Chapter 11
Ya que sin respeto a mis lectores me he metido en estas reflexiones filosóficas, no dejaría pasar en silencio antes de concluirlas la más principal que me ocurrió. ¿Qué mejor careta ha menester don Braulio que su hipocresía? Pasa en el mundo por un santo, oye misa todos los días, y reza sus devociones; a merced de esta máscara que tiene constantemente adoptada, mirad cómo engaña, cómo intriga, cómo murmura, cómo roba... ¡Qué empeño de no parecer Julianita lo que es! ¿Para eso sólo se pone un rostro de cartón sobre el suyo? ¿Teme que sus facciones delaten su alma? Viva tranquila; tampoco ha menester careta. ¿Veis su cara angelical? ¡Qué suavidad! ¡Qué atractivo! ¡Cuán fácil trato debe tener! No puede abrigar vicio alguno. Miradla por dentro, observadores de superficies: no hay día que no engañe a un nuevo pretendiente; veleidosa, infiel, perjura, desvanecida, envidiosa, áspera con los suyos, insufrible y altanera con su esposo: esa es la hermosura perfecta, cuya cara os engaña más que su careta. ¿Veis aquel hombre tan amable y tan cortés, tan comedido con las damas en la sociedad? ¡Qué deferencia! ¡Qué previsión! ¡Cuán sumiso debe ser! No le escojas sólo por eso para esposo, encantadora Amelia; es un tirano grosero de la que le entrega su corazón. Su cara es también más pérfida que su careta; por ésta no estés expuesta a equivocarte, porque nada juzgas por ella; ¡pero la otra!... imperfecta discípula de Lavater, crees que debe ser tu clave, y sólo puede ser un pérfido guía que te entrega a su enemigo.
Bien presumirá el lector que al hacer estas metafísicas indagaciones, algún pesar muy grande debía afligirme; pues nunca está el hombre más filósofo que en sus malos ratos; el que no tiene fortuna se encasqueta su filosofía como un falto de pelo su _bisoñé_: la filosofía es, efectivamente, para el desdichado lo que la peluca para el calvo; de ambas maneras se les figura a entrambos que ocultan a los ojos de los demás la inmensa laguna que dejó en ellos por llenar la naturaleza madrastra.
Así era: un pesar me afligía. Habíamos entrado ya en uno de los principales bailes de esta corte; el continuo transpirar, el estar en pie la noche entera, la hora avanzada y el mucho cavilar habían debilitado mis fuerzas en tales términos que el hambre era a la sazón mi maestro de filosofía. Así de mi amigo, y de común acuerdo nos decidimos a cenar lo más espléndidamente posible. ¡Funesto error! Así se refugiaban máscaras a aquel estrecho local, y se apiñaban y empujaban unas a otras como si fuera de la puerta las esperase el más inminente peligro. Iban y venían los mozos aprovechando claros y describiendo sinuosidades como el arroyo que va buscando para correr entre las breñas de las rendijas y agujeros de las piedras. Era tarde ya: apenas había un plato de que disponer; pedimos, sin embargo, de lo que había, y nos trajeron varios restos de manjares que alguno que había cenado antes que nosotros había tenido la previsión de dejar sobrantes. Hicimos semblante de comer, según decían nuestros antepasados, y como dicen ahora nuestros vecinos, y pagamos como si hubiéramos comido. Esta ha sido la primera vez en mi vida, salí diciendo, que me ha costado dinero un rato de hambre.
Entrámonos de nuevo en el salón de baile, y cansado ya de observar y de oír sandeces, prueba irrefragable de lo reducido que es el número de hombres dotados por el cielo con travesura y talento, toda mi ambición se limitó a conquistar con los codos y los pies un rincón donde ceder algunos minutos a la fatiga. Allí me recosté, púseme la careta para poder dormir sin excitar la envidia de nadie, y columpiándose mi imaginación entre mil ideas opuestas, hijas de la confusión de sensaciones encontradas de un baile de máscaras, me dormí, mas no tan tranquilamente como lo hubiera yo deseado.
Los fisiólogos saben mejor que nadie, según dicen, que el sueño y el ayuno, prolongados, sobre todo, predisponen la imaginación débil y acalorada del hombre a las visiones nocturnas y aéreas que vienen a tomar en nuestra irritable fantasía formas corpóreas cuando están nuestros párpados aletargados por Morfeo. Más de cuatro que han pasado en este bajo suelo por haber visto realmente lo que realmente no existe, han debido al sueño y al ayuno sus estupendas apariciones. Esto es precisamente lo que a mí me aconteció, porque al fin, según expresión de Terencio, _homo sum et nihil humani a me alienum puto_. No bien había cedido al cansancio, cuando imaginé hallarme en una profunda obscuridad; reinaba el silencio en torno mío; poco a poco una luz fosfórica fue abriéndose paso lentamente por entre las tinieblas, y una redoma mágica se me fue acercando misteriosamente por sí sola como un luminoso meteoro. Saltó un tapón con que venía herméticamente cerrada, un torrente de luz se escapó de su cuello destapado, y todo volvió a quedar en la obscuridad. Entonces sentí una mano fría como el mármol que se encontró con la mía; un sudor yerto me cubrió; sentí el crujir de la ropa de un fantasma bullicioso que ligeramente se movía a mi lado, y una voz semejante a un leve soplo me dijo con acentos que no tienen entre los hombres signos representativos:
--Abre los ojos, Bachiller; si te inspiro confianza, sígueme.
El aliento me faltó, flaquearon mis rodillas; pero el fantasma despidió de sí un pequeño resplandor, semejante al que produce un fumador en una escalera tenebrosa aspirando el humo de su cigarro, y a su escasa luz reconocí brevemente a Asmodeo, héroe del _Diablo Cojuelo_.
--Te conozco--me dijo;--no temas: vienes a observar el Carnaval en un baile de máscaras, ¡Necio! ven conmigo; do quiera hallarás máscaras, do quiera Carnaval, sin esperar al segundo mes del año.
Arrebatome entonces insensible y rápidamente, no sé si sobre algún dragón alado, o vara mágica, o cualquier otro bagaje de esta especie. Ello fue que alzarme del sitio que ocupaba y encontrarnos suspendidos en la atmósfera sobre Madrid, como el águila que se columpia en el aire buscando con vista penetrante su temerosa presa, fue obra de un instante. Entonces vi al través de los tejados, como pudiera al través del vidrio de un excelente anteojo de larga vista.
--Mira--me dijo mi extraño _cicerone_.--¿Qué ves en esa casa?
--Un joven de sesenta años disponiéndose a asistir a una _suaré_; pantorrillas postizas, porque va de calzón; un frac diplomático; todas las maneras afectadas de un seductor de veinte años; una persuasión, sobre todo, indestructible de que su figura hace conquistas todavía...
--¿Y allí?
--Una mujer de cincuenta años.
--Obsérvala; se tiñe los blancos cabellos.
--¿Qué es aquello?
--Una caja de dientes; a la izquierda una pastilla de olor; a la derecha un _polisón_.
--¡Cómo se ciñe el corsé! va a exhalar el último aliento.
--Repara su gesticulación de coqueta.
--¡Ente execrable! ¡Horrible desnudez!
--Más de uno ha deslumbrado tus ojos en algún sarao que debieras haber visto en ese estado para ahorrarte algunas locuras.
--¿Quién es aquel de más allá?
--Un hombre que pasa entre vosotros los hombres por sensato; todos le consultan: es un célebre abogado; la librería que tiene al lado es el disfraz con que os engaña. Acaba de asegurar a un litigante con sus libros en la mano que su pleito es imperdible; el litigante ha salido; mira cómo cierra los libros en cuanto salió, como tú arrojarás la careta en llegando a tu casa. ¿Ves su sonrisa maligna? Parece decir: «venid aquí, necios; dadme vuestro oro; yo os daré papeles, yo os haré frases. Mañana seré juez; seré el intérprete de Temis». ¿No te parece ver al loco de Cervantes, que se creía Neptuno?... Observa más abajo: un moribundo; ¿oyes cómo se arrepiente de sus pecados? Si vuelve a la vida tornará a las andadas. A su cabecera tiene a un hombre bien vestido, un bastón en una mano, una receta en la otra: o la tomas, o te pego. Aquí tienes la salud, parece decirle, yo sano los males, yo los conozco; observa con qué seriedad lo dice; parece que lo cree él mismo; parece perdonarle la vida que se le escapa ya al infeliz. No hay cuidado, sale diciendo; ya sube en su bombé; ¿oyes el chasquido del látigo?
--Sí.
--Pues oye también el último ¡ay! del moribundo, que va a la eternidad, mientras que el doctor corre a embromar a otro con su disfraz de sabio... Ven a ese otro barrio.
--¿Qué es eso?
--Un duelo. ¿Ves esas caras tan compungidas?
--Sí.
--Míralas con este anteojo.
--¡Cielos! La alegría rebosa dentro, y cuenta los días que el decoro le podrá impedir salir al exterior.
--Mira una boda; con qué buena fe se prometen los novios eterna constancia y fidelidad.
* * * * *
--¿Quién es aquél?
--Un militar; observa cómo se paga de aquel oro que adorna su casaca. ¡Qué de trapitos de colores se cuelga en los ojales! ¡Qué vano se presenta! _Yo sé ganar batallas_, parece que va diciendo.
--¿Y no es cierto? Ha ganado la de ***.
--¡Insensato! Esa no la ganó él, sino que la perdió el enemigo.
--Pero...
--No es lo mismo.
--¿Y la otra de ***?
--La casualidad. Se está vistiendo de gran uniforme, es decir, disfrazando; con ese disfraz todos le dan V. E.; él y los que así le ven creen que ya no es un hombre como todos.
--Ya lo ves; en todas partes hay máscaras todo el año; aquel mismo amigo que te quiere hacer creer que lo es, la esposa que dice que te ama, la querida que te repite que te adora, ¿no te están embromando toda la vida? ¿A qué, pues, esa prisa de buscar billetes? Sal a la calle, y verás las máscaras de balde. Sólo te quiero enseñar antes de volverte a llevar donde te he encontrado, concluyó Asmodeo, una casa donde dicen especialmente que no las hay este año. Quiero desencantarte.
Al decir esto pasábamos por el teatro.
--Mira allí--me dijo--a un autor de comedia. Dice que es un gran poeta. Está muy persuadido de que ha escrito los sentimientos de Orestes, y de Nerón, y de Otelo... ¡Infeliz! ¿Pero qué mucho? Un inmenso concurso se lo cree también. ¡Ya se ve! ni unos ni otros han conocido a aquellos señores. Repara, y ríete a tu salvo. ¿Ves aquellos grandes palos pintados, aquellos lienzos corredizos? Dicen que aquello es el campo, y casas, y habitaciones, ¡y qué más sé yo! ¿Ves aquel que sale ahora? Aquél dice que es el grande sacerdote de los griegos, y aquel otro Edipo; ¿los conoces tú?
--Sí; por más señas que esta mañana los vi en misa.
--Pues míralos; ahora se desnudan, y el gran sacerdote, y Edipo, y Jocasta, y el pueblo tebano entero, se van a cenar sin más acompañamiento, y dejándose a su patria entre bastidores, algún carnero verde, o si quieres, un excelente beefteck hecho en casa de Genyeis. ¿Quieres oír a Semíramis?
--¿Estás loco, Asmodeo? ¿A Semíramis?
--Sí; mírala; es una excelente conocedora de la música de Rossini. ¿Oíste qué bien cantó aquel adagio? Pues es la viuda de Nino, ya expira; a imitación del cisne, canta y muere.
Al llegar aquí estábamos ya en el baile de máscaras; sentí un golpe ligero en una de mis mejillas.
--¡Asmodeo!--grité.
Profunda obscuridad; silencio de nuevo en torno mío.
--Asmodeo--quise gritar de nuevo:--despiértame empero el esfuerzo. Llena aún mi fantasía de mi nocturno viaje, abro los ojos, y todos los trajes apiñados, todos los países me rodean en breve espacio: un chino, un marinero, un abate, un indio, un ruso, un griego, un romano, un escocés... ¡Cielos! ¿Qué es esto? ¿Ha sonado ya la trompeta final? ¿Se han congregado ya los hombres de todas las épocas y de todas las zonas de la tierra a la voz del Omnipotente en el valle de Josafat?... Poco a poco vuelvo en mí, y asustando a un turco y a una monja entre quienes estoy, exclamo con toda la filosofía de un hombre que no ha cenado, e imitando las expresiones de Asmodeo, que aún suenan en mis oídos:
--_El mundo todo es máscaras: todo el año es Carnaval._
EMPEÑOS Y DESEMPEÑOS
En prensa tenía yo mi imaginación no ha muchas mañanas[1] buscando un tema nuevo sobre que dejar correr libremente mi atrevida sin hueso, que ya pedía conversación, y acaso no lo hubiera encontrado a no ser por la casualidad que contaré; y digo que no lo hubiera encontrado, porque entre tantas apuntaciones y notas como en mi pupitre tengo hacinadas, acaso dos solas contendrán cosas que se puedan decir, o que no deban por ahora dejarse de decir.
[1] Carnaval del año 1832.
Tengo un sobrino, y vamos adelante, que esto nada tiene de particular. Este tal sobrino es un muchacho que ha recibido una educación de las más escogidas que en este nuestro siglo se suelen dar; es decir esto, que sabe leer aunque no en todos los libros, y escribir, si bien no cosas dignas de ser leídas; contar no es cosa mayor, porque descuida el cuento de sus cuentas en sus acreedores, que mejor que él se las saben llevar; baila como discípulo de Veluci; canta lo que basta para hacerse rogar y no estar nunca en voz; monta a caballo como un centauro y da gozo ver con qué soltura y desembarazo atropella por esas calles de Madrid a sus amigos y conocidos; de ciencias y artes ignora lo suficiente para poder hablar de todo con maestría. En materia de bella literatura y de teatro, no se hable, porque está abonado, y si no entiende la comedia, para eso la paga y aun la suele silbar; de este modo da a entender que ha visto cosas mejores en otros países, porque ha viajado por el extranjero a fuer de bien criado. Habla un poco de francés y de italiano siempre que había de hablar español, y español no lo habla sino lo maltrata: a eso dice que la lengua española es la suya, y que puede hacer con ella lo que más le viniese en voluntad. Por supuesto que no cree en Dios, porque quiere pasar por hombre de luces, pero en cambio cree en chalanes y en mozas, en amigos y en rufianes. Se me olvidaba. No hablemos de su pundonor, porque éste es tal, que por la menor bagatela, sobre si lo miraron, sobre si no lo miraron, pone una estocada en el corazón de su mejor amigo, con la más singular gracia y desenvoltura que en esgrimidor alguno se ha conocido.
Con esta exquisita crianza, pues, y vestirse de vez en cuando de majo, traje que lleva consigo el _¿qué se me da a mí?_ y el _¡aquí estoy yo!_ ya se deja conocer que es uno de los gerifaltes que más lugar ocupan en la corte, y que constituye uno de los adornos de la sociedad de buen tono de esta capital, de qué sé yo cuántos mundos.
Este es mi pariente, y bien sé yo que si su padre le viese, había de estar tan embobado con su hijo como lo estoy yo con mi sobrino, por tan buena cualidad como en él se ha llegado a reunir. Conoce mi Joaquín esta fragilidad y aun suele prevalerse de ella.
Las ocho serían y vestíame yo, cuando entra mi criado y me anuncia mi sobrino.
--¿Mi sobrino? Pues debe ser la una.
--No, señor, son las ocho no más.
Abro los ojos asombrado y me encuentro a mi elegante de pie, vestido, y en mi casa a las ocho de la mañana.
--Joaquín, tú a estas horas.
--Querido tío, buenos días.
--¿Vas de viaje?
--No, señor.
--¿Qué madrugón es este?
--¿Yo madrugar, tío? Todavía no me he acostado.
--¡Ah, ya decía yo!
--Vengo de casa la marquesita del Peñol, hasta ahora ha durado el baile; Francisco se ha ido a casa con los seis dominós que he llevado esta noche para mudarme.
--¿Seis no más?
--No más.
--No se me hacen muchos.
--Tenía que engañar a seis personas.
--¿Engañar? Mal hecho.
--Querido tío, usted es muy antiguo.
--Gracias, sobrino, adelante.
--Tío mío, tengo que pedirle a usted un gran favor.
--¿Seré yo la séptima persona?
--Querido tío, ya me he quitado la máscara.
--Di el favor--y eché mano de la llave de mi gaveta.
--En el día no hay rentas que basten para nada; tanto baile, tanto... en una palabra, tengo un compromiso. ¿Se acuerda usted de la repetición de Breguet, que me vio usted días pasados?
--Sí, que te había costado 250 pesos.
--No era mía.
--¡Ah!
--El marqués de *** acaba de llegar de París, quería mandarla a limpiar, y no conociendo a ningún relojero en Madrid, le prometí enviársela al mío.
--Sigue.
--Pero mi suerte lo dispuso de otra manera: tenía yo aquel día un compromiso de honor; la baronesita y yo habíamos quedado en ir juntos a Chamartín a pasar un día; era imposible ir en su coche; es demasiado conocido...
--Adelante.
--Era indispensable tomar yo un coche, disponer una casa y una comida de campo... a la sazón me hallaba sin un centavo; mi honor era lo primero, además que andan las ocasiones por las nubes...
--Sigue.
--Empeñé la repetición de mi amigo.
--¡Por tu honor!
--Cierto.
--¡Bien entendido! ¿Y ahora?
--Hoy como con el marqués, le he dicho que la tengo en casa compuesta y...
--Ya entiendo.
--Ya ve usted, tío... esto pudiera producir un lance muy desagradable.
--¿Cuánto es?
--Cien pesos.
--¿Nada más? No se me hace mucho.
Era claro que la vida de mi sobrino y su honor se hallaban en inminente riesgo. ¿Qué podía hacer un tío tan cariñoso, tan amante de su sobrino, tan rico y sin hijos? Conté, pues, sus cien pesos, es decir, los míos.
--Sobrino, vamos a la casa donde está empeñada la repetición.
--_Quand il vous plaira_, querido tío.
Llegamos al café, una de las lonjas de empeño, digámoslo así, y comencé a sospechar desde luego que esta aventura había de producirme un artículo de costumbres.
--Tío, aquí será preciso esperar.
--¿A quién?
--Al hombre que sabe la casa.
--¿No la sabes tú?
--No señor; estos hombres no quieren nunca que se vaya con ellos.
--¿Y se les confían repeticiones de 250 pesos?
--Es un honrado corredor que vive de este tráfico. Aquí está. Este es el honrado corredor.
Entró un hombre como de unos cuarenta años, si es que se podía seguir la huella del tiempo en una cara como la debe de tener el judío errante, si vive todavía desde el tiempo de Jesucristo. Rostro acuchillado con varios chirlos y jirones tan bien avenidos y colocados de trecho en trecho, que más parecían nacidos en aquella cara que efectos de encuentros desgraciados; mirar bizco, como de quien mira y no mira; barbas independientes, crecidas y que daban claros indicios de no tener con las navajas todo aquel trato y familiaridad que exige el aseo; ruin sombrero con oficios de quitaguas; capa de éstas que no tapan lo que llevan debajo, con muchas cenefas de barro de Madrid; botas o zapatos, que esto no se conocía, con más lodo que cordobán; uñas de escribano, y una pierna de dos que tenía, en vez de sustentar la carga del cuerpo, le servía a éste de carga, y era de él sustentada, por donde del tal corredor se podía decir exactamente aquello de que _Tripas llevan pies_; metal de voz, además, que a todos los ruidos desapacibles se asemejaba, y aire, en fin, misterioso y escudriñador.
--¿Está eso, señorito?
--Está; tío, déselo usted.
--Es inútil, yo no entrego mi dinero de esta suerte.
--Caballero, no hay cuidado.
--No lo habrá ciertamente; porque no le daré.
Aquí empezó una de votos y juramentos del honrado corredor, de quien tan injustamente se desconfiaba, y de lamentaciones deprecatorias de mi sobrino, que veía escapársele de las manos su repetición por una etiqueta de esta especie; pero me mantuve firme y le fue preciso ceder al hebreo mediante una honesta gratificación que con sus votos canjeamos.
En el camino nuestro _cicerone_, más aplacado, sacó de la faltriquera un paquetillo, y mostrándomelo secretamente:
--Caballero--me dijo al oído,--cigarros habanos, cajetillas, cédulas de... y otras frioleras por si usted gusta.
--Gracias, honrado corredor.
Llegamos por fin a fuerza de apisonar con los pies calles y encrucijadas, a una casa y a un cuarto 4.º, que alguno hubiera llamado guardilla a haber vivido en él un poeta.
No podré explicar cuán mal se avenían a estar juntas unas con otras, y en aquel tan incongruente desván, las diversas prendas que de tan varias partes allí se habían venido a reunir. ¡Oh, si hablaran todos aquellos cautivos! El deslumbrante vestido de la belleza, ¿qué de cosas diría dentro de sus límites ocurridas? ¿Qué el collar muchas veces importuno, con prisa desatado y arrojado con despecho? ¿Qué sería escuchar aquella sortija de diamantes, inseparable compañera de los hermosos dedos de marfil de su hermoso dueño? ¡Qué diálogo pudiera trabar aquella rica capa de chinchilla con aquel chal de cachemira! Desvié mi pensamiento de estas locuras, y pareciome bien que no hablasen. Admireme sobremanera al reconocer en los dos prestamistas que dirigían toda aquella máquina, a dos personas que mucho de las sociedades conocía, y de quien nunca hubiera presumido que pelecharan con aquel comercio; avergonzáronse ellos algún tanto de hallarse sorprendidos en tal ocupación, y fulminaron una mirada de éstas que llevan en sí una larga reconvención sobre el israelita que de aquella manera había comprometido su buen nombre introduciendo profanos, no iniciados, en el santuario de sus misterios.
Hubo de entrar mi sobrino a la pieza inmediata, donde se debía buscar la repetición y contar el dinero; yo imaginé que aquél debía de ser lugar más a propósito todavía para aventuras que el mismo puerto Lápice; calé el sombrero hasta las cejas, levanté el embozo hasta los ojos, púseme a lo obscuro, donde podía escuchar sin ser notado, y di a mi observación libre rienda que caminase por do más le pluguiese. Poco tiempo habría pasado en aquel recogimiento, cuando se abre la puerta, y un joven, vestido modestamente, pregunta por el corredor.
--Pepe, te he esperado inútilmente; te he visto pasar y he seguido tus huellas. Ya estoy aquí y sin un centavo; no tengo recursos.
--Ya le he dicho a usted que por ropas es imposible.
--¡Un frac nuevo! ¡Una levita poco usada! ¿No ha de valer esto más de 16 pesos que necesito?
--Mire usted, aquellos cofres, aquellos armarios, están llenos de ropas de otros como usted; nadie parece a sacarlas y nadie da por ellas el valor que se prestó.
--Mi ropa vale más de cincuenta pesos: te juro que antes de ocho días vuelvo por ella.
--Lo mismo decía el dueño de aquel «surtú» que ha pasado en aquella percha dos inviernos; y la que trajo aquel chal, que lleva aquí dos carnavales; y la...
--Pepe, te daré lo que quieras; mira, estoy comprometido; ¡no me queda más recurso que tirarme un tiro!
Al llegar aquí el diálogo, eché mano de mi bolsillo, diciendo para mí: no se tirará un tiro por diez y seis pesos un joven de tan buen aspecto. Quién sabe si no habrá comido hoy su familia; si alguna desgracia... iba a llamarle, pero me previno Pepe, diciendo:
--¡Mal hecho!
--Tengo que ir esta noche sin falta a casa de la señora de W*** y estoy sin traje: he dado palabra de no faltar a una persona respetable. Tengo que buscar además un dominó para una prima mía, a quien he prometido acompañar...
Al oír esto solté insensiblemente mi bolsa en mi faltriquera, menos poseído ya de mi ardiente caridad.
--¡Es posible! Traiga usted una alhaja.
--Ni una me queda; tú lo sabes: tienes mi reloj, mis botones, mi cadena... ¡Diez y seis pesos! Mira, con ocho me contento.
--Yo no puedo hacer nada en eso; es mucho.
--Con cinco me contento, y firmaré los diez y seis y te daré ahora mismo uno de gratificación...
--Ya sabe usted que yo deseo servirle, pero como no soy el dueño... ¿A ver el frac?
Respiró el joven, sonriose el corredor; tomó el atribulado cinco pesos, dio de ellos uno y firmó diez y seis, contento con el buen negocio que había hecho.
--Dentro de tres días vuelvo por ello. Adiós. Hasta pasado mañana.
--Hasta el año que viene.
Y fuese cantando el especulador.
Retumbaban todavía en mis oídos las pisadas y _le floriture_ del atolondrado, cuando se abre violentamente la puerta, y la señora de H***, y en persona, con los ojos encendidos y toda fuera de sí, se precipita en la habitación.
--¡Don Fernando!
A su voz salió uno de los prestamistas, caballero de no mala figura y de muy galantes modales.
--¡Señora!
--¿Me ha enviado usted esta esquela?
--Estoy sin un centavo; mi amigo no la conoce a usted... es un hombre ordinario... y como hemos dado ya más de lo que valen los adornos que tiene usted ahí...