A Practical Handbook on the Distillation of Alcohol from Farm Products

Chapter 5

Chapter 53,962 wordsPublic domain

-Señora, es guapo ese joven, le dijo estrechándole el brazo. Adiós nuestro dinero. Ahora tendrá usted que renunciar a la señorita Grandet; Eugenia será para el parisiense. A menos que su primo no se haya enamorado de alguna parisiense, su hijo Adolfo va a tener en él el rival más...

-Deje usted, deje usted, señor cura, ese joven no tardará en ver que su prima es una tontucia, una muchacha sin principios. ¿Se ha fijado usted? Esta noche estaba amarilla como un membrillo.

-¿Le ha hecho usted ya observar eso al primo?

-No me he tomado esa molestia.

-Señora, póngase usted siempre al lado de Eugenia y no tendrá usted que decir gran cosa a ese joven contra su prima: él mismo hará una comparación que...

-En primer lugar, me ha prometido venir a comer a mi casa pasado mañana.

-¡Ah! señora, si usted quisiere... dijo el cura.

-¿Qué quiere usted que yo quiera, señor mío? ¿Intenta usted darme malos consejos? Yo no he llegado a la edad de treinta y nueve años con una reputación sin tacha, a Dios gracias, para comprometerla aunque se tratase del imperio del gran Mogol. Lo mismo usted que yo estamos en una edad en que ya se conoce el valor de las palabras. Para ser eclesiástico, tiene usted ideas muy inconvenientes. ¡Diablo! eso es digno de Faublas.

-¿Ha leído usted a Faublas?

-No, señor cura, quería decir las Uniones peligrosas.

-¡Ah! ese libro es mucho más moral, dijo el cura riéndose. Pero usted me cree tan perverso como un joven del día. Quería sencillamente aconsejarle...

-Atrévase a decir que no iba a aconsejarme cosas feas. ¡Si está más claro que el agua! Si ese joven, que convengo que es muy guapo, me hiciese la corte, ya no pensaría en su prima. Yo sé que en París algunas buenas madres se sacrifican de este modo por la dicha y la fortuna de sus hijos; pero aquí estamos en provincias, señor cura.

-Sí, señora.

-Y ni yo ni Adolfo querríamos cien millones comprados a ese precio.

-Señora, yo no he hablado de cien millones. La tentación podría ser superior a nuestras fuerzas. Únicamente creo que una mujer honrada puede permitirse pequeñas coqueterías sin consecuencia que forman parte de sus deberes de sociedad, y que...

-¿Lo cree usted así?

-Señora, ¿no debemos procurar agradarnos los unos a los otros?... Permítame usted que me suene. Señora, le aseguro, repuso, que ese joven le miraba a usted con expresión más halagüeña que a mí; pero yo le perdono el que tenga preferencia por honrar a la belleza que a la vejez.

-Es claro, decía el presidente con su recia voz, que el señor Grandet envía a su hijo a Saumur con intenciones matrimoniales...

-Pero entonces el prim no hubiera caído aquí como una bomba.

-Eso no quiere decir nada, dijo el señor de Grassins, pues ya saben ustedes que el Viejo Grandet es muy misterioso.

-Grassins, ¿ya sabes que he invitado a comer a ese joven? Tendrás que ir a avisar a los señores de Larsonniere y a los Hautoy, en unión de la señorita Hautoy, por supuesto. ¡Con tal que ella se componga bien ese día! pues su madre, por celos, no la deja componerse mucho. Señores, espero que me harán ustedes el honor de venir, añadió deteniendo el cortejo para volverse hacia los dos Cruchot.

-Señora, ya está usted en su casa, dijo el notario.

Después de haber saludado a los tres Grassins, los tres Cruchot se volvieron a su casa, sirviéndose de ese genio analítico que poseen todos los provincianos para estudiar desde todos los puntos de vista el gran acontecimiento de aquella noche, que cambiaba las respectivas posiciones de los cruchotistas y de los grassinistas. El admirable buen sentido que presidía las acciones de aquellos grandes especuladores, les hizo comprender la necesidad de una alianza momentánea contra el enemigo común. ¿No tenían que impedir mutuamente que Eugenia amase a su primo, y que éste pensase en su prima? ¿Podría resistir el parisiense a las pérfidas insinuaciones, a las melosas calumnias y a las halagüeñas maledicencias que iban a pulular constantemente en torno suyo para engañarle?

Cuando los cuatro parientes se encontraron solos en la sala, el señor Grandet dijo a su sobrino:

-Hay que acostarse, es demasiado tarde para hablar de los asuntos que le traen a usted aquí. Mañana escogeremos un momento conveniente. Aquí almorzamos a las ocho. Al mediodía, tomarnos un poco de pan con fruta y bebemos un vaso de vino blanco, y después comemos, como los parisienses, a las cinco: estas son nuestras costumbres. Si quiere usted ver la villa o los alrededores, estará usted libre como el aire, y me dispensará si mis negocios no me permiten acompañarle siempre. Acaso oirá usted aquí decir a todos que soy rico: el señor Grandet por aquí, el señor Grandet por allá. Yo les dejo decir, porque sus charlas no perjudican a mi crédito; pero sepa usted que no tengo un céntimo, y que a mi edad trabajo como el que tiene por único bien una mala garlopa y dos buenos brazos. Tal vez usted mismo no tarde en ver lo que cuesta un escudo cuando hay que sudarlo. Vamos, Nanón, las velas.

-Sobrino mío, espero que encontrará usted todo lo que necesita; pero, caso de que le faltase algo, puede llamar a Nanón.

-Tía, me parece que no necesitaré nada, porque he traído conmigo todo lo que necesitaba. Conque buenas noches, tía. Que usted descanse, prima mía.

Carlos tomó de manos de Nanón una bujía encendida, una bujía de Anjou, tan amarilla, tan vieja y tan semejante a la vela de sebo, que el señor Grandet, incapaz de sospechar su existencia en la casa, no se apercibió de aquella magnificencia.

-Voy a enseñarle a usted el camino, dijo Grandet a Carlos.

En lugar de salir por la puerta de la sala que daba a la bóveda, Grandet tuvo la finura de ir por el pasillo que separaba la sala de la cocina. Una puerta vidriera cerraba aquel pasillo por la parte de la escalera, a fin de evitar el frío que entraba por ella. Pero en invierno la brisa no dejaba de penetrar por allí, y, a pesar de los rodetes que tapaban las junturas de las puertas de la sala, apenas se mantenía el calor en ella a un grado conveniente. Nanón fue a echar los cerrojos de la puerta de entrada, cerró la sala y desató a un perro cuya voz estaba cascada como si padeciese una laringitis. Aquel animal, dotado de enorme ferocidad, sólo conocía a Nanón. Aquellas dos criaturas campestres se entendían. Cuando Carlos vio las paredes amarillentas y ahumadas de la caja de la escalera que temblaba bajo el pesado paso de su tío, su desilusión se fue rinforzando. El joven se creía en un gallinero. Su tía y su prima, hacia las cuales se volvió para examinar sus rostros, encontraban tan natural aquella escalera, que, no comprendiendo la causa del asombro de Carlos, lo tomaron por una expresión amistosa, y respondieron a ella con una sonrisa agradable que le desesperó.

-¿Para qué demonio me enviará aquí mi padre? se decía.

Al llegar al primer descansillo vio tres puertas pintadas de rojo sin jambas ni dintel, puertas perdidas en la polvorienta pared y provistas de flejes de hierro con pernos aparentes. La puerta que se encontraba en lo alto de la escalera y que daba entrada a la habitación situada encima de la cocina, estaba evidentemente tapiada. En efecto, sólo se podía penetrar en ella por el cuarto de Grandet, a quien esta pieza servía de despacho. La única ventana por donde penetraba la luz daba al patio y estaba provista de una enorme reja de hierro. Nadie, ni aun la señora Grandet, tenía permiso para entrar allí: el buen hombre quería permanecer solo en aquel antro como un alquimista en su laboratorio. Allí tenía, sin duda, Grandet algún escondite hábilmente practicado, allí se almacenaban los títulos de propiedad, allí pendían las balanzas para pesar luises, allí se hacían todas las noches, y en secreto, las cartas de pago, los recibos y los cálculos: de manera que los negociantes, al ver siempre a Grandet al corriente en sus negocios, podían imaginar que este hombre tenía a sus órdenes alguna hada o algún demonio. Allí, sin duda, cuando Nanón roncaba hasta hacer temblar las paredes, cuando el perro guardián velaba y bostezaba en el patio, y cuando la señora y la señorita Grandet estaban bien dormidas, iba el antiguo tonelero a mimar, acariciar, empollar y contar su oro. Las paredes eran muy gruesas y las contraventanas muy sólidas. Él sólo tenía la llave de aquel laboratorio, donde, según se decía, consultaba los planos de sus terrenos y donde calculaba el importe de sus cosechas, sin equivocarse en gran cosa. La entrada del cuarto de Eugenia está enfrente de aquella puerta tapiada, y, al extremo del descansillo, estaba la habitación de los dos esposos, que ocupaba toda la parte delantera de la casa. La señora Grandet tenía un cuarto contiguo al de Eugenia, en el que se entraba por una puerta vidriera. El cuarto de Grandet estaba separado del de su mujer por un tabique, y del gabinete misterioso por un grueso muro. El avaro había albergado a su sobrino en el segundo piso, en la espaciosa buhardilla situada encima de su cuarto, a fin de poder oírle si le daba el capricho de pasearse por el cuarto. Cuando Eugenia y su madre llegaron al descansillo, se dieron el beso de despedida, y después de haber dado las buenas noches a Carlos con palabras frías en apariencia, pero ardientes en el corazón de la joven, las dos mujeres entraron en sus respectivos cuartos.

-Ya está usted en su habitación, sobrino mío, dijo Grandet a Carlos abriendo la puerta. Si necesita usted salir, llame a Nanón o a mí, pues de otro modo el perro le mordería sin avisarle. Buenas noches, que usted descanse. ¡Ah! ¡ah! esas mujeres le han hecho fuego, repuso al mismo tiempo que aparecía Nanón provista de un calentador. Mira esta otra, dijo el señor Grandet. ¿Cree usted que mi sobrino es una recién parida? ¡Lárguese usted de aquí con eso, Nanón!

-Señor, es que las sábanas están húmedas, y este señorito es delicado como una mujer.

-Vamos, hazlo, ya que te empeñas, dijo Grandet empujándola; pero guárdate de volver a encender el fuego, añadió el avaro marchándose refunfuñando.

Carlos quedó estupefacto en medio de sus maletas, y después de fijar sus ojos en las paredes de un cuarto cubierto de ese papel amarillo con ramos de flores que se usa en los ventorrillos, en una chimenea de piedra cuya sola presencia daba frío, en las sillas de madera amarilla, en una mesa de noche abierta de enorme tamaño y en la estera colocada al pie de una cama con pabellón, cuyos cortinajes, apolillados, temblaban como si fuesen a caer, miró seriamente a Nanón, y le dijo:

-Pero, hija mía, ¿estoy en realidad en casa del señor Grandet, del antiguo alcalde de Saumur, hermano del señor Grandet, de París?

-Sí, señorito, está usted en casa de un amable, caritativo y perfecto caballero. ¿Quiere usted que le ayude a desatar las maletas?

-¡Ya lo creo, veterano! ¿No ha servido usted en la marina de la guardia imperial?

-¡Oh! ¡oh! ¡oh! dijo Nanón, ¡qué cosas tiene usted! ¡en los marinos de la guardia imperial!

¿No hay que ir por el agua?

-Mire usted, sáqueme mi bata de casa que está en aquella maleta. Aquí tiene usted la llave.

Nanón quedó maravillada al ver una bata de casa de seda verde con flores doradas y dibujos antiguos.

-¿Ya usted a ponerse eso antes de acostarse? le preguntó.

-Sí.

-¡Virgen santa! ¡qué tela más hermosa para el altar de la parroquia!. Pero, señorito, dé usted esto a la iglesia, y salvará su alma; mientras que llevándolo, la perderá. ¡Oh! ¡qué guapo está usted con ella! Voy a llamar a la señorita para que le vea.

-Vamos, Nanón, quiere usted callar? Deje usted que me acueste. Mañana arreglaré mis asuntos, y si mi bata le gusta a usted tanto, yo le salvaré el alma. Soy demasiado buen cristiano para negársela a usted cuando me marche, y entonces podrá usted hacer de ella lo que quiera.

Nanón quedó plantada sobre sus pies contemplando a Carlos y sin poder dar fe a sus palabras.

-¡Darme esa hermosa bata! dijo al marcharse. Vaya, ese señor sueña ya. ¡Buenas noches!

-¡Buenas noches, Nanón! ¿Qué habré venido a hacer aquí? se dijo Carlos durmiéndose. Mi padre no es tonto, y este viaje debe tener algún objeto. ¡Psch! dejemos los asuntos serios para mañana, como decía no sé qué zoquete griego.

-¡Virgen santa! ¡qué guapo es mi primo! se dijo Eugenia interrumpiendo sus oraciones, que aquella noche no fueron acabadas.

La señora Grandet no tuvo pensamiento alguno al acostarse. La pobre mártir oía, por la puerta de comunicación que había en medio del tabique, al avaro que se paseaba a lo largo de su cuarto. Como todas las mujeres tímidas, ella había estudiado el carácter de su señor. Como la gaviota prevé la tempestad, la pobre mujer había presentido, por signos imperceptibles, la tempestad interior que agitaba a Grandet, y, como ella solía decir, se hacía la muerta. Grandet contemplaba la puerta forrada interiormente de hierro que había hecho colocar en su despacho, y se decía:

-¿Qué idea le ha dado a mi hermano de legarme a su hijo? ¡Bonita herencia! Yo que no puedo dar ni veinte escudos. Pero ¿qué son veinte escudos para ese petimetre?

Pensando en las consecuencias de aquel testamento de dolor, Grandet estaba más agitado que su hermano en el momento que lo había escrito.

-¿Me regalará aquella bata de oro? se decía Nanón, que se durmió pensando por la primera vez en su vida en flores, en tapices y en damascos, como Eugenia soñó en el amor.

En la pura y monótona vida de las jóvenes, llega una hora en que el sol ilumina su alma con sus rayos, en que la flor les expresa pensamientos, en que las palpitaciones del corazón comunican al cerebro su ardiente fecundidad y originan las ideas de un vago deseo; ¡día de inocente melancolía y de suaves goces! Cuando los niños empiezan a ver sonríen; cuando una joven entrevé el sentimiento en la naturaleza, sonríe como sonreía cuando niña. Si la luz es el primer amor de la vida, ¿no es el amor la primera luz del corazón? Para Eugenia había llegado el momento de ver claro las cosas de aquí abajo. Madrugadora como todas las jóvenes provincianas, se levantó muy temprano, hizo sus oraciones y empezó su tocado, ocupación que, en lo sucesivo, iba a tener para ella algún objeto. En primer lugar, peinó sus cabellos castaños, tejió cuidadosamente sus trenzas enrollándolas encima de su cabeza, e introdujo en su peinado una simetría que realzó el tímido candor de su rostro, armonizando la sencillez de los accesorios con la sencillez de sus facciones. Al lavarse varias veces las manos en el agua pura que endurecía y amorataba su piel, la joven miróse sus redondos y hermosos brazos, y se preguntó cómo hacía su primo para tener las manos tan blancas y las uñas tan rosáceas. Eugenia se puso medias nuevas y sus zapatos más bonitos, y, deseando por la primera vez en su vida parecer hermosa, conoció la dicha de tener un vestido nuevo y bien hecho Y que la favoreciese. C ando su tocado hubo terminado oyó sonar el reloj de la parroquia Y se asombró de que no fuesen más que las siete. El deseo de tener todo el tiempo necesario para vestirse bien le había hecho levantarse demasiado temprano y como ignorase el arte de manejar diez veces un rizo y de estudiar sus múltiples efectos, Eugenia se cruzó sencillamente de brazos, se sentó a la ventana y contempló el patio, el estrecho jardín y las elevadas terrazas que lo dominaban; paisaje melancólico y limitado, pero que no carecía de las misteriosas bellezas propias de los lugares solitarios o de la naturaleza inculta. Al lado de la cocina había un pozo rodeado de un brocal con polea sostenida por un brazo de hierro encorvado, al que rodeaba una parra de pámpanos marchitos a causa de la estación. De allí, el tortuoso sarmiento ganaba la pared y, adhiriéndose a ella, corría a lo largo de la casa e iba a parar a una leñera, donde la leña estaba arreglada con tanta simetría como pueden estarlo los libros de un bibliófilo. El suelo del patio ofrecía esos tintes negruzcos que producen con el tiempo los musgos y las hierbas por falta de movimiento. Los espesos muros mostraban su camisa verde, ondeada por largas líneas obscuras. Finalmente, los ocho escalones que había en el fondo del patio y que conducían a la puerta del jardín estaban desunidos y sepultados bajo elevadas plantas como la tumba de un caballero enterrado por su viuda en tiempo de las cruzadas. Encima de un asiento de piedras en hilera se levantaba una reja de madera podrida, que se caía ya de vieja, pero a la cual se adherían a su gusto multitud de plantas trepadoras. Por ambos lados de la puerta asomaban las tortuosas ramas de dos manzanos achaparrados. Tres paseos paralelos, enarenados y separados por cuadros cuyas tierras estaban circundadas por un cerco de madera, componían este jardín. En un extremo había frambuesos, y en el otro un inmenso nogal que llegaba con sus ramas hasta el despacho del tonelero. Un día puro y el hermoso sol del otoño, propios de las orillas del Loira, empezaba a disipar la bruma impresa por la noche a los objetos pintorescos, a los muros y a las plantas que llenaban aquel jardín y aquel patio. Eugenia encontró encantos completamente nuevos contemplando aquellas cosas que tan ordinarias le parecían antes. Mil pensamientos confusos nacían. en su alma, y crecían a medida que iba creciendo el poder de los rayos del sol. Por fin, sintió ese vago e inexplicable placer que envuelve al ser moral como una nube envuelve al ser físico. Sus reflexiones estaban de acuerdo con los detalles de este singular paisaje, y las armonías de su corazón se aliaron con las armonías de la naturaleza. Cuando el sol dio de lleno en el muro, de donde brotaban hermosas plantas de hojas espesas y de colores matizados como la pechuga de las palomas, celestiales rayos de esperanza iluminaron el porvenir de Eugenia, la cual se complació en lo sucesivo en contemplar aquel muro, sus pálidas flores, sus campanillas azules y sus secas hierbas, a las cuales se unió un recuerdo gracioso como los de la infancia. El ruido que cada hoja producía en aquel sonoro patio al desprenderse de su rama daba una respuesta a las santas interrogaciones de la joven, que hubiera permanecido allí todo el día sin apercibirse de que las horas corrían. Después, empezó a sentir los tumultuosos impulsos del alma; y levantándose varias veces, se puso ante el espejo y contempló allí su rostro como el autor que contempla de buena fe su obra para criticarla y decirse injurias a sí propio.

«Yo no soy bastante hermosa para él». Tal era el pensamiento de Eugenia, pensamiento humilde y fértil en sentimientos. La pobre joven no se hacía justicia; pero la modestia, o mejor dicho, el temor, es un, de las primeras virtudes del amor. Eugenia pertenecía a ese tipo del niñas fuertemente constituidas, como lo son la generalidad de clase media, y cuya belleza parece vulgar; pero si no se parecía a la Venus de Milo, sus formas estaban ennoblecidas por esa suavidad del sentimiento cristiano que purifica a la mujer y le comunica una distinción que desconocían los escultores antiguos. Eugenia tenía una cabeza enorme, la frente masculina, pero delicada, del Júpiter de Fidias, y ojos grises a los que su casta vida imprimía un radiante brillo. Las facciones de su cara redonda, fresca y rosácea en otro tiempo, habían sido alteradas por la viruela, que se mostró lo bastante clemente para no dejar sus marca, pero que había destruido la lozanía de la piel, que era, sin embargo, bastante fina aun para que el beso de su madre se percibiese mediante una ligera marca roja. Su nariz era poco fina, pero estaba en armonía con una boca de un color rojo minio, cuyos labios, con mil rayas, estaban llenos de amor y de bondad. Su cuello tenia una perfecta redondez. Su talle y pecho, bombeado y cuidadosamente velado, atraía las miradas y hacía soñar; carecía sin duda de gracia a causa de la falta de artificio en el vestir; pero, para los conocedores, la falta de flexibilidad de aquel elevado talle debía ser un encanto. Eugenia, alta y robusta, no tenía nada de lo bonito que agrada a la generalidad; pero era hermosa con esa belleza tan fácil de reconocer y que enamora únicamente a los artistas. El pintor que busca aquí abajo un tipo de la celestial pureza de María, y que exige a toda la naturaleza femenina esos ojos modestamente altivos adivinados por Rafael, y esas líneas vírgenes debidas, las más de las veces, a la casualidad de la concepción, pero que sólo se pueden adquirir y conservar mediante una vida cristiana y púdica; ese pintor, enamorado de tan raro modelo, hubiera encontrado de pronto en el rostro de Eugenia la pureza innata que se ignora, hubiese visto en su frente tranquila un mundo de amor, y en las pupilas de sus ojos y en los pliegues de sus párpados, ese no sé qué divino. Sus facciones y los contornos de su cabeza, que no habían sido alterados nunca por el placer, se parecían a las líneas del horizonte que tan suavemente se destacan al otro lado de los lagos tranquilos. Aquella fisonomía tranquila y llena de colorido y de luz como una flor que acaba de brotar, extasiaba el alma, comunicaba el encanto de la conciencia que se reflejaba en ella y exigía una mirada. Eugenia estaba aún en la época de la vida en que florecen las ilusiones infantiles y en que se cogen las margaritas que sólo más tarde se conoce; así que se decía mirándose al espejo sin saber aún lo que era amor: «Soy demasiado fea, no hará caso de mí».

Después abrió la puerta de su cuarto que daba a la escalera, y asomó la cabeza para oír los ruidos de la casa.

-Aun no se levanta, pensó al oír la tos matutina de Nanón y el ruido que la buena muchacha hacía yendo y viniendo, barriendo la sala encendiendo el fuego, atando el perro y hablando con el ganado en la cuadra.

Inmediatamente, Eugenia bajó y corrió al lado de Nanón, que ordeñaba la Vaca para decirle.

-Nanón, mi buena Nanón, haz crema para el café de mi primo.

-Pero, señorita, para hacer crema hoy, seria preciso tener leche de ayer, dijo Nanón soltando una carcajada. Hoy ya no es posible hacerla. Su primo es lindo, lindo, lindo de veras. Usted no lo vio ayer en su cuarto Con una bata de seda y oro. Yo si que le he visto. Trae ropa tan fina como la sobrepelliz del señor cura.

-Pues entonces haznos torta Nanón.

-Y ¿quién me dará leña para el horno, harina y manteca? dijo Nanón que, en su calidad de primer ministro de Grandet, tenía a veces una importancia enorme a los ojos de Eugenia y de su madre. ¿He de robar al señor para festejar a su primo? Pídale usted manteca harina y leña a su padre, que acaso ya se la dé. Mire usted, ya baja para darme las provisiones...