Fernando IV de Castilla, o, Dos muertes a un tiempo
Part 7
—Bien sabes que el núcleo de todas las conspiraciones y asonadas han sido siempre las poderosas casas de Haro y Lara. Por esa razón te he dicho que conviene no disgustar al conde: difiere, o mejor dicho, no señales el día del combate; déjalo como cosa olvidada, y con eso verá don Lope que hiciste poco caso de la acusación de la desconocida. Y si acaso llega a estallar la tormenta que sobre tu cabeza comienza a rugir, ahí tienes ya en tu favor esa casa tan rica y poderosa.
—¡Señora!, ¿es posible que vos me hagáis tal proposición?...
—¿Y no es primero tu felicidad y la de tus desgraciados pueblos? El conde de Haro es vengativo y estoy segurísimo de que si saliese derrotado en el combate y se llevaran a cabo las leyes del duelo, había de dejar dispuesto algún alzamiento que hiciese vacilar tu débil trono. ¡Olvida, hijo querido, olvida esa acusación! Fija tu vista en el porvenir, y déjame a mí obrar. ¿Te conformas?
—¿Y si don Juan Alonso Carvajal...?
—Queda de mi cuenta contentar a ese noble joven —repuso la reina adivinando el objeto de las palabras de su hijo—; como asimismo averiguar el paradero de su amante. Nada temas, todo lo arreglaré; todos vivirán contentos, y evito el que se derrame sangre, que es mi más constante deseo.
—Pues bien, mañana os daré la contestación —dijo el rey reflexionando un momento.
—Me conformo; pero ¿y tu tío? ¿No le quieres devolver todos sus honores y títulos en cambio de la paz que te ofrece?
—Jamás.
—¡Ay, hijo mío, no sabes lo que haces! Mira que ahora se puede sofocar esa naciente rebelión, y tal vez sea tarde mañana.
—No importa.
—¡Calla, querido hijo mío, calla por Dios!
—Tal es mi determinación, señora.
—¡Oh! ¡Te aconsejan mal, Fernando, muy mal!
—¿Cómo queréis que al día siguiente de haberle exonerado y declarado traidor, vaya no solamente a perdonarle sino también a devolverle sus títulos y honores? ¿Qué se diría entonces de mí, madre mía?
—Que eras tan hermoso como clemente y bueno —repuso doña María acariciando a su hijo.
—Y mañana se portará peor por vía de enmienda, ¿no es eso?
—Pues bien; si llegase a cometer otra acción que te disgustare, te doy mi palabra de no interceder más por él. ¿Te acomoda?
—No os canséis, madre mía, me es imposible perdonarle.
—¡Por tu bien, Fernando!
—¡Oh!, por mi bien lo he hecho; por mi bien he castigado a ese infame pariente.
—Ya te he dicho, y te lo repito ahora, que conviene a la dicha y sosiego de tus pueblos que le perdones.
—Lo que conviene, señora, a la dicha y sosiego de mis pueblos es que los libere de la fatal influencia de esos personajes, muy más gravosos para ellos que los mismos extraños y enemigos.
—Pues bien, hazlo por mí; hazlo por mi tranquilidad, por mi bienestar...
—¡Me exigís, madre mía, un sacrificio!...
—Te lo pido, hijo de mis entrañas —repuso la reina viendo que iba ganando terreno—, te lo pido por la memoria de tu padre, por tu querida hija, por todo lo que más ames en este mundo...
—Basta, madre mía, basta.
—¿Te incomodan acaso mis ruegos?
—Lejos de eso, vuestras tiernas súplicas me han conmovido: yo le perdono.
—¡Ah!, ¿qué escucho? —exclamó doña María arrojándose en los brazos del monarca.
—Le perdono —añadió este— a condición de que no se ha de presentar en la corte.
—¡Bendito seas! Dime, ¿y qué punto le señalas para su residencia, hasta tanto que se firmen los contratos?
—Grijota. Decidle al mismo tiempo, como cosa vuestra, que allí me espere. ¿Estáis contenta?
—¡Oh, mucho, mucho! —exclamó la de Molina cogiendo a su hijo las manos con cariño.
El rey correspondió de la misma manera a las pruebas de ternura que su madre le prodigaba, y le dijo, saliendo a poco de la estancia:
—Hasta luego, madre mía.
—Adiós, querido Fernando.
Doña María exclamó llena de gozo, luego que su hijo se hubo marchado:
—¡Lo he salvado! Dadme, Dios mío, vida, para que siempre sea su guarda.
CAPÍTULO X.
_En el que se ve la tristeza de doña Beatriz y los motivos que tenía para ello._
Las instrucciones dadas por Aben-Ahlamar a la vetusta Simeona se cumplieron exactamente. La abuela de Piedad trataba a la hermosa Beatriz con las mayores atenciones y cuidados; pero sin dejar por eso, como le dijo el médico por vía de apéndice, de desatender el objeto principal, cosa que hacía temblar sin cesar a la amante del infanzón del rey. Una fiebre lenta pero devoradora iba consumiendo poco a poco a la desgraciada dama de doña María Alfonsa. Sus mejillas, antes sonrosadas y de un color mate precioso, habían perdido enteramente su lozanía; sus amortiguados y desencajados ojos solo se animaban cuando creía estar viendo a su amante; la nariz dilatada y los labios cárdenos y secos marcaban el horroroso estrago que la continua calentura hacía en la infeliz víctima del despiadado conde de Haro.
La falta de luz natural en la estancia donde yacía la amante del de Carvajal fue sustituida por una lámpara de plata de forma piramidal que, pendiente de la arqueada bóveda y continuamente encendida, reflejaba sus pálidos destellos sobre los ricos y elegantes muebles que adornaban aquella prisión. El poco ambiente que en aquella parte se sentía, la soledad en que vivía, pues no veía en torno suyo a más personas que a la repugnante cómplice de Aben-Ahlamar, lo triste y aflictivo de su situación y, sobre todo, la última entrevista que tuvo con el conde, y que ya hemos dado a conocer al lector, la redujeron al estado más lastimoso así física como moralmente. Nunca se le oía una queja ni una exclamación delante de Simeona; pero cuando se hallaba sola daba riendas a su dolor, y más después que se hubo convencido de que sus males solo con su existencia tendrían fin. Cualquier ruido, por pequeño que fuese, la atemorizaba, imaginándose que la doble puerta de hierro se abría para dejar paso al conde, que afortunadamente no volvió desde que trató en el acceso de demencia de asesinarle. Miraba de vez en cuando el acero que arrebató a su opresor, y exclamaba, después de examinar su agudísima punta:
—¡Oh!, no será necesario que yo haga uso de él, pues el conde no volverá —reponía la infeliz con esa seguridad que infunde la esperanza, y asomando a sus labios una amarga sonrisa en que se veían retratados todos sus padecimientos—; no vendrá más; me lo dice el corazón, y el corazón no puede engañar nunca. Pero si ha de volver a mortificarme, resignada estoy, Dios mío, a morir, puesto que es tu voluntad; conforme, sí, en abandonar este mundo que no me ofrece sino lágrimas y desventuras. Pero antes que exhale mi último aliento, concededme al menos que vea yo un instante siquiera al objeto amado de mi corazón. Permitidme, señor misericordioso, que de él me despida y que estreche por última vez sus manos, y entonces quedaré contenta y satisfecha.
Esto diciendo, volvía la vista hacia la maciza puerta que daba entrada a aquella lúgubre estancia, y se sonreía tristemente, como si quisiese decir: «¡Qué necia soy!».
Una mujer aparecida como por encanto, con una copa en la mano llena hasta el borde de un agua color de naranja, se acercó a Beatriz, diciéndole:
—Aquí tenéis el refresco, hija mía.
—Gracias, señora, gracias; dejadlo sobre la mesa que ya lo tomaré cuando tenga sed.
—¡Oh!, nada de eso..., traigo orden de que lo toméis al instante. Es un agua riquísima que ha confeccionado uno de los mejores médicos de Castilla.
—Está bien. Y yo lo agradezco, señora Simeona; pero en este momento no tengo sed, ya os lo he dicho.
—Sin embargo, querida, es necesario hacer un esfuerzo... Vaya, bebed, y veréis como vuelve a vuestras mejillas el color y a vuestros preciosos ojos el brillo y la viveza que antes tenían.
—¿Y para qué quiero yo todo eso?...
—¿Para qué? ¡Para estar mucho mas bella! ¿No os gusta parecer bien, como a todas las mujeres?
Por poner término Beatriz a la enojosa conversación de la vieja, y a fin de que cuanto antes se quitase de su presencia, cogió la copa y la apuró de un solo trago. La abuela de Piedad repuso sonriéndose de satisfacción:
—Veis como al fin... ¿Os ha sentado bien?
—Sí, gracias, señora.
Simeona desapareció al momento.
Al poco tiempo de haberse marchado la asquerosa amiga de Aben-Ahlamar, oyó doña Beatriz ruido de pasos, al mismo tiempo que la doble puerta se abrió para dejar penetrar en el calabozo un bulto negro que quedó parado en el dintel. La de Robledo lanzó un grito de horror y dirigiose con paso trémulo a una de las columnas para que estas le prestasen el apoyo que sus piernas le negaban. El fantasma dio un paso más adelante, dando lugar, sin duda, a que la puerta se cerrase. Próxima ya a la lámpara la visión, tuvo ocasión doña Beatriz (a pesar del pánico terror que la dominaba) de conocer que bajo aquellas hopalandas negras se ocultaba un cuerpo de mujer de académicos contornos. La dama de la madre de Fernando IV se atrevió a preguntar, viendo que se las había con una persona de su sexo:
—¿Quién sois y qué queréis, señora?
La encubierta nada contestó, pero se dirigió con resolución a donde estaba Beatriz, murmurando por lo bajo:
—¡Cielos!, qué hermosa es, no obstante lo mucho que estará sufriendo.
—¿Qué queréis, señora? —volvió a decir Beatriz, llena de susto.
—Nada temáis, hija mía —repuso la desconocida—, que yo también como vos padezco.
—¿Como yo?
—Sí; y tal vez sea más desgraciada.
—¿Conocéis mis penas, señora?
—Las conozco, doña Beatriz.
—¿Y decís que sufrís más que yo? ¿Y decís que vuestras desgracias son mayores que las mías?
—Son mayores, señora, porque no tengo un alma que me consuele; son mayores porque no tendrán fin sino con mi muerte.
—¿Y yo? ¿Y las mías?
—¡Oh!, vos contáis con un amante que os idolatra, vos llegaréis a ser muy dichosa, doña Beatriz.
—¡Nunca, señora, nunca!, y si no, tended la vista en vuestro derredor... ¿Quién, decidme, podrá concebir que existe en este lugar, ignorado de todos, una pobre mujer que fue algún día feliz y que hoy gime y suspira, sin hallar término a sus dolores, y sin que sus sentidos ruegos sean parte a ablandar el corazón empedernido de su infame perseguidor? ¡Ah, señora mía, vos no conocéis la magnitud de mis penas! ¡Acercaos a mí y veréis en este rostro las señales evidentes de una muerte lenta! ¡Mirad mis ojos y decidme después si alcanzaré esa dicha que me anunciáis!
—No lo dudéis, doña Beatriz, no lo dudéis...
—¿Quién sois, señora? —repuso esta acercándose sin temor a la desconocida.
Quitose la encubierta el antifaz que cubría su rostro, y dijo a la de Robledo:
—¿Me conocéis?
—¡Oh, no os conozco! Pero si sois tan buena de corazón como hermosa, deberé tomaros por un ángel, señora.
—Me confunden vuestras palabras, doña Beatriz. Si supierais quién soy, pronto os arrepentiríais de haberme hablado. Baste deciros, señora, que esta a quien creéis un ángel ama frenéticamente, conociéndole, ¡al conde de Haro!..., a ese hombre infame y sanguinario.
—¡Cielos, vos amante de don Lope! —exclamó Beatriz separándose de la desconocida con marcado sobresalto—. ¿Y qué queréis aquí, a qué venís? ¿No basta que vuestro amante...?
—Sosegaos señora, sosegaos; que en mí tendréis un guarda.
—¿Un guarda en vos —repuso Beatriz medio desconcertada—, un guarda en la amante del hombre más villano y perverso? ¡Oh, no os acerquéis a mí!, porque yo también, señora, he aprendido a asesinar desde que el conde me tiene aquí... ¿No sabéis que el otro día quise matar a vuestro amante? ¿No sabéis...?
Y la infeliz amante de don Juan, cayó sin sentido al pie de la columna.
CAPÍTULO XI.
_De como la desconocida cuenta a doña Beatriz su peregrina y aventurera historia._
Cesó el síncope de doña Beatriz, cesó el horror que la desconocida, que no era otra que Piedad, había infundido a la amante de Carvajal y cesó por último todo concepto desfavorable a la gitana, merced a los cuidados y esfuerzos de esta para volver a la vida a su rival, y por destruir la poco ventajosa impresión que sus palabras habían producido en el débil y enfermo cerebro de la dama de doña María Alfonsa.
En efecto, Piedad había conseguido con sus dulces expresiones, con su tierna solicitud y el afectuoso cariño mezclado de conmiseración que en su excelente alma abrigaba por la víctima de su amante, había conseguido, decimos, apartar de la imaginación de esta todo recelo, e inspirarle a su vez una ilimitada confianza. Así es que Beatriz, sin reserva alguna y sin omitir la menor circunstancia a su nueva amiga, hízola una fiel historia de todos sus infortunios, desde el punto en que fue arrebatada de la antecámara real y sepultada en el oscuro recinto donde la estamos contemplando. Más de una lágrima vertió Piedad al escuchar la narración de las desventuras que aquejaban a la infeliz amante de Carvajal, más de una vez la interrumpió conmovida, diciéndole entre sollozos:
—¡Oh, tendrán muy pronto fin vuestras desgracias, os lo prometo!
Así que concluyó de hablar doña Beatriz le dijo Piedad, cogiéndole ambas manos con cariño:
—Nada temáis ya, señora, que yo os libraré de ese hombre; y velaré sin descanso por vuestra seguridad en tanto que permanezcáis en este encierro.
—¡Ah, cuán buena sois! ¡Y cuánto siento haberos ofendido! ¿Pero no es cierto que me perdonáis?
—Callad, querida mía, callad, por Cristo.
—¿No me ofrecisteis —repuso la de Robledo variando de conversación— contarme vuestra historia?
—Cierto; pero vuestros castos oídos no deben de escuchar varios sucesos, siendo estos precisamente los que constituyen la mayor parte de mis desgracias. Y, sobre todo, ¿qué adelantáis con saber la vida de una vagabunda, de una...?
—¿No me habéis escuchado a mí? —dijo Beatriz como ofendida.
—Sin embargo, señora, vuestra historia, o mejor dicho, la historia de vuestras desventuras, interesa, lastima el corazón más insensible: la mía, por el contrario...
—Dad principio, Piedad, y nada omitáis, nada absolutamente. Contad desde vuestro nacimiento hasta el día.
—Puesto que lo exigís, os daré gusto.
Y la gitana, sentándose en una banquetita donde descansaban los pies de doña Beatriz, comenzó a hablar de esta manera:
—Nada puedo deciros de mis padres, querida doña Beatriz, porque no los he conocido, ni menos sé a quién debo esta vida tan amarga y desgraciada. Una mujer de aspecto repugnante, que se decía mi abuela y a quien tendréis ocasión de odiar más de una vez sin conocerla, fue la que me recogió cuando quedé huérfana y con la que viví hasta la edad de quince a dieciséis años en que me separé de ella por los motivos que más adelante sabréis. Yo soy natural de Sevilla, según me ha dicho esa mujer, donde permanecimos hasta que tuve quince años, y en esta época empezamos nuestras excursiones por Castilla, llevando la vida aventurera y azarosa de los gitanos. Cuando apenas tenía uso de razón, me hacía salir mi abuela (con otros dos chicos, que ignoro quiénes eran) cantando una tonadilla que ella misma nos había enseñado, o bailando y haciendo contorsiones y piruetas que mis entonces débiles miembros se resistían a ejecutar con destreza. ¡Cuántos golpes descargaba sobre mí la cruel Simeona porque no aprendía tan pronto como ella deseaba! ¡Cuántas veces me enviaba a trabajar sin darme ningún alimento, por haber estado algo torpe en la lección que poco antes me señalara!
[Ilustración: Doña Beatriz y Piedad]
—¿Simeona habéis dicho? —exclamó doña Beatriz interrumpiendo a Piedad, y más pálida que un cadáver.
—Sin duda; ese es el nombre de mi abuela.
—¡Cielos! A mí me asiste, tal vez por orden del conde, una mujer que lleva ese nombre y cuyo asqueroso aspecto me causa un horror indecible.
—¿Es cargada de espaldas?
—Sí.
—¿Baja de cuerpo y...?
—¡Oh, la misma, buena Piedad, la misma! —exclamó la de Robledo asiéndose a la gitana.
—Serenaos, señora, que ya os veréis libre de esa mujer y de todo cuanto os rodea.
Doña Beatriz se tranquilizó, y Piedad prosiguió su cuento como sigue:
—Cuando no ganaba todo el dinero que ella quería, ¡oh!, entonces me dejaba sin comer y me castigaba cruelmente. Jamás me olvidaré de cierto día (tendría yo unos siete años) que habiendo vuelto a casa sin ganar nada absolutamente, se puso en extremo furiosa conmigo, y asiéndome fuertemente de los cabellos: «Eres una holgazana», me dijo, «que para nada me sirves. Como mañana no me traigas el dinero suficiente para vivir toda una semana, te voy a echar al río». «Si prometiera algo esta muchacha», le oí refunfuñar por lo bajo, «no la castigaría; pero desgraciadamente es muy fea y ninguna utilidad podré sacar de ella, por más que me esfuerce; nada, nada, la mataremos a golpes; a mí no me conviene un mueble inútil». Con efecto, así lo hacía. Y como yo hasta la edad de doce años fui una criatura raquítica y enfermiza, pronto consiguió que enfermara del pecho. No os podéis figurar, hermosa Beatriz, hasta qué punto padecía cuando Simeona me obligaba a cantar: el pecho se me desgarraba de dolor, y un violento acceso de tos que en seguida me sobrevenía inundaba mi boca de sangre y mis ojos de lágrimas. Con esto mi abuela se encolerizaba atrozmente, y so pretexto de acudir en mi socorro, me pellizcaba hasta hacer brotar sangre de mi mutilado cuerpo. ¡Oh, Dios mío! —dijo Piedad sollozando amargamente—: ¡qué infancia, qué infancia tan horrorosa disteis a esta infeliz! ¿Por qué no me arrancasteis de este mundo cuando aún era inocente y mártir? ¿O habéis decretado que siempre, siempre, haya de padecer?
Y volviéndose a la amante del infanzón del rey de Castilla, díjole con igual dulzura:
—¡No sé, querida señora mía, cómo tenía fuerzas para sobrellevar el inhumano trato de mi abuela! ¡No sé cómo mi pobre cuerpo resistía! Los vecinos se llegaron a enterar. Esto bastó para que de uno a otro extremo del barrio corriese el rumor de la ferocidad casi fabulosa de Simeona, y para que fuese esta el ludibrio de aquellas gentes. Todas, en lo general, la aborrecían; las madres asustaban a sus hijos con ella, y los muchachos se entretenían en apedrearla y en prodigarla los apodos más ridículos. Y todo, todo, por mi causa, según ella decía: «¿No vale más», exclamaba furiosa, «que mueras tú veinte veces, antes que yo pierda mi reposo y tranquilidad, y la buena reputación que en este barrio de la ciudad tenía yo adquirida?». Una mañana muy temprano que había salido a misa, volvió a casa toda cubierta de sangre y lodo, desgarrados los vestidos, y la cabeza herida por dos o tres partes. Varias mujeres y multitud de chicos de la vecindad, llevados del deseo de vengarse, se enredaron con ella a su sabor, y redujéronla a aquel lastimoso estado. Al entrar, dirigiose a mí rugiendo de cólera, y díjome con una sonrisa diabólica: «Sígueme». Creyendo yo que iríamos a trabajar como de ordinario, la seguí sin cuidado alguno. Atravesamos multitud de calles y plazas hasta salir fuera de la ciudad. Era un día de invierno de los más terribles: el río, que se extendía a nuestra vista, se hallaba sumamente alborotado. Viendo que marchaba Simeona en dirección al puente, me atreví a preguntarle: «¿A dónde vamos, abuela?». «Sígueme, te he dicho», contestome de mal modo. Llegamos por fin al puente. Mi abuela se detuvo a su entrada y se puso a contemplar, a lo que entendí por un momento, las aguas del entonces impetuoso Guadalquivir. Pero, ¡oh, su intención era otra! Yo me acerqué a ella: un pequeño movimiento que hizo para echar a andar otra vez bastó para que yo cayese al agua. «¡Favor», le oí decir, «socorro, hija mía, Piedad!». Toda la gente que allí había acudió a los gritos de mi abuela para socorrerme. Era ya tarde: la corriente me arrastró con violencia. No sé quién me sacaría del río, ni quién me conduciría a la casa de la infame Simeona. Pero lo que sí puedo asegurar es que cuando volví en mi acuerdo, me encontré perfectamente bien arropada en un lecho que yo desconocía, y que era algo más que cómodo. Tengo muy presente, asimismo, que un hombre de venerable rostro y cabellos blancos como la nieve, pero tan perverso como Simeona, no se separaba ni un solo momento de la cabecera de mi cama. Mi abuela también estaba con él... ¿A quién debía yo toda aquella comodidad y aquel inusitado esmero con que ambos me trataban? He aquí una cosa que no sé deciros, porque nunca llegué a averiguarla. Mi enfermedad fue penosísima. Pasaba la mayor parte del día durmiendo; pero no era el mío ese sueño reposado y tranquilo de que tanto había menester para recobrar mis abatidas fuerzas: era una especie de profundo letargo que embargaba completamente mis sentidos. Curada ya de aquella penosa modorra, seguí fingiéndola por espacio de algunos días más, a fin de poder oír con toda libertad las conversaciones que Simeona y Aben-Ahlamar tenían.
—¿No se llama así —dijo doña Beatriz— uno de los médicos de su alteza?
—Es el mismo, amiga mía; el mismo que dijo un día a mi abuela, después de haber revisado un grueso volumen de pergamino lleno de letras que esta le había entregado: «No lo dudes, Simeona; esa muchacha llegará a figurar notablemente». «¡Qué lástima que sea tan fea!», repuso mi abuela con sentimiento. «¡Oh!, nada temas por ese lado, que yo te aseguro que dentro de cuatro años no la has de conocer. La caída al río le ha servido de mucho bien». «¡Pobrecilla, pobrecilla!», exclamó mi abuela dirigiéndome, por la vez primera, una mirada amorosa. Desde que el judío Aben-Ahlamar anunció mi porvenir, tan halagüeño para Simeona, me trató esta con la mayor dulzura. De iracunda, feroz y cruel que conmigo había sido siempre, convirtiose en cariñosa y expresiva. Bien es verdad que se iba realizando hasta cierto punto el pronóstico del sabio médico. En poco más de un año hubo en todo mi ser un cambio tan favorable que más de una vez mi creciente belleza arrancó exclamaciones de alegría a la decrépita Simeona.