Part 7
Pensaba en elegir la reina Muerte Un ministro de Estado[347]. Le quería de suerte Que hiciese floreciente su reinado. --El Tabardillo, Gota, Pulmonía, Y todas las demás enfermedades, Yo conozco, decía, Que tienen excelentes calidades. Mas ¿qué importa? La Peste[348], por ejemplo, Un ministro sería sin segundo; Pero ya por inútil la contemplo Habiendo tanto médico en el mundo. Uno de estos elijo... Mas no quiero, Que están muy bien premiados sus servicios Sin otra recompensa que el dinero[349].-- Pretendieron la plaza algunos vicios, Alegando en su abono mil razones. Consideró la reina su importancia, Y, después de maduras reflexiones, El empleo ocupó la Intemperancia.
FÁBULA XII
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El Amor y la Locura.
Habiendo la Locura Con el Amor reñido, Dejó ciego de un golpe Al miserable niño. Venganza pide al cielo Venus, ¡mas con qué gritos! Era madre y esposa, Con esto queda dicho. Queréllase á los dioses Presentando á su hijo: --¿De qué sirven las flechas, De qué el arco á Cupido, Faltándole la vista, Para asestar sus tiros? Quítensele las alas, Y aquel ardiente cirio, Si á su luz ser no pueden Sus vuelos dirigidos.-- Atendiendo á que el Ciego Siguiese su ejercicio, Y á que la delincuente Tuviese su castigo, Júpiter, presidente De la asamblea, dijo: --_Ordeno á la locura Desde este instante mismo, Que eternamente sea De Amor el lazarillo[350]._
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LIBRO SÉPTIMO
FÁBULA PRIMERA
El Raposo enfermo.
El tiempo, que consume de hora en hora Los fuertes murallones elevados, Y lo mismo devora Montes agigantados, Á un Raposo quitó de día en día Dientes, fuerza, valor, salud, de suerte Que él mismo conocía Que se hallaba en las garras de la muerte. Cercado de parientes y de amigos, Dijo en trémula voz y lastimera: --¡Oh vosotros, testigos De mi hora postrera, Atentos escuchad un desengaño! Mis ya pasadas culpas me atormentan, Ahora conjuradas en mi daño. ¿No véis cómo á mi lado se presentan? Mirad, mirad los gansos inocentes, Con su sangre teñidos, Y los pavos en partes diferentes Al furor de[351] mis garras divididos. Apartad esas aves que aquí veo, Y me piden sus pollos devorados; Su infernal cacareo[352] Me tiene los oídos penetrados.-- Los Raposos le afirman con tristeza (No sin lamerse labios y narices) --Tienes debilitada la cabeza, Ni una pluma se ve de cuanto dices. Y bien lo puedes creer que si se viese... --¡Oh glotones! callad: ya os entiendo, El enfermo exclamó: ¡si yo pudiese Corregir las costumbres cual pretendo! ¿No sentís que los gustos, Si son contra la paz de la conciencia, Se cambian en disgustos? Tengo de esta verdad gran experiencia. Expuestos á las trampas y á los perros, Matáis y perseguís á todo trapo[353] En la aldea gallinas, y en los cerros Los inocentes lomos del gazapo[354]. Moderad, hijos míos, las pasiones, Observad vida quieta y arreglada, Y con buenas acciones Ganaréis opinión muy estimada. --Aunque nos convirtamos en corderos, Le respondió un oyente sentencioso, Otros han de robar los gallineros[355] Á costa de la fama del Raposo. Jamás se cobra la opinión perdida: Esto es lo uno; á más, ¿usted pretende Que mudemos de vida? Quien malas mañas ha... ya usted me entiende. --Sin embargo, hermanito, crea, crea... El enfermo le dijo. ¡Mas qué siento!... ¿No oís que una gallina cacarea? Esto sí que no es cuento.-- Á Dios, sermón; escápase la gente. El enfermo orador esfuerza el grito: --¿Os váis, hermanos? Pues tened presente Que no me haría daño algún pollito.
FÁBULA II
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Las Exequias de la Leona.
En su regia caverna, inconsolable, El rey León yacía[356], Porque en el mismo día Murió (¡cruel dolor!) su esposa amable. Á palacio la corte toda llega, Y en fúnebre aparato se congrega. En la cóncava gruta resonaba Del triste rey el doloroso llanto. Allí los cortesanos entre tanto También gemían, porque el rey lloraba; Que si el viudo monarca se riera, La corte lisonjera Trocara en risa el lamentable paso. Perdone la difunta, voy al caso. Entre tanto sollozo El Ciervo no lloraba (yo lo creo), Porque lleno de gozo Miraba ya cumplido su deseo. La tal reina le había devorado Un hijo y la mujer al desdichado. El Ciervo, en fin, no llora; El concurso lo advierte, El monarca lo sabe, y en la hora Ordena con furor darle la muerte. --¿Cómo podré llorar, el Ciervo dijo, Si apenas puedo hablar de regocijo? Ya disfruta, gran rey, más venturosa Los elíseos campos vuestra esposa: Me lo ha revelado á la venida, Muy cerca de la gruta, aparecida: Me mandó lo callase algún momento[357], Porque gusta mostréis el sentimiento.-- Dijo así, y el concurso cortesano Aclamó por milagro la patraña[358]. El Ciervo consiguió que el soberano Cambiase en amistad su fiera saña. _Los que en la indignación han incurrido De los grandes señores, Á veces su favor han conseguido Con ser aduladores. Mas no por esto advierto Que el medio sea justo; pues es cierto Que á más príncipes vicia La adulación servil, que la malicia._
FÁBULA III
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El Poeta y la Rosa.
Una fresca mañana En el florido campo Un Poeta buscaba Las delicias de mayo. Al peso de las flores Se inclinaban los ramos, Como para ofrecerse Al huésped solitario. Una Rosa lozana, Movida al aire blando, Le llama, y él se acerca; La toma, y dice ufano: --Quiero, Rosa, que vayas No más que por un rato Á que la hermosa Clori[359] Te reciba en su mano. Mas no, no, pobrecita[360], Que si vas á su lado, Tendrás de su hermosura Unos celos amargos. Tu süave fragancia, Tu color delicado, El verdor de tus hojas, Y tus pimpollos caros Entre estas florecillas Pueden ser alabados; Mas junto á Clori bella Es locura pensarlo. Marchita, cabizbaja Te irías deshojando, Hasta parar tu vida En un desnudo cabo. La Rosa, que hasta entonces No despegó sus labios, Le dijo resentida: --Poeta chabacano, Cuando á un héroe quieras Coronar con el lauro, Del jardín de sus hechos Has de cortar los ramos. _Por labrar su corona_,[361] _No es justo que tus manos_ _Desnuden otras sienes_ _Que la virtud y el mérito adornaron._
FÁBULA IV
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El Buho y el Hombre.
Vivía en un granero retirado Un reverendo Buho, dedicado Á sus meditaciones, Sin olvidar la caza de ratones. Se dejaba ver poco, mas con arte: Al Gran Turco imitaba en esta parte. El dueño del granero Por azar advirtió que en un madero El pájaro nocturno Con gravedad estaba taciturno. El Hombre le miraba, se reía: --¡Qué carita de pascua! le decía. ¿Puede haber más ridículo visaje? Vaya, que eres un raro personaje. ¿Por qué no has de vivir alegremente Con la pájara gente[362], Seguir desde la aurora Á la turba canora De jilgueros, calandrias, ruiseñores, Por valles, fuentes, árboles y flores? --Piensas á lo vulgar: eres un necio, Dijo el solemne Buho con desprecio: --Mira, mira ignorante, Á la sabiduría en mi semblante; Mi aspecto, mi silencio, mi retiro Aun yo mismo lo admiro. Si rara vez me digno, como sabes, De visitar la luz, todas las aves Me siguen y rodean; desde luego Mi mérito conocen: no lo niego. --¡Ah, tonto, presumido! (El hombre dijo así) ten entendido Que las aves, muy lejos de admirarte, Te siguen y rodean por burlarte. De ignorante orgulloso te motejan, Como yo á aquellos hombres que se alejan Del trato de las gentes, Y con extravagancias diferentes Han llegado á doctores en la ciencia De ser sabios no más que en la apariencia. _De esta suerte de locos Hay hombres como buhos, y no pocos._
FÁBULA V
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La Mona.
Subió una Mona á un nogal Y cogiendo una nuez verde, En la cáscara la muerde; Con que la[363] supo muy mal. Arrojóla el animal, Y se quedó sin comer. _Así suele suceder_ _Á quien su empresa abandona,_ _Porque halla, como la Mona,_ _Al principio que vencer._
FÁBULA VI
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Esopo y un Ateniense.
Cercado de muchachos, Y jugando á las nueces, Estaba el viejo Esopo Más que todos alegre. --¡Ah pobre! ¡ya chochea! Le dijo un Ateniense. En respuesta el Anciano Coge un arco que tiene La cuerda floja, y dice: --Ea, si es que lo entiendes, Dime, ¿qué significa El arco de esta suerte?-- Lo examina el de Atenas, Piensa, cavila, vuelve, Y se fatiga en vano, Pues que no lo comprende. El Frigio[364] victorioso Le dijo:--Amigo, advierte, Que romperás el arco Si está tirante siempre: Si flojo, ha de servirte, Cuando tú lo quisieres. _Si al ánimo estudioso_ _Algún recreo dieren,_ _Volverá á sus tareas_ _Mucho más útilmente._
FÁBULA VII
Demetrio y Menandro.
_Si te falta el buen nombre, Fabio en vano presumes Que en el mundo te tengan por grande[365] hombre Si más que por tus galas y perfumes._ Demetrio el faleriano[366] se apodera De Atenas; y aunque fué con tiranía, De agradable manera Los del vulgo le aclaman á porfía. Los grandes y los nobles distinguidos Con fingido placer la mano besan Que los tiene oprimidos. Aun á los que en el ocio se embelesan, Y á la poltrona gente Los arrastra el temor al cumplimiento: Con ellos va Menandro juntamente, Dramático escritor de gran talento, Cuyas obras leyó, sin conocerle, Demetrio. Con perfumes olorosos Y pasos afectados entra: al verle Llegar entre los tardos perezosos, El nuevo arconte[367] prorrumpió enojado: --¿Con qué valor se pone en mi presencia Ese hombre afeminado? --Señor, le respondió la concurrencia, Es Menandro, el autor.--Al punto muda De semblante el tirano: Al escritor saluda, Y con grata expresión le da la mano.
FÁBULA VIII
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Las Hormigas.
Lo que hoy las hormigas son, Eran los hombres antaño: De lo propio y de lo extraño Hacían su provisión. Júpiter, que tal pasión Notó de siglos atrás, No pudiendo aguantar más, En Hormigas los transforma. _Ellos mudaron de forma. ¿Y de costumbres? Jamás._
FÁBULA IX
Los Gatos escrupulosos.
Á las once, y aun más de la mañana, La cocinera Juana, Con pretexto de hablar á la vecina, Se sale, cierra, y deja en la cocina _Á Micifuf_ y _Zapirón_ hambrientos. Al punto (pues no gastan cumplimientos Gatos enhambrecidos) Se avanzan á probar de los cocidos. --¡Fú, dijo _Zapirón_, maldita olla! ¡Cómo abrasa! Veamos esa polla Que está en el asador lejos del fuego.-- Ya también escaldado, desde luego Se arrima _Micifuf_, y en un instante Muestra cada trinchante[368] Que en el arte cisoria[369], sin gran pena, Pudiera dar lecciones á Villena. Concluído el asunto, El señor _Micifuf_ tocó este punto: _Utrum_[370], si se podía ó no en conciencia Comer el asador.--¡Oh qué demencia! (Exclamó _Zapirón_ en altos gritos) ¡Cometer el mayor de los delitos! ¿No sabes que el herrero Ha llevado por él mucho dinero, Y que, si bien la cosa se examina, Entre la batería de cocina[371] No hay un mueble más serio y respetable? Tu pasión te ha engañado, miserable.-- _Micifuf_ en efecto Abandonó el proyecto; Pues eran los dos Gatos De suerte timoratos Que si el diablo, tentando sus pasiones, Les pusiese asadores á millones, (No hablo yo de las pollas) ó me engaño, Ó no comieran uno en todo el año.
DE OTRO MODO.
¡Qué dolor! por un descuido _Micifuf_ y _Zapirón_ Se comieron un capón En un asador metido. Después de haberse lamido, Trataron en conferencia Si obrarían con prudencia En comerse el asador. _¿Lo comieron? No señor; Era caso de conciencia._
FÁBULA X
El Águila y la Asamblea de los animales.
Todos los Animales cada instante Se quejaban á Júpiter tonante De la misma manera Que si fuese un alcalde de montera[372]. El dios (y con razón) amostazado, Viéndose importunado, Por dar fin de una vez á las querellas, En lugar de sus rayos y centellas, De recetor[373] envia desde el cielo Al águila rapante, que de un vuelo En la tierra juntó los animales, Y expusieron en suma cosas tales[374]: Pidió el León la astucia del Raposo, Éste de aquél lo fuerte y valeroso; Envidia la Paloma al Gallo fiero; El Gallo á la Paloma en lo ligero; Quiere el Sabueso patas más felices, Y cuenta como nada sus narices. El Galgo lo contrario solicita; Y en fin (¡cosa inaudita!) Los peces, de las ondas ya cansados, Quieren poblar los bosques y los prados; Y las bestias, dejando sus lugares, Surcar las olas de los anchos mares. Después de oírlo todo, El Águila concluye de este modo: --«¿Ves, maldita caterva impertinente, Que entre tanto viviente De uno y otro elemento, Pues nadie está contento, No se encuentra feliz ningún destino? ¿Pues para qué envidiar el del vecino[375]?» Con solo este discurso Aun el bruto mayor de aquel concurso Se dió por convencido. _De modo que es sabido_ _Que ya sólo se matan los humanos_ _En_[376] _envidiar la suerte á sus hermanos._
FÁBULA XI
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La Paloma.
Un pozo pintado vió Una paloma sedienta[377]: Tiróse á él tan violenta, Que contra la tabla dió: Del golpe al suelo cayó, Y allí muere de contado. _De su apetito guiado. Por no consultar al juicio, Así vuela al precipicio El hombre desenfrenado._
FÁBULA XII
El Chivo afeitado.
--Vaya una quisicosa: Si aciertas, Juana hermosa, Cuál es el animal más presumido, Que rabia por hacerse distinguido Entre sus semejantes, Te he de regalar un par de guantes. No es el pavón[378], ni el gallo, Ni el león, ni el caballo, Y así no me fatigues con demandas.-- ¿Será tal vez... el mono?--Cerca le andas.-- ¿El mico?--Que te quemas: Pero no acertarás; no, no lo temas: Déjalo, no te canses el caletre Yo te diré cuál es: el _Petimetre_[379]. Este vano orgulloso Pierde tiempo, doblones y reposo En hacer distinguida su figura. No para en los adornos su locura: Hace estudio de gestos y de acciones Á costa de violentas _contorsiones_. De perfumes va siempre prevenido: No quiere oler á hombre ni en descuido[380]. Que mire, marche ó hable, En todo busca hacerse _remarcable_.[381] Y ¿qué consigue? Lo que todo necio: Cuanto más se distingue, más desprecio. En la historia siguiente yo me fundo: Un Chivo, como muchos en el mundo, Vano extremadamente, Se miraba al espejo de una fuente. --«¡Qué lástima, decía, Que esté mi juventud y lozanía Por siempre disfrazada Debajo de esta barba tan poblada! Y ¿cuándo? cuando en todas las naciones No tienen ni aun bigotes los varones; Pues ya cuentan que son los moscovitas[382], Si barbones ayer, hoy señoritas. ¡Qué cabrunos estilos tan groseros! Á bien que estoy en tierra de barberos.»-- La historia fué en Tetuán, y todo el día La barberil guitarra se sentía. El Chivo fué guiado de su tono[383] Á la tienda de un mono, Barberillo afamado, Que afeitó al señorito de contado. Sale barbilampiño[384] á la campaña; Al ver una figura tan extraña, No hubo perro ni gato Que no le hiciera burla al mentecato. Los chivos le desprecian, de manera Que no hay más que decir (¡quién lo creyera!) Un respetable Macho Dicen que se rió como un muchacho.
LIBRO OCTAVO
FÁBULA PRIMERA
El Naufragio de Simónides.
Á ELISA
En tanto que tus vanas compañeras, Cercadas de galanes seductores, Escuchan placenteras En la escuela de Venus los amores; Elisa, retirada te contemplo De la diosa Minerva al sacro templo[385]. Ni eres menos donosa, Ni menos agraciada, Que Clori, ponderada De gentil y de hermosa; Pues, Elisa divina, ¿por qué quieres Huir en tu retiro los placeres? ¡Oh sabia, qué bien haces En estimar en poco la hermosura, Los placeres fugaces, El bien que sólo dura Como rosa que el ábrego marchita! Tu prudencia infinita Busca el sólido bien y permanente En la virtud y ciencia solamente. Cuando el tiempo implacable, con presteza, Ó los males tal vez inopinados, Se lleven la hermosura y gentileza, Con lágrimas estériles llorados Serán aquellos días que se fueron, Y á juegos vanos tus amigas dieron; Pero á tu bien[386] estable No hay tiempo ni accidente que consuma: Siempre serás feliz, siempre estimable. Eres sabia, y en suma Este bien de la ciencia no perece: Oye cómo esta fábula lo explica, Que mi respeto á tu virtud dedica. Simónides en Asia se enriquece Cantando á justo precio los loores De algunos generosos vencedores. Este sabio poeta, con deseo De volver á su amada patria, Ceo, Se embarca, y en la mar embravecida Fué la mísera nave sumergida. De la gente á las ondas arrojada Sale quien diestro nada; Y el que nadar no sabe, Fluctúa en las reliquias[387] de la nave. Pocos llegan á tierra afortunados Con las náufragas tablas abrazados. Todos cuantos el oro recogieron, Con el peso abrumados perecieron. Á Clezémone van: allí vivía Un varón literato, que leía Las obras de Simónides, de suerte Que, al conversar los náufragos, advierte Que Simónides habla, y en su estilo Le conoce, le presta todo asilo[388], De vestidos, criados y dineros; Pero á sus compañeros Les quedó solamente por sufragio Mendigar con la tabla del naufragio.
FÁBULA II
El Filósofo y la Pulga.
Meditando á sus solas cierto día, Un pensador Filósofo, decía: «--El jardín adornado de mil flores, Y diferentes árboles mayores, Con su fruta sabrosa enriquecidos, Tal vez entretejidos Con la frondosa vid que se derrama Por una y otra rama, Mostrando á todos lados Las peras y racimos desgajados, Es cosa destinada solamente Para que la disfruten libremente La oruga, el caracol, la mariposa: No se persuaden ellos otra cosa. Los pájaros sin cuento, Burlándose del viento, Por los aires sin dueño van girando. El milano cazando Saca la consecuencia: Para mí los crió la Providencia. El cangrejo, en la playa envanecido, Mira los anchos mares, persuadido[389] Á que las olas tienen por empleo Sólo satisfacerle su deseo; Pues cree que van y vienen tantas veces Por dejarle en la orilla ciertos peces. No hay, prosigue el Filósofo profundo, Animal sin orgullo en este mundo: El hombre solamente Puede en esto alabarse justamente. Cuando yo me contemplo colocado En la cima de un risco agigantado, Imagino que sirve á mi persona Todo el cóncavo cielo de corona. Veo á mis pies los mares espaciosos, Y los bosques umbrosos Poblados de animales diferentes: Las escamosas gentes[390], Los brutos, y las fieras Y las aves ligeras, Y cuanto tiene aliento En la tierra, en el agua y en el viento; Y digo finalmente: todo es mío; ¡Oh grandeza del hombre y poderío!» Una Pulga que oyó con gran cachaza Al Filósofo maza[391] Dijo:--Cuando me miro en tus narices, Como tú sobre el risco que nos dices, Y contemplo á mis pies aquel instante[392] Nada menos que al hombre dominante, Que manda en cuanto encierra El agua, viento y tierra, Y que el tal poderoso caballero De alimento me sirve cuando quiero, Concluyo finalmente: todo es mío; ¡Oh grandeza de Pulga y poderío! Así dijo, y saltando, se le ausenta[393]. _De este modo se afrenta Aun al más poderoso, Cuando se muestra vano y orgulloso._
FÁBULA III
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El Cazador y los Conejos.
Poco antes que esparciese Sus cabellos en hebras El rubicundo Apolo[394] Por la faz de la tierra, De cazador armado Al soto Fabio llega. Por el nudoso tronco De cierta encina vieja Sube, para ocultarse En las ramas espesas. Los incautos Conejos Alegres se le acercan: Uno del verde prado Igualaba la hierba; Otro, cual jardinero, Las florecillas riega: El tomillo y romero Éste y aquél cercenan. Entre tanto, al más gordo Fabio su tiro asesta: Dispara, y al estruendo Se meten en sus cuevas[395] Tan repentinamente, Que á muchos pareciera Que, salvo el muerto, á todos Se los tragó la tierra. ¿Después de tal espanto Habrá alguno que crea Que de allí á poco rato La tímida caterva, Olvidando el peligro, Al riesgo se presenta? _Cosa extraña parece, Mas no se admiren de ella: ¿Acaso los humanos Obran de otra manera?_
FÁBULA IV
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El Filósofo y el Faisán.
Llevado de la dulce melodía Del cántico variado y delicioso, Que en un bosque frondoso Las aves forman saludando al día, Entró cierta mañana Un Sabio en los dominios de Diana. Sus pasos esparcieron el espanto En la agradable estancia: Interrúmpese el canto; Las aves vuelan á mayor distancia; Todos los animales, asustados, Huyen delante de él precipitados; Y el Filósofo queda Con un triste silencio en la arboleda. Marcha con cauto paso ocultamente, Descubre sobre un árbol eminente Á un Faisán rodeado de su cría, Que con amor materno la[396] decía: --Hijos míos, pues ya que en mis lecciones Largamente os hablé de los milanos, De los buitres y halcones, Hoy hemos de tratar de los humanos. La oveja en leche y lana Da abrigo y alimento Para la raza humana; Y en agradecimiento Á tan gran bienhechora, La mata el hombre mismo y la devora. A la abeja, que labra sus panales Artificiosamente, La[397] roba, come, vende sus caudales, Y la[398] mata en ejércitos su gente. ¿Qué recompensa en suma Consigue al fin el ganso miserable Por el precioso bien incomparable De ayudar á las ciencias con su pluma[399]? Le da muerte temprana el hombre ingrato Y hace de su cadáver un gran plato. Y pues que los humanos son peores Que milanos y azores, Y que toda perversa criatura, Huiréis con horror de su figura.-- Así charló[400], y el hombre se presenta. --Ése es, grita la madre; y al instante La familia volante Se desprende del árbol y se ausenta. ¡Oh cómo habló el Faisán! ¡_Mas, que dijera_, El filósofo exclama, _si supiera Que en sus propios hermanos La ingratitud ejercen los humanos!_
FÁBULA V
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El Zapatero médico.