Part 24
En las gacetas de Buenos Aires se registra un comunicado virulento, obra suya, escrito contra el Gobierno por haber dictado una providencia sobre fondos públicos que menoscababa el interés de los tenedores, siéndolo él de algunos millones. Más tarde, mejor aconsejado, dió una satisfacción al Gobierno por otro comunicado. Algunas cartas de Quiroga han visto la luz pública; pero creo que, como sus proclamas, no merecen conservarse sino como curiosidades y monumentos de la época de barbarie.
La primera de estas proclamas, sin fecha, pertenece, sin duda, al año 1829, cuando después de haberse rehecho de la derrota de la Tablada vino a San Juan y a Mendoza. La segunda está datada de San Luis, de letra manuscrita, y la traía impresa desde Buenos Aires para irla esparciendo por los lugares de su tránsito. La tercera precedió a la salida del ejército destinado a combatir al general La Madrid en Tucumán, y alude a la reciente muerte de Villafañe.
Al pie de un decreto de la Junta de Representantes de Mendoza, en que se permitía circular en la provincia papel moneda de Buenos Aires, Facundo Quiroga hizo publicar la siguiente posdata, que tiene todos los caracteres de sus anteriores proclamas: la jactancia, el enredo de la frase y su prurito de aterrar.
«El Infrascrito--dice--, en vista del proyecto de ley que antecede, protesta por lo más sagrado de los cielos y de la tierra que el papel moneda no circulará en las provincias del interior mientras él permanezca en ellas o partidarios de tan detestable plaga pasen por su cadáver; pues que, viendo la justicia de su parte, no conoce peligro que lo arredre ni lo haga desistir de buscarla, como lo hizo por sí solo y a su cuenta en los años 26 y 27, contra todo el poder del presidente de la República, don Bernardino Rivadavia, cuando quiso ligar las provincias al carro del despotismo por medio de los Bancos subalternos de papel moneda, y con el santo fin de abrir un vasto campo a los extranjeros para que extrajesen de ellas el dinero metálico.--_San Juan, septiembre 20 de 1833._--JUAN FACUNDO QUIROGA.»
II
PROCLAMA
PUEBLOS DE LA REPÚBLICA: Destinado por el general que os dieron los RR. Nacionales a servir de jefe de la segunda división del Ejército de la Nación, ningún sacrificio he omitido por desempeñar tan alta confianza. Los enemigos de las leyes, los asesinos del encargado del Poder nacional, los insurrectos del Ejército y sus vendidos secuaces ningún medio omiten para emponzoñar los corazones y prevenir a los incautos que no me conocen. La perfidia y la detracción es la bandera de ellos, mientras la franqueza y el valor es nuestra divisa.
ARGENTINOS: Os juro por mi espada que ninguna otra aspiración me anima que la de la libertad. A nadie se le oculta que mi fortuna es el patrimonio y el sostén de los bravos que mando, y el día que los pueblos hayan recuperado sus derechos será el mismo de mi silencio y mi retiro. Nada más aspira un hombre que no necesita ni cortejar el Poder ni al que manda. Libre por principios y por propensión, mi estado natural es la libertad; por ella verteré mi sangre y mil vidas, y no existirá esclavo donde las lanzas de La Rioja se presenten.
SOLDADOS DE MI MANDO: El que quiera dejar mis filas puede retirarse y hacer uso de mi oferta, que os hago por tercera vez. Mas el que quiera enristrar la lanza contra los opresores y oprimidos (_sic_), quedad al lado mío. Los enemigos ya saben lo que leéis y os tiemblan.
OPRESORES Y CONQUISTADORES DE LA LIBERTAD: Triunfaréis acaso de los bravos riojanos, porque la fortuna es inconstante; pero se legará hasta el fin de los siglos la memoria de mil héroes que no saben recibir heridas por la espalda.
OPRIMIDOS: Los que deseéis la libertad o una muerte honrosa, venid a mezclaros con vuestros compatriotas, con vuestros amigos y con vuestro camarada.--JUAN FACUNDO QUIROGA.
III
EL GENERAL QUIROGA
A LOS HABITANTES DE LAS PROVINCIAS INTERIORES DE LA REPÚBLICA ARGENTINA
MIS COMPATRIOTAS: Ninguna resolución es más poderosa que la invocación de la patria, anunciando a sus hijos la ocasión de domar el orgullo de los opresores de los pueblos. Había formado la decisión de no volver a aparecer como hombre público; mas mis principios han sofocado tales propósitos. Me tenéis ya en campaña para contribuir a que desaparezcan esos seres funestos que osadamente han despedazado los vínculos entre _el pueblo y las leyes_.
Las provincias litorales, después de un largo sufrimiento de humillaciones muy marcadas en obsequio de la paz, y de haber perdido todas esperanzas de una reconciliación fraternal y benéfica que consultase la libre existencia de todas, han puesto en acción sus recursos para guardar sus libertades y salvar las vuestras. Fieles y consecuentes a la amistad, han jurado que las armas que han empuñado no las depondrán hasta no dejar salva la patria, libres y en tranquilidad los pueblos oprimidos de la República Argentina.
Los instantes de crisis que apuntan el término de la existencia de los pérfidos anarquistas del 1.º de diciembre, que os han sumido en los males que os agobian, se dejan sentir ya manifiestamente.
Ejércitos respetables marchan en diferentes direcciones para combatir y destruir en todos puntos a los anarquizadores. El excelentísimo señor gobernador de Santa Fe, brigadier don _Estanislao López_, es el jefe que manda las fuerzas combinadas de los Gobiernos litorales aliados en perpetua federación, y que ya están en campaña. Una división de este ejército, a las órdenes del general don _Felipe Ibarra_, se interna a Santiago a engrosar las fuerzas que operan por esa parte, y el excelentísimo señor gobernador de la provincia de Buenos Aires, general don _Juan Manuel de Rosas_, se halla situado a los confines de su territorio por el Norte con un fuerte ejército de reserva. En fin: todo anuncia que ya podéis contaros en el número de los _hijos de la libertad_.
Estoy, pues, en campaña, mis amigos, al frente de una división del ejército combinado y a las órdenes del excelentísimo señor general en jefe, para redimiros del cautiverio. Marcho a protegeros y no a oprimiros. Vengo a haceros partícipes de los auspicios que os extienden las provincias litorales para aliviar vuestras desgracias, y a serviros de apoyo contra la crueldad y perfidia de vuestros opresores.
No trato de sorprenderos ni de llamaros en mi auxilio; lo primero sería engañaros; lo segundo, un insulto a la decisión con que constantemente se han mantenido las provincias por la causa de la libertad. Esta verdad se encuentra plenamente comprobada en el hecho mismo de que habéis formado tres ejércitos de hombres puramente voluntarios para sostener los derechos de los pueblos, sin haber tenido enganche que os halagase, ni la más remota esperanza del miserable celo del saqueo; la moral fué vuestra guía, y la seguisteis hasta la conclusión de los dos últimos ejércitos, que fueron tan desgraciados como feliz el primero. Si bien que vive vuestro amigo.--_San Luis, marzo 22 de 1831._--JUAN FACUNDO QUIROGA.
IV
PROCLAMA
EL GENERAL DE LA DIVISIÓN DE LOS ANDES A TODOS LOS HABITANTES DE LAS PROVINCIAS DE CUYO
MINISTROS DEL SANTUARIO: Elevad al Ser Supremo fervorosos sacrificios, y pedidle con la efusión de vuestros piadosos corazones que suspenda el azote de la guerra fratricida en que yace la República Argentina.
HONORABLES RR. DE LAS LEGISLATURAS PROVINCIALES: A vosotros toca el deber sagrado de dictar leyes análogas y benéficas al pueblo que os honró con tan alto cargo. La generosidad de los Gobiernos litorales, de esos padres de la República, que sin reparar en sacrificios os han puesto en plena libertad para ejercer vuestras funciones, no entre el estruendo de las armas, sino en el silencio y reposo de la más perfecta tranquilidad.
JEFES MILITARES: Respetad y obedeced la autoridad civil; estad siempre en vigilia para sostenerla contra todo aquél que intente derrocarla; éste es vuestro deber.
CIUDADANOS TODOS: Respetad la religión de nuestros padres y sus ministros, las leyes que nos rigen y las autoridades constituídas. Si así lo hiciereis, seréis felices y no tendréis motivo de arrepentimiento.
La división auxiliar de los Andes se retira de vuestro territorio, no al descanso de una vida privada, sino a continuar sus tareas contra los enemigos implacables de la libertad y de las leyes. Ella marchará de frente, pues no conoce peligro que la arredre; se ha propuesto dar libertad a las tres provincias oprimidas en el Norte o dejar de existir. Ella os deja libres del poder militar de los asesinos del 1.º de diciembre, y en esto mismo ha recibido la más grata recompensa a sus débiles esfuerzos. Que las tres provincias de Cuyo se mantengan en unión indisoluble y se sostengan mutuamente contra toda tentativa de los enemigos de su libertad es la aspiración y el más ardiente deseo del que os habla.
ENEMIGOS DE LA LIBERTAD NACIONAL: Sabed que desde el 23 de mayo del presente año, en que tuve pleno conocimiento de que vuestros partidarios cometieron el más horrendo, alevoso y negro crimen de asesinar al benemérito general don José Benito Villafañe, desenvainé mi espada contra vosotros, protesté que la justicia ocuparía el lugar de la misericordia, convencido que los delitos tolerados mil veces han sacrificado más víctimas que los suplicios ejecutados a su tiempo.
[** Symbol: pointing finger] _Temblad_, de cometer el más leve atentado. _Temblad_, si no respetáis las autoridades y las leyes. Y _temblad_, si no desistís de ese loco empeño de cautivar la libertad de los pueblos, mientras exista.--JUAN FACUNDO QUIROGA.--_San Juan, septiembre 7 de 1831._
PARTE SEGUNDA
DOCUMENTOS DEL AUTOR SOBRE EL «FACUNDO»
I
CARTA AL PROFESOR DON MATÍAS CALLANDRELLI, AUTOR DE UN DICCIONARIO ETIMOLÓGICO DE LA LENGUA CASTELLANA
Mi estimado señor:
Tengo el gusto, para satisfacer a su pedido, de enviarle un ejemplar de la _Vida de Facundo Quiroga_, reputado generalmente como el escrito más peculiar mío.
En cuanto a lenguaje, revisó esta última edición el hablista habanero Mantilla[40], hallando poco que corregir de los anteriores, y, según dijo, llamándole la atención la ocurrencia frecuente de locuciones anticuadas, pero castizas, que atribuía a mucha lectura de autores castellanos antiguos.
No siendo ésta la verdad, indiquele como causa que habiéndome criado en una provincia apartada y formándome sin estudios ordenados, la lengua de los conquistadores había debido conservarse allí más tiempo sin alteraciones sensibles, lo que corroboraba yo con muchos hechos, y aceptaba él como plausible, bien así como los ingleses insulares de hoy han hallado en Norteamérica locuciones que atraía Johnson y no conserva Webster en su Diccionario.
La corrección de pruebas de mis _Viajes_ la hizo don Juan M. Gutiérrez, de la Academia de la Lengua; y don Andrés Bello, igualmente académico, que gustaba mucho de _Recuerdos de provincia_ como lenguaje y como recuerdos de costumbres americanas, rechazaba por infundadas muchas de las correcciones de Villergas que la echaba de hablista y que encontró en la Habana a quien _parler_ en achaque de lengua castellana; pues es hoy un hecho conquistado que los mejores hablistas modernos son americanos, hecho reconocido por la Academia misma, acaso porque necesitan más estudios de la lengua los que viven fuera del centro que la vivifica, y están más influídos por los elementos extranjeros y extraños a su origen, que tienden a incorporársele.
Es lo más breve que puedo decirle para su dirección en el uso que quiera hacer de mis escritos, agradeciéndole cordialmente su buen deseo.
Tengo con este motivo el gusto de suscribirme su afectísimo amigo
D. F. SARMIENTO.
Buenos Aires, agosto 12 de 1881.
II
JUAN FACUNDO QUIROGA
ADVERTENCIA DEL AUTOR
Después de terminada la publicación de esta obra, he recibido de varios amigos rectificaciones de varios hechos referidos en ella. Algunas inexactitudes han debido necesariamente escaparse en un trabajo hecho de prisa, lejos del teatro de los acontecimientos, y sobre un asunto de que no se había escrito nada hasta el presente, al coordinar entre sí sucesos que han tenido lugar en distintas y remotas provincias, y en épocas diversas, consultando a un testigo ocular sobre un punto, registrando manuscritos formados a la ligera, o apelando a las propias reminiscencias, no es extraño que de vez en cuando el lector argentino eche de menos algo que él conoce o disienta en cuanto a algún nombre propio, una fecha, cambiados o puestos fuera de lugar.
Pero debo declarar que en los acontecimientos notables a que me refiero, y que sirven de base a las explicaciones que doy, hay una exactitud intachable de que responderán los documentos públicos que sobre ellos existen.
Quizá haya un momento en que, desembarazado de las preocupaciones que han precipitado la redacción de esta obrita, vuelva a refundirla en un plan nuevo, desnudándola de toda digresión accidental, y apoyándola en numerosos documentos oficiales, a que sólo hago ahora una ligera referencia.
1845
III
On ne tue point les idées.
FORTOUL.
A los hombres se les degüella; a las ideas, no.
A fines del año 1840 salía yo de mi patria, desterrado por lástima, estropeado, lleno de cardenales, puntazos y golpes recibidos el día anterior en una de esas bacanales sangrientas de soldadesca y mazorqueros. Al pasar por los baños de Zonda, bajo las armas de la patria que en días más alegres había pintado en una sala, escribí con carbón estas palabras:
_On ne tue point les idées._
El Gobierno, a quien se comunicó el hecho, mandó una comisión encargada de descifrar el jeroglífico, que se decía contener desahogos innobles, insultos y amenazas. Oída la traducción, «¡y bien!--dijeron--, ¿qué significa esto?»...
Significaba simplemente que venía a Chile donde la libertad brillaba aún, y que me proponía hacer proyectar los rayos de las luces de su Prensa hasta el otro lado de los Andes. Los que conocen mi conducta en Chile, saben si he cumplido aquella protesta.
IV
INTRODUCCIÓN A LA EDICIÓN DE 1845
«Je demande à l'historien l'amour de l'humanité ou de la liberté; sa justice impartiale ne doit être impassible. Il faut au contraire, qu'il souhaite, qu'il espérè, qu'il souffre, ou soit heureux de ce qu'il raconte.»
VILLEMAIN, _Cours de Littérature._
¡Sombra terrible de Facundo, voy a evocarte, para que, sacudiendo el ensangrentado polvo que cubre tus cenizas, te levantes a explicarnos la vida secreta y las convulsiones internas que desgarran las entrañas de un noble pueblo! Tú posees el secreto: ¡revélanoslo! Diez años aun después de tu trágica muerte, el hombre de las ciudades y el gaucho de los llanos argentinos, al tomar diversos senderos en el desierto, decían: «¡No!; ¡no ha muerto! ¡Vive aún! ¡El vendrá!» ¡Cierto! Facundo no ha muerto; está vivo en las tradiciones populares, en la política y revoluciones argentinas; en Rosas, su heredero, su complemento; su alma ha pasado a este otro molde más acabado, más perfecto; y lo que en él era sólo instinto, iniciación, tendencia, convirtióse en Rosas en sistema, efecto y fin. La naturaleza campestre, colonial y bárbara, cambióse en esta metamorfosis en arte, en sistema y en política regular capaz de presentarse a la faz del mundo como el modo de ser de un pueblo encarnado en un hombre que ha aspirado a tomar los aires de un genio que domina los acontecimientos, los hombres y las cosas. Facundo, provinciano, bárbaro, valiente, audaz, fué reemplazado por Rosas, hijo de la culta Buenos Aires, sin serlo él; por Rosas, falso, corazón helado, espíritu calculador, que hace el mal sin pasión, y organiza lentamente el despotismo con toda la inteligencia de un Maquiavelo. Tirano sin rival hoy en la tierra, ¿por qué sus enemigos quieren disputarle el título de grande que le prodigan sus cortesanos? Sí; grande y muy grande es, para gloria y vergüenza de su patria, porque si ha encontrado millares de seres degradados que se unzan a su carro para arrastrarlo por encima de cadáveres, también se hallan a millares las almas generosas que en quince años de lid sangrienta, no han desesperado de vencer al monstruo que nos propone el enigma de la organización política de la República. Un día vendrá; al fin, que lo resuelva; y la Esfinge Argentina, mitad mujer por lo cobarde, mitad tigre por lo sanguinario, morirá a sus plantas, dando a la Tebas del Plata el rango elevado que le toca entre las naciones del Nuevo Mundo.
Necesítase, empero, para desatar este nudo que no ha podido cortar la espada, estudiar prolijamente las vueltas y revueltas de los hilos que lo forman, y buscar en los antecedentes nacionales, en la fisonomía del suelo, en las costumbres y tradiciones populares, los puntos en que están pegados.
La República Argentina es hoy la sección hispanoamericana, que, en sus manifestaciones exteriores, ha llamado preferentemente la atención de las naciones europeas, que no pocas veces se han visto envueltas en sus extravíos, o atraídas, como por una vorágine, a acercarse al centro en que remolinean elementos tan contrarios. La Francia estuvo a punto de ceder a esta atracción, y no sin grandes esfuerzos de remo y vela, no sin perder el gobernalle, logró alejarse y mantenerse a la distancia. Sus más hábiles políticos no han alcanzado a comprender nada de lo que sus ojos han visto al echar una mirada precipitada sobre el poder americano que desafiaba a la gran nación. Al ver las lavas ardientes que se revuelcan, se agitan, se chocan bramando en este gran foco de lucha intestina, los que por más avisados se tienen, han dicho: es un volcán subalterno, sin nombre, de los muchos que aparecen en la América: pronto se extinguirá; y han vuelto a otra parte sus miradas, satisfechos de haber dado una solución tan fácil como exacta de los fenómenos sociales que sólo han visto en grupo y superficialmente. A la América del Sur en general, y a la República Argentina sobre todo, le ha hecho falta un Tocqueville, que, premunido del conocimiento de las teorías sociales, como el viajero científico de barómetros, octantes y brújulas, viniera a penetrar en el interior de nuestra vida política, como en un campo vastísimo y aun no explorado ni descrito por la ciencia, y revelase a la Europa, a la Francia, tan ávida de fases nuevas en la vida de las diversas porciones de la humanidad, este nuevo modo de ser que no tiene antecedentes bien marcados y conocidos.
Hubiérase entonces explicado el misterio de la lucha obstinada que despedaza a aquella República; hubiéranse clasificado distintamente los elementos contrarios, invencibles, que se chocan; hubiérase asignado su parte a la configuración del terreno y a los hábitos que ella engendra; su parte a las tradiciones españolas y a la conciencia nacional, íntima plebeya que han dejado la Inquisición y el absolutismo hispano; su parte a la influencia de las ideas opuestas que han trastornado el mundo político; su parte a la barbarie indígena; su parte a la civilización europea; su parte, en fin, a la democracia consagrada por la Revolución de 1810, a la igualdad, cuyo dogma ha penetrado hasta las capas inferiores de la sociedad.