A Practical Handbook on the Distillation of Alcohol from Farm Products
Chapter 9
-Por los mismos tribunales de comercio. Eso se ve todos los días, dijo el señor C. de Bonfons aprehendiendo la idea del padre Grandet o creyendo adivinarla y deseando explicársela afectuosamente. Escuche usted.
-Es... es..,es... cu... cu... cho, repuso humildemente Grandet tomando la maliciosa actitud del niño que se ríe interiormente de su profesor, si bien fingiendo que le escucha con la mayor atención.
-Cuando un hombre considerable y considerado como lo era, por ejemplo, su difunto hermano en París...
-Mi... mi her... her... her... ma... ma... no, sí... sí... sí...
-Está amenazado de una bancarrota...
-¿Se... se... se lla... lla... lla... ma e... e... e... so ban... ban... ban... ca... ca... ca... rrota?
-Sí. Y cuando su quiebra se hace inminente, el tribunal de comercio puede nombrar liquidadores a la casa. Liquidar no es hacer quiebra, ¿comprende usted? Haciendo quiebra, un hombre está deshonrado pero liquidando, sigue siendo honrado.
-La... la... la co... co... co... sa es.. es... es bi.., bi... bi... en dife... fe... fe... rente, si... si..,.si no... no... no cu... cu... cu... esta ma... ma... ma... más ca... ca... ca... ra, dijo Grandet.
-Pero una liquidación puede hacerse aun sin el auxilio del tribunal de comercio, porque, continuó el presidente aspirando un polvo de tabaco, ¿cómo se declara una quiebra?
-Nu... nu... nu... nunca he... he... he pen... pen... pen... sa... sa... sa... do... do... do en... en... ello, dijo Grandet.
-En primer lugar, repuso el magistrado, mediante la declaración de quiebra ante el escribano del tribunal, la cual puede hacer el negociante mismo o su apoderado, y en segundo lugar, a instancias de los acreedores. Ahora bien, si el negociante no declara la quiebra, y si ningún acreedor requiere del tribunal un juicio que declare en quiebra al susodicho negociante, ¿qué ocurre?
-Sí... sí... sí, ve... ve... ve... a... a... a... mos.
-Entonces, la familia del finado, sus representantes, sus herederos o el negociante, si no ha muerto, o sus amigos, si está escondido, liquidan. ¿Quiere usted acaso liquidar los negocios de su hermano? preguntó el presidente.
-¡Ah! Grandet, haría usted muy bien, exclamó el notario. Aun hay honor en provincias. Si usted salvase su apellido, pues es su apellido, sería usted un hombre...
-¡Sublime! dijo el presidente interrumpiendo a su tío.
-Cier... cier... cier... ta... ta... ta... mente, replicó el anciano viñero, mi... mi... mi her... her... her... ma... ma... ma... no se... se... se lla... lla... ma... ma... ba Grandet como yo. E... e... e... e... e... so es in... in... in... in... du.. du... dable. Yo... yo... yo no... no... no di... di... di... go lo... lo... lo con... con... tra... tra... rio. Y e... e... sa li... li... qui... qui... da... da... ci... ci... ción po... po... po... dría ser en to... to... to... do ca... ca... so y por to... to... to... dos con... con... con... ceptos mu... mu... muy ven... ven... ven... tajosa pa... pa... pa... ra los intereses de mi... mi... mi so... so... so... brino, a... a... a quien quie... quie... quie... ro. Pe... pe... ro hay que.. que... que verlo. Yo... yo... yo no... no... no co... co... co... nozco las... las... las pi... pi... pi... lladas de... de... de Pa... Pa... rís. Yo es... es... es... toy en Saumur Y... y... y no... no entiendo ma... ma... más que mis a... a... a... asuntos. Yo no... no... no he he... he... cho nun... nun... ca nin... nin.. gu... gu... na le... le... tra de... de ca... ca... cambio. Yo he... he... he recibido mu... mu... chas, pe... pe... ro no... no he fir... fir... ma... ma... do ninguna. E... e... e... es una co... co... sa que... que se... se co... co... bra y... y se... se... se descuenta. Esto es.. es... es lo... lo único que... que sé... sé. He... he... he... he o... o... o... o... í... í... í... do de... de... cir que... que se... se... se po... po... po... dí... dí... dí... dían comprar las le... le... le... le...
-Sí, dijo el presidente, se pueden adquirir las letras en la plaza mediante un tanto por ciento, ¿comprende usted?
Grandet se llevó la mano al oído y el presidente repitió la frase.
-Entonces, respondió el viñero, ¿se pue... pue... de sa... sa... car de... de a... a... a... ahí algo? Yo... yo... yo no entiendo es... es... es... tas co... co... co... sas. Y... y... y... yo tengo que... que... que que... darme a... a... a... aquí para ve... ve... velar por mis co... co... co... sechas. Esto ante... te... te todo. Además, te... te... te... tengo ne... ne... negocios en Froidfond y... y... y muchos in... in... intereses. Yo no pue... pue... pue... do a... a... a... bandonar mi... mi... mi casa por embrrrrr... brollos que no entiendo. Us... us... us... ted di... di... di... ce que yo ten... ten... ten... dría que ir a París pa... pa... pa... ra evitar la de... de... de... claración de... de... de qui... qui... e... e... e... bra. U... u... u... uno no pue... pue... pue... puede estar en do... do... dos lu... lu... lu... gares a... a... a menos que... que... que no se... se... se... sea un pájaro.
-Ya le entiendo a usted, exclamó el notario. Pero no se apure, tiene usted amigos capaces de sacrificarse por usted.
-¿Si acabarás de decidirte? pensaba para sus adentros el avaro.
-Y si alguno fuese a París y buscase allí al mayor acreedor de su hermano Guillermo y le dijese...
-Si... si... si, repuso Grandet, le di... di... jese, ¿qué? A... a... a... algo así co... co... co... mo: «El... el... el señor Grandet de... de... de Saumur po... po... por a... a... aquí, el... el... el señor Grandet de Saumur por acá, qui... qui... qui... ere a a... a su... su... su her... her... her... mano y a a... a su so... so... so... brino. Grandet es un bu bu... buen pa... pa... pa... rien... rien... te, ti... ti... ti... e... e... ne bu... bu... bu... enas intenciones, ha vendido su co... co... co... se... cha, no de... de... de... claren ustedes la... la... la qui... qui... quiebra. En... en... ton... ton... ton... ces Grandet ve... ve... ve... rá. Sal... sal... sal... drán ustedes ga... ga... ga... nando ma... ma... más que per... per... per... mitiendo que... que... que la... la... la justicia in... in... in... ter... ter... ven... ven... ga». ¿Eh? ¿no le parece a usted?
-¡Eso mismo! dijo el presidente.
-Po... po... po... porque ve... ve... ve... vea usted, se... se... señor de Bon... Bon... Bon... fons, ha... ha... hay que... que... que mi... mi... rar la... la... las cosas an... an... an... tes de... de... de de... de... de... ci... ci... ci... dir... dir... se. El... el que... que no... no pu... pu... puede, no pu... puede. En to... to... todo a... a... sunto o... o... o... neroso, pa... pa... para no a... a... a... rruinarse, hay que conocer el debe y el haber, ¿no es verdad?
-Vaya, dijo el presidente. Yo opino que dentro de algunos meses se podrá pagar todo mediante un arreglo. ¡Ah! ¡ah! mediante interés se lleva a los hombres a cualquier parte. Cuando no ha habido declaración de quiebra y se tienen en la mano las letras de los acreedores, se queda uno blanco como la nieve.
-¿Co... co... co... mo la... la ni... ni... ni... eve? dijo Grandet llevándose la mano a la oreja. No... no co... co... co... mprendo e... e... so de... de... de la... la nie... nie... ve.
-Pero escuche usted, gritó el presidente.
-E... e... e... e... es... cu... cu... cho.
-Un efecto es una mercancía que puede tener su alza y su baja. Esto es una deducción del principio de Jeremías Bentham acerca de la usura. Este publicista ha probado que la reprobación con que la sociedad mira a los usureros es una tontería.
-¡Vaya que sí! dijo el avaro.
-Teniendo en cuenta este principio de Bentham, el dinero es una mercancía, y lo que representa el dinero, se convierte también en mercancía, repuso el presidente, toda vez que es notorio que, sometida a las variaciones habituales que sufren las cosas comerciales, la mercancía letra, llevando tal o cual firma, abunda o falta en la plaza, donde llega a adquirir un gran valor o donde no vale nada (¡toma! ¡qué tonto soy! dispense usted). Mire, creo que podrá evitar la quiebra de su hermano por un veinticinco por ciento.
-Di... di... dice usted que... que... que se... se... se lla... lla... lla... ma Jeremías Ben... Ben... Ben...
-Bentham, un inglés.
-Ese Jeremías nos evitará muchas lamentaciones en este negocio, dijo el notario riéndose.
-E... e... e... sos in... in... in... gleses ti... ti... ti... tienen a... a ve... ve... veces bu... bu... bu... buenas o... o... o... cu... cu... rren... rren... cias, dijo Grandet. De... de... de mo... mo... mo... do que... que, según Ben... Ben... Ben... tham, si los efectos de mi hermano va... va... va... len, no... no... no va... va... va... va... len. Sí. Yo... yo... yo di... di... di... go bi... bi... bien, ¿ver... ver... ver... dad? e... e... e... eso me... me... me pa... pa... pa... rece cla... cla... cla... ro. Los... los... los a... cre... cre... edores se... se... se... rían, no... no... no se... se... se... rían, y... y... y yo me... me... me en... en... en... tiendo.
-Déjeme usted explicárselo, dijo el presidente. En derecho, si usted posee los títulos de todos los acreedores de la casa Grandet, su hermano o sus herederos no deben nada a nadie. Ahora bien...
-¡Bien! repitió el buen hombre.
-En equidad, si los efectos de su hermano se negocian (se negocian, ¿entiende usted bien este término?) con un tanto por ciento de pérdida, si un amigo suyo pasa y los recoge todos, los herederos del señor Grandet, de París, no deberán nada a nadie y se habrán empazado legalmente.
-E... e... e... eso ver... ver... verdad, lo... lo... lo... los ne... ne... go... go... cios, son lo... lo... los ne... ne... go.. go... cios, dijo el, tonelero; pe... pe... pero usted yyy... ya com... com... pren... pren... derá que... que es... es di... di... di... fí... fí... cil; yy... yo no... no... te... te... tengo di... di... di... ne... ne... ro, ni... ni... tiempo, ni... ni...
-Sí, usted no puede dejar sus negocios; pero yo me ofrezco a ir por usted a París, pagándome usted el viaje, que es una miseria. Veo allí a los acreedores, les hablo, los aplazo y se lo arreglo a usted todo con un suplemento de crédito que añadirá usted a los valores de la liquidación, a fin de entrar en posesión de todas las letras de su hermano.
-Ya... ya... ya ve... ve... ve... re... re... mos e... e... e... eso, yy... yo no... no... no pue... pue... puedo com... com... pro... pro... me... me... terme sin... El... el... el que... que... que no... no... no pue... pue... puede, no... no... no pue... pue... puede, ¿comprende usted?
-Es natural.
-Ya... ya... ya es... es... es... toy ma... ma... ma... reado con... con... con lo... lo... lo que... que usted a... a... a... ca... ca... ba de... de... de de... de... de... cir... cir... me. E... e... e... ésta es... es... es la... la... la pri... pri... me... me... ra vez en... en... en mi... mi vi... vi... da que... que... que ten... ten... tengo que... que pen... pen... sar en... en...
-Ya se ve, usted no es jurisconsulto.
-Yo, yo... yo soy un... un po... po... pobre vi... vi... ñero, y... y... y no... no sé na... na... de de... de... de lo... lo que... que a... a... a... ca... ca... ba usted de... de de... de... de... cirme. Ten... ten... tengo que... que... que es... es... es tu... tu... diar e... e... so.
-Pues bien, repuso el presidente disponiéndose a resumir la discusión.
-¡Sobrino! le dijo el notario interrumpiéndole en tono de reproche.
-¿Qué hay, tío? respondió el presidente.
-Deja que el señor Grandet te explique sus deseos. Se trata en este momento de un asunto muy importante. Nuestro querido amigo debe definirlo congruen...
Un aldabonazo que anunció la llegada de la familia de Grassins, su entrada y sus saludos, impidieron acabar la frase. El notario se alegró de esta interrupción, porque Grandet le miraba ya de reojo y su lobanillo indicaba una tormenta interior. En primer lugar, el prudente notario no creía conveniente que un presidente de audiencia fuese a París a hacer capitular a los acreedores y a mezclarse en un negocio que estaba muy lejos de ajustarse a las leyes de la estricta probidad, y además, como no había oído que el señor Grandet tuviera deseos de pagar nada, temblaba instintivamente ante la idea de ver a su sobrino metido en aquel asunto. Cruchot aprovechó, pues, el momento en que los de Grassins entraban, y cogiendo a su sobrino por el brazo y llevándolo al alféizar de una ventana, le dijo:
-Sobrino mío, ya has hecho bastante, y debes de cesar en tus ofrecimientos. El deseo de casarte con la joven te ciega. ¡Qué diablo! hay que andar con pies de plomo. Deja que yo dirija este asunto, y tú no hagas más que ayudarme. ¿Te parece que está bien que comprometas tu dignidad de magistrado en semejante...?
El notario no acabó la frase: oía que el señor de Grassins decía al antiguo tonelero tendiéndole la mano:
-Grandet, hemos sabido la espantosa desgracia que hiere a su familia, con el desastre de la casa Guillermo Grandet y la muerte de su hermano, y venimos a manifestarle la pena que causa tan triste acontecimiento.
-La muerte del señor Grandet, de París, es la única desgracia, dijo el notario interrumpiendo al banquero. Si él hubiese llamado a su hermano en su auxilio, seguramente que no se hubiera matado. Nuestro antiguo y querido amigo, que es honrado hasta la médula de los huesos, quiere liquidar las deudas de la casa Grandet, de París. Mi sobrino, el presidente, para ahorrarle las molestias de un asunto completamente judicial, se ofrece a marchar en el acto a París, a fin de arreglarse con los acreedores y pagarles convenientemente.
Estas palabras, confirmadas por la actitud del viñero, que se acariciaba la barba, sorprendieron extraordinariamente a los tres de Grassins, que habían ido por el camino criticando a su gusto su avaricia y acusándole casi de fratricida.
-¡Ah! ¡ya lo sabía yo! exclamó el banquero mirando a su mujer, ¿qué te decía yo por el camino? Grandet es un hombre honrado a carta cabal y no consentirá que su nombre quede manchado. ¡El dinero sin honor no vale nada! ¡Mil rayos! ¡aun hay honor en provincias! ¡Muy bien, muy bien, Grandet! Yo soy un veterano, no sé ocultar mi pensamiento y lo digo con franqueza, ¡mil truenos! ¡eso es sublime!
-E... e... e... en... en... ton... ton... ces ve... ve... ve... veo que... que... que e... e... es mu... mu... muy ca... ca... caro lo... lo... lo su... su... su... bli... bli... bli... me, respondió el avaro mientras el banquero le sacudía calurosamente la mano.
-Pero esto, amigo Grandet, no concierne al señor presidente, repuso de Grassins. Esto es un asunto puramente comercial y debe ser dirigido por un negociante consumado. ¿No es preciso entender en cuestión de letras, descuentos, intereses, etc.? Yo tengo necesidad de ir a París para arreglar varios asuntos y entonces podría encargarme...
-Y... y... y... ya ve... ve... ve... re... re... mos de... de... de po... po... po... ner... ner... nos de... de... a... a... cuer... cuer... do lo... lo... los dos a... a... a... cer... cerca de... de... de las pro... pro... pro... ba... ba... bi... bi... li... li... li... da... da... des de.. de es... es... es... te a... a... a... sun... sun... to sin compro... pro... pro... me... me... meterme, dijo Grandet tartamudeando. Porque vea usted, como es natural, el señor presidente me pedía los gastos del viaje.
Grandet no tartamudeó para decir estas últimas palabras.
-¡Eh! dijo la señora de Grassins, pero si es un placer estar en París. Yo pagaría con gusto por ir allá.
E hizo seña a su marido como para animarle a birlarles aquella comisión a sus adversarios, costase lo que costase, mirando irónicamente a los dos Cruchot, que afectaron cara de humildad. Entonces Grandet cogió al banquero por uno de los botones de la levita y lo llevó a un rincón.
-Yo tengo más confianza en usted que en el presidente, le dijo. Además, tengo que hacer otros negocios de paso. Tengo algunos miles de francos y quiero colocarlos a fin de mes en papel. Según dicen, ese mecanismo bajará a fin de mes. ¿Entiende usted algo de esto?
-¡Pardiez! ¡ya lo creo! Y ¿cuántos miles de francos tendré que invertirle?
-Poca cosa para empezar. ¡Silencio! no quiero que se sepa nada. Me hará usted esa operación para fin de mes; pero no diga nada a los Cruchot, porque quiero marearlos. Ya que tiene usted que ir a París, veremos al mismo tiempo cómo están las cosas de mi sobrino.
-Entendido, marcharé mañana en la diligencia y vendré a que me dé usted instrucciones, dijo en voz alta de Grassins. ¿A qué hora?
-A las cinco, antes de comer, dijo el viñero frotándose las manos.
Los dos partidos enemigos permanecieron aún algunos instantes en la sala. Después de una pausa, de Grassins dijo dando golpecitos en la espalda a Grandet:
-¡Así me gustan los parientes!
-S... s... s... sí, y... y... Yo soy un un bu... bu... buen pa... pa... pa... riente, a... a... a... aunque no... no... no lo... lo... lo pa... pa... pa... rez... rez... ca. Yo quería a mi hermano, y lo probaré, s... s... s... si no... no me... me... me cu... cu... cuesta...
-Grandet, vamos a dejarle, le dijo el banquero interrumpiéndole felizmente antes de que acabase la frase. Como anticipo, mi viaje, tengo que arreglar algunos asuntos.
-Bi... bi... bien, bi... bi... bien. Pa... pa... pa... para a... a... a... rreglar lo... lo que... que usted sabe, yyy... yo ta... ta... ta... también voy a... a... a rrretirarme a... a... a mi... mi cuar... cuar... cuar... cuarto de... de de... de... de... li... li... be... be... ra... a... a... ciones, como dice el presidente Cruchot.
-¡Diablo! ya dejo de ser el señor de Bonfons, pensó tristemente el magistrado, cuya cara tomó la expresión de un juez que se aburre en una vista.
Los jefes de las dos familias rivales se fueron juntos. Ni los unos ni los otros pensaban ya en la traición que había hecho Grandet al país, y se sondaron mutuamente, aunque en vano, para conocer las verdaderas intenciones del avaro en la quiebra de su hermano.
-¿Vienen ustedes con nosotros a casa de la señora Dorsonval? dijo de Grassins al notario.
-Iremos más tarde, respondió el presidente. Si mi tío me lo permite, iremos primero a casa de la señorita de Gribeaucourt, a quien he prometido ir a saludar.
-Pues hasta la vista, señores, dijo la señora de Grassins.
Y cuando los de Grassins estuvieron a algunos pasos de los Cruchot, Adolfo dijo a su padre:
-Cómo se corroen, ¿eh?
-Cállate, hijo mío, le replicó su madre, que pueden oírnos. Además, lo que dices es de muy mal gusto y huele a universidad.
-¿Qué le parece a usted, tío? exclamó el magistrado cuando vio que los de Grassins no podían oírle. He empezado por ser el presidente Bonfons, y he acabado por ser sencillamente Un Cruchot.
-Ya he conocido que eso te contrariaría: pero el viento soplaba hoy para los Grassins. ¡Qué tonto eres a veces, a pesar de tu talento! Déjales que se fíen de un ¡Ya veremos! del padre Grandet, y tú estate tranquilo, que no por eso dejará Eugenia de ser tuya.
En pocos instantes, la noticia de la magnánima resolución de Grandet llegó a tres casas a la vez y no se habló ya en la villa más que de aquella abnegación fraternal. Todo el mundo perdonaba a Grandet la venta que había hecho faltando a la fe jurada a los propietarios, y admiraba su honor y alababa una generosidad de que nunca le hubieran creído capaz. Es muy propio del carácter francés el entusiasmarse, apasionarse o encolerizarse por el meteoro del momento, por las cosas de actualidad. ¿Es que carecerán acaso de memoria los seres colectivos y los pueblos?
Cuando el padre Grandet hubo cerrado la puerta, llamó a Nanón.
-No sueltes el perro y no duermas, que vamos a trabajar juntos. Cornoiller tiene que venir a las once con la tartana de Froidfond. Espérale, a fin de evitar que llame, y dile que entre muy despacio. Las leyes de policía prohíben hacer ruido de noche. Además, no hay necesidad de que los vecinos se enteren de mi salida.
Dicho esto, Grandet subió a su laboratorio, donde Nanón le oyó remover, registrar, ir y venir, pero con precaución. Indudablemente no quería despertar a su mujer ni a su hija, ni llamar la atención, sobre todo, de su sobrino, al que empezó a maldecir al ver que tenía una luz encendida. A media noche, Eugenia, preocupada por su primo, creyó oír la queja de un moribundo, y para ella, aquel moribundo era Carlos: ¡lo había dejado tan pálido y tan desesperado! ¡Quién sabe si se habría matado! De pronto, se puso una especie de manto con capuchón y quiso salir. Al principio, la viva claridad que penetraba por las rendijas de su cuarto le hizo temer el fuego; pero no tardó en tranquilizarse al oír los pasos de Nanón y su voz mezclada con el relincho de varios caballos.
-¿Se llevará papá a mi primo? se dijo Eugenia entreabriendo la puerta con precaución para que no chirriase, pero de manera que pudiese ver lo que pasaba en el corredor. De pronto, sus ojos se encontraron con los de su padre, cuya mirada, por vaga e indiferente que fuese, la heló de terror. El avaro y Nanón soportaban con sus respectivos hombros derechos los extremos de un garrote del que pendía un cable al que iba atado un barrilito, semejante a los que el padre Grandet se entretenía en hacer en sus ratos de ocio.
-¡Virgen santa, señor! ¡cómo pesa esto! dijo Nanón en voz baja.
-¡Lástima que no sea dinero! respondió Grandet. Ten cuidado no tires el candelero.
Esta escena estaba iluminada por una vela de sebo colocada entre dos balaustres del pasamano.
-Cornoiller, ¿has traído las pistolas? dijo Grandet a su guarda in partibus.
-No, señor. Pero ¿qué teme usted?
-¡Oh! nada, dijo el padre Grandet.
-Además, iremos a escape, pues sus inquilinos han escogido los mejores caballos.
-Bien, bien; no les habrás dicho adonde voy, ¿verdad?
-¡Si no lo sabía!
-Bien. ¿Es fuerte el coche?
-¿Esto, señor? ¡Ya lo creo! ¡llevaría tres mil como eso! ¿Qué pueden pesar esos malos barriles?
-¡Mecachis! dijo Nanón, bien lo sabo yo. Hay cerca de mil ochocientos.
-¿Quieres callarte, Nanón? Le dirás a mi mujer que he ido al campo y que estaré de vuelta a la hora de comer. ¡Hala, Cornoiller! ¡arrea! que hay que estar en Angers antes de las nueve.
El coche partió. Nanón echó el cerrojo a la puerta, soltó el perro, se acostó con el hombro acardenalado, y nadie en el barrio sospechó la marcha de Grandet ni el objeto de su viaje. La discreción del buen hombre era completa. Nadie vela nunca un céntimo en aquella casa llena de oro. Después de haber oído aquella mañana en el puerto que el oro había aumentado el doble de su valor a causa de los numerosos armamentos llevados a cabo en Nantes, y que algunos especuladores habían ido a Angers para adquirir moneda de oro, el anciano viñero pidió prestados caballos a sus inquilinos y se dispuso a ir a vender allí el suyo y a traer en billetes la suma necesaria para la compra del papel del Estado, después de haber obtenido una ganancia con aquella especulación.
-Mi padre se va, dijo Eugenia que lo había oído todo desde lo alto de la escalera.
El silencio se había restablecido en la casa, y el ruido del rodar del coche, que fue cesando por grados, no resonaba ya en Saumur. En este momento, Eugenia, antes de escucharlo con el oído, oyó en su corazón una queja que atravesó los tabiques y que salía del cuarto de su primo. Una línea luminosa, fina como el filo de un sable, pasaba por la rendija de la puerta y cortaba horizontalmente los balaustres de la carcomida escalera.
-¡Cómo sufre! dijo Eugenia subiendo dos peldaños.
Un segundo gemido hizo llegar a la joven hasta el descansillo de la escalera. La puerta estaba entreabierta, y Eugenia la empujó. Carlos dormía con la cabeza colgando fuera del viejo sofá; su mano había dejado caer la pluma y casi tocaba en tierra. La respiración sofocada que exigía la postura del joven asustó de pronto a Eugenia, la cual se apresuró a entrar.