A Practical Handbook on the Distillation of Alcohol from Farm Products
Chapter 7
-En verdad, prima querida, que si estuviese usted en un palco de la ópera, vestida con elegancia, le garantizo que mí tía tendría razón, pues haría usted cometer muchos pecados de deseo a los hombres y de envidia a las mujeres.
Este cumplido, aunque no hubiese sido completamente comprendido por Eugenia, hizo palpitar su corazón de alegría.
-¡Oh! primo mío, usted quiere burlarse de una pobre provinciana.
-Si me conociese usted, sabría que aborrezco las burlas, porque entiendo que hieren todos los sentimientos.
Y esto diciendo, se zampó agradablemente su tostada de manteca.
-No, yo tengo poca gracia para burlarme de los demás, y este defecto me hace mucho daño. En París hay quien asesina a un hombre, diciéndole: «¡Tiene muy buen corazón!» pues esta frase quiere decir: «El pobre muchacho es estúpido como un rinoceronte». Pero como soy rico y todo el mundo sabe que derribo un muñeco a treinta pasos con toda clase de pistolas y al aire libre, los burlones me respetan.
-Sobrino mío, lo que usted dice demuestra que tiene buen corazón.
-¡Qué anillo más bonito tiene usted! exclamó Eugenia. ¿Tiene inconveniente en enseñármelo?
Carlos se quitó el anillo, extendió el brazo, y Eugenia se puso roja como la grana al rozar con la punta de los dedos las rosadas uñas de su primo.
-Mamá, ¡mire usted qué trabajo más hermoso!
-¡Oh! ¡y tiene mucho oro! dijo Nanón trayendo el café.
-¿Qué es eso? preguntó Carlos riéndose y señalando un puchero oblongo, de tierra negra barnizada, con baño interior de porcelana, rodeado de una franja de ceniza y en cuyo fondo caía el café volviendo a la superficie del agua hirviendo.
-Es café hervido, dijo Nanón.
-¡Ah! querida tía, espero que al menos podré dejar alguna huella bienhechora de mi paso por aquí ¡Viven ustedes muy atrasados! Yo les enseñaré a ustedes a hacer buen café en una cafetera del sistema Chaptal.
E intentó explicarles la manera de manejar esta cafetera.
-¡Ah! vaya, si cuesta tanto trabajo, dijo Nanón, tendría que pasar la vida haciendo café. ¡Mecachis! ¿quién daría hierba a las vacas mientras yo hiciese café?
-Yo, dijo Eugenia.
-Niña, dijo la señora Grandet mirando a su hija.
Al oír estas palabras, que recordaban la pena que no tardaría en agobiar a aquel desgraciado joven, las tres mujeres se callaron y le contemplaron con un aire de conmiseración que chocó a Carlos.
-¿Qué tiene usted, prima mía?
-¡Silencio! dijo la señora Grandet a su hija cuando ésta iba a responder. Ya sabes, hija mía, que tu padre se ha encargado de hablar a este señor...
-Carlos, dijo el joven Grandet.
-¡Ah! ¿se llama usted Carlos? ¡qué nombre más bonito! dijo Eugenia.
Las desgracias presentidas ocurren casi siempre. En este momento, Nanón, la señora Grandet y Eugenia, que no pensaban sin temblar en la vuelta del antiguo tonelero, oyeron un aldabonazo que les era muy conocido.
-¡Ahí está papá! dijo Eugenia.
Y quitó el platillo del azúcar dejando algunos trozos sobre el mantel. N anón se llevó la huevera, la señora Grandet se irguió como una corza asustada, en una palabra, hubo allí un pánico del que Carlos se asombró sin poder explicárselo.
-Pero ¿qué tienen ustedes? les preguntó el joven.
-Que está ahí papá, dijo Eugenia.
-Y ¿qué?...
El señor Grandet entró, fijó sus. penetrantes ojos en la mesa y en Carlos, lo vio todo, y dijo sin tartamudear:
-¡Ah! ¿ha agasajado usted a su sobrino? ¡Está bien, muy bien, admirablemente! dijo sin tartamudear. Cuando los gatos corren por los tejados, los ratones danzan por las tarimas.
-¡Agasajado! pensó Carlos incapaz de sospechar el régimen y las costumbres de aquella casa.
-Tráeme la manteca, Nanón, dijo el viejo avaro.
Eugenia le trajo la manteca, y Grandet sacó del bolsillo una navaja, cortó una rebanada de pan, tomó un poco de manteca, la extendió cuidadosamente sobre la rebanada, y se puso a comer de pie. En este momento, Carlos ponía azúcar a su café. El padre Grandet vio los terrones de azúcar, examinó a su mujer, que palideció, y aproximándose al oído de la pobre anciana, le dijo:
-¿De dónde habéis sacado ese azúcar?
-Como no había, Nanón ha ido a buscarla a casa de Fessard.
Es imposible figurarse el profundo interés que esta escena muda tenía para las tres mujeres. Nanón había dejado la cocina y miraba por la puerta de la sala para ver en qué pararía aquello. Carlos, que había probado el café, lo encontró demasiado amargo y buscó el platillo que Grandet se había apresurado a coger.
-¿Qué quiere usted, sobrino? le dijo el buen hombre.
-El azúcar.
-Ponga usted más leche al café, y así se endulzará, respondió el dueño de la casa.
Eugenia tomó el platillo del azúcar que Grandet se disponía a guardar y lo puso sobre la mesa, contemplando a su padre tranquilamente. La parisiense que, para facilitar la fuga de su amante, sostiene con sus débiles brazos una escala de seda, no demuestra ciertamente más valor del que demostró Eugenia colocando el azúcar sobre la mesa. El amante recompensará a su parisiense que le mostrará orgullosamente un hermoso brazo acardenalado, cada una de cuyas venas será bañada de lágrimas y curada con besos y con placer; mientras que Carlos no debía conocer nunca el secreto de las profundas agitaciones que destrozaban el corazón de su prima, anonadada a la sazón bajo el peso de la mirada del antiguo tonelero.
-Y ¿tú no comes, mujer? dijo Grandet a su esposa.
La pobre ilota dio algunos pasos hacia la mesa, cortó piadosamente un pedazo de pan y tomó una pera. Eugenia ofreció audazmente a su padre sus uvas, diciéndole:
-¡Pruébalas, papá! Usted también comerá, ¿verdad, primo? He ido a buscarlas al desván nada más que por usted.
-¡Oh! si las dejasen, saquearían Saumur por usted, sobrino mío. Cuando haya usted acabado, iremos juntos al jardín, pues tengo que decirle cosas amargas.
Eugenia y su madre dirigieron a Carlos una mirada cuyo significado comprendió perfectamente el joven.
-¿Qué significan esas palabras, tío mío? Desde la muerte de mi pobre madre... (y al decir esto, su voz se enterneció) ya no hay desgracia posible para mí.
-Sobrino mío, ¿quién es capaz de conocer las aflicciones con que Dios nos pone a prueba? le dijo su tía.
-Ta, ta, ta, dijo Grandet, ya empiezan las tonterías. Sobrino, yo veo con pena sus hermosas y blancas manos, añadió mostrándole las callosas y velludas manos que pendían de sus brazos. Aquí tiene usted manos hechas para amontonar escudos. Usted está acostumbrado a calzarse botas hechas con la piel con que se fabrican las carteras en que nosotros guardamos nuestras letras comerciales. ¡Malo, malo! ¡muy malo!
-¿Qué quiere usted decir, tío? ¡Que me cuelguen si comprendo una palabra!
-Venga usted, dijo Grandet.
El avaro cerró su navaja, bebió el resto de su vino blanco y abrió la puerta.
-Primo mío, ¡valor!
El acento de la joven heló a Carlos, el cual siguió a su terrible tío en medio de mortales inquietudes. Eugenia, su madre y Nanón se fueron a la cocina movidas por la invencible curiosidad de espiar a los dos actores de la escena que iba a desarrollarse en el húmedo jardinito, donde el tío dio algunos pasos en silencio con el sobrino. Grandet no sentía embarazo para comunicar a Carlos la muerte de su padre; pero experimentaba una especie de compasión al verlo arruinado y buscaba fórmulas para suavizar la impresión de esta cruel verdad. Para él no era nada el decirle: «¡Ha perdido usted a su padre!» pues los padres mueren antes que los hijos; pero en cambio, todas las desgracias de la tierra estaban, a su parecer, encerradas en estas palabras: «¡Está usted arruinado!» El avaro daba por tercera vez la vuelta al jardín, cuya arena crujía bajo sus pies. En los grandes acontecimientos de la vida, nuestra alma siente un gran apego por los lugares en que los placeres o las penas nos han sido comunicadas; así es que Carlos examinaba con particular atención los bajos de aquel jardinito, las pálidas hojas que caían, los agujeros de las paredes y los árboles frutales, detalles todos pintorescos que habían de quedar grabados en su memoria y mezclados eternamente con aquella hora suprema, gracias a esa mnemotecnia propia de las pasiones.
-Hace calor, está un tiempo hermoso, dijo Grandet aspirando una gran bocanada de aire puro.
-Sí, tío; pero ¿para qué...?
-Verás, hijo mío, repuso el tío, tengo que comunicarte malas nuevas. Tu padre está muy malo.
-Y ¿cómo estoy yo aquí aún? exclamó Carlos. ¡Nanón, vaya usted a avisar los caballos a la posta! Me parece que podré encontrar un coche en el pueblo, añadió volviéndose hacia su tío, que permanecía inmóvil.
-Los caballos y el coche son inútiles, respondió Grandet mirando a Carlos, que permaneció mudo y cuyos ojos adquirieron una fijeza particular. Sí, hijo mío, sabe que ha muerto; pero eso no es nada, hay algo más grave, se ha levantado la tapa de los sesos.
-¡Mi padre!
-Sí, pero eso no es nada. Los periódicos lo comentan como si tuvieran derecho a ello. Toma, lee!
Grandet, que había pedido el periódico a Cruchot, presentó el fatal artículo ante los ojos de Carlos. En este momento el pobre joven, que era un niño aún y que estaba en la edad en que los sentimientos se manifiestan con sencillez, rompió en amargo llanto.
-Vamos, bien, se dijo Grandet; sus ojos me asustaban, pero cuando llora, ya está salvado. Eso no es nada aún, sobrino mío, repuso Grandet en voz alta sin saber si Carlos le escuchaba; eso no es nada, ya te consolarás.
-¡Nunca! ¡nunca! ¡padre mío! ¡papá querido!
-Te ha arruinado, te ha dejado sin un céntimo.
-¿Qué me importa eso? Dónde está mi padre?... ¿mi padre?...
El llanto y los sollozos resonaron en medio de aquellas paredes y fueron repetidos por los ecos. Las tres mujeres, apiadadas, lloraban. Las lágrimas son tan contagiosas como la risa. Carlos, sin escuchar a su tío, se fue al patio, tomó la escalera, subió a su cuarto y se arrojó sobre su cama metiendo la cabeza entre las sábanas para llorar a su gusto lejos de sus parientes.
-Hay que dejar pasar los primeros momentos, dijo Grandet volviendo a la sala, donde Eugenia y su madre habían recobrado bruscamente sus asientos y trabajaban con temblorosa mano, después de haberse enjugado los ojos. Pero ese joven no sirve para nada: ¡se ocupa más del muerto que del dinero!
Al ver que su padre juzgaba de aquel modo el más santo de los dolores, Eugenia se estremeció, y desde aquel momento empezó a formarse un concepto cabal acerca del autor de sus días. Aunque apagados, los sollozos de Carlos resonaban en aquella sonora casa, y su sentido llanto, que parecía salir de debajo de tierra, no cesó hasta la noche, después de haberse ido debilitando gradualmente.
-¡Pobre joven! dijo la señora Grandet.
¡Fatal exclamación! El padre Grandet miró a su mujer, a Eugenia y el azucarero, se acordó del extraordinario almuerzo aprestado para el desgraciado pariente, y, plantándose en medio de la sala, dijo con su calma habitual:
-Señora Grandet, espero que no continuará usted sus prodigalidades. Yo no le doy a usted mi dinero para hartar de azúcar a ese extravagante joven.
-No tiene mamá la culpa, sino yo, dijo Eugenia.
-¿Acaso te propones contrariarme porque eres mayor de edad? repuso Grandet interrumpiendo a su hija. Mira, Eugenia...
-Papá, el hijo de su hermano no debía carecer en su casa de...
-Ta, ta, ta, ta, dijo el tonelero en los cuatro tonos cromáticos, el hijo de mi hermano por aquí, mi sobrino por allá. Carlos no es nada para nosotros: no tiene donde caerse muerto, su padre ha hecho quiebra; y cuando ese petimetre haya llorado lo bastante, se largará de aquí; no quiero que revolucione mi casa.
-Papa, ¿qué es eso de hacer quiebra? preguntó Eugenia.
-Hacer quiebra es cometer la acción más deshonrosa de todas las que pueden deshonrar a un hombre, respondió el padre.
-Pues debe ser un pecado bien grande, y nuestro hermano estará condenado, dijo la señora Grandet.
-Vamos, ya empiezas con tu letanía, dijo el avaro encogiéndose de hombros. Hacer quiebra, Eugenia, es cometer un robo que, por desgracia, está protegido por la ley. Hay gente que ha dado sus mercancías a Guillerno Grandet confiando en su reputación de honradez y de probidad, y después él se lo ha comido todo, y no les deja mas que los ojos para llorar. El ladrón de caminos es preferible al que hace quiebra: aquél le ataca a uno, permite defenderse y arriesga su vida; pero el otro... En fin, Carlos está deshonrado.
Estas palabras causaron a la joven un profundo dolor. Eugenia, que era tan honrada como delicada es la flor nacida en el interior de un bosque, no conocía las máximas del mundo, ni sus razonamientos capciosos, ni sus sofismas, y aceptó la atroz explicación que su padre le daba a intento acerca de la quiebra, sin darle a conocer la distinción que existe entre una quiebra forzosa y una quiebra fraudulenta.
-Y ¿no pudo usted impedir esa desgracia, papá?
-Mi hermano no me consultó; por otra parte, debía cuatro millones.
-Y ¿cuánto es un millón, papá? preguntó Eugenia con la sencillez de una niña que cree encontrar en seguida lo que desea.
-¡Un millón! dijo Grandet, es un millón de monedas de veinte perras chicas, y se necesitan cinco monedas de veinte perras chicas para componer un duro.
-¡Dios mío! ¡Dios mío! exclamó Eugenia, ¿cómo había hecho mi tío para reunir cuatro millones? ¿Hay alguna persona en Francia que pueda tener tanto dinero?
El padre Grandet se acariciaba la barba, se sonreía y su lobanillo parecía dilatarse.
-Y ¿qué va a ser de mi primo Carlos?
-Se marchará a las Indias a hacer fortuna, según los últimos deseos de su padre.
-Pero ¿ya tiene dinero para marcharse?
-Yo le pagaré el viaje... hasta... sí, hasta Nantes.
Eugenia abrazó a su padre, diciéndole:
-¡Ah! papá, ¡qué bueno es usted!
La joven abrazaba de un modo a Grandet, que éste, que empezaba a sentir ciertos remordimientos de conciencia, se sintió avergonzado.
-¿Se necesita mucho tiempo para reunir un millón? preguntó Eugenia.
-¡Diantre! ¿ya sabes lo que es un napoleón? pues bien, se necesitan cincuenta mil para formar un millón.
-Mamá, haremos algunas novenas por él.
-Ya pensaba en ello, hija mía, respondió la madre.
-Sí, justo, siempre gastar dinero, exclamó el padre. ¿Creéis acaso que hay aquí el oro y el moro?
En este momento, un sordo quejido, más lúgubre que todos los demás, resonó en la buhardilla y heló de espanto a Eugenia y a su madre.
-Nanón, sube arriba a ver si ese hombre se mata, dijo Grandet.
-¿Qué es eso? repuso volviéndose hacia su mujer y su hija, que habían palidecido al oír sus palabras: mucho cuidado con hacer tonterías, ¿eh? Bueno, os dejo, voy a hablar con los holandeses, que se marchan hoy. y después iré a ver a Cruchot para consultar con él este asunto.
Y salió. Cuando Grandet hubo cerrado la puerta, Eugenia y su madre respiraron a sus anchas. Hasta este día, la hija no se había sentido nunca molesta en presencia de su padre; pero hacía ya algunas horas que sus ideas y sus sentimientos habían cambiado por completo.
-Mamá, ¿cuántos luises dan por un tonel de vino?
-Hija mía, por lo que he oído decir, tu padre vende los suyos entre cien y ciento cincuenta francos, y a veces a doscientos.
-Y cuando recoge mil cuatrocientos toneles de vino, ¿cuánto le dan?
-No lo sé, hija mía, tu padre no me habla nunca de sus negocios.
-Pero entonces, papá debe estar rico.
-¡Quizá! pero el señor Cruchot me dijo que había comprado Froidfond hace dos años, y eso había agotado sus recursos.
Eugenia, al ver que no podía comprender la fortuna de su padre, se detuvo aquí en sus cálculos.
-¡Ni siquiera me ha visto el pobre chico! dijo Nanón volviendo. Está tendido como un buey sobre la cama, y llora como una Magdalena, que es una bendición. ¡Qué pena más grande para ese guapo señorito!
-Mamá, vamos en seguida a consolarle, y si llaman bajaremos.
La señora Grandet no tuvo valor para resistir a la voz angelical de su hija. Eugenia estaba sublime, era toda una mujer. Madre e hija, con el corazón palpitante, subieron al cuarto de Carlos. La puerta estaba abierta, el joven no veía ni oía nada. Sumido en amargo llanto, lanzaba., inarticulados lamentos.
-¡Cuánto quiere a su padre! dijo Eugenia en voz baja.
Por el acento con que fueron pronunciadas estas palabras era imposible dejar de ver las esperanzas de un corazón apasionado. Así es que la señora Grandet dirigió a su hija una cariñosa mirada, y le dijo al oído:
-Ten cuidado, porque podrías llegar a amarle.
-¿Amarle? repuso Eugenia. ¡Ah! ¡si supieses lo que mi padre ha dicho!
Carlos se volvió y vio a su prima y a su tía.
-¡He perdido a mi padre, a mi buen padre! Si él me hubiese confiado el secreto de su desgracia, hubiéramos trabajado juntos para repararla. ¡Dios mío! ¡pobre padre mío! Estaba tan seguro de volver a verle, que hasta me parece que le besé con frialdad al partir.
Los sollozos le cortaron la palabra.
-Nosotras rogaremos por él, dijo la señora Grandet. Confórmese usted con la voluntad de Dios.
-Primo mío, dijo Eugenia, tenga usted valor, su pérdida es irreparable, así es que piense usted ahora en salvar su honor.
Con ese instinto y esa delicadeza que posee la mujer cuando consuela, Eugenia quería alejar el dolor de su primo haciéndole ocuparse de sí mismo.
-¡Mi honor! gritó el joven echándose hacia arriba los cabellos con brusco movimiento, sentándose en la cama y cruzándose de brazos. ¡Oh! es verdad, según dice mi tío, mi padre ha hecho quiebra.
Y lanzando un grito desgarrador, se tapó la cara con las manos.
-¡Déjenme ustedes, prima, déjenme! ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡perdonad a mi padre, que debió sufrir mucho!
La presencia del dolor verdadero, sincero y desinteresado de aquel joven tenía un no sé qué horriblemente interesante. Era el suyo un dolor púdico que los corazones sencillos de Eugenia y su madre comprendieron, cuando Carlos hizo un gesto para pedirles que le dejasen solo. Las dos mujeres bajaron, pues, recobraron silenciosamente sus asientos al lado de la ventana, y trabajaron por espacio de una hora sin decir palabra. Con una sola mirada furtiva que Eugenia había dirigido al cuarto del joven, había visto las bonitas bagatelas de su primo, su cepillo, sus peines, sus tijeras y sus navajas de afeitar con incrustaciones de oro; y aquella vista del lujo en medio de su dolor le hizo a Carlos más interesante aún, sin duda por el contraste. La imaginación de aquellas dos criaturas, sumidas siempre en la calma y la soledad, no había forjado ni presenciado nunca un acontecimiento tan grave, un espectáculo tan dramático como aquel.
-Mamá, nos pondremos luto por mi tío, dijo Eugenia.
-Tu padre decidirá eso, respondió la señora Grandet.
Y volvieron a guardar silencio. Eugenia hacía los puntos con una regularidad tal, que un observador hubiera deducido de ello los fecundos pensamientos que ocupaban su meditación. El primer deseo de aquella adorable joven era participar del duelo de su primo. A eso de las cuatro, un aldabonazo brusco resonó en el corazón de la señora Grandet.
-¿Qué tendrá tu padre? le dijo a Eugenia.
El viñero entró muy contento. Después de quitarse los guantes, se frotó las manos con tanta fuerza que se hubiera levantado la piel si su epidermis no estuviese curtida como la piel de Rusia, aunque no tenía el agradable olor de esta. Grandet se paseaba, miraba el tiempo y, por fin, descubrió su secreto, diciendo sin tartamudear:
-¡Amiga mía, los he cogido a todos, el vino está ya vendido! Los holandeses y los belgas se marchaban esta mañana, y yo me he paseado por la plaza, delante de su posada, como aquel que está ocioso; ya tengo lo que tú sabes. Los propietarios de todos los buenos viñedos guardan su cosecha y quieren esperar, y yo no les he dicho nada. Nuestro belga estaba desesperado. Yo le he visto, y asunto hecho: toma nuestra cosecha a doscientos francos el tonel, pagando la mitad al contado y en oro. Las letras están ya extendidas y aquí tienes los seis luises para ti. Dentro de tres meses, los vinos bajarán.
Estas últimas palabras fueron pronunciadas con un tono tranquilo, pero tan profundamente irónico, que los viñeros de Saumur, agrupados en aquel momento en la plaza y anonadados por la nueva venta que acababa de hacer, hubieran temblado si le hubiesen oído. Un pánico horroroso hubiera hecho bajar el precio de los vinos en un cincuenta por ciento.
-Papá, este año tiene usted mil toneles, ¿verdad? dijo Eugenia.
-Sí, hijita.
Este diminutivo era la expresión superlativa, con que el anciano tonelero expresaba su mayor gozo.
-Pues eso hace doscientas mil piezas de veinte perras chicas.
-Sí, señorita Grandet.
-Pues bien, papá, entonces ya puede usted socorrer a Carlos.
El asombro, la cólera y la estupefacción de Baltasar al ver el Mane- Thecel- Phares no podrían compararse con la fría rabia de Grandet al ver que su sobrino ocupaba el corazón y los cálculos de su hija, cuando ya no se acordaba él siquiera de su desgracia.
-¡Por vida de...! desde que ese petimetre ha puesto el pie en mi casa, todo lo ha trastornado. Os permitís comprar confites y hacer fiestas y festines. No quiero ver que eso se repite. A mi edad, me sobra saber cómo debo obrar. ¡Qué diablo! Por otra parte, no tengo que recibir lecciones de mi hija ni de nadie. Haré por mi sobrino lo que sea conveniente, y vosotras no tendréis nada que ver. Respecto a ti, Eugenia, añadió volviéndose hacia su hija, no me hables más de él, o te envío a la abadía de Noyers con Nanón. Y como te atrevas a chistar, ahora mismo. ¿Dónde está ese muchacho? ¿ha bajado ya?
-No, amigo mío, respondió la señora Grandet.
-Pues ¿qué hace?
-Sigue llorando por su padre, respondió Eugenia.
Grandet, que también era un poco padre, miró a su hija sin saber qué responderle. Después de haber dado una o dos vueltas por la sala, el avaro subió a su despacho para meditar allí acerca de una inversión en fondos públicos. La madera de sus dos mil fanegas de bosque le había dado seiscientos mil francos, y uniendo a esta suma el dinero de los álamos, las rentas del año pasado y del corriente, y los doscientos mil francos de la venta que acababa de hacer, formaban un total de novecientos mil francos. El veinte por ciento de ganancia que podía obtener en poco tiempo comprando papel del Estado, que estaba al setenta, le tentaba. Grandet calculó el importe de la especulación sobre el periódico mismo en que estaba anunciada la muerte de su hermano, oyendo los gemidos de su sobrino sin escucharlos. Nanón fue a golpear a la pared para avisar a su amo, pues la mesa estaba puesta. Cuando llegaba al último peldaño de la escalera, Grandet se decía:
-Ya que podré sacar un interés de un ocho, haré este negocio. En dos años, tendré un millón quinientos mil francos, que podré recoger en París en buen oro. Y bien, ¿dónde está mi sobrino?
-Dice que no quiere comer, respondió Nanón, y eso no es sano.
-Pero es económico, replicó su amo.
-¡Diantre! eso, sí.
-¡Bah! ya se cansará de llorar. El hambre hace salir al lobo del monte.
La comida fue sumamente silenciosa.
-Amigo mío, le dijo la señora Grandet cuando el mantel estuvo quitado, tendremos que ponernos luto.
-En verdad, señora Grandet, que no sabéis que inventar para gastar dinero. El luto debe estar en el corazón y no en las ropas.
-Pero el luto de un hermano es indispensable, y la Iglesia nos ordena que...
-Compra el luto con tus seis luises. A mi me pondréis una gasa en el sombrero y otra en la manga, y con eso bastará.