Expedición de Catalanes y Aragoneses al Oriente
Part 8
Este desastrado fin tuvo Roger de Flor de edad de 37 años, hombre de gran valor, y de mayor fortuna, dichoso con sus enemigos, y desdichado con sus amigos, porque los unos le hicieron señalado y famoso Capitan, y los otros le quitaron la vida. Fué de semblante áspero, de corazon ardiente, y diligentísimo en ejecutar lo que determinaba, magnífico, liberal, y esto le hizo General, y cabeza de nuestra gente; pues con las dadivas grangeó amigos que le pusieron en este puesto, que fué uno de los mayores, fuera de ser Emperador, ó Rey, que hubo en aquellos tiempos. Dejó á su mujer preñada, y después parió un hijo que Montaner refiere que vivia en el tiempo que él comenzó su historia. Nicephoro solo dice, que junto al palacio del Emperador Miguel le mataron, sin decir por cuyo órden fué, ni quien lo hizo; pero Pachimerio concuerda con Mantaner en lo mas esencial, porque refiere, que salido el César fuera de la Cámara Imperial, después de haber comido con los Emperadores, le envistieron los Alanos de George, y que Roger viéndose acometido se retiro hácia donde estaba la Emperatriz Augusta, y cayó muerto junto á ella, atravesado de una estocada por las espaldas, y que cuando le llegó la nueva á Miguel, que estaba en otro cuarto de su palacio, del suceso de Roger, y que todo estaba alborotado por las muertes que los Alanos ejecutaban en los Catalanes descuidados, perdió casi el sentido, y preguntó si la Emperatriz habia recibido algun daño y si estaba segura; pero luego supo la ocasion de la muerte de Roger, y mandó que George viniese á su presencia, y le preguntó la ocasion que habia tenido para hacer la muerte de Roger, y que le respondió. Que porque el Imperio tuviese un enemigo menos. Así disculpa Pachimerio esta maldad; pero ya que Miguel expresamente no fué Autor de esta muerte, pero por lo menos la consintió, y dejó de castigarla, con que se hizo participante del delito.
No se satisfacieron los Alanos con solo la muerte de Roger, porque al mismo tiempo acometieron todos los Catalanes y Aragoneses que estaban en su compañía, y con atroces muertes los despedazaron, y dice Pachimerio, que Miguel mandó á su tio Teodoro que detuviese á los Alanos y á las demas naciones, que encarnizadas con nuestras sangres salieron de Andrinopoli á degollar todos los que topasen de nuestra nacion, que habia muchos alojados por aquellas aldeas, y que esto lo hizo Miguel porque temió que los suyos no fuesen vencidos, y que su ímpetu no les perdiese. Con esto me parece que claramente se descubre el ánimo de Miguel, que fué sin duda de acabarles á todos. Toda la gente de acaballo que estaba junta acometieron á todos los Catalanes y Aragoneses dentro de la ciudad, y fuera de ella; pero algunos heridos y maltratados tomaron las armas, y perdieron la vida que les quedaba con igual daño del enemigo. Escaparon solo tres caballeros de esta lastimosa tragedia, puesto que Nicephoro dice, que escapó la mayor parte. El uno se llamaba Ramon Álquer, hijo de Gilabert Álquer natural de Castellon de Ampurias, los otros dos eran Guillén de Tous, y Berenguer de Roudor de Llobregat, los demás aunque no murieron luego, fueron entonces puestos en hierros, y después con mayor crueldad quemados, como después se referirá por relacion de Pachimerio. Estos tres caballeros defendiéndose valerosisamente ganaron una Iglesia, y apretándoles mucho en ella, se hubieron de retirar á una torre de ella, peleando con tanta desesperacion desde lo alto que no fué posible, por masque se procuró, matarles ni rendirles. Miguel después de haber ejecutado su crueldad, quiso ganar fama de piadoso y clemente, y así mandó que nadie les ofendiese, y dióles salvo conducto para volver á Galípoli. Nicephoro difiere algo de Montaner en este hecho, porque dice, que Roger fué con solos doscientos caballos á Andrinopoli, y no para solo verse con Miguel, y darle cuenta de lo que se habia determinado en materia de la guerra, como Montaner escribe, sino para pedirle dinero, y cuando lo rehusase hacérselo dar por fuerza. Estas son palabras de Nicephoro, y á lo que yo puedo entender dichas con poco acuerdo de lo que antes habia referido, que Miguel estaba en Andrinopoli con un poderoso ejército, y no parece que un Capitan tan prudente como Roger, á quien los mismos Griegos llaman, siempre que se ofrece ocasion, hombre de gran prudencia, hiciese tan gran desatino, como lo fuera ir con solos trescientos de á caballo á amenazar un Emperador, que se hallaba dentro de una Ciudad grande, y con un ejército poderoso.
CAPITULO XXVIII.
La gente de guerra toma descubiertamente las armas contra los Griegos, y en diferentes partes del Imperio se matan los Catalanes y Aragoneses.
La gente de guerra que estaba con Berenguer de Entenza y Rocafort, les pareció tentar el último medio para que Andronico les pagase. Enviaron al Emperador tres embajadores, para que resueltamente le dijesen, que si dentro de quince dias no se les acudia con parte de lo mucho que se les debia, les era forzoso apartarse de su servicio, dar lugar á que sus armas alcanzasen lo que su razon y justicia nuca pudo. Recibió el Emperador estos tres Embajadores, que fueran Rodrigo Perez de Santa Cruz, Arnaldo de Moncortes, y Ferrer de Torrellas, y en presencia de la mayor parte de sus Consejeros y Ministros, y con mucha aspereza les dijo: que el Imperio de los Griegos no estaba tan acabado y destruido, que no pudiese juntar ejércitos poderosos para castigar su atrevimiento y rebeldía, y aunque eran muchos los servicios que le habian hécho en la guerra de Oriente, ya los habian borrado con sus excesos y demasías, y con la poca obediencia y respeto que tenian á su corona: que él haria lo que tocaba y fuese razon; en lo demas les aconsejaba, que no se precipitasen con desesperacion á lo que tan mal les estaba, y que no pidiesen con violencia lo que con la misma se les podia negar; que la fidelidad de que ellos tanto se preciaban se perdia, si las mercedes se pedian por fuerza á su Príncipe. Sin querer oir su respuesta, ni dar lugar á más satisfaccion, les mandó el Emperador, que con mas acuerdo se resolviesen y le hablasen. Después dentro de pocos dias llegó la nueva á Constantinopla de la muerte de Roger, y de algunas crueldades que los nuestros hicieron en Galípoli, y el pueblo se levantó contra los Catalanes, según dice Pachimerio; pero Montaner refiere, que en un mismo tiempo en todas las Ciudades del Imperio se degollaron los Catalanes por órden de Andronico, y Miguel. Puede ser que en esto Montaner ande algo apasionado, atribuyendo toda la culpa á los Emperadores; pero lo que yo tengo por cierto, que el pueblo irritado ejecutó esta maldad y ellos no la atajaron.
En Constantinopla se levantó el pueblo, y acometió los cuarteles á do estaban los Catalanes, y como si fueran á caza de fieras les iban degollando y matando por la Ciudad. Después de haber degollado muchos, fueron á casa de Raul Paqueo, pariente de Andronico, y suegro de Fernando Aones el Almirante, y pidió el pueblo que luego se les entregasen los Catalanes que habia dentro; y porque esto no se hizo tan presto como ellos quisieron, pegaron fuego á la casa con que se abrasó todo cuanto habia dentro, y aquí tengo por cierto que los tres Embajadores y el Almirante perecieron. El Patriarca de Constantinopla salió á reprimir la multitud amotinada, y sin hacer efecto con mucho peligro se retiró. La mayor dificultad que se ofreció para no poder oprimir á los Catalanes todos á un tiempo, fué por estar Galípoli bien defendido, y los que estaban alojados en las aldeas con las armas en la mano, y mas adbertidos que los otros que estaban en diferentes partes.
Miguel temiendo que los de Galípoli sabida la muerte de Roger no le acometiesen, mandó que el gran Primicerio fuese con todo lo grueso del ejército sobre Galípoli. Ejecutóse luego, y con la caballería mas ligera se enviaron algunos Capitanes, para que les acometiesen antes que pudiesen ser avisados. Cogieron á la mayor parte divididos por sus alojamientos, en sus lechos, y en sumo descanso; porque entre los que tenian por amigos les parecia inútil el cuidado de guardarse. Entró esta caballería por algunos casales, pasando por el rigor de la espada todos los Aragoneses y Catalanes que toparon. Las voces y gemidos de los que cruelmente se herian y mataban, avisaron á muchos que se pudieron poner en seguro, y la codicia de los vencedores, que ocupados en el robo dejaban de matar, tambien dió lugar á que muchos se escapasen. En Galípoli, aunque lejos, se sintió el ruido y voces confusas, con que los nuestros tomaron las armas, y quisieron salir á reconocer la campaña, y certificarse del daño que temian; pero Berenguer de Entenza y los demás Capitanes detuvieron el ímpetu de los soldados, que en todo caso querian que se les diese franca la salida; y como la obediencia de aquella gente no estaba en el punto que debiera, no se atrevió Berenguer á enviar algunas tropas á batir los caminos, y tomar lengua, porque temió que tras de ellas seguiria el resto de la gente, y quedaria Galípoli sin defensa, de cuya conservacion pendia la salud comun.
Discurríase variamente entre los nuestros la causa de tanto alboroto en las campañas y caserias vecinas de Galípoli. Decian unos que los Griegos oprimidos de la gente militar se habrian conjurado, y tomado las armas para alcanzar su libertad; otros que atravesando aquel angosto espacio de mar los Turcos, acometian sin duda á nuestros cuarteles; pero en esta variedad de discursos jamás pudieron atinar la verdad de caso tan inhumano. Con la noche y confusion del caso algunos de los nuestros llegaron á Galípoli libres, y solo dieron noticia de que dentro de sus casas, en sus alojamientos, habian sido acometidos de gentes militar y armada.
CAPITULO XXIX.
Berenguer de Entenza, y los que estaban dentro de Galípoli, sabida la muerte de Roger, deguellan todos los vecinos de Galípoli, y el campo enemigo los sitia.
Estando en esta turbacion tuvieron aviso cierto de la muerte de Roger, y de la universal matanza de los Catalanes y Aragoneses en Andrinopoli, y juntamente de la que en la comarca de Galípoli se ejecutaba por órden de Miguel. Fué tanta la rabia y corage de los Catalanes, que dice Nicephoro, y concuerda con él Pachimerio, aunque Montaner lo calla, que mataron á todos los vecinos de Galípoli, no perdonando á sexo ni edad, y Pachimerio encarece mas la inhumanidad del caso diciendo; que hasta los niños empalaban: fiereza y maldad abominable si fué verdad, aunque se puede dudar por ser Griega y enemigo este Autor. Pero si en algun exceso tiene lugar la disculpa fué en este, pues con el ímpetu de la cólera la ejecutaron contra los Griegos que tuvieron delante, en satisfacion de otra mayor crueldad hecha por ellos con mucho acuerdo y sin causa. Desde este punto todo fué crueldad rabia, y furor de entreambas partes, que parece que la guerra no se hacia entre hombres sino entre fieras. Pero sin duda que las crueldades de los Griegos excedieron sin comparacion á las que hicieron los Catalanes, porque nunca violaron el derecho de las gentes, ni ofendieron á sus enemigos de bajo de palabra, ni seguro; aunque en otras cosas los nuestros anduvieron muy sobrados, y no guardaron las leyes de una guerra justa; pero la ocasion de esto fué no quererlas guardar los Griegos, con que quedan bastantemente disculpados los Catalanes y Aragoneses en esta parte, pues forzosamente la guerra se hubo de hacer con igualdad. Juntáronse los Capitanes con harta confusion y sentimiento á tratar de su remedio. Estaban en un estado tan lastimoso, que aun los mismos enemigos se podian compadecer de su miseria. Perdidos todos sus servicios, con que algun tiempo pensaba alcanzar quietud y descanso; perdida la reputacion por el castigo, porque con él se habia dado ocasion para que todo el mundo les tuviese en poco, pues tras tantas victorias merecían tal premio; muertos gran parte de sus amigos, y su muerte á los ojos.
Hallábase á la sazon Galípoli sin bastimentos, y sin fortificacion alguna, cuando los enemigos que allegaban al número de treinta mil infantes, y catorce mil caballos, entre las tres naciones de Turcoples, Alanos y Griegos se pusieron casi sobre sus murallas, amenazando á los nuestros un lastimoso fin; porque el Emperador Miguel junto las fuerzas que pudo de Thracia y Macedonia, á mas de la gente que ordinariamente llevaba sueldo del Imperio; y para dar mas calor se salió de Andrinopoli, y se fué á Panphilo, y de allí envió al gran Duque Eteriarca á Basila, y al gran Bausi Humberto Palor á Brachialo cerca de Galípoli, para apretar mas los cercados. La primera resolucion que se tomó fué fortificar el arrabal, porque el enemigo no le ocupase, y no llegase sin perder gente y tiempo, cubierto de las casas, á nuestros fosos y murallas, aunque en esto no dejaba de haber dificultad por ser grande el espacio de los arrabales, y desigual para su defensa el pequeño número de nuestra gente. Hecho esto, determinaron de enviar Embajadores al Emperador Andronico, que en nombre de toda nuestra nacion se apartasen de su servicio, y le retasen, para que ciento á ciento, ó diez á diez conforme el uso de aquellos tiempos combatiesen en satisfaccion de su agravio, y de la muerte afrentosa de Roger, y de los suyos, hecha tan alevosamente por Miguel su hijo, y por los demás Griegos. Enviáronse un caballero que Montaner llamado Síscar, y á Pedro Lopez Adalid, y dos Almugavares, y otros tantos marineros; que eran de todas las diferencias de milicia que habia en nuestro ejército; y esto fué antes que se supiese en Galípoli la muerte de los tres Embajadores primeros, que fueron por órden de Berenguer de Entenza. En tanto que se esperaba la última resolucion de Andronico por medio de estos Embajadores, el enemigo poderoso en la campaña apretó el sitio de Galípoli, y los nuestros con su valor acostumbrado, con salidas y escaramuzas ordinarias le fatigaban y detenian.
CAPITULO XXX.
Tienen los nuestros consejo, síguese el de Berenguer de Entenza, no por el mejor, pero por ser del mas poderoso.
Había entre los capitanes de Galípoli diversas opiniones sobre el modo de hacer la guerra; y así convino que las principales cabezas se juntasen en consejo para resolverse. Berenguer de Entenza dijo: si el valor y esfuerzo de hombres que nacieron como nosotros, amigos y compañeros, en algun trabajo y desdicha pudiera faltar, pienso sin duda que fuera en la que hoy padecemos, por ser la mayor y mas cruel con que la variedad humana suele afligir los mortales, el ser perseguidos, maltratados, y muertos, por los que debiéramos ser amparados y defendidos. ¿De qué sirvieron las victorias, tanta sangre derramada, tantas Provincias adquiridas, si al tiempo que se esperaba justa recompensa debida á tantos servicios, con bárbara crueldad se ejecuta contra nosotros lo que vemos, y apenas damos crédito? Por mayor suerte juzgo la de nuestros compañeros que murieron sin sentir el agravio, que la nuestra que habemos de perecer con tan vivo sentimiento; porque dejar de tomar satisfacion de tantas ofensas, y retirarnos á la patria, fuera indigno de nuestro nombre, y de la fama que por largos años hemos conservado, ni los deudos ni amigos nos recibieran en la patria, ni ella nos conociera por hijos, si muertos nuestros compañeros alevosamente no se intentará la venganza, y se borrará con sangre enemiga nuestra afrenta. Las pocas fuerzas que nos quedan, avivadas con el agravio, al mayor poder se podian oponer, y mas favorecidas de la razon que tan claramente está de nuestra parte. Vuestro ánimo invencible en la dificultad cobra valor, y en el mayor peligro, mayor esfuerzo. El Asia quedó libre de la sujecion de los Turcos por nuestras armas, nuestra reputacion y fama tambien lo ha de quedar por ellas; y si Grecia se admira de tantas victorias, hoy sentirá el rigor de vuestras espadas que no supo conservar en su favor y defensa. Todos nos deben de tener por perdidos, ó por lo menos navegando la vuelta de Sicilia con los navios y galeras que nos quedan; pero su daño les desengañará, que ni el ánimo les acovardó, ni el agravio antes de su venganza permitió nuestra vuelta. Defender á Galípoli, es lo que ahora nos importa, por estar á la entrada del estrecho, de donde se puede impedir la navegacion y trato de estos mares, siempre que no corrieren por ellos armadas superiores á la nuestra, y así es forzoso buscar bastimentos y dinero para sustentarle. Los socorros tenemos lejos, tardos, y quizá dudosos, porque á nuestros Reyes ocupan otros cuidados mas vecinos. Todos los Príncipes y naciones que nos rodean son de enemigos, no hay que esperar otro socorro sino el que estos navios y galeras que nos quedan podran alcanzar de nuestros contrarios. Con esto haremos dos cosas importantes, buscar el sustento que nos va ya faltando, y divertir al enemigo del sitio que tanto nos aprieta, y puesto que la guerra se deba hacer como ya está determinado, es bien que sea en parte donde los enemigos no esten tan superiores, y se pueda mas fácilmente alcanzar alguna victoria, para que el crédito y reputacion de nuestras armas vulva á su debido lugar y estimacion. Las costas de estas Provincias vecinas viven sin recelo, pareciéndoles que nuestras fuerzas no son bastantes á defendernos en Galípoli, y en tanto que el sitio durare no dejaremos estas murallas. Este descuido parece que nos ofrece una ocasion cierta de hacerles mucho daño, si con nuestras galeras y navios acometemos estas islas y costas de su Imperio; y pues soy autor del consejo, lo seré de la ejecucion. A las últimas palabras de Berenguer de Entenza Rocafort se levantó con semblante y voz alterada, señales de su ánimo ocupado de la ira y venganza, dijo: El sentimiento y pasion con que me hallo por la muerte de Roger, y de nuestros Capitanes y amigos, no es mucho que turbe la voz y el semblante, pues enciende el ánimo para una honrada y justa satisfacion. Por el rigor de nuestro agravio, mas que por la razon; debiéramos hoy de tomar resolucion; porque en caos semejantes la presteza y poca consideracion suelen ser útiles, cuando de las consultas suelen dificultades. Retirarnos á la patria mengua y afrenta de nuestro nombre seria, hasta que nuestra venganza fuese tan señalada y atroz como lo fué la alevosia y traicion de los Griegos; y así en este punto siento con Berenguer de Entenza; pero en lo que toca al modo de hacer la guerra opuestamente debo contradecirle, porque paréceme yerro notable dividir nuestras fuerzas, que juntas son pequeñas y desiguales al poder del enemigo que nos sitia. Yo doy por cierto y constante que Berenguer robe, destruya, y abrase las costas vecinas como él ofrece; ¿pero quién nos asegura que al tiempo que él estuviere corriendo los mares, los pocos que quedaren en Galípoli no sean perdidos? ¿Y entonces Berenguer á donde podrá su armada, donde los despojos de su victoria? ¿No le queda puesto ni lugar seguro hasta Sicilia; pues yo por mas cierto tengo el perderse Galípoli si él sacáre la gente que está en su defensa para guarnecer la armada, que seguro de su victoria. Todos los Capitanes famosos ponen su mayor cuidado en socorrer una plaza que el enemigo tiene sitiada, y para esto aventuran no solo lo mejor y más entero de su campo, pero todas sus fuerzas? ¿Y Berenguer estando dentro se ha de salir? ¿Quién asegura al soldado que su ida ha de ser para volver? el miedo y el recelo comun no se pueda quitar, aunque sangre y hechos claros son seguras prendas para los que nacieron como él. Nuestra venganza ya no pide remedios tan cautos y dudosos, ni á nosostros nos conviene el dilatar la guerra por ser poca antes de ser menos; ejecutemos la ira. Aventurese en un trance y peligro nuestra vida; y así mi último parecer es, de que salgamos en campaña, y debemos la batalla á los que tenemos delante.
Y aunque por la muchedumbre del ejército enemigo se puede tener la muerte por más cierto que la victoria, la causa justa que mueve nuestras armas, y el mismo valor que venció á los Turcos vencedores de los Griegos, tambien puede darnos comfianza de romper sus copiosos escuadrones, y abatir sus águilas como se abatieron sus lunas; y cuando en esta batalla estuviere determinado nuestro fin, será digno de nuestra gloria que el último término de la vida nos halle con la espada en la mano, y ocupados en la ruina y daños de tan pérfida gente. Prevalió este último parecer en los votos de los que se consultaban por ser el mas pronto, aunque de más peligro, y de mas gallardia; pero el poder de Berenguer de Entenza, mayor entonces que el de Rocafort, no dió lugar á que la ejecucion fuese la que determinó la mayor parte. Y Ramon Montaner y dice, que las razones y ruegos de muchos no le pudieron hacer mudar de parecer.
En este medio tuvieron aviso, que el Infante Don Sancho de Aragon habia llegado con diez galeras del Rey de Sicilia á Metellin é iria al archipiélago, y de las mas vecinas á Galípoli. Berenguer de Entenza y los demás Capitanes enviaron luego á suplicarle viniese á Galípoli, á tomarles los homenages y juramento de fidelidad por el Rey de Sicilia. Encarecieron su peligro y el descrédito del nombre de Aragon si no los socorria; subditos que le habian hecho tan ilustre y tan grande. Don Sancho mostró luego con su presta resolucion el deseo de su bien y conservacion. Partió de Medellín con sus diez galeras y vino á Galípoli, donde fué recibido con universal aplauso, creyendo que les ayudaria para tomar entera satisfacion de sus agravios, sirviéndole con parte de los pocos bastimentos y dinero que tenian, y sin precisa obligacion de obedecerle, todos le reconocieron por cabeza.
CAPITULO XXXI.
Los embajadores de nuestro ejército á la vuelta de Constantinopla por órden del Emperador fueron presos y muertos cruelmente en la Ciudad de Rodesto.