Garuda o La cigüeña blanca

Part 2

Chapter 23,947 wordsPublic domain (Wikisource)

La Condesa viuda acusaba además y zahería con frecuencia a su hija, calificándola de extravagante, de soñadora, de alucinada, de acérrima enemiga de lo juicioso y de lo razonable, y de temeraria perseguidora de ideales inasequibles y absurdos. Si la Condesa viuda pensaba así de Poldy ignorando el suceso de la cigüeña, ¿qué no pensaría y qué no diría si lo supiese?

Poldy no volvió, pues, a hablar de él ni con su mismo hermano, como si su mismo hermano lo ignorara, o como si ella tuviese la pretensión de que él lo olvidase.

A solas, pues, y en toda libertad, Poldy se figuraba a medida de su deseo, al autor de las tres poesías. Ya le suponía en Benarés, ya en Delhi, ya en Calcuta, ya en otros lugares de la India, pero siempre noble, joven y hermoso, y chatria o brahman, cuando no príncipe.

El incógnito personaje padecía una enfermedad mental semejante a la de Poldy. Eran sus síntomas el desdén y el hastío de cuanto le rodeaba, y la vaga aspiración a un bien remoto, confusamente trazado y medio desvanecido entre las nieblas y vapores de mil ensueños.

Poldy desechaba por vulgar y necia la creencia de su hermano, de que un erudito alemán hubiese compuesto los versos sanscritos para entretenerse o para mostrar su pericia. Para ella no cabía la menor duda: los versos eran obra de un ilustre y joven señor de la India.

Poldy iba amenudo más adelante en sus atrevidas imaginaciones. No creía ella que el pájaro zancudo que se le había aparecido tuviese la menor semejanza ni con el cisne de Leda ni con el toro blanco de la gallarda hija de Agenor; pero ¿no podría la cigüeña ser instrumento de algún gran sabio; acaso de un genio o de una hada, cuyas poderosas sugestiones hubiese obedecido al venir a visitarla? ¿Quién se atreverá a limitar la extensión de lo posible? Si no fuésemos a creer sino lo que comprendemos, apenas creeríamos nada.

Acudía a veces a la memoria de Poldy un cuento de las Mil y una noches, y se deleitaba en presumir que lo que a ella le pasaba tenía algún parecido con dicho cuento. En las más elevadas regiones del aire, se encontraron una noche un hada y un genio que iban volando en opuestas direcciones. Allí se hablaron y se confiaron que el hada venía de visitar y dejar dormido al más hermoso príncipe que había en el mundo, y que el genio, procedente del otro extremo de la tierra, venía de contemplar y de admirar también a una maravillosa princesa dormida en su lecho virginal, allá, en el más recóndito, elegante y perfumado camarín de su magnífico palacio. Genio y hada se proponen que príncipe y princesa se conozcan, se enamoren y se casen, y los medios a que recurren para lograrlo constituyen el enredo de la mencionada historia. Poldy, aunque suavizando mucho lo sobrenatural, así por modestia, como por el escepticismo que es tan propio del siglo presente, se dio a sospechar que en todo lo sucedido podría muy bien y casi naturalmente haber algo que con el cuento oriental coincidiera.

Ella había oído decir y hasta había leído en obras recientes que tratan de Teosofía, que hay en la India ciertos sabios llamados mahatmas, que a fuerza de introinspección y de asiduo examen en las honduras del propio ser, adquieren poder estupendo y descubren raros secretos de la naturaleza, por cuya virtud realizan acciones que tienen apariencia de milagrosas, aunque no lo sean. ¿No sería quizás el autor de las tres poesías alguno de esos hábiles mahatmas que había adivinado a Poldy, que la había entrevisto mentalmente, que se había prendado de ella y que para comunicarle sus impresiones y enviarle sus versos sin infundirle mucho asombro, se había valido del medio naturalísimo del pájaro zancudo, cuya condición propia le lleva, sin nada de brujerías ni de otras malas artes, a pasar el verano en Austria y el invierno en la India?

De esta suerte cavilaba Poldy, forjando y desbaratando casos fantásticos. Era como el niño que se entretiene en levantar con esmero y conservando bien el equilibrio un alto y complicado castillo de naipes, y luego le derriba para divertirse y jugar levantando otros.

En suma; Poldy no sabía a qué atenerse ni por qué decidirse. No se declaraba a sí misma cuál de los castillos por ella levantados era el que más le agradaba. Lo que no podía menos de reconocer era que la faena de levantarlos y de derribarlos la deleitaba no poco.

- V -

Poldy buscaba la soledad entonces más que nunca. En las conversaciones con su hermano, con su madre y con su aya, se mostraba distraída. Y esquivando amenudo toda compañía, iba a dar por el bosque solitarios paseos.

Aunque sea ordinaria comparación, así como puede conjeturarse y preverse que el sitio más apropósito de hallar a un goloso es una buena confitería, así Poldy conjeturaba que de seguro volvería a hallar a la cigüeña a orillas de la laguna donde la halló por vez primera. Había allí tal abundancia de ranas, lagartos, sapos, escuerzos y otras sabandijas, que era la tierra de promisión para aquel pájaro zancudo, el cual, por su gran tamaño y por la extraordinaria longitud de sus alas, cubiertas en los extremos de lustrosas y negras plumas, dejaba conocer que era del género masculino. Lo que Poldy no acertaba a determinar era si el pájaro estaba casado o soltero. Poldy le veía siempre solo y como no entendía su lenguaje, no le preguntaba si era casado, como en España solemos preguntar a los loros, que responden a la pregunta.

Era también un misterio para Poldy el lugar donde anidaba la cigüeña.

La veía a orillas de la laguna. El pájaro la saludaba con sonoros castañetazos, dando saltitos y batiendo las alas, que abiertas abarcaban más de dos metros y medio. Era en su especie un individuo de notabilísimo mérito.

Parecía meditabundo y pensativo, pero debía callarse muy buenas cosas. En vano esperaba Poldy y hasta fantaseaba el milagro de que la cigüeña hablase, pero la elocuencia de la cigüeña jamás iba más allá de los castañetazos de costumbre y de algunos roncos y desentonados silbos, que eran todo su lenguaje.

Con esto nada podía ponerse en claro.

La cigüeña se mostraba muy amiga y muy mansa con la joven Condesa. No le guardaba rencor porque le hubiese quitado la tela de los versos. Restregaba la cabeza y el cuello contra la vestidura de la linda dama, y parecía gustar de que ella le pasase la mano por el largo cuello y por las alas, y le alisase las plumas.

Estas mudas conferencias, que tenían lugar dos o tres veces cada semana, duraban poco y no se puede decir que fuesen muy amenas. Por lo demás, la cigüeña tenía el instinto de no aburrir, y siempre terminaba las conferencias pronto y de un modo brusco, lanzándose repentinamente en el aire, trazando graciosas espirales en su sereno vuelo y al cabo perdiéndose de vista.

Pasó la primavera, pasó el verano, vino luego el otoño, como sucede siempre, y empezó por último a aparecer el invierno. Poldy tuvo entonces barruntos de que la cigüeña iba a emigrar y a volver sin duda al soñado palacio, a la ciudad oriental, al templo o a la quinta, donde el autor de los versos moraba.

Irresistible fue la tentación que sintió de escribirle. ¿Porqué no había de hacerlo por estilo prudente y decoroso que no la comprometiera?

Poldy pensó además que, si bien no era inverosímil que por ministerio de los genios o de las hadas o por virtud de la ciencia de los mahaturas, el autor de los versos hubiera logrado tener clara visión de ella, nunca estaría de sobra enviarle un buen retrato suyo en fotografía. En nuestros tiempos no implica esto muy decidido favor. Cualquier sujeto, el más plebeyo de los mortales, podía comprar por un florín el retrato de Poldy, expuesto en los escaparates de muchas tiendas de Viena, entre las bellezas de la corte y del teatro, entre princesas, actrices y bailarinas. Si cualquier pelafustán compatriota de Poldy podía poseer su imagen, ¿qué atrevimiento ni qué falta de decoro habría en enviársela por medio del pájaro zancudo al poeta incógnito, que no podía menos de ser príncipe, nababo, brahaman o chatria, allá en la tierra de Rama y de Sita, de Nal y de Damayanti?

Hechas estas reflexiones y otras por el mismo orden, que se omiten aquí para evitar prolijidad, Poldy, escribió una extensa carta, en papel muy fino para que abultase poco; tomó un retrato suyo, sin cartón, en el cual retrato estaba ella descotada y lindísima en su elegante traje de baile; lo incluyó todo en un sobre con fuerte forro de tela que cerró y selló con lacre; escribió encima: al incógnito poeta indio; agujereó la carta con un punzón; pasó una fuerte cinta al través del agujero; y así preparado todo, lo colgó al cuello de la cigüeña como si fuese la insignia de comendador de cualquiera ilustre Orden.

La cigüeña se estuvo muy quieta, aguardando que Poldy sujetase bien la cinta a su cuello para que no se desatase y para que la carta no se cayese. Y apenas comprendió que estaba ya bien condecorada, dio un tremendo salto, alzó el vuelo, se remontó en el aire y voló con tanto brío como si se largase ya a la India sin parar en rama.

Dejémosla ir en paz, mientras nosotros, que estamos en todos los secretos, nos adelantamos a copiar aquí lo que Poldy había escrito, que era como sigue:

«Irresistible impulso me lleva a escribiros sin conoceros. Sé que me expongo a que me juzguéis poco circunspecta, muy atrevida y harto libre. Ignoro vuestra condición en el mundo, vuestro linaje, vuestras creencias religiosas, vuestra edad y vuestra patria. Mi espíritu, no obstante, se siente arrebatado hacia donde vuestro espíritu se halla y se cree unido a él por el estrecho y fuerte lazo de los mismos sentimientos y de las mismas ideas. En torno mío todo me es indiferente, todo me parece rastrero y mezquino. No es extraño, pues, que busque yo como vos, en apartadas regiones, un alma que simpatice con la mía, aunque sea sólo por sentirse atormentada de la misma dolencia. No acierto a explicarme el fin que pueda tener yo enviándoos estos renglones y hasta enviándoos mi retrato. Lo hago sin propósito, fatal e irreflexivamente. Mi único anhelo es acaso que sepáis que pienso y siento como vos, que ardiente sed de tiernos afectos agita y quema mi corazón sin que la satisfaga ser alguno de cuantos miro cerca de mí. La clara nitidez del cielo poblado de estrellas, el silencioso apartamiento del bosque, la belleza y la gala de los campos floridos, todo embelesa mi alma, todo hasta cierto grado la enamora, pero todo deja en ella inmenso vacío, que sólo otra inteligencia y otra voluntad, humanas o divinas, iguales o superiores a mi voluntad y a mi inteligencia, pueden llenar si me acuden; si prueban el afán que yo pruebo y si logran infundirse en el abismo de mi pensamiento, compenetrándole, fundiéndose con él y haciéndose con él uno solo. No os conozco: no sé si sois vos a quien yo busco. Por esto mismo declaro sin ruborizarme mi extraña pasión, de la que en realidad no sois objeto. Criatura mortal sois sin duda como yo lo soy. En esta vida terrenal, que vivimos ahora, únicamente podría yo amaros si se cumpliesen determinadas condiciones de criatura mortal que en vos tal vez no se cumplan. Tal vez las que yo poseo no respondan a vuestra aspiración tampoco. Y sin embargo yo soy joven, de nobilísima extirpe, y muy alabada de hermosa, aunque por modestia debiera callarlo. Os confieso lo más íntimo, lo más oculto y delicado de mi sentir y de mi pensar. Os declaro quien soy, donde vivo y como me llamo. La confesión y la declaración van dirigidas a un ser que yo me finjo: a un ser que mi imaginación ha forjado. ¿Querréis vos y podréis vos demostrar que convenís sustancialmente con lo imaginado por mí; que sois la forma material y visible del espectro etéreo por quien estoy obsesa, y el astro luminoso cuyos matinales resplandores columbro, y el ansiado aliento de primavera, que al venir el alba despierta y mueve a cantar a las aves, y separa y extiende los pétalos de las flores para recoger su aroma y darles en pago su rocío? Yo explico aquí mi sueño. Si tiene algún fundamento real, a vos os toca manifestarlo. Si no estáis muy seguro de la existencia de tal fundamento, lo mejor es que calléis. Respondiéndome, sólo conseguiríais disipar la más bella de mis ilusiones, reemplazándola con una realidad ruin y triste y con el consiguiente desengaño. Pero si estáis seguro de que mi sueño no carece de fundamento, respondedme, decidme quien sois, venid a mí y mostraos. A orillas del azul y caudaloso Danubio, en el castillo de Liebestein, os espera

POLDY».

- VI -

Apresuradamente por el temor de que la cigüeña se fuese a la India sin llevar prenda suya, y con vehemente exaltación, sublimada por la soledad y como destilada en el encendido alambique de sus ocultas cavilaciones, escribió Poldy la apasionada carta que acabamos de transcribir; mas no bien voló la cigüeña, llevándosela colgada en el cuello, Poldy se arrepintió y aun se avergonzó de haber escrito la carta, mostrándose tan tierna y tan afectuosa con un desconocido. La suerte, sin embargo, estaba echada. El mal no tenía ya remedio. Menester era resignarse y callar. ¿Quién, desde la India, por poco sigiloso y por muy jactancioso que fuese, había de tener el capricho de hacer saber en Viena que Poldy, la orgullosa, la siempre esquiva, con condes, con príncipes y hasta con archiduques, se había humillado a escribirle cosas de amor, sin saber quien era e ignorando hasta su nombre?

Poldy esperaba que permaneciese secreto su impremeditado desliz; el mal paso que había dado y que por lo menos calificaba ya de imprudente locura.

Por otra parte, en ocasiones en que su humor era menos negro, Poldy se juzgaba con alguna indulgencia y hasta llegaba a absolverse de su culpa, dado que la hubiese. Porque, si el autor de los versos era un joven y hermoso príncipe oriental o algo por el estilo, era muy cruel para el príncipe y para ella no llevar adelante tan poética y misteriosa aventura y destruir las vagas esperanzas de ambos, como quien arranca de bien cultivado terreno una planta lozana a punto ya de cubrirse de flores.

Como quiera que fuese, Poldy vivió en adelante muy retraída y melancólica.

Aquel año fue el invierno muy crudo. Ni una vez sola, ni por muy breves días, fue Poldy aquel invierno a Viena.

Penoso y terrible cuidado vino a aumentar las causas de su retraimiento. La condesa viuda, su anciana madre, agobiada, más que por el peso de la edad, por las penas, los desengaños y hasta por las miserias y los apuros económicos, enfermó gravemente.

Hizo Poldy cerca de ella el oficio de la más vigilante, devota y cariñosa enfermera; pero ni sus desvelos, ni sus fervientes oraciones, ni la docta asistencia de un sabio médico, amigo de la casa, fueron bastantes a retardar el cumplimiento de las inexorables leyes de la naturaleza que tenía marcado el término de aquella trabajada vida. La condesa viuda, llena de santa y dulce resignación, tuvo pronto una muerte ejemplar y cristiana.

Durante algunos días reinó muy lúgubre animación en el castillo. A recoger los últimos suspiros de la egregia dama había acudido la mayor parte de sus hijos, yernos y nueras.

Pronto, no obstante1, volvieron todos a sus respectivos destinos y residencias, y el castillo quedó en abandono y en más honda soledad y silencio.

El conde Enrique, Poldy, su aya y tres criados, fueron ya los únicos moradores del castillo. Poldy sintió profundamente la irreparable pérdida que había tenido. Y sin que refrenase su dolor la inquebrantable fe religiosa que daba vigor a su alma, la joven condesa, lloró durante meses a su difunta madre sin hallar consuelo, y olvidada casi de cuantos devaneos, ilusiones y esperanzas habían poetizado su solitaria existencia en aquellos últimos tiempos.

Poldy, sin embargo, aunque no se consoló, hubo al cabo de serenarse y calmarse. Apacible tristeza endulzó el manantial de sus lágrimas y luego logró represarle.

Pesares de condición harto menos noble, y mil preocupaciones de un orden tan rastrero como práctico, invadieron y ocuparon el corazón de Poldy, como cuadrilla de desalmados e impíos bandoleros que entran a saco, profanan y destrozan un augusto santuario.

Dos meses hacía ya que había muerto la condesa viuda. Eran los primeros días del mes de Febrero. El frío era intensísimo. Un manto de nieve cubría en torno la tierra y coronaba a trechos con blancos penachos las erguidas y sombrías copas de robles, abetos y pinos. Rara vez abandonaba Poldy la abrigada habitación del castillo, donde apenas tenía más persona con quien conversar que su hermano el conde Enrique.

Él y ella, habían quedado morando allí provisionalmente, pero pronto tendrían que abandonar su antigua vivienda de la que era propietario y había tomado ya posesión el hermano mayor de ambos.

Poldy, pues, cavilaba con tristeza y desesperanza sobre su suerte futura.

Su hermano Enrique, que gozaba de alta y merecida reputación de sabio, muy versado en varias disciplinas, estaba llamado a ser profesor en una Universidad, donde su ciencia y su trabajo, habrían de remediar la escasez de su patrimonio, dándole para vivir honrada y decorosamente, si bien con sobrada estrechez.

Pero ¿cómo Poldy, que era pobre y desvalida también, había de irse con su hermano y serle constantemente gravosa? Esto no era posible. A Poldy además le dolía en el alma tener que abandonar aquellos lugares, tan llenos para ella, de dulces y misteriosos recuerdos.

Por otra parte, Poldy, que amaba la soledad, sentía invencible repugnancia a irse a vivir vida conventual, entre otras canonesas, en la casa de su instituto. Para vivir sola, según su clase, ya en Viena, ya en otra ciudad, sus rentas eran insuficientes. Y por último, contra lo que más se sublevaba era contra agregarse a la familia de cualquiera de sus hermanos o hermanas y hacer allí el triste papel de huésped perpetua, de tía y de acompañanta, viviendo en algo a modo de poco airosa dependencia y de mal disimulada servidumbre.

Horror causaba a Poldy cualquiera de estos planes en que trazaba y representaba su porvenir. Aún tenía delante de sí todo aquel año que empezaba entonces, y durante el cual ella y el conde Enrique, habían concertado ya con su hermano mayor, permanecer en el castillo, mientras duraba el riguroso luto y acababa de hacerse el deslinde y las particiones de la muy corta hacienda, en la que todavía muy poco les tocaba.

Pasado el mencionado plazo, Poldy consideraba inevitable su salida del castillo, así como tomar decidida resolución para vivir a su gusto y con independencia y decoro.

Tal era la desengañada posición de Poldy. Sólo negras nubes, que presagiaban tempestad, columbraba, al mirar en todas direcciones, en el horizonte de la vida. Sólo una luz incierta, vaga, errante, que bien podía ser una estrella, pero que tenía más trazas de engañoso fuego fatuo, iluminaba de vez en cuando el vacío y obscuro espacio de su cielo. Poldy acababa además de cumplir veintinueve años. Estaba en el apogeo de su belleza, en el mejor y más glorioso momento de su mocedad briosa, y con la imaginación rica de ensueños y la voluntad movida y solevantada por poderosos impulsos de ternura.

- VII -

Pronto desaparecieron las nieves; se oyó el canto de la alondra; calentó más el sol y vertió luz más clara; discurrió por el bosque que circundaba el castillo un aura vital y fecunda; se tapizó el suelo de nueva y menuda yerba, y en los sotos y umbrías de las hondonadas, en la margen de los arroyos, comenzaron a brotar florecillas tempranas, despuntando con timidez en los álamos, mimbrones y chopos, más resguardados de los vientos del Norte, las primeras tiernas hojas. Entonces Poldy salió de su retraimiento casero y se lanzó con más frecuencia y por más largo tiempo que nunca a sus excursiones y meditabundos paseos por los sitios más solitarios de aquellas cercanías.

No poco gustaba ella de ir por intrincados senderos, por donde había más flores, por donde era más tupida y frondosa la enramada. No poco gustaba ella de sentarse en algún poyo rústico o de pararse a meditar al pie de corpulento roble, cuyo añoso tronco estaba revestido de trepadera yedra y de madreselva olorosa. Pero todo esto era para después y como recurso y consuelo. Lo primero que Poldy hacía todas las mañanas, lo primero de que gustaba y a donde iba precipitadamente apenas salía de paseo, era a la margen de la laguna a ver si se le aparecía de nuevo la cigüeña blanca.

Y como no se le aparecía, ya se quedaba aguardándola largas horas, ya se ponía a buscarla por uno y otro lado y hasta penetrando en el obscuro y ruinoso torreón que pudiera acaso servirle de refugio. Luego que se cansaba de sus vanas pesquisas, cesaba de hacerlas y se dirigía a otros puntos del bosque; negra tristeza embargaba su alma, y a veces asomaban a sus hermosos ojos, harto involuntariamente, algunas lágrimas que no eran ya de las nacidas por el afectuoso recuerdo de su madre difunta.

¿Por qué no volvía la cigüeña blanca? ¿Habría muerto en la India o habría emigrado desde la India a otra región distante, olvidando con ingratitud el bosque y castillo de Liebestein y la amistad de Poldy?

En estas dudas angustiosas transcurrió todo el mes de Abril.

Era el primer día de Mayo. Poldy, casi desesperada ya de volver a ver la cigüeña, acudió, no obstante, como de costumbre, entre diez y once de la mañana, a la orilla de la laguna.

Apenas hacía dos minutos que estaba allí, absorta, pensativa y fijando larga y melancólica mirada en la tranquila haz del agua, cuando un precipitado sonar de alas que venía acercándose estremeció todo su cuerpo y alborozó su alma con agradable susto. La cigüeña blanca había venido volando, se había abatido a pocos pasos de ella, y ya se le acercaba con su lento y majestuoso paso y dando con el pico los castañetazos con que solía siempre saludarla.

Indescriptible fue la alegría de Poldy. Su impaciencia fue mayor que su alegría. Impulsada por su impaciencia, echó las manos al cuello del pájaro zancudo, y empezó a buscar el cordón o la cinta de donde pendiese la respuesta que a su carta esperaba. ¡Qué cruel aflicción tuvo entonces! No hallaba carta pendiente. No hallaba cinta ni cordón de que pendiera. A punto estuvo Poldy de llorar de rabia. Pero la cigüeña, como si adivinase su sentimiento, abrió las largas alas y al punto con alegría y sorpresa advirtió Poldy que la cigüeña tenía debajo del ala izquierda y muy bien atado allí con un fuerte y sutil cordoncillo que bajo las plumas se escondía, un largo y delgado canuto o rollo.

Poldy se apoderó de él en seguida y notó que era ligerísimo, que estaba precintado y sellado y que era tan fuerte la cuerda del precinto y estaba tan bien anudada, que no podía romperse ni desatarse sin tijeras. Sobre la exterior superficie del rollo, se veía escrito en lengua y letras alemanas: A su excelencia la graciosa señorita Condesa Poldy de Liebestein.