Fígaro (Artículos selectos)

Chapter 16

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De esta facilidad con que puede leerse un artículo en blanco se deduce un principio que desgraciadamente ha sido fin para _El Siglo_; a saber, que se pueden comparar con las cosas escritas en tinta simpática y con esas pantallas elegantes que toman más o menos color según se acercan más o menos a la lumbre; leídos en un gabinete ministerial, naturalmente resguardado de toda intemperie, y en que suele estar alto el termómetro, toman un colorcito subido que ofende la vista; y leídos al aire libre, se revisten de una tinta suave que da gozo a la multitud. Pero siempre hacen fortuna, porque en el primer caso, y cuando dan con un lector amigo del silencio, suelen dar por gusto al periodista, y en tal caso se da un privilegio exclusivo al autor de un artículo en blanco, para que puedan también quedar en blanco los números sucesivos.

Bien conocerá el lector, aun sin haber leído _El Siglo_, como probablemente no le habrá leído por aficionado que sea a leer, que no es mi intención defender ni acriminar los artículos en blanco, ni mucho menos a los gobiernos, que temo, a Dios gracias.

Es únicamente mi objeto apuntar unas cuantas ideas acerca de la teoría de los artículos en blanco, género nuevo en nuestro país, y para el cual debió decir Malherbe aquellos versos:

Et rose elle a vécu ce que vivent les roses L'espace d'un matin.

_Quod scripsi_, _scripsi_, dijo un antiguo y famoso magistrado. He aquí otra de las ventajas de un artículo en blanco; y si hay quien culpe todavía de poco carácter a la _Revista_, desafiamos por esta vez al _Siglo_ a que tenga más que nosotros. No dirá por esta vez _quod scripsi_, _scripsi_. En tiempo en que es tan de primera necesidad no contradecirse nunca, he aquí otra ventaja de los escritores en blanco. Ni se crea que es fácil tampoco sobresalir en este género: yo confieso en verdad que, si es cierto aquello de que _principio quieren las cosas_, al ponerme a escribir un artículo en blanco, no sabría por dónde empezar, y en cuanto a lo de prohibirlos, confieso que me había de ver apurado todavía.

_¡El Siglo es más grande que los hombres!_ he aquí una verdad que ha echado por tierra el tiempo. Nosotros, en realidad, al condolernos sinceramente de la suerte de nuestro colega, inferimos: o es el siglo más chico de lo que habíamos pensado, o no es este siglo que alcanzamos el que habíamos menester.

Inferimos que no está bastante ilustrado el país para leer artículos en blanco, y que es más acertado meter las cosas con cuchara, como lo entiende el _Boletín_: adoptamos el agüero que nos ofrece nuestro silencioso cofrade. A catorce _Siglos_ nos ha dejado este periódico; es decir, en la Edad Media; confesemos francamente que no podemos pasar de aquí, y quedémonos en blanco en hora buena. Muchos son efectivamente los puntos que ha dejado en blanco nuestro buen _Siglo_ en punto a amnistía, en punto a política interior, en punto a honor y patriotismo de no sé qué hazañas, y en punto, en fin, a Cortes; pero más creemos que hubieran sido aún los puntos en blanco, si conforme era el 14 el siglo, hubiera sido el 19. Y por último, deducimos de todo lo dicho y de la muerte que alcanza a nuestro buen _Siglo_, a pesar de toda su ilustración y grandeza, que el siglo es chico como son los hombres, y que en tiempos como éstos los hombres prudentes no deben hablar, ni mucho menos callar.

UN PERIÓDICO NUEVO

Noble Espagne, où la littérature est réduite à la liberté du monologue de Figaro.

F. SOULIÉ. La Librairie à Paris.

_Libre des Cent-et-un._

--¿Por qué no pone usted un periódico suyo? ¿Cuándo sale _Fígaro_? ¡Es idea peregrina! Ya he visto en los demás periódicos la publicación del permiso para el periódico nuevo. ¿Saldrá por fin en febrero, en marzo? ¿Cuándo? ¿Nos hará usted reír, por supuesto?

He aquí las preguntas que por todas partes se me dirigen, que me cercan, me estrechan, me comprometen, y a las cuales me veo más apurado para responder, que se ven hace tres días... Iba a hacer una mala comparación; y si me la había de suprimir algún amigo de éstos que miran de continuo por mi tranquilidad, suprímomela yo.

¿Por qué no he de publicar un periódico también? he dicho efectivamente para mí. En todos los países cultos y despreocupados, la literatura entera, con todos sus ramos y sus diferentes géneros, ha venido a clasificarse, a encerrarse modestamente en las columnas de los periódicos. No se publican ya infolios corpulentos de tiempo en tiempo. La moda del día prescribe los libros cortos, si han de ser libros. Y si hemos de hablar en razón, si sólo se ha de escribir la verdad, si no se ha de decir sino lo que de cierto se sabe, convengamos en que todo está dicho en un papel de cigarro. Los adelantos materiales han ahogado de un siglo a esta parte las disertaciones metafísicas, las divagaciones científicas; y la razón, como se clama por todas partes, ha conquistado el terreno de la imaginación, si es que hay razón en el mundo que no sea imaginaria. Los hechos han desterrado las ideas. Los periódicos, los libros. La prisa, la rapidez, diré mejor, es el alma de nuestra existencia, y lo que no se hace de prisa en el siglo XIX, no se hace de ninguna manera, razón por la cual es muy de sospechar que no hagamos nunca nada en España. Las diligencias y el vapor han reunido a los hombres de todas las distancias: desde que el espacio ha desaparecido en el tiempo, ha desaparecido también en el terreno. ¿Qué significaría, pues, un autor formando a pie firme un libro, detenido él solo en medio de la corriente que todo lo arrebata? ¿Quién se detendría a escucharlo? En el día es preciso hablar y correr a un tiempo, y de aquí la necesidad de hablar de corrida, que todos desgraciadamente no poseen. Un libro es, pues, a un periódico, lo que un carromato a una diligencia. El libro lleva las ideas a las extremidades del cuerpo social con la misma lentitud, tan a pequeñas jornadas, como aquél lleva la gente a las provincias. Así sólo puede explicarse la armonía, la indispensable relación que existe entre la ilustración del siglo y la escasez de los libros nuevos. De otra suerte sería preciso inferir que la civilización mata las artes y las letras. Y decimos las artes, porque aquella misma rapidez de existencia ha lanzado sobre el terreno de la pintura la litografía, y ha levantado al lado de las antiguas moles de arquitectura gótica de los tiempos lentos, las modernas construcciones de las ratoneras que por casas habitamos en el día.

Convencidos de que el periódico es una secuela indispensable, si no un síntoma de la vida moderna, esperarían tal vez aquí nuestros lectores una historia de esta invención; una seria disertación sobre los primeros periódicos, y acerca de si debieron o no su primer nombre a una moneda veneciana que limitaba su precio. Nada de eso. Sólo diremos que los primeros periódicos fueron _gacetas_: no nos admiremos, pues, si fieles a su origen, si reconociendo su principio, los periódicos han conservado la afición a mentir, que los distingue de las demás publicaciones desde los tiempos más remotos; en lo cual no han hecho nunca más que administrar una herencia. Es su mayorazgo; respetemos éste como los demás, pues que estamos a esta altura todavía.

Inapreciables son las ventajas de los periódicos; habiendo periódicos, en primer lugar, no es necesario estudiar, porque a la larga, ¿qué cosa hay que no enseñe un periódico? Sabe usted por un periódico la hora a que empieza el teatro, y algunas veces la función que se representa, es decir, siempre que la función que se representa sea la misma que se anuncia: esto, al fin, sucede algunas veces. Por los periódicos sabe usted de día en día lo que sucede en Navarra, cuando sucede algo; verdad es que esto no es todos los días; pero para eso muchas veces sabe usted también lo que no sucede: no se sabe ciertamente la pérdida del enemigo, pero ésa siempre debe ser mucha; y en cambio se sabe que llegó la noche, porque la noche llega siempre; no es como la libertad, ni como las cosas buenas, que no llegan nunca; y se sabe que los caballos de los facciosos corren más que los nuestros, puesto que siempre deben aquéllos su salvación a su velocidad. Así se supiera dónde diantres los van a buscar. Esta investigación sería de grande utilidad para mejorar nuestras crías. Por un periódico sabe usted que hay Cortes reunidas para elevar sobre el _cimiento_ el edificio de nuestra libertad. Por ellos se sabe que hay dos Estamentos, es decir, además del de Procuradores, otro de Próceres. Por los periódicos sabe usted, _mutatis mutandis_, es decir, quitando unas cosas y poniendo otras, lo que hablan los oradores, y sabe usted, como por ejemplo ahora, cuándo una discusión es tal discusión, y cuándo es meramente _conversación_, para repetir la frase feliz de un orador.

¿A quién debe aquel orador de café, que perora sobre la intervención extranjera, sus vastos conocimientos acerca de las intenciones de Luis Felipe, sino a los periódicos? ¿Dónde habría aprendido aquella columna de la Puerta del Sol, que hace la oposición de corrillo en corrillo, lo que es un tory y un whig, y un reformista, y lo que puede una alianza, sobre todo si es cuádruple, y una _resistencia_, sobre todo si es una? ¿Dónde aprendería, siendo español, lo que es progreso? ¿En qué libro encontraría lo que quiere decir un _ministro responsable_, y una _ley fundamental_, y una _representación nacional_, y una _fantasma_? ¿En qué universidad podría aprender la sutil distinción que existe entre las _fantasmas que matan_ y _las que no matan_? Distinción por cierto sumamente importante para nosotros, pobres mortales, que somos los que hemos de morir.

Convengamos, pues, en que el periódico es el grande archivo de los conocimientos humanos, y que si hay algún medio en este siglo de ser ignorante, es no leer un periódico.

Estas y otras muchas reflexiones, las cuales no expongo todas, por ser siempre mucho más lo que callo que lo que digo, me movieron a ser periodista; pero no como quiera periodista, atenido a sueldos y voluntades ajenas, sino periodista por mí y ante mí.

Dicho y hecho, concibamos el plan. El periódico se titulará _Fígaro_, un nombre propio; esto no significa nada y a nada compromete, ni a _observar_, ni a _revistar_, ni a ser _eco de nadie_, ni a _chupar flores_, ni a _compilar_, ni a maldita de Dios la cosa. Encierra sólo un tanto de malicia, y eso bien sé yo que no me costará trabajo. Con sólo contar nuestras cosas lisa y llanamente ellas llevan ya la bastante sal y pimienta. He aquí una de las ventajas de los que se dedican a graciosos en nuestro país: en sabiendo decir lo que pasa, cualquiera tiene gracia, cualquiera hará reír. Sea esto dicho sin ofender a nadie.

El periódico tratará... de todo. ¿Qué menos? Pero como no ha de ser ni tan grande como nuestra paciencia, ni tan corto como nuestra esperanza, y como han de caber mis artículos, no pondremos las reales órdenes. Por otra parte, no gusto de afligir a nadie; por consiguiente no se pondrán los reales nombramientos: menos gusto de estar siempre diciendo una misma cosa; por lo tanto fuera los partes oficiales. Estoy decidido a no gastar palabras en balde; mi periódico ha de ser todo substancia; así cada sesión de Cortes vendrá en dos líneas; algunos días en menos; como de esas veces no ocupará nada.

Artículos de _política_. Los habrá. Estos, en no entendiéndolos nadie, estamos al cabo de la calle. Y eso no es difícil, sobre todo quien no los ha de entender es el censor. Oposición: eso por supuesto. A mí, cuando escribo, me gusta siempre tener razón.

De _hacienda_. Largamente, pero siempre en broma, para nosotros será un juego esto; no nos faltará a quien imitar. Los asuntos de cuentas sólo son serios para quien paga; pero para quien cobra...

De _guerra_. También daremos artículos, y en abundancia: buscaremos primero quien lo entienda y quien sepa hablar de la materia; por lo demás, saldremos del paso, si no bien, mal; nunca serán los artículos tan pesados como el asunto.

De _interior_. Hasta los codos. Desentrañaremos esto; y tanto queremos hablar de esta materia, que no nos detendremos en enumerar lo que se ha hecho; sólo hablaremos de lo que falta por hacer.

De _estado_. Aquí nos extenderemos sobre el _statu quo_ y sobre el Estatuto, y nos quedaremos extendidos; ni moveremos pie ni pata.

De _marina_. Esto es más delicado. ¿Ha de ser _Fígaro_ el único que hable de eso? No me gusta ahogarme en poca agua.

De _gracia y justicia_. He dicho muchas veces que no soy ministerial: haré por lo tanto justicia seca. ¡Ojalá que me dejen también hacer gracias!

De _literatura_. En cuanto se publique un libro bueno, lo analizaremos; por consiguiente, no seremos pesados en esta sección.

De _teatro español_. No diremos nada mientras no haya nada que decir. Felizmente va largo.

De _actores_. Aquí seremos malos de buena fe: seremos actores hablando de actores.

De _música_. Buscaremos un literato que sepa música, o un músico que sepa escribir: entre tanto, _Fígaro_ se compondrá como se han compuesto hasta el día los demás periódicos. Felizmente pillaremos al público acostumbrado; y él y nosotros estamos iguales.

_Modas_. En esta sección hablaremos de empréstitos, de intrigas, de favor... en una palabra, lo que corre... a la _dernière_ siempre.

De _costumbres_. Por supuesto: malas: lo que hay: escribiremos como otros viven sobre el país. _Fígaro_ hablará, bajo este título, de paciencia, de tinieblas, de mala intención, de atraso, de pereza, de apatía, de egoísmo. En una palabra, de nuestras costumbres.

_Anuncios._ Queriendo hacer lo más corto posible esta parte del periódico, sólo anunciará las funciones buenas, los libros regulares, las reformas, los adelantos, los descubrimientos. Ni se pondrán las pérdidas, ni menos todo lo que se vende entre nosotros. Esto sería no acabar nunca.

He aquí el periódico de _Fígaro_. Ya está concebida la idea. Sin embargo, no es eso todo. Es preciso pedir licencia; pero para pedir licencia es preciso poder presentar fianzas. Si las tuviera no sería yo el que me pusiera a escribir tonterías para divertir a otros, _o tener empleo con sueldo_... Pero si tuviera empleo, y jefe, y a hora fijas, y onces, y expedientes, y la cesantía al ojo, no tendría yo humor de escribir periódicos... _o ser catedrático_... pero si fuera catedrático, sabría algo, y entonces no servía para periodista...

Está decidido que no sirvo para pedir licencia. Otro al canto; un testaférreo; un sueldo al testaférreo; seguridades contra seguridades, fianza, depósito, licencia, en fin. He aquí ya a _Fígaro_ con licencia: no esa licencia tan temida, esa licencia-fantasma, esa licencia que nos ha de volver al despotismo, esa licencia que está detrás de todo, acechando siempre el instante, y el ministro, y el... No, sino licencia de imprimirse a sí mismo.

Ya no falta más que imprenta. Corro a una...

--Aquí es imposible: no hay letra.

Corro a otra.

--Aquí, le diré a usted francamente, no hay prensa.

A otra.

--Aquí no queremos periódico, hay que trabajar de noche. Dios ha hecho la noche para dormir.

--Sí, pero no el impresor--contesto furioso.

--¿Qué quiere usted? Luego, es trabajo en que no se gana: como no hay cajistas en España, piden un sentido, se hacen valer; el público no quiere pagar caro, el oficial no quiere trabajar barato.

--¿Conque es imposible imprimir un periódico?

--Poco menos, señor; y si acaso se lo imprimen a usted, será caro y mal. Pondrán unas letras por otras.

--Eso ¡pardiez! no será imprimir mi periódico, sino otro del cajista.

--Pues eso, señor, sucederá; en habiendo un día de formación no tendrá usted cajistas; y si usted se enfada algún día por una errata, lo dejarán plantado, y si no se enfada también.

¿Es posible? ¿Conque no hay _Fígaro_? ¡Oh! ¡Habrá _Fígaro_, habrá _Fígaro_! Venceremos las dificultades... ¡Ah! se me olvidaba: ¡Papel! A una fábrica, a otra, a otra... Este es chico, este caro, este grande, este moreno, este con demasiada cola...

--Mire usted, como usted lo quiere no lo hay--me dicen por fin--. Es preciso mandarlo hacer.

--Pues lo mando hacer: para dentro de ocho días.

--Señor, la fábrica está a sesenta leguas; hay que hacer los moldes, y luego el papel, y luego secarlo, y si llueve... y luego, traerlo... y el ordinario echa quince días o veinte... y...

--¿No hay quien le eche a usted a los infiernos?--grito desesperado.--¡País de obstáculos!

Es preciso resignarse, esperar... Al fin lo habrá todo... demasiado va a haber luego... esta es la idea que me detiene, por fin, que cuando haya editor, redactores, impresor, cajistas, papel... entonces también habrá censor... Eso sí, eso siempre lo hay... ni hay que mandarlo hacer, ni hay que esperar...

Aquí acabo de perder la cabeza, enciérrome en mi casa, ¡voto va! Pues ha de haber _Fígaro_, sí, señor, por lo mismo ha de haber _Fígaro_, y ha de hablar de todo, absolutamente de todo.

Diciendo esto llego a mi casa, me siento a mi bufete para tomar disposiciones.

--¿Qué hace usted?--le digo a mi escribiente, de mal humor.

--Señor--me responde,--estoy traduciendo, como me ha mandado usted, este monólogo de su tocayo de usted, en el _Mariage de Figaro_ de Beaumarchais, para que sirva de epígrafe a la colección de sus artículos que va usted a publicar.

--¿A ver cómo dice?

--«Se ha establecido en Madrid un sistema de libertad que se extiende hasta a la imprenta; y con tal que no hable en mis escritos, ni de la autoridad, ni del culto, ni de la política, ni de la moral, ni de los empleados, ni de las corporaciones, ni de los cómicos, ni de nadie que pertenezca a algo, puedo imprimirlo todo libremente, previa la inspección y revisión de dos o tres censores. Para aprovecharme de esta hermosa libertad anuncio un periódico»...

--Basta--exclamo al llegar aquí mi escribiente,--basta; eso se ha escrito para mí; cópielo usted aquí al pie de este artículo: ponga usted la fecha en que eso se escribió...--1784.--Bien. Ahora la fecha de hoy.--22 de enero de 1835.--Y debajo:--_Fígaro_.

EL HOMBRE-GLOBO

La física ha clasificado los cuerpos, según el estado en que los pone el mayor o menor grado de calórico que contienen, en sólidos, líquidos y gaseosos. Así, el agua es sólido en el estado de hielo, líquido en el de fluidez, y gas en el de la evaporación. Es ley general de los cuerpos la gravedad, o la atracción que ejerce sobre ellos el centro común; es natural que esta atracción se ejerza más fuertemente en los que reúnen en menor espacio mayor cantidad de las moléculas que los componen: que éstos por consiguiente tengan más gravedad específica, y ocupen el puesto más inmediato al centro. Así es que en la escala de las posiciones de los cuerpos, los sólidos ocupan el puesto inferior, los líquidos el intermedio, y los gaseosos el superior. Una piedra busca el fondo de un río; un gas busca la parte superior de la atmósfera. Cada cuerpo está en continuo movimiento para obedecer a la ley que le obliga a buscar el puesto variable, que corresponde al grado de intensidad que adquiere o que pierde. La nube, conforme se condensa, baja, y cuando se liquida, cae; este mismo cuerpo, puesto al fuego, se dilata, y cuando se evapora y se gasifica, sube.

No trato de instalar un curso de física, lo uno porque dudo si tengo la bastante para mí, y lo otro porque estoy persuadido de que mis lectores saben de ella más que yo; no hago más que sentar una base de donde partir.

Igual clasificación a esta que ha hecho la ciencia de los fenómenos en los cuerpos en general, se puede hacer en los hombres en particular. Probemos.

Hay hombres sólidos, líquidos y gaseosos. El hombre sólido es ese hombre compacto recogido, obtuso, que se mantiene en la capa inferior de la atmósfera humana, de la cual no puede desprenderse jamás. Sólo el contacto de la tierra puede sostener su vida; es el Anteo moderno, y usando de un nombre atrevido, el _hombre-raíz_, el _hombre-patata_: arrancado el terrón que le cubre, deja de ser lo que es. Es el sólido de los sólidos. Toda la ausencia posible de calórico le mantiene en un estado tal de condensación, que ocupa en el espacio el menor sitio posible; gravita extraordinariamente; empuja casi hacia abajo el suelo que le sostiene; está con él en continua lucha, y le vence y le hunde. Le conocerán ustedes a legua: su frente achatada se inclina al suelo, su cuerpo está encorvado, su propio pelo le abruma, sus ojos no tienen objeto fijo, ven sin mirar, y en consecuencia no ven nada claro. Cuando una causa, ajena de él, le conmueve, produce un son confuso, bárbaro y profundo, como el de las masas enormes que se desprenden en el momento del deshielo en las regiones polares. Y como en la naturaleza no falta nunca, ni en el hielo, cierto grado calórico, él también tiene su alma particular; es su grado de calórico; pero tan poca cosa, que no desprende luz; es un fuego fatuo entre otros fuegos fatuos; sirve para confundirle y extraviarle más; el _hombre-sólido_, por lo tanto en religión, en política, en todo, no ve más que un laberinto, cuyo hilo jamás encontrará; un caos de fanatismo, de credulidad de errores. No es siquiera la linterna apagada; es la linterna que nunca se ha encendido, que jamás se encenderá: falta dentro el combustible. El _hombre-sólido_ cubre la faz de la tierra; es la costra del mundo. Es la base de la humanidad, del edificio social. Como la tierra sostiene todos los demás cuerpos, a los cuales impide que se precipiten al centro, así el _hombre-sólido_ sostiene a los demás que se mantienen sobre él. De esta especie sale el esclavo, el criado, el ser abyecto; en una palabra, el que nunca ha de leer y saber esto mismo que se dice de él. No raciocina, no obra, sino sirve. Sin _hombres-sólidos_ no habría tiranos; y como aquellos son eternos, éstos no tendrán fin. Es la muchedumbre inmensa que llaman pueblo, a quien se fascina, sobre el cual se pisa, se anda, se sube: cava, suda, sufre. Alguna vez se levanta, y es terrible, como se levanta la tierra en un terremoto. Entonces dicen que abre los ojos. Es un error. Tanto valdría llamar ojos de la tierra a las grietas que produce un volcán. Ni más ni menos que una piedra, no se mueve de su sitio si no le dan un empellón; de la aldea donde nació (si es que el _hombre-sólido_ nace; yo creo que al nacer no hace más que variar de forma); del café donde le pusieron a servir sorbetes; del callejón donde limpia botas; del buque donde carga las velas o les toma rizos; del regimiento donde dispara tiros; de la cocina donde adereza manjares; de la esquina donde carga baúles; de la calle donde barre escorias; de la máquina donde teje medias; del molino donde hace harina, de la reja con que separa terrones. Es el primer instrumento adherido siempre a los demás instrumentos.