Fígaro (Artículos selectos)

Chapter 13

Chapter 134,047 wordsPublic domain

De poco te asombras, querido amigo: nada es lo que he dicho en comparación de lo que me queda que decir. Te dije que no se leía ni se escribía. ¿Cuál será tu asombro y tu placer cuando te pruebe que tampoco se habla? ¿No puedes concebir que llegue a tanto la moderación de este inculto país? ¿Y por eso lo llaman inculto? ¡Hombres injustos! Llamáis a la prudencia miedo, a la moderación apocamiento, a la humildad ignorancia. A toda virtud habéis dado el nombre de vicio.

¿Puede haber nada más hermoso ni más pacífico que un país en que no se habla? Ciertamente que no, y por lo menos nada puede haber más silencioso. Aquí nada se habla, nada se dice, nada se oye.

¿Y no se habla, me dirás, porque no hay quien oiga, o no se oye porque no hay quien hable? Cuestión es esa que dejaremos para otro día, si bien cuestiones andan en esos mundos decididas, acreditadas y creídas más paradójicas que ésta. Empero, conténtate por ahora con saber que no se habla; costumbre antigua tan admitida en el país, que para ella sola tiene un refrán que dice: «Al buen callar llaman Sancho»; y no necesito decirte la autoridad que tiene en las Batuecas un refrán, y más un refrán tan claro como éste.

Llégome a una ocurrencia.

--Buenos días, don Prudencio; ¿qué hay de nuevo?

--Sí, calle usted--me dice con el dedo en los labios.

--¿Que calle?

--Así; y se vuelve a mirar en derredor.

--Hombre, si yo no pienso decir nada malo.

--No importa, calle usted. ¿Ve usted aquel embozado que escucha?... Es un esp... un sop...

--¡Ah!

--Que vive de eso.

--¿Y se vive de eso en las Batuecas?

--Ese es un hombre que vive de lo que otros hablan, y como ése hay muchos; así que todos estamos reducidos aquí a no hablar; mírenos usted obscuramente envueltos en nuestras capas, hablando por dentro del embozo, desconfiando de nuestros padres y de nuestros hermanos... Parece que hemos cometido todos o vamos a cometer algún delito... Imite usted nuestro ejemplo, que en ello le va más de lo que parece.

¿Hay cosa más rara? ¡Un hombre que vive de lo que otros hablan! ¿Y dicen que los batuecos no son industriosos para vivir?..........

* * * * *

Va a edificarse un monumento que podrá dar gloria a las Batuecas; el plan es colosal, la idea magnífica, la ejecución asombrosa; pero hay un defecto, un defecto también colosal; me apresuro: yo lo haré conocer, yo lo haré desaparecer.

--Señor don Timoteo, traigo un artículo para usted: insértemelo usted en su miscelánea.

--¡Ah! ¿Esto? Es imposible, ¡imposible!--Y me añade al oído:--Usted no sabe que el sujeto que ha propuesto él, se llama D. Y. Z.

--Bien pudiera llamarse así ese sujeto y corregirse el defecto.

--Pero es pariente del señor...

--¿Y no pudiera seguir siendo su pariente después de desaparecer el defecto?

--Cierto; no me entiende usted; es mal enemigo, y no me atrevo a insertarlo.

¡Oh inagotable capítulo de las consideraciones! Por todos lados adonde nos volvamos para marchar, encontramos con la pared.

¿Qué de elogios no merece esta noble moderación, este respeto a las personas que pueden, entre los batuecos?

Encuéntrome con un escritor público.

--Señor bachiller, ¿qué le parece a usted mis escritos?

--Hombre, me parece que no hay nada que pedirles, porque nada tienen.

--¡Siempre ha de decir usted cosas!...

--¡Y usted nunca ha de decir cosas! ¿Por qué no fulmina usted el anatema de la crítica contra ciertas obras que nos inundan?

--¡Ay, amigo! Los autores han descubierto el gran secreto para que no les critiquen sus obras. Zurcen un libro. ¿Son vaciedades? No importa. ¿Para qué son las dedicatorias? Buscan un nombre ilustre, encabezan con él su mamotreto, dicen que se lo dedican, aunque nadie sepa lo que quiere decir eso de dedicar un libro que uno hace a otro que nada tiene de común con el tal libro, y con ese talismán caminan seguros de ofensas ajenas. Ampáranse como los niños en las faldas de mamá para que papá no les pegue.

--¿Por qué no pinta usted el desorden de nuestras costumbres y de nuestras...?

--¡Ah! ¿no conoce usted el país? ¿Yo satírico? ¡Si tuviera el vulgo la torpeza de entender las cosas como se dicen! Pero es tanta la penetración de estos batuecos, que adivinan el original del retrato que usted no ha hecho. Dice usted que es ridículo el ser un calzonazos; y que es un pobre hombre todo Juan Lanas, y sale un importante de estos que, a costa de tener reputación, se conforman con tenerla mala, y exclaman a voces: ¡Señores! ¿Saben ustedes quién es ese Juan Lanas de quien habla el satírico? Ese Juan Lanas soy yo: porque para eso de entender alusiones no hay hombres como los batuecos.--Hombre, ¿qué ha de ser usted? Si el autor no lo conoce siquiera...--No importa; apuesto mi cabeza a que soy yo; y os pone un cartel de desafío, y no hay sino dejaros matar, porque él es un necio.--¿Quién es aquella sultana del Oriente? le dicen a usted.--Cualquiera que se halle en ese caso, responde usted. ¡Picarillo! le responden; sí, a mí con esas... Esa es la X***.--Como si no hubiera más que una en Madrid.--Agregue usted a esto que la naturaleza reparte sus dones con economía, y dando fuerzas a aquel a quien negó el talento, corre el satírico gran riesgo en las Batuecas de que su cabeza se encuentre en el mismo camino de un garrote, encuentro siempre que puede traer peores consecuencias para la primera que para el segundo.

--Bien, pues, no sea usted satírico: sea usted justo no más. Cuando representan pésimamente una comedia, cuando cantan rabiando una ópera, cuando es la decoración mezquina, ¿por qué no levanta su voz?

--Con gente del teatro nunca se las haya usted. Cervantes lo dijo. Nunca les falta algún campeón que defenderá su pleito, campeón formidable. Además, es ese un teclado en que no se ve más que el exterior: nunca se sabe quién le toca: detrás del retablo y de esas figuritas de pasta de Gaiferos y los moros, debajo del parche de maese Pedro está Ginesillo de Pasamonte que los mueve: ¡ay! no tome usted la defensa de la infeliz Melisendra, no desbarate las figuras, que si la mona se escapa al tejado, si rompe la ilusión, si destroza las muñecas, las pagará caras. Esa es, en fin, materia sagrada, y nadie las mueva, que estar no pueda con Roldán a prueba.

--Pero, señor, nunca se ha ahorcado a nadie por decir que Fulano es mal cómico.

--Lo que se ha hecho, señor Bachiller, y lo que se hará, mejor se está callado.

--Se reclama, se apela...

--Señor Munguía, quiero contarle a usted un cuentecillo, y es caso ocurrido no ha muchos meses en un lugarcito de las Batuecas.

Corríanse un día novillos, y contra la costumbre establecida en esos pueblos de salir enmaromado el animal, bien como debían andar por el mundo muchos animales de asta que yo conozco para que no hicieran daño, hubieron de determinarse a dejarle suelto por las calles. Capeábanle los mozos alegremente, y fue el caso que uno de ellos, más valentón que sus compatriotas, en vez de sortear al novillo, se dejó sortear por él; notable equivocación: enganchole el asta retorcida de la faja que en la cintura traía, y aún no se sabe cuáles hubieran sido las vicisitudes del jaque a no haber acudido en su auxilio dos primos suyos, movidos de aquel impulso natural que todos tenemos de amparar a los que andan enredados con animales cornudos. Soltáronle en efecto. Pero como quiera que los novillos no valgan nada cuando no hacen alguna de las suyas, amotinose en la plaza la parcialidad contraria a nuestro jaque, clamando que para eso no se sacaba el novillo, y el que no supiese torear la pagase, y que había sido una mala partida meterse entre dos que riñen a su salvo: que aquello de ayudar al capeador había sido una alevosía contra el toro; y aun es fama que alguno de los más leídos, que debía ser sobrino del cura, trató aquello de traición semejante a la de Beltrán Claquín, como le llama nuestro Mariana, cuando, volviendo lo de abajo arriba, dijo en Montiel: Ni quito ni pongo rey. Como quiera que fuese, creció la zambra, enronqueciéronse las voces, alzáronse los palos, y no se sabe en qué hubiera parado aquella nueva discordia de Agramante, a no haberse aparecido en medio de la confusión la divina Astrea, disfrazada en figura de alcalde, que el mismo Diablo no la conociera, con medio pino en la mano en vez de balanza, y sin venda, porque es sabido, que el que no ve con los ojos abiertos, excusa tapárselos para no ver, y a su decisión prometieron resignarse todos. Alegaron las partes, escuchólas a entrambas aquel rústico Lain Calvo, que fue milagro que se cansó en oírlas para sentenciar (aunque hay quien asegura que se durmió mientras hablaron) y dijo en conclusión alzando la voz estentórea:--Señores, por la vara que tengo en la mano--y tenía el tal medio pino que llevamos referido,--juro a bríos que me he enterado, aunque me esté mal el decirlo; y condeno a los dos primos a una multa para mis urgencias, es decir, para las urgencias de la justicia, que soy yo, por haber quitado la acción al animal; y declaro que en lo sucesivo nadie sea osado a ayudar en función de esta clase a ningún mozo, por lo menos hasta después de la primera embestida, porque el primer golpe es de derecho del toro, y nadie se le puede quitar. Y Dios sea con todos. Con cuya decisión debió quedar el pueblo sosegado y usted convencido. ¿Me ha entendido usted, señor Bachiller? Pregúntolo, porque si no me ha entendido ahora, excuso hacer más preguntas, que ya nunca me entenderá. Así, pues, líbrese de la primera embestida, y no lo deje para la segunda; y desengáñese, que en las Batuecas si nos quita el adular, nos quita el vivir; es preciso contentarse con decir en todo papel impreso que la comedia estuvo de lo lindo; que todos los actores, incluso los que no la representaron, se sobrepujaron a sí mismos, que es frase que quiere decir mucho, aunque no hay un cristiano que la entienda; que la decoración fue cosa exquisita; que el público anduvo acertado en aplaudirla; que la invención última es el súmum del saber humano; que el edificio y que la fuente y que el monumento, son otras tantas maravillas; que aquella obra está planteada sobre las bases más sólidas y los auspicios más felices; que la paz y la gloria, y la dicha y el contento llegaron a su colmo; que el cólera no viene a las Batuecas porque describe triángulos acutángulos, y es cosa averiguada, que todo el que describe esta figura al andar, no puede pasar de cierto punto; entreverar un articulejo de volapiés, que esto a nadie ofende sino al toro; ingerir tal cual examen analítico de la obra última entre si diré, si no diré lo que hay en la materia, tal cual anacreóntica, donde se le digan a Filis cuatro frioleras de gusto, con su poco de acertijo, y algún sonetuelo de circunstancias, que es cosa que sabe como cada fruta en su tiempo, y en las demás materias, ¡chitón! que las noticias no son para dadas, la política no es planta del país, la opinión es sólo del tonto que la tiene, y la verdad estese en su punto. Además de que la lengua se nos ha dado para callar, bien así como se nos dio el libre albedrío para hacer sólo el gusto de los demás, los ojos para ver sólo lo que nos quieran enseñar, los oídos para sólo oír lo que nos quieran decir, y los pies para caminar a donde nos lleven. Y a alguno conozco yo, señor Bachiller, que argüía a uno de estos que pregonan la felicidad presente; y arguyéndole con ejemplos bien palpables, le repetía a cada punto ¿conque estamos bien? A lo que le fue respondido como respondió Bossuet al jorobado: Para batuecos, amigo mío, no podemos estar mejor.

Así ves, Andrés mío, a los batuecos, a quienes una larga costumbre de callar ha entorpecido de lengua, no acertar a darse mutuamente los buenos días, tener miedo, pazguatos y apocados, a su propia sombra cuando se la encuentran a su lado en una pared, y guardándose consideraciones a sí mismos por no hacerse enemigos, sucediéndoles precisamente que se mueren de miedo de morirse, y que es la especie de muerte más miserable de que puede hombre morir. Bien como le sucedió a un enfermo a quien un médico brusista había mandado no comer si quería evitar la muerte, que comiendo, según decía, lo amenazaba; el cual, a poco tiempo de este régimen dietético, se murió de hambre.

Por lo demás, querido Andrés, te confieso que trae muchas ventajas el no hablar, y no quiero citarte para convencerte, entre otros ejemplos, sino el pícaro resultado y la larga cola, que más bien parece maza que cola, que nos han traído aquellas palabras que se hablaron en los principios del mundo, esto es, las que dijo a Eva la serpiente acerca del asunto de la manzana: trance primero en que empezó ya a hacer la lengua de las suyas, y a dar a conocer para qué había de servir en el mundo. Sin lengua, ¿qué sería, Andrés, de los chismosos, canalla tan perjudicial en cualquier república bien ordenada? ¿Qué de los abogados? Ni existiera sin lengua la mentira, ni hubiera sido precisa la invención de la mordaza, ni entrara nunca el pecado por los oídos, ni hubiera murmuradores ni bachilleres, que son el gusano y polilla de todo buen orden. Con lo cual creo haberte convencido de otra ventaja que llevan los batuecos a los demás hombres, y de qué cosa sea tan especial el miedo, o llámase la prudencia, que a tal silencio los reduce. Te diré más todavía: en mi opinión no habrán llegado al colmo de su felicidad mientras no dejen de hablar eso mismo poco que hablan, aunque no es gran cosa, y semeja sólo el suave e interrumpido murmullo de viento cuando silba por entre las ramas de los cipreses de un vasto cementerio; entonces gozarán de la paz del sepulcro, que es la paz de las paces. Y para que veas que no es sólo Dios el que desaprueba el hablar demasiado como arriba llevo apuntado, te traeré otra, autoridad recordándote al famoso filósofo griego (y no me hagas gestos al oír esto de filósofo), que enseñaba a sus discípulos por espacio de cinco años a callar antes de enseñarles ninguna otra cosa, que fue idea peregrina, y sería aquella cátedra lo que habría que oír; de donde concluyo, porque me canso, que cada batueco es un Platón, y no me parece que lo ha encarecido poco tu amigo--_El Bachiller._

P. D. Se me olvidaba decirte que a mi última salida de las Batuecas se susurraba que hablaban ya. ¡Pobres batuecos! ¡Y ellos mismos se lo creían!

YA SOY REDACTOR

¿Por qué extraña fatalidad ha de anhelar el hombre siempre lo que no tiene? Preguntémosle a un joven barbilucio qué desea. ¿Cuándo tendré barbas?--exclama en su interior.--Nácenle las barbas, y hele allí maldiciendo ya del barbero y de las navajas. ¿Cuándo hallaré en mi Filis correspondencia?--le grita en el fondo de su corazón un deseo innato de amor y de ser amado.--Ya oyó el sí. ¡Gozó el bien que deseaba! Y ya maldice del amor y sus espinas. ¿Le prefiere Laura? Pues todo su deseo se cifra en conquistar a Amira que lo desprecia. ¿De qué nace esta sed insaciable, este deseo vividor, reemplazado por otros y otros deseos que rápidamente se suceden sin encontrar jamás sino imperfecta satisfacción? El padre Almeida, si mal no me acuerdo dice entre otras cosas curiosas, y aun lo afianza, que la Providencia quiso poner en nosotros este deseo implacable, para que nos atestiguase eternamente que no hacemos en este mundo transitorio sino una corta peregrinación, y que la satisfacción de nuestros deseos no está en esta vida, sino en otra más perfecta y duradera. Así debe de ser, y cierto, que vivimos de todas suertes agradecidos a la previsión y ardiente caridad con que el reverendo padre nos quiso sacar de esta peregrina duda. Yo, que no tengo un ápice de metafísico, y que dejo la resolución de estos problemas a aquellos que tienen más noticias ciertas que yo de nuestro destino, me ciño a decir que el deseo existe, y esto basta para mi propósito.

Yo, Fígaro, soy de ello una viva prueba: no bien me había tentado el enemigo malo, y sentí los primeros pujos de escritor público, cuando dieron en írseme los ojos tras cada periódico que veía, y era mi pío por mañana y noche:

--¿Cuándo seré redactor de periódico?

Figurábaseme, sí, desde luego obra de romanos, el llenar y embutir con verdades luminosas las largas columnas de un papel público; pero en cambio era para mí de la mayor consideración el imaginarme a la cabeza de una sección literaria, recibiendo comunicados atentos y decorosos, viendo diariamente consignadas en indelebles caracteres de imprenta mis propias ideas y las de mis amigos, y sin más trabajo a mi parecer, que el haber de contar y recontar al fin del mes los sonantes doblones que el público desinteresado tiene la bondad de depositar, en cambio de papel, en los arcones periodísticos de una empresa, luz y antorcha de la patria, y órgano de la civilización del país.

Dejemos aparte las causas y concausas felices o desgraciadas que de vicisitud en vicisitud me han conducido al auge de periodista; lo uno porque al público no le importarán probablemente, y lo otro, porque a mí mismo podría serme acaso más difícil de lo que a primera vista parece el designarlas. El hecho es que me acosté una noche autor de folletos y de comedias ajenas, y amanecí periodista: mireme de alto abajo, sorteando un espejo que a la sazón tenía, no tan grande como mi persona, que es hacer el elogio de su pequeñez, y dime a escudriñar detenidamente si alguna alteración notable se habría verificado en mi físico; pero por fortuna eché de ver que como no fuese en la parte moral, lo que es en la exterior y palpable, tan persona es un periodista como un autor de folletos.

--Ya soy redactor--exclamé alborozado,--y echeme a fraguar artículos, bien determinado a triturar en el mortero de mi crítica cuanto malandrín literario me saliese al camino en territorio de mi jurisdicción.

Pero ¡ay de mi! insensato, qué chasco sobre chasco, vivo hoy tan desengañado de periodista como de autor de comedias. Diré brevemente lo que me aconteció, sin descubrir, por otra parte, los recursos ocultos que mueven la gran máquina de un periódico, ni romper el velo del prestigio que cubre nuestros altares, que eso fuera sobrado e inoportuno desinterés; y juzgue el lector sino es preferible vivir tranquilamente subscripto a un periódico, que haberle sabia y precipitadamente de componer.

--¡Señor Fígaro! un artículo de teatros.

--¿De teatros? Voy allá.

Yo escribo para el público, y el público--digo para mí,--merece la verdad: el teatro, pues, no es teatro: la comedia es ridícula: el actor A es malo, y la actriz H es peor. ¡Santo cielo! Nunca hubiera pensado en abrir mi boca para hablar de teatros. Comunicado a renglón seguido en mi papel y en todos los contemporáneos en que el autor de la comedia dice que es excelente, y el articulista un _acéfalo_: se conjuran los actores, cierran la puerta del teatro a mis comedias para lo sucesivo, y ponen el grito en los cielos. ¿Quién es el fatuo que nos critica? ¡Pícaro traductor, ladrón, pedante! ¿Y esto logra el pobre amigo de la verdad y de la ilustración? ¡Oh qué placer el de ser redactor!

Precipítome huyendo del teatro en la literatura. Un señorón encopetado acaba de publicar una obra indigesta.

«Señor redactor--me dice en una carta seductora,--confío en el talento de usted y en nuestra amistad, de que le tengo dadas bastantes pruebas--por desgracia suele ser verdad,--que hará un juicio crítico de mi obra, imparcial--imparcial llama él a un juicio que le alabe,--y espero a usted a comer para que juntos departamos acerca de algunas ideas que convendría indicar, etc.» Resista usted a estas indirectas, y opte usted entre la gratitud y la mentira. Ambos vacíos tienen sus acerbos detractores, y unos u otros se han de ensangrentar en el triste Fígaro. ¡Oh qué placer el de ser redactor!

¡Bueno! Traduciré noticias; al trabajo; corto mi pluma, desenvuelvo el inmenso papel extranjero; aquí van tres columnas.

--¿Tres columnas he dicho? Al día siguiente las busco en la Revista, pero inútilmente.

--¡Señor director! ¿qué se hicieron mis columnas?

--¡Calle usted--me responde,--ahí están; no han servido: esta noticia es inoportuna; es arriesgada; la otra no conviene; aquella de más allá es insignificante; esta otra es buena, pero está mal traducida!

--Considere usted que es preciso hacer ese trabajo en horas--replico lleno de entusiasmo;--el hombre llega a cansarse...

--Si usted es hombre que se cansa alguna vez, no sirve usted para periódicos...

--Me dolía ya la cabeza...

--Al buen periodista nunca le debe doler la cabeza...

--¡Oh, qué placer el de ser redactor!

Dejémonos de fárrago, yo no sirvo para él. Vaya un artículo profundo; ojeo el _Say_ y el _Smith_; de economía política será.

--Grande artículo--me dice el editor,--pero, amigo Fígaro, no vuelva usted a hacer otro.

--¿Por qué?

--Porque esto es matarme el periódico. ¿Quién quiere usted que lea, si no es jocoso, ni mordaz, ni superficial? Si tiene además cinco columnas... todos se me han quejado; nada de artículos científicos, porque nadie los lee. Perderá usted su trabajo.

--¡Oh, qué placer el de ser redactor!

--Encárguese usted de revisar los artículos comunicados, y sobre todo las composiciones poéticas de circunstancias...

--¡Ay, señor editor, pero habrá que leerlos!...

--Preciso, señor Fígaro...

--¡Ay, señor editor, mejor quiero rezar diez rosarios de quince dieces!...

--¡Señor Fígaro!...

¡Oh, qué placer el de ser redactor!

Política y más política. ¿Qué otro recurso me queda? Verdad es que de política no entiendo una palabra. ¿Pero en qué niñerías me paro? Si seré yo el primero que escriba política sin saberla! Manos a la obra; junto palabras y digo: conferencias, protocolos, derechos, representación, monarquía, legitimidad, notas, usurpación, cámaras, cortes, centralizar, naciones, felicidad, paz, ilusos, incautos, seducción, tranquilidad, guerra, beligerantes, armisticio, contraproyecto, adhesión, borrascas políticas, fuerzas, unidad, gobernantes, máximas, sistemas, desquiciadores, revolución, orden, centros, izquierda, modificación, bill, reformas, etc. Ya hice mi artículo, pero ¡oh cielos! El editor me llama.

--Señor Fígaro, usted trata de comprometerme con las ideas que propala en ese artículo...

--¿Yo propalo ideas, señor editor? Crea usted que es sin saberlo. ¿Conque tanta malicia tiene?...

--Si usted no tiene pulso...

--Perdone usted; yo no creí que mi sistema político era tan... yo lo hice jugando...

--Pues si nos pasa perjuicio, usted será el responsable...

--¿Yo, señor editor?

¡Oh, qué placer el de ser redactor!

¡Oh, si esto fuese todo, y si sólo fuera uno responsable, pobre Fígaro, de lo que escribe! Pero ¡ah! tocamos a otro inconveniente; supongo yo que no apareció el autor necio, ni el actor ofendido, ni disgustó el artículo, sino que todo fue dicha en él. ¿Quién me responde de que algún maldito yerro de imprenta no me hará decir disparate sobre disparate? ¿Quién me dice que no se pondrá Camellos donde yo puse Comellas, torner donde escribí yo Forner, ritómico donde rítmico, y otros de la misma familia? ¿Será preciso imprimir yo mismo mis artículos? ¡Oh, qué placer el de ser redactor!

¡Santo cielo! ¿Y yo deseaba ser periodista? Confieso como hombre débil, lector mío, que nunca supe lo que quise; juzga tú por el largo cuento de mis infortunios periodísticos, que mucho procuré abreviarte, si puedo y debo, con sobrada razón, exclamar ahora que ya lo soy: ¡Oh, qué placer el de ser redactor!

DON TIMOTEO O EL LITERATO