# Fortuna

## Part 2

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A unos quince pasos de distancia, en la orilla del barranco, se alzaban unos espesos y grandes carrizales cuyas hojas, abrasadas por el ardiente sol del verano, tenían un color rojo amarillento.

--Abuelo, vamos, haga Vd. un esfuerzo para levantarse,--dijo la niña mendiga,--pues aquí vienen un señorito y una mujer para ayudarme a conducirle a Vd. al pueblo.

El hombre, exhalando gemidos, se movió pesadamente como si le faltara la fuerza para levantarse, luego apoyó una rodilla, después la otra y por fin las manos, quedándose a gatas y bajando la cabeza como si quisiera ocultar su cara.

Compadecidos ante tanta debilidad, se acercaron Juanito y Polonia para ayudarle a levantarse, y en el mismo momento que se inclinaban hacia la tierra, el hombre de un brinco se puso en pie, cogió por el cuello a Polonia y la derribó brutalmente en el suelo.

Al mismo tiempo la niña mendiga saltaba con la ligereza de una pantera sobre el aterrado Juanito, haciéndole rodar sobre la arena del barranco.

El perro Fortuna se abalanzó furioso sobre la mendiga, haciéndole presa en una pierna y rasgándole en jirones el vestido.

La niña lanzó un grito agudo de rabia y de dolor.

--Maldito perro,--exclamó, cogiendo el garrote que había en el suelo y defendiéndose de Fortuna con un valor increíble a su edad.

Entonces salieron precipitadamente dos hombres de mala facha de uno de los carrizales. Llevaban revólver y cuchillo de monte en el cinto y escopetas de dos cañones en las manos.

--Vamos a ver si te callas, Golondrina; no hay que gritar tanto por un arañazo,--dijo uno de los hombres soltando una brutal carcajada.

--Despachemos antes que pase gente por la carretera,--añadió el otro hombre.

--¿Qué haremos de esta mujer?--preguntó el que tenía sujeta a Polonia.

--Atarle las manos a la espalda, ponerle una mordaza y dejarla para que vaya a contarle a su amo lo que voy a decirle.

--¿Pero dónde estará ese maldito perro?--preguntó la Golondrina.--Apenas os ha visto salir del carrizal ha desaparecido; parece que le dan asco las escopetas; pero yo juro que me las pagará, sí, me las pagará; volveré al pueblo y le daré pan con alfileres o con fósforos para que reviente.[14]

Todo esto lo decía la Golondrina poniéndose puñados de húmeda arena en las heridas que le había hecho Fortuna.

--Oye,--dijo a Polonia el jefe de los secuestradores,--dile a don Salvador que nos llevamos a su nieto, y que si quiere recuperarle, que cumpla al pie de la letra lo que le digo en este papel.[H]

Y el capitán metió brutalmente un papel en el pecho de Polonia, cuyos ojos enrojecidos parecían llorar sangre.

--¡Ah! no, no; yo no quiero ir con Vds.; mi abuelito les dará todo lo que quieran, pero yo no quiero ir,--exclamó Juanito, arrodillándose y juntando las manos ante aquellos miserables.

Polonia cayó también de rodillas como para unir sus súplicas a las del niño; pero todo fue inútil; los corazones de roca no se ablandan jamás ni ante las súplicas, ni ante las lágrimas de sus víctimas.

--Trae los caballos, Cascabel,--dijo el jefe dirigiéndose a uno de los suyos.

Y luego, cogiendo bruscamente por un brazo a Juanito que lloraba, añadió:

--A ver si cierras el pico, canario, y no me aturdas los oídos, porque me disgusta tu música.

Uno de los malhechores sacó del espeso carrizal tres jacas.

El jefe montó en una de ellas, colocando en la delantera a Juanito y rodeándole un brazo por la cintura.

Luego montaron los otros dos, y la Golondrina de un salto se puso en las ancas de una de las caballerías.

Polonia, al verles emprender a galope por el barranco abajo, lanzó un gemido y cayó de espaldas desmayada.

Entonces se agitaron las secas cañas del carrizal de la izquierda y el perro Fortuna asomó la cabeza. Se había refugiado allí rápidamente al ver a los hombres con las escopetas.

Su instinto le había aconsejado aquella retirada, porque sus enemigos eran muchos y ventajosamente armados para vencerlos.[15]

Fortuna permaneció un momento indeciso y moviendo la cabeza con recelo como si temiera alguna emboscada.

Por fin se acercó a donde estaba Polonia desmayada y le lamió las manos y la cara.

Luego levantó de nuevo la cabeza moviendo la negra membrana de su hocico, con esa rapidez nerviosa del perro que ventea un rastro caliente.

De pronto lanzó un aullido apagado, y bajando el hocico hacia el suelo, se lanzó a la carrera por el barranco, siguiendo las huellas de los secuestradores.

CAPÍTULO IV

=La tempestad=

Cuando Polonia recobró el conocimiento era de noche; quiso gritar, pero la mordaza ahogaba su voz en la garganta y su corazón latía de un modo violento.

Se levantó como pudo; sintió grandes dolores en todo su cuerpo. Comenzó a subir la rampa del barranco con gran fatiga.

Una vez en la carretera, echó a correr hacia el pueblo.

El cielo se había encapotado, el viento producía en las hojas de los árboles ese ruido que imita el eterno movimiento de las olas del mar al estrellarse sobre las rocas de las costas.

Este cambio repentino de tiempo, tan frecuente en el mes de agosto, no fué apercibido por Polonia, que corría y corría siempre, respirando de un modo fatigoso.

Ya cerca del pueblo vió venir gente hacia ella.

Eran don Salvador, el alcalde y el secretario, que, extrañándoles la tardanza de Juanito, iban en su busca.

Al ver a Polonia amordazada y con las manos atadas a la espalda, don Salvador lanzó un grito de espanto, como si lo adivinara todo.

El alcalde y el secretario quitaron la mordaza y las ataduras de las manos de Polonia, que cayendo de rodillas a los pies de su buen amo, sólo pudo decir:

--¡Me han robado a Juanito, señor, me lo han robado!...

Y volvió a desmayarse.

Don Salvador se quedó aterrado, le flaquearon las piernas y se abrazó al cuello del alcalde para no caerse.

Afortunadamente, la pareja de la guardia civil, que salía del pueblo a hacer el servicio nocturno de carretera, llegó a tiempo y pudieron conducir hasta su casa a don Salvador y a Polonia.

Reanimados un poco con los auxilios que les prestaron, la nodriza contó detalladamente todo lo que les había ocurrido desde que oyeron los tristes lamentos de la infame niña mendiga hasta el instante que perdió el sentido.

--¡Ah, si hubieras hecho caso de los gruñidos de Fortuna, que os anunciaban un peligro!--exclamó el anciano, golpeándose la frente.--¿Pero dónde está que no le veo?

--Indudablemente le matarían, porque yo tampoco le vi más desde que salieron aquellos hombres del carrizal.[16]

--En fin, dame, dame esa carta, Polonia; no se ha perdido todo; esto será cuestión de dos, de tres, de cuatro mil duros, de todo lo que poseo si se les antoja pedírmelo. ¿No es verdad, guardias? ¿No es verdad, señor alcalde? Los secuestradores son unos infames, unos criminales; pero generalmente no matan a los secuestrados. Me lo devolverán, sí; me lo devolverán, y yo en cambio les daré lo que me pidan. Don Salvador se ahogaba; tuvo que sentarse, se quitó la corbata y se desabrochó el chaleco; no podía respirar.[I]

Mientras tanto Polonia buscaba en vano la carta que tan brutalmente le había metido en el pecho el secuestrador.

--¡Pero no me das esa carta!--exclamó el anciano.

--Si no la encuentro, señor.

--¡Que no la encuentras!--exclamó el abuelo, pálido como un cadáver y levantándose de la silla como impulsado por una fuerza superior a su voluntad.[18]

--No; no la encuentro,--exclamó Polonia con desesperación;--me la metió uno de ellos en el pecho mientras otro me ataba las manos y me ponía la mordaza; pero como luego caí desmayada en el barranco....

--Entonces se te habrá caído en el barranco y es preciso ir a buscarla.[19]

Y don Salvador se dirigió a la puerta.

El alcalde le detuvo, diciéndole:

--Para buscar la carta bastamos nosotros. Polonia nos acompañará. El tiempo ha cambiado y amenaza tormenta. A ver; Atanasio, coge la linterna; vamos andando.

Don Salvador quiso acompañarlos, pero el médico y el cura, que también habían acudido al saber la desgracia de Juanito, se opusieron firmemente.

--¡Oh, Dios mío, Dios mío!--exclamó el anciano con desesperación;--si no encuentran esa carta, mi pobre Juanito está perdido, porque le matarán viendo que no se les da el dinero que piden. Salieron en busca de la carta Polonia, los dos guardias civiles, el alcalde, el secretario, Cachucha y el jardinero.[20]

El médico y algunos vecinos del pueblo se quedaron acompañando a don Salvador.

Cuando los expedicionarios salieron a la calle, los deslumbró un relámpago que fué seguido de un espantoso trueno:

La lluvia caía con esa violencia propia de las tormentas de verano. Nadie hizo caso. Caminaban en silencio por la carretera, preocupados en aquel triste acontecimiento que afligía a todo el pueblo.

Cuando llegaron al puente, Cachucha que iba delante se detuvo, reconoció el terreno, y dijo:

--Trabajo perdido; el barranco viene lleno de agua; es imposible bajar.

La avenida era grande; las turbias aguas se arrastraban con violencia sobre el pedregoso cauce del barranco, rugiendo de un modo amenazador.

--¡Qué lástima!--añadió un guardia civil;--no sólo hemos perdido la carta sino las huellas de los secuestradores.

--¿Y qué hacemos ahora?--preguntó Cachucha.[21]

--Toma; regresar al pueblo;--contestó el alcalde.

Y sin hablar más, regresaron al pueblo tristes, silenciosos y empapados de agua y lodo hasta los huesos.

El pobre don Salvador se quedó anonadado al saber la avenida del barranco.

Cayó de rodillas, juntó las manos y elevó los ojos llenos de lágrimas al cielo, murmurando con trémula voz:--Señor.... Dios mío.... Padre misericordioso, sin cuya voluntad no se mueve una hoja de los árboles ni un átomo de polvo de la tierra.... Vela por mi hijo, vela por Juanito.

Un profundo silencio se extendió por la habitación, todos rezaban en voz baja, todos le pedían a Dios por el niño secuestrado.[J]

CAPÍTULO V

=El que siembra recoge=

Transcurrieron dos días. El pobre abuelito estaba inconsolable; cuarenta y ocho horas sin dormir, sin comer, sin ver a su nieto.

El alcalde y la guardia civil habían oficiado a los pueblos inmediatos lo ocurrido, pero nadie tenía noticias de Juanito.

Aquel silencio era espantoso para el pobre anciano.

--Ah, sin duda en la carta--se decía--me fijaban un plazo para entregar el dinero.... Dios mío, ¿qué será de Juanito cuando ese plazo se cumpla?[22]

En el pueblo no se hablaba de otra cosa que del secuestro del niño. Todos hubieran dado la mitad de su sangre por encontrarle.

A fuerza de grandes ruegos consiguieron el cura y el médico que don Salvador tomara algún alimento.

Llegó el tercer día. El pobre abuelito, pálido como un muerto, con los ojos cerrados, se hallaba tendido en un sofá, y a no ser por los estremecimientos nerviosos que agitaban su cuerpo, se le hubiera tomado por un cadáver.

Comenzaba a obscurecer; la tenue luz del crepúsculo penetraba por una ventana iluminando con vaga claridad la habitación.

La puerta se abrió poco a poco y asomó por ella la cabeza de un perro. Era Fortuna, cubierto de lodo.

Se acercó al sofá y se quedó mirando fijamente al anciano. Esta contemplación duró algunos segundos; luego comenzó a lamerle las manos a don Salvador.

El cálido contacto de aquella lengua agradecida despertó al anciano. Al ver a Fortuna lanzó un grito que hubiera sido imposible definir, porque la presencia de aquel perro leal, que él creía muerto, le causaba al mismo tiempo una inmensa alegría y un profundo dolor.

--¡Ah, eres tú, Fortuna!--exclamó sentándose en el sofá.--¿Dónde está Juanito? ¿Dónde está el hijo de mi alma?

El perro ladró tres veces dirigiéndose hacia la puerta, en donde se detuvo para mirar a su amo.

--Sí, sí; te comprendo perfectamente; tú vienes a decirme: sígueme y te conduciré a donde está Juanito.

El perro ladró con más fuerza.

--¡Ah! qué importa que la naturaleza no te haya concedido el don de la palabra; yo te entiendo perfectamente; bendito sea el momento que te refugiaste en mi casa.

Y él mismo, que por instantes parecía recobrar sus perdidas fuerzas, comenzó a dar voces, diciendo:

--¡Polonia, Atanasio, Macario, todo el mundo aquí! Que aparejen mi jaca, que llamen a la guardia civil, al cuadrillero, a todo el que quiera seguirme.

Don Salvador mientras tanto había descolgado una escopeta de dos cañones del armero y se había ceñido una canana llena de cartuchos.

Algunos criados entraron precipitadamente en la habitación de su amo, creyendo que el dolor le había vuelto loco. Al verle con la escopeta, Polonia le dijo sobresaltada:[K]

--¿Pero adónde va Vd., señor?

--A donde está Juanito.... Mira, ahí tienes el amigo leal que va a conducirme a su lado.

--¡Fortuna!--exclamó Polonia, que hasta entonces no había visto al perro.

--Ése, ése sabe donde está mi nieto: sigámosle, pero es preciso hacer las cosas con método. Tú, Atanasio, llama a la guardia civil y al cuadrillero; tú, Polonia, pon en unas alforjas algunos comestibles; tú, Macario, apareja mi jaca, pero de prisa, muy de prisa, pues me mata la impaciencia.

Media hora después todo estaba dispuesto y los expedicionarios reunidos en casa de don Salvador.

El perro no cesaba de ladrar y hacer viajes hacia la puerta, indicando su impaciencia.

--En marcha, Fortuna, en marcha;--exclamó el anciano con firme entonación,--condúceme a donde está Juanito, y que Dios nos ayude.

El perro comenzó a dar saltos de alegría, salió a la calle y tomó a la derecha.

Todos le siguieron, Fortuna iba delante, luego dos guardias civiles a pie, don Salvador, el cuadrillero a caballo, y por último, cuatro criados de la casa.

Todos iban armados de escopetas y resueltos a salvar a Juanito. Tenían una fe ciega en las demostraciones del perro. Nadie dudaba de que aquel noble e inteligente animal les conduciría a donde estaba el niño secuestrado.

La noche era serena, apacible. La luna iluminaba con dulce claridad la tierra.

El perro, que caminaba siempre delante, volviendo de vez en cuando la cabeza para ver si le seguían, llegó al puente, y en vez de bajar al barranco, torció a la izquierda caminando por la orilla del cauce unos quinientos pasos. Allí bajó por una vereda, cruzó el barranco y tomó una senda que conducía al monte.

Todos le siguieron en el mayor silencio. Después de dos horas de trepar por aquel camino de cabras, los expedicionarios llegaron a la cumbre de una elevada montaña.

--Guardias, ¿están Vds. cansados?--les preguntó don Salvador.

--Adelante, adelante; éste es nuestro oficio,--contestó uno de ellos.--Mientras el perro no vacile, le seguiremos.

Se hallaban en una meseta sembrada de espesos chaparrales y copudas encinas. La luna lo iluminaba todo; aquel espesar era interminable; a lo lejos parecía distinguirse grandes grupos de árboles en el fondo de un valle encerrado entre dos altísimas montañas. El perro continuó descendiendo por la parte de la umbría durante media hora, luego torció a la derecha, caminando siempre a media ladera.[L]

Los expedicionarios comenzaban a impacientarse: llevaban cuatro horas de no interrumpida marcha por un camino fatigoso y duro.

Llegaron por fin al valle. Grandes grupos de fresnos y de álamos formaban aquí y allá espesos bosquecillos.

El perro penetró resueltamente en uno de aquellos espesares.

De pronto Fortuna se detuvo. Los expedicionarios vieron a pocos pasos de distancia una casa de pobre apariencia.

La casa sólo se componía de piso bajo.

El perro, con mucho recelo, y arrastrándose por la tierra, llegó a la puerta, la olfateó y luego, volviéndose a los que le seguían, formuló uno de esos gemidos tan peculiares a los animales de su raza para indicar la aproximación de su amo.

Todos oyeron este gemido y los resoplidos que daba Fortuna procurando introducir el hocico entre el dintel y la puerta.

A nadie le quedó la menor duda de que en aquella casa estaba Juanito o por lo menos había estado.[23]

Uno de los guardias civiles dijo en voz muy baja:

--Esta casa es la del guarda de esta umbría que acabamos de cruzar. Es hombre de malos antecedentes, ha estado en presidio y la guardia civil le tiene apuntado en su libro. Todo el mundo pie a tierra y preparados; mi compañero y yo entraremos delante. Tú, Cachucha, te pones de centinela por la parte del río, y si ves alguno que quiere escaparse saltando las tapias del corral, le haces fuego. Tú, Atanasio, ten la linterna prevenida por si hace falta.[24]

Se obedecieron las disposiciones del guardia.

Don Salvador sintió que su corazón latía con extremada violencia.

El guardia civil, con la culata de su carabina, dio dos fuertes golpes sobre la puerta.

Transcurrieron algunos segundos sin que nadie contestara. En la casa remaba un silencio sepulcral.

El guardia llamó segunda vez diciendo en voz alta:

--Cascabel (éste era el apodo del guarda del monte Corbel), abre a la guardia civil o descerrajamos la puerta a tiros.

--Allá va, allá va; un poco de paciencia, que me estoy vistiendo,--contestó una voz femenina.

Transcurrieron dos minutos. Dentro de la casa se oyó un ruido como si arrastraran un pesado mueble cambiándolo de sitio. Luego se abrió la puerta presentándose una mujer con un candil en la mano.

Tendría cuarenta años de edad, era alta, delgada, de color cetrino y pelo rojo y enmarañado. Todo en aquella mujer indicaba la falta de aseo; a primera vista era verdaderamente repugnante.

Al ver tanta gente retrocedió dos pasos frunciendo el entrecejo y dijo:

--¿Qué es esto?

--Esto es que venimos a hacerte una visita a ti y a tu marido,--contestó un guardia.--¿Dónde está Cascabel?

--Recorriendo el monte, porque hay muchos dañadores. ¿Pero qué le querían Vds.?--Tú ya sabes lo que nosotros queremos,--añadió el guardia.[M]

--¡Yo!... Pues aunque tuviera el don de la adivinanza,--exclamó haciendo una mueca la guardesa.[25]

--Vamos, menos palabras, y dinos dónde tienes al niño.

--Pues si yo no he tenido hijos nunca.

--Ya que no quieres a buenas, peor para ti, hablarás a malas.

El guardia hizo una seña a su compañero, y cogiendo a la guardesa cada uno de un brazo y juntándole los dedos pulgares de las manos por detrás de la espalda, le pusieron el tornillo y la cadenilla de hierro.

La guardesa exhaló un rugido de dolor, y haciendo rechinar los dientes, dijo:

--¡Vaya una hazaña! ¡qué valientes!

Todos escuchaban el diálogo con gran interés, cuando de pronto Fortuna comenzó a ladrar de un modo estrepitoso.

Al extremo de aquella sala-cocina se hallaba un enorme arcón viejo y desvencijado. El perro escarbaba con furia junto al arcón.

--Ahí está mi hijo,--gritó don Salvador.

Abrieron el arcón: no había nada. El perro continuaba ladrando y escarbando. La guardesa miraba a Fortuna con sombríos y recelosos ojos.

Atanasio y Macario quitaron el arcón de aquel sitio y debajo apareció una trampa de madera con una argolla de hierro.

El abuelo lanzó un grito de gozo, abalanzándose hacia la trampa. Uno de los guardias civiles le detuvo cogiéndole por el brazo y le dijo: --Todo se andará, don Salvador; pero antes conviene tomar algunas precauciones. Esta mujer bajará delante. Atanasio, coge la linterna y abre la trampa.

El jardinero levantó la trampa. La bajada a la cueva era muy rápida y resbaladiza. El perro Fortuna se precipitó por aquel boquete negro ladrando de un modo furioso.

Los guardias civiles empujaban a la guardesa delante de ellos.

Atanasio alumbraba con la linterna; el perro que se había internado en la cueva seguía ladrando a lo lejos.

Todos siguieron aquellos ladridos caminando por un terreno húmedo y resbaladizo, cuyas angostas paredes chorreaban agua.

De pronto se oyó una voz débil que dijo:

--Ah, Fortuna, ¿eres tú, Fortuna? ¡Cuánto te agradezco que vengas a verme!

--Es la voz de mi Juan,--gritó don Salvador.

--Aquí, aquí, abuelito de mi alma,--volvió a decir el niño.

Don Salvador, que iba detrás, apartó a todos y se puso delante, gritando:

--Alumbra, Atanasio, alumbra.

Entonces los claros reflejos de la linterna iluminaron un cuadro interesante: sobre un lecho de carrizo se hallaba Juanito con el traje en jirones y abrazado al perro Fortuna que le lamía la cara gimiendo dolorosamente.

El abuelo cayó también sobre aquel lecho y se abrazó llorando a su nieto, y entonces el perro repartía por igual sus caricias entre el viejo y el niño. Todos lloraban, todos, menos la guardesa, menos aquella fiera que miraba con ojos enjutos y torvo ademán el patético grupo que tenía delante y que iba a abrirle a ella, a su marido y a sus cómplices las puertas de un presidio.[N]

* * * * *

En el pueblo se recibió a Juanito y a los expedicionarios echando las campanas al vuelo. La alegría fue inmensa.[26]

Desde aquel día se miró al perro Fortuna con veneración.

Don Salvador mandó hacer un buen retrato al óleo del perro Fortuna y lo colocó en un sitio preferente de su casa.

Al pie de este retrato se leía esta inscripción:

«Este perro se llamó Fortuna y probó a los hombres que tuvieron la dicha de conocerle, que en este mundo el que siembra recoge.»

NOTES

[1] =--el rabo...colgante:= note the use of the definite article instead of the possessive adjective before nouns denoting parts of the body, etc. =le= refers to =olfato= and is needed for clearness since =olfato= precedes the verb. =se veía un pueblo=, _a town was seen,_ or _one saw a town._

[2] =--tendría dos años de edad=, _was probably about two years old_: =tendría= is the conditional of probability or conjecture.

[3] =--que sin duda tenía poco desarrollado el órgano de caridad=, _whose organ of charity was doubtless not well developed_. ¿=Estará...=? _can he be?_ This is the future of probability or conjecture. =desgraciado del perro=, _unlucky is the dog_. Note this idiomatic use of =de=. =sálvese el que pueda=, _let him save himself who can_. =--le iba estrechando=, _were pressing in upon him_. =Ir=, with the present participle, is often used instead of =estar=, in order to express progressive action.

[4] =--hacían exclamar a todo el mundo=, _made everybody exclaim._ =a disposición=: many adverbial phrases are thus used without the definite article. =había visto morir a un hijo al año de terminar...,= _he had seen a son die a year after completing...._ =a los seis meses de dar a luz...,= _six months after giving birth...._

[5] =--el abuelo y el nieto= are the subject of =pasaban=.

[6] =--tienes la cara encendida como...,= _your face is as red as...._ =Será=, _it is probably_: future of probability or conjecture.

[7] =--fué a esconderse=. In English one would say: _went and hid_. =no había visto pasar al perro,= _had not seen the dog pass._ Note the difference between the English and the Spanish word orders. This is usual.

[8] =--me, te=: datives of possession. =fueron saliendo=: See Footnote C.

[9] =--no me lo ha de decir= is about equivalent to =no me lo dirá=. =tomarme=, _to take (for myself):_ =me= is dative of concern or interest. =a este perro se le llamará = llamarán a este perro.= =fortuna y no poca ha sido la suya = ha sido fortuna, y su fortuna no ha sido poca.=

[10] =--sin que su amo se avergonzara,= _without his master feeling ashamed_. =lo más hermoso de Fortuna,= _the handsomest thing about Fortuna._ =me=: dative of concern or interest. Omit in translating. =--Fray Luís de León= (1528?-1591), a great Spanish mystic and poet.

[11] =lo=: an expletive pronoun, often used for clearness when the corresponding noun object precedes the verb. =el perderle=, _to lose it_. The article, which here modifies the infinitive, is not to be translated.

[12] =A los ocho días=, _in a week's time_. Note that =ocho días=, in certain expressions, means _a week_ (the days at both ends of the week are counted).

[13] =--sin intimidarle los gruñidos amenazadores=, _without being frightened by the threatening growls_.

