Fabiana y las demás...

Chapter 2

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—Perdone que la haya seguido hasta su hotel, pero es que deseaba hablar un poco más con usted. —¡Esto es un atrevimiento! Le puede costar muy caro... —¡Pago lo que quiera! ¡Abráceme! —¡Cuidado con lo que hace! ¡Tome! —¡Uf! ¡Karateka! Y... —¡Lo dije! Soy cinta negra. Es mejor que me deje en paz si no quiere que yo lo deje.. idem... —¿Se atrevería a matarme? ¿A poco...? —No me atrevería. ¡Me atrevo! —¡Ah! ¡Deje esa pistola! ¡Es peligroso! —¡Déjeme, pues, tranquila o lo acabaré! —Está bien. Me doy por derrotado. Usted gana. Ojalá que algún día nos veamos nuevamente. —¡Claro que nos veremos! ¡En el infierno!

—Buenos días, jefe. Llegué anoche de regreso de la comisión a la que se me había enviado. ¡Conseguido todo! (Menos a la fulAna esa.) Se firmaron los contratos. Aquí los tiene. Autorizados para abrir nuestra cadena de tiendas. —Excelente labor. ¿Pero qué te pasó en el brazo? ¿Te caíste? ¿Por qué lo traes vendado? —Si yo le contara, usted que bien me conoce, no me creería. Fue Ana. —¿Qué? No entiendo. ¿Quién es Ana? —Ana es el diablo. —¿?

LOS MISTERIOS DE HELLEN PHILIPS

¿Y qué quedaba de ella? Sólo el recuerdo de la hermosa joven que había sido. Aún parecía escucharse su risa contagiosa en las oquedades de aquella mansión de antigua aristocracia y su voz de antaño, dulce, melodiosa, armónica, sólo era conservada entre los despojos de lo que había sido su recámara de quinceañera. ¿A dónde había ido? ¿Qué le había pasado? Sólo las habladurías de los vecinos lanzaban sus sospechas al viento. Decían que desde su partida se había dedicado a vivir como una más... de tantas en tal o cual ciudad. Otros, seguros de haber encontrado la verdad, afirmaban que se había vuelto loca desde la muerte de su padre y que por ello, su madre la había enviado a un centro de recuperación mental. Por eso cuando los ancianos del vecindario se enteraron de que Hellen Philips volvería para el verano, hizo eclosión la curiosidad por volver a verla. Era el tema principal y obligatorio de todas las conversaciones de los viejos. ¿Conservaría su belleza aristocrática? ¿Mantendría aún la frescura de ese cuerpo que la había convertido en el objeto de deseo de tantos hombres y alguna que otra mujer? ¿Seguiría siendo tan alegre? ¿Continuaría vistiéndose con lujo? ¿Persistiría en las aficiones que la caracterizaban entonces: joyas y novios? Nadie de edad respetable había que no se interesara por conocer a fondo los motivos por los cuales había tenido que huir del poblado y aquellos por los que regresaba. Sin que ninguno lo sospechara, Hellen Philips desapareció una mañana. Algunos amigos íntimos quisieron investigar su paradero, pero nadie pudo encontrar ni una huella de su posible ubicación. El detective que había sido contratado para tal caso nunca encontró datos suficientes para localizarla. Siempre se desvanecía cualquier atisbo de hallarla. Algunos conjeturaban que había muerto y no faltaba algún viajero que al retornar de sus turisteadas, afirmara haberla visto en Pekín, en Praga o hasta en Antofagasta. La realidad es que todo comentario carecía de veracidad. El misterio seguía en el aire. Desde entonces su madre encaneció como quien dice de la noche a la mañana y los ¡pobre Amalita, qué terrible sufrimiento debe estar pasando: perder a su marido y casi al poco tiempo a su hija, es algo que pocos podrían soportar cuando todo su mundo giraba en torno a ellos!, se convirtieron en el comentario cotidiano de los chismes de aquel elegante barrio de alcurnia. Y Amalita se encontraba desahuciada y a punto de morir. Pero ahora allí estaba Hellen; igualita a como se había ido. Los chismosos de siempre se embroncaban de asombro al mirarla tan eternamente joven y bella, cuando según cálculos de sus contemporáneos, debía andar por los sesenta. Alta, de alborotado cabello pelirrojo, de una piel tan blanca que parecía de cera, Hellen mantenía la apariencia de unos treinta y tantos. ¡Y cómo se vestía! ¡Qué elegancia retro ponía en sus vestuarios! Semejaba una Garbo rediviva. Además, ese tono de discreción en su poco hablar que mostraba cuando su voz de gravedad encantadora, preguntaba algo o respondía a los curiosos con un extraño, pero distinguido acento. La admiración iba de boca en boca al verla, tan radiante y juvenil, entrar en alguna tienda o cruzar por alguna calle. Se había sabido conservar tan bien, a despecho de sus eternas enemigas, casi setentonas, desdentadas, gordas o esqueléticas. Todas escupían su envidia en retahílas de operaciones, cirugías, masajes, cremas milagrosas y hasta baños de semen. ¡Claro, cómo tiene tanto dinero! Pacto con el diablo, afirmaban las viejas santurronas al salir de misa y verla pasar sin que ella se dignara en dirigirles la mirada ni persignarse siquiera ante la iglesia. ¡Espuma se les hacía la boca de berrinche! Mas Helen seguía sus dulces meneos como si nada, porque tenía vaivén, ¡y qué vaivén! Adolescentes y jóvenes cachondos la deseaban como abuela para que los acompañara al cine y le insinuaban entre sonrisas y declaraciones lo que aún podría sentir si permitía algunos escarceos más íntimos. Pero ella continuaba como si nada, acaso acrecentando un poco más sus sensuales movimientos de diosa. Sabía que esa era su gran venganza y la disfrutaba. Ni parece que su madre esté agonizando. Mira las sonrisas de satisfacción que lanza. seguían las envidiosas de siempre con sus lenguas malignas y resecas. Es que viene a apropiarse de la herencia total. ¡Qué desfachatez de ambiciosa! Pero la alegría que se notaba en sus ojos y en su sonrisa era por otra causa. Su madre había quedado vengada. La misión que le había encomendado se había cumplido de sobra. Y su madre la bendecía como sólo puede bendecirse la gratitud. Me has vengado hija mía y de la manera más inteligente. La única que nos queda a las mujeres. –decía su madre con la tierna mirada de quien al fin va a descansar de sus tormentos. Y Hellen, serena, llena de satisfacción y paz, le correspondía con amoroso apretón de manos. Sin embargo, aún recordaba aquella terrible noche cuando al cumplir dieciocho años de adorar a su padre, descubrió el secreto de su origen. Violada por los soldados invasores estadounidenses, su madre nunca supo quién había sido su progenitor real. Cuando se sospechó embarazada, se entregó al novio militar gringo que la pretendía, sin que éste supiera los antecedentes, y fingió la llegada sietemesina de su bastarda. Amalia se hallaba segura de la conveniencia de ese matrimonio. Albert Phillips, que amaba tanto a su criollita mexicana, nunca había sabido la verdad y al liberarse de la milicia, heredero de los millones de dólares de su padre recién muerto, quien adoraba a la pequeña Hellen, vuelto dueño riquísimo de astilleros en Nueva Orleáns, pasados los estruendos de la Revolución Mexicana, se asentó en el país y quiso fundar una gran descendencia. Amalia no pudo, o no quiso, tener más hijos de un extranjero al que siempre le había fingido amor. En el fondo ella lo odiaba por ser un representante de los salvajes violadores de la intervención del 14. Por eso cuando, en un descuido familiar, Albert murió de tifo y las dejó ricas herederas, mandó a su hija a Alemania, donde Hellen vivió muchos años educada por refinadas institutrices. Incorporada a la cultura germana convivió sin impaciencia ni temor con los nazis para quienes siempre pasó como una austriaca de insólito, pero sexy acento. La gente chismosa del barrio nunca se enteró de esto y por eso la desaparición de Hellen fue comentario obligado por muchos años hasta que las nuevas generaciones perdieron la referencia y nadie se volvió a preocupar por tal asunto. Ahora que Hellen había regresado porque su madre se encontraba muy enferma, el viejerío recordó el ayer de los treinta y se pusieron en circulación los viejos chismes. Nadie supo nunca la verdad de sus misterios. Amiga de nazis y fascistas guardaba un fuerte rencor contra los estadounidenses y con el dinero que contaba, decidió instalar por toda Europa libre y por toda la unión americana, casas de juego y prostitución, donde se seleccionaba a las enfermas de sífilis para contagiar a miembros del ejército. Si estos eran prestigiados, mejor. De esta manera cayeron muchas víctimas del placer, sin sospechar. Hellen Philips pasaba por una culta dama de refinados modales, con alcurnia aristocrática, que avasallaba con sus finos encantos a banqueros y aristócratas sobrantes del gran mundo. La dulce vida circulaba por sus venas, pero ella nunca bebía ni se drogaba ni se entregaba sexualmente a nadie. Vegetariana, dormía hasta agotar el sueño y la natación la mantenía firme y rebosante de salud. Eso la cubría de un halo de virtud intachable. Sus negocios eran perfectamente controlados desde Nueva York y en estricto anonimato. Aunque todos sabían que era hija del afamado almirante Albert Philips y en su sangre traía toda la herencia de los marines.

Felicidad

¡Cómo era posible que a su edad estuviera enamorada! Resultaba ridícula aquella emoción que la inflamaba cuando lo veía llegar y platicar alegremente entre las carcajadas de su esposo y de sus hijos. El corazón se le llenaba de un extraño alborozo apenas escuchaba los ya para entonces muy conocidos estilos de tocar la puerta. Un entusiasmo se le desparramaba por las venas como si la sangre se le alborotara y quisiera estallarle. Discretamente, como si ninguna importancia tuviera, hacía como si no hubiera notado su llegada en un ¡ah, hola, cómo está! Y luego continuaba con sus quehaceres envuelta en un entusiasmo extraño que nadie notaba, pero que a ella le hacían revivir sensaciones adormecidas en su cuerpo desde muchísimo tiempo atrás. Sólo los platos o los vasos en el fregadero hubieran podido sentir esa tierna alteración que le daba más tibieza a su piel, o los guisos, esa delicada alegría de sus manos al prepararlos y echarles los condimentos con una suave conmoción de movimientos.

Y la casa se vestía de colores innovados y la rutina de sus treinta y cinco años de casada adquiría tonalidades tan rosas que a los cincuenta y ocho años de su edad, ella se reía de sí misma; de su cursilería. De no es posible. Si pareciera mi nieto, más que un hijo. Esto debe ser un disfraz de ternura senil, pero su cuerpo se me apetece. Se insinúa tan firme su carne, tan tersa, tan nítidos sus músculos; tan vigorosas sus piernas; tan macizos sus brazos y su pecho; y esa fina y discreta vellosidad que se le nota cuando ha ido con nosotros a nadar; y... ¡Qué tontería! Si ella era una mujer que bien podría ser considerada satisfecha. O como dicen hoy, autorrealizada. Terminó su carrera y la ejerció hasta la jubilación. Como maestra siempre había logrado el éxito y los ascensos. Su esposo la había idolatrado y apoyado como pocos. No había sido muy hermosa que digamos, así, rutilante, como estrella de cine antiguo, pero tampoco podría considerarse una mujer fea. Los pretendientes de su juventud fueron tan variados que al final, resultó difícil la elección. Sin embargo, Felicidad no se había equivocado. Su marido la había hecho vibrar cientos de veces en la cama y los hijos que habían nacido, dos hombres, dos mujeres, constituían el estímulo a su lucha personal, a sus desvelos, a sus afanes económicos, a llevar una vida ejemplar, en tiempos donde el ejemplo era la liberación total, o por lo menos aparente. ¡Qué más podría faltarle! Era lo que se llama una mujer completa. Su vida casi era lo que su nombre pregonaba: Felicidad. Felicidad. Felicidad. Siempre Felicidad cuando su marido se lo murmuraba al oído en los instantes de sus infinitos orgasmos, siempre, desde el primero, en aquella dichosa luna de miel pequeño burguesa; o Felicidad cuando la despertaba con un beso y le anunciaba la hora de irse a la escuela a trabajar. Hasta la tarde Felicidad, cuando su esposo se despedía para marchar a la pequeña fábrica textil que él, como ingeniero, había organizado y que les proporcionaba los cómodos dineros que les restaban preocupaciones vulgares. Felicidad en su hogar, Felicidad en su escuela, Felicidad cuando la ascendieron a directora de primaria y pudo poner en práctica algunas ideas profesionales que de otro modo, se lo hubiera impedido cualquier director tonto. Felicidad rodeada de tantos niños y ella, como campesina entre la creciente milpa, cantándoles, enseñándoles, amándoles. Y con sus hijos, ni se diga. Felicidad educándolos, comprendiéndoles, motivándoles, responsabilizándolos. También maestra en las cosas sencillas de la vida, los actos mínimos, sin tomarse tan a pecho predestinamientos de abnegación y de mártires, menos apostolados. Felicidad disfrutaba hasta con las voces que casi siempre con gratitud la llamaban: Felicidad, Felicidad. Por eso ahora ella no se explicaba, más que con una sonrisa, que hoy, casi vieja, de improviso las hormonas parecían dilatársele. Nadie, ni por asomo lo sospechaba; ni su marido en las ya muy poco frecuentes ocasiones en las que disfrutaban de su sexo, pero que a Felicidad, cerrando los ojos, loca idea, le parecía gozarlo con aquel jovenzuelo de veintitrés. Y aunque por tanto había sentido las durezas de aquel pene y sus exactos y mismos movimientos en pos de una eyaculación que sentía humedecer tibiamente sus interiores, ella se imaginaba la noche placentera del bulto aquel visto discretamente como siempre, que casi se le trasparentaba en los ajustados pantalones de moda, casi mallas, del objeto oculto de su pasión. Debía ser mucho más grande y grueso que el de su marido, pero sobre todo, tan voraz, tan arremetedor, tan violento. Y Felicidad se orgasmaba en estruendos sin fin, como la primera vez que se masturbó y abrazaba el cuerpo avejentado de su hombre legal con tal intensidad que él no cesaba de repetir al venirse: eres eterna. Felicidad; eterna... mi... felicidad... y mientras él se quedaba dormido: ella ya soñaba en su felicidad, y en sus sueños repetía la obsesionante imagen de ser poseída por ese cuerpo que deslumbraba juventud, arrojo, nerviosa búsqueda. Esa mañana despertó con un dolor terrible de cabeza mucho antes que su esposo le diera el beso acostumbrado. Dos aspirinas y ya, pensó. Pero fue inútil. El dolor era tan persistente que el médico fue llamado. Todo en apariencia era inexplicable. Su salud siempre había sido normal. Nunca había sido la clásica mamá eternamente está enferma y hoy, de pronto. Era necesario efectuar, recomendó el doctor, unas radiografías del cerebro. La presión estaba altísima y corría el riesgo de un derrame cerebral. Sedantes, reposo, alfametildopa en abundancia y dormir, dormir mucho. Sí, doctor. Murmuraba apenas con una leve sonrisa, Felicidad. Y se fue quedando dormida. Es ridículo, obsesionadamente, como en eco, con su voz interna Felicidad se decía entre sueños. Es ridículo, ridículo. Y nada puedo hacer. Ni declararlo. Para qué, nada se lograría. Vale más imaginar que llenarse de decepción o producir asco. Mejor callar esto. Ya se pasará. En cuanto me recupere intentaré algo.. Pero voy para los sesenta años... Es grotesco... a mi edad.. mis hijos me lo han dicho... pero desde ángulos de trabajo... En cambio yo... a mi edad... es chusco... Por primera vez sé cuándo se va la felicidad... se va... se fue... No... no... La felicidad sigue... la imagen sigue... lo demás siguen... Lo veo... está desnudo en mi mente... mi mente hace la felicidad de estar con él.. Rejuvenezco y siento que me abraza, me acaricia, me besa, me mordisquea, me penetra...me penetra... me penetra... y explotar... El médico afirmó que todo era ya inútil. El derrame cerebral había ocasionado su muerte. Así solía suceder. En ocasiones no avisa. Pero vean cómo quedó. Parece dormida, hermosamente pálida, como rejuvenecida, sin una arruga... es triste, mas ésta es una de las muertes más bellas... No se siente la agonía. Los hijos de felicidad y su esposo lloraban incrédulos. ¡Es absurdo! ¡Cómo! ¡Por qué! El rostro inerte de Felicidad semejaba el reflejo de su nombre.

Matilde

Manuel había llegado como siempre, Su mujer lo había aguardado con angustia. Hacía dos días que no se presentaba al trabajo y ella temía que lo fueran a despedir. El más fúnebre de los presagios rondaba por su mente. Qué harían si a su esposo le quitaran el empleo. Lo poco que ganaba servía para pagar la renta de la mísera vivienda en la cual vivían y lo que ella recibía por lavar y planchar ropa ajena, apenas si alcanzaba para vestir y darles de comer a sus tres hijos. Matilde, que así se llamaba la mujer, estaba enferma. Desde que la habían operado de la vesícula, allá en el Hospital General, no había podido quedar bien. Un malestar constante en la herida la inquietaba, y sin embargo, no guardaba reposo alguno porque en Manuel no se podía confiar. En la fábrica donde éste trabajaba, ganaba más que lo suficiente para llevar una vida cómoda y placentera, no con lujos, pero sí, sin privaciones. Lo único malo era aquello... Cuando se hallaba en sus cabales, se portaba lo mejor posible. Era un padre excelente y un buen marido. Hacía lo indispensable para llevar la felicidad a su casa. Cuando Matilde lo conoció no se imaginaba lo que iba a ser de él. De haberlo sospechado, tal vez.. hubiera cambiado la senda de su vida. Y pensar que todo había comenzado desde que trabajó en aquella cantina de la barriada de la Candelaria... Tenían tres hijos. Tres alegrías. Tres disgustos. Tres apuraciones. El mayor contaba con seis años. Ya iba a la escuela. Su padre, cuando estaba en juicio, se entusiasmaba con tal idea y prometía que ya nunca.. que jamás... pero... siempre había otra vez. El deseaba ver a su hijo, a sus hijos, convertidos en grandes hombres, en grandes personajes... Sólo que... Su afición al alcohol, desmedida, devastada, destrozaba aquellos palacios forjados al calor de las tardes estivales y lo convertía en un vil juguete de todos... Matilde sufría interiormente, pero callaba... callaba... y su dolor lo transformaba en energía para trabajar y así... darles el pan angustioso de cada día a sus chiquillos. (No debe faltarles nada.. ni su padre siquiera...) cuando se encontraba sola, por las noches lúgubres y frías del invierno, sus pequeños eran el único consuelo para sus tristezas. Eran su inspiración... su esperanza... y su lucha... Eran como una llama que la hacía soportar aquella vida miserable y agobiante. Sus vecinas, de la pobretona vecindad en que vivía, la estimaban y compadecían. Le habían llegado a decir que abandonara a Manuel, que por qué le aguantaba tanto, pero ella callaba... callaba... como siempre... Esa tarde su marido había regresado después de una parranda más. Y ella podía respirar libremente al ver que nada le había sucedido. Cuando no estaba ebrio era muy bueno y por ello Matilde lo resistía todo... —Ya vine vieja... —¡Qué bueno! Me tenías preocupada... —Les daba de comer a los niños mayores. El menor jugueteaba en su semicuna— Temía que te hubiera pasado algo... continúo —Hay tantos accidentes... —No tengas miedo... Nada malo me ha ocurrido... —Voy a prepararle la cama para que te acuestes. —No tengas miedo... Nada malo me ha ocurrido... —Voy a prepararte la cama para que te acuestes. —No... No voy a dormirme... Vengo por la botella que traje el otro día... Cuando fue tu santo... Aquella de ron... —¡Ya te la tomaste desde hace mucho! —¡No es cierto! ¿Crees que no me acuerdo? —Sí...te la tomaste.... —¿Qué crees que soy tonto? La estoy viendo... Mírala... está atrás de aquel cajón... y fue tambaleándose hasta ahí... —¡No! ¡Ya no tomes! ¡Ya no tomes! —Y corrió hasta él para impedir que la cogiera. —No te opongas Matilde... Voy a invitar a mi compadre unas copiosas de esto... —¡Nada! ¿No te da pena ir en esas condiciones? El ya no toma... —¿Qué...? ¡Ja! ¡Consejos vieja! ¡Consejos! —¡No Manuel! No vas a salir... ¡Dame esa botella! Y trató de quitársela. Comenzaron a forcejear. —Estate quieta Matilde... ¡Suéltala! ¡Te va a pesar! —¡No! ¡Ya estoy harta de tu vicio! ¡Y ahora no tomas porque yo no quiero! —¡Oh! Te estás volviendo muy valiente —sorprendido y burlón, como incrédulo. —¡No es broma! —Los dos niños que estaban comiendo se alejaron de la mesa en la que estaban tomando sus alimentos. Creyeron que su padre iba a pegarle a la que tanto querían, algo que nunca antes habían visto. El mas chiquillo, desde la cuna, comenzó a llorar asustado. —¡Suéltala! —Murmuró Manuel. —¡Suéltala tú primero! ¡No volverás a beber! ¡No quiero! —Casi enojada. —No me provoques... Nunca te he hecho nada... pero... si me buscas... —comenzó a enfadarse. —¡No beberás! ¡No! —Y quiso arrebatársela definitivamente, pero él logro empujarla y deshacerse de Matilde. Los chiquillos al ver aquella escena comenzaron a llorar y a gritar. —¡No papá! ¡No! ¡No le pegues...! ¡No! —¡Cállense! No me hizo daño. —Dijo enérgica al mismo tiempo que veía a Manuel dirigirse hacia la puerta. Ella corrió y lo alcanzó. Nuevamente con fiereza inesperada trató de quitarle la botella de ron. —¡Suéltala! ¡Te estoy diciendo! —Molesto. —¡No! ¡No beberás! ¡No beberás! —¡Quítate! —Y furioso le dio un empellón. Matilde resbaló estrepitosamente llevándose entre las manos la botella de ron. La cabeza se le estrelló en el filo de la puerta y comenzó a sangrar. Al momento perdió el conocimiento. Al darse cuenta de aquello, los pequeños lloraron angustiados y llenos de terror. La botella, al caer Matilde, de había roto. Manuel quiso levantarla... pero al comprender lo que había acontecido, salió corriendo despavorido. Matilde estaba muerta. Los niños gritaban y lloraban, dos hincados junto a la madre como si trataran de revivirla y el otro desde la cuna. —¡Mamá! ¡Mamacita! ¡Se murió! ¡Se murió! ¡Se murió mi mamá...! Aquel momento fue vertiginoso. La vecindad se alarmaba. Las mujeres se santiguaban con espanto. Un hombre corría como loco por las calles. El ron brotaba de la botella destrozada, como con burla... Aquel momento fue vertiginoso.. Los niños gritaban y lloraban...

LA INTELIGENTE SEÑORITA BERNYS.