entrar bien en París, para naturalizarse allí de veras, y no en los bajos y obscuros círculos, sino en los más eminentes y luminosos, el dinero no basta. Se necesita además saber muy bien la lengua, poseer notables prendas de entendimiento o de carácter, tener alguna habilidad rara que pueda manifestarse fácilmente, estar dotado de cierta desenvoltura y atrevimiento, y sobre todo, caer en gracia, lo cual suele depender, más que del mérito, de la suerte. Si esta elevada naturalización no se consigue, el que va a París no goza en París sino de lo que se paga; se queda aislado o desnivelado, sin llegar a vencer la prevención, si a veces algo justificada, siempre fatua, de que él es un ser retrasado en la marcha ascendente de la humanidad hacia las regiones de la luz: un individuo de una casta o nacionalidad inferior, y un bárbaro en suma. Verdad es, que siempre que un feliz mortal, viniendo de tierras extrañas, logra vencer la prevención susodicha, su triunfo es completísimo, su propia calidad de exótico le da mayor precio, y los más encumbrados parisienses le ponen sobre el pedestal en que ellos mismos están o se creen colocados. Así sucedió, por ejemplo, con el célebre Enrique Heine, y así sucedía en el año a que nos referimos con el famoso novelista ruso Ivan Turgueneff.
Harto difícil y muy raro es el mencionado triunfo; de suerte que la mayoría de los extranjeros que van a París, sobre todo si son portugueses, españoles o hispano-americanos, a fin de gozar en París de algo más que de aquello que se paga, forman sociedad aparte, y son como una colonia, y están como en un teatro, cuyas magníficas decoraciones son la gran ciudad de las orillas del Sena, pero entre cuyos personajes apenas hay un francés de cierta importancia, a no ser alguno que por curiosidad cruce el escenario de pasada y tome parte en la acción sin premeditarlo y casualmente.
Claro está que el Vizconde de Goivoformoso, aunque sólo fuera por su posición diplomática, podía aspirar a más honda penetración en París y a trato más íntimo con las varias aristocracias indígenas; pero, como recién llegado, empezó por visitar y frecuentar los círculos hispano-americano, español, portugués y brasileño.