A Practical Handbook on the Distillation of Alcohol from Farm Products

Chapter 6

Chapter 64,206 wordsPublic domain

Eugenia se escapó asustada al jardín al oír temblar la escalera bajo el peso de su padre, pues experimentaba ya los efectos de ese profundo pudor y de esa conciencia propia de nuestra dicha, que nos hace creer, no sin razón tal vez, que nuestros pensamientos están grabados en nuestra frente y que saltan a los ojos de todo el mundo. Al apercibirse al fin de la fría desnudez de la casa paterna, la pobre joven sentía una especie de despecho al ver que no podía ponerla en armonía con la elegancia de su primo, y sintió un vivo deseo de hacer algo por él: ¿qué? ella misma no lo sabía. Sencilla y sincera, Eugenia se dejaba llevar de su naturaleza angelical, sin desconfiar de sus impresiones ni de sus sentimientos. La sola presencia de su primo había despertado en ella las inclinaciones naturales de la mujer, y éstas debieron desplegarse con tanta más fuerza cuanto que, frisando ya en su vigesimotercio año, Eugenia gozaba de la plenitud de su inteligencia y de sus deseos. Por primera vez en su vida, la joven sintió terror al percibir a su padre, vio en él al dueño de su porvenir y se creyó culpable de una falta ocultándole algunos de sus pensamientos. Eugenia se puso a andar con paso precipitado, asombrándose de respirar un aire mas puro, de sentir los rayos del sol más vivificantes y de parecer gozar de una vida nueva. Mientras que buscaba alguna disculpa para obtener la torta, entre la gran Nanón y Grandet se originaba una disputa, tan rara entre ellos como las golondrinas en invierno. Armado de sus llaves, el buen hombre había bajado para medir los víveres necesarios para el consumo del día.

-¿Queda pan de ayer? le preguntó a Nanón.

-Ni una miga, señor.

Grandet tomó un gran pan redondo y bien enharinado e iba a cortarlo cuando Nanón le dijo:

-Hoy somos cinco, señor.

-Es verdad, respondió Grandet, pero tu pan pesa seis libras y te sobrará algo. Por otra parte, ya verás qué poco pan comen esos jóvenes de Paris.

-Pero comerá bodrio, dijo Nanón.

En Anjou, bodrio es el acompañamiento del pan, desde la manteca extendida sobre éste, que es el bodrio más vulgar, hasta el dulce de albérchigo, que es el bodrio más distinguido; y todos los que en su infancia lamieron el bodrio y dejaron el pan, comprenderán la importancia de esta locución.

-No, respondió Grandet, esa gente no come ni bodrio ni pan. Son casi como damiselas.

Por fin, después de haber cortado mezquinamente la ración cotidiana, el avaro iba a encaminarse al cuarto de las frutas y a cerrar su despensa, cuando Nanón le detuvo para decirle:

-Señor, entonces deme usted harina y manteca, y haré una torta para los muchachos.

-Quieres tirar la casa por la ventana porque ha venido mi sobrino?

-En est momento pensaba tanto en su sobrino como en el perro. Pero ¿no ve usted que me ha dado seis terrones de azúcar? necesito ocho.

-¡Caramba! Nanón, nunca te he visto como hoy. ¿Qué te pasa? ¿Eres acaso la dueña? No te daré más que seis terrones de azúcar.

-Y ¿con qué tomará su sobrino el café?

-Con dos terrones, yo me pasaré sin ellos. -Privarse usted del azúcar a su edad? Preferiría comprarla de mi bolsillo.

-Bueno, tú métete en lo que te importe.

A pesar de su bajo precio, el azúcar seguía siendo para el tonelero el más caro de los productos coloniales, y para él seguía estando a seis francos la libra. La obligación de ahorrarla en que se había visto la gente en tiempo del Imperio se había convertido en el más indeleble de sus hábitos. Todas las mujeres, hasta las más estúpidas, saben usar de la astucia para conseguir sus fines; así es que Nanón abandonó la cuestión del azúcar para obtener la torta.

-Señorita, gritó desde la ventana, ¿no quiere usted torta?

-No, no, respondió Eugenia.

-Vamos, Nanón, dijo Grandet al oír la voz de su hija, toma.

Y esto diciendo, abrió la masera en que estaba la harina, le dio una medida y añadió algunas onzas de manteca al pedazo que le había cortado ya.

-Necesitaré leña para calentar el horno, dijo la implacable Nanón.

-Está bien, coge la que necesites, respondió el avaro melancólicamente: pero entonces, haznos una empanada y aprovecha el horno para hacer el resto de la comida, y de ese modo no tendrás que hacer dos fuegos.

-¡Mecachis! ¡no necesita usted decírmelo! exclamó Nanón.

Grandet dirigió a su fiel ministro una mirada casi paternal.

-Señorita, gritó la cocinera, tendremos torta. El padre Grandet se presentó cargado de frutas, y colocó un plato lleno de ellas sobre la mesa de la cocina.

-Vea usted, señor, le dijo Nanón, qué botas más bonitas tiene su sobrino. ¡Qué cuero más bonito y qué bien huele! ¿Con qué se limpiará esto? ¿Tendré que emplear su pasta de huevo?

-Nanón, creo que el huevo estropearía ese cuero. Además, puedes decirle que tú no sabes cómo se lustra el marroquí... sí, es marroquí, y así él mismo comprará en Saumur lo que necesite para lustrar sus botas. He oído decir que se pone azúcar en la pasta para que saque brillo.

-¡Entonces es bueno de comer! dijo la criada llevándoselas a la nariz. ¡Mecachis! ¡mecachis! ¡huele al agua de colonia de la señora! ¡Ah! es extraño!

-¿Extraño? dijo el amo. ¿Sólo te parece extraño poner en las botas más dinero de lo que vale el que las lleva?

-Señor, ¿y no pondrá usted puchero dos veces a la semana ahora que está aquí su sobrino?

-Sí.

-Tendré que ir a la carnicería.

-No, no hay necesidad; harás el caldo con aves que ya te proporcionarán mis inquilinos Yo voy a decir a Cornoiller que mate algunos cuervos. Esa caza hace el mejor caldo del mundo.

-Y ¿es verdad, señor, que se comen los muertos?

-¡Qué estúpida eres, Nanón! comen lo que encuentran, como todo el mundo. ¿No vivimos nosotros también de muertos? Pues ¿qué son las herencias?

El padre Grandet, como no tuviese ya que dar más órdenes, sacó su reloj, y, al ver que podía disponer de media hora antes de almorzar, tomó el sombrero, fue a besar a su hija, y le dijo:

-¿Quieres venir a pasearte a orillas del Loira por mis praderas? Tengo que ir allá.

Eugenia fue a ponerse su sombrero de paja forrado de tafetán color rosa, y padre e hija bajaron por la tortuosa calle hasta la plaza.

-¿Adónde va usted tan de mañana? dijo el notario Cruchot encontrándose con Grandet.

-Voy a arreglar un asunto, respondió el avaro, que no se engañó acerca del objeto del paseo matutino de su amigo.

Cuando el padre Grandet iba a arreglar algún asunto, el notario sabía por experiencia que podría ganar algo yendo con él; así es que lo acompañó.

-Venga usted, Cruchot, dijo Grandet al notario. Usted es amigo mío y voy a demostrarle que es una tontería plantar álamos en buenas tierras.

-¡Cómo! y ¿no cuenta los sesenta mil francos que percibió usted por los que plantó en sus praderas del Loira? dijo maese Cruchot abriendo los ojos con asombro. ¡Qué suerte tuvo usted!... Cortar sus árboles en el momento en que faltaba madera blanca en Nantes, y venderlos a treinta francos.

Eugenia escuchaba sin saber que se acercaba el momento más solemne de su vida, y que el notario iba a hacer que su padre pronunciase acerca de ella una sentencia soberana. Grandet había llegado a las magníficas praderas que poseía a orillas del Loira, donde treinta obreros se ocupaban en limpiar, llenar y nivelar los lugares ocupados antes por los álamos.

-Señor Cruchot, vea usted el terreno que ocupa un álamo, dijo Grandet al notario. Juan, le gritó a un obrero, mi... mi... mide con la toesa en to... to... to... todos los sentidos.

-Cuatro veces ocho pies, respondió el obrero después de haber medido.

-Treinta y dos pies de pérdida, dijo Grandet a Cruchot. Yo tenía en esta línea cien álamos, ¿verdad? A... a... a... ahora bien, tres... trescien... cien... cientas ve... ve... veces treinta y... y... y dos pies me co... co... co... comían qui... qui... quinientos ha... ha... haces de heno; añada usted dos ve... ve... veces más de... de... de los lados y son mil qui... qui... quinientos haces.

-Pues bien, dijo Cruchot para ayudar a su amigo, mil haces de heno valen unos seiscientos francos.

-Que... que... querrá usted de... de... decir mil... mil dos... dos... doscientos con... con... contando los tres o... o... o cuatrocientos... cientos de ganancia. A... a... ahora bien, cal... cal... cal... calcule usted lo que... que... que dan mil dos... dos... doscientos francos al año du... du... rante cuarenta a... a... a... ños con... con los in... in... in... tereses com... com... com... puestos que... que usted sa... sa... sa... be...

-Son sesenta mil francos, dijo el notario.

-¡Ya lo creo! So... so... la... la... mente eso, sesenta mil francos. Pues bien, repuso el viñero sin tartamudear, dos mil álamos en cuarenta años no dan más que cuarenta mil francos. Hay pérdida. ¡Ya me parecía a mí! dijo Grandet hablando de una manera irritada. Juan, repuso, llena todos los agujeros, excepto los de la orilla del Loira, donde plantarás los álamos que compré. Poniéndolos en la orilla, se alimentarán a expensas del gobierno, añadió volviéndose hacia Cruchot e imprimiendo al lobanillo de su nariz un movimiento que equivalía a la sonrisa más irónica.

-¡Es claro! los álamos no deben plantarse más que en terrenos estériles, dijo Cruchot estupefacto al oír los cálculos de Grandet.

-Sí... sí se... se... ñor, respondió irónicamente el tonelero, Eugenia, que contemplaba el sublime paisaje del Loira sin escuchar los cálculos de su padre, no tardó en prestar atención a las palabras de Cruchot al oír que éste le decía a su padre:

-Vaya, ya ha traído usted el yerno de París. En todo Saumur no se habla más que de su sobrino. ¿Me tocará extender pronto sus contratos, padre Grandet?

-¿Ha... ha... ha sa... sa... lido usted tem... tem... tem... prano de... de ca... ca... ca... sa pa... pa... ra de... de... decirme eso? repuso Grandet acompañando esta reflexión de un movimiento de lobanillo. Pues bien, a... a... a... migo mío, le... le... le se... se... se... ré a usted fran... fran... co y le diré lo... lo... lo que usted de... de... de... sea sa... sa... ber. Pre... pre... pre... feriría a... a... a... arrojar a... a... a mi... mi hija al Lo... Loira... que dár... dár... dár... se... la a su pri... pri... pri. mo; ya pue... pue... pue... de usted de... de... de... cirlo a to... to... to... do el mu ndo. Pero no, de... de... de... je usted a... a... a... la gen... gen... te que... que... que hable.

Esta respuesta causó una gran pena a Eugenia. Las lejanas esperanzas que empezaban a despuntar en su corazón florecieron de pronto, se realizaron y formaron un haz de flores que no tardó en ver cortadas y marchitas. Desde la víspera pensaba en Carlos, soñando con él esa dicha que une las almas; y en lo sucesivo, el sufrimiento iba a corroborar aquella dicha. ¿No es propio del modo de ser de la mujer el conmoverse más ante las pompas de la miseria que ante los esplendores de la fortuna? ¿De qué crimen era culpable Carlos? ¡Cuestiones misteriosas! Su amor naciente, que es un misterio tan profundo, empezaba a rodearse ya de misterios. Agitada por convulsivo temblor, la joven llegó a su sombría calle, que tan alegre le pareció un momento antes, y la encontró triste, respirando en ella la melancolía que el tiempo y las cosas habían impreso en aquel paraje. A algunos pasos de la casa, Eugenia se anticipó a su padre y le esperó en la puerta después de haber llamado. Pero Grandet, que veía en la mano del notario un periódico cerrado aún, le dijo:

-¿Cómo están los fondos?

-Grandet, usted no quiere hacerme caso, le respondió Cruchot. Compre usted pronto, que aun se puede ganar un veinte por ciento en dos años, además de los intereses. Se pueden adquirir cinco mil francos de renta por ochenta mil francos. Los fondos están a ochenta francos cincuenta.

-Ya veremos eso, respondió Grandet frotándose la barba.

-¡Dios mío! dijo el notario que acababa de leer el periódico.

-¿Qué hay? exclamó Grandet en el momento en que Cruchot le metía el periódico por los ojos diciéndole: «¡Lea usted este artículo!»

«El señor Grandet, que era uno de los negociantes más estimados de París, se levantó ayer la tapa de los sesos, después de haber hecho su acostumbrada aparición en la Bolsa. Antes envió su dimisión al presidente de la Cámara de diputados, y dimitió, asimismo, su cargo de juez del tribunal de comercio. Las quiebras de su agente de Bolsa y de su notario, los señores Roguín y Souchet, le arruinaron. La consideración de que gozaba el señor Grandet y su crédito eran tales, que sin duda hubiese encontrado apoyo en la plaza de París. Es de lamentar que este hombre honrado se haya dejado llevar de su primer momento de desesperación, etc.»

-Ya lo sabia, dijo el anciano viñero al notario.

Estas palabras helaron de espanto al señor Cruchot, el cual, a pesar de su impasibilidad de notario, sintió frío en la espalda al pensar que el Grandet de París había implorado en vano, sin duda, los millones del Grandet de Saumur.

-¡Y su hijo que estaba tan contento ayer!

-Aun no sabe nada, respondió Grandet con la misma calma.

-Adiós, señor Grandet, dijo Cruchot, que lo comprendió todo y marchó a tranquilizar al Presidente Bonfons.

Al volver a su casa, Grandet encontró el almuerzo dispuesto. La señora Grandet, a cuyo cuello saltó Eugenia para abrazarla con esa viva efusión del corazón que nos causa un pesar secreto, estaba ya sentada en su silla y hacia mitones para el invierno.

-Ya pueden ustedes almorzar, dijo Nanón bajando las escaleras de cuatro en cuatro. El señorito duerme como un querubín. ¡Qué guapo está con los ojos cerrados! He entrado y le he llamado; pero como si no.

-¡Déjale dormir! dijo Grandet. Siempre se despertará bastante temprano para recibir malas noticias.

-Pues ¿qué ocurre? preguntó Eugenia echando al café sus dos terrones de azúcar, que pesaban no sé cuántos gramos y que su padre se entretenía en cortar en sus ratos de ocio.

La señora Grandet, que no se había atrevido a hacer esta pregunta, miró a su marido.

-Su padre se ha levantado la tapa de los sesos.

-¡Mi tío! dijo Eugenia.

-¡Pobre Joven! exclamó la señora Grandet.

-Sí, y tan pobre, que no posee ni un céntimo, repuso Grandet.

-Pues él duerme como si fuera el rey de la tierra, dijo Nanón con triste acento.

Eugenia cesó de comer. Su corazón se oprimió como se oprime el corazón de una mujer cuando la compasión, excitada por la desgracia de aquel a quien ama, se apodera por completo de su alma. La joven lloró.

-Si no conoces a tu tío, ¿por qué lloras? le dijo su padre dirigiéndole una de aquellas miradas de tigre furioso que debía dirigir, sin duda, a sus montones de oro.

-Pero, señor, dijo la criada, ¿quién no ha de sentir piedad por ese joven que duerme como un tronco ignorando su suerte?

-Nanón, ahora no te hablo a ti, ¡cállate!

En aquel momento Eugenia aprendió que la mujer que ama debe disimular siempre sus sentimientos, y no respondió.

-Señora Grandet, espero que hasta mi vuelta no le diréis nada, dijo el anciano continuando. Tengo que ir a ver mis praderas, volveré al mediodía para el segundo almuerzo, y entonces hablaré con mi sobrino de sus asuntos. Respecto a ti, señorita Eugenia, si es por ese petimetre por quien lloras, te advierto que no quiero ver más que te interesas por él, pues partirá a toda prisa para las Indias, y no lo verás más.

El padre tomó los guantes del ala de su sombrero, se los puso con su acostumbrada calma y salió.

-¡Ah! ¡mamá, me ahogo! exclamó Eugenia cuando estuvo sola con su madre, ¡jamás he sufrido de este modo!

La señora Grandet, al ver que su hija palidecía, abrió la ventana y la hizo respirar el aire libre.

-Ya estoy mejor, dijo Eugenia después de un momento.,

Esta emoción nerviosa en una naturaleza tan tranquila Y fría hasta entonces en apariencia, llamó la atención de la señora Grandet la cual miró a su hija con esa intuición simpática de que están dotadas las madres para el objeto de su ternura, y lo adivinó todo. A decir verdad, la vida de las célebres hermanas húngaras, pegadas una a otra por un error de la naturaleza, no fue más íntima que la de Eugenia y la de su madre, las cuales estaban siempre juntas en el alféizar de aquella ventana, juntas en la iglesia y respirando siempre la misma atmósfera.

-¡Pobre hija mía! dijo la señora Grandet tomando por la cabeza a su hija para apoyarla contra su seno.

Al oír estas palabras, la joven levantó la cara, interrogó a la madre con una mirada, escudriñó sus más secretos pensamientos, y le dijo:

-¿Por qué mandarlo a las Indias? Si es desgraciado, ¿no debe quedarse aquí? ¿No es nuestro pariente más próximo?

-Sí, hija mía, eso sería muy natural: pero tu padre tiene sus razones, y nosotros debemos respetarlas.

La madre y la hija quedaron silenciosas, se sentaron, la una en su silla y la otra en su sofá y reanudaron su trabajo. Llena de agradecimiento al ver la admirable armonía que existía entre su corazón y el de su madre, Eugenia le besó la mano, diciéndole:

-¡Qué buena eres, mamá querida!

Estas palabras hicieron resplandecer de alegría aquel rostro maternal, marchito por tantos dolores.

-¿No te agrada a ti también? le preguntó Eugenia.

La señora Grandet respondió con una sonrisa, y, después de un momento de silencio, le dijo en voz baja:

-¿Le amas ya acaso? harías mal.

-¿Mal? repuso Eugenia, y ¿por qué? Te agrada a ti, le agrada a Nanón, y ¿por qué no me había de agradar a mí? Mira, mamá, pongamos la mesa para su almuerzo.

Y esto diciendo, dejó su labor, y la madre hizo otro tanto, exclamando:

-¡Estás loca!

Pero se complació en justificar la locura de su hija participando de ella.

Eugenia llamó a Nanón.

-¿Qué desea usted, señorita?

-Tendremos crema para el mediodía, Nanón?

-¡Ah! para el mediodía sí, respondió la anciana criada.

-Pues bien, hazle el café bien cargado, pues yo he oído decir a los señores de Grassins que en París se toma el café muy cargado. Ponle mucho.

-Y ¿dónde quiere usted que lo busque?

-¿Y si el señor me encuentra?

-No, ha ido a los prados.

-Pues voy a escape. Pero el señor Fessard, al darme ayer la bujía, me preguntó si teníamos en casa a los tres reyes magos. Toda la villa va a hablar de nuestros despilfarros.

-Si tu padre llega a notar algo, es capaz de pegarnos, dijo la señora Grandet.

-Pues bien, si nos pega, recibiremos sus golpes de rodillas.

La señora Grandet levantó los ojos al cielo al oír esta respuesta. Nanón tomó su cofia y salió. Eugenia puso un mantel limpio en la mesa, se fue a buscar algunos racimos que se había divertido en colgar del techo del granero, recorrió de puntillas el pasillo para no despertar a su primo, y no pudo resistir al deseo de escuchar a su puerta la respiración rítmica que se escapaba del pecho de Carlos.

-Hoy la desgracia vela su sueño, se dijo Eugenia.

Después la joven tomó las hojas más verdes de la parra, arregló su racimo con tanto arte como pudiera haberlo hecho el mejor repostero, lo llevó triunfalmente a la mesa e hizo otro tanto con las peras contadas por su padre, disponiéndolas en forma de pirámide. Eugenia iba Y venía, trotaba y saltaba, Y hubiera querido desvalijar la casa de su padre; pero no tenía las llaves. Nanón volvió con dos huevos frescos y Eugenia, al verlos, sintió deseos de saltarle al cuello para abrazarla.

-El inquilino de la Landa los tenía en su gallinero, y, al pedírselos, me los ha dado para estar bien conmigo.

Después de dos horas de cuidados, durante las cuales Eugenia dejó veinte veces la labor para ir a ver como hervía el café y para escuchar el ruido que hacía su primo al levantarse, la joven logró prepararle un almuerzo sencillo y poco costoso, pero que derogaba terriblemente las inveterada costumbres de la casa. El almuerzo del mediodía se hacía en aquel hogar de pie. Cada cual tomaba un poco de pan, una fruta o manteca, y bebía un vaso de vino. Al ver la mesa colocada al lado del fuego y uno de los sofás puesto delante del cubierto de su primo, y al contemplar los dos platos de frutas, la huevera, la botella de vino blanco, el pan y el azúcar colocado en un platillo, Eugenia tembló pensando únicamente en las miradas que le dirigiría su padre si llegaba a entrar en aquel momento; así es que la joven miraba con frecuencia el reloj a fin de calcular si su primo podría almorzar antes de que volviese el avaro.

-No tengas cuidado, Eugenia, si viene tu padre, le diré que todo eso es cosa mía.

Eugenia no pudo contener una lágrima.

-¡Oh! mamá, ¡qué buena eres! exclamó Eugenia. Ahora veo que no te he querido todo lo que debía.

Carlos, después de haber dado mil vueltas por su cuarto tarareando mil canciones, bajó. Por fortuna, no eran más que las once. El parisiense se había vestido con tanto cuidado como si se encontrase en el castillo de la noble dama que viajaba por Escocia, y entró con ese aire afable y risueño que tan bien sienta a la juventud y que causó un triste goce a Eugenia. Carlos había tomado a broma el desastre de los castillos de su tío, y saludó muy alegremente a sus parientas, diciéndoles:

-¿Ha pasado usted bien la noche, querida tía? ¿y usted, prima mía?

-Muy bien, ¿y usted, señor? dijo la señora Grandet.

-Yo, perfectamente.

-Primo, debe usted tener hambre, dijo Eugenia, siéntese usted a la mesa.

-¡Pero si no almuerzo nunca hasta el mediodía, que es la hora en que me levanto! Sin embargo, me trataron tan mal por el camino, que tomaré algo. Por otra parte...

Y sacó el reloj más delicioso que Breguet había hecho en su vida.

-¡Toma! ¡si son las once! hoy he estado madrugador.

-¡Madrugador! dijo la señora Grandet.

-Si, pero es que quería arreglar mis cosas. Bueno, comeré con mucho gusto cualquier cosa, una insignificancia, un pollo, un perdigón.

-¡Virgen santa! gritó Nanón al oír estas palabras.

-¡Un perdigón! se decía Eugenia, que hubiera querido pagarlo con todo su peculio.

-Venga usted a sentarse, le dijo su tía.

El petimetre se dejó caer sobre el sofá como una mujer hermosa en su diván. Eugenia y su madre tomaron sillas y se colocaron a su lado delante del fuego.

-¿Viven ustedes siempre aquí? dijo Carlos, encontrando la sala más fea aún a la luz del día que a la luz de las velas de sebo.

-Siempre, respondió Eugenia mirándole, excepto en la época de las vendimias, en que vamos a ayudar a Nanón y nos albergamos en la abadía de Noyers.

-Y ¿no se pasean ustedes nunca?

-Algunas veces, los domingos, después de las vísperas, cuando hace buen tiempo, vamos hasta el puente o a ver los henos en tiempo de la siega, contestó la señora Grandet.

-Y ¿no hay aquí teatro?

-¡Ir al teatro a ver comediantes! exclamó la señora Grandet. Pero, señor, ¿no sabe usted que eso es un pecado mortal?

-Tenga usted, señorito, dijo Nanón sirviéndole los huevos, le daremos a usted los pollos pasados por agua.

-¡Ah! ¿huevos frescos? dijo Carlos, que, como todas las gentes acostumbradas al lujo, no pensaba ya en el perdigón. ¡Magnifico! Si tuviera usted un poco de manteca, querida mía...

-¡Ah! ¡manteca! entonces se quedará usted sin torta, dijo la criada.

-Vamos, dale manteca, Nanón, exclamó Eugenia.

La joven contemplaba a su primo cortando el pan y experimentaba tan gran placer como el que siente la modista más sensible de París viendo representar un melodrama en que triunfa la inocencia; bien es verdad que Carlos, educado por una madre elegante y perfeccionado por una mujer distinguida, tenía movimientos coquetones y delicados como una damisela.

La piedad y la ternura de una joven poseen una influencia verdaderamente magnética; así es que Carlos, al ver que era objeto de las atenciones de su prima y de su tía, no pudo sustraerse a la influencia de los sentimientos que se dirigían hacia él y le inundaban, por decirlo así, y dirigió a Eugenia una de esas miradas llenas de bondad y de caricias que parecen una sonrisa. Contemplando a Eugenia, llamóle la atención la exquisita armonía de las facciones de aquel rostro puro, su inocente actitud y la limpidez mágica de los ojos, donde se reflejaban nacientes pensamientos de amor y deseo, sin mezcla de voluptuosidad.