Fabiana y las demás...

Chapter 3

Chapter 33,364 wordsPublic domain (Wikisource)

La noche avanzaba, y como siempre, como todos los días, como todas las horas, la señorita Bernys hacía remolinos con sus pensamientos. Había notado en las últimas semanas un silencio inexplicable en cada uno de los que trabajaban en la oficina donde ella era la jefe. Sin los comentarios acostumbrados, envueltos en protestas y en desacuerdos, se concretaban a cumplir las órdenes que les daba. Desde que había sino nombrada titular de aquella dirección, los asuntos marchaban de manera regular y la burocracia instituida había sido derrumbada. El seor ministro personalmente la había visitado para felicitarla por la inteligencia con a que había logrado llevar los asuntos relativos a esa tarde la institución que él presidio. De tal manera el trabajo se había simplificado que se encontraban totalmente eliminados los engorrosos trámites para cualquier documentación. Las antiguas formaciones interminables, los amontonamientos sudorosos, el griterío de quienes acudían a las ventanillas para arreglar sus asuntos y no eran atendidos, habían quedado olvidados. Desde que la inteligente señorita Bernys había llegado a la jefatura de la oficina parecía que los problemas no se daban la vuelta por ahí. Su sentido de orden, de organización, de legalidad, de exactitud y de mando eran los principal motivos de tal cambio y sobre todo, su aguda inteligencia. ¡Qué gran capacidad dialéctica! Por intrincada que aparentara surgir una diligencia, ella, con sus conocimientos vastísimos, manejados con una agilidad asombrosa de vocablos que expresaban los más complicados razonamientos encontraba la solución inmediata a cualquier enredo y éste no tenía más remedio que dejarse concluir. Cuando apenas había llegado a aquel medio, en donde personas mucho mayores que ella eran simples secretarias, tuvo muchos enfrentamientos por parte de algunos que se oponían a las reformas que proyectaba y que daban al suelo con diversas prebendas y ganancias de quienes las obtenían mediante la solución sin demoras, sin trabas, de hechos insignificantes acrecentados en su dificultad con el fin de cosechar algún extra... La señorita Bernys no aceptó aquella corrupción y dio órdenes terminantes de no poner pretextos que evitaran la pronta resolución de cualesquiera problemas. Inclusive hizo renunciar a varios de aquellos que habían de la oficina pública, negocios particulares. Así fue como muchos principiaron a odiarla y a buscar la manera de alejarla de lo que hasta entonces consideraban sus dominios. Otros, al comprender que con ella no era posible lo acostumbrado, optaron por fingir elogios, falsificar admiraciones y adularla en todo lo que hacía. ¡Qué maravilla de mujer! ¡Su talento es envidiable! ¡Es la única jefa con inteligencia que conozco! Pero, ¿cuál sería el aplastamiento de su nariz cuando ella ls respondía sinceramente y sin hipocresías, por lo que no dudaron en calificarla de grosera, déspota, poco urbana y antisocial: “No me hacen falta elogios ni necesito alabanzas. Usted concrétese a trabajar, a cumplir y será el mejor medio para honrarse, no honrarme. No quiero saber lo que piensa, sino lo que es capaz usted de realizar”. Hasta el más ágil palabrero de los lambiscones se daba frentazos ante aquella mujer que nadie podía conmover en su rigidez insobornable. No faltaban, por tanto, las risas escondidas de quienes veían el trato que proporcionaba a los que intentaban ganarse algún privilegio a través de mascaradas. En los dos años que llevaba dirigiendo la oficina había demostrado su gran capacidad. Algunos que se cercaban hasta ella con el deseo de confundirla en sus apreciaciones se retiraban sorprendidos ante los juicios que la señorita Bernys admitía y que los fundamentaba legalmente con tanta precisión y soltura que no tenían más remedio que retirarse enrabonados. Sin embargo, tal rectitud le había dado a ganar enemigos al mayoreo que no cesaban en aprovechar cualquier circunstancia para atacarla y desprestigiar su postura. Ella lo sabía, pero no le atribuía ningún caso. Que dijeran lo que dijeran; se encontraba conforme y a gusto con su conciencia; satisfecha consigo; segura de su actitud que para nada le importaban ciertos nubarrones que en ocasiones se vislumbraban por no permitir algún resultado sucio que perjudicara a un inocente. Más de una docena de veces había destruido transacciones en la que se tramaba el triunfo de la injusticia porque se encontraban en juego millones de millones. Algunas empresas particulares llegaron a demandarla por abuso de autoridad, ya que creían que las resoluciones negativas que ella daba para un aumento en los precios de determinados productos, eran sólo caprichos de mujer terca. No obstante, había acudido a los juzgados y sin necesidad de abogados, ella ponía en claro la situación y su inteligencia en activo, dejaba impresionados, maravillados las más de las veces, a sus enemigos que terminaban por reconocerla y darle la razón. Pero en los últimos días, ella había percibido una extraña conspiración. Pensaba y pensaba como siempre, mas no acertaba a saber el motivo. Sucedía que de improviso nadie le dirigía la palabra y aunque obedecían sus órdenes, ella presentía que algo pasaba. Tal vez todo aquello había surgido desde el momento en que vergonzosamente había hecho renunciar a Gilberto, uno de los empleados más antiguos de la oficina, porque ella lo había sorprendido en un turbio negocio de autorización de estupefacientes. La ira que la había embargado nunca había tenido tal iluminación. Cómo era posible que hubiera falsificado su firma para algo tan indigno. El ministro la había mandado llamar porque en la frontera del país, se había presentado un documento en el que bajo su aprobación se permitía salir rumbo a Europa varias toneladas de droga nacionales apropiadas para tales mercados. Ella se enfureció y haciendo recuentos mentales de datos, como una máquina registradora, llegó a la conclusión de quién era el culpable. El propio ministro había quedado perplejo ante la exhibición de la inteligencia de la señorita Bernys; con los datos más dispersos que ni una computadora hubiera sabido elaborar, ella había concluido en menos de diez minutos el punto final de una hilada trama en la que el principal activo había sido Gilberto y otros de sus compañeros que si bien no fueron cesados, porque no eran completamente culpables, al decir de la señorita Bernys, ya que habían sido usados como instrumentos por el inmoral empleado, sí fueron cambiados de oficina. El prestigio que había alcanzado por su inteligencia al resolver tan vertiginosamente el caso, había causado revuelo en los periódicos. No había uno solo que en su primera plana dejara de publicar la fotografía de la señorita Bernys, Jefa de la Oficina de Negocios Internacionales del Ministerio de Comercio. Tal vez aquello había derramado el respeto y se había convertido en miedo. Ella sabía desde esos momentos que le temían. Sin embargo, había descubierto el indicio de algo que la principiaba a poner nerviosa. Por eso en aquel momento decidió llamar a la policía. Se encontraba sola en su departamento, desprotegida y debían acudir en su ayuda. En unos instantes más, llegaría, había concluido, un hombre que llevaba la consigna de matarla por haber estropeado los planes de la drogadicción Y ella se encontraba indefensa y no quería morir. No quería morir... El teléfono, trémulamente manejado, no comunicaba. Marcaba y marcaba y la máquina equivocaba el número. Nada. Nada... Según sus cálculos en la obsesión de sus pensamientos, en un minuto entraría el individuo a la fuerza y sin piedad, la asesinaría. Ya sentía los pasos. Debía huir. Pero... ¿por dónde? ¿Por dónde? Era la única puerta, a menos que por una de las ventanas, aunque el peligro de diez pisos de altura aumentara su pánico. Corrió hasta la más grande y en el momento de abrirla, vio a un hombre que le apuntaba desde el edificio de enfrente, dio un grito de terror y la señorita Bernys cayó fulminada por la bala que le había atravesado la cabeza que tanto había pensado y que por vez primera, ahora, ante la solución más importante, había fallado.

La mujer de Tepexpan

Hasta en la muerte me han negado el nombre. Y hasta mis huesos de mujer han arrasado con su afán de hacerse los viriles. Más de veinte mil años de olvido y ni cuenta se habían dado los muy engreídos. Apenas a aquel ocurrente osteólogo se le vino la idea de compararlos con otros huesos asaz antiguos, aunque ni tanto y ¡zas!, que se afama con su descubrimiento. Sin embargo, ellos, todos; tratados de historia, de arqueología, de antropología y demás residuos de tiempos extraviados en la vanidad de absurdos y ególatras individuos, me siguen llamando hombre. Tan fácil que sería eliminar la o por la e, y la e por la a, y aunque fuera por errata, dejarme ser lo que fui: la hembra de Tepexpan. Cuestión de vocales... de voces... de vocaciones... Yo no nací de ningún hueso de hombre. Sólo un primitivo primate prepotente privado de conocimientos lo imaginaría. ¡Prángana prejuicioso! Al contrario, cuantos hombres nacieron de mí y cuantas hembras también. Éramos simples animalias entonces; anima, animales: aliento, soplo vital que protegido por estos huesos, casi eternos, movía vísceras, músculos, carne, nuestra carne; carne muy común a los demás habitantes del zoológico terrestre. No obstante, y equilibrio el juicio, también gracias a un hombre pude nacer yo. Ni uno ni otra; ni otro ni una, fueron superiores. Los dos se complementaron porque así venía dándose la decisión: mujer y hombre, bioquímica genética, dirían hoy los que se creen muy sabios. Para reproducirse, sólo la pareja, la dualidad; para el goce y la aventura, las variantes calmadoras de la inacabable pulsión de expandirse, de penetrar, de extenderse, de supervivir. ¿Qué sería si todos se reprodujeran? Desde hace veinte mil años el planeta tierra hubiera reventado de habitantes, mas para evitar eso, se encontraba la enfermedad salvadora, las ambiciones personales, los depredadores del hombre, la guerra y las homosexualidades. Yo, la mujer de Tepexpan, he conservado en mis huesos todas esas informaciones que aún nadie describe porque el código secreto conservado en mis tejidos óseos no ha encontrado su computadora eficaz. Y aquí he estado desde siempre; expuesta a que alguien me escuche y tome con fervoroso amor de amante mi osamenta y la reencarne en cada mujer cotidiana de hoy. Yo no era tan consciente entonces, como ahora dicen que son. Machos y hembras deambulábamos desamparados por llanuras, montañas, cuevas, cavernas, lagunas. Y juntos pescábamos, comíamos de los frutos que no siempre abundaban; éramos más vegetarianos que carnívoros, aunque no despreciábamos comer de todo. A veces, hasta a nosotros mismos... No hay quien la aguante. Y los machos nos poseían por nuestro gusto; nunca por fuerza, porque quien osara penetrarnos era de todos modos valioso, pues tenía su instrumento de placer y vida en ofrenda y homenaje voluptuoso a nuestra vulva húmeda y fértil. No era violación, sino continua ley de la creación que en nosotros, los incipientes humanos, se daba espléndida. Nunca pensamos en pecados, porque simplemente nos guiaba lo natural y los machos nos poseían como a las yeguas, como a las gallinas, como a las perras. Se nos montaban, y aunque a veces doloroso era su inicio, después explotábamos en gozos que se expandían en rugidos entre los matorrales, a la orilla de los ríos, entre las piedras y así era hasta que un día descubríamos que un nuevo humano crecía en nuestro vientre y al parirlo, dejábamos boquiabiertos de admiración a los machos que nos bendecían como a las diosas o dioses que comenzaban a imaginar que existían atrás de toda fuerza universal. Tales hijos que a veces resultaban, eran frutos del vigor, y todos, hembras y machos, hombres y mujeres los cuidábamos; no eran míos ni de ellos, sino de todos. Eran los continuadores de nuestros grupos, de nuestra unidad, de nuestra unión. Para ellos éramos sus madrecitas o sus padrecitos. Y por eso los educábamos para agradecer lo que se nos daba y compartir lo que obteníamos: alguna pieza de cacería, algunas hierbas y frutos; pero sobre todo la energía que nos llenaba: el maíz. Era verdaderamente una lástima que nuestro venerable maicito se nos pudriera en ocasiones y por eso teníamos que compartir su producción de inmediato. Hoy dicen que éramos unos comunistas agrarios primitivos. Sin embargo, desde mis huesos veo que hoy son mas primitivos de lo que nosotros éramos, pues han perdido la maravilla de la gratitud a nuestro padre–madre, la energía que nos crea y gracias a la cual todos vivimos y de la cual todos somos sus manifestaciones: el agua, el viento, las montañas, los volcanes, la lluvia, las flores, las serpientes, las aves y todos los demás vegetales y animales, incluidos nosotros, los humanos. Hoy, lo agrario es despreciado por esos imbéciles...¿cómo dicen? ¡Ah, sí! Transculturizados, aunque de allí viven; a la naturaleza la prostituyen y la degradan; la destruyen para que unas cuantas bestias contemporáneas se enriquezcan y después luzcan su poder al destruir a quienes no les sigan en sus artimañas demagógicas; aún los que se dicen comunistas ponen su vanidad narcisa al frente y se sienten tan heroicos como el más panzón de los capitalistas. Alguien dirá que constituyó un paraíso ideal mi tiempo; para el cual ya no hay retorno. ¿Retorno? Seguro que no. ¿Paraíso? Con los recursos que ahora tienen podrían construir el verdadero paraíso. Despojados andábamos entonces de grandes tecnologías. No podíamos evitar deslaves, erupciones, inundaciones, incendios, terremotos; pero también hoy ustedes, a pesar de sus 25,000 años de inutilidades políticas se han alejado tanto del todo creador que se encuentran naufragando en su estúpido individualismo. ¡Ah! Allí están otra vez esos que vienen a hurgarme con sus tenazas, lupas, lentes electrónicas, computadoras y discuten que no era hombre; que era mujer; que sí; que no. Ya se han publicado montones de sesudos estudios sobre los recientes hallazgos. ¡Bah! pobres mequetrefes. Yo soy la mujer de Tepexpan, su verdadera puta madre. Y este idiota, gato infame, que no se atreve a quitar el letrero: Hombre de Tepexpan.

EXTRAÑO, MISTERIOSO BIEN...

Desde aquel día que nunca pude precisar cuál, pues aún era yo tan pequeña; mi vida cambió y aunque sólo imprecisos recuerdos me suelen asaltar, siempre he estado segura de que nunca nada podía ser igual a mi remota infancia. Apenas si me acuerdo de mis padres. Yo he de haber tenido unos cinco o seis años. Era algo así como la niña mimada de aquella pareja de jóvenes treintones. Parece que ambos se habían amado tanto que yo era el vínculo enlazador por evidencia. Él veía en mí, los ojos ingenuos y tímidos de mi madre y ella, no cesaba en emocionarse por mi sonrisa juguetona que tanto semejaba a la de él. Recuerdo que mi madre me abrazaba tanto y de modo tan feliz cuando me veía contenta que mi risa la entusiasmaba hasta el delirio de estrecharme gozosa de mi alegría. Y cuando mi padre llegaba de la empresa donde trabajaba como gerente de ventas, era contador público, pasaba horas y horas contemplándome y acariciándome las cejas, la cabellera, las mejillas. A veces, tanto amor me asfixiaba y creo que me aburría. De improviso, aquel espantoso accidente alteró la total armonía de mi existencia. Las tías lloraban; los tíos discutían sobre no sé qué demandas y ya no volví a ver a mis padres. Sin embargo, el cariño se intensificó tanto y tanto que parecía que todos se afanaban en quererme, como si desearan equilibrar la pérdida de mis afectos. Me recuerdo seria; acaso con unas lágrimas contagiadas al ver tanto lloriqueo de amigos y familiares. Y el par de féretros descendiendo y los puños de tierra que me dieron para lanzarlos a los hoyos que recibían como túneles a aquellas cajas de férrea y elegante construcción. De pronto me encontré en casa de mi tía, la hermana de mi padre. Mimos y cuidados por supuesto. Ahora de toda la familia era yo el centro de atención. Los hermanos de mi madre, mis abuelos, todos, se desvivían por hacerme sentir algo que no sabía qué. Y sin embargo extrañaba tanto los jugueteos de mamá y los apretones contemplativos de mi padre. Nadie decía que habían muerto. Sólo callaban. Y mientras, como siempre, me decían el clásico pretexto: es que han salido de viaje y no se sabe cuándo regresarán. Pero no te preocupes un día los volverás a ver. Y la abuela rezaba, tal vez por mí, o porque recordaba a su hijo. Un día comencé a circular por distintas casas. Hoy con la tía Luchis. La semana que entra con mamá Lupita. El día completo con tío Gabriel. Hasta que todos se aburrieron y mi internaron con las monjas donde entre apariencias de cariño, me plantaron un eterno uniforme que sólo cambió cuando me informaron de una adopción. Yo ignoraba qué era eso. Sólo sabía que unos padrinos míos me habían adoptado, pues era necesario que alguien se responsabilizara de mi educación y ellos se encontraban sobremanera interesados en ello. Además el orfanatorio se hallaba excedido de cupo. Así fue como llegué a esta casa. Después supe que mi padrino era el dueño de la empresa donde trabajaba mi padre y que lo apreciaba mucho, tanto, que ante la carencia de hijos propios, no había habido mejor regalo, o indemnización, que yo. Él lo extrañaba tanto y veía en mí, según me lo decía, el vivo retrato de mi progenitor. Sus palabras me recordaban a las que mi madre también me decía. Heme así de súbito convertida en una niña súper rica. Mi padre adoptivo me acariciaba y halagaba tan frecuentemente que a veces parecía sentir el calor de mi padre. Eres igualita a él. Y me besaba las mejillas con una ternura que revelaba un grande amor. Obviamente que tenía niñera y maestra en casa. Todas las comodidades. Crecí al ritmo de las lecciones de piano, instrumento en el que descubrí muchas de las habilidades que hoy me han dado la fama de gran pianista. Si tan solo hubiera sido más anónima mi vida artística, no se hubiera armado el escándalo que ahora con mi boda ha incrementado la venta de mi música. Sin embargo no me quejo. El piano ha sido siempre mi eterno compañero; mi amigo; un amante quizá. Sus ritmos se convierten en la forma armónica de mis estremecimientos. A través de él, lloro; río; me conmuevo; me nostalgio; rabio; sollozo. Mis canciones hablan de todo eso, aunque muchos intentan descubrir secretos que ni siquiera me han pasado por la mente. Por eso cuando descubrí, apenas entrada la adolescencia, la razón de tanto amor de mi padrino hacia mí y la verdadera relación con mi madrina, mera forma de guardar las apariencias sociales, la aceptación de su amor fue tan natural en mí como un arpegio. Nada me faltaba. Los nimios recuerdos de mi infancia fueron ahogados por la holgura y la comodidad disfrutada durante toda mi juventud. Ahora con veintiún años, famosa compositora de éxito internacional; si no bellísima, sí guapa, como mi padre, según dice mi padrino; a dos años de la muerte de mi madrina, me he casado con mi benefactor. Me adora y no sé bien por qué; siempre lo ha hecho desde que me adoptó. También creo amarlo yo, sin importar la diferencia de edad. ¿Sería nuestro constante trato? ¿O mera gratitud? No importa, por eso me parece ridículo el escándalo que han hecho los asustados. Chaplin se casó otra vez muy viejo, ¿por qué mi padrino no puede hacerlo? Quién mejor que él, que amó tanto a mi padre y me ha dado todo lo que tengo, merece el estreno de este cuerpo que he conservado virgen sin importarme porqué. Nunca me han interesado los imbéciles de mi edad. Tampoco las sonrisas venenosas de quienes dicen saber la verdad de tanto amor. Te semejas tanto a tu padre, me dice al oído mientras siento su excitación penetrarme tan intensa y placenteramente que parece como si algo en él reviviera; y mientras se mueve y me acaricia murmura eres mi eterno amor. Sonrío de goce al pensar en aquellos que les parecería mi padrino, incapaz de cumplir con los ritmos de la pasión. Y yo me siento tan amada como cuando niña... con un extraño, misterioso bien...

Categoría:Obras de Antonio Domínguez Hidalgo Categoría:1968 Categoría:Cuentos