Fernando IV de Castilla, o, Dos muertes a un tiempo

Part 2

Chapter 24,102 wordsPublic domain

»Ahora voy a hacerte una revelación que tú sin duda no esperarás. ¿Has visto a ese anciano que se decía ministro de Jesucristo, y que hace poco osó insultarme ante tu augusta presencia? Pues ese hombre que ya pertenece a la muerte, ese mal sacerdote es un espía de tu madre, y el encargado por ella de desbaratar tu ya concertado enlace, enlace que, como sabes, tantas ventajas te reportan a ti y a tus reinos. Por último, señor, ese hombre es el mismo que aconseja a doña María que case a tu hermana Isabel con don Alfonso de la Cerda y que le dé en dote la corona de Castilla, quedándote solo con la de León y Galicia. ¡Se puede dar más infamia! ¡Se puede dar más maldad! ¿Hay situación más espinosa que la nuestra?

No pudo resistir más el joven e inexperto monarca. Levantose bruscamente del sillón y dijo al mismo tiempo que daba largos paseos por la estancia:

—¡A Valladolid mañana mismo, amigos míos!

Los dos amigos se miraron llenos de alegría y satisfacción.

—¡Es nuestro! —dijo el infante a media voz.

—¡Oh, sí!; pero lo malo es que mañana partimos para Valladolid, donde se halla la que puede más que nosotros.

—No tengáis miedo, señor conde, que ya haremos a ese muñeco que no salga de aquí si es necesario —repuso el infante, pasándose una mano por la frente como llamando alguna idea.

El rey se acercó a una de las ventanas que daban al patio principal del palacio y la abrió maquinalmente permaneciendo en ella largo rato. Visto esto por don Juan, dijo, poniéndose de pie:

—¿Habéis oído al rey que quiere salir mañana de madrugada para Valladolid?

—Sí.

—Pues no tarda el tiempo que se invierte en rezar un credo en daros orden para que no se hagan preparativos de viaje.

—¡Cuerpo de tal! ¿Y cómo haréis, señor?

—Oh, oh, es un secreto, ¡un secreto!

Y salió de la estancia murmurando entre dientes las palabras anteriores.

La llama de indignación que se había encendido en el pecho del joven rey, con las palabras de don Juan, fue apagada de pronto y sustituida por otra que, extendiéndose por todo su cuerpo como una chispa eléctrica, le inflamó la sangre y le hizo sentir, por primera, una afección desconocida de él, y, por otra, que le hizo palpitar el corazón violentamente y perder la razón por un momento.

Sus ojos, extraordinariamente abiertos, no los quitaba ni un instante de una mujer de singular belleza, ricamente vestida y con el cabello tendido por los hombros en forma de rizados bucles, que muellemente recostada en una banqueta de terciopelo carmesí, veíase por entre las celosías de una ventana del piso bajo.

Poco tiempo le duró al rey su halagüeña aparición, pues un hombre de larga barba y traje judaico cerró la ventana.

—¡No cerréis, Aben-Ahlamar! —exclamó don Fernando conociendo en el personaje a su físico—. ¡No cerréis, que quiero verla más tiempo, quiero contemplarla de nuevo!

Como queda dicho la ventana se cerró y el desgraciado Fernando, víctima de los hechizos de la gitana Piedad, se quedó triste y admirado.

Poco después una voz de querubín, acompañada de los acordes sones de un laúd suave y diestramente pulsado, hirió los oídos del extasiado joven.

—¡He aquí la mujer que a mí me faltaba para ser feliz! —exclamó el hijo de doña María Alfonsa, cerrando la ventana a pesar suyo; porque la lluvia y el viento, que no había cesado un momento, le azotaba demasiado el rostro.

—Mañana, señor conde de Lara, no saldremos de Castrojeriz —dijo el rey tomando posesión de la poltrona, pero en muy distinta situación su ánimo de cuando la había dejado.

—Dice bien su alteza —repuso el infante, penetrando en la estancia lleno de gozo—, porque se han puesto los caminos con la lluvia punto menos que intransitables.

—Sí, sí —replicó el monarca—, ya he visto que no ha cesado ni un solo instante. De manera que por este motivo seremos, por unos días más, vecinos de estos fieles lugareños.

No comprendiendo el conde cómo se había obrado en el rey tan súbita mudanza, pidió con la vista explicaciones a su amigo.

Este se sonrió y dijo a media voz:

—Ya no tenemos nada que temer. El rey está enamorado y el objeto de su amor es hechura y cosa mía. ¿Comprendéis, amigo mío?

—Sí, sí, perfectamente.

FIN DE LA INTRODUCCIÓN.

CAPÍTULO I.

_De cómo la maldición que lanzó Dios sobre don Alfonso el sabio alcanzó hasta su quinta descendencia._

Por el año de 1310, concluida felizmente la guerra con los moros, después de haberles tomado don Fernando, el cuarto de este nombre, Gibraltar, Vedmar y Quesada, y a más de esto exigídoles cuarenta mil escudos para subsanar los gastos de la guerra, se celebró con mucha ostentación y aparato en la ciudad de Burgos el casamiento de la infanta Isabel, hermana del rey, con Juan, duque de Bretaña.

Con este motivo acudían de todas partes multitud de personas de todas clases, sexos, edades y distinciones, incluso el rey que con su corte se hallaba en Sevilla despidiendo al ejército y premiando a aquellos que más se habían distinguido en la guerra.

La reina doña María Alfonsa de Molina y su hija la futura esposa del duque de Bretaña ocupaban parte del alcázar de Burgos; pues lo restante, y era lo más principal, estaba destinado a servir de alojamiento al rey y a su corte, que a marchas dobles venían a presenciar las bodas de la infanta.

Hallábase suntuosamente alhajada la parte que en el alcázar ocupaba esta señora; costosas alfombras de Asia, almohadones de la misma procedencia, ostentosos tapices y cuanto el lujo de la época podía permitir veíase allí reunido con el más refinado gusto. Ardían lentamente, en los cuatro ángulos de un magnífico salón, pebeteros de plata de los cuales salían otras tantas columnas de denso y azulado humo que exhalaban deliciosos y delicados aromas del Oriente. En un frente del salón y junto a un hogar de jaspeada piedra, encontrábase una mujer de bello y apacible semblante, vestida con exquisita elegancia y muellemente arrellanada en una colosal poltrona, notable por su rica madera y por la profusión de adornos y relieves con que la mano inteligente del artista se había divertido en recargarla. Descansaban sus delicados pies en un almohadón de preciosa tela, y sus ebúrneas manos sostenían un crecido volumen en cuya cubierta se leía en gruesos caracteres: «_Vida del rey San Hermenegildo_».

Acompañábala otra mujer que guardaba profundo silencio, y se entretenía en mover con unas tenazas de acero las brasas que ardían en el hogar. Esta, más joven y hermosa que la primavera, pero ataviada con menos riqueza, vestía un traje talar de terciopelo color de guinda; sus rubios y sedosos cabellos, que contrastaban maravillosamente con su nevado cutis y el azul celeste de sus lánguidos ojos, quedaban recogidos por una aguja de oro, de la cual pendía un velo blanco que llegaba a besar las pieles de que estaba guarnecido el vestido.

La mujer que hemos visto sentada en la poltrona cerró el manuscrito que leía y dijo a la otra en tono afable.

—¿No sentís hoy un frío horroroso, querida Beatriz?

—Lo hace en efecto, señora; pero si te acercases más al hogar, no lo sintieras tanto.

—Tienes razón; ayúdame a aproximar un poco la poltrona, y da orden después para que avisen a mi confesor, el abad de San Andrés.

Salió Beatriz y regresó al momento diciendo:

—Ya están tus órdenes cumplidas, señora.

—Bien, hija mía, sentaos ahora cerca de mí y decidme si sabéis algo de vuestro amante.

—¡Oh, nada, señora, nada absolutamente! —exclamó la joven llevándose las manos a los ojos para contener una lágrima que de ellos brotaba.

—No te aflijas, querida mía —dijo la reina con dulzura.

—¿Y qué queréis que haga, cuando nadie me da razón de él ni de su hermano?

—¿No me has dicho que han ido de mesnaderos con su alteza el rey a la guerra de los moros?

—Así es, señora.

—Pues entonces tal vez el abad traiga noticias del rey, y en ese caso sabremos pronto lo que ha sido de tu futuro.

—¡Dios lo haga! —exclamó Beatriz tranquilizándose algún tanto con las palabras de la reina.

Una voz estentórea se dejó oír por la parte de fuera.

—¡El abad, señora! —dijo la joven llena de júbilo.

—¡Oh, cuánto me alegro!

—¿Da permiso tu alteza? —dijo el anciano antes de penetrar en la estancia.

—Adelante, padre mío, adelante —repuso doña María, saliendo al encuentro del anciano.

Y besándole una mano con religioso respeto, lo condujo al hogar.

—Perdonad, señora, si no he venido...

—Está bien, padre mío. Tomad asiento aquí —dijo la reina dando a su canciller una silla que presentó Beatriz.

El confesor y canciller de la viuda de Sancho IV frisaba en los sesenta y cinco años: sus cabellos eran blancos y largos, y su mirada dulce y benigna infundía un religioso respeto; no obstante lo avanzado de su edad, su cuerpo se mantenía erguido y había en su rostro tanta dignidad como mansedumbre.

Acostumbrado a aquellas deferencias, tomó con desembarazo posesión del asiento que le presentó Beatriz, preguntando con afectuoso interés a esta:

—Y de tu amante, ¿qué sabes, hija mía?

Las mejillas de la joven se cubrieron de un vivo carmín y sus ojos se inyectaron de lágrimas. Quiso hablar y su voz se anudó en la garganta. Conociendo doña María la crítica situación de su dama, se apresuró a responder por ella.

—Nada sabe; como que esperaba con vivos deseos vuestra venida, creyendo que vos nos diríais algo.

El abad se encogió de hombros. Doña María preguntó balbuciente:

—¿Y de mi hijo tampoco sabéis nada?

—Ni una palabra señora. ¿Y vos?

—Retiraos, Beatriz —dijo la reina a la joven sin contestar a su consejero.

Esta alegrose en extremo de la orden de doña María porque de ese modo podía desahogar su corazón más libremente.

—Decidme, padre mío —prosiguió la reina así que hubo salido la joven—, ¿qué pensáis de ese prolongado silencio que guarda su alteza?

—¿Qué he de pensar, señora? —repuso el anciano.

—¿Nos querrá sorprender?

—Mucho me holgara que así fuera.

—Oh, pues en ese caso, he hecho perfectísimamente en mandar alhajar la parte principal del alcázar.

La favorita de la reina madre presentose en el salón con tono risueño y placentero.

—¡Beatriz! —exclamó doña María con enfado.

—Perdona, señora, pero un paje...

—¿Un paje?

—Que viene de parte de su alteza el rey, desea verte. ¿Le hago entrar?

—¡Oh, sí, sí, al instante! Quedaos, padre mío —añadió la reina viendo que el anciano se disponía a retirarse.

Volvió a aparecer la doncella seguida de un joven bien vestido, y con las armas reales bordadas en el pecho. Antes de acercarse a la reina hizo tres profundas reverencias, y esperó inclinado con gran respeto a que doña María se dignara hablarle.

—Dime, paje, ¿de dónde vienes?

—Su alteza —contestó Hernando inclinándose de nuevo— el rey de Castilla y León, tu ilustre y digno hijo, me envía a tu grandeza para que te avise de su parte que, queriendo hallarse en la boda de su noble hermana la infanta Isabel, desea se suspenda la ceremonia hasta su llegada.

—Bien. ¿Y cómo está su alteza?

—Nunca lo he visto más saludable y contento.

—¡Gracias, Dios mío! ¿Y no sabes cuando llegará a Burgos el rey?

—De hoy a mañana, señora; pues en el mismo día en que salí de Sevilla, se preparaba su alteza para emprender tan largo y penoso viaje.

Y alargando doña María su mano al paje para que tuviese el muy alto y particular honor de besársela, repuso:

—Retiraos que ya quedo enterada de vuestra embajada.

Salió enseguida el paje de la real cámara precedido de Beatriz, que no tardó en satisfacer su justa curiosidad informándose minuciosamente de la suerte de su amado.

—Lo veis, padre mío —dijo la reina radiante de alegría—, como al fin viene el hijo de mis entrañas a presenciar el casamiento de su hermana.

—Y por ello, señora, te felicito de buen grado. Pero me asalta una idea bien triste.

—¿Qué decís?

—Que le acompañan tus eternos enemigos, el infante y don Juan Núñez de Lara.

—¡Oh, callad por Dios —replicó doña María inmutada—, es imposible que sea ahora mi hijo como cuando estaba en Castrojeriz! Imposible, señor: ¿no veis que entonces tenía dieciséis años?

—Sin embargo, doña María, os aconsejo que estéis prevenida...

—¡Prevenida con un hijo, padre mío! —exclamó la reina enjugándose dos lágrimas que a manera de perlas rodaban lentamente por sus mejillas.

—Habéis olvidado que a su vuelta de Castrojeriz, y en presencia de toda la corte os llamó malversadora de sus bienes, hipócrita, desnaturalizada, y por último, no vaciló en apostrofar con los más horribles dicterios a tu alteza, a la madre que le diera el ser, a la mujer magnánima y generosa que, a costa de sacrificios mil, habíale conservado una corona vacilante en sus sienes. ¿Esto es justificable, señora?

—¡Oh, callad, por Dios, señor, y tened en cuenta que ese que acusáis es un hijo a quien idolatro con frenesí! ¡No sabéis lo que me hacen padecer vuestras palabras!

—Lo creo; pero deber mío es avisaros de cualquier peligro que os amague...

—Os lo agradezco, padre mío; pero ese riesgo ha desaparecido ya, porque mi hijo no es ahora tan débil e inconstante como en sus primeros años.

—Sin embargo...

—Gracias por vuestro vaticinio, señor.

—Bien sabéis, reina, que rara vez me suelo equivocar. En la muerte de vuestro augusto esposo vinisteis a mí, toda trémula y llorosa, a preguntarme si sería venturoso o desgraciado el reinado de vuestro entonces tierno hijo; y ¿qué os contesté yo, señora? Que había de ser tan azaroso e intranquilo como próspero y dichoso fuera el de su bisabuelo don Fernando III.

—¡Y qué, padre mío! ¿Insistís todavía en lo mismo? —dijo la reina con temor.

—Harto siento decirlo, señora, pero lo creo así.

—¡Cómo! ¿Pues no veis ya sujetos en su mayor parte a los grandes que se habían sublevado? ¿No veis a los pueblos tranquilos y a los infantes de la Cerda gozar contentos de las villas y señoríos que se les han dado? ¿No veis, padre mío, a mi muy querido hijo, regresar de una campaña movida contra los enemigos de la fe de Cristo, lleno de gloria y de noble orgullo, porque ha sido abatido por la milésima vez el poder del imperio musulmán? ¿No le veis, por último, amigo y aliado de todos los reyes de España y del extranjero? ¡Pues si negáis, señor, todas estas cosas, sois en verdad bastante injusto!

—No tengo la dicha, doña María —repuso el anciano—, de que la Providencia me confíe sus designios; pero hace ya algún tiempo, en el reinado don de Alfonso X, que esa misma Providencia, cuyos arcanos son tan incomprensibles, maldijo hasta la quinta generación del sabio rey.

—Oh, padre mío, ¿y es posible que haya de cumplirse ese fatal pronóstico?

—Sí, porque los decretos de la justicia divina son irrevocables. Desgraciadamente, señora, vuestro hijo es el segundo a quien comprende aquel anatema.

—¡Oh, qué horror, qué horror! ¡Sin causa, sin motivo!

—¿Sin motivos? Escuchadme y sabréis la causa que impulsó a la justicia divina a lanzar sobre los reyes de Castilla su maldición. El arrogante y orgulloso don Alfonso X, por los grandes conocimientos que tuvo de las ciencias humanas, se permitió decir en desprecio de la Providencia y de la suma sabiduría del supremo Hacedor que si él fuera de su consejo al tiempo de la general creación del mundo, se hubieran producido y formado algunas cosas mejor que fueron hechas; y otras no se hicieran o se enmendaran y corrigieran.

—¡Oh cielos! —exclamó la reina fuera de sí—, y eso solo movió a la divina Providencia a lanzar sobre los reyes de este pobre país un anatema tan...

—Detén la lengua, reina de Castilla, y no pronuncien tus labios palabras que...

El abad no pudo concluir. Un grande estruendo de armas y de voces comprimidas, interrumpió al indignado anciano.

—¿No oís, padre mío? —dijo doña María pálida como un cadáver, levantándose de su asiento involuntariamente.

—¡Sí, sí, oigo, señora, oigo! ¡Corramos, corramos a ver qué es!

En el aquel momento se oyó la voz de doña Beatriz que decía entre sollozos:

—¡Favor, doña María, favor!...

Cuando salió la reina y su confesor solo alcanzaron a ver a varios enmascarados que, defendiéndose de los guardias reales, arrastraban fuera de la estancia a doña Beatriz.

—¡A ellos, soldados, a ellos, no perdedlos de vista! —exclamó el anciano abad, golpeando fuertemente con sus pies el mosaico pavimento.

La voz del sacerdote fue ahogada por un repique general de campanas y los gritos de «¡_Viva el rey_!» que profería la multitud dentro y fuera del regio alcázar.

—¡Mi hijo, padre mío! —dijo la reina con indecible gozo.

—Con efecto, señora; pero se ha inaugurado mal su entrada en Burgos.

—¡Qué decís! —repuso doña María sorprendida.

—¿No has visto que unos cuantos enmascarados, aprovechándose, sin duda, de la confusión que reina en el alcázar y en la ciudad, han robado a tu inocente dama doña Beatriz de Robledo?

—¡Lo veo, señor! —repuso la reina con amargura—, pero...

—¡El rey! —exclamó el anciano inclinando su blanca y despojada cabeza.

—¡Hijo mío! —gritó doña María Alfonsa saliendo presurosa al encuentro del monarca, y estrechándole fuertemente entre sus brazos.

CAPÍTULO II.

_En donde se ve que los astros descubren muchas cosas que están ocultas._

Cosa de las doce de la noche serían, poco más o menos, del mismo día en que hizo el rey su entrada solemne en la ciudad de Burgos, cuando caía una llovizna bastante eficaz para causar no poca molestia a dos personas que, arropadas en toscos gabanes de buriel parecidos a los que usaban los monteros de aquellos tiempos, paseaban por enfrente de las ventanas del cuarto de la reina madre y de su dama doña Beatriz de Robledo.

No podemos decir nada, y harto lo sentimos en verdad, de sus figuras, ni de sus trajes, porque lo avanzado de la hora impidió distinguir al cronista lo que más adelante tendremos lugar de ver, a la clara luz del sol.

Paseaban, sin salir de aquel frente del alcázar, con paso ora precipitado, ora indeciso, y de vez en cuando uno de ellos tocaba suavemente con el nudillo de sus dedos en los pintados vidrios de una de las ventanas del piso bajo, ruido que nadie debió percibir, pues que nadie contestó. Aguardaron un poco más al pie de la ventana a ver si se asomaban o contestaban de dentro, pero todo permaneció en sepulcral silencio. Entonces dijo uno de ellos en tono desesperado.

—¿Qué será esto, hermano mío?

—No lo sé; pero toca otra vez y llámala por su nombre, que tal vez el sueño...

—¡Beatriz! ¡Beatriz! —repuso el otro acercando sus labios a la maciza madera de las puertas.

El silencio seguía reinando obstinadamente por aquella parte del alcázar.

—¿Será cierto que haya salido de Burgos doña Beatriz, como nos dijo el judío Aben-Ahlamar?

—Abandona tu temor, querido hermano, que tal vez tu prometida no pueda dejar la compañía de la reina doña María Alfonsa, y por esa razón...

—Te engañas, que otras veces doña María le ha dado licencia para que saliera a verme —repuso el otro, pensativo.

—En ese caso, participo de tus cuidados y recelos.

—Anúnciame el corazón males sin cuento: por de pronto mi amada Beatriz ha salido de Burgos, no sé si de grado o por fuerza, mientras hemos estado en la guerra con el rey, sin dar un triste adiós a su desconsolado amante.

—Tranquilízate, hermano mío, que cuando llegue el día nos contará el judío todo lo que haya ocurrido.

—Dices bien. Puesto que en este instante no tiene remedio mi dolor, retirémonos a nuestro asilo y esperemos a que llegue el día, para averiguar el paradero de mi adorada Beatriz.

—Sí, sí, marchémonos, que el frío se aumenta a medida que avanza la noche.

Apenas los dos caballeros habían andado un corto trecho, oyeron gritar muy cerca del punto donde estaban:

—¡A ellos!

Y viéronse acometidos en seguida por cuatro hombres que daga en mano pugnaban por clavárselas en el pecho. Pero los homicidas aceros se quebraron por la mitad al tocar en la cota de malla que nuestros desconocidos llevaban, a prevención sin duda, debajo de sus toscos gabanes.

Viendo entonces los asesinos el mal éxito de la jornada, huyeron despavoridos del peligro que les amenazaba, pues los caballeros hermanos desenvainaron sus espadas y descargaron a diestra y siniestra grandes mandobles sobre las cabezas de los fugitivos.

—¿No os dije yo, hermano mío, que me presagiaba el corazón males sin cuento? En una misma noche he perdido a mi amada Beatriz, y cuatro asesinos han intentado arrebatarnos la vida traidora y villanamente... ¡Ah, ahora recuerdo que las palabras del judío tenían algo de siniestras para mí! Pero aguardemos a que llegue el día para aclarar este misterio. Toma esta media daga que he cogido a uno de esos malvados y consérvala como oro en paño, que tal vez ella nos ponga en camino de averiguar más adelante quien era su infame poseedor.

A la fría y lluviosa noche que ya conoce el lector, sucedió un día claro y templado. Aún no se habían abierto las puertas del alcázar real; aún reinaba en todo Burgos un profundísimo silencio; aún no hacía medio cuarto de hora que la aurora asomara por el oriente su risueña y animada faz, y ya veíase al físico del rey en aquella parte del alcázar que habitaba, trabajando con porción de crisoles, redomas y alambiques. Su cabeza, poblada de largos y encrespados cabellos canos, no la cubría como siempre el turbante judaico, sino un gorro de tela encarnada, terminado en gruesa borla de seda azul. A su ropaje de seda morada había sustituido una túnica forrada de pieles oscuras. Constituía el adorno del cuarto, en donde a la sazón se hallaba, una mesa de tan grandes dimensiones que casi ocupaba la vivienda (y hay que advertir, de paso, que esta se hallaba en el piso bajo de uno de los torreones del alcázar), una mesa, decimos, cubierta con libracos llenos de gruesos caracteres góticos estampados en finas hojas de pergamino con orlas y ribetes dorados; un reloj de arena; un enorme tintero de latón blanco; varios instrumentos de matemáticas; aparatos sencillos aplicables a usos de la física y de la química, y una lámpara manuable que todavía ardía sobre la mesa confundida con los objetos que la ocupaban. Multitud de frascos y cacharros de cristal, llenos de aguas de variados colores, colocados simétricamente en un estante de madera negra, un sillón de vaqueta tachonado con clavos dorados que podría contener muy cómodamente dos personas de abultadas dimensiones, y un hornillo de barro, cubierto de polvo y telarañas, completaban el extravagante adorno de la morada de uno de los médicos de Fernando IV.

Sentado estaba el judío cerca de la mesa, repasando con avidez las hojas de un libro en folio, cuando vino a interrumpirle un golpe dado en la puerta que tenía salida a las galerías del alcázar.

—¿Quién es a esta hora? —dijo el nigromántico en tono de mal humor y sin levantarse del sillón que ocupaba.

—Abrid, abrid, que tengo que deciros, Aben-Ahlamar —repuso una voz dulce y sonora.

Abandonó al instante el físico del rey el colosal sillón de vaqueta, y, haciendo rechinar un resorte que cerraba la puerta por la parte interior, dejó libre la entrada a un joven de veinticuatro años a lo más, cubierto hasta los ojos con un cumplido y elegante ropón de finísimo vellorí.

—¿Puedo saber —dijo el judío inclinándose con respeto— a qué debo la honra de ver en mi humilde morada a don Juan Alonso Carvajal, infanzón del rey de Castilla?

—Decidme, os ruego, Aben-Ahlamar —repuso el interpelado—, decidme, si sabéis, dónde está la bella e interesante dama de la reina doña María Alfonsa.

—Mis noticias, noble señor, no alcanzan a tanto. Todo lo que yo sé, y conmigo la corte entera, es que esa infortunada joven fue ayer arrebatada del alcázar en el instante mismo de entrar su alteza en Burgos.

—¿Y por qué no me anunciasteis ese horrible suceso cuando vine a veros ayer por la tarde? —dijo el caballero con mal reprimido enojo.

—Perdona, ilustre y valiente joven; pero mis labios se resisten a dar malas nuevas.

—¡Ah, cuán bueno sois!

—Omite tus alabanzas, señor, que no soy digno de ellas —repuso el judío con hipocresía.