Part 2
Sabía que los suyos, y con ellos Samuel, la esperaban reunidos en una glorieta, especie de pabellón de mármol blanco, situado a la entrada de la verja; y quería llegar sin ser vista, para dejar el severo vestido de calle, y presentarse con los frescos y primorosos atavíos que usaba en su casa.
Feliza entró en el vestíbulo sin que nadie se apercibiese de su presencia.
Contenta de sorprender a sus huéspedes, anunciándose a ellos con una marcha triunfal que había compuesto dedicada al estreno del puente, subía tarareándola, alegre y ligera, a sus habitaciones en el piso alto de la casa.
Marieta, que estaba aguardándola en el tocador, le salió al encuentro.
-¡Qué alegría trae la señora en la voz y en el semblante! -exclamó la joven mucama, con la dulce familiaridad que Feliza permitía a sus criadas.
-¡Ah! -repuso ella con una mirada inefable- ¡estoy tan cerca del cielo!
Pero dime, hija mía, ¿se encuentra todo listo para mañana?
-Acabo de cerrar la maleta que contiene el equipaje de la señora. En cuanto a la señorita Antonia, ella quiso arreglar el suyo.
-¿Quiénes están con ella en la glorieta del parque?
-No otros todavía, que los señores Demaría y Saenzvaliente.
-¡Samuel! -murmuró Feliza. Y en voz alta- ¡Ah! date prisa, querida mía. Nunca tardaste tanto para vestirme. Prende este lazo, y hemos concluido.
-También llegó hace poco la señorita Casares, que dijo la era necesario hablar con la señora.
-¡Albina! De seguro es algo que me interesa. ¡Si te fuera posible llamarla aparte y anunciarle mi regreso!
-Nada tan fácil. Acabo de verla sola y pensativa apoyada en la verja, mientras que en la glorieta ríen y hablan.
-Ve a decirle que estoy esperándola en mi cuarto.
Abre, después, el salón; quema los pebeteros, arregla el piano y prepara el refresco de la noche.
Feliza se quedó de pie delante del tocador, sonriendo a la imagen encantadora que le mostraba el espejo.
Marieta bajó murmurando con gozoso fervor:
-¡Está alegre y es feliz! ¡Bendito seas, Dios mío! ¡Ah! si mi culpable condescendencia con la obstinación de aquel desventurado hubiera de costar una lágrima a este ángel de bondad, moriría de dolor y remordimiento.
La señorita Casares corrió a buscar a Feliza, y ambas se abrazaron. Eran amigas desde la infancia y se amaban con ternura.
-¡Preciosa mía!
-¡Mi bella!
-¿Sabes que preparo a esos señores una sorpresa musical?
-Yo te traigo otra a ti.
¿Cuál?
-Enrique Ocampo está loco.
-Hace tiempo que lo sé, a costa de mi tranquilidad. ¿Qué es, sino una insigne locura esa tenaz insistencia en seguirme por todas partes, hasta en mi lejana excursión a Juancho? Si en este momento me asomara a ese balcón, segura estoy de encontrarlo ahí al otro lado de la verja, con los ojos fijos en mí.
-Pues no vas lejos de la verdad. Hace media hora, al venir aquí, dejé el tramway para ir a ver en una casucha cerca de la quinta de Nóbrega a una pobre mujer enferma que me pidió un socorro.
Despedíame de ella, e iba a abrir la puerta de viejas duelas que cierra el seto de rosales de su huertecito, cuando un coche vino a detenerse delante, y de él bajó un hombre.
Era Enrique Ocampo.
Di un paso atrás, y me puse a observarlo por las rendijas de la puerta.
Estaba pálido, y en su aspecto había algo de sombrío y siniestro.
-Juan -dijo al cochero- no me esperes; vuelve a casa y di que voy a partir para un largo viaje. Añade que no marcharé solo, porque la señora de Álzaga habrá de acompañarme.
Al oírle decir este desatino, mirelo otra vez y vi en sus ojos el vago fulgor de la locura.
El coche partió, y él se alejó también con el paso largo y firme del que ha tomado una resolución decisiva.
Pero cuando hube salido del jardín, busquelo en vano por toda la extensión: había desaparecido.
-Por dicha -repuso Feliza- ha llegado ya el tiempo de que esa locura acabe. Antes de un mes habreme unido a Samuel, y realizado mi proyecto de viajar por Europa y Asia.
En ese momento, Marieta, pálida y turbada, presentose anunciando a Enrique Ocampo.
-¡Oh! -exclamó Feliza con visible impaciencia- tú, hija mía, has recibido mi orden expresa de despedirlo. ¿Lo has olvidado?
-La he cumplido; mas el señor Ocampo pretende hablar con la señora, y jura que no saldrá del salón sin haber sido recibido por ella.
-Forzoso será, en efecto, que yo reciba a ese insensato; y forzoso también hablarle con la energía que rehusé hasta hoy por conmiseración a su demencia.
La señorita Casares, profundamente inquieta, detuvo a su amiga.
-Deja que yo vaya a su encuentro, querida Feliza -la dijo-. En los ojos de ese hombre había relámpagos de amenaza, que tiemblo verte desafiar. Permite que yo hable y haga entrar en razón a ese obstinado.
Y sonrió para ocultar el terror que, cual un presentimiento, surgía en su alma, al recuerdo de las extrañas palabras de Ocampo.
-Ve, querida mía -dijo Feliza- y, pues lo desea, ahórrame el disgusto de una penosa explicación.
La señorita Casares dejó a su amiga y bajó al salón donde Ocampo aguardaba.
El día iba a acabar, y las tinieblas comenzaban a invadir el cuarto.
Feliza se acercó de nuevo al espejo; pero entonces, en vez del bello rostro que poco antes la sonreía, vio, solo, dos grandes ojos rodeados de sombra que fijaban en ella una lúgubre mirada.
Poseída de miedo, dio un grito que atrajo a Marieta desde la habitación inmediata.
En ese momento llegaba también la señorita Casares.
-Veo -dijo esta- que te es preciso expresar personalmente a ese hombre una resolución definitiva.
-Tú sabes que mil veces la ha escuchado de mis labios.
-Él pretende que no.
-¿En verdad? Pues ahora va a oírla por la vez postrera.
Y Feliza se dirigió a la puerta.
La señorita Casares corrió hacia ella.
-Permíteme acompañarte -la dijo, con acento de profunda inquietud.
Feliza tomó el brazo de su amiga, y ambas bajaron la escalera cuyo último peldaño se asienta en un pasillo donde se hallan las puertas laterales del salón y del comedor.
Feliza oyó en este las voces de sus huéspedes, que dejando la glorieta del parque, habían venido allí a esperarla; e hizo seña a la señorita Casares de cerrar aquella puerta.
Quería impedir que Cristian, y sobre todo Samuel, intervinieran en la cuestión que iba a debatir ella sola.
Al entrar en el salón, Feliza vio a Ocampo alzarse mudo y sombrío ante ella.
Como la señorita Casares lo notara poco antes, había en su mirada un resplandor lúgubre que la dio miedo.
Pero sobreponiéndose luego a esa impresión; y llamando a su frente la serenidad de una conciencia pura, saludó a Ocampo con su habitual cortesía, señalole una silla, y sentándose en un diván al lado de su amiga:
-Sé -dijo volviendo hacia el huésped su bello rostro revestido de severa gravedad.
Sé que ha entrado usted en esta casa jurando no dejarla si antes no lograba acercarse a mí y hablarme.
Ocampo fijó en ella su sombría mirada.
-Es verdad -respondió-; y su voz, en estas dos palabras vibró extraña casi lúgubre.
-No alcanzo a adivinar -prosiguió Feliza- lo que usted quiere decirme, ni deseo saberlo; pero entrar por asalto y hacerse fuerte en ella, es por demás impertinente.
-¡Ah! ¡no adivina qué vengó a decirla, aquella que ha hollado mi corazón bajo su pie! Helo aquí, Feliza: helo aquí, breve, pero decisivo inexorable.
Usted ha concedido su mano a Samuel Saenzvaliente. El día señalado para esa unión estaba cerca. ¿No es cierto que mañana, en esa fiesta que iba a presidir, pensaba usted anunciar su próximo enlace?
-¿Por qué he de negarlo? En efecto, así habrá de ser.
-¡No! ¡no será!
Feliza sonrió con desdén.
-Ignoro -dijo- que podrá oponerse a mi voluntad.
-¡La mía!
-¡Insensato! ¿Con qué derecho?
-¡Con el de mi amor!
Y riendo con una risa siniestra que heló de espanto a las dos jóvenes:
-¡Ah! -exclamó- ¿creías tú, tú la que ha destruido mi felicidad, darla impunemente a otro, y pasear sobre mi humillación su insolente triunfo? ¡Ah! ¡ah! ¡ah! que venga a disputarte ahora, ese rival preferido... ¡Feliza, tú eres mía! mía para siempre; porque el abrazo que va a unirnos será eterno...
Oyose un grito seguido de una detonación que atrajo a Cristian y a sus compañeros, hacia la puerta que abría sobre el vestíbulo.
Aquella puerta estaba cerrada.
Cuando el joven Demaría, arrojándose contra ella la derribó y penetró en el salón, vio a Feliza tendida en tierra, bañada de sangre; a la señorita Casares desmayada, y a Ocampo de pie al lado de su víctima, en el momento que volviendo contra sí mismo el arma homicida, se enviaba la segunda bala de su revólver.
Cristian desesperado, casi loco, a impulsos de dolorosa rabia, asió del matador, buscando en él un resto de vida para vengar a Feliza; pero solo encontró un cadáver, que soltara, arrojando sobre él maldiciones.
Saenzvaliente, entretanto levantaba en sus brazos a Feliza moribunda; y ayudado de Cristian poníala en la cama donde la rodearon los suyos.
-¡Samuel! -murmuró la joven con voz exánime- no te apartes de mí. ¡Los momentos que me restan son breves! Deja que mirándote se cierren mis ojos... Dame tu mano. ¡Así, así quiero entrar en la eternidad!...
Y buscaba aquella mano con la suya helada ya y casi yerta.
Pero Samuel no estaba allí alejáralo esa preocupación impía que aparta del moribundo a los seres de su amor.
Los médicos, que llegaron en ese momento; encontraron a Feliza en la última extremidad, y declararon inútil la extracción del proyectil que, atravesando la espalda, había penetrado en su pecho.
Feliza abrió los ojos una vez todavía; y mirando en torno con angustia:
-¡Samuel! -exclamó- ¿dónde estás? no te veo, por qué te oculta a mis ojos esta nube negra que se extiende... se extiende y me envuelve en su sombra... ¡Samuel! ¡Samuel!...
Una ola de sangre le cortó la voz.
Pocos instantes después la bella Feliza moría pronunciando con el último aliento el nombre de Samuel.
Aquella noche, cuando los médicos dieron el lúgubre fallo, Marieta, pálida y silenciosa, vino a prosternarse a los pies de la moribunda, besolos con doloroso fervor, y levantándose, salió cuarto y de la quinta.
Horas después, las aguas del Plata arrojaban su cadáver en la ribera.
Al siguiente día Enrique y Feliza, el matador y la víctima dormían juntos el sueño eterno bajo la misma tierra, ese lecho nupcial que el desventurado Ocampo diera a su fatal amor.
Así bajó a la tumba tan inocente y digna creatura. El oro, la belleza, los halagos del mundo que tributaba culto a su piedad y homenajes a su hermosura, fueron débil valla opuesta a los designios de la Providencia.
Bella, rica y amada, necesitaba caer pura, envuelta en los cendales luminosos de su castidad coronando su vida por el martirio, para decir después de su muerte: ¡fue también santa!
La morada de Feliza, antes tan alegre y visitada, quedó desierta y silenciosa. Los huéspedes que la frecuentaban, y pasaran en ella tan dulces horas, abandonáronla huyendo de los recuerdos que despertaba.
La yerba crece en los senderos de su parque, donde no se escucha otro rumor sino el arrullo de las tórtolas y el gemido del viento entre el ramaje de los cipreses.
¡Ay de los muertos! Los vivos alejan con temerosa repugnancia cuanto de ellos queda; y cuando han echado sobre su cuerpo la tierra del sepulcro, apresúranse a echar sobre su memoria la tierra del olvido.
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