A Practical Handbook on the Distillation of Alcohol from Farm Products

Chapter 4

Chapter 44,188 wordsPublic domain

Don Carlos Grandet, guapo joven de veintidós años, producía en este momento un singular contraste con los buenos provincianos, a los que les fastidiaban ya sus maneras aristocráticas, y procuraban estudiarlas para burlarse luego de él. Esto exige una explicación. A los veintidós años, los jóvenes están aún muy fronterizos con la infancia para no dejarse llevar de niñerías; así, pues, de cien que se hubiesen encontrado en la, situación de Carlos, noventa y nueve hubieran obrado como él. Algunos días antes de la noche en que comienza esta historia, el padre del joven le había dicho que fuese a pasar algunos meses a Saumur a casa de su hermano. El señor Grandet, de París, pensaba, sin duda, en Eugenia. Carlos, que llegaba a provincias por primera vez, quiso presentarse allí con la superioridad de un joven elegante, desesperar a la comarca con su lujo y formar época, importando las invenciones de la vida parisiense. En fin, para explicarlo todo en una palabra, quería pasar en Saumur más tiempo que en París limpiándose las uñas, cuidando de su persona y vistiendo con el mayor esplendor. Carlos se llevó, pues, el traje más bonito de caza, la escopeta más bonita y el cuchillo de monte más bonito de Paris. Se llevó también su más ingeniosa colección de chalecos, en la que los había de color gris, blancos, negros, de color de escarabajo, con reflejos dorados, a rayas, de cuello sencillo, de cuello vuelto, cruzados, cerrados y con botones de oro. Se llevó también todas las variedades de cuellos Y corbatas que estaban de moda a la sazón, dos levitas de Buisson y su ropa blanca más fina, un neceser de oro, regalo de su madre, y todos los cachivaches de petimetre, sin olvidar una admirable escribanía, regalo de la más amable de las mujeres, para él, al menos, de una gran señora que se llamaba Anita y que viajaba marital y aburridamente por Escocia, víctima de algunas sospechas por las que tuvo que sacrificar momentáneamente su dicha. Como es natural, no se olvidó tampoco de llevar papel perfumado para escribirle una carta cada quince días. En una palabra, que su equipaje consistía en un cargamento completo de futilidades parisienses, donde, desde el látigo que sirve para comenzar un duelo, hasta las hermosas pistolas grabadas a cincel, se encontraban todos los instrumentos aratorios de que se sirve un joven ocioso para laborear alegremente la vida. Como su padre le hubiese dicho que viajase solo y modestamente, Carlos había tomado para sí solo el cupé de la diligencia, muy satisfecho de no estropear un hermoso coche de viaje que había encargado para salir al encuentro de su Anita, la gran dama que... etc., y a la cual debía unirse en julio próximo en las aguas de Baden. Carlos contaba encontrar cien personas en casa de su tío, cazar a caballo en sus bosques y hacer, en fin, vida de campo, y como no supiese que estaba en Saumur, lo primero que hizo al llegar fue preguntar por el camino de Froidfond; pero, al saber que su tío vivía en la villa, creyó que viviría en un gran palacio, y, a fin de hacer una entrada conveniente en casa de su tío, ya estuviese en Saumur, o ya en Froidfond, se había puesto un traje de viaje de la manera más sencilla y más adorable que puede vestirse un hombre. En Tours acababa de cambiarse de ropa interior y de ponerse una corbata de satín negro con un cuello bajo que sentaba admirablemente a su blanca y risueña cara, y un peluquero le había rizado sus hermosos cabellos castaños. Una levita de viaje medio abrochada le dibujaba el talle y dejaba ver un chaleco de cachemira, bajo el cual llevaba un segundo chaleco, blanco. Su reloj, metido negligentemente en uno de los bolsillos de su chaleco, iba unido a un ojal mediante una corta cadena de oro. Su pantalón gris se abotonaba a los lados, cuyas costuras estaban adornadas con dibujos bordados de seda negra. El joven manejaba graciosamente un bastón cuyo puño de oro no alteraba la limpieza de sus guantes grises. Finalmente, su gorra era de exquisito gusto. Sólo un parisiense de la esfera más elevada podía vestirse de este modo sin parecer ridículo y comunicar cierta armónica fatuidad a todas estas futilidades, fatuidad que estaba sostenida, por otra parte, con aire arrogante, con el aire de un joven que tiene hermosas pistolas, ojo certero y una Anita. Ahora, si queréis comprender bien la sorpresa respectiva de los habitantes de Saumur y del joven parisiense, y ver perfectamente lo mucho que brillaba la elegancia del viajero en medio de las sombras grises de la sala y de las figuras que componían este cuadro de familia, procurad representaros a los Cruchot. Los tres tomaban rapé, y hacía ya tiempo que no se cuidaban de que no les cayese el moco, ni de evitar las manchitas en la pechera de sus camisas rojizas de cuellos abarquillados y de amarillentos pliegues. Sus arrugadas corbatas se arrollaban en forma de cuerda tan pronto como se las ponían al cuello. La enorme cantidad de ropa blanca que tenían y que les permitía no hacer colada más que cada seis meses y conservarla en el fondo de sus baúles y armarios, dejaba que el tiempo oprimiese en ella sus tintes grisáceos y obscuros. En estos objetos existía una perfecta armonía entre su repugnancia y su vejez. Sus caras, tan ajadas como raídas estaban sus ropas, y tan llenas de arrugas como sus pantalones, parecían estar gastadas y apergaminadas y gesticular. La negligencia general de los demás vestidos, incompletos todos y viejos, como suelen serlo en provincias, donde se llega insensiblemente a dejar de vestirse los unos por los otros y a fijarse en un par de guantes, estaba en perfecta armonía con la apatía de los Cruchot. El horror a la moda era el único punto en que los grassinistas y los cruchotistas se entendían perfectamente. El parisiense tomaba su monóculo para examinar los singulares accesorios de la sala, las vigas del techo, el color de las maderas (donde las moscas habían impreso tal número de puntos, que hubieran bastado para puntuar la Enciclopedia metódica y el Monitor) tan pronto como los jugadores de la lotería levantaban la cabeza y le examinaban con tanta curiosidad como si fuese una jirafa. El señor de Grassins y su hijo, para quienes no era desconocida la figura de un hombre a la moda, no dejaron de asociarse al asombro de sus vecinos, ya porque experimentasen la indefinible influencia de un sentimiento general, o ya porque lo aprobasen diciendo a sus compatriotas, mediante miradas llenas de ironía: «¡He aquí lo que son los parisienses! «Por otra parte, todos podían observar a su gusto a Carlos sin temor a desagradar al dueño de la casa. Grandet estaba entretenido en la lectura de la carta que acababa de recibir, y había tomado para leerla la única vela que había sobre la mesa, sin preocuparse de sus huéspedes ni de su lotería. Eugenia, que desconocía el tipo de una perfección semejante, creyó ver en su primo una criatura bajada de alguna región seráfica, aspiraba con delicia los perfumes que exhalaba aquella cabellera tan brillante y tan graciosamente rizada y hubiera querido tocar la piel blanca de aquellos guantes tan hermosos y tan finos. La joven envidiaba a Carlos sus pequeñas manos, su tez y la frescura e delicadeza de sus facciones. En una palabra, si esta imagen puede resumir las impresiones que el hombre elegante produce en una joven ignorante, ocupada sin cesar en reparar medias, en remendar la ropa de su padre y cuya vida había transcurrido en aquella sombría casa, sin ver pasar por su silenciosa calle más que un transeúnte por hora, la presencia de su primo hizo surgir en su corazón las emociones de fina voluptuosidad que causan a un joven las fantásticas figuras de las mujeres dibujadas por Westall en los álbums ingleses, y grabadas a buril por los Finden con tanta habilidad, que llega a temerse que, soplando sobre el cartón, lleguen a borrarse aquellas apariciones celestes. Carlos sacó del bolsillo un pañuelo bordado por la gran dama que viajaba por Escocia. Al ver aquella bonita obra hecha con amor durante las horas perdidas para el amor, Eugenia miró a su primo para ver si iba en realidad a servirse de él. Los modales, sus gestos, la manera como manejaba su monóculo, su impertinencia afectada, su desprecio por el cofrecito que acababa de causar tanto placer a la rica heredera, y que él encontraba, indudablemente, sin valor o ridículo; en una palabra, todo lo que chocaba a los Cruchot o a los Grassins le agradaba a ella tanto, que, antes de dormirse, debió pensar mucho tiempo en aquel fénix de los primos.

Los números se sacaban con mucha lentitud; pero la lotería no tardó en acabar.

Después la gran Nanón entró y dijo:

-Señora, tendrá usted que darme sábanas para hacer la cama a ese señor.

La señora Grandet siguió a Nanón, y entonces la señora de Grassins dijo en voz baja:

-Vale más que guardemos el dinero y que dejemos el juego.

Y acto continuo cada uno cogió sus diez céntimos del platito, reuniéndose después la asamblea para conversar en torno del fuego.

-¿Han acabado ustedes ya? dijo Grandet sin dejar la carta.

-Sí, sí, dijo la señora de Grassins yendo a sentarse al lado de Carlos.

Eugenia, movida por uno de esos pensamientos que nacen en el corazón de las jóvenes cuando un sentimiento se alberga en él por primera vez, dejó la sala para ir a ayudar a su madre y a Nanón. Si la joven hubiera sido interrogada en este momento por un confesor hábil, sin duda hubiera declarado que al dar aquel paso no lo hacía por su madre ni por Nanón, sino movida por el punzante deseo de inspeccionar el cuarto de su primo para ocuparse allí de él, para arreglarle algo, para obviar cualquier olvido, para preverlo todo, para ponerlo, en fin, lo más elegante y limpio posible. Eugenia se creía ya la única capaz de comprender los gustos y las ideas de su primo. Y en efecto, llegó, afortunadamente, para probar a su madre y a Nanón que todo estaba por hacer, cuando ellas volvían creyendo que estaba todo hecho. Eugenia advirtió a la gran Nanón que debía calentar las sábanas con el calentador, cubrió la mesa con un mantel, y recomendó a Nanón que lo cambiase todas las mañanas. Convenció a su madre de la necesidad de encender un buen fuego en la chimenea y determinó a Nanón a subir, sin decir nada a su padre, un gran montón de leña del corredor. Corrió a buscar, a uno de los rincones de la sala, una bandeja de laca, que provenía de la herencia del difunto señor de la Bertelliere, tomó asimismo una copa y una cucharita desdorada y lo puso triunfalmente todo en un rincón de la chimenea. Eugenia había tenido más ideas en aquel cuarto de hora que en toda su vida.

-Mamá, mi primo no podrá soportar el olor de una vela de sebo. ¿Si comprásemos una bujía...?

Y esto diciendo, se fue, ligera como un pájaro a buscar los cinco francos que había recibido para los gastos del mes, para decirle a Nanón:

-Toma, Nanón, corre.

-Pero ¿qué dirá tu padre, y de dónde sacarás el azúcar? ¿Estás loca?

Esta terrible objeción fue hecha por la señora Grandet al ver a su hija armada de una vieja azucarera de Sevres que el señor Grandet había traído del castillo de Froidfond.

-Mamá, Nanón comprará el azúcar al mismo tiempo que la bujía.

-Pero ¿y tu padre?

-¿Te parece que está bien que su sobrino no pueda beber un vaso de agua con azúcar? Además, papá no se fijará.

-Tu padre se fija en todo, dijo la señora Grandet moviendo la cabeza.

Nanón dudaba porque conocía a su amo.

-Bueno, hoy es mi cumpleaños; anda, corre, Nanón.

Ésta soltó una carcajada al oír la primera broma que su ama se había permitido en su vida, y la obedeció. Mientras que Eugenia y su madre se esforzaban por embellecer el cuarto que el señor Grandet destinaba a su sobrino, Carlos era objeto de las atenciones de la señora de Grassins, que le prodigaba mil halagos.

-Señor, ya se necesita valor para dejar los placeres de la capital durante el invierno y venir a vivir a Saumur, le dijo. Pero, si no le causamos a usted miedo, ya verá que también aquí se puede uno divertir.

Y al mismo tiempo que le decía esto, le dirigió una de esas miradas de provincias donde, por costumbre, las mujeres miran con tanta reserva y prudencia, que comunican a sus ojos la delicada concupiscencia propia de los eclesiásticos, para quienes todo placer es un robo o una falta. Carlos se encontraba tan extrañado en aquella sala, tan lejos del vasto castillo y de la fastuosa existencia que suponía a su tío, que, mirando a la señora de Grassins, vio al fin en ella una imagen pálida de las figuras parisienses; respondió con gracia a la especie de demostración que le habla sido dirigida y, como es natural, entabló una especie de conversación en la que la señora de Grassins fue bajando gradualmente la voz para ponerla en armonía con la naturaleza de sus confidencias. Lo mismo ella que Carlos sentían una viva necesidad de confianza; de modo que, después de algunos momentos de alegre charla, la diestra provinciana pudo decirle, sin creer ser escuchada por las demás personas que hablaban de la venta de vinos, que era el asunto que ocupaba a la sazón a todo Saumur:

-Señor, si quiere usted hacernos el honor de venir a vernos, nos causará un gran placer lo mismo a mi marido que a mí. Nuestro salón es el único en Saumur donde encontrará usted reunidos el alto comercio y la nobleza: nosotros pertenecemos a las dos sociedades, que sólo quieren encontrarse en nuestra casa porque únicamente allí se divierten. Mi marido, y esto lo digo con orgullo, es tan considerado por los unos como por los otros. Ya procuraremos distraerle mientras permanezca usted aquí. Si se queda en casa del señor Grandet, ¿qué va a ser de usted, Dios mío? Su tío es un avaro que no piensa más que en el dinero, su tía es una devota que no sabe enlazar dos ideas, y su prima es una tontuela sin educación, ordinaria, sin dote, y que pasa la vida remendando rodilleras.

-Es simpática esta mujer, se dijo para sus adentros Carlos Grandet, respondiendo así a los halagos de la señora de Grassins.

-Amiga mía, me parece que quieres conquistar a ese señor, dijo riéndose el alto y gordo banquero.

Al oír esta observación, el notario y el presidente dijeron algunas frases maliciosas; pero el cura les miró con aire astuto y resumió sus pensamientos tomando un polvo de tabaco y ofreciendo su tabaquera a todo el mundo, al mismo tiempo que decía:

-¿Quién mejor que la señora para hacer los honores de Saumur a este caballero?

-¡Eh! ¿cómo se entiende eso, señor cura? preguntó el señor de Grassins.

-Señor mío, se entiende en el sentido más favorable para usted, para la señora, para la villa de Saumur y para este caballero, añadió el astuto anciano volviéndose hacia Carlos.

Aunque parecía que no había prestado la menor atención, el abate Cruchot supo adivinar la conversación de Carlos y de la señora de Grassins.

-Señor, dijo por fin Adolfo a Carlos, esforzándose para hablar con desenvoltura-, no sé si conservará usted recuerdo de mí: yo tuve el gusto de hablar con usted en un baile que dio el señor barón de Nucingén y...

-Sí, sí, caballero, me acuerdo perfectamente, respondió Carlos sorprendido al ver que era objeto de las atenciones de todo el mundo. ¿Es hijo de usted este joven? preguntó después a la señora de Grassins.

El cura miró maliciosamente a la madre.

-Sí, señor, respondió ésta.

-Le enviaron a usted muy joven a París, repuso Carlos dirigiéndose a Adolfo.

-¡Qué quiere usted, señor! dijo el cura; aquí los enviamos a Babilonia tan pronto como están destetados.

La señora de Grassins interrogó al cura dirigiéndole una mirada de asombrosa profundidad.

-Hay que venir a provincias para encontrar mujeres de treinta y tantos años tan frescas como está la señora, después de haber tenido hijos que están próximos a licenciarse en derecho, continuó el cura. Me parece aún que fue ayer cuando los jóvenes y las damas se subían a las sillas para verla a usted bailar, señora, añadió el cura volviéndose hacia su adversario hembra. Para mi, los éxitos de usted están frescos aún.

-¡Ah! ¡viejo maldito! se dijo para sus adentros la señora de Grassins, ¿habrá adivinado lo que pienso?

-Me parece que tendré mucho éxito en Saumur, se decía Carlos desabrochándose la levita, poniéndose la mano en el bolsillo del chaleco y fijando sus miradas en el espacio para imitar la postura atribuida por Chantrey a lord Byron.

La falta de atención del padre Grandet, o, mejor dicho, la preocupación en que le tenía sumido la lectura de la carta, no pasó desapercibida para el notario ni para el presidente, los cuales procuraban deducir su contenido por los imperceptibles movimientos de la cara de Grandet, que estaba a la sazón muy iluminada por la vela. El viñero mantenía con dificultad la acostumbrada tranquilidad de su fisonomía. Por otra parte, cualquiera puede imaginarse la actitud afectada por este hombre al leer la fatal carta que va a continuación».

«Hermano mío, Pronto va a hacer veintitrés años que no nos hemos visto. Mi casamiento fue el motivo de nuestra última entrevista, después de la cual nos separamos uno de otro alegremente. A decir verdad, yo no podía sospechar nunca que tú hubieses de ser un día el sostén de la familia, por cuya prosperidad te interesabas tanto en aquella época. Cuando recibas esta carta, yo ya no existiré. En la situación en que me encuentro, no quiero sobrevivir a la vergüenza de una quiebra. Me he mantenido al borde del abismo hasta el último momento, esperando poder sostenerme; pero no hay remedio, es preciso caer. Las quiebras reunidas de mi agente de Bolsa y de Roguín, mi notario, se llevan mis últimos recursos y me dejan en la miseria. Tengo el dolor de deber cuatro millones, sin poder ofrecer más que el veinticinco por ciento de activo. Mis vinos almacenados experimentan en este momento la ruinosa baja que causan la abundancia y la calidad de vuestras cosechas. Dentro de tres días París dirá-. «¡El señor Grandet era un bribón! « y yo, probo, habré de quedar cubierto con un sudario de infamia. Arrebato a mi hijo su nombre honrado y la fortuna de su madre. Ese idolatrado hijo, a quien adoro, no sabe nada aún. Nos hemos despedido tiernamente. Por fortuna, él ignoraba que aquel adiós era el último de su padre. ¿No me maldecirá algún día? Hermano mío, hermano mío, la maldición de nuestros hijos es espantosa: ellos pueden apelar de la nuestra, pero la suya es irrevocable. Grandet, tú eres mi hermano mayor, y, como tal, me debes protección: haz que Carlos no pronuncie ninguna palabra amarga sobre mi tumba. Hermano mío, si te escribiese con mi sangre y con mis lágrimas, esta carta no, encerraría tantos dolores como encierra, porque lloraría, sangraría, estaría muerto y no sufriría ya; mientras que ahora sufro y miro la muerte con mirada serena. Hete ya, pues, constituido en padre de Carlos, el cual ya sabes que no tiene parientes por la línea materna. ¿Por qué no he obedecido a las preocupaciones sociales? ¿Por qué me he casado con la hija natural de un gran señor? Carlos no tiene más familia que tú. ¡Oh hijo mío! ¡desgraciado hijo mío! Escucha, Grandet, no imploro nada para mí, pues, por otra parte, creo que tus bienes no son bastante considerables para soportar una hipoteca de tres millones. Pero te pido protección para mi hijo. Sábelo bien, hermano mío, mis manos suplicantes se han elevado al cielo al pensar en ti. Grandet te confío a Carlos al morir, y contemplo mis pistolas sin dolor pensando que tú le servirás de padre. Carlos me quería mucho porque yo era bueno para él y no le contradecía nunca; así que espero que no me maldecirá. Por otra parte, tú mismo lo verás: es cariñoso Y bueno, se parece a su madre y no te dará nunca un disgusto.¡Pobre hijo mío! Acostumbrado a los goces del lujo, no conoce ninguna de las privaciones a que a ti y a mí nos condenó nuestra primera miseria... y hele ya arruinado, solo. Sí, todos mis amigos huirán de él, y yo seré la causa de sus humillaciones. ¡Ah! ¡quisiera tener valor bastante para enviarle a los cielos al lado de su madre! ¡Locura!... vuelvo a hablarte de mi desgracia y de la de Carlos. Te lo he enviado para que le comuniques convenientemente mi muerte y la suerte que le espera. Sé un padre para él, pero un buen padre. No lo saques de pronto de su vida ociosa, porque lo matarías. Pídele de rodillas que renuncie a los créditos que en calidad de heredero de su madre podría exigir de mí. Pero este ruego me parece inútil porque Carlos es hombre de honor y comprenderá que no debe unirse a mis acreedores. Hazle renunciar a mi herencia en tiempo oportuno. Revélale las duras condiciones que yo le deparo, y si sigue teniéndome cariño, dile en mi nombre que no todo se ha perdido para él. Dile que el trabajo, que nos ha salvado a los dos, puede devolverle la fortuna de que yo le privo, y, si quiere escuchar la voz de su padre, que quisiera salir un momento de la tumba, que se vaya, que emigre a las Indias. Hermano mio, Carlos es un joven honrado y valeroso: prepárale una pacotilla, que yo estoy seguro que él se moriría antes de dejar de devolverte la cantidad que le prestes, pues tú le prestarás lo que necesite, a menos que no quieras crearte remordimientos. ¡Ah! si mi hijo no encontrara protección ni cariño en ti, yo pediría venganza a Dios por tu dureza. Si yo hubiese podido salvar alguna cantidad, tenía perfecto derecho a entregarle una parte a cuenta de los bienes de su madre; pero los pagos de fin de mes agotaron todos mis recursos. Yo no hubiera querido morir en la duda acerca de la suerte de mi hijo y hubiera deseado sentir santas promesas en tus labios que me hubieran consolado; pero me falta el tiempo. Mientras que Carlos viaja, yo me veo obligado a hacer el balance. Procuro probar, con la buena fe con que he obrado siempre en mis negocios, que mis desastres no han sido originados por culpa mía ni por falta de probidad. ¿No equivale esto a ocuparme de Carlos? Adiós, hermano mío. Que todas las bendiciones de Dios caigan sobre ti por la generosa tutela que te confío y que no dudo que aceptas. No olvides que una voz rogará por ti sin cesar en el mundo en que tenemos que reunirnos todos un día y en donde está ya

«VÍCTOR ÁNGEL GUILLERMO GRANDET».

-¿Están ustedes charlando? dijo el padre Grandet doblando la carta como estaba y metiéndosela en el bolsillo del chaleco. ¿Se ha calentado usted? añadió mirando a su sobrino con aire humilde y tímido, bajo el cual ocultó sus emociones y sus cálculos.

-Sí, querido tío.

-¿Dónde están las mujeres? dijo el tío olvidando ya que su sobrino tenía que dormir en su casa.

En este momento se presentaron Eugenia y la señora Grandet.

Está ya todo arreglado? les preguntó el buen hombre recobrando su calma.

-Sí, papá

-Pues bien, sobrino mío, si está usted cansado, Nanón le acompañará a su cuarto. ¡Que diantre! no será una habitación de pisaverde, pero ya dispensará usted a un pobre viñero que no ha tenido nunca un céntimo; los impuestos se lo llevan todo.

-Grandet, no queremos ser indiscretos, dijo el banquero. Usted tendrá que hablar con su sobrino, y, por lo tanto, nosotros nos marchamos. ¡Hasta mañana!

Dichas estas palabras, la asamblea se levantó, y cada uno se despidió según su carácter. El anciano notario fue a buscar a la puerta su linterna y se volvió a encenderla, ofreciéndose a los Grassins para acompañarlos. La señora de Grassins no había previsto este incidente que había de poner prematuro término a la velada, y su criado no había llegado aún.

-Señora, ¿quiere usted hacerme el honor de aceptar mi brazo? dijo el abate Cruchot a la señora de Grassins.

-Gracias, señor cura, ya tengo aquí a mi hijo, le respondió ella secamente.

-No olvide usted que las damas no se comprometen conmigo, dijo el cura.

-Mujer, ¿por qué no das el brazo al señor cura? dijo el marido.

El cura ofreció el brazo a la señora de Grassins y procuró anticiparse algunos pasos a la caravana.