# Expedición de Catalanes y Aragoneses al Oriente

## Part 16

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Después de haber saqueado y satisfecho la pérdida pasada de allí pasaron á la Isla que Montaner llama Espol, yo entiendo que fué la que hoy se llama el Sciro. Saqueó toda la Isla, y combatió el Castillo sin fruto. De allí tómaron el cabo de la Isla de Negroponte, quiso el Infante entrar en la Ciudad, porque cuando vino á Romania estuvo en ella, y fué muy recibido, y festejado. Montaner y los demás capitanes de experiencia le advirtieron, que no convenia poner á riesgo su persona, y la de los que con él iban, despues de haber saqueado los Lugares del Duque de Athenas, con quien los señores de Negroponte tenian confederacion. No dió credito á sus buenos consejos, y usando de su poder absoluto, con evidente peligro entró en la Ciudad, hallaron en el puerto diez galeras de Venecianos que habian venido á instancia de Carlos de Francia, á quien dió el Papa la investidura de los Reinos de Aragon, cuando el Rey Don Pedro ocupó á Sicilia. Trahían un caballero Francés llamado Tibal de Sipoys, para que en nombre de Carlos su príncipe tratáse en Grecia nuevas confederaciones, y amistades, y particularmente de los nuestros, de quien esperaba Carlos su remedio, porque tenia pensamiento de venir en persona por los derechos que pretendía al Imperio, á echar de él al Emperador Andronico. El Infante y ano tuvo lugar de arrepentirse, ni volver atrás, porque fuera dar mayor sospecha; pero antes de desembarcar quiso que le asegurasen, y diesen palabra de no ofendelle. Hicieronlo con mucho gusto al parecer, Tibaldo el primero, y los capitanes de las diez galeras Venecianas, que se llamaban Juan Tarin, y Marco Misot, y los tres señores de Negroponte. Con esto le pareció al Infante que estaba seguro. Saltó en tierra, donde le convidaron para aseguralle más, y quitar á las galeras la mayor defensa que éra el éstar allí su persona, y las de quien siempre le acompañaban que entre ellas fué la de Montaner. Apenas puso el Infante el pie en tierra, cuando las diez galeras Venecianas dieron sobre las del Infante, y el vajel de Montaner, donde acudió mucha gente, porque tenian noticia que habia dentro grandes riquezas. Mataron al entrar, cerca de cuarenta hombres que se quisieron defender, y al mismo tiempo prendieron al Infante, con hasta diez de los más principales que estaban en su compañía. Tibaldo luego libró la persona del Infante, á Micer Juan de Misi, señor de la tercera parte de Negroponte; para que le llevase al Duque de Athenas en nombre de Carlos de Francia, cuya órden se aguardaria para disponer de la persona del Infante. Llevaronle con ocho caballeros, y cuatro escuderos á la Ciudad de Athenas, donde fué entregado al Duque y por su órden con muchas guardas llevado al Castillo de S. Tomer donde quedó prisionero algunos dias.

CAPITULO LVI.

Rocafort y su gente prestan juramento de fidelidad á Tibaldo de Sipoys en nombre de Carlos de Francia.

En este tíempo, ya Tibaldo trataba de traer al servicio de Carlos á Rocafort y á toda la compañía y procuraba grangearles por todos los medios que pudo. No faltó quien le advirtió que en ninguna cosa podia ganar más la voluntad de Rocafort, que entregándole dos de aquellos prisioneros que tenia, que el uno de ellos era Montaner, y el otro García Gomez Palacin, enemigo grande de Rocafort. Tibaldo dió credito al aviso, y sin más averiguacion embarcó en sus galeras á Montaner, y á Palacin, y él en persona partió la vuelta del cabo de Casandria, donde estaban los nuestros con Rocafort; y apenas hubo llegado á su presencia, cuando le presentó los dos prisioneros, pareciéndole que habian de ser el medio de sus amistades, y así fueron ellas tan desdichadas, pues se fundaron en la sangre, y muerte de un inocente. Entregaronse ambos prisioneros, pero con diferente suerte, porque al uno le apartaron para quitarle la vida, y al otro para darle libertad. Honraron con grandes demostraciones de contento á Montaner, y á Palacin mandó Rocafort cortarle luego la cabeza, sin darle mas tiempo de vida de lo que el verdugo tardó á darle la muerte, y sin que persona alguna se atreviese á replicar sobre ello á Rocafort. Que se halle hombre tan ruin como Rocafort entre tanto soldados, y capitanes no me causa admiracion; pero que entre todos ellos no se halláse un hombre de bien que detuviera, ó replicára á Rocafort, advirtiéndole, si quiera, que ofendia su fama, y obscurecia sus hechos, con ejecucion tan inhumana, y fuera de tiempo. Era García Gomez Palacin Aragones, valiente soldado, y honrado caballero, aunque desdichado, principal capitan, y valedor del vando de Berenguer de Entenza, y Fernan Jimenez de Arenós.

Con este hecho indigno de cualquier hombre que lo sea, perdió Rocafort amigos, y reputacion; pues dar la muerte á un caballero que se retiraba como vencido á la patria, de donde no le pudiera ofender, ni impedir su grandeza, fué indicio y señal manifiesta de su crueldad, y fiereza. Montaner como habia sido Maestre Racional de nuestro ejército, y era el que mandaba todos los oficiales de pluma, tenia grangeados con su buen término, y verdad los animos de todos los soldados, y así le amaban como á padre, cosa raras veces vista amar la gente de pluma á quien ordinariamente aborrecen y murmuran, porque les parece que estando descansados, con trampas y enredos en daño de la milicia se acrecientan, y enriquecen, y ellos con mil trabajos y peligros viven siempre en una miserable suerte.

Recibieron todos á Montaner con regocijo general, y luego le dieron una posada de las mas honradas que habia, y los Turcos, y Turcoples los primeros le presentaron veinte caballos, y mil escudos, y Rocafort un caballo de mucho precio, y otras cosas de valor, sin que huviese persona de estimacion en todo el ejército que no le diese algo. Tibaldo de Sipoys, y los capitanes Venecianos que le entregaron, quedaron corridos de ver que se hiciese tanta honra á quien ellos habian robado cuanto tenia, y temieron que no le hiciese daño en desbaratar sus trazas, y pretensiones; pero Montaner era cuerdo, y como no le pareció cosa segura quedarse en nuestro campo, ni las impidió, ni las faboreció.

Rocafort que hasta entonces habia estado dudoso en aceptar lo que por parte de Carlos de Francia le ofrecia Tibaldo de Sipoys, porque el respeto de la casa de Aragon le detenia pero cuando tuvo por cierto que por no haber querido admitir al Infante por el rey Don Fadrique, las casas de los reyes de Aragon, Sicilia, y Mallorca, le serian enemigos, vino en lo que Tibaldo deseaba, que la compañia le recibiese por su general en nombre de Carlos de Francia, ofreciéndoles el sueldo aventajado, y grandes esperanzas, que era lo que les podia dar. Con esto le juraron fidelidad, forzados á lo que yo puedo juzgar, de la violencia de Rocafort, porque deshechar á su príncipe natural, y tomar al estraño, y enemigo, no es posible que los Catalanes, y Aragoneses voluntariamente lo consintiesen, ni Rocafort lo intentáse, sino por la seguridad que tenian en los Turcos, y Turcoples, y parte de la Almugavaria que ciegamente le obedecían, aunque lo que Rocafort hizo no parece que fuese traicion, porque no tomó las armas contra sus príncipes, sino solo se apartó de sus servicios: cosa en aquellos tiempos licita y usada, y mas cuando precedian agravios. Ni menos fué por aborrecimiento que tuviesen á la casa de Aragon, y amor á la de Francia, sino que quiso arrimarse por entonces al príncipe menos poderoso, para con mas facilidad apartarse de él cuando sus cosas llegasen al estado en que esperaba verse.

Porque corria una voz entre muchas, que Rocafort se queria llamar rey de Tesalónica, ó Salonique, y no era esto sin algun fundamento, pues habia mudado el sello del ejército que era la imagen de San Pedro, y en su lugar mandó poner un rey coronado; señales evidentes de sus altos y atrevidos pensamientos, y que sin duda llegára á ser príncipe absoluto, si su grande avaricia, y soberbia no atajára los pasos de su próspera fortuna, al tiempo que le ofrecia un estado con que pudiera fundar, y engrandecer su casa. Que si Rocafort viviera cuando los nuestros ocuparon los Estados de Athenas, y Neopatria, tengo por sin duda que no llamaran al rey de Sicilia sino que le recibieran por su príncipe y señor; pues se pudiera hacer con muy justo titulo, habiendo sido Rocafort su general tantos años en tiempos de trabajos, y debajo de cuyo mando, y govierno habian alcanzado tantas victorias, y dado glorioso fin á tan señaladas empresas.

Luego que las galeras Venecianas vieron á Tibaldo general del ejército en nombre de Carlos, partieron la vuelta de su casa y Ramon Montaner con ellas, aunque le rogaron mucho que se quedase, pero como él conocia la poca seguridad que habia en la condicion de Rocafort, jamas quiso quedarse, ni aun pediendoselo muy encarecidamente el mismo Tibaldo.

CAPITULO LVII.

Montaner con las galeras Venecianas vuelve al Negroponte, y en Athenas se ve con el Infante Don Fernando.

Juan Tari general de las galeras Venecianas por órden de Tibaldo dió una galera á Montaner, para que llevase en ella sus camaradas, sus criados, y su ropa, y su persona se embarcó en la Capitana con Tari, de quien fué por extremo regalado, y servido.

A mas de esto Tibaldo dió cartas á Montaner para Negroponte, en que mandaba que se le restituyese todo lo que se le habia robado de su galera cuando prendieron al Infante, y esto so pena de la vida y perdimiento de bienes, si alguno lo ocultase. Con este buen despacho partió Montaner á Negroponte con las galeras Venecianas, donde llegaron con buen tiempo y luego se notificaron las cartas de Tibaldo al justicia mayor de Venecianos. Hicieronse luego pregones con las penas dichas á los que no restituyesen, y Juan Damici, y Bonifacio de Berona, como señores tambien de la Isla hicieron los mismos pregones, cuando vieron la carta de Tibaldo, supremo ministro en aquellas partes del rey de Francia. Fueron los pregones poco obedecido, porque no se hicieron sino solo para satisfacer y cumplir con esta demostracion con Tibaldo, porque Montaner no cobró cosa alguna de las perdidas, ni se le dió otra satisfacion. Montaner como verdadero criado y servidor el Infante, pidió á Juan Tari que le diese lugar para ir á la Ciudad de Athenas á verle y consolalle en su prision, que como nació subdito de los de su casa, no podia dexar de acudir en caso tan apretado como velle preso. Tari con mucha cortesía le ofreció de aguardar quatro dias en Negroponte, en que tendría bastante tiempo para ir á visitar al Infante, y volverse; porque de Negroponte, á Athenas habia solas veinte y cuatro millas.

Partió Montaner con cinco caballos, y en llegando á la Ciudad quiso ver al Duque, y aunque le halló enfermo, le dió lugar para le viese, y le recibió con mucha cortesía, y con palabras muy encarecidas le significó el sentimiento que habia tenido del suceso de Negroponte, quando le robaron su galera, y ofreció que en todo lo que se le ofreciese le ayudaria con veras. Montaner respondió que estimaba mucho la merced, y honra que le hacia, pero que solo deseaba ver al Infante Don Fernando. Diole licencia el Duque con mucho cumplimiento, y mandó que en el tiempo que Montaner estuviese con el Infante, todos quantos quisiesen pudiesen entrar en el castillo, y visitalle. Dieron luego libre la entrada de Sant Ober, y Montaner en viendo al Infante, las lagrimas le sirvieron de palabras, que mostraron el sentimiento de ver su persona puesta en manos de estrangeros. El infante en lugar de recibir algun consuelo de Montaner, fué él el que se le dió, y animó con palabras de grande valor y constancia.

Dos dias se detuvo Montaner en su compañía, platicandose los medios mas necesarios para su libertad, y últimamente quiso quedarse para serville, y asistille en la prision, no le consintió el Infante por parecelle mas conveniente que fuese á Sicilia á tratar con el Rey de su libertad. Diole cartas para el Rey, y le encargó que como testigo de vista refiriese á su tio todo lo que habia pasado en Thracia, y Macedonia, acerca de admitille en su nombre. Con esto se despidió Montaner, y fué á tomar licencia del Duque para volverse, de quien fué regalado con algunas joyas, que le fueron de mucho provecho, porque todo el dinero que trahia habia dexado al Infante, y repartidos sus vestidos entre los que le servian.

Vuelto á Negroponte, se partieron luego las galeras, y navegando por las costas de la Morea, llegaron á la Isla de la Sapiencia, donde toparon quatro galeras de Riambau Dasfar, de quien ya tenia lengua Montaner. Los Venecianos sospechosos siempre como gente de República, apartandose con Montaner, le preguntaron si Riambau Dasfar era hombre que les guardaria fe. Respodióles que era buen caballero, y que él no sería enemigo ni haria daño á los amigos del Rey de Aragon, y que con seguridad podrían estar todos juntos, y honrar á Riambau. Con esto se sosegaron, y Montaner pasó á la galera de Riambau Dasfar, y luego todas se juntaron, y se convidaron los capitanes con mucha llaneza y seguridad.

Llegaron á Clarencia donde se detuvieron las galeras Venecianas, y entonces Montaner se pasó á las de Riambau, en cuya compañía llegó á Sicilia, y en Castronuevo se vió con el Rey, y le dió larga relacion de lo que pasaba juntamente con la carta del Infante. Mostró el Rey gran sentimiento, y luego escribió al Rey de Mallorca, y al Rey de Aragon, para que todos juntos ayudasen á la libertad de Don Fernando; y en este medio Carlos hermano del Rey de Francia escribió al Duque de Athenas que enviase la persona del Infante al Rey Roberto de Nápoles. Obedeció el Duque; y así vino el infante á Nápoles preso, donde estuvo un año en una cortés prision, porque salia á caza, y comia con Roberto, y con su muger, que era su hermana. El rey de Mallorca su padre por medio del Rey de Francia le alcanzó libertad, con que el Infante vino á Colibre á verse con su padre.

CAPITULO LVIII.

Prision de Berenguer, y Gisbert de Rocafort.

Los nuestros despues que admitieron por Capitan general á Tibaldo, y le juraron en nombre de Carlos hermano del Rey de Francia, mantuvieron el puesto de Casandria, sustentándose de las correrias, y entradas que hacian la tierra á dentro, hasta llegar á Tesalónica donde estaba la Emperatriz con toda su Corte, con todas las riquezas y tesoros del Imperio de los Griegos, que esta ambiciosa mujer habia recogido para acrecentar á sus hijos en grave daño de Miguel su entenado, sucesor legitimo del padre. Mientras Rocafort sin recelo de mudanza trataba de su aumento, y grandeza, llegó el fin de su prosperidad, y principio de su desdicha, que las mas veces suele ser en la mayor confianza y seguridad del hombre; para que se conozca claramente la instabilidad de las cosas humanas y que no hay poder que pueda en sí propio asegurarse, porque las causas de su acrecentamiento son las mismas de su ruina.

La primera causa y motivo que tuvieron sus enemigos para deriballe, fué conocer en él un grande desconocimiento de lo que debia á su propia naturaleza y sangre, pues á mas de ser cruel, era codicioso y lascivo; insufribles vicios en los que mandan, porque la vida, honra, y hacienda, bienes los mayores del hombre mortal, andan siempre en peligro. El deseo de tomar satisfacion y venganza de los agravios recibidos de Rocafort, con el miedo se encubrieron, hasta que tomaron la ocasion del poco caso, y respeto que Rocafort, tenia á Tibaldo, y secretamente pusieron en platica su libertad, pareciéndoles que hallarian en Tibaldo, como en hombre ofendido, el remedio de sus agravios; pues casi eran comunes á todos. Dixeron á Tibaldo que les ayudase á salir de tan dura servidumbre, y que se reprimiese la insolencia de Rocafort, pues olvidado de lo que debia hacer un buen gobernador, y capitan, atropellando las leyes naturales, usaba de su poder en cosas ilicitas, y fuera de toda razon, y de los subditos libres como de sus esclavos, y de los bienes agenos como suyos propios. Que ya era tiempo que las maldades de Rocafort tuviesen castigo, y sus trabajos y peligros fin que pues él era la suprema cabeza pusiese el remedio conveniente, y diese satisfacion á tantos agraviados. Tibaldo como solo y forastero, temiéndose que no fueran echadizos de Rocafort para descubrir su animo, respondió con palabras equívocas, ni cargando á Rocafort, ni desesperándoles á ellos.

Era el Francés hombre muy prudente, y de grande experiencia, y quiso aunque agraviado de Rocafort, tentar el camino mas suave para moderalle; porque como el principal motivo de su venida habia sido para tener de su parte nuestro exercito, no reparaba en su particular autoridad, sino en lo que habia de ser de importancia para eL Príncipe, cuyo ministro era. El primer medio que tomó fué hablar con gran secreto á Rocafort, y pedille que se fuese á la mano en sus gustos, poniéndole delante los daños que le podrían causar. Pero Rocafort poco acostumbrado á sufrir personas que pretendiesen detener y corregir sus desordenes respondió á Tibaldo con tanta aspereza, que le obligó á poner remedio mas violento, y desesperado de poder mantener á Rocafort en el servicio de su Príncipe, sino se le consentían sus ruindades, determinó vengarse de él, y dexar nuestra compañia.

Pero disimuló esta determinacion hasta que un hijo suyo viniese con seis galeras de Venecia, á donde le habia enviado algunos meses antes. Llegaron dentro de pocos dias, y Tibaldo quando se vió seguras las espaldas, envió con gran secreto á decir á los Capitanes conjurados, que le hiciesen saber en lo que estaban resueltos de los negocios de Rocafort. Ellos respondieron que juntase consejo, y que en él veria los efectos de su determinacion. Dióse Tibaldo por entendido, y al otro dia hizo juntar el consejo, publicando que tenia cosas importantes que tratar en él. Vino Rocafort con la insolencia, y arrogancia que acostumbraba. A la primera platica que se propuso, comenzaron todos á quexarse de él; pero como hasta entonces no habia tenido hombre que le osáse contradecir, ni que descubiertamente se le atreviese, alborotóse extrañamente y con el rostro ayrado, y palabras muy pesadas, los quiso atropellar como solia. Entonces los Capitanes conjurados se fueron levantando de sus asientos, y llegándosele mas, multiplicando las quexas, y acordándose de los agravios que á todos hacia, diciendo, y haciendo, le asieron á el, y á su hermano, sin que pudiesen resistirse, porque los conjurados eran muchos, y resueltos. Luego que tuvieron presos á entrambos hermanos, y entregados á Tibaldo, acometieron la casa de Rocafort, y la saquearon toda, alargándose la licencia militar, como suele en casos semejantes, sin detenelles el respeto que debian tener á las paredes de quien habia sido su General tantos años, y con su espada, y valor heberles defendido tantas veces.

CAPITULO LIX.

Tibaldo llevando consigo los dos hermanos presos, dexa el exército, y los lleva á Nápoles, donde les dieron muerte.

Causó la prision de Rocafort diferentes efectos, porque sus amigos se entristecieron como participantes de sus delitos, y hubieran hecho alguna demostracion de liberalle, si no dudáran de que un caso tan grave no era posible haberse emprendido sino con gran prevencion de ayuda, y lados; y mas que aun no habia reconocido quales eran amigos, ó enemigos declarados, cosas que muchas veces suele ser de importancia para los que acometen casos tan repentinos, y prontos. Los Turcos, y Turcoples que eran los fieles á Rocafort, quedaron tan pasmados y atónitos del hecho, que no pudieron tomar resolucion.

Los Almugavares estaban divididos, la mayor parte le amaba, la otra le aborrecía, pero toda la gente de estimacion y la nobleza, como la mas ofendida, era la que procuraba con muchas veras su perdicion. Aquella noche que Rocafort estaba preso, fué toda inquieta, y llena de recelos. A la mañana ya pareció que habia mas sosiego, porque supieron que Rocafort, y su hermano estaban vivos. Pero quando á Tibaldo le pareció que tenia á todos los del exército mas descuidados, y seguros, una noche con gran secreto embarcó á los dos hermanos Rocafort en sus galeras, y él juntamente con ellos navegó la vuelta de Negroponte, desando burlada toda nuestra compañía.

A la mañana quando vieron partidas las galeras, y que Tibaldo se llevaba en ellas á los dos hermanos, alteraronse todos mucho, y decian que aunque Rocafort fuese de tan ruines costumbres, era su Capitan, y no les parecia justo entregarle á sus enemigos, para que hiciesen escarnio de él, y de nuestra nacion, dándole una muerte vil y afrentosa, en mengua de todos ellos. Que si Rocafort la merecia que se la hubiera dado el exército por sus manos, y no ponerle en las de sus mayores enemigos.

Con esta platica se fueron encendiendo los animos atizados de los amigos intimos de Rocafort de suerte, que llegaron á tomar las armas los Almugavares, y Turcos contra los que habian señalado en su prision, y con una furia y coraje increíble, lo iban buscando por sus alojamientos, y matando los que topaban, sin que hubiese soldado, ni caballero que se atreviese á resistirles; tanata fué la aficion y voluntad que la gente de guerra tuvo á Rocafort, que jamas la pudieron borrar sus maldades, y ruin correspondencia con los amigos ni en esta ocasion pudo sosegarse hasta vengarle, y satisfacerse muy á su gusto.

Quedaron muertos de este alboroto, ó motin catoce Capitanes de los mas conocidos enemigos de Rocafort, y otra mucha gente de los aficionado, y criados de estos capitanes, que quisieron al principio resistir. Cosa notable que los nuestros puestos en medio de sus enemigos, tres años continuos tuviesen ellos siempre guerra civil, derramándose mas sangre que en todas las demas que tuvieron con extraños. Y aunque las guerras civiles son de ordinario ocasion de no tenerlas con los extranjeros, no sucedió esto á los nuestros, pues á un mismo tiempo acometian al enemigo, y se mataban entre ellos.

Tibaldo llegó á Nápoles con los dos hermanos Rocafort presos, y los entregó al Rey Roberto su mortal enemigo. El origen de esta enemistad fué no haberle querido Berenguer de Rocafort entregas unos Castillos de Calabria, que por razon de las paces hechas entre los Reyes le pertenecían, hasta que le satisfaciesen lo corrido de sus pagas á él, y á su gente, y como los Reyes tienen por injuria, y atrevimiento grande, pedilles paga de servicios por medios violentos, aunque por entonces satisfizo á Rocafort, quedóle siempre vivo el sentimiento de este agravio. Mandó luego que lo llevasen á los dos hermanos al Castillo de la Ciudad de Aversa, y que encerrados en una obscura prision los dexasen sin darles de comer hasta morir.

Fué Berenguer de Rocafort el mas bien afortunado, y valiente Capitan que hubo en muchas edades, y el mas digno de alabanza, si al paso de su prosperidad, no crecieran sus vicios. Sirvió al Rey Don Pedro, y á sus hijos Don Jayme, y Don Fadrique de Capitan. Después con nuevos pensamientos se juntó con Roger en la Asia, á donde fué con no pequeño socorro.

Por muerte de Corbaran de Alet fué Senescal, Maestre de Campo, general del exército, y despues de muerto Roger, y berenguer preso, le gobernó por espacio de cinco años, sin competidor alguno, y en este tiempo destruyó muchas Ciudades y Provincias. Venció Tres batallas con muy desigual número de gente, y en una de ellas un Emperador de Oriente, y mantuvo una guerra tanto tiempo en el centro de las Provincias enemigas; y últimamente atravesó con su exército desde Galípoli á Casandria, quemando y destruyendo cuanto se le puso delante. Nunca fué vencido, ni aun en pequeñas escaramuzas.

Triumphó de todos sus enemigos, y en todas las guerras civiles y extranjeras fué siempre vencedor; pero el remate de todas estas dichas paró en una triste prision, y miserable muerte, aunque al parecer de todos, justísimo castigo del cielo, por la sangre inocente que derramó de sus amigos, y de otros muchos que injustamente murieron á sus manos.

