A Practical Handbook on the Distillation of Alcohol from Farm Products

Chapter 8

Chapter 84,164 wordsPublic domain

Eugenia levantó los ojos al cielo sin decir palabra. Por la primera vez en su vida, sus generosas inclinaciones, adormecidas y comprimidas, pero despertadas de pronto, se veían a cada momento contrariadas. Aquella noche fue semejante en apariencia a las mil noches de su monótona existencia, pero fue ciertamente la más horrible. Eugenia trabajó sin levantar cabeza, y no se sirvió para nada del neceser que Carlos había desdeñado la víspera. La señora Grandet siguió trabajando los mitones. El avaro dio vueltas a sus pulgares durante cuatro horas, abismado en cálculos cuyos resultados habían de asombrar a Saumur al día siguiente. Aquel día nadie fue a visitar a esta familia. En aquel momento, la villa entera comentaba el negocio de Grandet, la quiebra de su hermano y la llegada de su sobrino. Para obedecer a la necesidad de charlar acerca de sus intereses comunes, todos los propietarios de viñedos de las sociedades grandes y chicas de Saumur estaban en casa del señor de Grassins, donde se pronunciaron terribles imprecaciones contra el antiguo alcalde.

Nanón hilaba, y el ruido de su rueca fue el único sonido que se oyó bajo las vigas grisáceas de la sala.

-Lo que es hoy, poco gastamos la lengua, dijo la criada mostrando sus dientes blancos y gruesos como almendras mondadas.

-Es preciso no gastar nada, ni aun la lengua, respondió Grandet saliendo de sus meditaciones.

El avaro veía en perspectiva ocho millones al cabo de tres años, y bogaba ya por aquel inmenso océano de oro.

-Acostémonos, que ya es hora. Yo iré a darle las buenas noches a mi sobrino por todos, y a ver si quiere tomar algo.

La señora Grandet se quedó en el descansillo del tercer piso para oír la conversación que iba a tener lugar entre Carlos y su marido. Eugenia, más atrevida que su madre, subió dos peldaños más.

-Sobrino mío, está usted apenado; sí, llore, es natural, un padre es un padre. Pero hay que tomar las penas con paciencia; mientras usted llora, yo me ocupo de usted. Vamos, valor, no se apure, yo soy un buen pariente. ¿Quiere usted beber un vaso de vino? El vino, en Saumur, no cuesta nada, y se ofrece aquí vino como en las Indias una taza de té. Pero, dijo Grandet continuando, está usted a obscuras; malo, malo, es preciso ver claro lo que se hace.

Grandet se encaminó a la chimenea.

-¡Calla! exclamó, ¡una bujía! ¿Dónde diablos la habrán buscado? Esos demonios serían capaces de demoler la casa para obsequiar a este muchacho.

Al oír estas palabras, la madre y la hija se fueron a sus cuartos y se metieron en la cama con la celeridad de ratones asustados que entran en sus agujeros,

-Señora Grandet, ¿tiene usted acaso algún tesoro? dijo el avaro entrando en el cuarto de su mujer.

-Amigo mío, espérate, que estoy rezando, respondió con voz alterada la pobre madre.

-¡Llévese el diablo tus oraciones y tu Dios! replicó Grandet gruñendo.

Los avaros no creen en otra vida, y el presente es el todo para ellos. Esta reflexión hace comprender con horrible claridad la época actual, en la que el dinero domina más que nunca las leyes, la política y las costumbres. Instituciones, libros, hombres y doctrinas, todo conspira contra la creencia en una vida futura, creencia en la que se apoya el edificio social hace ya mil ochocientos años. Ahora el ataúd es una transición poco temida. El porvenir que nos esperaba después del Requiem ha sido transportado al presente. Llegar por fas o por nefas al paraíso terrestre del lujo y de los vanos goces, petrificar el corazón y macerarse el cuerpo para obtener posesiones pasajeras, como se sufría antes el martirio por los bienes eternos, es el pensamiento general, pensamiento escrito, por lo demás, en todas partes, hasta en las leyes que preguntan al legislador: «¿Qué pagas?» en lugar de decirle: «¿Qué piensas?» Cuando esta doctrina haya pasado a ser patrimonio del pueblo, ¿qué será del país?

-Señora Grandet, ¿ha acabado usted? le dijo el antiguo tonelero.

-Amigo mío, estoy rogando por ti.

Está bien, buenas noches, mañana por la mañana hablaremos.

La pobre mujer se durmió como el escolar que, no habiendo estudiado sus lecciones, temo encontrarse al despertar el rostro irritado del maestro. En el momento en que, llena de miedo se arrebujaba con las sábanas para no oír nada: Eugenia, en camisa y descalza, llegó hasta ella para besarle en la frente.

-¡Ah! mamá querida, mañana le diré que he sido yo.

-No, que te enviaría a Noyers; déjame a mí obrar, que no me comerá.

-¿Oyes, mamá?

-¿Qué?

-Sigue llorando.

-Anda, ve a acostarte, hija mía, que el piso está húmedo y podrías coger frío a los pies.

De este modo pasó el día solemne que debía influir para siempre en la vida de la rica y pobre heredera, cuyo sueño no fue ya en lo sucesivo tan tranquilo y tan puro como lo había sido hasta entonces. Muy frecuentemente, ciertas acciones de la vida humana parecen inverosímiles, a pesar de ser verdaderas. Pero ¿no ocurrirá esto porque se deja casi siempre extender sobre nuestras determinaciones espontáneas una especie de luz psicológica, explicando únicamente las razones misteriosamente concebidas que las han originado? La profunda pasión de Eugenia debía ser sin duda analizada en sus fibrillas más delicadas, pues se convirtió en una enfermedad e influyó en su existencia futura. Muchas personas prefieren negar los desenlaces, que medir la fuerza de los lazos, de los nudos y de los eslabones que encadenaron secretamente un hecho a otro en el orden moral. Aquí, pues, para los observadores de la naturaleza humana, el pasado de Eugenia justificará la sencillez de su reflexión y la instantaneidad de las efusiones de su alma. Cuanto más tranquila había sido su vida, con más ímpetu se desplegó en su alma la piedad femenina, que es el más ingenioso de los sentimientos. Turbada por los acontecimientos de la víspera, Eugenia se despertó varias veces para escuchar a su primo, creyendo haber oído los suspiros que desde la víspera resonaban en su corazón: tan pronto le veía expirando de dolor, como soñaba que se moría de hambre. Al amanecer, oyó indudablemente una terrible exclamación, e inmediatamente se vistió y corrió con precipitado paso al lado de su primo, que había dejado la puerta abierta. La bujía se había gastado por completo. Carlos, vencido por el cansancio, dormía vestido y sentado en un sofá, con la cabeza apoyada en la cama, y soñaba como sueñan los jóvenes cuando tienen el estómago vacío. Eugenia pudo llorar a su gusto y pudo admirar aquel joven y hermoso rostro, hollado por el dolor, y aquellos ojos hinchados por las lágrimas y que, aun durmiendo, parecían derramar llanto. Carlos adivinó simpáticamente la presencia de Eugenia, abrió los ojos y la vio emocionada.

-Dispénseme usted, prima, dijo Carlos sin saber la hora que era ni en el lugar en que se hallaba.

-Primo mío, hay aquí corazones que comprenden su dolor, y hemos creído que necesitaría usted algo. Debía usted acostarse, porque de esa manera no descansa.

-Es verdad.

-Pues bien, adiós.

Y se escapó avergonzada y contenta por haber dado aquel paso. La inocencia es la única que tiene estos atrevimientos. La virtud instruida calcula como el vicio. Eugenia, que no había temblado al lado de su primo, apenas pudo sostenerse cuando estuvo en su cuarto. Su ignorante vida había cesado de pronto, y empezó a razonar y a hacerse mil reproches. «¿Qué idea se formará de mí? Creerá que le amo? Esto era precisamente lo que más deseaba ella hacerle creer. El amor franco tiene su presciencia y sabe que el amor provoca el amor. ¡Qué acontecimiento más importante para aquella joven solitaria el haber entrado furtivamente en la habitación de un joven! ¿No hay en amor acciones y pensamientos que equivalen para ciertas almas a los santos desposorios? Una hora después, Eugenia entró en el cuarto de su madre para vestirla como acostumbraba; y hecho esto, fueron a ocupar sus asientos delante de la ventana, y esperaron a Grandet con esa ansiedad que hiela el corazón o lo caldea, lo oprime o lo dilata, según los caracteres, cuando se teme una disputa o un castigo, sensación ésta que es, por otra parte, tan natural, que los animales domésticos la experimentan hasta el punto de gritar por el insignificante mal de una corrección, siendo así que se callan cuando se hieren por inadvertencia.

A poco bajó el buen hombre, pero habló con aire distraído a su mujer, besó a Eugenia y se sentó a la mesa sin que, al parecer, pensase en las amenazas de la víspera.

-¿Qué hará mi sobrino? ¡Bien poco molesta el pobrecillo!

-Está durmiendo, señor, dijo Nanón.

-Tanto mejor, así no necesitará bujía, dijo Grandet en tono chocarrero.

Esta clemencia insólita, esta amarga alegría, sorprendió a la señora Grandet, que miró a su marido atentamente. El buen hombre... (Creemos conveniente advertir aquí que en Turena, en Anjou, en Poitú y en Bretaña, la palabra buen hombre, empleada ya varias veces para designar a Grandet, se aplica lo mismo a los hombres más crueles que a los más buenos cuando han llegado a cierta edad. Este título no afecta para nada a la mayor o menor mansedumbre individual.) El buen hombre, repito, tomó el sombrero y los guantes, y dijo:

-Voy a dar una vuelta por la plaza a ver si encuentro a Cruchot.

-Eugenia, no me cabe duda que a tu padre le pasa algo.

En efecto, Grandet, que era poco dormilón, empleaba la mitad de las noches en los cálculos preliminares que daban a sus entrevistas, a sus observaciones y a sus planes aquella seguridad de éxito que tanto asombraba a los habitantes de Saumur. Todo poder humano es un compuesto de paciencia y de tiempo. Las gentes poderosas quieren y velan. La vida del avaro es un constante ejercicio del poder humano puesto al servicio de la personalidad. Ese ser no se apoya más que en dos sentimientos: el amor propio y el interés; pero no siendo en cierto modo el interés más que el amor propio sólido y bien entendido, la confirmación casi continua de una superioridad real, el amor propio y el interés son dos partes de un mismo todo: el egoísmo. De ahí proviene, sin duda, la prodigiosa curiosidad que excitan los avaros puestos hábilmente en escena. Todo el mundo tiene algo de esos personajes, que se declaran contra todos los sentimientos humanos resumiéndolos todos. ¿Dónde está el hombre sin deseo y qué deseo social se satisface sin dinero? Como decía su mujer, a Grandet le pasaba realmente algo. Como. todos los avaros, el antiguo tonelero sentía una persistente necesidad de jugar una partida con los demás hombres y de ganarles legalmente el dinero. Cobrar impuestos al prójimo, ¿no es ejercer un acto de poder y abrogarse perpetuamente el derecho de despreciar a los que, por ser demasiado débiles, se dejan devorar? ¡Oh! ¿quién ha sabido comprender la significación del cordero apaciblemente acostado a los pies de Dios, que es el emblema más conmovedor de todas las víctimas terrestres, el de su porvenir, el de su sufrimiento y su debilidad glorificados? El avaro deja engordar este cordero, lo aprisca, lo mata, lo cuece, se lo come y lo desprecia. El alimento de los avaros se compone de dinero y de desdén. Durante la noche, las ideas del buen hombre habían tomado otro curso y de ahí provenía su clemencia: había urdido una trama para burlarse de los parisienses, para marearlos, petrificarlos, hacerles ir, venir, esperar, sudar, palidecer; para divertirse a costa de ellos, él, el antiguo tonelero que ocupaba aquel modesto y antiguo edificio. Su sobrino había sido objeto de sus meditaciones, y quería salvar el honor de su difunto hermano sin que les costase un céntimo ni a él ni a su sobrino. Como sus fondos iban a ser colocados por tres años y no tenía más quehacer que el de administrar sus bienes, necesitaba dar alimento a su maliciosa actividad y lo había encontrado en la quiebra de su hermano. No teniendo ningún negocio entre manos, quería triturar a los parisienses en provecho de Carlos y mostrarse buen hermano sin gastar nada. El honor de la familia entraba tan poco en sus proyectos, que su buena voluntad debe compararse a la que experimentan los jugadores en ver jugar una partida en la que no interesan nada. Los Cruchot le eran necesarios, y como no quería ir a buscarles, había decido hacerles ir a su casa y empezar aquella misma noche la comedia cuyo plan acababa de concebir, a fin de ser al día siguiente objeto de la admiración de su pueblo sin que le costase un céntimo. En ausencia de su padre, Eugenia tuvo la dicha de poder ocuparse a sus anchas de su muy amado primo y de prodigarle sin temor los tesoros de su piedad, que es una de las sublimes superioridades de la mujer, la única que ella desea hacer sentir. Eugenia fue a escuchar tres o cuatro veces la respiración de su primo para saber si dormía o si estaba despierto, y después, cuando aquél se levantó, la crema, el café, los huevos, la fruta, el vaso, todo lo que formaba parte del almuerzo, fue para ella objeto de cuidado. Por fin, subió ágilmente la vieja escalera para escuchar el ruido que hacía su primo. ¿Se estaría vistiendo? ¿lloraría aún? Por fin, llegó hasta su puerta.

-¿Primo mío?

-¿Qué hay, prima?

-¿Quiere usted almorzar en la sala o en su cuarto?

-Donde usted quiera.

-¿Cómo se encuentra?

-Prima querida, me avergüenzo de tener hambre.

Esta conversación a través de la puerta era para Eugenia todo un episodio de novela.

-Pues bien, ahora le traeremos a usted el almuerzo a su cuarto, a fin de no contrariar a mi padre.

Y acto continuo bajó a la cocina con la ligereza de un pájaro.

-Nanón, vete a arreglar su cuarto.

Aquella escalera que tanto había subido y bajado durante su vida y donde resonaba el menor ruido, le parecía a Eugenia que había perdido su carácter de vetustez y que le hablaba, que era joven como ella, joven como su amor, al que a la sazón servía. Su madre, su buena e indulgente madre, quiso prestarse a los caprichos de su amor, y cuando el cuarto de Carlos estuvo arreglado, subió con ella a hacer compañía al desgraciado: ¿no ordena la caridad cristiana que se consuele al afligido? Aquellas dos mujeres procuraron sacar de la religión un buen número de pequeños sofismas para justificar su conducta. Carlos Grandet fue, pues, objeto de los más afectuosos y tiernos cuidados. Su dolorido corazón sintió vivamente la suavidad de la cariñosa amistad y de la simpatía que aquellas dos almas supieron desplegar al verse libres un momento en la región de los sufrimientos, en su esfera natural. Autorizada por el parentesco, Eugenia se puso a arreglar los objetos del tocador que su primo había llevado, y pudo maravillarse a su gusto de las chucherías de plata y oro, que retenía largo tiempo en sus manos bajo pretexto de examinarlas. Carlos no vio sin enternecerse el generoso interés que por él se tornaban su tía y su prima, pues conocía bastante la sociedad de París para saber que en la situación en que se hallaba no hubiese encontrado allí más que corazones indiferentes o fríos. Eugenia se le apareció en todo el esplendor de su belleza especial, y el joven empezó a admirar la inocencia de aquellas costumbres, de que se burlaba la víspera. De modo que cuando Eugenia tornó de manos de Nanón el tazón lleno de café con crema para dárselo a su primo al mismo tiempo que le dirigía una cariñosa mirada, los ojos del parisiense se llenaron de lágrimas, y, tomándole la mano, se la besó.

-Vamos, ¿qué le pasa aún? le preguntó la joven.

-¡Oh! son lágrimas de agradecimiento, respondió Carlos.

Eugenia se volvió bruscamente hacia la chimenea para tomar el candelero.

-Nanón, ten, llévatelo, dijo.

Cuando Eugenia miró a su primo estaba muy colorada aún, pero al menos sus palabras pudieron mentir y ocultar la excesiva alegría que inundaba su corazón; pero sus ojos expresaron un vivo sentimiento y sus almas se fundieron en una misma idea: el porvenir era de ellos. Aquella grata emoción fue tanto más deliciosa para Carlos en medio de su inmensa pena, cuanto que era completamente inesperada. Un aldabonazo llamó a las dos mujeres a sus puestos. Afortunadamente, pudieron bajar antes de que Grandet hubiese entrado; si el avaro las hubiese encontrado fuera de sus asientos, hubiera sido lo bastante para excitar sus sospechas. Después del almuerzo, que el buen hombre hizo de pie, el guarda, que no había recibido aún la indemnización prometida, llegó de Froidfond llevando una liebre, unos perdigones muertos en el parque, unas anguilas y dos lucios que le habían dado los marineros.

-Vaya, vaya, este Cornoiller viene como pedrada en ojo de boticario. ¿Sirve eso para comer?

-Si, generoso señor, ha sido matado hace dos días.

-Vamos, Nanón, date prisa, dijo el avaro, toma eso y arréglalo para la comida, pues tengo convidados a los dos Cruchot.

Nanón abrió los ojos con asombro y miró a todo el mundo.

-Está bien, dijo, ¿y la grasa y las especias?

-Mujer, dijo Grandet, dale seis francos a Nanón, y recuérdame que tengo que ir a la bodega a sacar vino bueno.

-Bueno, señor Grandet, repuso el guarda, que había preparado su arenga para decidir la cuestión de la gratificación, yo...

-Ta, ta, ta, ta, dijo Grandet, ya sé lo que vas a decir, eres un diablillo: hoy tengo mucha prisa, mañana hablaremos de eso. Mujer, dale cinco francos, dijo a la señora Grandet.

Y se marchó.

La pobre mujer se consideró muy feliz pudiendo comprar la paz por doce francos, pues sabía que Grandet, después de irle sacando poco a poco el dinero que le había dado, solía estar callado durante quince días.

-Toma, Cornoiller, le dijo la señora Grandet poniéndole diez francos en la mano, algún día le pagaremos a usted sus servicios.

Cornoiller no dijo nada y se fue.

-Señora, dijo Nanón que se había puesto ya su cofia negra y que había cogido el cesto, no necesito más que tres francos, guárdese el resto.

-Nanón, haz una buena comida, que también bajará mi primo, dijo Eugenia.

-No hay duda de que aquí pasa algo extraordinario, dijo la señora Grandet. Desde que nos hemos casado, esta es la tercera vez que tu padre tiene invitados a comer.

A eso de las cuatro de la tarde, en el momento en que Eugenia y su madre acababan de poner la mesa para seis personas y en que el dueño de la casa subía con algunas botellas de esos exquisitos vinos que conservan con amor los provincianos, Carlos se presentó en la sala. El joven estaba pálido, y sus facciones, sus gestos, sus miradas y su voz tenían una melancolía llena de gracia, pues el infortunado no fingía el dolor, sino que sufría verdaderamente, contribuyendo esto a darle ese aire interesante que tanto agrada a las mujeres. Al verlo así, Eugenia le amó aún más. La desgracia contribuyó a aproximarlo más a ella. Carlos no era ya el joven rico y guapo colocado en una esfera inaccesible para ella, sino que era un pariente sumido en una miseria espantosa. La miseria engendra la igualdad. La mujer tiene una cosa de común con los ángeles, y esta es que los desgraciados le pertenecen. Carlos y Eugenia se entendieron y se hablaron con los ojos, pues el pobre petimetre caído, el infeliz huérfano, se colocó en un rincón y permaneció allí callado, tranquilo y digno; pero de cuando en cuando la cariñosa mirada de su prima le obligaba a dejar sus tristes pensamientos Y a recorrer con ella los campos de la esperanza y del porvenir. En aquel momento, la villa se ocupaba más de la comida ofrecida por Grandet a los Cruchot, que de la venta de la cosecha, que constituía un crimen de alta traición a los viñeros. Si el político viñero hubiese dado la comida con la misma intención con que Alcibíades cortó la cola a su perro, hubiera sido, sin duda, un gran hombre; pero como estaba muy por encima de una villa de la que se burlaba sin cesar, no hacia ningún caso de Saumur. Los de Grassins supieron en seguida la muerte violenta y la quiebra probable del padre de Carlos, y resolvieron ir aquella misma noche a casa de su cliente a fin de tomar parte en su desgracia y darle pruebas de amistad ¿informarse al mismo tiempo de los motivos que podían haberle, determinado a invitar a comer a los Cruchot en semejante ocasión. A las cinco en punto, el presidente C. de Bonfons y su tío el notario llegaron endomingados hasta los dientes. Los convidados se sentaron a la mesa y empezaron por comer admirablemente. Grandet estaba grave, Carlos silencioso, Eugenia muda, y la señora Grandet no habló más de lo que acostumbraba; de modo que aquella comida fue verdaderamente de duelo, acabada la cual, Carlos dijo a sus tíos:

-Permítanme que me retire; tengo que escribir algunas cartas.

-Haga lo que guste, sobrino.

Cuando el avaro presumió que Carlos no oiría nada, por estar ocupado en sus cartas, miró socarronamente a su mujer, y le dijo:

-Señora Grandet, lo que vamos a hablar aquí sería latín para vosotras, y, como son ya las siete y media, podéis ir a acostaros. ¡Buenas noches, hija mía!

Grandet abrazó a su hija, y las dos mujeres salieron. Entonces empezó la escena en que el padre Grandet empleó, mejor que en ningún momento de su vida, la astucia que había adquirido en su trato con los hombres y que le había valido el sobrenombre de perro viejo. Si el alcalde de Saumur hubiese llevado su ambición a mayor altura, y si, por felices circunstancias, hubiese llegado a los congresos donde se trataban los asuntos de las naciones y se hubiese servido del genio de que se servía para sus intereses personales, no hay duda que hubiese sido gloriosamente útil a Francia. Sin embargo, es fácil también que, una vez fuera de Saumur, el hombre hubiese hecho un triste papel, pues ocurre con los hombres como con ciertos animales, que no engendran una vez sacados del país en que han nacido.

-Se... se... se... ñor presidente, us... us... ted de... de... de... cía que... que... que... la... la... quie... quie... quie... bra...

La tartamudez afectada hacía ya tiempo por el avaro y que pasaba por natural, así como la sordera de que se quejaba en tiempo de lluvia, se hizo en esta ocasión tan fatigante para los dos

Cruchot, que éstos hacían muecas sin querer al escuchar al viñero, y esfuerzos como si quisiesen acabar las palabras en que aquel se enredaba adrede. Creemos necesario hacer aquí la historia de la tartamudez y de la sordera de Grandet. No había nadie en Anjou que oyese ni pudiese pronunciar mejor el francés que el astuto viñero. En otro tiempo, a pesar de su astucia, Grandet había sido engañado por un israelita que, en medio de la discusión, se aplicaba la mano al oído a guisa de trompeta, bajo pretexto de oír mejor, y chapurraba de tal modo buscando las palabras, que el avaro, víctima de su humanidad, se creyó obligado a sugerir a aquel maligno judío las palabras y las ideas que parecía buscar éste, a acabar él mismo los razonamientos del dicho judío, a hablar como debía hablar el condenado judío y a ser, en fin, el judío y no Grandet. El tonelero acabó aquella extraña entrevista haciendo el único negocio malo que había hecho en su vida. Pero si salió perdiendo en él, pecuniariamente hablando, ganó moralmente una buena lección, y más tarde recogió sus frutos de tal modo, que el buen hombre acabó por bendecir al judío que le había enseñado el arte de impacientar a su adversario, ocupándole en expresar el pensamiento ajeno y haciéndole perder constantemente de vista el propio. Ahora bien, ningún negocio exigió más que aquel de que iba a tratar el empleo de la sordera, de la tartamudez y de los ambages incomprensibles de que Grandet rodeaba sus ideas. En primer lugar, no quería aceptar la responsabilidad de sus ideas, y además deseaba ser dueño de su palabra y dejar en duda acerca de sus verdaderas intenciones.

-Se... se... ñor de... de Bon... Bon... Bon... fons.

En tres años era la segunda vez que Grandet llamaba señor de Bonfons al sobrino de Cruchot.

El presidente pudo creerse elegido yerno por el artificioso negociante.

-Us... us... us... ted de... de... de... cía, pues, que... que... que las quie... quie... quie... bras pue... pue... pue... den en... en... en cier... cier... cier... tos ca... ca... ca... sos ser impe... pe... pe... didas po... po... po... por...