Chapter 2
--No tengo más que rubias; todas las hacen rubias.
--Bien; así como así la escena es en Francia.
--¡Ah, entonces!... los franceses son rubios.
--¿Y calva, por supuesto?
--No, hombre, no: si no tiene usted más que cincuenta años.
--Es que todas mis pelucas tienen calva.
--Entonces saque usted lo que usted quiera.
--Yo necesito un retrato, ¿qué saco?--dice otro.
--No, un medallón: cualquier cosa: desde fuera no se ve.
Arreglado ya lo que cada uno saca, se conviene en que las decoraciones harán efecto, porque se han anunciado como nuevas: la del pabellón de la Expiación, en poniéndole cuatro retratos, es romántica enteramente, y si se añaden unas armas, no digo nada; un gabinete de la Edad Media; la de tal otra comedia, en abriéndole dos puertas laterales, y en cerrándole la ventana, es el cuarto de la dama.
Si hay comparsas, se arma una disputa sobre si se deben afeitar o no; si tienen que afeitarse, es preciso que se les den dos reales más; ¿se han de poner limpios de balde? Para conciliar el efecto con la economía, se conviene en que los cuatro que han de salir delante se afeiten; los que están en segundo término, o confundidos en el grupo, pueden ahorrarse las navajas. Si deben salir músicos, es obra de romanos encontrarlos; porque es cosa degradante soplar en un serpentón, o dar porrazos a un pergamino a la vista del público; cuando van por la calle o de casa en casa, entonces nadie los ve.
Por fin, ha llegado la noche: merced a los anuncios de los periódicos y de los carteles, en los cuales se previene al público que si se tarda en los entreactos es porque hay que hacer, y que como la función es larga, no admite intermedio ni sainete; merced a estas inocentes estratagemas, se acaban los billetes al momento, y a la tarde están a dos, tres duros las lunetas. El autor ha tomado los suyos, y los amigos, que han comido con él, le tranquilizan, asegurándole que si el drama fuera malo se lo hubieran dicho francamente en las repetidas lecturas que se han hecho previamente en casa de éste o de aquél. Todo lo contrario: se han extasiado: y no es decir que no lo entiendan. El buen ingenio anda aquel día distraído; no responde con concierto a cosa alguna; reparte algunos apretones de manos, lo más expresivos posible, a cuenta de aplausos, y está muy modesto; se cura en salud; refuerza alguna sonrisa para contestar a los muchos que llegan y le dicen embromándole, sin temor de Dios:
--Conque hoy es la silba; voy a comprar un pito.
--¡Las seis! es preciso asistir al vestuario.
--¿Qué tal estoy?
--Bien: parece usted un verdadero abate; dese usted más negro en esa mejilla; otra raya; es usted más viejo. Usted sí que está perfectamente, señor, y cierto que daría los mejores trozos de mi comedia por ser el galán de ella, y hacer el papel con usted. Se me figura que está frío el segundo galán.
--¡Ah! no; ya lo verá usted; ahora está bebiendo un poco de ponche para calentarse.
--¿Sí, eh? ¡Magnífico! No se le olvide a usted aquel grito en aquel verso.
--No se me olvida, descuide usted; aturdiré el teatro.
--Sí, un chillido sentido: como que ve usted al otro muerto. Conque salga como en el penúltimo ensayo, me contento. Alborota usted con ese grito. ¡A mí me estremeció usted, y soy el autor!...
--¡La orden! ¡La orden!--gritan a esta sazón.
--¿Cómo la orden?--exclama el autor asustado.--¿La han prohibido?
--No, señor, es la orden para empezar; habrá venido Su Alteza.
--Suena una campanilla. ¡Fuera, fuera! y salen precipitadamente de la escena aquella multitud de pies que se ven debajo del telón.
--¡Cuidado con los arrojes, señor autor!--dice un segundo apunte tomándolo de un brazo.
--¿Qué es eso?
--Nada; los arrojes son cuatro mozos de cordel que hacen subir el telón, bajando ellos colgados de una cuerda.
Se oye un estruendo espantoso: se ha descorrido la cortina, y el ingenio se refugia a un rincón de un palco segundo, detrás de su familia o de sus amigos, a quienes mortifica durante la representación con repetidas interrupciones. Tiene toda la sangre en la cabeza, suda como cavador, cierra las manos, hace gestos de desesperación cuando se pierde un actor.
--Si lo dije, si no sabe el papel.
--¿Silban?
--¿Qué murmullo es ese?
--Bien, bien; este aplauso ha venido muy bien ahí: esto va bien; ese trozo tenía que hacer efecto por fuerza.
--¡Bárbaros! ¿Por qué silban? Si no se puede escribir en este país; luego, la están haciendo de una manera... Yo también la silbaría.
En el auditorio son las expresiones fugitivas.
--¡Vaya! Ya tenemos el telón bajando y subiendo.
--¡Bravo! se han dejado una silla.
--Mire usted aquel comparsa. ¿Qué es aquello blanco que se le ve?
--¡Hombre, en esa sala han nacido árboles! ¿Lo mató? ¡Ah, ah, ah! Si morirá el apuntador.
--Pues, señor, hasta ahora no es gran cosa.
--Lo que tiene es buenos versos.
Entretanto la condesita de *** entra al segundo acto dando portazos para que la vean; una vez sentada no se luce el vestido; los _fashionables_ suben y bajan a los palcos: no se oye: el teatro es un infierno: luego parece que el público se ha constipado adrede aquel día. ¡Qué toser, señor, qué toser!
Llega el quinto acto, y la mareta sorda empieza a manifestarse cada vez más pronunciada: a la última puñalada el público no puede más, y prorrumpe por todas partes en ruidosas carcajadas: los amigos defienden el terreno; pero una llave decide la cuestión: sin duda no es la llave con que encerraba Lope de Vega los preceptos; y cae el telón entre la majestuosa algazara y con toda la pompa de la ignominia.
No sé qué propensión tiene la humanidad a alegrarse del mal ajeno; pero he observado que el público sale más alegre y decidor, más risueño y locuaz de una representación silbada: el autor, entretanto, sale confuso y renegando de un público tan atrasado: no están todavía los españoles--dice--para esta clase de comedias: se agarra otro poco a las intrigas, otro poco a la mala representación, y de esta suerte ya puede presentarse al día siguiente en cualquier parte con la conciencia limpia.
Sus amigos convienen con él, y en su ausencia se les oye decir:
--Yo lo dije; esa comedia no podía gustar; pero, ¿quién se lo dice al autor? ¿Quién pone cascabel al gato?
--Yo le dije que cortara lo del padre en el segundo acto: aquello es demasiado largo; pero se empeñó en dejarlo.
He observado, sin embargo, que los amigos literatos suelen portarse con gran generosidad; si la comedia gusta, ellos son los que como inteligentes hacen notar los defectillos de la composición, y entonces pasan por imparciales y rectos; si la comedia es silbada, ellos son los que la disculpan y la elogian; saben que sus elogios no la han de levantar, y entonces pasan por buenos amigos. En el primer caso, dicen:
--Es cosa buena, ¿cómo se había de negar? No tiene más sino aquello, y lo otro, y lo de más allá... ya se ve; las cosas no pueden ser perfectas.
En el segundo, dicen:
--Señor, no es mala; pero no es para todo el mundo: hay cosas demasiado profundas: tiene bellezas: sobre todo hay versos muy lindos.
Pero la parte indudablemente más divertida es la de oír, acercándose a los corrillos, los votos particulares de cada cual: éste la juzga mala porque dura tres horas; aquél porque mueren muchos; el otro porque hay gente de iglesia en ella; el de más allá porque se muda de decoraciones: esotro porque infringe las reglas: los contrarios dicen que sólo por estas circunstancias es buena. ¡Qué Babilonia, santo Dios! ¡Qué confusión!
Al día siguiente los periódicos... Pero, ¿quién es el autor? ¿Es un principiante, un desconocido? ¡Qué nube! ¿Es algo más? ¡Qué reticencias! ¡Qué medias palabras! ¡Qué exacto justo medio!
¡Después de todo eso haga usted comedias!
YO QUIERO SER CÓMICO
Anch'io son pittore.
No fuera yo Fígaro, ni tuviera esa travesura y maliciosa índole que malas lenguas me atribuyen, si no sacara a luz pública cierta visita que no ha muchos días tuve en mi propia casa.
Columpiábame en mi mullido sillón, de estos que dan vuelta sobre su eje, los cuales son especialmente de mi gusto por asemejarse en cierto modo a muchas gentes que conozco, y me hallaba en la mayor perplejidad sin saber cuál de mis numerosas apuntaciones elegiría para un artículo que me correspondía ingerir aquel día en la Revista. Quería yo que fuese interesante sin ser mordaz, y conocía toda la dificultad de mi empeño, y sobre todo que fuese serio, porque no está siempre un hombre de buen humor, o de buen talante para comunicar el suyo a los demás. No dejaba de atormentarme la idea de que fuese histórico, y por consiguiente verídico, porque mientras yo no haga más que cumplir con las obligaciones de fiel cronista de los usos y costumbres de mi siglo, no se me podrá culpar de mal intencionado, ni de amigo de buscar pendencias por una sátira más o menos.
Hallábame, como he dicho, sin saber cuál de mis notas escogería por más inocente, y no encontraba por cierto mucho que escoger, cuando me deparó felizmente la casualidad, materia sobrada para un artículo, al anunciarme mi criado a un joven que me quería hablar indispensablemente.
Pasó adelante el joven haciéndome una cortesía bastante zurda, como de hombre que necesita y estudia en la fisonomía del que le ha de favorecer sus gustos e inclinaciones, o su humor del momento para conformarse prudentemente con él; y dando tormento a los tirantes y rudos músculos de su fisonomía para adoptar una especie de careta que desplegase a mi vista sentimientos mezclados de efecto y de deferencia, me dijo con voz forzadamente sumisa y cariñosa:
--¿Es usted el redactor llamado Fígaro?...
--¿Qué tiene usted que mandarme?
--Vengo a pedirle un favor... ¡Cómo me gustan sus artículos de usted!
--Es claro... Si usted me necesita...
--Un favor de que depende mi vida acaso... ¡Soy un apasionado, un amigo de usted!
--Por supuesto... siendo el favor de tanto interés para usted...
--Yo soy un joven...
--Lo presumo.
--Que quiero ser cómico, y dedicarme al teatro...
--¿Al teatro?
--Sí, señor... como el teatro está cerrado ahora...
--Es la mejor ocasión.
--Como estamos en cuaresma, y es la época de ajustar para la próxima temporada cómica, desearía que usted me recomendase...
--¡Bravo empeño! ¿A quién?
--Al Ayuntamiento.
--¡Hola! ¿Ajusta el Ayuntamiento?
--Es decir, a la empresa.
--¡Ah! ¿Ajusta la Empresa?
--Le diré a usted... según algunos, esto no se sabe... pero... para cuando se sepa.
--En ese caso no tiene usted prisa, porque nadie la tiene...
--Sin embargo, como yo quiero ser cómico...
--Cierto. ¿Y qué sabe usted? ¿Qué ha estudiado usted?
--¿Cómo? ¿se necesita saber algo?
--No; para ser actor, ciertamente, no necesita usted saber cosa mayor...
--Por eso; yo no quisiera singularizarme; siempre es malo entrar con pie en una corporación.
--Ya le entiendo a usted: usted quisiera ser cómico aquí, y así será preciso examinarle por la pauta del país. ¿Sabe usted el castellano?
--Lo que usted ve... para hablar, las gentes me entienden...
--Pero la gramática, y la propiedad, y...
--No, señor, no.
--Bien, ¡eso es muy bueno! Pero sabrá usted desgraciadamente el latín, y habrá estudiado humanidades, bellas letras...
--Perdone usted.
--Sabrá de memoria los poetas clásicos, y los comprenderá, y podrá verter sus ideas en las tablas.
--Perdone usted, señor. Nada, nada. ¡Tan poco favor me hace usted! Que me caiga muerto aquí si he leído una sola línea de eso, ni he oído hablar tampoco... mire usted...
--No jure usted. ¿Sabe usted pronunciar con afectación todas las letras de una palabra; y decir unas voces por otras, actitud por aptitud, y aptitud por actitud, diferiencia por diferencia, háyamos por hayamos, dracmático por dramático, y otras semejantes?
--Sí, señor, sí; todo eso digo yo.
--Perfectamente; me parece que sirve usted para el caso. ¿Aprendió usted historia?
--No, señor; no sé lo que es.
--Por consiguiente, no sabrá usted lo que son trajes, ni épocas, ni caracteres históricos...
--Nada, nada; no señor.
--Perfectamente.
--Le diré a usted... en cuanto a trajes, ya sé que en siendo muy antiguo siempre a la romana.
--Esto es: aunque sea griego el asunto.
--Sí, señor: si no es tan antiguo, a la antigua francesa o la antigua española; según... ropilla, trusas, capacete, acuchillados, etc. Si es más moderna o del día, levita a la Utrilla en los calaveras, y polvos, casacón, y media en los padres.
--¡Ah, ah! Muy bien.
--Además, eso en el ensayo general se le pregunta al galán o a la dama, según el sexo de cada uno que lo pregunta, y conforme a lo que ellos tienen en sus arcas, así...
--¡Bravo!
--Porque ellos suelen saberlo.
--¿Y cómo presentará usted un carácter histórico?
--Mire usted: el papel lo dirá, y luego como el muerto no se ha de tomar el trabajo de resucitar sólo para desmentirle a uno... además, que gran parte del público suele estar tan enterado como nosotros...
--¡Ah! ya... usted sirve para el ejercicio. La figura es la que no...
--No es gran cosa; pero eso no es esencial.
--¿Y de educación, de modales y usos de sociedad? ¿a qué altura se halla usted?
--Mal; porque si se va a decir verdad, yo soy pobrecillo: yo era escribiente en una mala administración; me echaron por holgazán, y me quiero meter cómico, porque se me figura a mi que es oficio en que no hay nada que hacer...
--Y tiene usted razón.
--Todo lo hace el apunte, y... por consiguiente, no conozco esos señores usos de sociedad que usted dice, ni nunca traté ninguno de ellos.
--Ni conocerá usted el mundo, ni el corazón humano.
--Escasamente.
--¿Y cómo representará usted tantos caracteres distintos?
--Le diré a usted: si hago de rey, de príncipe o de magnate, ahuecaré la voz, miraré por encima del hombro a mis compañeros, mandaré con mucho imperio...
--Sin embargo, en el mundo esos personajes suelen ser muy afables y corteses, y como están acostumbrados, desde que nacen, a ser obedecidos a la menor indicación, mandan poco y sin dar gritos...
--Sí, pero ¡ya ve usted! en el teatro es otra cosa.
--Ya me hago cargo.
--Por ejemplo, si hago un papel de juez, aunque esté delante de señoras o en casa ajena, no me quitaré el sombrero, porque en el teatro la justicia está dispensada de tener crianza; daré fuertes golpes en el tablado con mi bastón de borlas, pondré cara de caballo, como si los jueces no tuviesen entrañas...
--No se puede hacer más.
--Si hago de delincuente, me haré el perseguido, porque en el teatro todos los reos son inocentes.
--Muy bien.
--Si hago un papel de pícaro, que ahora están en boga, cejas arqueadas, cara pálida, voz ronca, ojos atravesados, aire misterioso, apartes melodramáticos... Si hago un calavera, muchos brincos y zapatetas, carreritas de pies y lengua, vueltas rápidas y habla ligera... Si hago un barba, andaré a compás, como un juego de escarpias, me temblarán siempre las manos como perlático o descoyuntado; y aunque el papel no apunte más de cincuenta años, haré del tarato y decrépito, y apoyaré mucho la voz con intención marcada en la moraleja, como quien dice a los espectadores: «allá va esto para ustedes».
--¿Tiene usted grandes calvas para los barbas?
--¡Oh! disformes; tengo una que me coge desde las narices hasta el colodrillo; bien que ésta la reservo para las grandes solemnidades. Pero aun para diario tengo otras, tales que no se me ve la cara con ellas.
--¿Y los graciosos?
--Esto es lo más fácil: estiraré mucho la pata, daré grandes voces, haré con la cara y el cuerpo todos los raros visajes y estupendas contorsiones que alcance, y saldré vestido de arlequín.
--Usted hará furor.
--¡Vaya si haré! Se morirá el público de risa, y se hundirá la casa a aplausos. Y especialmente, en toda clase de papeles, diré directamente al público todos los apartes, monólogos, gracias y parlamentos de intención o lucimiento que en mi parte se presenten.
--¿Y memoria?
--No es cosa la que tengo; y aun esa no la aprovecho, porque no me gusta el estudio. Además que eso es cuenta del apuntador. Si se descuida se le lanza de vez en cuando un par de miradas terribles, como diciendo al público: ¡Ven ustedes qué hombre!
--Esto es; de modo que el apuntador vaya tirando del papel como de una carreta, y sacándole a usted la relación del cuerpo como una cinta. De esa manera, y hablando él altito, tiene el público, el placer de oír a un mismo tiempo dos ejemplares de un mismo papel.
--Sí, señor; y, en fin, cuando uno no sabe su relación se dice cualquier tontería, y el público se la ríe. ¡Es tan guapo el público! ¡si usted viera!
--Ya sé ¡ya!
--Vez hay que en una comedia en verso se añade un párrafo en prosa: pues ni se enfada, ni menos lo nota. Así es que no hay nada más común que añadir...
--¡Ya se ve, que hacen muy bien! Pues, señor, usted es cómico, y bueno. ¿Usted ha representado anteriormente?
--¡Vaya! En comedias caseras. He alborotado con el _García_ y el _Delincuente honrado_.
--No más, no más; le digo a usted que usted será cómico. Dígame usted, ¿sabrá usted hablar mal de los poetas y despreciarlos, aunque no los entienda; alabar las comedias por el lenguaje, aunque no sepa lo que es, o por el verso mas que no entienda siquiera lo que es prosa?
--¿Pues no tengo de saber, señor? eso lo hace cualquiera.
--¿Sabrá usted quejarse amargamente, y entablar una querella criminal contra el primero que se atreva a decir en letras de molde que usted no lo hace todas las noches sobresalientemente? ¿sabrá usted decir de los periodistas que quién son ellos para?...
--Vaya si sabré; precisamente ese es el tema nuestro de todos los días. Mande usted otra cosa.
Al llegar aquí no pude ya contener mi gozo por más tiempo, y arrojándome en los brazos de mi recomendado:
--Venga usted acá, mancebo generoso--exclamé todo alborozado;--venga usted acá, flor y nata de la andante comiquería: usted ha nacido en este siglo de hierro de nuestra gloria dramática para renovar aquel siglo de oro, en que sólo comían los hombres bellotas y pacían a su libertad por los bosques, sin la distinción del tuyo y del mío. Usted será cómico en fin, o se han de olvidar las reglas que hoy rigen en el ejercicio.
Diciendo estas y otras razones, despedí a mi candidato, prometiéndole las más eficaces recomendaciones.
EL CASTELLANO VIEJO
Ya en mi edad pocas veces gusto de alterar el orden que en mi manera de vivir tengo hace tiempo establecido, y fundo esta repugnancia en que no he abandonado mis lares ni un solo día para quebrantar mi sistema, sin que haya sucedido el arrepentimiento más sincero al desvanecimiento de mis engañadas esperanzas. Un resto, con todo eso, del antiguo ceremonial que en su trato tenían adoptado nuestros padres, me obliga a aceptar a veces ciertos convites, a que parecería el negarse grosería, o por lo menos ridícula afectación de delicadeza.
Andábame días pasados por esas calles, a buscar materiales para mis artículos. Embebido en mis pensamientos me sorprendí varias veces a mí mismo riendo como un pobre de mis propias ideas y moviendo maquinalmente los labios; algún tropezón me recordaba de cuando en cuando que para andar por el empedrado de Madrid no es la mejor circunstancia la de ser poeta ni filósofo; más de una sonrisa maligna, más de un gesto de admiración de los que a mi lado pasaban, me hacía reflexionar que los soliloquios no se deben hacer en público; y no pocos encontrones que, al volver las esquinas, di con quien tan distraída y rápidamente como yo las doblaba, me hicieron conocer que los distraídos no entran en el número de los cuerpos elásticos, y mucho menos de los seres gloriosos e impasibles. En semejante situación de espíritu, ¿qué sensación no debería de producirme una horrible palmada que una grande mano, pegada (a lo que por entonces entendí) a un grandísimo brazo, vino a descargar sobre uno de mis hombros que, por desgracia, no tienen punto alguno de semejanza con los de Atlante?
No queriendo dar a entender que desconocía este enérgico modo de anunciarse, ni desairar el agasajo de quien sin duda había querido hacérmele más que mediano, dejándome torcido para todo el día, traté sólo de volverme por conocer quién fuese tan mi amigo para tratarme tan mal; pero mi castellano viejo es hombre que, cuando está de gracia, no se ha de dejar ninguna en el tintero. ¿Cómo dirá el lector que siguió dándome pruebas de confianza y cariño? Echome las manos a los ojos, y sujetándome por detrás:
--¿Quién soy?--gritaba alborozado con el buen éxito de su delicada travesura.--¿Quién soy?
--Un animal--iba a responderle; pero me acordé de repente de quien podría ser, y sustituyendo cantidades iguales:
--¡Braulio eres!--le dije.
Al oírme suelta sus manos, ríe, se aprieta los ijares, alborota la calle, y pónenos a entrambos en escena.
--¡Bien, mi amigo! Pues ¿en qué me has conocido?
--¿Quién pudiera ser sino tú?...
--¿Has venido ya de tu Vizcaya?
--No, Braulio, no he venido.
--¡Siempre el mismo genio! ¿Qué quieres? es la pregunta del español. ¡Cuánto me alegro de que estés aquí! ¿Sabes que mañana son mis días?
--Te los deseo muy felices.
--Déjate de cumplimientos entre nosotros; ya sabes que yo soy franco y castellano viejo: el pan, pan, el vino, vino; por consiguiente, exijo de ti que no vayas a dármelos, pero estás convidado.
--¿A qué?
--A comer conmigo.
--No es posible.
--No hay remedio.
--No puedo--insisto temblando.
--¿No puedes?
--¡Gracias!
--¿Gracias? ¡Vete a paseo! Amigo, como no soy el duque de F... ni el conde de P...
--¿Quién se resiste a una sorpresa de esa especie? ¿Quién quiere parecer vano?
--No es eso, sino que...
--Pues si no es eso--me interrumpe,--te espero a las dos; en casa se come a la española, temprano. Irá mucha gente; tendremos al famoso X., que nos improvisará de lo lindo; T. nos cantará de sobremesa una rondeña con su gracia habitual; y por la noche, J. cantará y tocará alguna cosilla.
Esto me consoló algún tanto, y fue preciso ceder; un día malo--dije para mi--cualquiera lo pasa; en este mundo, para conservar amigos, es preciso tener el valor de aguantar sus obsequios.
--No faltarás si no quieres que riñamos.
--No faltaré--dije con voz exánime y ánimo decaído, como el zorro que se revuelve inútilmente dentro de la trampa donde se ha dejado tomar.
--¡Pues hasta mañana!--y me dio un torniscón por despedida.
Vile marchar como el labrador ve alejarse la nube de su sembrado, y quedeme discurriendo cómo podían entenderse estas amistades tan hostiles y tan funestas.
Ya habrá conocido el lector, siendo tan perspicaz como yo le imagino, que mi amigo Braulio está muy lejos de pertenecer a lo que se llama gran mundo y sociedad de buen tono; pero no es tampoco un hombre de la clase inferior, puesto que es un empleado de los de segundo orden, que reúne entre su sueldo y su hacienda cuarenta mil reales de renta; que tiene una cintita atada al ojal, y una crucecita a la sombra de la solapa; que es persona, en fin, cuya clase, familia y comodidades de ninguna manera se oponen a que tuviese una educación más escogida y modales más suaves e insinuantes. Mas la vanidad le ha sorprendido por donde ha sorprendido casi siempre a toda o a la mayor parte de nuestra clase media, y a toda nuestra clase baja.
Es tal su patriotismo, que dará todas las lindezas del extranjero por un dedo de su país. Esta ceguedad le hace adoptar todas las responsabilidades de tan inconsiderado cariño; de paso que defiende que no hay vinos como los españoles, en lo cual bien puede tener razón, defiende que no hay educación como la española, en lo cual bien pudiera no tenerla; a trueque de defender que el cielo de Madrid es purísimo, defenderá que nuestras manolas son las más encantadoras de todas las mujeres; es un hombre, en fin, que vive de exclusivas, a quien sucede poco más o menos lo que a una parienta mía, que se muere por las jorobas, sólo porque tuvo un querido que llevaba una excrecencia bastante visible sobre entrambos omoplatos.