Chapter 14
Cuando le ocurría el tener que faltar a aquella misión de casi todos los días, que ella cumplía con el entusiasmo de un médico que se sacrifica, al otro día me pedía excusa como si se tratara de una falta. Había llegado a no saber si debía aceptar la dulzura de tan terrible socorro. Sentía deslizarse en mí tales perfidias que ya no me era dado discernir en qué medida era culpable o desgraciado. A mi pesar tramaba planes abominables, y cada día Magdalena, sin saberlo, hallaba una traición. No estaba yo en condición de ignorar que no hay valor que resista ciertas pruebas, que la virtud más invencible minada a cada instante corre grave riesgo y que de todas las enfermedades la que se pretendía curarme era la más contagiosa.
Habiéndose ausentado súbitamente el conde De Nièvres, Magdalena me hizo saber que nuestros paseos debían ser suspendidos. Los reanudamos luego que su marido volvió con más decisión y mayor entusiasmo. El perpetuo _me, me adsum qui feci_--yo, yo sólo soy la causa,--volvía bajo todas las formas en paroxismos de generosidad que me colmaban de vergüenza y de felicidad.
Así llegó hasta el punto más escarpado de una tentativa a la cual ninguna mujer heroica ha podido alcanzar sin despeñarse. Se mantuvo todavía algún tiempo intrépidamente y sin desfallecer demasiado, como un ser poseedor de recursos sobrenaturales a quien el vértigo hubiese privado del sentido y el exceso del peligro retuviera al borde del abismo paralizando de pronto su razón. En ese momento me di cuenta de que tenía agotadas las fuerzas. Aquella milagrosa organización se defendió de ella misma. No se lamentó. No confesó nada que pudiera delatar debilidad. Reconocerse impotente y desanimada era ponerlo todo en manos del azar, y el azar le causaba miedo como el más incierto de todos los auxiliares, el más pérfido, acaso el más amenazador. Declararse extenuada, era abrirme su corazón a dos manos y mostrarme el mal que en él había hecho yo. No lanzó ni un gemido de angustia. Se desplomó desfallecida. Un día le dije:
--Me ha curado usted, Magdalena; ya no la amo.
Ella se quedó parada, se puso horriblemente pálida y vaciló como espantada por una maldad que la penetraba hasta el fondo del alma.
--¡Oh, tranquilícese usted, el día que eso sucediera!...--añadí.
--El día que eso sucediera...--repitió ella.
Y le faltó la voz y rompió a llorar.
Al día siguiente, no obstante, volvió. La vi apearse de su carruaje tan cambiada, tan abatida que me asusté.
--¿Qué tiene usted?--le dije corriendo a su encuentro, tanto me pareció próxima a desmayarse.
Se repuso un poco, gracias a un prodigioso esfuerzo, que no pudo ocultar, y me respondió solamente:
--Estoy muy cansada.
Entonces me asaltó un horrible remordimiento.
--Soy un miserable--exclamé,--sin corazón y sin sentimientos honrados. No supe salvarme; viene usted a mí y la pierdo. Magdalena, ya no necesito de usted, no quiero más ayuda ni más nada... No quiero un socorro, comprado tan caro, a costa de una amistad que he hecho demasiado pesada y que acabaría por matarla a usted. Que sufra o no, a mí solo importa. Mi alivio emanará de mí mismo, mis miserias me conciernen a mí solo, y cualquiera que fuera el final de ellas ya no alcanzará a nadie más que a mí.
Me escuchó al principio sin responder, como reducida a ese estado de abatimiento enfermizo o de fragilidad infantil que nos hace incapaces de comprender la dureza de ciertas ideas y de tomar una resolución.
--Separémonos--le dije--por completo. Sí, separémonos, será lo mejor. No nos veamos más, olvidémosnos... París nos desunirá sobradamente sin que pongamos entre nosotros muchas leguas de distancia. A la primera palabra que usted pronuncie advirtiéndome que necesita de mí me volverá usted a encontrar. De lo contrario...
--De lo contrario...--murmuró saliendo lentamente de su embotamiento.
Empleó algunos segundos para analizar en el fondo de su alma aquella frase que para los dos encerraba la amenaza de un adiós definitivo. Al principio parecía como si no alcanzara a darle un sentido comprensible.
--Es verdad--prosiguió,--soy un punto de apoyo bien débil, ¿verdad? un razonador que cansa, un amigo, quizás, inútil...
Luego se veía que buscaba solución menos ruda. Y como advirtiera que yo aguardaba una respuesta ahogándome la ansiedad, hizo ese gesto peculiar de los enfermos aniquilados por el dolor, a quienes se atormenta hablándoles de asuntos graves y me dijo:
--¿Por qué, pues, ha venido usted a proponerme cosas imposibles? Me acosaba usted a su placer... Váyase amigo... Váyase, se lo ruego. Hoy estoy enferma. No se me ocurre ni una palabra de consejo que darle. Mejor que yo sabe usted qué azar se corre en este partido... El que usted tome será el único razonable: la estima que yo le doy y la amistad que usted me profesa no permiten dudarlo.
Me separé de ella desconcertado y renuncié, desde luego, a ciertos extremos que nos separarían para siempre cuando ninguno de los dos lo deseaba. Solamente arreglé mi conducta mirando a procurar un apartamiento continuo, suave, que podía, acaso, llevarnos a establecer entre nosotros acuerdos más tibios y pacificarlo todo sin demasiado sacrificio. Dejé de amenazarla con aquella frase de olvido, harto desesperado para ser sincero, y que la habría hecho sonreír de piedad, si ella hubiera tenido a su vez un poco de serenidad el día que se lo propuse como un medio. Continué viviendo bastante cerca de ella para demostrarle que el partido que adoptaba era menos extremado y suficientemente lejos para dejarla libre y no imponerle complicidades de las cuales me ruborizaba.
¿Qué sucedió entonces en el espíritu de Magdalena? Juzgue usted. Apenas relevada del papel extraordinario de confidente y de salvadora, se transformó de súbito. Su genio, su continente, la dulzura de su mirada, la perfecta igualdad de su carácter compuesto de oro maleable y de acero, es decir, indulgencia y verdadera virtud, aquel natural resistente sin dureza, paciente, unido, siempre en el equilibrio de un lago abrigado del viento; aquella amiga tan ingeniosa para hallar recursos de consuelo, aquella boca inagotable en frases exquisitas, todo cambió. Vi aparecer un ser nuevo, extravagante, incoherente, inexplicable y fugaz, agriado, entristecido, hiriente y sombrío, como si hubiera estado rodeado de insidias, precisamente cuando yo me sacrificaba sin reservas consagrado a allanar su existencia y a apartar de ella hasta la sombra de una preocupación.
Algunas veces la encontraba anegada en lágrimas. Las devoraba en seguida, se pasaba la mano por los ojos haciendo un gesto de resignación y de fastidio y se las enjugaba como hubiera hecho con una mancha repugnante. Por nada se sonrojaba como si hubiera sido sorprendida en la contemplación de una mala idea. Observé que se acercaba a su hermana más estrechamente que nunca, que salía con mucha frecuencia apoyándose en el brazo de su padre, que la adoraba, pero que no tenía ni las mismas aficiones que ella ni las costumbres de la alta sociedad.
Un día que fui a su casa, y mis visitas eran contadas, me dijo:
--¿Quiere usted ver al señor De Nièvres? Me parece que está en su gabinete.
Llamó, hizo avisar al señor De Nièvres y lo interpuso entre nosotros.
Estuvo extraordinariamente hábil durante aquella visita, la primera quizás que le había hecho en actitud de ceremonia. El señor De Nièvres se mostró más flexible, sin abandonar cierta reserva, que se advertía más evidente a medida que se iba haciendo más sistemática. Casi ella sola sostuvo el peso de una conversación que a cada momento amenazaba agotarse y dejarnos con la boca abierta. Merced a aquel esfuerzo de habilidad y de voluntad la comedia que representábamos llegó hasta el final sin decaer, y no dio margen a ningún incidente que le hiciera demasiado chocante. Recapituló a mi presencia el empleo de sus noches de toda la semana, pero sin mi presencia, por supuesto.
--¿ Me acompañarás esta noche?--le preguntó a su marido.
--Me pides una cosa que creo no haberte negado nunca--replicó el señor De Nièvres con bastante frialdad.
Me siguió hasta la puerta de su gabinete, apoyada en el brazo de su marido, erguida, confiada en aquel sólido apoyo. Yo la saludé respondiendo exactamente al tono cordial pero frío de su despedida.
--Pobre y querida mujer--pensaba mientras de ella me iba alejando.--¡Querida conciencia en que tantos temores he hecho nacer!
Y por una de esas reacciones que deshonran en un instante los mejores impulsos, recordé esas estatuas apoyadas en un soporte que las mantiene en equilibrio y que caerían inevitablemente si les faltara aquel punto de sustentación.
XIV
Por entonces me comunicó Agustín la realización de un proyecto que aquel honrado corazón acariciaba desde largo tiempo; ya recordará usted que lo tenía anunciado.
Continuaba yo viendo a Agustín, no en momentos perdidos; le buscaba por el contrario, y le hallaba a mi disposición cada vez--y eran frecuentes--que experimentaba la necesidad de sumergirme en aguas más sanas. No podía darme consejos mejores, ni era dable que me procurase consuelos más eficaces. Nunca le hablaba de mí--aunque mi pena egoísta transpiraba a través de todas mis palabras;--pero su manera de vivir por sí misma constituía un ejemplo más edificante que muchas lecciones. Cuando estaba yo muy fatigado, muy desanimado, muy humillado por alguna nueva cobardía, iba a él y observaba su vida, como se va a tomar idea de la fuerza física asistiendo a un asalto de luchadores. No era feliz. El éxito no había recompensado aún aquel rígido y laborioso valor, más que con ruines favores; pero a lo menos podía confesar sus desfallecimientos y las dificultades que se le oponían en aquellas luchas tan activas no eran de esas que hacen subir el rubor al semblante.
Supe un día que no estaba solo.
Agustín me participó aquella novedad--que por muchas razones asumía la gravedad de un secreto--en una larga noche de convalecencia que pasó a la cabecera de mi lecho. Recuerdo que era a fines de invierno: las noches eran todavía largas y frías, y el fastidio de volverse a su casa tan tarde le decidió a esperar el día en mi cuarto. A media noche vino a interrumpirnos Oliverio. Venía de un baile; traía en los vestidos como un olor de lujo, de los ramilletes de las mujeres y del placer, y en su semblante, un poco plegado por la vigilia, llevaba resplandores de fiesta y cierta palidez, cierta emoción que le prestaba una elegancia infinitamente seductora. Recuerdo que le observé durante los breves momentos que estuvo, de pie en frente de Agustín, acabando un cigarro y contando los luises que había ganado entre dos valses, y acaso no hago bien confesándole a usted que el contraste del aspecto, del traje y de la rigidez un poco escolásticos de Agustín me entristeció por razones casi vulgares. Me vino a la memoria lo que Oliverio había dicho en cierta ocasión, respecto de las personas que tienen el trabajo y la voluntad como único patrimonio, y detrás del espectáculo indiscutiblemente hermoso del heroísmo desplegado por un hombre _que quiere_, advertía mediocridades de existencia que me hacían temblar. Felizmente para él, Agustín notaba poco esas diferencias y la ambición que tenía de alcanzar posiciones elevadas, no debía nunca complicarse con la aspiración--nula en él--de vestirse bien, de vivir y respirar elegancia como Oliverio.
Luego que Oliverio se fue, Agustín continuó hablando de su situación. Era la primera vez que me hacía confidencias tan amplias. No me decía quién era la persona que en adelante llamaría su compañera y objeto de su existencia, en espera de otros deberes que en lo porvenir veía y a los cuales sonreía codicioso. Comenzó su relato en términos tan vagos que al principio no comprendí bien cuál era exactamente la calidad de aquellos vínculos que le hacían a la vez tan preciso en cuanto a esperanzas y tan mentalmente dichoso.
--Estoy solo, soy el único miembro que resta de una familia que la miseria, la desventura y muchas muertes prematuras han dispersado o destruido. Sólo me quedan parientes muy lejanos que no habitan en Francia y sabe Dios en dónde están. En situación semejante, Oliverio esperaría que algún día le llegara una herencia: la descontaría por adelantado bajo la garantía de su buena estrella, y la herencia esperada llegaría a hora fija. Yo no espero nada y obro prudentemente. En una palabra, yo no tenía necesidad de acudir a nadie por motivo de un consentimiento que tal vez habría creado algunas dificultades. He reflexionado, he calculado las ventajas, las obligaciones, he medido el alcance de todas las responsabilidades, he previsto los inconvenientes--que los tienen todas las cosas, incluso la felicidad,--me he tomado el pulso para saber si mi buena salud, si mis fuerzas y mis ánimos alcanzarían suficientemente para dos, algún día para tres y puede ser que para varios más; no me ha parecido que era caro pagar con un poco más de esfuerzo, la tranquilidad, la alegría, la plenitud de mi porvenir y me he decidido.
--¿De modo que se ha casado usted?--le dije comprendiendo que se trataba de una alianza seria y definitiva.
--Sin duda. ¿Creía usted que le hablaba de mi querida? Amigo querido, no tengo bastante tiempo, ni bastante dinero, ni bastante ingenio para atender a los gastos de semejantes vinculaciones. Además, con la manía que ya usted me conoce de tomarlo todo en serio, las considero como un matrimonio tan caro como los legales, que satisfacen menos aunque suelen ser más felices y a veces más difíciles de romper: lo que prueba una vez más hasta qué punto somos los hombres aficionados a los vínculos viciosos. Son muchos los que se van para evitar el matrimonio y que, por lo contrario, deberían casarse para romper cadenas. Temía yo ese peligro--al cual me sentía demasiado expuesto--y he tomado, como usted ve, el buen partido. He establecido a mi mujer en el campo, cerca de París, pobremente--debo decirlo,--añadió con aire de comparar la instalación de su casa con la de la mía, aunque ella era muy modesta--y un poco tristemente, que por ella lo temo. Por eso apenas me atrevo a invitarle para que venga a visitarnos.
--Cuando usted quiera--le repliqué estrechándole tiernamente la mano,--tan pronto como consienta en presentarme a la señora de...--iba a decir su apellido.
--He cambiado de nombre--me dijo interrumpiéndome.--He solicitado y obtenido autorización para usar el apellido de mi madre, una excelente y respetable mujer, cuyo recuerdo--porque la perdí demasiado pronto,--vale más que el de mi padre a quien sólo debo el accidente de mi nacimiento.
Jamás se me había ocurrido averiguar si Agustín tenía familia, hasta, tal punto tenía la manera de ser de los huérfanos, es decir, el aire de independencia y abandono, o en otros términos el carácter de una vida individual, sin orígenes, ni deberes, ni vinculaciones, ni dulzuras. Se ruborizó levemente al pronunciar la frase «accidente de mi nacimiento» y comprendí que era más aún que huérfano.
--Le ruego--continuó,--que hasta nueva orden, no me traiga a su amigo Oliverio. No hallaría en mi casa nada de lo que a él le agrada, sino una mujer muy buena y perfectamente abnegada, que todos los días me agradece el haberme casado con ella, que, gracias a mí, ve lo porvenir de color de rosa, que no tiene más ambición que verme dichoso por ahora y que se complacerá de mis éxitos el día en que se los haga apreciar.
Amanecía ya y Agustín hablaba todavía; apenas la claridad del crepúsculo empalidecía la luz de la lámpara y hacía visibles los objetos se acercó a la ventana para bañar su rostro en el aire helado de la mañana. Veía su rostro anguloso y descolorido dibujarse como una mascarilla de sufrimiento sobre la extensión del cielo mal alumbrado por inciertos reflejos. Su vestido era de color oscuro, toda su persona tenía ese aspecto reducido, comprimido, disminuido, por decir así, de las personas que trabajan mucho sin moverse, y aunque estaba por encima de todo cansancio, estiraba los flacos brazos como un obrero adormecido entre dos tareas que se despierta al oír el canto de los gallos.
--Duerma--me dijo.--He abusado con exceso de su complacencia en escucharme. Pero permítame quedarme aquí una hora más.
Y se sentó a mi mesa para preparar un trabajo que debía quedar terminado aquella mañana misma.
No advertí cuándo salió de mi cuarto. Desapareció con tanto silencio que al despertarme parecíame haber soñado toda una historia austera y conmovedora cuya moraleja se dirigía a mí.
Aquella misma mañana volvió.
--Estoy libre hoy--me dijo radiante de alegría,--y aprovecho el día para ir a mi casa. El tiempo está muy feo, ¿se siente usted con ánimos para acompañarme?
Hacía, muchos días ya que no había visto a Magdalena. Todo motivo para evitar encuentros que sólo daban margen a equivocaciones hirientes o susceptibilidades desolantes, me parecía digno de ser aprovechado.
--Nada tengo que me detenga hoy en París--le dije.--Estoy a la disposición de usted.
Habitaba una casa aislada en el extremo de un pueblo, pero lo más cerca posible del campo. La habitación era muy pequeña, provista de persianas verdes y de espalderas entre las ventanas, todo limpio, sencillo, modesto como el dueño, con esa falta de comodidad que nada habría hecho presumir tratándose de la casa de Agustín soltero, pero que estando casado delataban desde luego la penuria. Su mujer era--como él me había dicho--una mujer joven y agradable: hasta puedo decir que me causó sorpresa encontrarla más bella que lo que me había figurado atendiendo a las opiniones sistemáticas de Agustín sobre los atractivos exteriores de las cosas. Con alegre sorpresa abrazó a su marido a quien no esperaba aquel día y con manera graciosa y la timidez propia de una persona a la cual se toma desprevenida, me hizo los honores de su pequeño jardín en el cual los jacintos comenzaban apenas a florecer.
Hacía frío y yo no estaba alegre. El lugar, la estación, la manifiesta pobreza que trascendía de todo lo que me rodeaba y la dificultad misma de ocupar aquel largo día lluvioso en un medio tan poco apropiado para ofrecer comodidades, me envolvían en un ambiente de hielo. Recuerdo que desde las ventanas se veían dos grandes molinos de viento que sobresalían sobre las tapias del jardín, cuyas aspas grises cruzadas de rayas oscuras giraban sin cesar delante de los ojos con una monotonía adormecedora en aquel movimiento. Agustín mismo se ocupó en una porción de cuidados domésticos y de detalles de casa, de donde colegí que su mujer no tenía sirvienta y que ella y su marido atendían a todas las necesidades del hogar. Él se preocupó de lo que podía hacer falta para los días siguientes. «Ya sabes--le dijo a su esposa,--que no volveré hasta el domingo.» Echó una ojeada a la leñera; la provisión de combustible estaba agotada. «Soy con usted al momento», me dijo. Se quitó la levita, tomó una sierra y puso manos a la obra. Le propuse ayudarle, aceptó diciéndome simplemente: «Con mucho gusto, mi querido amigo; entre los dos terminaremos más pronto.» Puse empeño en aquel trabajo que ejecuté con mucha torpeza. A los cinco minutos estaba rendido; no lo advirtió, y daba yo el último golpe de sierra cuando Agustín a su vez terminaba la faena. Muchas obligaciones he cumplido en mi vida, pero no recuerdo que ninguna me haya causado mayor satisfacción. Aquel pequeño esfuerzo muscular me enseñó lo que puede la conciencia, ejercida en el orden de los actos morales, manteniéndose recta.
Por la tarde hubo un rato de buen tiempo que me permitió salir. Un sendero resbaladizo a través del monte desembocaba en el bosque que cubría una parte del horizonte con sus sombríos colores. A la parte opuesta entre grises brumas percibíase la informe masa de la ciudad, compacta, extendida en semicírculo entre las colinas, amontonada y humeante, manchada aún por una parte de los suburbios. Por todos los caminos que cruzaban el terreno dirigiéndose al gran centro de población como los rayos de una rueda convergen en el cubo, oíanse el campanilleo de los collares de los caballos, el rodar de los carros, el chasquido de los látigos y el eco de voces brutales. Era el feo límite en donde comienza la actividad del torbellino de la vida de París.
--Todo eso que usted ve no es bello--me dijo Agustín.--Pero, ¿qué quiere usted? No hay que considerar esto como una residencia de placer, sino como un lugar de espera.
Regresamos por la noche. Las necesidades de su puesto le reclamaban. Menester fue que ganásemos a pie el lugar en donde se detenía el carruaje público que debía conducirnos a París. Por el camino Agustín me hablaba de sus esperanzas, decía «mi mujer» con un aire de posesión tranquila y segura que me hacía olvidar todas las asperezas de su carrera y me ofrecía la más perfecta expresión de la felicidad.
Le acompañé, no a su alojamiento situado en la parte de París que él llamaba el barrio de los libros, sino al hotel mismo del personaje de quien, como ya le he dicho a usted, era secretario. Llamó como persona acostumbrada a considerarse hasta cierto punto en la propia casa y cuando le vi entrar en el amplio y suntuoso patio, subir lentamente la escalera y desaparecer en la antecámara del palacete, comprendí mejor que nunca por qué aquel joven flaco, de aspecto tan modesto y de actitudes tan resueltas no sería en ningún caso lacayo de nadie y tuve el sentimiento neto de su destino.
Entré en mi casa menos contristado por la impresión de las secretas llagas que había tenido ocasión de ver, que humillado de mí mismo, por mi impotencia para llegar a nada práctico. Hallé a Oliverio esperándome; estaba cansado y aburrido.
--Vengo de casa de Agustín--le dije.
Examinó mi ropa manchada de barro, y comprendiendo que no se daba cuenta de dónde podía salir yo en semejante estado, añadí:
--Se ha casado Agustín.
--¿Casado...?--exclamó Oliverio.
--¿Y por qué no?
--Eso debía suceder. Un hombre como él debía empezar por eso. ¿Has observado tú--continuó seriamente,--que hay dos categorías de hombres que tienen furia por casarse pronto aunque su posición los coloque en la imposibilidad de vivir cerca de las mujeres o de mantenerlas? Te hablo de los marinos y de los que no tienen un céntimo. ¿Y la señora de Agustín?
--Su mujer no se llama la señora de Agustín y vive en el campo. Hoy ha tenido la complacencia de presentarme a ella.
Y en pocas palabras le puse al corriente de lo que me convenía hacerle conocer de la vida doméstica de Agustín.
--¿De modo que has visto cosas que te han edificado?
Aquella resistencia a dejarse impresionar por un tal ejemplo de valerosa probidad me desagradó y nada le contesté.
--Está bueno--continuó Oliverio con la amarga impertinencia que caracterizaba sus momentos de mal humor.--¿Pero qué es lo que han hecho ustedes encerrados entre aquellas cuatro paredes?
--Pues hemos serrado leña--le dije mostrándole que no bromeaba.
--Debes tener frío--dijo levantándose para dejarme;--has andado bajo la lluvia, tus ropas mojadas transpiran los odiosos rigores de la vida precaria y del invierno, vienes empapado de estoicismo, de miseria y de orgullo. Aguardemos a mañana para hablar más razonablemente.
Le dejé salir sin pronunciar ni una palabra más y advertí que cerró la puerta con impaciencia. Creí comprender que tenía sin duda penas íntimas que le hacían injusto y de aquellas penas, si no sabía yo cuál era el verdadero motivo, podía a lo menos adivinar la naturaleza. Figurábame que se trataba de nuevas aventuras o de accidentes de una alianza muy antigua y cuya duración era ya poco probable. Sabía la facilidad que tenía para desprenderse de las cosas y la impaciencia enfermiza que le llevaba, por el contrario, a precipitarse hacia las novedades. Entre las dos hipótesis de una ruptura o de una inconstancia, me inclinaba a aceptar la segunda. Estaba en racha de indulgencia: la visita a casa de Agustín me había puesto en temple de mansedumbre. Por eso al día siguiente por la mañana entré en casa de Oliverio. Dormía o fingía dormir.