Fortunata y Jacinta: dos historias de casadas

Part 81

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Dos o tres horas después de esto, Fortunata entraba en la botica. El farmacéutico observó pintada en su semblante la consternación. Sin duda tenía una pena grande, grande, horrible, de esas que no pueden expresarse sino con la imagen retórica de una espada traspasando el pecho. «Amiga mía--le dijo Ballester--, no tema usted que la mortifique con consuelos vulgares. Usted padece hoy, y no es cosa de poco más o menos, sino alguna tribulación muy gorda lo que usted tiene dentro. No, ni me lo niegue. Su cara de usted es para mí un libro, el más hermoso de los libros. Leo en él todo lo que a usted le pasa. No valen evasivas. Ni pretendo que me confíe sus penitas, hasta que no se convenza de que el médico llamado a curárselas soy yo».

--Vaya Ballester--dijo Fortunata con malísimo humor--. No estoy ahora para bromas.

--Lo creo... Tiene usted el corazón como si se lo estuvieran apretando con una soga...

--¡Ay!, sí...--exclamó con arranque la joven a quien faltaba poco para echarse a llorar.

--Y usted ha llorado, porque los ojos también lo están diciendo.

--Sí, sí... pero déjese de tonterías y no se meta en lo que no le importa. Está usted hoy muy agudo.

--_Siempre lo fue don García_. Para otras personas tendrá usted secretos, para mí no. Sé de dónde viene usted. Sé la calle, número de la casa y piso... Y si me apura, sé lo que ha ocurrido. Desazón; que si tú, que si yo; que no me quieres, que sí, que tira, que afloja, que vira, que vuelta; que me engañas, que no, que tú más, y hemos concluido, y adiós, y allá va la lagrimita.

La señora de Rubín dejó caer la cabeza sobre el pecho, dando un chapuzón en el lago negro de su tristeza. Ballester la miraba sin osar decirle nada, respetando aquel dolor que por lo muy verdadero no podía disimularse. Por fin, Fortunata, como quien vuelve en sí, se levantó de la silla, y le dijo:

--Esas píldoras, ¿las ha hecho usted?

--Aquí están (entregándole la cajita). Y a propósito, a usted no le vendrá mal tomarse una.

--¿Yo?... Lo mío no va con píldoras... Quédese con Dios; me voy a mi casa.

--Consolarse--le dijo Segismundo en la puerta--. La vida es así; hoy pena, mañana una alegría. Hay que tener calma, y tomar las cosas como vienen, y no ligar todo nuestro ser a una sola persona. Cuando una vela se acaba, debe encenderse otra... Conque tengamos valor, y aprendamos a despreciar... Quien no sabe despreciar, no es digno de los goces del amor... Y por último, simpática amiga mía, ya sabe que estoy a sus órdenes, que tiene en mí el más rendido de los servidores para cuanto se le ocurra, amigo diligente, reservadísimo, buena persona... Abur.

Subió la joven a su casa. Doña Lupe no estaba, porque en aquellos días iba infaliblemente a las subastas del Monte de Piedad. Maximiliano permanecía largas horas en su despacho o en la alcoba, sin salir ni siquiera a los pasillos, sumergido en una meditación que más bien parecía somnolencia, por lo común echado en el sofá, la vista fija en un punto del techo, al modo de penitente visionario. No molestaba a nadie; no se resistía a tomar el alimento ni las medicinas, sometiéndose silenciosamente a cuanto se le mandaba, como si lo dominante, en aquella fase del proceso encefálico, fuera la anulación de la voluntad, el no ser nada para llegar a serlo todo. Considerándose sola en la casa, Fortunata anduvo de una parte a otra, buscando una ocupación que la distrajera y consolara. Imposible. Mientras más trabajaba, con más energía y claridad repetía su mente lo que le había pasado aquella mañana. «Yo me voy a volver loca--se dijo poniéndose a mojar la ropa--. Más loca estoy que el pobre Maxi, y esto me acaba de rematar».

Sin que se interrumpiera la acción mecánica, el espíritu de la pobre mujer reproducía fielmente la escena aquella, con las palabras, los gestos y las inflexiones más insignificantes del diálogo. En medio de la reproducción iban colocándose, como anotaciones puestas al acaso, los comentarios que se le ocurrían. El trabajo de su cerebro era una calenturienta y dolorosa mezcla de las funciones del juicio y de la memoria, revolviéndose con desorden y alumbrándose unas a otras con aquella claridad de relámpago que a cada instante despedían.

«Tontería grande fue decírselo... Él está hace tiempo muy frío, y como con ganas de romper. ¡Cansado otra vez!, cansado; y allá por Junio, sí, bien me acuerdo de que era en Junio, porque estaban poniendo los palos para el toldo de la procesión del Corpus, me dijo que nunca más me dejaría, que se avergonzaba de haberme abandonado dos veces, ¡y qué sé yo cuántas mentiras más!... Lo que hace ahora es buscar un pretexto para llamarse andana... ¡Cristo!, ¡qué cara me puso cuando le dije aquello...! 'No seas bobito, ni fíes tanto en la virtud de tu mujer. ¿Pues qué te crees? ¿Que no es ella como las demás? Para que lo sepas; tu mujer te ha faltado con aquel señor de Moreno, que se murió de repente, una noche. La suerte tuya fue que dio el estallido; y es que los corazones revientan, de la fuerza del querer... Créete, como Dios es mi padre, que la _mona del Cielo_ le quería también, y tenían sus citas... no sé dónde... pero las tenían. Tan listo como eres, y a ti también te la dan...'. ¡Bendito Dios, qué cara me puso! ¡Ah!, el amor propio y la soberbia le salían a borbotones por la boca...».

Después sentía claramente en su oído la vibración de aquella réplica que la había hecho estremecer, que aún la alumbraba, porque las palabras se repetían sin cesar como la pieza de una caja de música, cuyo cilindro, sonada la última nota, da la primera. «¿Pero qué te has figurado, que mi mujer es como tú? ¿De dónde has sacado esa historia infame? ¿Quién te ha metido en la cabeza esas ideas? Mi mujer es sagrada. Mi mujer no tiene mancilla. Yo no la merezco a ella, y por lo mismo la respeto y la admiro más. Mi mujer, entiéndelo bien, está muy por encima de todas las calumnias. Tengo en ella una fe absoluta, ciega, y ni la más ligera duda puede molestarme. Es tan buena, que sobre serme fiel, tiene la costumbre de entregarme todos sus pensamientos para que yo los examine. ¡Ojalá pudiera yo entregarle los míos! Y ahora, cuando tú me traes esos absurdos cuentos, me veo tan por bajo de ella, que no puede ser más. Tú misma me estás castigando con eso de decirme que mi mujer es como tú, o que en algo puede parecerse a ti. Me castigas porque me demuestras la diferencia; te comparo con ella, y si pierdes en la comparación, échate a ti la culpa... Para concluir, si vuelves a pronunciar delante de mí una palabra sola referente a mi mujer, cojo mi sombrero... y no vuelves a verme más en todos los días de tu vida».

Comentario: «¡Y yo que me había hecho la ilusión de que no era honrada, para salir ahora con que no tengo más remedio que confesar que lo es! ¿Habrá visto visiones Aurora? Lo asegura de un modo, que no sé... Puede que se equivoque... Puede que el caballero ese estuviera prendado de ella; eso no quiere decir que ella pecase ni mucho menos...».

Otra vez sentía retumbar en su oído las tremendas palabras de _aquel_: «Si vuelves a pronunciar delante de mí, _etc_...». Y el comentario parecía producirse en el cerebro paralelamente a la repetición de la filípica: «¡Ah!, tuno, no hablabas antes de ese modo. En Junio, sí, bien me acuerdo, todo era _te quiero y te adoro_, y bastante que nos reíamos de la _mona del Cielo_, aunque siempre la teníamos por virtuosa. ¿Que es sagrada, dices?... ¿Entonces, para qué la engañas? ¡Sagrada! Ahora sales con eso. _Cojo mi sombrero y no me vuelves a ver_... Eso es que tú lo quieres hace tiempo. Estás buscando un motivo, y te agarras a lo que dije. _Te comparo con ella, y si pierdes en la comparación, échate a ti misma la culpa_. Eso es decirme que soy un trasto, que yo no puedo ser honrada aunque quiera... ¡Cómo me requemaba oyendo esto y cómo me requemo ahora mismo! Se me aprieta la garganta, y los ojos se me llenan de lágrimas. ¡Decirme a mí esto, a mí, que me estoy condenando por él...! Pero, Señor, ¡qué culpa tendré yo de que esa niña bonita sea ángel! Hasta la virtud sirve para darme a mí en la cabeza. ¡Ingrato!».

Reproducción de algo que ella le había contestado: «Mira; no lo tomes tan a pechos. Podrá ser mentira. ¿Yo qué sé? No creerás que lo he inventado yo. Para que veas que no me gustan farsas contigo; eso que te incomoda tanto, es cosa de Aurora...».

Y él: «Como la coja, le arranco la lengua. Es una víbora esa mujer, una envidiosa, una intrigante. Ándate con cuidado con ella».

Comentario: «De veras que estuve muy prudente. No se debe hablar mal de nadie sin tener seguridad de lo que se dice. Desde aquel momento no me volvió a mirar como me mira siempre. Le chafé su amor propio. Es como cuando se sienta una, sin pensarlo, sobre un sombrero de copa, que no hay manera, por más que se le planche después, de volverlo a poner como estaba. Esta sí que no me la perdona.

Perdona él todo; pero que le toquen a su soberbia no lo perdona. «¿Estás enfadado?».--«¡Si te parece que no debo estarlo...!».--«Hazte el cargo de que no he dicho nada».--«No puedo; me has ofendido; te has rebajado a mis ojos. Como tú no tienes sentido moral, no comprendes esto. No calculas el valor que se quitan a sí mismas las personas cuando hablan más de la cuenta».--«No me digas esas cosas».--«Se me salen de la boca. Desde que calumniaste a mi mujer, la veneración y el cariño que le tengo se aumentan, y veo otra cosa; veo lo miserable que soy al lado suyo; tú eres el espejo en que miro mi conciencia y te aseguro que me veo horrible».

Comentario: «Cuando toma este tonito, le pegaría... Eso es decirme que soy una indecente. Y siempre que saca estas _tiologías_, es porque me quiere dejar. Y yo no puedo vivir así, Dios mío; esto es peor que la muerte».

Reproducción: «¿Te vas ya?».--«¿Te parece que es temprano todavía?».--«¿Vienes el lunes?».--«No puedo asegurártelo».--«Ya empiezas con tus mañas».--«Tú sí que te pones pesada».--«No quiero disputar. Dime lo que quieras».--«Si rompemos, no me eches a mí la culpa, porque eres tú quien la tiene».--«¿Yo?».--«Sí, tú, por salir con alguna patochada ordinaria».--«Bueno, lo que quieras... Tú siempre has de tener razón... Adiós».--«Hasta la vista».

Y al cabo de un rato, su mente saltó de improviso con una idea nueva, expresada en medio de los ahogos de la desesperación, como un rayo que atraviesa las nubes y momentáneamente las horada, las ilumina con sus refulgentes dobleces. «¿Pero qué demonios es esto de la virtud, que por más vueltas que le doy no puedo hacerme con ella y meterla en mí?».

Entonces advirtió que no había mojado la ropa. Su tarea estaba por empezar, y los rollos de camisas, chambras y demás prendas continuaban delante de ella, muertos de risa, lo mismo que el barreño de agua. Papitos, que entró en el comedor con los cuchillos ya limpios, fue el choque que la hizo salir de su abstracción.

--ii--

El día de San Eugenio propuso doña Casta ir de merienda al Pardo; pero las de Rubín no querían ni oír hablar de nada que a diversión se pareciese. Bueno tenían ellas el espíritu para meriendas. Fueron _las Samaniegas_ con _doña Desdémona_, Quevedo y otros amigos. Por la noche, doña Casta se empeñaba en que todas habían de comer bellota, de la provisión que trajo. Estaban de tertulia en casa de Rubín. Sólo faltaba Aurora, a quien Fortunata esperaba con ansia, y siempre que sentía pasos en la escalera, iba a la puerta para abrirle antes de que llamase. Por fin llegó la viuda de Fenelón, fatigadísima. Los encargos en aquel mes eran considerables; las bodas aristocráticas menudeaban, y la pobre Aurora no podía desenvolverse. Como que por cumplir y hacer las entregas a tiempo se había traído alguna labor para trabajar en su casa. Velaría hasta las doce o la una. Brindose la de Rubín a ayudarla, y con la venia de las dos señoras mayores se fueron a la casa próxima. Fortunata deseaba estar sola con su amiga para hablar largo y tendido sobre diferentes cosas.

Encendieron luz en el gabinete, y sobre una gran mesa que allí había, por el estilo de las mesas de los sastres, Aurora, sacando sus avíos, se puso a cortar y a preparar. Fortunata la ayudaba a desenvolver los patrones y a hilvanarlos sobre la tela. A cada momento se arrancaba Aurora del pecho una aguja enhebrada o se la clavaba en él, pues el pecho era su acerico, y allí tenía también una batería de alfileres. Extendiendo sus miradas sobre los patrones, con atención de artista, cogiendo ora la aguja, ora las tijeras, ya inclinada sobre la mesa, ya derecha y mirando desde lejos el efecto del corte; moviendo la cabeza para obtener la oblicuidad de la mirada en ciertas ocasiones, empezó a charlar, arrojando las palabras como un sobrante de la potencia espiritual que aplicaba a su obra mecánica.

«Hoy ha sido el funeral. ¡Cosa estupenda, según me ha dicho Candelaria! El catafalco llegaba hasta el techo, y la orquesta era magnífica; muchas luces... Ahí tienes para qué les sirve el dinero a esos _celibatarios_ egoístas. Estaban las de Santa Cruz y Ruiz Ochoa, _las Trujillas_, y qué sé yo quién más... Como no nos vemos desde hace muchos días, no te he podido contar la impresión que recibí aquella mañana. Verás: pasaba yo a eso de las ocho y media por la plaza de Pontejos para ir a mi obrador, cuando vi que del portal salía despavorido el criado inglés... Según después supe, iba en busca de mi primo Moreno Rubio, que vive en la calle de Bordadores. Yo dije: '¿qué pasará?' y Samaniego salió de la tienda preguntando: '¿qué hay?'--'¿Cómo que qué hay?'. El inglés entonces, con un terror que no puedo pintarte, nos dijo: 'Señor muerto; señor como muerto'. Corrió allá Pepe y yo detrás. En el portal había un corrillo de gente; unos salían, otros entraban, y todos se lamentaban del suceso. Subí con Pepe... la puerta estaba abierta. Los gritos de Patrocinio Moreno se oían desde la escalera. ¡Ay, qué paso, hija! Yo tenía un miedo que no te puedo ponderar. Acerqueme poco a poco a la habitación. Allí estaba la santa, todavía con el manto puesto y el libro de misa en la mano... Parecía una imagen. Y Moreno... no me quiero acordar, sentado en una silla junto a la mesa...

Dicen que le encontraron con la cabeza apoyada en las manos, seco, rígido y sin sangre. No puedo pintarte el horror que me causó lo que vi. Le habían incorporado en el asiento. Toda la pechera de la camisa estaba manchada de sangre, la barba llena de cuajarones... los ojos abiertos. (Aquí suspendió Aurora su trabajo, poniendo todo su espíritu en lo que relataba...) No quise entrar. De la puerta me volví, y no sé cómo llegué al taller, porque me iba cayendo por el camino; tal impresión me hizo. Hay que reconocer que ese hombre tenía que concluir de mala manera; pero eso no quita que una le tenga lástima. (Volvió a poner toda la atención en su trabajo). Estuve muy mala aquel día, y a ratos me entraban ganas de llorar. Mal se portó conmigo, muy mal... ¡Ah!, ya veo yo que todo se paga en este mundo».

--¡Pobre señor!--exclamó Fortunata--. A mí también me dio lástima cuando lo supe. Pero, ¿no sabes una cosa?, que hoy hemos tenido la gran bronca _ese_ y yo, porque le dije aquello...

--¿Lo de...?--apuntó Aurora, suspendiendo otra vez el trabajo, y mirando a su amiga con intención picaresca.

--Sí... Se enfadó tanto, que concluimos mal. ¡Ay, qué pena tengo! Porque si es calumnia, figúrate, ¡qué barbaridad ir con esa historia!

--Calumnia no--dijo la de Fenelón, atendiendo más a su corte--. Podrá ser equivocación.

¿Quién demonios sabe lo que pasa en el interior de la _mona_? Que el difunto Moreno andaba loco por ella, no tiene duda. Falta saber, _por ejemplo_, si ella le correspondía o no.

--Tú me dijiste que sí, y que tenían citas...

--Sí; pero te lo dije como una suposición nada más--replicó la astuta mujer con cierto despego, como si deseara mudar de conversación--. Tú te precipitaste al llevarle ese cuento. Se habrá volado. Hay que tener tacto, amiga mía, y no herir el amor propio de los hombres. Ya debías suponer que le sabría mal.

--¿Y tú qué crees?, hablando ahora como si estuviéramos delante de un confesor. ¿Tú qué crees?, ¿es, como quien dice, ángel o qué?

Aurora dejó las tijeras, y se clavó en el pecho la aguja enhebrada. Después de calcular su respuesta, la soltó en esta forma:

«Pues hablando con verdad, y sin asegurar nada terminantemente, te diré que la tengo por virtuosa. Si mi primo hubiera vivido, no sé a dónde habrían llegado las cosas. Él hacía el trovador de la manera más infantil del mundo. ¡Quién lo diría...!, ¡un hombre tan corrido!... Ella... no sé... creo que se reía de él... Y bien merecido le estaba, por pillo. Quizás le miraba con alguna simpatía... pero lo que es citas, amiga mía, me parece que no las hubo, digo, me parece; y si algo de esto dije, fue como un _tal vez_, y me vuelvo atrás».

Tornó a su faena dejando a la otra en la mayor confusión.

«Y en último resultado--le dijo después--, ¿a ti qué más te da que sea honrada o deje de serlo? Lo que te importa es que él te quiera a ti más que a ella».

--¡Oh!, no...--exclamó Fortunata con toda su alma--, es que si no fuera honrada esa mujer, a mí me parecería que no hay honradez en el mundo y que cada cual puede hacer lo que le da la gana... Paréceme que se rompe todo lo que la ata a una; no sé si me explico; y que ya lo mismo da blanco que negro. Créetelo; esa duda no se me va de la cabeza a ninguna hora; siempre estoy pensando en lo mismo, y tan pronto me alegro de que sea mala como de que no lo sea. ¡Ah!, no sabes tú lo que yo cavilo al cabo del día. Las cosas que me pasan a mí no tienen nombre.

--Pues para que te tranquilices de una vez--dijo la otra sin mirarla--. Tenla por honrada, y cuando hables de esto con _él_, hazle entender que lo crees así, y no aspires a que _él_ te dé su respeto; conténtate con el amor.

--Quítate de ahí, mujer--saltó Fortunata muy nerviosa--. Si esto se acaba... ¡Si me está faltando ese perro! Si en quince días no le he visto más que dos veces. Siempre llega tarde, y como de mala gana. ¡Oh!, yo le conozco bien las mañas: me le sé de memoria. Nada, que quiere echarme al agua otra vez, lo veo, lo estoy viendo. Hoy se lo dije claro, y no me contestó nada.

--Entonces tenemos a _la mona del Cielo_ de enhorabuena.

--¡Ah!, no... Me parece que ahora la veleta marca para otro lado. Me está faltando con alguna que ni su mujer ni yo conocemos. Más claro, a las dos nos está dando el plantón _hache_, y yo estoy que no sé lo que me pasa, más muerta que viva... llena de rabia, llena de celos. No he de parar hasta cogerle, y de veras te digo que si le cojo, y si cojo a la otra, me pierdo. Yo vengaré a _la mona del Cielo_, y me vengaré a mí. No quisiera morirme sin este gusto.

--Dime una cosa... ¿Te has fijado en determinada mujer?--le preguntó su amiga mirándola de hito en hito.

--No sé; esta noche se me ocurrió si será Sofía la Ferrolana, o la Peri, o Antonia, esa que estaba con Villalonga.

--Es natural, piensas en las que conoces. ¿Qué me das, querida mía, si te lo averiguo? Al decir esto, Aurora abandonó todo trabajo y se puso delante de su amiga en la actitud más complaciente.

«¿Que qué te doy? Lo que tú quieras. Todo lo que tengo... Te lo agradeceré eternamente».

--Bueno; pues déjame a mí, que como yo coja el cabo del hilo, hemos de llegar a la otra punta. Verás por qué lo digo; en mi taller hay una chiquilla, muy graciosa por cierto, que me parece, me parece...

--¡En tu taller...!--Sí; pero no te precipites... No es ella tal vez... Quiero decir, que por ella he de coger el cabo del hilo, y verás... iré tirando, tirando hasta dar con lo que queremos saber. Tú confíate en mí, y no hagas nada por tu parte. Prométeme que no te has de meter en nada. Sin esa condición, no cuentes conmigo.

--Pues bien, yo te lo prometo. Pero me has de decir todo lo que vayas averiguando. Te digo que si la cojo... No me importa ir al Modelo; te juro que no me importa. Si ya me parece que la tengo entre mis uñas...

Doña Casta entró, abriendo la puerta con su llavín. Era tarde, y Fortunata tuvo que retirarse. Aurora se quedó trabajando un momento más, y decía para sí: «Estas tontas son terribles, cuando les entra la rabia. Pero ya se aplacará. Pues no faltaría más... Estaría bueno...».

--iii--

Una tarde, doña Lupe vio entrar a su sobrina tan desolada, que no pudo menos de írsele encima, llena de irascibilidad, no pudiendo sufrir ya que no le confiase sus penas, cualquiera que fuese la causa de ellas. «¿Te parece que estas son horas de venir? Y haz el favor, para otra vez, de dejarte en la calle tus agonías y no ponérteme delante con esa cara de viernes, pues bastantes espectáculos tristes tenemos en casa».

Fortunata tenía su interior tan tempestuoso que no pudo contenerse, y estalló con esa ira pueril que ocasiona las reyertas de mujeres en las casas de vecindad. «Señora, déjeme usted en paz, que yo no me meto con usted, ni me importa la cara que usted tenga o deje de tener. Pues estamos bien... Que no pueda una ni siquiera estar triste, porque a la señora esta le incomodan las caras afligidas... Me pondré a bailar, si le parece».

No estaba acostumbrada doña Lupe a contestaciones de este temple, y al pronto se desconcertó. Por fin hubo de salir por este registro: «Eso de que me ocupe o no me ocupe, no eres tú quien lo ha de decidir. ¿Pues qué? ¿Han tocado ya a emanciparse? Estás fresca. ¿Crees que se te va a tolerar ese cantonalismo en que vives? ¡Me gustan los humos de la loca esta!... Ya te arreglaré, ya te arreglaré yo».

Estaba la otra tan violenta y tenía los nervios tan tirantes, que al apartar una silla la tiró al suelo, y al poner su manguito sobre la cómoda, dio contra un vaso de agua que en ella había.

«Eso es, rómpeme la sillita... Mira cómo has derramado el agua».

--Mejor.--¿Sí?... Ya te mejoraré yo, ya te arreglaré.

--Usted, señora, se arreglará sus narices, que a mí no me arregla nadie...

«No quiero incomodarme, no quiero alzar tampoco la voz--dijo doña Lupe levantándose de su asiento--, porque no se entere ese desventurado». Salió un momento con objeto de cerrar puertas para que no se oyera la gresca, y a poco volvió al gabinete, diciendo: «Se ha quedado dormido. Si te parece, haz bulla para que no descanse el pobrecito. Te estás portando... ¡Silencio!».

--Si es usted la que chilla... Yo bien callada entré. Pero se empeña en buscarme el genio.

--Mete ruido, mete ruido. Ni siquiera has de dejar dormir al pobre chico.

--Por mi parte, que duerma todo lo que quiera.

--Y lo que más me subleva es tu terquedad--dijo doña Lupe bajando la voz--, y ese empeño de gobernarte sola, sí, esa independencia estúpida... Tú te lo guisas y tú te lo comes. Así te sabe a demonios. Bien empleado te está todo lo que te pasa, muy bien empleado.

Tanta turbación había en el alma de la esposa de Rubín, que la ira estaba en ella como prendida con alfileres, y el menor accidente, una nada, determinaba la transición de la rabia al dolor, y de la energía convulsiva a la pasividad más desconsoladora. Algo se derrumbaba dentro de ella, y perdiendo toda entereza, rompió a llorar como un niño a quien le descubren una travesura gorda. Doña Lupe se vanaglorió mucho de aquel cambio de tono, que consideraba obra de sus facultades persuasivas. Fortunata se dejó caer en una silla, y más de un cuarto de hora estuvo sin articular palabra, oprimiendo el pañuelo contra su cara.

«Pues sí, tía... es verdad que debiera yo... contarle a usted... No lo hice porque me parecía impropio. ¡Qué barbaridad! Traer a esta casa cuentos de... Soy una miserable; yo no debo estar aquí... Hasta llorar aquí por lo que lloro es una canallada. Pero no lo puedo remediar. El alma se me deshace. Yo tengo que decirle a alguien que me muero de pena, que no puedo vivir. Si no lo digo, reviento... Usted crea lo que quiera... pero soy muy desgraciada. Yo sé que me lo merezco, que soy mala, mala de encargo... pero soy muy desgraciada».