Fábulas

Part 5

Chapter 53,570 wordsPublic domain

Así decía cierta Comadreja Á un Hombre que la había aprisionado: --¿Por qué no me dejáis[239]? ¿Os he yo dado Motivo de disgusto ni de queja? ¿No soy la que desvanes y rincones, Tu casa toda, cual si fuese mía, Cuidadosa registro noche y día, Para que vivas libre de ratones?-- --¡Gran fineza por cierto! El Hombre respondió: pues di, ladrona, Si tu glotonería no perdona Ni á ratón vivo, ni á cochino muerto, Ni á cuanto guardan ruines despenseras, ¿Cómo he de creer que tu cuidado apura Por mi bien los ratones? ¡Qué locura! No tendría yo malas tragaderas[240]: Morirás. _Y el astuto que pretenda Vender como fineza lo que ha hecho Sin mirar á más fin que á su provecho, Sabra que hay en el mundo quien lo entienda._

FÁBULA XX

Batalla de las Comadrejas y los Ratones.

Vencidos los Ratones, Huían con presteza De una atroz, enemiga Tropa de Comadrejas. Marchaban con desorden, Que, cuando el miedo reina, Es la confusión sola El jefe que gobierna. Llegaron presurosos Á sus angostas cuevas, Logrando los soldados Entrar á duras penas; Pero los capitanes[241], Que en las estrechas puertas Quedaron atascados Sin ninguna defensa, Á causa de unos cuernos Puestos en las cabezas, Para ser de sus tropas Vistos en la refriega, Fueron las desdichadas Víctimas de la guerra; Haciendo de sus cuerpos Pasto las Comadrejas. _¡Cuántas veces los hombres Distinciones anhelan, Y suelen ser la causa De sus desdichas ellas[242]! Si Júpiter dispara Sus rayos á la tierra, Antes que á las cabañas, Á los palacios y á las torres llegan._

FÁBULA XXI

El León y la Rana.

Una lóbrega noche silenciosa, Iba un León horroroso, Con mesurado paso majestuoso Por una selva: oyó una voz ruidosa, Que con tono molesto y continuado Llamaba la atención, y aun el cuidado Del reinante[243] animal, que no sabía De qué bestia feroz quizá saldría Aquella voz, que tanto más sonaba Cuanto más en silencio todo estaba. Su Majestad leonesa La selva toda registrar procura; Mas nada encuentra con la noche obscura, Hasta que pudo ver, ¡oh qué sorpresa! Que sale de un estanque, á la mañana, La tal bestia feroz, y era una Rana. _Llamará la atención de mucha gente El charlatán con su manía loca; Mas ¿qué logra, si al fin verá el prudente Que no es sino una Rana, todo boca[244]?_

FÁBULA XXII

El Ciervo y los Bueyes.

Con inminente riesgo de la vida Un ciervo se escapó de la batida, Y en la quinta cercana de repente Se metió en el establo incautamente. Dícele un Buey:--¿Ignoras, desdichado, Que aquí viven los hombres? ¡ah cuidado! Detente, y hallarás tanto reposo, Como perdiz en boca de raposo. El Ciervo respondió:--Pero, no obstante, Dejadme descansar algún instante, Y en la ocasión primera Al bosque espeso emprendo mi carrera. Oculto en el ramaje permanece: Á la noche el boyero se aparece, Al ganado reparte el alimento: Nada divisa; sálese al momento. El mayoral y los criados entran, Y tampoco lo encuentran. Libre de aquel apuro, El Ciervo se contaba por seguro; Pero el Buey más anciano Le dice:--Qué ¿te alegras tan temprano? Si el amo llega, lo perdiste todo: Yo le llamo _Cienojos_[245] por apodo; Mas chitón, que ya viene.-- Entra _Cienojos_, todo lo previene; Á los rústicos dice:--No hay consuelo: Las colleras tiradas por el suelo, Limpio el pesebre, pero muy de paso, El ramaje muy seco y más escaso; Seor[246] mayoral, ¿es éste buen gobierno? En esto mira al enramado cuerno Del triste Ciervo: grita, acuden todos Contra el pobre animal de varios modos; Y á la rústica usanza Se celebró la fiesta de matanza. _Esto quiere decir que el amo bueno No se debe fiar del ojo ajeno[247]._

FÁBULA XXIII

Los Navegantes.

Lloraban unos tristes pasajeros, Viendo su pobre nave combatida De recias olas y de vientos fieros, Ya casi sumergida; Cuando súbitamente El viento calma, el cielo se serena, Y la afligida gente Convierte en risa la pasada pena. Mas el piloto estuvo muy sereno, Tanto en la tempestad como en bonanza; _Pues sabe que lo malo y que lo bueno Está sujeto á súbita mudanza_[248].

FÁBULA XXIV

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El Torrente y el Río.

Despeñado un Torrente De un encumbrado cerro[249], Caía en una peña, Y atronaba el recinto con su estruendo. Seguido de ladrones Un triste pasajero, Despreciando el ruido, Atravesó el raudal sin desaliento; Que es común en los hombres Poseídos del miedo, Para salvar la vida, Exponerla tal vez á mayor riesgo. Llegaron los bandidos, Practicaron lo mesmo[250] Que antes el caminante, Y fueron en su alcance y seguimiento. Encontró el miserable De allí á muy poco trecho Un río caudaloso[251], Que corría apacible y con silencio. Con tan buenas señales, Y el próspero suceso Del raudal bullicioso, Determinó vadearle sin recelo; Mas apenas dió un paso, Pagó su desacuerdo[252], Quedando sepultado En las aleves aguas sin remedio _Temamos los peligros_ _De designios secretos;_ _Que el ruidoso aparato,_ _Si no se desvanece, anuncia el riesgo_[253].

FÁBULA XXV

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El León, el Lobo y la Zorra.

Trémulo y achacoso[254] Á fuerza de años un León estaba: Hizo venir los médicos ansioso, Por ver si alguno de ellos le curaba. De todas las especies y regiones Profesores llegaban á millones. Todos conocen incurable el daño, Ninguno al rey propone el desengaño; Cada cual sus remedios le procura, Como si la vejez tuviese cura. Un Lobo cortesano, Con tono adulador y fin torcido, Dijo á su soberano: --He notado, señor, que no ha asistido La Zorra, como médico, al congreso; Y pudiera esperarse buen suceso De su dictamen en tan grave asunto.-- Quiso su Majestad que luego al punto Por la posta viniese: Llega, sube á palacio; y como viese Al Lobo su enemigo, ya instruída De que él era el autor de su venida, Que ella excusaba cautelosamente, Inclinándose al rey[255] profundamente, Dijo:--Quizá[256], señor, no habrá faltado Quien haya mi tardanza acriminado; Mas será porque ignora Que vengo de cumplir un voto ahora, Que por vuestra salud tenía hecho; Y para más provecho, En mi viaje traté gentes[257] de ciencia Sobre vuestra dolencia. Convienen pues los grandes profesores En que no tenéis vicio en los humores; En que sólo los años han dejado El calor natural algo apagado; Pero éste se recobra y vivifica, Sin fastidio, sin drogas de botica, Con un remedio simple, liso y llano, Que vuestra Majestad tiene en la mano. Á un Lobo vivo arránquenle el pellejo; Haced que os lo apliquen al instante, Y por más que estéis débil, flaco, viejo, Os sentiréis robusto y rozagante, Con apetito tal, que sin esfuerzo, El mismo Lobo os servirá de almuerzo. Convino el rey, y, entre el furor y el hierro, Murió el infeliz Lobo como un perro. _Así viven y mueren cada día_ _En su guerra interior los palaciegos_[258], _Que con la emulación rabiosa ciegos,_ _Al degüello se tiran á porfia._ _Tomen esta lección muy oportuna:_ _Lleguen á la privanza, en hora buena;_ _Mas labren su fortuna_ _Sin cimentarla en la desgracia ajena._

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LIBRO QUINTO

FÁBULA PRIMERA

Los Ratones y el Gato.

_Marramaquiz_, gran Gato, De nariz roma, pero largo olfato, Se metió en una casa de Ratones. En uno de sus lóbregos rincones Puso su alojamiento: Por delante de sí de ciento en ciento Les dejaba por gusto libre el paso, Como hace el bebedor que mira al vaso; Y ensanchando así más sus tragaderas[259], Al fin los elegía como peras. Éste fué su ejercicio cotidiano; Pero tarde ó temprano Al fin ya los Ratones conocían Que por instantes se disminuían. Don _Roepán_[260], cacique el más prudente[261] De la ratona[262] gente, Con los suyos formó pleno consejo, Y dijo así con natural despejo: Supuesto, hermanos, que el sangriento bruto Que metidos nos tiene en llanto y luto, Habita el cuarto bajo, Sin que pueda subir ni aun con trabajo Hasta nuestra vivienda, es evidente Que se atajará el daño solamente Con no bajar allá de modo alguno. El medio pareció muy oportuno: Y fué tan observado, Que ya _Marramaquiz_, el muy taimado, Metido por el hambre en calzas prietas[263], Discurrió entre mil tretas La de colgarse por los pies de un palo Haciendo el muerto[264]: no era el ardid malo. Pero don _Roepán_ luego que advierte Que su enemigo estaba de tal suerte, Asomando el hocico á su agujero: --¡Hola!, dice; ¿qué es eso, caballero? ¿Estás muerto de burlas, ó de veras? Si es lo que yo recelo, en vano esperas: Pues no nos contaremos ya seguros, Aun sabiendo de cierto Que eres, á más á más de gato muerto, Gato relleno ya de pesos duros[265]. _Si alguno llega con astuta maña, Y una vez nos engaña, Es cosa muy sabida Que puede, algunas veces, El huir de sus trazas y dobleces Valernos nada menos que la vida._

FÁBULA II

El Asno y el Lobo.

Un Burro cojo vió que le seguía Un Lobo cazador, y no pudiendo Huir de su enemigo, le decía: --Amigo Lobo, yo me estoy muriendo: Me acaban por instantes los dolores De este maldito pie de que cojeo: Si yo no me valiese de herradores, No me vería así como me veo; Y pues fallezco, sé caritativo: Sácame con los dientes este clavo, Muera yo sin dolor tan excesivo, Y cómeme después de cabo á rabo. --¡Oh! dijo el cazador con ironía, Contando con la presa ya en la mano, No solamente sé la anatomía, Sino que soy perfecto cirujano. El caso es para mí una patarata[266]; La operación no más que de un momento: Alargue bien la pata, Y no se me acobarde, buen Jumento. Con su estuche molar desenvainado El nuevo profesor llega al doliente; Mas éste le dispara de contado Una coz que le deja sin un diente. Escapa el cojo; pero el triste herido Llorando se quedó su desventura. «¡Ay infeliz de mí! bien merecido El pago tengo de mi gran locura. Yo siempre me llevé el mejor bocado En mi oficio de Lobo carnicero; Pues si pude vivir tan regalado, Á qué meterme ahora á curandero[267]?» _Hablemos en razón: no tiene juicio Quien deja el propio por ajeno oficio._

FÁBULA III

El Asno y el Caballo.

Iban, mas no sé á dónde ciertamente, Un Caballo y un Asno juntamente: Éste cargado, pero aquél sin carga. El grave peso, la carrera larga, Causaron al Borrico tal fatiga, Que la necesidad misma le obliga Á dar en tierra.--Amigo compañero, No puedo más, decía; yo me muero: Repartamos la carga, y será poca; Si no, se me va el alma por la boca. Dice el otro:--Revienta en hora buena; ¿Por eso he de sufrir la carga ajena? Gran bestia seré yo, si tal hiciere. Miren, y ¡qué Borrico se me muere! Tan justamente se quejó el Jumento, Que expiró[268] el infeliz en el momento. El Caballo conoce su pecado, Pues tuvo que llevar mal de su grado Los fardos y aparejos todo junto; Ítem más, el pellejo del difunto. _Juan, alivia en sus penas al vecino; Y él, cuando tú las tengas, déte ayuda. Si no lo hacéis así, temed sin duda Que seréis el Caballo y el Pollino._

FÁBULA IV

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El Labrador y la Providencia.

Un labrador cansado En el ardiente estío[269] Debajo de una encina Reposaba pacífico y tranquilo. Desde su dulce estancia Miraba agradecido El bien con que la tierra Premiaba sus penosos ejercicios[270]. Entre mil producciones, Hijas de su cultivo, Veía calabazas, Melones por los suelos esparcidos. --«¿Por qué la Providencia, Decía entre sí mismo, Puso á la ruin bellota En elevado preeminente sitio? ¿Cuánto mejor sería, Que trocando el destino, Pendiesen de las ramas Calabazas, melones y pepinos?» Bien oportunamente, Al tiempo que esto dijo, Cayendo una bellota, Le pegó en las narices de improviso. --«Pardiez, prorrumpió entonces El Labrador sencillo, Si lo que fué bellota, Algún gordo melón hubiera sido, Desde luego pudiera Tomar á buen partido, En caso semejante Quedar desnarigado, pero vivo. _Aquí la Providencia Manifestarle quiso Que supo á cada cosa Señalar sabiamente su destino. Á mayor[271] bien del hombre Todo está repartido; Preso el pez en su concha[272], Y libre por el aire el pajarillo._

FÁBULA V

El Asno vestido de León[273].

Un Asno disfrazado Con una grande piel[274] de León andaba; Por su temible aspecto casi estaba Desierto el bosque, solitario el prado. Pero quiso el destino, Que le llagase á ver desde el molino La punta de una oreja el molinero. Armado entonces de un garrote fiero, Dale de palos, llévalo á su casa; Divúlgase al contorno[275] lo que pasa; Llegan todos á ver en el instante Al que habían temido León reinante; Y haciendo mofa de su idea necia, Quien más le respetó, más le desprecia. _Desde que oi del Asno contar esto, Dos ochavos apuesto, Si es que Pedro Fernández[276] no se deja De andar con el disfraz de caballero, A vueltas del vestido y el sombrero[277], Que le han de ver la punta de la oreja._

FÁBULA VI

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La Gallina de los Huevos de oro.

Érase[278] una Gallina que ponía Un huevo de oro al dueño cada día. Aun con tanta ganancia mal contento, Quiso el rico avariento Descubrir de una vez la mina de oro, Y hallar en menos tiempo más tesoro. Matóla, abrióla[279] el vientre de contado; Pero después de haberla registrado, ¿Qué sucedió? que muerta la Gallina, Perdió su huevo de oro y no halló mina. _¡Cuántos hay que teniendo lo bastante, Enriquecerse quieren al instante, Abrazando proyectos, A veces de tan rápidos efectos, Que sólo en pocos meses, Cuando se contemplaban ya marqueses, Contando sus millones, Se vieron en la calle sin calzones[280]!_

FÁBULA VII

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Los Cangrejos.

Los más autorizados, los más viejos De todos los Cangrejos, Una gran asamblea celebraron. Entre los graves puntos que trataron, Á propuesta de un docto presidente, Como resolución la más urgente, Tomaron la que sigue:--pues que al mundo Estamos dando ejemplo sin segundo El más vil y grosero En andar hacia atrás como el soguero[281]; Siendo cierto también que los ancianos, Duros de pies y manos, Causándonos los años pesadumbre, No podemos vencer nuestra costumbre: Toda madre, desde este mismo instante, Ha de enseñar á andar hacia adelante Á sus hijos; y dure la enseñanza Hasta quitar del mundo tal usanza. --«Garras á la obra[282], dicen las maestras Que se creían diestras»; Y sin dejar ninguno, Ordenan á sus hijos uno á uno Que muevan sus patitas blandamente Hacia adelante sucesivamente. Pasito á paso, al modo que podían, Ellos obedecían; Pero, al ver á sus madres, que marchaban Al revés de lo que ellas enseñaban, Olvidando los nuevos documentos[283], Imitaban sus pasos más contentos. Repetían las madres sus lecciones; Mas no bastaban teóricas razones, Porque obraba en los jóvenes Cangrejos Sólo un ejemplo más que mil consejos. Cada maestra[284] se aflige y desconsuela, No pudiendo hacer práctica su escuela. De modo que en efecto Abandonaron todas el proyecto. Los magistrados saben el suceso, Y en su pleno congreso La nueva ley al punto derogaron, Porque se aseguraron De que en vano intentaban la reforma, Cuando ellos no sabían ser la norma. _Y es así, que la fuerza de las leyes Suele ser el ejemplo de los reyes._

FÁBULA VIII

Las Ranas sedientas.

Dos Ranas que vivían juntamente, En un verano ardiente Se quedaron en seco en su laguna: Saltando aquí y allí, llegó la una Á la orilla de un pozo. Llena entonces de gozo, Gritó á su compañera: --Ven y salta ligera. Llegó, y estando entrambas á la orilla, Notando como grande maravilla Entre los agostados[285] juncos y heno El fresco pozo casi de agua lleno, Prorrumpió la primera:--¿Á qué esperamos, Que no nos arrojamos Al agua que apacible nos convida? La segunda responde:--Inadvertida, Yo tengo igual deseo; Pero pienso y preveo Que, aunque es fácil al pozo nuestra entrada, La agua[286], con los calores exhalada, Según vaya faltando, Nos irá dulcemente sepultando; Y al tiempo que salir solicitemos, En la Estigia laguna nos veremos. _Por consultar al gusto solamente, Entra en la nasa el pez incautamente; El pájaro sencillo en la red queda; ¡Y en qué lazos el hombre no se enreda!_

FÁBULA IX

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El Cuervo y el Zorro.

En la rama de un árbol, Bien ufano y contento, Con un queso en el pico Estaba el señor Cuervo. Del olor atraído Un Zorro muy maestro, Le dijo estas palabras Á poco más ó menos: --Tenga usted buenos días[287], Señor Cuervo, mi dueño: ¡Vaya! que estáis donoso, Mono, lindo en extremo. Yo no gasto lisonjas, Y digo lo que siento, Que si á tu bella traza Corresponde el gorjeo, Juro á la diosa Ceres, Siendo testigo el cielo, Que tú serás el fénix[288] De sus vastos imperios. Al oír un discurso Tan dulce y halagüeño, De vanidad llevado Quiso cantar el Cuervo. Abrió su negro pico,-- Dejó caer el queso. El muy astuto Zorro, Después de haberlo preso[289], Le dijo:--Señor bobo, Pues sin otro alimento Quedáis con alabanzas Tan hinchado y repleto, Digerid las lisonjas, Mientras digiero el queso. _Quien oye aduladores, Nunca espere otro premio._

FÁBULA X

Un Cojo y un Picarón[290].

Á un buen Cojo un descortés Insultó atrevidamente: Oyólo pacientemente Continuando su carrera, Cuando al son de la cojera Dijo el otro: Una, dos, tres, Cojo es. Oyólo el Cojo; aquí fué[291] Donde el buen hombre perdió Los estribos, pues le dió Tanta cólera y tal ira, Que la muleta le tira, Quedándose, ya se ve, Sobre un pie. --Sólo el no poder correr Para darte el escarmiento, Dijo el Cojo, es lo que siento, Que este mal no me atormenta: _Porque al hombre sólo afrenta, Lo que supo merecer, Padecer._

FÁBULA XI

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El Carretero y Hércules.

En un atolladero El carro se atascó de Juan Regaña[292]; Él á nada se mueve ni se amaña, Pero jura muy bien: ¡gran carretero! Á Hércules invocó y el dios le dice: --Aligera la carga, ceja un tanto; Quita ahora ese canto; ¿Está?--Sí, le responde, ya lo hice. --Pues enarbola el látigo, y con eso Puedes ya caminar.--De esta manera, Arreando á la Mohina y la Roncera, Salió Juan con su carro del suceso[293]. _Si haces lo que estuviere de tu parte, Pide al cielo favor: ha de ayudarte[294]._

FÁBULA XII

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La Zorra y el Chivo.

Una Zorra cazaba; Y al seguir á un gazapo, Entre aquí se escabulle, allí lo atrapo, En un pozo cayó que al paso estaba. Cuando más la afligía su tristeza, Por no hallar la infeliz salida alguna, Vió asomarse al brocal por su fortuna Del Chivo padre la gentil cabeza. --¿Qué tal? dijo el barbón, ¿la agua[295] es salada? --Es tan dulce, tan fresca y deliciosa, Respondió la Raposa, Que en el tal pozo estoy como encantada. Al agua el Chivo se arrojó sediento: Monta sobre él la Zorra, de manera Que, haciendo de sus cuernos escalera, Pilla el brocal y sale en el momento. Quedó el pobre atollado ¡cosa dura! _¿Mas quién podrá á la Zorra dar castigo_ _Cuando el hombre, aun á costa de su amigo,_ _Del peligro mayor salir procura?_

FÁBULA XIII

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El Lobo, la Zorra y el Mono juez.

Un Lobo se quejó criminalmente De que una Zorra astuta le robase. El Mono juez, como ella lo negase, Dejólos alegar prolijamente. Enterado, pronuncia la sentencia: --No consta que te falte nada, Lobo; Y tú, Raposa, tú tienes el robo:-- Dijo, y los despidió de su presencia. Esta contradicción es cosa buena, La dijo el docto Mono con malicia. _Al perverso su fama le condena, Aun cuando alguna vez pida justicia._

FÁBULA XIV

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Los dos Gallos.

Habiendo á su rival vencido un Gallo, Quedó entre sus gallinas victorioso, Más grave, más pomposo Que el mismo Gran Sultán en su serrallo[296]. Desde un alto pregona vocinglero Su gran hazaña: el gavilán lo advierte, Le pilla, le arrebata y por su muerte, Quedó el rival señor del gallinero. _Consuele al abatido tal mudanza: Sirva también de ejemplo[297] á los mortales Que se juzgan exentos de los males, Cuando se ven en próspera bonanza._

FÁBULA XV

La Mona y la Zorra.

En visita una Mona Con una Zorra estaba cierto día, Y así ni más ni menos la[298] decía: --Por mi fe que tenéis bella persona[299], Gallardo talle, cara placentera, Airosa en el andar, como vos sola: Y á no ser tan disforme vuestra cola, Seríais en lo hermoso la primera. Escuchad un consejo, Que ha de ser á las dos muy importante: Yo os la he de cortar, y lo restante Me lo acomodaré por zagalejo[300]. _Abrenuncio_[301], la Zorra le responde: Es cosa para mí menos amarga Barrer el suelo con mi cola larga, Que verla por pañal bien sé yo donde. _Por ingenioso que el necesitado_ _Sea para pedir al avariento,_ _Este será de superior talento_ _Para negarse á dar de lo sobrado._

FÁBULA XVI

La Gata mujer[302].

_Zapaquilda_ la bella Era Gata doncella Muy recatada, no menos hermosa: Queríala su dueño por esposa Si Venus consintiese, Y en mujer á la Gata convirtiese. De agradable manera Vino en ello la diosa placentera; Y ved á _Zapaquilda_ en un instante Hecha moza gallarda, rozagante. Celébrase la boda; Estaba ya la sala nupcial toda De un lucido concurso coronada; La novia relamida, almidonada Junto al novio galán enamorado; Todo brillantemente preparado; Cuando quiso la diosa Que cerca de la esposa Pasase un ratoncillo de repente. Al punto que le ve, violentamente, Á pesar del concurso y de su amante, Salta, corre tras él, y échale el guante. _Aunque del valle humilde á la alta cumbre_ _Inconstante nos mude la Fortuna,_ _La propensión del natural es una_ _En todo estado, y más con la costumbre._[303]

FÁBULA XVII

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La Leona y el Oso.