Chapter 1
Primera edición 1968
Fabiana... y las demás...
(Cronicuentos de antiguas damas)
{|width="100%" | Fabiana |- | Ana es el diablo |- | Los misterios de Hellen Philips |- | Felicidad |- | Matilde |- | La inteligente señorita Bernys |- | La mujer de Tepexpan |- | Extraño, misterioso bien... |}
Fabiana
Como solían decir nuestros tatarabuelos, tal vez fue verdad... o quizá no fue cierto, pero de boca en boca llegó hasta mí, la historia de la primera hembra terrible que oí mencionar en mi vida. En mi colección de mujeres ha habido de todas, pero ésta... El relato me conmovió tanto, que algo en mí quedó vacunado para siempre, acaso porque entonces era yo un influible niño de recientes cuatro años y las damas eran un mito de respeto. Sin embargo, confieso con ciertos aires de cinismo: no lo cuento como lo oí, sino como lo teje la inventiva de mi acaso infiel recuerdo. En cierto poblado del caluroso sureste guerrerense, a fines del siglo XIX, perdido entre el salvajismo de la Naturaleza, con sus lógicas calles estrechas y empedradas, sus pequeñas casas de adobe y su iglesia sorprendente de estilo churrigueresco, aconteció algo que para los escépticos de hoy, puede resultar inverosímil, pero según dicen las imaginativas lenguas antiguas, sucedido en aquellos tiempos del México prerrevolucionario. Enclavada esta olvidada población sureña entre elevadas cumbres boscosas, donde las alimañas del día sólo callaban ante las alimañas de la noche, presentaba el típico aspecto pintoresco de los despreciados cuadros de calendario. Una gigantesca cascada, así me parecía por las referencias que de ella se hacían, jamás quedaba muda por más que los escándalos de las bestezuelas aumentaran. Las flores silvestres competían con las aves del paraíso de bárbara belleza y en el calor bochornoso de la noche se expandían sus olores tropicales y excitantes. En un callejón de aquel poblacho, oscuro de tantos árboles y maltrecho por el descuido, se levantaba un caserón de aspecto tan abandonado que lo hacía parecer siniestro. Los vidrios biselados de las ventanas, en un rústico estilo art nouveau, cubiertos de polvo, borraban toda posibilidad de ver el interior. Un formidable portón de gruesa madera de roble se levantaba en su pared frontal y una fría corriente de aire sugería que algo malévolo rondaba en sus adentros. Por su aspecto, parecía ser una casona que el tiempo se había encargado de destruir, aunque no era así, porque en esa época vivía ahí, nada menos que una mujer ambiciosa y cruel, considerada por todos como la más rica de la región: La señora Fabiana. Quienes la habían conocido de joven, murmuraban recordando que había llegado al pueblo con su marido, un hombre casi anciano que al poco tiempo, de manera misteriosa, apareció ahogado en el ojo de agua cercano. Fabiana, inconmovible, sin gestos ni lágrimas, evitó toda ayuda y ella sola le dio sepultura. Nunca permitió que los extraños se inmiscuyeran en tal asunto. Siempre encerrada en su casona, sólo se le veía salir hacia la capital en una carretela conducida por ella misma y luego de dos semanas, retornar con talegas de mercancías que enseguida ponía a la venta. Como eran cosas atractivas y novedosas, los habitantes del poblado y de otros cercanos, se las compraban en pagos módicos. Con el tiempo, comenzó a prestar a rédito sobre escrituras de casas y terrenos a ancianos necesitados y que al final pasaban a pertenecerle, pues a sus deudores, por su edad, les era imposible pagarle. Jamás prestaba dinero a hombres o mujeres jóvenes. Parecía que los detestaba. Por eso, a su servicio siempre se encontraban personas mayores y sin familiares. Cuando morían, ella misma, sin un rictus de dolor, los sepultaba. Para sustituirlos viajaba a distintas poblaciones y de allí reponía a sus sirvientes, que no eran muchos. En pocos años Fabiana o Doña Fabiana como ya le decían, se había transformado en la dueña de casi todo y gran parte del pueblo se encontraba obligado para con la usurera. Nadie la quería. Con su dinero había comprado a la justicia y muchos campesinos la odiaban en silencio, porque con frecuencia quienes habían osado rebelarse, desaparecían sin explicación o se encontraban sus cadáveres accidentados en los barrancos o en las zanjas. Las murmuraciones le echaban a Fabiana la culpa, pero no se atrevían a acusarla porque siempre carecían de pruebas. Lo único que parecía evidente, era la juventud de los muertos. Una noche en que las tinieblas reinaban; de esas en que el aire entra por las hendeduras de las puertas y ventanas; de esas noches en que los coyotes aúllan por los montes; de esas en que hasta los bichos más tesoneros callan y sólo se oye el croar de los sapos, el cantar de los grillos y el silbar del viento, tres toquidos sonaron en el portón de aquella tenebrosa casona y luego de un prolongado lapso, una mujer, casi anciana, con una vela que tranquila llevaba entre las manos, salió a abrir y preguntó con sequedad e indiferencia a un hombre elegantemente vestido de frac, a la usanza parisina de la moda: —¿Qué es lo que quiere? —Buenas noches señora, soy un comerciante que exploro estos lares por primera vez y traigo objetos de mucho atractivo. Esta alcancía por ejemplo. — y sonrió como diablesco al mostrar un gato pardo de porcelana, según dijo él, china. —¡No pierda usted el tiempo conmigo! Yo no derrocho en insignificancias ni creo en mercaderes. — y a punto estaba de dar el portazo, cuando la voz sugerente del caballero la detuvo: —Permítame un momento y le demostraré lo interesante que es esto. —¡No me importa! Ya le dije. Déjeme en paz. ¡Lárguese! —Permítame señora: ésta no es una alcancía como las demás, ésta tiene algo diferente: es mágica. ¡Un verdadero negocio para usted! Tan solo con depositar una moneda de oro, ésta se irá duplicando hasta que el gato se colme, después la vacía por esta abertura que posee, la cual se cerrará de inmediato y otra vez, al depositar otra moneda, se repetirá el mismo proceso al cabo de una semana. Y así... Imagínese cómo acrecentará los tesoros que de por sí ya tiene. Pronto sería usted la más rica del sureste y después...acaso... — ¿Es verdad eso? — La mujer abrió fulgurante los ojos como ya interesada —¡Claro! ¿Me cree un mentiroso? —No traté de expresarle eso, pero me ha despertado curiosidad. ¿Cuánto vale? —Una miseria. Sólo quinientos pesos plata. —¡Qué! ¡Quinientos pesos plata! ¡Muy caro para que yo la puede comprar! Yo siempre me he dedicado a los negocios y... —¿Caro? Cómo va a ser caro si toma en cuenta usted, todo lo que va a producirle. Recuerde que en unos cuantos días habrá recuperado su inversión. Es una máquina capitalista como las que se están dando en Londres y en Nueva York. —dijo el caballeroso vendedor con sonrisa malévola. — Acaso tenga razón. Mmmm. Pero ¿por qué no la usa para usted? Porque yo no necesito más riquezas; con las que tengo, me bastan. Fabiana meditó unos segundos y como maldiciendo exclamó: ¡Bien! Espere un momento. Voy por dinero. Se la compraré, mas, ay de usted, si me engaña. No sabe con quién se mete.— y cerrando la puerta con un ruidoso portazo desapareció en el silencio de aquella mansión provinciana. —Como no señora. Vaya... —dijo con aires de burla aquel extraño hombre. Pasaron unos minutos y Fabiana regresó acompañada por tres ancianos armados de garrotes que la franqueaban. —Aquí tiene. –y le extendió una pequeña bolsa de manta que contenía la cantidad convenida, al extraño caballero que la miraba con irradiantes ojos de satisfacción. —Muchas gracias. Por cierto, olvidaba decirle que por haberme comprado esto, muy pronto llevará una gran sorpresa como premio agregado. —dijo aquel incógnito individuo al entregarle la pequeña alcancía de porcelana, cuyos ojos gatunos parecían haberse enrojecido y agrandado maliciosamente. Fabiana tomó temblorosa con disimulada emoción aquella alcancía. La miró silenciosa y fascinada. En su rostro se reflejaba la ambición y cuando quiso preguntarle a aquel hombre cuánto duraría produciéndole dinero, se dio cuenta que éste había desaparecido. Ella, con fúrica visión, ordenó: —¡Ya saben cómo proceder! ¡Rápido! Tras la indicación de Fabiana, los ancianos se apresuraron a ir en seguimiento del vendedor, pero luego de transcurrido un rato, regresaron diciendo que había escapado. Un escalofrío recorrió el cuerpo de Fabiana y entró con rapidez a su derruida casa, como feliz. —Bueno, no importa. No más tengan cuidado por si regresa y entonces sí... ¡Acábenlo para que no nos dé molestias! Todo fue verdad. La alcancía produjo a Fabiana una gran cantidad de monedas de oro y el pueblo comenzó a sospechar la causa. Uno de los ancianos vigilantes de Fabiana, una tarde había sido encontrado por la loma grande, moribundo, pero antes de expirar había revelado lo de la transacción, acaso como venganza. Muchos quisieron entonces apoderarse de la alcancía, sin embargo ninguno sabía cómo hacerlo. Tenían que buscar la manera. Había que penetrar a la fuerza al caserón y arrebatársela. Al fin que los que se opondrían ya estaban viejos. ¿Quién la iba a defender si los tenía atemorizados? Sospechándolo, Fabiana se volvió más desconfiada y a cada instante se imaginaba que la iban a robar. Por las noches no dormía. Nunca se despegaba de aquella enorme riqueza. Jamás se separaba de la alcancía mágica, de ese gato parduzco que día con día se iba poniendo negro, cada vez más negro. Un atardecer, cuando los últimos rayos del sol iban desapareciendo tras las montañas y por el cielo se miraban pasar volando las aves rumbo a sus nidos, un espantoso estruendo hizo romper el silencio de la comarca. Las mujeres salieron asustadas de sus casas lanzando al aire gritos de angustia mientras los niños lloraban. —¡Dios santo! ¡La mina ha explotado! ¡Vayamos a ver a doña Fabiana! ¡Se lo advertimos que era muy peligroso, pero nunca nos tomó en cuenta! —Y corrieron hacia la casa de la vieja avara. Cuando llegaron y golpetearon con angustia el portón, ella salió llena de furia: —¡Qué es lo que quieren! —¡La mina de plata, señora, que hace poco mandó usted explorar, acaba de derrumbarse! ¡Nuestros esposos quedaron aprisionados! ¡Mande usted una petición a la capital para que nos envíen ayuda! Se lo suplicamos... —¡Qué! ¡La mina se ha venido abajo y la plata ha quedado enterrada! ¡Mi dinero se va a perder! —¡Sálvelos! —Decían angustiadas las mujeres del pueblo. —¡Yo salvaré mi riqueza! ¡Y a ellos a ver quién los salva! ¡Son unos inútiles estúpidos! —Entonces Fabiana, con su eterno y viejo vestido negro de holanes grises, abriéndose paso entre la multitud, llevando de la asa aquella alcancía que cuidaba más que a su vida, comenzó a correr rengueando rumbo a donde se encontraba la plata enterrada. Iba con desesperada rapidez entre la maleza del monte por una vereda estrecha; la noche había entrado; la luna parecía una gran esfera que flotaba sanguinolenta en la inmensidad del espacio. Por el camino, Fabiana, la bruja despiadada, cual la llamaba el pueblo, sentía como si el asa de aquella diabólica alcancía se fuese haciendo más pequeña y oprimiera cada vez más fuerte su mano. Un viento helado principió a soplar por el campo. Fabiana caminaba rápidamente hacia el lugar donde la mina se había derrumbado, cuando de pronto un relámpago iluminó el cielo y sin saber cómo, apareció un hombre montado a caballo, llevando una enorme capa de plata que le cubría todo el cuerpo. Fabiana se detuvo sorprendida. En su mirada se veía la desconfianza; entonces aquel misterioso hombre le preguntó: —¿A dónde vas tan de prisa querida amiga? —¿Quién eres tú, igualado? —¿No recuerdas quién soy? ¿Estás segura? Mírame bien. —¡No recuerdo¡ ¡Hazte a un lado que tengo prisa! —¿Seguro que no? En verdad eres una ingrata. Yo que te he hecho más y más rica... —¡Ah! Ya recordé. ¿Eres tú el que me vendió la alcancía que tanto bien me ha hecho? ¿Dónde te metiste esa vez que mis vejestorios no te localizaron? Te iban a... —Si, sé exactamente lo que iban a hacerme, pero conmigo nada... Ya ves lo que les pasó. Ahora vengo para decirte que me regreses mi gatito. —¡Qué dices! ¿Qué te dé mi alcancía? ¡Yo ya te la he comprado y a buen precio! —Sí, es verdad, pero yo la quiero. Si me la regresas yo te daré tres mil pesos de oro, míralos —dijo aquel desconocido y misterioso hombre, mostrándole un saco que contenía el dinero. En la mente de Fabiana surgió la idea de apoderarse de él, sin necesidad de regresarle la alcancía; miró en el suelo una piedra, se agachó rápidamente y la lanzó contra el extraño vendedor sin darle tiempo a esquivarla. La sangre bañó el rostro de aquel hombre y calló al suelo; ella se acercó husmeante. Parecía muerto, tomó el saco de dinero y regresó rápidamente rumbo a su mansión. Llegó, guardó el dinero y se dirigió de nuevo por la misma vereda hacia la mina. El viento soplaba cada vez más con fuerza descomunal; la luna se había ocultado y se veían grandes y negras nubes en el cielo. En el camino Fabiana sentía cómo el asa de la alcancía, se iba haciendo aún más pequeña. No podía sacar ya la mano. Se encontraba como esposada. Cuando iba caminando con presura, de repente tuvo la sensación de tener a alguien a sus espaldas; volteó, pero nadie se hallaba ahí; sólo los arbustos se movían a causa del viento y sus siluetas parecían espectros que la vigilaban amenazantes. No quiso darle importancia a ello; estaba acostumbrada a caminar de noche. De improviso se estremeció al oír una diabólica carcajada, volteó y miró a aquel individuo que había asesinado. Su rostro se llenó de horror. Los coyotes aullaban, el viento enfurecía y las nubes negras en el cielo se arremolinaban vertiginosas. Con voz burlona él dijo: —¿Creías que me ibas a matar? ¿O no? —¡Pero si tú estás muerto! ¡Estás muerto! ¿Quién eres? —¿Que quién soy? —¡Si! ¿Quién eres? ¡Tú estás muerto! —Replicó —¡Cómo vas a poder matarme si yo soy el emperador de las tinieblas! Tu alma me pertenece y pronto vendré por ella. —dijo mientras desaparecía en medio de una gran llamarada. Semanas después del suceso de la mina, una noche de negrura total y de extraño profundo silencio, todos los habitantes del lugar escucharon como si miles de animales hubiesen comenzado a correr y arrastraran algo. La gente curiosa salió de sus casas para ver lo que era, pero nada alcanzaron a distinguir, todo permanecía en la misteriosa calma... Desde esa vez, jamás volvieron a ver a Fabiana. Los pueblerinos se deshacían en murmuraciones de lo más contradictorias; que se había ido; que se había encerrado con sus tesoros; que había muerto. Lo único permanente era oír siempre, al morir la tarde, el correr de muchos animales que arrastraban un bulto por las empedradas calles del pueblo. Sin embargo, nadie daba testimonio de haber presenciado la explicación de aquel ya cotidiano suceso. Cual corre el agua en el río, el tiempo se diluyó y jamás se volvió a ver a Fabiana. Todo parecía tan insólito. La gigantesca casona en donde ella había habitado, tenía ya un peor aspecto escalofriante y nadie se había decidido a entrar; hasta los más temerarios, tenían miedo. Una mañana de invierno, de esas de nublazón cerrada, unas mujeres que habían ido por leña a la ladera cercana, al pasar cerca del callejón aquél, curiosas voltearon hacia el portón de la vieja casona que se encontraba semiabierto. Después de sus gritos aterrados, quedaron como mudas al ver ahí, tirado en el suelo, el cadáver semidevorado por ratas y gusanos, de Fabiana. Un escándalo de terror estremeció a todos los habitantes del pueblo quienes casi de inmediato huyeron horrorizados; nadie quería seguir viviendo en él, pues decían que por las noches de luna llena, entre los aullidos de los coyotes en el monte, se oía el correr de un animal, de un gato, dirigiéndose hacia la derruida casona de la que había sido dueña una malvada y codiciosa mujer; cuando llegaba se comenzaban a oír gritos espantosos como tras ritos de tortura. Aquel lugar que había sido un poblado tan hermoso en el que cuando la primavera llegaba, todo lucía bellos resplandores, ahora se encontraba desierto. Sus habitantes habían huido y las pequeñas casas de tabique donde moraban, eran el albergue de las ratas, la majestuosa iglesia de estilo churrigueresco era la guarida de miles de murciélagos y todo estaba cubierto de telarañas y carcomido por la polilla. En un lúgubre callejón, sucio y maltrecho, junto al enorme portón de una enorme casona, se encontraba un esqueleto. En sus manos tenía una figurita de porcelana, la figura de un gato negro, de ojos rojos y brillantes, con unos enormes colmillos, por los que siempre se veía escurrir sangre fresca, muy fresca... Y un eco imprecisable repetía hasta lo infinito: —¡Miaaaaaaaauuuu!
ANA ES EL DIABLO
(La única explicación del diablo es que no existe. ¡Que pensamientos! ¡Bah! Debo apurarme, si no, no alcanzaré el avión. Son las nueve treinta y a las once de la noche sale. No dudo en lograr las firmas que autoricen la apertura de nuestra sucursal neoyorquina, es algo novedoso para la gente que vive allá y sin temor al fracaso comercial, voy a realizar una ventajosa operación. Mi jefe se pondrá contentísimo y yo más. La tajada que voy a ganarme de comisión no es despreciable. Bueno, el tiempo se oro, así es de que vámonos.) —Perdone señorita sobrecargo, ¿a qué hora llegaremos a Nueva York? —Dentro de una hora. ¿Se le ofrece algo más...? —No. (¡Qué hermosura de rostro!) Bueno sí... un refresco por favor. —En un momento lo tiene usted. Excuse... —No hay cuidado linda. (¡Mmm! ¡Qué bien está! ¡Ah!...) (Desde que emprendimos el vuelo he tenido la sensación de que alguien me mira y creo haber descubierto quién es. Va sola y está desocupado el asiento de junto. Voy a tratar de hacerle conversación. A ver qué sale; quien quite... no sólo los negocios son importantes, esto también interesa. Nada pierdo. Veré si resulta. Parece muy inocentona y nada le pide a la sobrecargo.) —Disculpe señorita, ¿me permite sentarme aquí? Creo que no está ocupado y en mi lugar, tan adelante, no me encuentro muy cómodo... —Sí, si le place... —Gracias... (¡Qué mirada tan profunda y dominante! Sólo de sentir el recorrido de su vista me hizo estremecer. De cerca no parece lo que insinuaba de lejos. Se ve muy misteriosa y esto la hace más atractiva. Voy a hacerle la plática. Por más difícil que sea, tiene que caer en mis brazos esta palomita exótica. Ya veremos si no... Hasta ahora ninguna se me ha resistido.) —¿Va usted también a Nueva York? —La respuesta es obvia caballero. El avión no se dirige a ninguna otra parte. —¡Oh! Sí... ¡Claro! ¡Qué pregunta la mía! (¡Chispas con la mosquita! Y hasta inteligente me resultó. Ahora creo que no sólo hay dos tipos de mujeres: las inteligentes pero feas y las hermosas, pero tontas. Parece que ésta se sale de mis observaciones y me hace abrir un nuevo casillero: las hermosas inteligentes, y prever uno más, que no quiero ni tocar, el de las feas y tontas. Sin embargo... ¡qué importa! A pesar de mis clasificaciones todas tienen lo que yo más quiero y eso...pues... no tiene que ver para nada con el resto...) ¿Es usted mexicana? —No. Soy de la Patagonia. —¡Qué interesante! ¡Cuénteme! Si no es mucho abusar, cómo es su tierra. Siempre me he interesado por la Tierra de Fuego... —¿De verdad quiere saber cómo es? —¡Por supuesto! (¡Qué seria! No puedo lograr una sonrisa siquiera.) —La tierra de fuego está situada en el extremo meridional de América. Ejerce un atractivo especial a todos los viajeros. Sus paisajes extraños... su clima cálido en algunos meses del año y su clima gélido en otros, hacen difícil la vida. Los que viven allí... a veces se arrepienten de no vivir en otros lugares... —(¡Qué voz tan perfecta! Ese tono grave realza su extrañez. Me está gustando mucho. Mucho... ¿Cómo le haré para...?) —Creo que no está poniendo atención a mis palabras.. —¿Eh? ¡... Sí! ¡Cómo no! ¡Interesantísimo! Es usted una gran geógrafa. —No podría negarlo. Tengo una gran capacidad científica; dilucido con suma fluidez cualquier problema por difícil que sea... —(... Y encantadoramente vanidosa y sabia y...) —Nuevamente no me escucha. —(... Y adivina.) disculpe. (Sonrisa) Es que estoy admirado de usted. Un gran talento aunado a una gran hermosura. —Guárdese sus elogios. No los necesito. Yo sé lo que valgo y nada más requiero. Muchos años he dedicado a perfeccionar mis habilidades naturales con el fin de vencer en la ruda pelea en contra de... Creo que comienzo a deleitarme con las primicias de mi triunfo... —(Hermosamente pedante.. y ególatra...) ¿Y qué opina usted sobre el amor? —El amor considerado en un aspecto amplio, verdadero, profundo, humano, es bello. Hasta podría decir que inclusive a mí llegaría a convencerme, pero el amor estrecho, ese culpable de tantas torpezas que han cometido las mujeres, es despreciable. Tan ridículas se presentan algunas cuando dicen que por amor entregarían hasta la vida, mientras que los hombres, conscientes de tal sensiblería, la aprovechan para jugar a su antojo con ellas. Cuántas pudiendo destacar, no lo hicieron por su torpe fidelidad a unos ingratos y torpes hombrecillos, piense en Carlota de México en Marylin de Estados Unidos o en Evita de Argentina. Y como ve, después las estúpidas lamentan su suerte. Unas enloquecen, otras se suicidan o mueren sirviendo a sus huecas parejas. —(Defensora también me resultó de su sexo. Pero vas a ver cómo lo que estás diciendo de nada te va a servir palomita agreste. Vas a caer cuando sientas las primeras caricias. Así son todas. Si yo lo sé...) —Otra vez no ha puesto atención a mis palabras. Creo que no está suficientemente apto como para escuchar mi conversación. Se aburre. No puede concentrarse. En una lucha intelectual entre usted y yo, le iría muy mal. Presiento que usted como todos sus iguales se sienten dioses bajo cuyos poderes nada existe digno, pero se ha equivocado si cree que es un dios para mí. No está en lo cierto y aunque lo fuera.. ¡yo soy enemiga acérrima de los dioses como usted, hombrecillo más...! —No se moleste. Nada he dicho que la ofenda. (Se enojó la filósofa.) —Pero lo ha pensado. Leo su mirada y con ella su pensamiento. Muchas como yo están naciendo en la tierra; liberadas de su esclavitud sentimental de siglos para oponernos al dios hombre y si usted no ignora, quien constituye la fuerza contraria a Dios es... —No diga más... bueno, sí, su nombre siquiera. —Y para qué quiere saberlo, luego lo andará pregonando como una más de sus conquistas, porque para eso vino usted a sentarse a mi lado, pero conmigo fracasará en sus intentos como fracasarán todos los hombres en una no lejana época de igualdad, qué digo igualdad, de superioridad para las mujeres. Triunfará nuestro nuevo matriarcado. Dejarán de achacarnos que por nuestra culpa... —Entonces déjeme adivinarlo... —¡Y es tan fatuo y empalagoso como todos! —Se llama.. por lo bien que habla... ¡Eulalia! No, no.. no es nombre agradable. ¡Irene” por lo pacífica. (Sonrisa) Éste menos, si usted parece una amazona.. sin caballo. (Sonrisa) ¡Pentesilea! Aunque no es muy eufónico, ese debía ser... Es usted una mujer indómita y agresiva... —Me da lástima verlo y por lástima le haré el favor de decirle mi nombre: me llamo Ana... Los apellidos no importan. Lo único es que soy mujer como serán todas en un tiempo, vencedoras del dios hombre, de ese falso dios que nos ha calumniado adjudicándonos la estupidez del pecado y de la estulticia del mundo. Me llamo Ana... ¿Satisfecho? —(Ha de estar medio loca, pero no le hace...) Casi. Aerolíneas Internacionales anuncia la llegada de su vuelo 2002 a la ciudad de Nueva York. Favor de ajustarse los cinturones de seguridad...