# Expedición de Catalanes y Aragoneses al Oriente

## Part 14

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Aunque por los conciertos pareció que todo quedaba en paz, no se aseguraron los unos de los otros, ni dejaron de vivir llenos de recelos, acrecentando de cada dia mas el aborrecimiento, y cerrada de todo punto la puerta á tratos de concordia; porque como todos se hubieron de declarar, dejó de haber neutrales, y medianeros para averiguar algunas cosas que siempre ocurrian de jurisdiccion: el peligro les hizo apartar, ya que otra razon no pudo. Berenguer fué á poner sitio sobre Megarix, y Rocafort en su emulacion fué á ponerle á Nona, sesenta millas de Galípoli y treinta de Megariz; y aun se tuvo por corta la distancia, según estaban los animos alterados, y particularmente los del vando de Rocafort, que como superiores les parecia mengua que los otros se atreviesen á competir. Los Turcos, y Turcoples, y los Almugavares siguieron á Rocafort, y algunos caballeros; con Berenguer se fueron los Aragoneses, y toda la gente noble que servia en la mar. Montaner por su oficio de Maestre racional no tuvo porque declararse, por haberse de quedar en Galípoli, y así quedó solo por confidente de entrambos.

En este mismo tiempo, Ticin Jaqueria Genovés, Gobernador del Castillo, y lugar de Fruilla, vino al servicio de los Catalanes con un vajel de ochenta remos. La causa de su venida fué deseo de satisfacer un agravio, con ayuda de los Catalanes; porque muerto un tio suyo que se llamaba Benito Jaqueria, en cuyo nombre habia gobernado el Castillo cinco años, con cuidado, y fidelidad, según él decia, habiale heredado otro tio suyo que luego vino á Fruilla, y sobre la averiguacion de ciertas cuentas tuvieron algunos disgustos, y vuelto á Génova el tio, tuvo aviso Ticin que enviaba cuatro galeras para prenderle. Sintió el agravio el Genovés, y quiso luego vengarse, pero no pudo hacerse dueño del Castillo, porque no tenia fuerzas para sustentarse solo de por sí, ni bastante gente de confianza para hechar los amigos de su tio; y así con esperanza de que hallaria en los Catalanes lo que deseaba, vino á Galípoli. No halló á los generales, y dió razon á Montaner de la ocasion que le trahía. Ofreció servir con fidelidad, y así le asentó Montaner en los libros, á él, y á diez caballos armados, para que todos ganasen sueldo en su provecho. Esto se acostumbraba de hacer con algunos caballeros, y gente principal, asentalles el sueldo por mas gente de la que traían, para hacerles esa comodidad. Pidió luego Ticin á Montaner que le diese gente, que él ofrecia de poner en sus manos el castillo, y el lugar, de donde le podria resultar grande provecho. Montaner no trató de la justicia y razon del hecho, sino solo de favorecer á quien pedia su ayuda, y se ponia debajo de su amparo. Dieronle luego armas, caballos, y las demas cosas para poner en órden los suyos, que llegaban hasta cincuenta, dióle gente de socorro, porque Montaner como enemigo mortal de Genoveses, no quiso perder la ocasion de hacerles algun daño. A Juan Montaner su primo, y á cuatro Consejeros Catalanes se encomendó el socorro, con órden que no se hiciese cosa sin tomar parecer de Ticin Jaqueria. Partieron de Galípoli al otro dia del Domingo de Ramos, con una galera bien armada, y cuatro vajeles menores. Navegaron la vuelta del Castillo de Fruilla, donde se llegó víspera de Pascua ya noche. El mozo Jaqueria sentido del agravio ejecutó su determinacion. Desembarcó su gente con el silencio de la noche, y arrimaron sus escalas. Subieron por ellas treinta Genoveses de los de Jaqueria, y cincuenta Catalanes. Vino luego el dia con que fueron descubiertos, y se les defendió la entrada, pero peleando valientemente ganaron una puerta por la parte de adentro, y abierta, dieron libre la entrada á los demas que quedaban fuera. Hizose grande resistencia al principio por los que defendían el castillo, que pasaban de quinientos hombres, no tan bien armados como los nuestros, ni tan resueltos. Murieron hasta ciento y cincuenta de los enemigos. Hubo algunos cautivos, pero la mayor parte escapó con la huida. El Castillo ganado, la villa que era de Griegos sin defensa alguna se acometió luego, antes que los naturales pudiesen ponerse en resistencia, ni esconder su hacienda. Fué la presa riquísima, porque á mas del oro, y plata, y vestidos de precio que se ganaron, se tomaron tres Reliquias grandes que estaban en el castillo, empeñadas por los Turcos al Genovés Benito Jaqueria. Teniase por tradicion que San Juan Evangelista las habia dejado en el Sepulcro, de quien arriba hicimos mencion. Las Reliquias fueron un pedazo del leño de la Cruz, de la parte donde Cristo reclinó su cabeza. Así lo refiere Montaner, y éste San Juan le trujo siempre pendiente del cuello el tiempo que vivió entre los mortales. Estaba entonces con un engaste de oro, con joyas de mucho precio. Una alba con que el Santo decia Misa, labrada por las manos de la Virgen y el Epocalypsis escrito por el mismo Santo, con unas cubiertas de admirable arte, y riqueza. Pareció á Juan Montaner, y á Ticin Jaqueria que Fruila estaba lejos de los presidios para poderla sustentar, y así la desmantelaron. Satisfecho el Genovés de su tio, y todos los demás del oro que se ganó, con que volvieron á Galípoli, y dieron á Ramon Montaner y á los demás la parte que les cupo, y de las reliquias le cupo por suerte el leño de la cruz, que sin duda hubiera llegado á estos reinos, si en Negroponte á vuelta de las demas hacienda no le robáran este gran tesoro. Animado con el suceso pasado Ticin Jaqueria, le pareció acometer alguna empresa, y ganar algun lugar donde pudiese estar de asiento. Dióle tambien para esto Montaner alguna gente, y con ella poco despues ganó un castillo en la isla de Tarso, y le mantuvo no sin gran provecho de nuestra nacion, como adelante veremos.

CAPITULO XLIX.

El infante D. Fernando, hijo del rey de Mallorca, enviado del rey D. Fadrique, llega á Galípoli para gobernar el ejército en su nombre.

Divididos los capitanes en los sitios de Nona, y Megarix, el infante D. Fernando, hijo del rey de Mallorca, con cuatro galeras llegó á Galípoli, por órden del rey de Sicilia D. Fadrique, porque juzgó que importaba para el aumento de su casa enviar persona puesta por su mano que gobernase el ejército de los Catalanes de Thracia, pues ellos mismos le habian llamado y prestado juramento de fidelidad, no acordándose quizá de que esto habia sido cinco años antes, cuando la necesidad les obligó, y que entonces pudiera haber dificultad en admitirle. Tomó el infante esta jornada á su cargo por servir al rey solamente, él se la encargó, con palabra, de que no se casaria en Francia sin su consentimiento, y que gobernaria aquellos estados en su nombre. Tanta estimacion se hizo de aquellas armas cuando las vieron superiores á las del imperio, que no las quisieron apartar de su obediencia los reyes, aunque fuese para un infante de su misma casa. Don Fadrique, príncipe de singular prudencia, y maestro grande de la arte del reinar, no quiso empeñar su reputacion en nuestras armas, porque las tubo por perdidas cuando le pidieron socorro, ni declararse por enemigo de Andronico hasta que le vió sin fuerzas para defenderse; pero los accidentes fueron tan diferentes de lo que se presumia, que la resolucion del rey con tanta razon determinada, vino como veremos, á no tener el efecto que hubiera si antes les socorriera. La venida del infante dió notable contento á los que entonces se hallaron en Galípoli, particularmente á Montaner grande criado, y apasionado de su casa. Admitieronle como á Lugarteniente del rey sin dificultad ni réplica todos los que se hallaron presentes, que aunque fueron pocos, por ser los primeros se les agradeció de parte del rey. Enviaronse luego correos á los tres capitanes principales, Entenza, Rocafort, y Fernan Jiménez, haciendoles saber la venida del infante, y juntamente les remitieron las cartas del rey que vinieron para ellos, dándole razon de cómo venia á gobernarles en su nombre. Dio Montaner para su servicio cincuenta caballos, y mayor número de acémilas que hubo menester para su casa; y porque la posada de Montaner era de las mejores de Galípoli se salió de ella, y se la dió al infante. Berenguer de Entenza estaba sobre el sitio de Megarix treinta millas de Galípoli, donde recibió el aviso de la venida del infante por los dos caballeros que Montaner embió para que se le diesen, juntamente con la carta del rey. Partió luego con pocos, y llegó á Galípoli el primero de los capitanes. Dio la bien venida al infante, y le juró por su general y suprema cabeza. Luego tras él vino Fernan Jiménez de Arenós de Modico, y siguió en todo á Berenguer. Mejoróseles el partido á estos dos ricos hombres, porque su vando menos poderoso, siempre temia al de Rocafort, y con la venida del infante parece que todo se habia de sosegar, y las cosas, fuera de sus lugares por la violencia de uno, volverían al suyo, y serian todos estimados según sus merecimientos, y calidades. Fué el contento universal en todos, así del vando de Berenguer, como de Rocafort, á quien alteró mucho la venida tan fuera de tiempo del infante, y sin duda que desde luego le negara la obediencia si no fuera porque conoció en los suyos el gusto que les habia dado esta nueva. Hallóse en notable confusion era hombre sagaz, y prevenido en todos sus consejos, pero no pudo prevenir con sus artes acostumbradas lo que nunca pudo temer. Después de haber consultado con sus intimos amigos caso, pareció que convenia responder mostrando mucho gusto de la venida del infante, unico deseo de todos ellos, y que por estar el sitio tan adelante no se atrevia á dejarle para ir á darle la obedencia, que le suplicase de parte de todos, que viniese á Nona donde le esperaban con mucho gusto. En esta sustancia se respondió al infante, y el entre tanto con los deudos, y amigos confidentes, dispuso los ánimos á seguir su parecer y consejo. Llegó la respuesta de Rocafort á Galípoli, y el infante no quiso determinarse sin el parecer de Berenguer de Entenza, y Fernan Jimenez, y de algunos otros capitanes bien afectos á su servicio, y de gran conocimiento de las trazas y designios de Rocafort. A todos pareció peligrosa la detencion, y que debia el infante partir luego, porque el ejército no se enfriase en el gusto que tenia de su venida, y Rocafort no tuviese tiempo de concluir ni mover nuevas pláticas en deservicio del rey, y excluir del gobierno su persona. Con esta resolucion dispuso el infante su partida, fué acompañado de la mayor parte de la gente de Berenguer de Entenza, y de Fernan Jimenez, sus personas no pareció llevarlas porque no fuera acertado antes de tener ganada la voluntad de Rocafort, y de los suyos, ponerle delante por primera entrada sus competidores en mejor lugar cabe el infante; y así defirieron la ida estos dos ricos hombres cuando el infante hubiese jurado, porque entonces estando con entera autoridad se podrían hacer las amistades.

CAPITULO L.

El infante es excluido del gobierno por las mañas de Rocafort.

Partiose el infante de Galípoli con el mayor acompañamiento que pudo, llevando consigo de los capitanes conocidos solo á Ramon Montaner, y en tres dias de camino por la costa llegó al campo, donde fué recibido con universal regocijo, y Rocafort con grandes demostraciones de contento le festejó los dias que tardó á poner en plática las órdenes de su tio. Esperaba el infante que Rocafort se comidiese sin volver segunda vez á requerille, pero como vió que alargaba el obedecer al rey, y no se daba por entendido, le dijo que él queria dar luego las cartas del rey que venian para el ejército, y decirles de palabra el intento de su venida, y que para esto mandase juntar el consejo general. Obedeció Rocafort con muestras de mucho gusto, y para el dia siguiente ofreció de tenerle junto; porque ya en los pocos dias que tardó el infante, previno á sus amigos que echasen voz por el campo, que seria bien andar con mucho tiento en la resolucion que se debia tomar de admitir al infante por el rey, y que por lo menos no se determinasen luego. Hizóse esto con mucho arte, porque siempre se temió, que viendo el ejército al infante no aclamase luego al rey, y le admitiese. Pareció á todos el consejo avisado y cuerdo; porque el vulgo ignorante raras veces penetra segundas intenciones, y así le siguieron. El dia siguiente la confusa multitud del consejo general que constaba de todos los que ganaban sueldo, junta en el campo, espero al infante. Vino acompañado de los de su casa, y de muchos capitanes, entregó las cartas á un secretario, y mandó que en público se leyesen. Leidas, les declaró brevemente como el rey movido de sus ruegos habia admitido el juramento de fidelidad, que sus embajadores le hicieron; y aunque para sus reinos no podia ser útil el encargarse de su defensa, habia querido mostrar el amor que les tenia, porponiendo su conveniencia á la de ellos, y así le habia mandado que con su persona viniese á gobernarles en su nombre y les ofreciese que siempre acudiria con mayores socorros. Respondieronle según Rocafort pretendió, que ellos tendrían su acuerdo sobre lo que se debia hacer, y que tomado le reponderian. Con esto los dejó el infante, y se fué á su posada. Quedó Rocafort con ellos, y poco seguro de la determinacion que tanta gente junta pudiera tomar, y temiéndose de algunos caballeros, que aunque eran sus amigos, deseaban que el infante quedase á gobernarles, les dijo: que el caso de que se trataba no podia dicurrirse bien entre tantos, porque la multitud siempre trae consigo confusion, la cual no da lugar á considerarse por menudo las dificultades que suelen ofrecerse en materia de tanto peso; que se escogiesen cincuenta personas las de mayor crédito y confianza, para que estas fuesen platicando, y discurriendo el negocio con las conveniencias y contrarios que en el habia; y tomada la resolucion que les pareciese, la refiriesen á los demás, para que juntos libremente la condenasen, ó aprobasen, con que se escusarian los inconvenientes de haberlo de comunicar con tantos. Tuvose por acertado el parecer de Rocafort, que cuando el vulgo se inclina á dar crédito á uno, en todo le sigue, sin hacer diferencia de los buenos, ó malos consejos porque más se gobierna con la voluntad que con la razon. Luego nombraron cincuenta personas, para que juntamente con Rocafort, lo tratasen, no advirtiendo con cuanta mayor facilidad se pueden cohechar los pocos que los muchos. Con esto tuvo hecho su negocio, porque los cincuenta fueron casi todos puestos por su mano, y á los poco de quien no podia fiar igualmente que los demás, fué fácil el persuadirles, á más de no faltarles razones, y de mucho fundamento, para esforzar la suya. Juntaronse los cincuenta con Rocafort, y él les dijo lo siguiente. La venida del Sr. Infante, amigos y compañeros, ha sido uno de los mayores y más felices sucesos que pudiéramos desear, al fin enviado por la poderosa mano de quien hasta el presente dia nos ha conservado con grande aumento de nuestro nombre, y confusion de nuestros enemigos, porque ya se ha dado fin á nuestros trabajos, y principio á una felicidad muy entera, por tener prendas tan propias de nuestros Reyes, á quien podemos entregar con seguridad, la libertad, y la vida, recibiéndole no como él quiere por Lugarteniente de su tio, sinó como príncipe absoluto, y sin la sujecion y dependencia alguna. Por grande yerro tendría, si la eleccion de príncipe pende de nosotros, escoger al que vive ausente, y ocupado en gobernar mayores estados, y dejar al desocupado y libre de otras obligaciones y el que ha de vivir siempre entre nosotros, y correr la misma fortuna de los sucesos prósperos, y adversos. Si á don Fadrique recibimos por rey, á manifiesta servidumbre nos sujetamos, porque con su persona no podrá asistirnos, y necesariamente habrá de enviar quien en su nombre gobierne este victorioso ejército, y las provincias que por él estan sujetas. ¿Qué mayor desdicha se podrá esperar, si por premio de nuestras victorias, venimos á ser gobernados por otra mano que la propia de nuestro príncipe?. Y el mismo rey don Fadrique procurará nuestra defensa en cuanto no le estorváre á la del reino de Sicilia. ¿Pues por qué se ha de admitir tanta desigualdad?. Los trabajos, los peligros, las pérdidas para nosotros solos, pero la gloria y provecho, no solo igual, pero mayor, y más segura para el rey. Si nos perdemos quedando muertos, ó en dura servidumbre, libre don Fadrique, y tan gran príncipe como antes; pero si ganamos nuevas provincias, y estados, todos han de venir á ser suyos. ¿Pues puede algun cuerdo con esta desigualdad, hallándose libre para escoger, dar la obediencia á príncipe con tales calidades?. A más de esto ¿no se acuerda la paga que nos dió por tantos servicios al partir de Sicilia?. ¡Qué fué más que un poco de bizcocho, y otras cosas que no pueden negarse á los siervos, y esclavos!. No, amigos, no nos conviene tomar por rey á D. Fabrique, pues no se acordó de nosotros al tiempo que le pedíamos su ayuda, y cuando nos importaba tanto el darnosla, sino cuando á él convino, y á nosotros no nos es de provecho. Esto se hecha bien de ver ahora, pues no nos envia armas, gente, bastimentos, ó dineros, ni otra cosa necesaria para la guerra, sinó cabeza y general que nos gobierne como si tuviéramos falta de esto, y no se hubieran alcanzado muchas victorias sin tenerle puesto por su mano. No consintamos que el premio de nuestros servicios se distribuya por mano de sus ministros, y gobernadores, en quien siempre puede más la pasion que la verdad, más su particular interés que la comun utilidad, porque tratan las provincias como quien las ha de dejar, y como en la posesion temporal de ajena propiedad gozan de los presente, sin ningun cuidado de lo venidero, y más estando el rey tan apartado, á quien nuestras quejas llegarán tarde cuando sean oidas, y los socorros tan á tiempo como el que ahora nos envia, despues de seis años que con grande instancia se lo pedimos. En esto finalmente me resuelvo, que excluyamos á D. Fadrique por D. Fernando; tengamos presente al príncipe por quien aventuramos la vida, y sea testigo, pues ha de ser juez, de los servicios que le hiciéramos y cuide de nosotros como de sí mismo, pues nuestra conservacion y vida corren parejas con la suya. Contentese D. Fadrique con Sicilia ganada, y conservada por nuestro valor; deje á D. Fernando su sobrino los trabajos de una guerra incierta y peligrosa, estas Provincias destruidas, y sola la esperanza de conquistar nuevos reinos, y señoríos. Con esta plática los pocos dudosos que habia se resolvieron con el parecer de Rocafort, y luego dos de los cincuenta electos dieron razon de la determinacion que habian tomado á todo el campo, refiriendo las mismas razones de Rocafort. Túvose con aplauso general de todos por acertada aquella determinacion, y quisieron luego se diese la respuesta á el infante. Fueron para esto los cincuenta, y propusieronle su embajada. Don Fernando como buen caballero, respondió que él venia de parte de su tio, y que con su autoridad, y fuerzas habia tomado aquella empresa á su cargo, y sería faltar á su obligacion si con puntualidad no ejecutase las órdenes de quien le enviaba, y que por ningun caso admitiria el ofrecimiento que le hacian, sinó recibiéndole como Lugarteniente de su tio D. Fadrique. Rocafort siempre publicó que el infante, por tener alguna disculpa con el rey, no admitiria luego el ofrecimiento que le hacian, y con esto engaño la mayor parte del ejército, porque si hubiera quien les persuadiera, y desengañara que el infante por ningun caso se quedara á gobernarles como á príncipe, sin duda que le admitieran por el rey. Quince dias se pasaron en este trato, y el infante creyó siempre que aquellas eran palabras de cumplimiento, y que á lo último obedecerían al rey. En este medio Rocafort, como de su parte tenia todos los Turcos, y Turcoples á su disposicion, y parte del ejercito que le seguia, la otra como inferior no le osaba contradecir. Con esto quedó todo el ejército que estaba debajo de su mano, resuelto de no admitir el infante por el rey; y á la verdad su intento no era excluir á Don Fadrique por D. Fernando porque con ninguno de ellos se pudiera conservar, pero como hombre sagáz, y que conocia al infante por uno de los mejores caballeros de su tiempo, y que no tendría mala correspondencia con el rey tu tio, le propuso al ejército para que excluyesen al rey, prefiriendo al infante, de quien estaba cierto que no lo admitiria, y como la mayor parte del ejército con este engaño de Rocafort se declaró por el infante contra el rey, despues no quisieron elejir á quien una vez excluyeron. Todos estos embustes tramaba Rocafort, seguro que aunque despues los descubriesen no le causarian daño, por tener de su parte á los Turcos, y Turcoples, que juntos con los confidentes era la mayor parte del ejército. No se puede negar que en esta parte Rocafort podria tener alguna disculpa, aunque fuera de natural y condicion más moderado, porque despues de tantas victorias, y haber gobernado un ejército cinco años, justamente pudiera rehusar el no admitir un superior cuyo favor habian prevenido sus mayores enemigos Berenguer de Entenza, y Fernan Jimenez, que siempre serian preferidos por su calidad, y mejor correspondencia. Y aunque el infante por quitar toda sospecha les hizo quedar en Galípoli, no por eso se la quitó á Rocafort, antes ese mismo cuidado con que prevenian las ocasiones exteriores de que pudiese tenerla, se la acrecentaba más, creyendo siempre que era tener sobrad confianza de Berenguer, y de Fernan, y que ellos la tenian del infante, pues no mostraban queja de no habelles admitido en su compañia. No hay cosa que más penetre y descubra que los recelos, y temores de perder un puesto tan superior como el que Rocafort tenia, y más en un sujeto de tantas partes, y experiencia.

CAPITULO LI.

Rocafort antes de partirse el infante del ejército ganó á Nona, y de comun parecer de los capitanes, deja el ejército los presidios de Thracia, y determina pasar á Macedonia.

