A Practical Handbook on the Distillation of Alcohol from Farm Products
Chapter 3
Y la pobre mujer, feliz ante la idea de poder hacer algo por un hombre que su confesor le representaba como su señor y dueño, le devolvía en el transcurso del invierno algunos escudos del dinero que había recibido para alfileres. Cuando Grandet se sacaba del bolsillo la moneda de cinco francos asignada cada mes para los gastos pequeños, como hilo, agujas y tocado de su hija, no dejaba nunca de decirle a su mujer, después de haberse abrochado la chaqueta:
-Y tú, mujer, ¿quieres algo?
-Ya veremos, amigo mío, decía la señora Grandet llevada de un sentimiento de dignidad maternal.
¡Sublimidad perdida! Grandet se creía generoso con su mujer. Los filósofos que encuentran muchas Nanón, señoras Grandet y Eugenias, ¿no tienen derecho para creer que la ironía es el rasgo distintivo del carácter de la Providencia? Después de aquella comida, donde por primera vez se habló de la boda de Eugenia, Nanón fue a buscar una botella de casis al cuarto del señor Grandet, y estuvo a punto de caer al bajar.
-¡Gran bestia! le dijo su amo, ¿también tú te vas a caer como la gente?
-Señor, es que el peldaño este de su escalera está roto.
-Es verdad, dijo la señora Grandet, hace ya tiempo que debías haberlo compuesto. Ayer Eugenia estuvo a punto de caerse.
-Mira, dijo Grandet a Nanón al verla pálida, Ya que es el cumpleaños de Eugenia y has estado a punto de caerte, toma una copita de casis para reponerte.
-A fe que la he ganado bien, dijo Nanón; en mi lugar, cualquiera otro hubiese roto la botella; pero yo me hubiera roto un brazo por sostenerla en el aire.
-¡Pobre Nanón! dijo Grandet sirviéndole una copa de casis.
-¿Te has hecho daño? le dijo Eugenia mirándola con interés.
-No, me sostuve aguantándome con los riñones.
-¡Bueno! ya que es el cumpleaños de Eugenia, voy a arreglaros ese peldaño, dijo Grandet. No sé como no sabéis vosotras poner el pie en el rincón, en un lugar en que aun está sólido.
Grandet tomó la bujía, dejó a su mujer, a su hija y a su criada sin más luz que la del hogar, que despedía vivas llamas, y se fue al horno a buscar tablas, clavos y herramientas.
-¿Quiere usted que le ayude? gritó Nanón al oírle martillar en la escalera.
-No, no, no me haces falta, respondió el antiguo tonelero.
En el momento en que Grandet componía su escalera y silbaba con todas sus fuerzas, recordando los tiempos de su juventud, los tres Cruchot llamaron a la puerta.
-¿Es usted, señor Cruchot? preguntó Nanón mirando por la rejilla.
-Sí, respondió el presidente.
Nanón abrió la puerta, y el resplandor del hogar permitió a los tres Cruchot ver la entrada de la sala.
-¡Ah! son ustedes muy obsequiosos, dijo Nanón al sentir las flores.
-Señores, dispénsenme, estoy con ustedes enseguida, gritó Grandet al reconocer la voz de sus amigos. Estoy avergonzado, porque me cogen ustedes componiendo un peldaño de mi escalera.
-Siga usted, siga usted, señor Grandet, cada cual hace en su casa lo que quiere, dijo sentenciosamente el presidente.
La señora y la señorita Grandet se levantaron, y el presidente, aprovechándose de la obscuridad, dijo a Eugenia, ofreciéndole al mismo tiempo un ramillete de flores raras en Saumur:
-Señorita, permítame que la felicite y que le manifieste hoy, que es su cumpleaños, mis ardientes deseos de que los celebre usted muchos años con la alegría y salud con que lo celebra hoy.
Y acto continuo, estrechando a la heredera, la besó en ambos lados del cuello con una complacencia que ruborizó a Eugenia. El presidente, que parecía un clavo oxidado, creía hacer la corte de este modo.
-No se molesten ustedes, dijo Grandet entrando. ¡Caramba! ¡qué elegante va usted los días de fiesta, señor presidente!
-¡Bah! estando con la señorita, respondió el abate Cruchot armado de su ramo, todos los días serían fiesta para mi sobrino.
El cura besó la mano de Eugenia, y respecto al notario Cruchot, se limitó a besar a la joven en las dos mejillas, diciéndole:
-¡Cómo va usted creciendo! Ya se ve, cada año son doce meses.
Volviendo a colocar la luz sobre la chimenea, Grandet, que no olvidaba nunca un chiste y que lo repetía hasta la saciedad cuando a él le gustaba, dijo:
-Ya que es el cumpleaños de Eugenia, encendamos los candelabros.
Y esto diciendo, quitó cuidadosamente los vasos de los candelabros, colocó la arandela en cada pedestal, tomó de manos de Nanón una vela de sebo nueva rodeada por el extremo de una tira de papel, la metió en el agujero, la aseguró, la encendió y fue a sentarse al lado de su mujer, mirando alternativamente a sus amigos, a su hija y las dos bujías.
El abate Cruchot, hombre regordete y rechoncho, con peluca roja y lisa y con cara de mujer retozona, dijo adelantando sus pies bien calzados con gruesos zapatos provistos de hebillas de plata:
-¿No han venido aún los Grassins?
-Todavía no, dijo Grandet.
-Pero ¿tienen que venir? preguntó el viejo notario haciendo gestos con su cara agujereada como una espumadera.
-Creo que sí, respondió la señora Grandet.
-¿Ha acabado usted ya de vendimiar? preguntó el presidente Bonfons a Grandet.
-Sí, dijo el anciano viñero levantándose para pasearse a lo largo de la sala y alzando el tórax con un movimiento lleno de orgullo.
Al hacer este movimiento, el avaro vio por la puerta del corredor que daba a la cocina a la gran Nanón sentada al fuego con una luz encendida y preparándose a hilar allí para no mezclarse en la fiesta.
-¡Nanón! dijo entonces internándose en el corredor, ¿quieres apagar ese fuego y esa luz y venir aquí? ¡pardiez! la sala es bastante grande para todos.
-Pero, señor, teniendo visitas de etiqueta...
-¿No vales tú tanto como ellos? Son de la casta de Adán, como tú.
Grandet se volvió después hacia el presidente, y le dijo:
-¿Ha vendido usted su cosecha?
-A fe que no, la conservo. Si ahora es bueno el vino, dentro de dos años será aún mejor. Ya sabe usted que los propietarios se han jurado sostener los precios convenidos, y este año los belgas no han de poder más que nosotros. Si se van, que se vayan, ya volverán.
-Sí, pero hay que tener cuidado, dijo Grandet con un tono que hizo temblar al presidente.
-¿Estará vendiendo el suyo? pensó Cruchot.
En este momento, un aldabonazo anunció a la familia Grassins, y su llegada interrumpió una conversación empezada entre la señora Grandet y el cura.
La señora de Grassins era una de esas mujercitas vivarachas, regordetas, blancas y rosadas, que, gracias al régimen monástico de provincias Y a los hábitos de una vida virtuosa, se conservan jóvenes aun a los cincuenta años. Esas mujeres son como esas últimas rosas del verano, cuya vista causa placer, pero cuyos pétalos están marchitos y cuyo perfume se ha perdido. La señora de Grassins vestía bastante bien, encargaba sus vestidos a París, imponía la moda a la villa de Saumur y daba reuniones en su casa. Su marido, antiguo cuartelmaestre de la guardia imperial, gravemente herido en Austerlitz, y retirado, conservaba, a pesar de su consideración hacia Grandet, la aparente franqueza de los militares.
-Buenas noches, Grandet, le dijo al viñero tendiéndole la mano y afectando una especie de superioridad con que achicaba siempre a los Cruchot. Señorita, dijo a Eugenia después de haber saludado a la señora Grandet; es usted tan guapa y juiciosa, que no sé, en verdad, lo qué desearle.
Y esto diciendo, le entregó una cajita que llevaba su criado y que contenía un brezo del Cabo, flor traída recientemente a Europa y muy rara.
La señora de Grassins besó muy afectuosamente a Eugenia, le estrechó la mano y le dijo:
-Adolfo se ha encargado de ofrecerle a usted mi insignificante.. regalo.
Un joven alto, rubio, pálido y delgado, de maneras distinguidas y tímido en apariencia, pero que acababa de gastar en París, adonde había ido a estudiar la carrera de derecho, ocho o diez mil francos, además de sus gastos ordinarios, se acercó a Eugenia, la besó en ambos carrillos y le ofreció un neceser, cuyos utensilios eran de plata sobredorada, una verdadera mercancía de pacotilla, a pesar del escudo en el que una E y una G góticas, bastante bien grabadas, podían hacer creer que se trataba de una alhaja. Al abrirlo, Eugenia sintió una de esas alegrías inesperadas que hacen enrojecer y temblar de satisfacción a las jóvenes. Después volvió los ojos hacia su padre, como para saber si debía aceptar el regalo, y el señor Grandet le dijo un: «Tómalo, hija mía, con un tono que hubiera ilustrado a un actor. Los tres Cruchot quedaron estupefactos al ver la alegre y animada mirada que le dirigió a Adolfo la heredera, a la que semejantes riquezas parecieron inauditas. El señor de Grassins ofreció a Grandet un polvo de tabaco, tomó él otro, sacudió los granos que habían caído sobre la cinta de la Legión de honor, pegada al ojal de su levita azul, y después miró a los Cruchot con aire que parecía decir:
-¡Chupaos esa!
La señora de Grassins fijó sus ojos en los floreros azules donde habían sido colocados los ramos de los Cruchot, buscando sus regalos con la fingida buena fe de una mujer burlona. En tan delicada circunstancia, el abate Cruchot dejó que los reunidos se sentasen en torno del fuego, y fue a pasearse al fondo de la sala con Grandet. Cuando estos dos ancianos estuvieron en el alféizar de la ventana más distante de los Grassins, el sacerdote dijo al oído al avaro:
-¡Esa gente tira el dinero por la ventana!.
-¿Qué más da, si viene a parar a mi bolsillo? respondió el anciano viñero.
-Si usted quisiera dar tijeras de oro a su hija, no le faltan ciertamente medios, dijo el cura.
-Yo le doy cosa mejor que tijeras, dijo Grandet.
-Mi sobrino es un alma de cántaro, pensó el cura mirando al presidente, cuyos desgreñados cabellos contribuían a aumentar la poca gracia de su fisonomía morena. ¿No podía haber escogido algún regalo de valor?
-¿Vamos a empezar la partida, señora Grandet? dijo la madre de Adolfo.
-Sí, pero ya que estamos todos reunidos, podemos hacer dos mesas.
-Ya que es el cumpleaños de Eugenia, podéis hacer una lotería general, y así podrán jugar los dos niños, dijo el antiguo tonelero, que no jugaba nunca a ningún juego, señalando a su hija y a Adolfo. Vamos, Nanón, pon las mesas.
-Vamos a ayudarle a usted, señorita Nanón, dijo alegremente la señora de Grassins, muy satisfecha al ver la alegría que había causado a Eugenia.
-En mi vida he estado más contenta, le dijo la heredera. Nunca he visto cosa más bonita.
-Adolfo lo escogió y lo trajo de París, le dijo la señora de Grassins al oído.
-¡Trabaja, trabaja, condenada intrigante! se decía para sus adentros el presidente. ¡Si tú o tu marido tenéis algún día un pleito, os juro que me las pagaréis!
El notario, sentado en un rincón, miraba al cura con aire tranquilo, diciéndose:
-Los Grassins trabajan en vano, porque mi fortuna, la de mi hermano y la de mi sobrino ascienden a un millón cien mil francos: mientras que ellos poseerán a lo sumo la mitad, y tienen dos hijos. Así, pues, ya pueden ofrecer lo que quieran. Heredera y regalos serán para nosotros algún día.
A las ocho y media de la noche estaban dos mesas preparadas; la bonita señora de Grassins había logrado poner a su hijo al lado de Eugenia. Los actores de esta escena, llena de interés, aunque vulgar en apariencia, provistos de abigarrados y cifrados cartones y de chinitas de vidrio azul, parecían escuchar las gracias del anciano notario, que no sacaba un número sin hacer alguna observación; pero todos pensaban en los millones del señor Grandet. Este contemplaba vanidosamente el fresco tocado de la señora de Grassins, la marcial cabeza del banquero, la de Adolfo, al presidente, al cura y al notario, y se decía para sus adentros:
-Están ahí por mis escudos, y vienen a aburrirse aquí por mi hija. ¡Infelices! mi hija no será ni para unos ni para otros, y ellos me han de servir de anzuelo para pescar.
Aquella alegría de familia en aquel salón antiguo, mal alumbrado por dos velas de sebo; aquellas risas acompañadas del ruido de la rueca de la gran Nanón, y que no eran sinceras más que en los labios de Eugenia o en los de su madre; aquella pequeñez unida a tan grandes intereses: aquella joven, que, semejante a esos pájaros víctimas del elevado precio a que se venden y que ellos ignoran, se veía molestada y zarandeada por falsas pruebas de amistad; en una palabra, todo contribuía a hacer aquella escena tristemente cómica. Pero, si bien se mira, ¿no es la escena esta propia de todos los tiempos y de todos los lugares, si bien reducida a su más simple expresión? La figura de Grandet explotando la falsa adhesión de dos familias y sacando enormes beneficios de ellas, era el rasgo característico de este drama. Los gratos sentimientos de la vida no ocupaban allí más que un lugar secundario, y sólo animaban a tres corazones puros: el de Nanón, el de Eugenia y el de su madre. Los demás rendían tributo al becerro de oro. Pero ¡cuánta ignorancia encerraba la sencillez de aquéllas! Eugenia y su madre no conocían la fortuna de Grandet, estimaban las cosas de la vida al resplandor de sus pobres ideas y no apreciaban ni despreciaban el dinero, porque estaban acostumbradas a pasar sin él. Sus sentimientos, heridos sin que ellas mismas se diesen cuenta, y la humildad de su vida, constituían curiosas excepciones en aquella reunión de personas cuya existencia era puramente material. ¡Espantosa condición humana! no hay dicha que no provenga de alguna ignorancia. En el momento en que la señora Grandet ganaba un lote de ochenta céntimos, que era el más considerable que se había jugado nunca en aquella casa, un aldabonazo resonó en la puerta, haciendo tal ruido, que las mujeres saltaron en sus sillas.
-No es de Saumur el que llama de ese modo; dijo el notario.
-¡Qué manera de llamar! dijo Nanón. ¿Si querrán echar la puerta abajo?
-¿Qué diablo es eso? exclamó Grandet.
Nanón tomó una de las velas y fue a abrir, acompañada de Grandet.
-¡Grandet! ¡Grandet! exclamó su mujer que, movida por un vago sentimiento de temor, se precipitó hacia la puerta de la sala.
Todos los jugadores se miraron.
-¿Les parece a ustedes que vayamos? dijo el señor de Grassins. Ese aldabonazo me da mala espina.
Apenas habla dicho estas palabras el señor de Grassins, cuando vio la figura de un joven, acompañado del mozo de la posta, el cual llevaba dos maletas enormes y arrastraba unos sacos de noche. Grandet se volvió bruscamente hacia su mujer, y le dijo:
-Señora Grandet, continúen ustedes jugando, que ya me entenderé yo con el señor.
Y dicho esto cerró la puerta de la sala, donde los jugadores, inquietos, recobraron sus asientos, pero sin continuar el juego.
-¿Es alguno de Saumur, señora de Grassins? preguntó la señora Grandet.
-No, es un viajero.
-A estas horas sólo puede venir de París.
-En efecto, dijo el notario sacando su. antiguo reloj de dos dedos de grueso y que parecía una verdadera patata, son las nueve. ¡Diablo! la diligencia oficial no llega nunca tarde.
-¿Y es joven ese señor? preguntó el abate Cruchot.
-Sí, respondió el señor de Grassins, y trae paquetes que deben pesar lo menos trescientos kilos.
-Y Nanón no viene, dijo Eugenia.
-Debe ser algún pariente de ustedes, dijo el presidente.
-Hagamos las puestas, exclamó en voz baja la señora Grandet. He conocido por la voz que mi marido estaba contrariado, y acaso no le guste que hablemos de sus asuntos.
-Señorita, dijo Adolfo a su vecina, debe ser su primo Grandet, guapo muchacho a quien conocí en el baile del señor de Nucingén.
Adolfo no continuó, porque su madre le dio un pisotón para advertirle que callase, diciéndole después al oído en cuando tuvo ocasión:
-¡Necio! ¿quieres callar?
En este momento, Grandet entró con la gran Nanón, cuyos pasos, unidos a los el mozo de la posta, resonaron en las escaleras. El antiguo tonelero iba seguido del viajero que tanto excitaba la curiosidad hacía algunos instantes, y que preocupaba tan vivamente a todas las imaginaciones, que su llegada a aquella casa y su caída entre aquella gente sólo puede ser comparada a la de un caracol en una colmena, o a la introducción de un pavo real en algún corral obscuro de aldea.
-Siéntese usted al lado del fuego, le dijo Grandet.
Antes de sentarse, el joven forastero saludó con mucha gracia a los reunidos. Los hombres se levantaron para responder con una cortés inclinación, y las mujeres hicieron una ceremoniosa reverencia.
-Traerá usted frío, ¿verdad, caballero? dijo la señora Grandet. ¿Viene usted acaso de...?
-¡Diablo de mujeres! dijo el anciano viñero dejando la lectura de una carta que tenía en la mano; ¿no dejaréis descansar a ese señor?
-Pero, papá, acaso necesite algo este joven, dijo Eugenia.
-Ya tiene lengua para pedirlo, respondió severamente el viñero.
El desconocido fue el único a quien sorprendió esta escena, pues los demás estaban acostumbrados a los despóticos modales del avaro.
Esto no obstante, cuando estas dos preguntas Y estas dos respuestas fueron cambiadas, el desconocido se levantó, se puso de espaldas al fuego, alzó un pie para calentar la suela de las botas, y dijo a Eugenia:
-Prima mía, le doy a usted las gracias, pero he comido ya en Tours.
Y después, dirigiéndose a Grandet, añadió:
-No necesito nada, ni estoy cansado.
-¿Viene el señor de la capital? le preguntó la señora de Grassins.
Don Carlos, que así se llamaba el hijo del señor Grandet, de París, al oír que le interpelaban, tomó el monóculo que pendía de su cuello mediante una cadena, lo aplicó a su ojo derecho para examinar lo que había sobre la mesa y las personas que estaban sentadas en torno de ella, miró impertinentemente a la señora de Grassins y le dijo, después de haberlo examinado todo:
-Sí, señora. Pero, tía, añadió, veo que jugaban ustedes a la lotería, y les ruego que no dejen por mí un juego tan divertido.
-Estaba segura de que era el primo, pensaba la señora de Grassins dirigiéndole miradas a hurtadillas.
-¡El cuarenta y siete! gritó el anciano cura. ¡Pero marque usted, señora de Grassins, que tiene usted este número!
El militar colocó una chinita sobre el cartón de su mujer, la cual, agobiada por tristes presentimientos, observó sucesivamente al primo de Paris y a Eugenia, sin pensar en la lotería. De cuando en cuando, la joven heredera dirigía furtivas miradas a su primo, y la mujer del banquero pudo descubrir fácilmente en ellos un crescendo de asombro o de curiosidad.